
Domingo 3º de Cuaresma. Ciclo B. Años impar. Juan 2,13-25. Sigue avanzando la cuaresma y nos ofrece los grandes signos de la vida y mensaje de Jesús. Así pasamos de las tentaciones (domingo 1º) y la transfiguración (domingo 2º) al gran tema de la expulsión de los mercaderes del templo, que es también un signo de destrucción del mismo templo para construir uno mejor, el verdadero templo de Dios. Este signo de la destrucción del templo viejo (caducado y violento) con la construcción del nuevo templo (vinculado a la vida de los creyentes que se comprometen a edificarlo con su propia vida) está en el centro del mensaje cristiano. Éste signo que está en el fondo de gran parte de los ideales del entorno cristiano, desde algunos masones/albañiles/canteros (que se sienten llamados a construir el templo de la nueva humanidad) hasta Francisco de Asís (a quien Dios llamó la reconstruir el viejo templo caído de la iglesia, simbolizada en la ermita de San Damián). Muchos piensan que también en nuestro tiempo está acabando un tipo de templo sagrado. ¿Qué haremos? ¿Llorar su caída) ¿Contemplar cómo cae? ¿Ayudar a derrumbarlo? Tiene que surgir sin duda un nuevo templo, nuestro propio cuerpo, que es el Templo de Cristo, la humanidad mesiánica. Éste es un texto de prodigiosa actualidad personal y eclesial, individual y social. Que cada uno lo entienda "a su anchura", como diría S. Juan de la C. Yo me limito a ofrecer unas indicaciones que pueden ayudar a situarlo.
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Quiero dejar unos días a Pablo, para que sus temas descansen, tratando de otras cosas. Pero no me resisto a presentar la páginas más fuerte de su tradición sobre el tema del fin de los tiempos. Éste es el texto final en la línea de la parusía. Aquí se dice lo que ha de pasar en los Días del Anticristo. Como he venido indicando, Pablo mismo es muy sobrio al presentar el tema del fin de los tiempos, pero es normal que alguno de sus discípulos o sucesores haya retomado y destacado el tema, poniendo de relieve el aspecto simbólico del gran drama apocalíptico, desplegando así la "batalla" final entre Cristo y los poderes de la perdición. El ejemplo más significativo es la Segunda Carta a los Tesalonicenses (2 Tes), escrita por un vidente posterior de la “escuela de Pablo”, que asume los datos básicos de 1 Tes y quiere recrearlos (y de algún modo invertirlos) poniendo en el centro del mensaje la certeza de la parusía de Nuestro Señor Jesucristo. El texto está ahí como un aviso de la lucha que ahora se está desplegando, en medio de la historia. Esta palabra no es todo lo que sabemos sobre el fin (ni siquiera es la más importante), pero es una de las que más han influido en la visión del fin de los tiempos. Millones de personas han temblado y gozado, han gritado y esperado al leer o escuchar estas palabras. Ellas nos ofrecen el gran exorcismo de la historia, según la versión de un discípulo de Pablo.
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Quiero pasar de 1 Cor 13-14 a 1 Cor 15, donde Pablo despliega el misterio de los tiempos finales, desde la perspectiva de la resurrección. He presentado ya un día anterior la base y clave de su argumento al comentar al comentar el pasaje de la fe de pascua (1 Cor 15, 3-9) donde Pablo exponía el signo y presencia de Jesús resucitado, que se aparece a Pedro, a los Doce… a todos los fundadores de la Iglesia cristiana. Ahora quiero evocar el tema de la meta de la resurrección, retomando el argumento de 1 Tes 4, donde se hablaba de la próxima venida de Cristo, en las nubes, para llevar consigo a los creyentes e instaurar el Reino. Han pasado sólo tres o cuatro año y Pablo ha seguido pensando y viviendo de forma apasionada el tema... y así lo formula aquí, diciendo que el Dios de Cristo será Toto-en-Todos. Ciertamente piensa que el fin está cerca, no falta ya nada, pero los problemas planteados y la forma de entenderlos es distinta. Pablo nos sitúa ante el drama o misterio de la culminación universal. Ésta es la razón de su esperanza. Nunca había dicho nadie una cosa tan profunda. Es lógico que algunos hayan podido hablar de apocatástisis, es decir, de salvación, incluso, del mismo demomio.
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He venido comentando 1 Cor 13, desde la perspectiva del despliegue y ministerios de la Iglesia en 1 Cor 12-14. Sólo me queda la síntesis final. Pablo ha dicho todo. Por eso puede retomar el argumento y resumirlo, desde la perspectiva de las tres “virtudes” (actitudes/dones) teologales, que definen la vida de la Iglesia: "Permanecen, pues, la fe, la esperanza y el amor, estas tres realidades, pero la más importante de todas es el amor"(13, 13). Permanecen significa 'son': importan y definen la vida de la Iglesia y del hombre en cuanto ser de comunión. Esas actitudes/dones nos sitúan ante la totalidad del mensaje de Pablo y de la tarea de la iglesia. Por eso, si quisiéramos comprenderlas en plenitud, deberíamos estudiarlas en concreto y por extenso, desde el conjunto de la obra de Pablo. Pero de esa forma desbordaríamos los límites de nuestro trabajo. Hemos querido estudiar el amor en 1Cor 13 y lo hemos hecho y a manera de conclusión podemos afirmar con Pablo: 'la más importante es el amor". En otras palabras: Ecclesia est Amor. Del Deus est Caritas de la encíclica de Benedicto XVI pasamos así a Ecclesia est Amor de San Pablo.
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He venido tratando del amor según Pablo, en 1 Cor 13 y el día anterior he presentado sus tres grandes fronteras o límites: ante la mística, la profecía y la acción de entregar la vida (¡si todo lo tengo pero me falta amor no tengo!). Dentro de un esquema puramente argumentativo, hubiera sido lógico que Pablo volviera a tratar ahora de las tres cuestiones anteriores, pero de manera positiva, presentando las condiciones y efectos del amor en el contexto de la mística, la profecía y la entrega de la vida, para aplicar después su aportación a la disputa eclesial entre partidarios de las lenguas y la profecía. Pero no lo ha hecho, sino que ha venido a situarse en otro plano, elevando una especie de canto total al amor y presentando sus siete notas principales. Ese modo de responder, cambiando de nivel, responde (lo mismo que en Rom 11, 33-36) a la imposibilidad de mantenerse en plano de los argumentos anteriores. Sólo subiendo de plano se pueden resolver los problemas anteriores. Por eso expone, de forma emocionada, las siete cualidades del amor. Ésto es amor, éste es el centro de la vida cristiana.
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Carmen Hernández me envía un mensaje diciendo: "Gracias Xavier por darnos a conocer este trabajo, y gracias Leonardo Biolatto por tantas información como nos dices en este tan escrito… Pero todo cuanto he leído me ha entrado más dudas y preguntas, Xavier te mando esto por si acaso te interesa... Abrazos. Carmen". Éste es la reflexión de Carmen, tal como me la manda la pongo esta mañana. Después, a media mañana, pondré mi mensaje propio. Gracias Carmen. Yo sigo con lo que dije hace dos días
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Domingo 2º de Cuaresma. Iniciado el camino que nos lleva a la pascua, la liturgia nos sitúa ante una escena simbólica de hondo sentido mesiánico: estamos subiendo hacia Jerusalén, camino de muerte, pero sabemos que esa dura marcha tiene un sentido. Vamos con Jesús y él nos desvela su sentidode forma gloriosa, para abrir nuestros ojos y darnos la mano. Podemos caminar, no tengamos miedo. Se trata de una de las escenas más queridas de la piedad y del arte: el Icono de la Transfiguración ha acompañado y sigue acompañando a millones de Cristianos en su peregrinación. Es bueno que lo pongamos en el centro de nuestra atención, ahora que va avanzando la cuaresma.(Mañana completaré el tema, presentando una visión complementaria del Icono de la Transfiguración)
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Ayer presenté la canción de amor en su conjunto (1 Cor 13). Hoy, y en los días que siguen, presentaré de una manera más precisa cada una de sus estrofas. La primera se puede titular “amor sin amor”: si tengo todo, pero me falta amor, no tengo nada; si puedo todo, pero sin amor, no puedo nada; si todo lo sé, pero sin saber amar no he sabido nada. Pocas veces se han dicho cosas más certeras sobre el riesgo de un amor que no es amor y que, al no serlo, es nada. Éstas son las palabras más hondas de la Biblia sobre el engaño de amor; son el pecado de los que creen (creemos) ser todo y no son (somos) nada porque no amamos. Estas palabras exponen el evangelio en estado puro, las tres tentaciones de Pablo.
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Al acabar su primera reflexión sobre las instituciones de la Iglesia (tras 1Cor 12), para ser fiel a la misma dinámica de su pensamiento, Pablo tiene que romper el ritmo argumentativo de su discurso (razonado y catequético) y ofrecer una canción de amor. Deja por un momento el hilo de los argumentos y, para entender y situar mejor lo que aún debe decir sobre ministerios y luchas eclesiales (de las que tratará 1 Cor 14), cambia de ritmo y lenguaje y entona una canción de amor, con elementos tradicionales de la predicación cristiana y de la filosofía moral del entorno judeo-helenista. Esta canción (1 Cor 13), que puede parecer extraña al argumento de los ministerios de la iglesia, fundamenta y profundiza su sentido, situando todo su discurso en un nivel de gratuidad, de amor y de evangelio, es decir, de gran gozo cristiano. Cuando acaban los argumentos queda el canto. Así quiero evocarlo, ante la Cruz de Gorbea, recordando las palabras del canto de mi monte de Orozko: "Maritxu, ven, escúchame, óyeme ésta canción de amor; que suele ser, amanecer, al toque de oración. Maritxu, sube al monte y verás...". Así imagino a Pablo, parando su discurso y poniéndose a cantar a Maritxu. Buen día a todos, con este amanecer desde el Gorbea.
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Los cristianos forman el cuerpo de Cristo, es decir, son el mismo Cristo/Mesías, corporalizado, en una comunidad donde cada miembro vive al servicio de los otros. Significativamente, en este pasaje central del pensamiento de Pablo (en contra de lo que dirá un discípulo suyo en Col 1, 18 y Ef 5, 23 al afirmar que Cristo es cabeza de la Iglesia), en la Iglesia de Jesús no hay una “cabeza”, no hay nadie que sea superior a nadie, ni Cristo. Eso significa que todos son cuerpo (y Cristo cuerpo de todos), sin que nadie se eleve sobre nadie, siendo cabeza de los otros, ni Papa ni Emperador, como se decía en la Edad Media… Un cuerpo sin cabeza especial, porque todos son cabeza. No cabe aquí el refrán de Castilla “oh qué vasallo si hubiese buen Señor”, pues en el Cuerpo que es Cristo no hay vasallos ni señores, pero hay “ministerios” distintos, una flor de ministerios y tareas. Es apasionante volver a leer 1 Cor 12. En la Iglesia hay lugar para todos; la Iglesia son (somos) todos, un milagro de fraternidad, de amor redondo, una mesa, un camino... Gracias, Pablo, por decirnos esto (aunque haya algunos/as que digan que no dices todo, que no dejas lugar activo para las mujeres.
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Las iglesias de Pablo son agrupaciones carismáticas, de manera que su autoridad primera es el Espíritu Santo y su finalidad el despliegue libre y gratuito de la vida, a la espera de Jesús que viene. Son espacios de comunicación vital intensa, donde hombres y mujeres comparten lo más hondo que tienen, su experiencia interior, sus dones y cultura, hasta sus bienes económicos, con vocación de pervivencia, de manera que tienden a generar una serie de servicios básicos, para funcionamiento de la misma comunidad. Como hemos dicho, Pablo no ha recibido de los cristianos anteriores un modelo unitario de iglesia, ni ha fijado desde el principio, con estructuras fijas de gobierno y prácticas sociales (sacramentales) bien determinadas (de forma obligatoria), sino que las va descubriendo, ensayando y expandiendo a medida que ha ido recorriendo su camino. Para ello ha tenido que organizar el Espíritu, expresar socialmente el amor, como indicaré hoy de forma introductoria, para centrarme mañana en los ministerios de la comunidad y pasado en su esencia de amor.
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Hemos visto en "Pablo 16" la experiencia central de su vida, como luz que le cegó para alumbrarle de un modo más alto, de manera que pudo sentirse recreado, rompiendo las conexiones anteriores de un sistema cerrado en sí mismo (cf. Flp 1, 15-26). Esa ruptura le hizo capaz de encontrar nuevas y más hondas relaciones con los cristianos helenistas a quienes había perseguido. Ella le vinculó con Pedro y con los Doce (representantes de la primera iglesia de Galilea) e incluso con Santiago (los hermanos más cerrados de Jerusalén). Ella le hizo capaz de vincularse con todos los hombres y mujeres, de manera que tuvo tres identidades básica (fue judío, griego y romano), teniendo también otras que no pudo desarrollar plenamente, como vimos al hablar de su misión entre los árabes (en Gal 1, 17) o como él mismo dice cuando afirma que le gustaría ser bárbaro entre los bárbaros (Rom 1, 14; cf. Col 3, 11). No quiso presentarse como fundador de un club exclusivo de limpios, sino como hermano de todos los hermanos y discípulos de Jesús, testigo de su humanidad abierta a todos (cf. 1 Cor 15, 3-8). Desde ese fondo proclamó y extendió su evangelio de gracia (de perdón universal de Dios), siendo judío, griego, romano (árabe, bárbaro...), es decir, hombre de Cristo.
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