El asesinato de Marta del Castillo deja en evidencia no sólo la moral de algunos jóvenes sino la incapacidad de la sociedad para evitarlo. Según han publicado algunos medios, el asesino confeso de Marta es un chico problemático, celoso y con una vida muy difícil (padre alcohólico que los abandonó y madre enferma a la que tuvo que cuidar hasta su muerte). En efecto, nosotros no podemos excusar ningún comportamiento, y menos este tipo de crimen tan deplorable. Pero quizás no estaríamos hablando ahora de la desaparición de Marta si la sociedad hubiera tenido las herramientas adecuadas para detectar primero y tratar, después, a tipos como este para evitar que desarrollen esos instintos agresivos o los canalicen de otra manera. Supongo que Miguel Carreño, el asesino confeso, habrá demostrado en algún momento de su vida que su talante moral no era el ‘normal’; habrá mostrado agresividad en ciertas situaciones, celos inusuales, etc. Supongo que este sujeto, cuando era niño, iría a un colegio hasta finalizar la escolarización obligatoria. ¿Dónde estaban los profesores en esos momentos?, ¿y los orientadores de los centros?, ¿y los servicios sociales si era un niño que estaba creciendo en una familia desestructurada? Por supuesto que esto no justifica el crimen, pero quizás se podría haber salvado Marta si las instituciones hubieran detectado precozmente los problemas de este muchacho. Igual que Mariluz Cortés también estaría con nosotros si no existiera el atasco de trabajo en el sistema judicial.
Evidentemente nadie es culpable de que un ser depravado y sin escrúpulos cometa un crimen, pero ¿hasta qué punto no se podían haber evitado estos crímenes?
Este debate nos abre otra perspectiva de análisis que es cuestionarnos qué sucede con los valores de nuestra juventud. Cómo hay jóvenes casi niños y niñas que pueden ver ‘normal’ que un muchacho sea celoso y describirlo como ‘cariñoso’ y ‘muy buena gente’. Cómo una niña de 14 años vive en casa con su novio (por pena por su situación, parece ser) y dice ‘ese día vi que me miraba mal y por eso me fui por ahí con mi hermano’. Le miraba mal y le parecía normal. Los padres tienen el difícil papel de educar a sus hijos para que sepan identificar a este tipo de personas, para que sepan diferenciar entre amor y amor ‘enfermizo’, que entiendan que los celos no son sinónimo de ‘te quiero más’; que las mujeres no son posesión de nadie; y un largo etcétera de valores que parece que los jóvenes han perdido o no saben identificar. Entonces me pregunto ¿quién ha fallado aquí? Creo que todos tenemos una pizca de responsabilidad. Como siempre, habría que prevenir antes que lamentar.
Martes, 14 de febrero
Carlos Ferrer
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Chris Gonzalez -Mora
Antonio García Fuentes
José Pómez
Juan Fernandez Krohn
Padre Fortea
José Donís Català
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Paulino Toribio
José Lozano Galera