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La farsa del arte moderno

Permalink 20.02.07 @ 17:42:39. Archivado en Arte

LA FARSA DEL ARTE MODERNO


Hace unos días vi estas imágenes que reflejan la situación actual del "arte", donde algunos críticos marcan conscientemente lo que la gente tiene que creer que es el arte, a sabiendas de que la gran mayoría de los cuadros no tienen profundidad sentimental ni significado, pero ellos alzándose por encima de sus posibilidades intelectuales hablan de emociones en la pintura cuando saben de la gran farsa que acaece en el mundo de la pintura moderna. Yo no digo que sean malos todos los pintores actuales, sólo digo que una gran parte están muy por debajo del nivel pictórico del pasado. Además, por desgracia, la gente está tendiendo a confundir entre la pintura estética y la artística, y la culpa la tienen los críticos que ensalzan a supuestos profesionales del arte que se ríen de la gente con lienzos que tardan diez minutos en acabar con tres trazos de brocha gorda.

Asimismo debemos recordar otro hecho sucedido hace unos años cuando un señor presentó un cuadro pintado por su hija de tres años, aunque con su nombre, y ganó un premio de cierta relevancia. Al recibir el premio confesó su triquiñuela argumentando que era una manera de denunciar la farsa del arte moderno.

Casualmente, en mi lectura dominical de la columna de Arturo Pérez- Reverte, me encontré con que sus letras trataban sobre el cuento infantil de "el traje del nuevo emperador", historia que me viene como anillo al dedo para dar por concluido este breve artículo, el cual seguramente se merecía sólo un par de palabras a parte de las imágenes: "Sin comentarios".

PATENTE DE CORSO. POR ARTURO PÉREZ- REVERTE.

"Tiempo de emperadores desnudos"

Es una lástima que a los niños de ahora no les demos a leer con más frecuencia aquellos viejos y extraordinarios cuentos clásicos de Andersen, Perrault o los hermanos Grimm, en vez de tanta imbecilidad cibertelevisiva o de esos relatos políticamente correctos, insultos descarados a la inteligencia infantil, del tipo el pirata Chapapata y la gallina Cucufata, Wolfi el lobo bueno y generoso, la habichuela Noelia y cosas así, con los que algunos profesores y padres se tragan el camelo de que los niños leen y lo que leen les aprovecha.

Frente a tanta chorrada vacía de contenido, historias de toda la vida, hermosas y duras al mismo tiempo como pueden serlo El patito feo o La niña de las cerillas, y sobre todo El soldadito de plomo con su trágico relato de amor, envidia, heroísmo, dignidad y muerte –el cuento que a algunos más nos hizo llorar de niños–, son extraordinarias introducciones para que las criaturas se vayan familiarizando con la vida y sus circunstancias. Para que se vacunen, vaya. O empiecen a hacerlo. Y me refiero a la vida de verdad: la vida real.

Uno de esos cuentos, por ejemplo, El traje nuevo del emperador, es una extraordinaria lección para interpretar el presente y prevenir el futuro; una herramienta de lo más eficaz para que nuestras criaturas, por lo menos las más espabiladas, adviertan lo que tenemos, y se preparen ante lo que les viene encima; que en vista del panorama va a ser de agárrate que vienen curvas. En realidad, el cuento del genial Andersen es para niños sólo en apariencia, pues contiene la mejor parábola sobre lo políticamente correcto que he leído nunca: el mejor y más afinado diagnóstico sobre la estupidez, la mentira y la infamia gregaria del mundo cobarde en que vivimos. La ilustre veteranía del relato prueba que la cosa no es de ahora; lo que ocurre es que, nunca como hoy, tantos millones de imbéciles estuvimos de acuerdo en mostrarnos de acuerdo en aquello en lo que ni siquiera creemos, o vemos. Ése es el aire de nuestro tiempo. Por no hablar de la España de cada día. De cada telediario.

Supongo que recuerdan el asunto. Dos pícaros redomados convencen al emperador de que pueden tejerle un traje con una tela maravillosa, que sólo verán los inteligentes, pero que para los tontos será absolutamente invisible. Durante la confección, los ministros y personalidades que asisten al evento no ven la tela, por supuesto, pues tal tela no existe; pero para que nadie los tome por tontos fingen admirarla como algo exquisito y de confección soberbia. El propio emperador, que tampoco es capaz de ver tela ninguna ni por el forro –«¿Seré idiota, o es que no sirvo para emperador?», se pregunta–, permite que le hagan pruebas con toda candidez; y mientras los dos estafadores hacen el paripé de probarle esto y coserle aquello, el muy hipócrita admira ante el espejo las supuestas vestiduras, alabándolas con entusiasmo, y recompensa generosamente a los sastres chungos. Por fin, el día del estreno del traje nuevo, el emperata sale a la calle en solemne procesión, llevándole la cola los cortesanos y pelotilleros de plantilla; y todos los súbditos, faltaría más, por aquello de qué dirán y el no vayan a creer que yo, etcétera, se deshacen en elogios y alabanzas del traje, poniéndolo de sublime para arriba, sin que nadie se atreva a reconocer que no ve un carajo. Hasta que, por fin, un niño inocente –en ese tiempo aún quedaban algunos– se parte de risa y grita que el emperador va desnudo. Entonces todo cristo cae en la cuenta de la superchería, y los mismos que alababan con descaro el traje se lanzan a la rechifla general: juas, juas, juas. Cosa que por otra parte es muy propia de la infame condición humana, siempre dispuesta a arrastrarte por la calle, como al Chipé, con el mismo entusiasmo con el que diez minutos antes te jaleaba y sacaba a hombros por la puerta grande. Pero lo más ilustrativo del cuento viene luego: cuando el emperador, que cae en la cuenta, al fin, de que ha estado haciendo el panoli, y que su estupidez de juzgado de guardia no se manifiesta en no ver el traje, sino precisamente en pretender verlo, decide que ya no puede volverse atrás, así que piensa: «Pase lo que pase, hay que aguantar hasta el fin». E, impertérrito, sigue su camino con paso majestuoso, aún más altivo que antes, tieso como un don Tancredo y desnudo como la madre que lo parió. O más. Y mientras, a su espalda, los ministros, chambelanes y cortesanos, fieles a su puerco oficio, siguen detrás, obedientes, sosteniéndole con todo respeto una cola que no existe.

Fuente: XL Semanal


www.elgranteatrodelmundo.net

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Creo que usted no ha comprendido el sentido del arte clásico.
Enlace permanente Comentario por barceloca 09.06.08 @ 17:02
Esta noche sólo quiero darte las gracias. Y esperar que haya gentes que entiendan lo que algunos hacemos dialogando con los sin diálogo.

LUIS SOLANA
Enlace permanente Comentario por Luis Solana [Blogger] 02.03.07 @ 23:27

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