Dejo por unos días el tema de la muerte de San Pablo y paso a la construcción de la paz, desde la perspectiva de la insumisión (objeción de conciencia) y/o del surgimiento de una autoridad mundial, en línea de sistema, haciendo un recorrido desde el Vaticano II a Benedicto XVI. El tema resulta complejo, pero riquísimo, pues n nos sitúa ante uno de los grandes retos prácticos de la Iglesia y de la sociedad. Éste es un “dogma” práctico esencial de la Iglesia, que, a mi juicio, debe renunciar a la guerra y optar en conjunto por la no violencia mesiánica, al servicio de la vida, en seguimiento de Jesús y en amor activo a los demás. En este campo se decide el futuro del cristianismo (y de la humanidad). Si las propuestas no resultan claras y las exigencias no son radicales, en línea de paz, el edificio cristiano corre el riesgo de diluirse en hermosas palabras eficaces.
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Oscar Fortín, de la Universidad de Ottava, Canadá, pensador de cultura hispano-francesa, que mantiene un blog de gran densidad espiritual y cultural (http://humanisme.blogspot.com/ ) me he escrito unas letras sobre el tema de mi posta anterior: el orden de las palabras, verdad y amor, en la encíclica de Benedicto XVI: : «He visitado tu blog y he visto que tratas del tema del orden las palabras (amor y verdad) en la encíclica… Yo me he permitido realizar un pequeño ejercicio, invirtiendo en algunos momentos el orden de las palabras y completando la lógica exigida por esa inversión… Yo lo he hecho en francés y me permito enviarte estos primeros comentarios… ». Pues bien, yo le agradezco a Oscar su gesto de enviarme su valioso comentario y, para que se entienda mejor, me permito recoger el comentario que él mismo ha ofrecido de la Encíclica en Atrio (http://www.atrio.org/?p=1794)
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Benedicto XVI firmó hace unos días (como se ve en la imagen) una encíclica extraordinaria, titulada Caritas in Veritate, Amor/Caridad en la verdad (29 VI 09), que ha tenido relativamente poco eco en los medios de comunicación social, quizá porque es muy densa, quizá porque resulta poco “manipulable” desde una perspectiva propagandística. Algunos han dicho que es una lección de economía, otros que es muy de izquierdas, otros que es más de lo mismo. Yo la he presentado comparándola con el evangelio del Domingo 12 07 09, diciendo que Benedicto XVI nos ha dado una lección de economía, mientras que Jesús mandó a sus discípulos de dos en dos y sin dinero (Mc 6, 6-13). Alguien me ha respondido que no pueden compararse para nada los dos textos (Benedicto XVI y el evangelio); otros han añadido que, como siempre, soy contrario al Papa. No quiero justificarme ni responder. Quien quiera saber lo que he dicho que lea lo escrito. Pero hoy, después de haber releído cuidadosamente la encíclica, quiero hacer un comentario respecto a su título (La caridad/amor en la verdad), comparándolo con un pasaje esencial de la carta a los Efesios, donde se dice “haciendo la verdad en el amor” (Ef 4, 15). En principio, ambos títulos (el amor en la verdad o la verdad en el amor) son muy parecidos, pero trazan angulaturas distintas , que a la larga nos llevan a lugares muy diferentes: ¿qué es más importante: el amor o la verdad? ¿depende la verdad del amor y es el amor el que depende de la verdad? Se trata de un tema clave del pensamiento cristiano y de la doctrina de la Iglesia, como lo descubrí escuchando un día al que sería Cardenal A. M. Javierre (en la imagen) con quien tuve que verme varias veces en el Vaticano. Siga leyendo quien quiera conocerlo mejor.
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He presentado ayer a seis obispos teólogos de España. Hoy me detengo en tres de Italia. Hay muchos más, tanto en la curia vaticana (Bertone, Amato…), como en diferentes diócesis; pero no voy a fijarme en ellos, sino sólo en estos tres, porque tengo una referencia más directa de ellos. Martini, el más veterano, ha sido un “papable”, uno de los hombres más significativos de la Iglesia actual; fue mi profesor y el de muchos otros que estudiamos con él en el Bíblico, aprendiendo a distinguir los códices y las tradiciones textuales de la Biblia (como la del Sinaítico, ahora en internet, o la del Vaticano o B, su preferido…). Tengo un gran recuerdo de él, como profesor y como persona. Con Forte he coincidido cuatro o cinco veces, en Salamanca, en México y en Italia; es un hombre amable, se hace querer, es consciente del valor de su teología; dicen que será papable. A Fisichella le conocemos todos los que hemos pasado en los últimos años por la Gregoriana. Ha sido un gran profesor. De su labor como obispo se oye menos. Éstos son los tres italianos.
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Hace unos días, el director de la revista RS21 (http://www.21rs.es/index.php) me pidió una opinión sobre el tema del Papa y el Preservativo, en la sección dedicada a los debates. Mi opinión sale, pues, al lado de otra donde se dice lo contrario, para que los lectores puedan situarse mejor ante el tema. Quien quiera ver las dos caras de la moneda podrá ir a la revista. El motivo era una referencia del Papa en su último viaje a África y la discusión mediática posterior, que ha llegado hasta las Cortes Españolas. No entro en el debate mediático en cuanto tal. Sólo ofrezco una opinión, desde mi respeto inmenso a la visión del Papa, que fue la de Pablo VI, que no comparto, pero que valoro mucho por su claridad y por la valentía que muestra, ante uno de los temas nuevos de la modernidad.
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Amigos del blog:
quiero daros gracias por vuestra presencia, durante este mes y medio que ha durado mi tiempo de "vacancia".
Acaban de ponerme el internet y dentro de unos días empezaré a ofrecer de nuevo mis reflexiones, que no sé si será diarias, pero sí frecuentes.
Por si alguien quiere reflexionar sobre el tema y no encuentra el texto, cuelgo en mi blog un trabajo de P. Hünermann, con una pequeña introducción mía sobre su vida y obra.
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Más que la ruina externa del templo proclamó su ruina interna: «Vuestra casa quedará vacía» (Mt 23, 38). Lo mismo está pasando con el sistema vaticano: muchos piensan que a la sombra de sus grandes hojas no existe ya fruto (cf. Mc 11, 13-21), de manera que es preciso abandonarlo, dejando que surja, por gracia de Dios, el nuevo pueblo que produzca frutos (cf. Mt 21, 43). Por eso, la caída de un tipo de papado nos debe alegrar, pues queremos uno diferente, que no sabemos aún cómo será, pero que tiene que ser de los pobres, enfermos y niños a quienes Jesús anunció el Reino de Dios (y a quienes introdujo como autoridad en el templo: cf. Mt 21, 14-17). La historia nos ha situado en una encrucijada y debemos tomar una decisión, pues dejar las cosas como están, manteniendo este modelo de iglesia, significa condenarla (¡y quizá condenarnos!) a una muerte sin resurrección.
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He venido hablando de la falibilidad e infalibilidad de la Iglesia. Sólo en ese contexto se puede hablar de un Papa infalible, como representante de la verdad de un Dios que ama a los hombres, partiendo en concreto de los pobres, a quienes vemos como portadores privilegiados de la esperanza (=verdad) mesiánica (cf. 1 Ped 3, 15). Muchos pueden pensar que, en esa línea, el papado resulta innecesario, de tal forma que lo mejor que le puede suceder, en su forma actual, como instancia de poder y dominio religioso, es que termine y cese. Pero otros pensamos que puede haber un «papado de Jesús y los pobres», representado por un varón o mujer que aparezca como signo del Reino de Dios. Un Papa que dialoga, como Pedro con Pablo y Santiago. Un Papa en camino incesante, dispuesto a la caída y a la resurrección
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Hay un principio filosófico que dice que sólo los que se arriesgan y pueden equivocarse pueden ser y son infalibles, porque reconocen el error y rectifican, en un camino abierta a la vida. En esa lína K. Popper y otros filósofos afirman que sólo pueden ser verdaderas unas proposiciones que pudieran ser «falsadas», es decir, criticadas y superadas, dentro de una historia que es infalible precisamente en su frágil camino de búsqueda y tanteo siempre falible. En ese sentido quiero decir, que CREO EN LA VIDA, creo en la pervivencia del camino de la vida, creo en el camino abierto por Jesús y expresado en una iglesia. Por eso digo que ella, la Iglesia, siendo muy falible es infalible. Desde ese fondo quiero presentar los diversos planos de la infalibilidad de la Iglesia
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Siguiendo en esa línea podemos añadir que sólo quien renuncia a tener razón y a dominar sobre los otros a través de sus razones «superiores» puede en verdad ayudarles, volviéndose infalible. De esta forma descubrimos que hay algo más poderoso que el poder: el amor creador. Hay algo más verdadero que la razón demostradora: la verdad de la gracia, que puede expresarse en los grupos que aman, en las religiones que buscan el bien de todos los hombres y mujeres y (para nosotros, católicos) en una iglesia concreta donde los cristianos (y de un modo concreto su Papa) renuncian a mantener su razón particular e impositiva, para buscar con los demás el reino de Dios. Leídas así, las dos definiciones (la capacidad racional de conocer a Dios y la infalibilidad) nos sitúan ante la gran paradoja cristiana:
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La infalibilidad, que para muchos constituye la piedra de tropiezo del papado, está implícita en la declaración del Vaticano I que comenté el día anterior (al hablar de la potestad del papa). Parece un dogma extraño, a contrapelo de la modernidad, que había levantando un monumento a la «razón», convirtiéndola en fuente infalible de verdad, como supone el programa de las ideas claras y distintas de Descartes. Pues bien, en ese contexto, como oponiéndose a un tipo de Ilustración, que puede volverse impositiva, después de haber afirmado que la razón «natural» está abierta a Dios, el Vaticano I ha añadido que sólo el Papa (=la Iglesia), escuchando a Cristo y amando gratuitamente a los pobres, puede ser y es infalible:
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El Vaticano I había sido promulgado y presidido por un Papa muy tradicional (Pío IX) y sus declaraciones (sobre primado e infalibilidad), parecían oscurantistas, contrarias a la dinámica del evangelio y la razón moderna. Pero en otra perspectiva, aquellas declaraciones pueden y quizá deben recibirse y aplicarse en línea de creatividad cristiana, según Nuevo Testamento. Por eso hemos querido reformularlas, ofreciendo así las bases de una nueva teología del papado.
El Concilio dice que el Papa tiene toda la Potestad de Jurisdicción. Según el Evangelio, eso significa:
a) que el papa tiene (en la Iglesia y como la Iglesia) toda la autoridad del evangelio
b) que el Papa no tiene ningún poder de tipo político
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