El blog de X. Pikaza

6. 12. 18 Una Constitución para la Humanidad

06.12.18 | 08:28. Archivado en Tierra, ecología, hombre, Sociedad, política, Violencia

Con todos sus valores, la Constitución de España que hoy (6. 12. 2018) celebra sus cuarenta años, sigue siendo imperfecta, pues defiende de hecho una imposición político‒militar, con injusticia económico‒social, al servicio de algunos privilegiados, en contra de los ideales más hondos de una modernidad ilustrada que quiso abrir caminos de libertad, igualdad y fraternidad entre todos los pueblos y personas de la tierra.

Un día como hoy es necesaria otra Constitución de tipo Humano, universal, que garantice e impulse los derechos y tareas de todos, empezando por los excluidos y las minorías, en línea de humanidad, sin imposición militar de unos y exclusión socio-económica y cultural de otros, en línea de “institución educadora y sanadora”, al servicio de todos.

Éste es el reto: Todos los niños nacen iguales y forman una única humanidad llamada a vivir en igualdad y comunión, en gozo y esperanza (Imagen 1). Pero después la educación nacional, económica y social separa a hombres y mujeres, a ricos y pobres, a nacionales y extranjeros... haciendo a unos buenos y a otros malos (Gal 3, 28).

El tema es complejo y no se puede simplificar, pero hay un tipo de educación nacional y clasista, utilitaria y egoísta, que en vez de madurar a los niños para la diversidad en la unidad humana compartida les educa para la división y lucha. Por eso es necesaria una maduración distinta, una educación sanadora, para la comunión y el gozo del amor sobre el mundo redondo donde por cualquier camino que tomemos encontramos otros hombres como nosotros.

Ciertamente, la Constitución Hispana de los Cuarenta Años (del 1978) tiene sus valores, pero sigue estando al servicio de un estado‒nación‒sistema que impide que todos los hombres y mujeres del mundo puedan ser y sean por un lado iguales ante la ley y el dinero (la vida), siendo por otro distintos, cada persona y cada grupo como quiera, defendiendo los dos principios básicos de la humanidad que son: (a) La universalidad, es decir, la igualdad de todos los seres humanos (varones y mujeres, etnias, culturas, personas…). (b) La protección y promoción de hecho de las minorías culturales-sociales-económica, con los excluidos actuales (extranjeros, “viudas”, huérfanos de diverso tipo…).

Sin duda, la Constitución de los Cuarenta Años quiso dejar abierto el camino para el surgimiento de un tipo de igualdad social, pero, por su misma dinámica interna y por su inserción en un mundo neo‒capitalista no ha podido lograr lo que quería, de manera que con ha crecido injusticia y se ha ratificado la desigualdad interna y externa, entre gentes, pueblos y estados, dentro y fuera de España.

Sin duda, el problema no es la Constitución, sino el tipo de personas que somos los que vivimos dentro de ella. Algún tipo de Constitución nos hace falta, pero con ella sólo no arreglamos nada, a no ser que cambiemos la forma de vida.

Tenemos que cambiar el lobo que llevamos dentro, como muestra la imagen 2, el lobo de Francisco, el lobo de Is 11. Cambiar nuestro lobo para el encuentro con otros seres humanos, pues, en contra del adagio latino (homo homini lupus), el hombre no es lobo para el hombre, sino amigo, compañero de camino.

En esa línea se sitúan los ocho principios que siguen y que trazan una especie de pre-constitución universal de la humanidad.

1. Antes de la Constitución está el gozo compartido de la vida.

La verdadera paz no es rechazo del mundo y de sus bienes, sino aceptación de esos bienes, en gesto de solidaridad y comunión, aceptando las diversas experiencias humanas que se han dado entre los pueblos de la Única Tierra, sin que los “fuertes” (en sentido económico‒militar) expulsen, dominen o esclavicen a los otros.

Debemos recuperar el gozo pacificado de las cosas, la belleza de la naturaleza, el equilibrio de la vida y, sobre todo, el placer más intenso de la comunión de amor entre personas, pero entre todos, para todos, aprendiendo y dialogando en respeto y solidaridad. Es muy difícil hablar de paz sin pacificación cósmica, sin gozo ecológico, sin un tipo de poesía de la naturaleza y, sobre todo, sin un ejercicio intenso de amor entre todos.

Para que ese gozo y poesía resulte posible debe cambiar la actitud de muchos hombres y mujeres que parecen estar en el mundo para dominarlo, para conseguir más bienes de consumo, sin admiración y sin ternura, sin contacto reposado con la vida de la tierra, con los árboles y campos de los que formamos parte. Tenemos que superar una actitud de imposición, para cultivar el gozo de la naturaleza y sobre todo el placer de la relación entre los hombres.

2. Comunicación de bienes.

De esa forma, los bienes del mundo pueden ser lo que son de verdad: regalo de la tierra, trabajo de los hombres, vida compartida. Comunión de bienes implica diálogo de vida, un respeto radical por todos los hombres y mujeres que existen, protegiendo a los menos afortunados, para que ellos sean, expresen su verdad, compartan, no en guetos separados por muros para la muerte, sino en plazas abiertas de comunicación universal.

En esa línea, los bienes de la vida dejan de ser “objeto de consumo” privado de los privilegiados y deben convertirse en medio de comunión enriquecedora para todos. Dejan de ser una cosa, objeto de dominio y se convierten en palabra de comunicación y trasparencia personal. Son el don de la vida que se da en alegría y se comparte. A través de ellos y por ellos la realidad del mundo y de la vida se convierte en realidad divina, es decir, en eso que decimos que es “divino” y que merece la pena, antes de hablar de unos posibles dioses concretos de los sistemas religiosos.

En este contexto, se puede hablar de una paz “utópica”, pero ya presente, porque la utopía, que es la patria de los hombres y mujeres que quieren crear unos espacios de comunión y de vida en gratuidad es la patria, matria y fratria de los hombres, por encima unos intereses de partido y de política pequeña como los que ofrecen hoy por hoy los estados nacionales y el sistema “libre” y esclavizador del capitalismo. En esa línea me gustaría celebrar el día de la “constitución humana”, esto es, la construcción de la humanidad pacificada:

3. Sin necesidad de un “brazo militar”, una humanidad sin ejércitos.

De un modo o de otro, el ejército nació para mantener la violencia sagrada, establecida por el triunfo de unos sobre otros, y por la expulsión de los “chivos expiatorios”. Pero una vez que no sea necesario expulsar ni matar a los “de fuera”, una vez que los hombres y mujeres aprendan a convivir sin desear cada uno lo que tiene el otro, sino deseando el bien de los demás y gozándolo como propio, el ejército se volverá innecesario (lo mismo que los sacerdotes que sacralizan la violencia).

En un sentido externo se podría empezar licenciando los ejércitos particulares de los diversos estados, para establecer un único ejército mundial. Después, una vez unificado, ese ejército podría convertirse en un tipo de policía mundial, no para imponer algún tipo de violencia, sino para garantizar y celebrar mejor la paz

Del ejército mundial, licenciado por falta de enemigos exteriores, deberíamos pasar a un cuerpo de policía mundial, al servicio de la comunión entre los pueblos. Si el cambio no se hace bien, esa policía puede convertirse en principio y signo de poder supremo, dominando de un modo dictatorial sobre el resto de la población. Pues bien, para superar ese riesgo sería necesario convertir a los policías en agentes sociales, al servicio de la convivencia universal.

4. Una humanidad sanadora y sanada.

El tipo de vida actual crea delincuentes y necesita más y más cárceles. Pues bien, para que haya delincuentes deben superarse los estímulos que llevan a delinquir: las desigualdades económicas, el afán por tener y sobresalir, el tipo de cultura clasista que expulsa o somete a los distintos. Para ello hay que “curar” a los hombres y mujeres, empezando por los padres y educadores, por los sacerdotes y soldados, como han querido hacer los grandes maestros y educadores de los pueblos, en Oriente y Occidente.

La nueva Constitución Humana sólo se puede lograr a través de una fuerte “conversión” (inversión) fuerte del conjunto de la sociedad, que ofrece formas de convivencia gozosa para todos, puede hacernos superar los riesgos de la delincuencia política y económica, sexual y de búsqueda de drogas o de otro tipo de estupefacciones. Esa conversión implica una fuerte educación para la humanidad, no en línea de imposición de algunos grupos, sino de formación de una conciencia universal de igualdad en el amor mutuo,

Sólo en ese contexto, invirtiendo de raíz la tendencia que ha llevado al esquema del chivo expiatorio, se puede hablar de un mundo de libertad: sin sacrificios ni ejércitos, sin esclavitud ni cautiverio, un mundo donde la respuesta final no sea el juez y la cárcel, la vigilancia y la exclusión, sino el don gratuito de la vida que se comparte y expande. Según Mt 25, 31-46, la última de las violencias de este mundo era un tipo de cautiverio que se expresa en la cárcel.

5. Una Constitución mundial. Papa Benedicto.

En esa línea, superando el carácter particular de las “Constituciones particulares” de algunos estados, como España o Alemania, hace casi diez años, el Papa Benedicto XVI, en su encíclica social Caritas in Veritate (2009), quiso poner las bases de una Constitución Mundial humana, por encima de los Estados y el Mercado, por encima de los ejércitos particulares, por encima de las barreras entre ricos y pobres, entre pueblos y pueblos:

“Ente el imparable aumento de la interdependencia mundial, y también en presencia de una recesión de alcance global, se siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la Arquitectura Económica y Financiera Internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones. Y se siente la urgencia de encontrar formas innovadoras para poner en práctica el principio de la responsabilidad de proteger y dar también una voz eficaz en las decisiones comunes a las naciones más pobres.
Esto aparece necesario precisamente con vistas a un ordenamiento político, jurídico y económico que incremente y oriente la colaboración internacional hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad Política Mundial, como fue ya esbozada por mi Predecesor, el Beato Juan XXIII.
Esta Autoridad deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiaridad y de solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común comprometerse en la realización de un auténtico desarrollo humano integral inspirado en los valores de la caridad en la verdad (Caritas in Veritate 67)

.

El Papa Benedicto quería una Autoridad Política Mundial, es decir, una Constitución de la Humanidad, con el “oportuno desame integral” que implica un “rearme en humanidad”, en comunicación económica, en acogida mutua de personas y pueblos, redescubriendo el gozo supremo de la vida que es la relación humana en clave de amor y cultura, de pan compartido, de exploración distinta, en línea de humanidad.

6. La propuesta papal, pero desde abajo

Esa propuesta del Papa Benedicto no se puede construir desde arriba, a través de unos gobernantes mundiales que serían una copia de los que ahora existen. Esa propuesta implica una revolución radical de la vida, en un plano económico y social, personal y comunitario… Una revolución de amor y de “bienaventuranza”, es decir, de felicidad, pues no hay felicidad mayor que el vivir y el convivir, trabajando juntos, de un modo gratuito, al servicio de la auténtica utopía de lo humano.

Esa ha de ser una propuesta desde “abajo”, es decir, desde los pueblos y los colectivos más pobres, desde los excluidos actuales, no desde la naciones poderosas de la ONU, sino desde las humanidades empobrecidas que son capaces de ofrecer lo que tienen, para todos: Su experiencia y camino de humanidad.

En ese fondo resulta absolutamente necesario el cambio (la conversión y revolución creadora) en el mundo de la vida, es decir, con el surgimiento y testimonio de personas y grupos que opten por la paz desde abajo, es decir, partiendo de los pobres y excluidos de la sociedad actual, para quienes una constitución como la española del 78 no dice prácticamente nada.

Los grandes “pedagogos” de la humanidad (de Sócrates a Jesús, de Confucio a Buda) vinieron a situarse en ese “mundo de la vida” universal, para todos los seres humanos. No quisieron empezar cambiar el Estado y la economía mundial, ni quisieron ganar un tipo de guerra imperialistas, sino que buscaron el bien de las personas concretas, iniciando con ellas (para ellas) un camino distinto de paz mesiánica, en una línea que se sitúa cerca de lo que llamamos “objeción de conciencia” y rechazo de este mundo de oposiciones y opresiones, de lucha mutua y de guerra.

El cambio del Estado y de la Economía mundial ha de venir, pero vendrá después, a través del cambio de los hombres y mujeres, especialmente de los pobres y expulsados sociales, de aquellos que apenas pueden ocupar un lugar en las constituciones reales de este momento, empezando por la de España, que proclama la igualdad de todos, pero permite la expulsión de grandes minorías.

7. Una mutación humana.

Sin duda, en el caso de que surja esa Autoridad Mundial que quiere Benedicto XVI, a través de unas Naciones Unidas verdaderamente eficaces, los estados particulares podrían desarmarse sin problemas, como se desarmaron los ejércitos de los nobles y las mesnadas de las ciudades cuando llegaron los Estados Nacionales, entre los siglo XVI y XIX. Con el surgimiento de ese Super-Estado Mundial desaparecerían los ejércitos nacionales (convertidos en meras policías regionales), pero no habría llegado el verdadero desarme, sino que (si no tenemos mucho cuidado en cambiar las formas de vida) podría surgir un tipo de imposición y dictadura político-militar más alta (como pudo haber sucedido en el Imperio Romano, cuando la el Ejército/Policía pretoriana tomó de hecho el poder).

Pues bien, sin un cambio radical de personas y grupos menores (sin una verdadera revolución, con supresión de los estados actuales), el fortalecimiento de un Estado/Economía mundial podría convertirse en la mayor de todas las dictaduras, como la Biblia ha puesto de relieve al hablar de unos imperios mundiales en los que se unifica todo el poder económico/militar pero que, en vez de convertirse en “aliados de Dios” (como quiere Benedicto XVI) se convierten en antidivinos (las bestias de Dan 7 y de Ap 13-14), algo que supo contar a su modo el mismo G. Orwell en 1984 (publicado el año 1949).

Ciertamente, reconozco el valor de la propuesta admirable del Papa, con su esfuerzo por regular el poder/economía, poniéndolo al servicio del despliegue de la humanidad. Pero en este momento de la historia hay que tener mucho cuidado. Tengo miedo de los “poderes únicos” (o de los falsos poderes duales, como quería Orwell), vinculados al único ejército/mercado, pues en esa línea quisieran avanzar, de manera fatídica, el imperio nazi y el comunismo soviético, y avanza ahora, de un modo que parece imparable el sistema neocapitalista de “partico único” (dirigido por M. Mammona) que dirige actualmente el mundo (sin necesidad de una Constitución aprobada por la mayoría de los ciudadanos‒súbditos, como sucedió el año 1978).

8. Obediencia (escucha) al ser humano. Desobediencia a este tipo de Constitución

Desde ese fondo, dentro de la lógica cristiana, que está presente en el judaísmo del libro de Daniel y en el judeo-cristianismo del Apocalipsis, quiero poner de relieve la exigencia de una insumisión y revolución creadora, al servicio de unas formas inmediatas (personales) de comunicación y de libertad. En esa línea, sin rechazar la dinámica que lleva a la creación de un gran Estado/Economía Mundial, con el desarme de los ejércitos menores (en una perspectiva que podría compararse a la del Imperio Romano en el Apocalipsis), quisiera que Benedicto XVI hubiera destacado mucho más el ideal y las implicaciones de una verdadera “desobediencia civil y militar”, de una auténtica insumisión, en una línea de objeción de conciencia (como quiso en parte el Vaticano II en la Gaudium et Spes).

No quiero entrar ahora en la dinámica del Papa Francisco. Me sigo fijando (con una parte considerable de la jerarquía católica) en la línea del proyecto de Benedicto XVI, que parece seguir optando por una relativa “cristianización del Imperio Romano”, en forma de “mejora” del Sistema más que por una conversión radical, en línea de la “gran desobediencia” de Jesús (cf. Mc 1, 14-15) y del Apocalipsis, (cf. 13, 9-10), no para destruir con armas al imperio, sino para construir sin armas un tipo de humanidad y economía alternativa.

Ese miedo al rechazo del “orden establecido” (aunque sea violento e injusto) está en la línea del temor que paralizó a muchos alemanes ante el crimen abismal del nazismo y que nos sigue paralizando a nosotros ante la injusticia del gran sistema mundial (con miles y miles de muertos de hambre cada día). Un miedo menor, pero ciertamente grande, paraliza a muchos católicos actuales, que no se atreven a tomar una opción responsable en un línea de libertad, buscando formas de convivencia/economía alternativa para superar de esa manera el riesgo de una Constitución como la de España 1978 que está de hecho al servicio de la imposición de unas minorías económicas y sociales.
En un sentido, en plano de poder, lo dice Benedicto XVI es muy valioso. Pero somos muchos los que pensamos que, en la actualidad, desde el movimiento de Jesús, tomado como base y principio de actuación, en el mundo de la vida, empieza a ser necesaria una “santa desobediencia”, es decir, una “huelga” desde abajo, en línea de insumisión económico/militar. No voy en contra de la Constitución 1978, pero pienso que no basta. No voy tampoco de un plan dirigido desde arriba por los responsables del orden político‒económico del mundo actual (como parecía defender el Papa Benedicto XVI hace nueve años). Pero, al mismo tiempo, tengo miedo de ese cambio, si se realiza en línea de Poder, pues podría llevarnos a nuevas dictaduras (a más de lo mismo, en formas más sutiles).

Estoy convencido de que la aportación de la Iglesia debe hacerse en otra dirección, desde los grupos de resistencia, que no quieren sacralizar el orden establecido, sino crear espacios de vida liberada para el amor, desde los más pobres, como quiso Jesús.


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