El blog de X. Pikaza

Dom 18.11.18. No pasará esta generación: El futuro de Dios, nuestro futuro

Dom 33. Tiempo Ordinario, ciclo B. Mc 13, 24-32. Éstas son las palabras centrales del mensaje escatológico del Evangelio de Marcos, que unidas al camino de muerte y resurrección de Jesús, constituye el eje de su evangelio.

Podían decirse y se decían (o se dirán) palabras semejantes sobre la venida del Hijo del hombre en otros lugares del judaísmo de aquel tiempo, partiendo de Dan 7, 13-14 (como en la tradición de Henoc y en la de Esdras), pero sólo los cristianos identifican al Hijo del hombre con Jesús crucificado y le interpretan en ese contexto.

-No pasará esta generación... Jesús sabía que somos los últimos hombres y mujeres de la vieja humanidad; o cambiamos, y empezamos a vivir de un modo distinto, o terminamos destruyéndonos todos. La forma de anunciar ese fin es distinta en tiempos de Jesús y en nuestro tiempo, pero el tema de fondo es el mismo: Este tipo de humanidad acaba.

- El fin de la humanidad actual está vincula al mismo "equilibrio-desequilibrio" cósmico, vinculado al sol y a las estrellas, al calor, a la polución del aire y del agua, a la lucha a muerte entre los hombres.

- Pero los cristianos creemos, con Jesús, que la destrucción no es la última palabra..., no sólo porque esperamos que él venga, el hombre nuevo... sino porque le esperamos de un modo activo, en camino de esperanza y de transformación personal y social.

Este Hijo de Hombre que viene no tiene rasgos guerreros, ni vence luchando a sus enemigos. Por eso, su llegada no puede entenderse como resultado de algún tipo de guerra (de una batalla de las galaxias), sino como triunfo de la gracia sobre la violencia. Sobre nuestro potencial de destrucción hay una gracia y ternura más alta: la Vida del Hijo del Hombre, que es Jesús, que cura, sana, convierte el odio en potencial transformador de comunión... Frente al poder de muerte de los hombres, el Dios de Jesús (Hijo del Hombre) aparece como signo de Gracia.

‒ Estas palabras ofrecen el centro del mensaje final de la primera iglesia de Jesús, según san Marcos, y así exponen, en forma simbólica (de aviso y advertencia) la manifestación suprema de su poder y gloria de Dios, con la salvación de los elegidos: Jesús, Hijo del Hombre, es esperanza clave de la historia. Dios se manifiesta y viene en forma de nueva humanidad (Hijo de Hombre...): La Gloria de Dios (cielo) es que los hombres vivan, nazcan de verdad.

Estas palabras son, al mismo tiempo, muy fuertes, pues ponen un signo de interrogación sobre toda nuestra vieja historia, hecha en gran parte de mentiras e injusticias, de asesinatos y robos. Sobre este mundo injusto se anuncia y prepara la venida de Jesús, un hombre nuevo... Eso significa que serán destruidos los modelos actuales de vida, hechos de opresión y mentira, de Mamona y Violencia.... Ahora (como dice Juan....)domina la concupiscencia de los ojos (querer tener todo), la concupiscencia de la carne (querer disfrutar todo) y la soberbia de la vida (querer dominar todo..). Pues, todo eso caerá, quedarán la vida humana, los hombres que aman, perdonan y esperan (el Hijo del Hombre).

-- Son palabras de inmensa destrucción... según el modelo del profeta Isaías, que habla de la caída de las Grandes Torres... Caerán las torres soberbias del dinero que oprime, del poder que mata... Caerá nuestra "cultura de pecado y muerte", los grandes capitales reunidos para matar, los grandes estados enfrentados para poseer el mundo... Caerá toda la soberbia humana y quedaremos a ras de tierra, a ras de vida... simplemente para amar en humanidad, para esperar en comunión... Han de caer las torres (incluso algunas torres físicas, que son signo de soberbia que mata a los pobres...)

-- Esta destrucción es un favor que se hace a los soberbios... a los grandes poderes de opresión, como dice la dulce María: Derribará del trono a los potentados, elevará a los oprimidos... El mayor favor que se le puede hacer a los opresores-potentados (al sistema actual de muerte económica y política) es "voltearlo" de su altura, derribarlo, para que así caiga el sistema y se puedan "recuperar" en amor hombres y mujeres ahora cautivos de su impotencia poderosísima, de su opresión, de su caudal de muerte... Lo mejor que se le puede hacer a los hombres del sistema de poder asesino es que caiga el sistema... para que ellos puedan vivir en humanidad. Por amor a los hombres se anuncia aquí la destrucción del sistema de poder actual del mundo.

-- Éste será el gran des-astre..., que comentaré en el texto, siguiendo el evangelio de Marcos... Hasta los "astros del cielo caerán"... Esos astros son el sistema cósmico actual... Pero en sentido más concreto son los poderes del mal, que se quieren elevar como estrellas de luz y no son más que focos de muerte, agujeros negros que todo lo chupan y matan... En el contexto de la apocalíptica judía que está en el fondo de Mc 13, esos astros que caen son los poderes opresores : El poder la Banca de Tiro, del ejército de Babel (como sabe especialmente en profeta Ezequiel). No, no pensemos en demonios con rabo que caen. Todos los lectores de la Biblia saben que esos "astros caídos" (que caerán) son los poderes del dinero y del ejército que matan y destruyen a los pobres.

Éstas son las palabras fundamentales del “otoño cristiano” (en el hemisferio norte). A la caída de la tarde, os examinarán de amor, pues viene el Hijo del hombre... Y en ese examen no quedarán salvadas las estrellas (los grandes poderes de opresión del mundo). Caerán y su caída será causa de gozo para los justos... y causa de posible salvación para todos, pues Dios es de todos...

-- ¿Cuándo? Ya, ahora.. Está sucediendo ahora, está viniendo el Hijo del Hombre... Y vendrá plenamente en el futuro, un futuro que está abierto a la nueva humanidad reconciliada... cuando Dios quiera, cuando los hombres sean transformados... Esta esperanza nos mantiene en movimiento. Es la esperanza de la nueva humanidad, del Hijo del Hombre.

He presentado extensamente este pasaje, con notas eruditas, en mi Comentario de Marcos. Aquí ofrezco un resumen exegético... para aquellos que sigan teniendo aún tiempo. Buen fin de semana a todos.

Texto. Marcos 13, 24-32 .

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre."

13, 24a. Pero en aquellos días, después de aquella tribulación,

La escena empieza con un corte: pero (alla). Frente a todo lo anterior surge algo nuevo, distinto. Éste es el pero de Dios, que se alza y revela como divino frente a todas las cosas de los hombres, desde la altura suprema (o desde el final) de la historia, no para condenar a nadie (no hay ninguna condena), sino para mostrarse divino y salvar a los “elegidos” (a los suyos), desde los cuatro extremos del orbe. Significativamente, aquí no se dice nada de infierno, en contra del esquema dual (buenos y malos, salvados y condenados) que aparece en otros textos significativos de la Biblia (como Dan 12, 1-3 o Mt 25, 31-46) . Tampoco se habla aquí de Gehena, como en Mc 9, 43-47, sino sólo de la salvación de los elegidos, como seguiremos viendo.

En aquellos días (en ekeinais tais hêmerais) es una frase hecha que se emplea en las narraciones simbólicas (fábulas y cuentos) para indicar un tiempo indeterminado, pero de gran importancia. Es una frase que aparece con frecuencia en el Nuevo Testamento (desde Mt 3, 1 hasta Ap 9, 6; y dentro de Maros en 1, 9; 8, 1), y que denota un tiempo indefinido que no quiere o no puede especificarse más. De todas formas, aquí se vincula, de manera más concreta, al período que empieza con la Abominación de la Desolación (13, 14), un período que 13, 19 ha definido como tiempo de la crisis más grande de la historia.

Después de aquella tribulación, señalada de un modo especial en 13, 19, tras “el despliegue” de la Abominación de 13, 14 y de la gran lucha que sigue... Según eso, el tiempo de la Abominación y el del Hijo del Hombre no coinciden, ni ellos (el Abominable y el Cristo) luchan entre sí, sino que el “tiempo” del Hijo de Hombre (si es que puede interpretarse como tiempo) viene “meta”, es decir, después que se han agotado y terminado los días de la Abominación.

Se trata, por tanto, de un tiempo que es próximo (como he venido mostrando la dinámica del evangelio, desde 1, 14-15 hasta 9, 1), pero que, por otra parte, se abre de un modo indefinido, que está marcado por la misión del evangelio en todo el mundo (13, 10; 14, 19). De esa forma, el Jesús de Marcos libera a sus oyentes de la angustia vinculada a la inmediatez apocalíptica (¡no se puede decir que el fin viene ya, en un tiempo prefijado, pero muy cercano!), para ofrecerles una tarea de misión universal. En esa línea debemos añadir que el tiempo de la misión del evangelio es tiempo de prueba (de gran tribulación), que se extiende y abre, trazando un camino de seguimiento de Jesús y de creación de comunidades. Puede ser un tiempo “largo”, pero no es tiempo sin fin, sino que culminará con la gran manifestación del Hijo del Hombre, vinculada a los signos de un desastre cósmico.

13, 24b-25. Des-astre: el sol se oscurecerá y la luna no dará resplandor; 25 las estrellas caerán del cielo y las fuerzas celestes se tambalearán;

Tomo esa palabra (des-astre) en su sentido fuerte, como destrucción del orden astral donde se sustenta (o refleja) la vida de la tierra y la historia de los hombres. Como la Biblia sabe y dice, desde su perspectiva cósmica (Gen 1, 14-19, el día cuarto), en el centro de su gran Semana creadora, Dios ha fijado el orden de la bóveda celeste, con el sol, luna y estrellas, por “encima” de la tierra, para iluminarla y hacer así posible que exista vida en ella. Por eso, el fin de la historia actual viene marcado con la destrucción de ese orden, es decir, con el gran des-astre, algo que sólo Dios puede realizar.

Los fenómenos anteriores, incluidos en la gran tribulación, sucedían antes en el plano de la tierra (terremotos, hambre), y en el plano de la historia de los hombres (guerras, persecuciones, abominación, engaños, huída…), aunque en ella viniera a proyectarse la sombra de Satán, a quien hemos visto luchando contra Jesús desde 1, 13 (pasando por 3, 23-26 y 4, 15). Ahora, al final, interviene otro agente, que es Dios, que aparece como causa del gran des-astre, con sus dos vertientes. (a) La destrucción del orden cósmico actual. (b) La creación de un orden nuevo de salvación, centrado en el Hijo del hombre (y no en este sol, luna y estrellas).

El primer motivo (destrucción del orden astral) aparece en la Biblia desde antiguo y puede vislumbrarse ya su “riesgo” en Gen 7, cuando se supone que Dios abrió las “compuertas” que cierran y regulan la caída de las aguas del gran mar que se extiende sobre la bóveda celeste, amenazando con inundar y ahogar toda forma de vida sobre la tierra. Pero Dios se “arrepintió”, cerró luego las compuertas, dejó que la tierra se secara e inicio un nuevo camino de historia prometiendo a los hombres que “mientras dure la tierra” seguirá habiendo frío y calor, verano e invierno, noche y día, con los astros regulando la vida desde arriba (cf. Gen 8, 1. 20-22). Pues bien, Mc 13, 24 supone que ha llegado ya el fin para el orden de la tierra.

En esa línea, siguiendo una antigua tradición, que no sólo es judía sino que aparece en relatos míticos (cosmogónicos) de muchos pueblos, desde la India hasta Grecia (e incluso en la América pre-colombina), 2 Ped 3, 6-7 asegura que el primer mundo fue destruido por el agua (en tiempos de Noé) y que este mundo actual (el último) lo será por el fuego, a través de una gran conflagración o incendio cósmico, que se vincula de algún modo con el infierno. Pues bien, este pasaje de Marcos no introduce ni evoca esos motivos (del agua y del fuego). Ciertamente, Marcos recuerda, en otro contexto, el fuego sin fin de la Gehena (9, 43-47); pero aquí, al final de todo, no hay fuego ninguno ni incendio, sino sólo el apagamiento del orden astral de la actualidad.

Este des-astre ha sido evocado, de un modo más poético que “científico”, en diversos textos del Antiguo Testamento, muy semejantes al nuestro (tejido con citas de Is 13, 10; 34, 4; Joel 2, 10. 31; 3, 15). En ellos se supone un gran oscurecimiento (y también un derrumbamiento). Según la cosmología de aquel tiempo, el orden actual de la tierra (y la historia humana) existe porque hay luz de sol y de luna, y porque las estrellas están “fijadas” en el cielo, sin caerse. La manera más sencilla de imaginarse el fin es un gran “apagamiento” del sol y de la luna, que dejan de emitir su luz, dejando todo a oscuras. No hacen falta más terrores, sólo una gran oscuridad, con los astros cayendo como meteoritos sobre la faz de la tierra.

De esa forma, Marcos ha compuesto un texto apocalíptico de gran sobriedad y de profundo efecto simbólico, sin apelar a ningún tipo de terrores, limitándose a recordar la fragilidad de un orden cósmico que surge de Dios y que Dios puede abandonar. Marcos sabe que los grandes y pequeños astros no son divinos, ni eternos, sino que pueden apagarse y que, de hecho, se apagarán un día (que él relaciona con el pecado de los hombres y en especial con la Abominación, evocada en 13, 14). No ha tenido que vincular de un modo más preciso esos momentos (la maldad de los hombres, la Abominación histórica, el oscurecimiento de los astros), aunque supone que están relacionados. Pero más que esa relación destructora (que algunos han visto en el Apocalipsis de Juan), Marcos ha destacado la relación positiva que existe entre el fin de este mundo y la reunión salvadora de los elegidos.

Estrictamente hablando, como seguiremos viendo, los astros no se apagan para castigar y condenar a los impíos (a los seguidores de la Abominación), que quedan así a oscuras y sufriendo un horror insufrible, como los perversos de Sab 17, 1−18, 4 en Egipto, sino para salvar a los elegidos. Este sol y esta luna no se apagarán para que todo quede a oscuras, sino para que pueda brillar y brille el Hijo del Hombre a quien todos verán, viniendo con gran gloria, es decir, con su luz más alta, alumbrándoles con ella. En ese sentido se puede afirmar que al final no hará falta sol o luna porque el Hijo del Hombre (Dios y su Cordero: cf. Ap 21, 23; 22, 5) serán directamente luz y vida para todos los elegidos.

13, 26. y entonces verán al Hijo del Hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria.

Atrás queda el signo de la Abominación (el Abominable), elevándose allí donde no debe (13, 14). Significativamente, Marcos no ha dicho qué ha pasado con el Abominable, ni siquiera una palabra evocando su ruina, aunque supone que su intento de dominio (de elevarse frente a Dios, ocupando su lugar) ha sido vano. En esa línea debemos añadir que, según Marcos, no ha existido (no se ha dado) una batalla apocalíptica, sino sólo un intento frustrado (el Abominable no ha logrado aquello que quería), con el triunfo final del Hijo del hombre, que viene cuando Dios quiere, sin necesidad de batalla ninguna (a diferencia de lo que aparece en 4 Esd 13, donde se dice que el Hijo del Hombre aniquilará a los enemigos con el aliento de su boca; cf. también Ap 19, 21).

a. Introducción, Hijo del Hombre. Como sabemos ya, el Hijo del hombre tiene poder de perdonar sobre la tierra, para que todas las cosas (incluso el sábado) se pongan al servicio de los hombres (cf. 2, 20.28). Su mismo gesto de perdón y su manera de entender-superar la ley le han llevado a dar la vida en gesto de servicio hacia los otros, como temáticamente ha indicado 8, 31. Pues bien, ese mismo Hijo de hombre (implícitamente vinculado siempre con Jesús), que empieza perdonando-ayudando a los demás, y sufre por ello, es quien ha de venir al fin en la gloria de su Padre, rodeado de los ángeles santos (cf. 8, 31 y 8, 38). Esa unión de sufrimiento y gloria subyace en este pasaje, vinculando la entrega de los discípulos (13, 8-13) y la venida final del Hijo del hombre glorioso, para recoger a los elegidos de los cuatro extremos de la tierra y conducirles a su Vida (13, 27) .

La novedad de este pasaje (Mc 13, 24-279, en su conjunto, no está en la promesa de la venida final del Hijo del hombre (cosa que puede encontrarse ya en Dn 7), ni tampoco en su posible función de juez final (que han desarrollado más las Parábolas de 1 Henoc, en contexto no cristiano), sino en que identifica al Hijo del hombre que viene (es culminador cósmico o juez final) con el mismo hombre Jesús que ha perdonado los pecados, ha superado la vieja ley del sábado y ha sido entregado, ofreciendo su vida a favor de los demás (cf. 10, 45).

La tradición judía conocía la figura del Hijo del hombre, pero sus rasgos en Marcos (poder sobre la tierra, entrega y culminación escatológica) sólo han podido vincularse en concreto desde la experiencia cristiana, que presenta a Jesús como encarnación personal y realización histórica de la figura antes dispersa, multiforme o puramente evocativa de ese Hijo del hombre, tanto en Dn 7 (donde aparecía tras el juicio) como en 1 Henoc 37-71 y 4 Esdras 13 (donde venía también al fin de la historia).

Marcos ha sido el primero que ha escrito la historia humana de Jesús Hijo del Hombre, presentándola en su evangelio de una forma personal, encarnada y coherente. Desde ese fondo ha escrito la historia de Jesus, Hijo del Hombre, cuya figura se centra en tres momentos.

(a) Es sembrador de reino: perdona los pecados y supera la vieja ley (sábado), en gesto de amor liberador que se dirige a los pobres y perdidos de la tierra (2, 10.28).

b) Es aquel que sufre y entrega la vida por el reino, como hemos señalado de una forma programada en el camino de subida a Jerusalén (8, 31; 9, 31; 10, 33).

(c) Por último, Hijo del hombre es aquel que ha de venir en la gloria final (8, 31; 13, 26; 14, 62), en gesto de culminación que asume y lleva a su pleno desarrollo los rasgos anteriores.

Esos tres momentos ofrecen el perfil mesiánico de Jesús, como implícitamente indica Marcos cuando reinterpreta el título de Cristo en términos de Hijo del hombre, tanto en 8, 29-31 como en 14, 61-62 (como veremos en su lugar). Por eso, este pasaje (Mc 13, 26. 27) que anuncia la venida final del Hijo del hombre, que envía a los ángeles y reúne a los elegidos, ha de verse a partir de todo el evangelio. Aquel que vendrá tras el oscurecimiento del sol y la luna, y la caída de la estrellas (13, 24-25), no es un ser divino indeterminado, un ángel supremo, ni tampoco un mediador al estilo de aquellos que aparecen en Daniel, 1 Henoc o 4 Esdras, sino el mismo Jesús que ha realizado sus signos de reino en la tierra y que ha muerto por cumplir con fidelidad lo que ellos exigían.

b. Venida final. Ahora podemos comentar ya el texto, señalando que su visión de la venida del Hijo del hombre ha de entenderse a la luz de la experiencia pascual (cf. 16, 6-7), que es una anticipación y primer cumplimiento de la culminación escatológica, que no se identifica con la gran crisis (13, 21-23), sino después de ella (13, 13, 24-27), como sucedía ya al principio de la historia mesiánica de Jesús que no empezaba en el bautismo, sino después, cuando Jesús había salido del agua (cf. 1, 10- 11). Entonces le verán no sólo los cuatro testigos de 13, 2, sino los jueces de 14, 61-62, de una manera, gloriosa, definitiva, inapelable.

− Verán al Hijo de hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria. Este pasaje es una cita de Dan 7, 13-14, pero ahora ya no es sólo el profeta el que “ve” al Hijo de Hombre, sino que le verán (opsontai) un grupo indeterminado de personas, que se identifican sin duda con todos los hombres y mujeres de la historia final (y quizá, de un modo más preciso, con aquellos que han perseguido a los cristianos). No se dice más, simplemente que “le verán”, en medio de la gran noche (pues sol y luna se han oscurecido y los astros han caído). Eso significa que él viene como gran luz, como nuevo “cielo de Dios”, realizando de manera más alta (salvadora) la función que antes realizaban sol y luna. Significativamente, el joven de la tumba vacía utiliza esa misma palabra para decir a las mujeres que ellas y los discípulos verán (opsesthe) a Jesús resucitado en Galilea, de esa forma se identifican la venida del Hijo del Hombre y la experiencia pascual de Jesús.

Este Hijo de Hombre aparecerá así como Luz Salvadora de Dios, con gran “poder y gloria”(meta dynameôs pollês kai doxês), como revelación visible del Dios invisible. Marcos sabe, como buen judío, que Dios es invisible (en la línea de lo que dirá Jn 1, 18), pero sabe también que Jesús (Hijo del hombre) es la luz de la revelación de Dios, que se mostrará gloriosa al fin de este tiempo (de este sol y de esta luna), como principio y centro de un mundo nuevo que él mismo ilumina; de esa forma reelabora el tema de Dan 7, pero con una diferencia esencial. Dan 7 presenta primera a las cuatro bestias (como Mc 13, 14 ha presentando la Abominación), para decir después cómo han sido destruidas. Marcos, en cambio, no ha tratado de la destrucción de las bestias (es decir, de la Abominación), sino de la persecución de los fieles, que precede a la llegada del Hijo del Hombre.

Este Hijo de Hombre no actúa ya como guerrero, distinguiéndose así de otras figuras en parte paralelas, como la del Hombre (ipse homo) de 4 Esdras, un libro de gran densidad teológica, escrito tras la caída de Jerusalén (tras el 70 d.C.) por un judío (no cristiano) de tendencia apocalíptica, aunque conservado y editado por cristianos (incluso en la Vulgata). Según 4 Esdras, el vidente mira y descubre en las nubes del cielo a un Hombre que lucha contra sus enemigos, a los que vence, con el fuego que sale de su boca, para reunir después, en torno a sí, a una multitud pacífica que le sigue (4 Es 13, 1-12) .
A diferencia del de 4 Esdras, el Hijo de Hombre de Mc 13, 27 no lucha, ni vence, directamente a nadie, ni tiene los rasgos guerreros del Jinete de Ap 19, 11-21, sino que viene (como el Hijo de Hombre de Dan 7) después que el mundo viejo ha sido destruido (ha terminado). Pero no baja simplemente de la Altura divina, donde ha estado escondido, sino desde su historia humana, porque es Jesús, que ha perdonado los pecados, ha proclamado la dignidad del hombre sobre el sábado y ha muerto en Cruz, por fidelidad a su mensaje de Reino, como Marcos contará en los capítulos que siguen (Mc 14-16).

Muchos relatos judíos (y cristianos) vinculaban la venida del salvador de Dios con un tipo de guerra santa (con su victoria sobre los perversos). Pues bien, en contra de eso, Mc 13, ha vinculado la esperanza del tiempo final con la historia liberadora de Jesús (con su entrega como Hijo de hombre) y el anuncio del evangelio en todas las naciones (13, 10).

14, 27. Reunión de los elegidos: Y entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra al extremo del cielo

a. Un tema candente. La escena culmina con esta “obra final” del Hijo del Hombre, que envía a los (sus) ángeles para reunir a los (sus) elegidos de los cuatro vientos de la tierra. No dice nada de una posible condena de los “otros” (los posibles “no elegidos”), no alude a ningún infierno (rechazo de los perversos), sino sólo a una reunión de los “elegidos”, en torno al Hijo de Hombre, que aparece así como representante y presencia de Dios, nueva creación o cielo para los salvados (ocupando el lugar que antes tenían, en el mundo viejo, el sol, la luna y las estrellas).Veladamente parecen distinguirse “los que ven” al Hijo de hombre (que son todos y, quizá, en especial, los perseguidores, vinculados al Abominable), y aquellos a quienes los ángeles/enviados del Hijo del hombre deben reunir.

Marcos ofrece aquí un “signo”, no un discurso teórico sobre los problemas que pueden suscitarse en torno al fin del mundo o a la “salvación” de los elegidos. No dice qué pasa con los otros, si es que hay “otros”, es decir, no-elegidos (condenados), al fin de los tiempos, o si el Hijo del Hombre salvará entonces a “muchos-todos” (como parece suponer 10, 45), pues por ellos se ha entregado (a diferencia de Dan 12, 1-3 que distingue expresamente entre los que se salvan, por ser sabios, y los condenados a la vergüenza eterna). Sea como fuere, según este Jesús de Marcos, la condena de los “no elegidos” consistiría en quedar para siempre en la tierra oscura y fría (sin sol y sin luna, cf. 13, 24), condenados al frío de la oscuridad perpetua . Desde aquí se plantean algunas preguntas que se han venido planteando a lo largo de la historia cristiana:

− ¿Qué pasa con los muertos anteriores, con los mártires otros tiempos? (tema de fondo de Dan 12). El texto no plantea expresamente esta pregunta, que los tesalonicenses presentaron, y que Pablo respondió diciendo que primero habría resurrección de los muertos (al menos de los muertos “buenos”) y que después todos, los que seguían vivos al final y los antes muertos, pero ya resucitados, serían elevados con Cristo a su gloria (1 Tes 4, 13-18). Podría suponerse que Marcos comparte esa visión de Pablo, pues ha hablado de la resurrección de los muertos (12, 18-27), pero aquí expresamente no la expresa.

− ¿Qué pasa con la vieja tierra? Marcos tampoco responde. Ciertamente, él afirma que se apagarán el sol y la luna y que caerán los astros, de manera que esta tierra (el cosmos viejo) quedará plana y oscura, condenada para siempre al frío de la destrucción (cf. 13, 24). Pero no dice más, no le interesa. En este contexto, a él sólo le preocupan los elegidos que culminarán su vida en Cristo.

− ¿Cómo viene el Reino, que Jesús había proclamado en 1, 14-15 y que había querido instaurar sobre esta tierra, desde Jerusalén? Tampoco aquí responde Marcos de una forma expresa, aunque por el despliegue de la vida de Jesús y de todo el evangelio se puede suponer que ha existido un cambio.

(a) Históricamente, Jesús pensó que el Reino vendría a realizarse en este mundo, desde Jerusalén.

(b) Pero, de hecho, por su muerte (y por el triunfo externo del Abominable que ha ocupado el templo de Jerusalén), el Reino pleno sólo podrá darse al final de este mundo, aunque no en un cielo espiritual (como dirá luego gran parte de la iglesia), sino en un mundo nuevo, recreado, en torno al Hijo del Hombre, cuando se apaguen sol y luna. En esta línea, la respuesta del Jesús final de Marcos estaría cerca del nuevo cielo y de la nueva tierra a los que alude el Apocalipsis (Ap 21, 1).

Marcos no ha querido describir lo que podría ser este nuevo cielo y esta nueva tierra (a diferencia de Ap 21-22), limitándose a decir que el Hijo del Hombre “vendrá en las nubes”, que son un signo de la presencia de Dios sobre la tierra (entre el cielo y la tierra). Jesús ya no aparecerá a Jerusalén, para reinar desde allí, como parecía haber dicho antes, en el tiempo de su vida, ni llegará a tomar la tierra antigua (su sol y su luna se oscurecerán), sino que vendrá en las nubes, que son el nuevo espacio de su obra, como había insinuado Pablo al decir que los salvados (vivos y muertos) saldrían al encuentro de Cristo en el aire (1 Tes 4, 17). Nos hallaríamos, según eso, ante una especie de “nueva creación aérea/etérea” (con un cuerpo de luz y transparencia). Pero Marcos no ha precisado el tema, de manera que la única identidad de su “culminación” es el Hijo del Hombre .

b. Enviará a los ángeles. El Hijo del Hombre no envía al Ángel de Yahvé (que es el signo de la presencia de Dios), sino a “los ángeles”, que son sus servidores y mensajeros. Ellos han aparecido ya en Marcos, vinculados a la lucha de Jesús contra el Diablo (1, 13) y a la vida de los resucitados, que son como ángeles de Dios, es decir, que pertenecen a un mundo superior donde no existe el tipo de matrimonio actual (12, 25). También hemos visto, en un texto paralelo, que el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre, rodeado de los ángeles santos (8, 28).

Pues bien, aquí se dice que el Hijo del Hombre viene rodeado por un séquito de ángeles que le sirven (realizan su función). Éste no es un tema que Marcos ha inventado, sino que pertenece a la tradición apocalíptica de Israel, que ha desarrollado una poderosa angelología, que puede hallarse vinculada a su contacto con la cultura persa. Un texto antiguo (1 Re 22, 19) presenta a Yahvé-juez, rodeado de un ejército angélico (cf. Job 1, 6). Por su parte, Zac 14, 5 afirma que “Dios viene” para el juicio con todos sus «consagrados» (qdsm TM, hagioi LXX), espíritus celestes que cooperan en su obra, como suponía Dan 7, 9-10, cuando afirma que Dios se dispone a juzgar, rodeado de millones de espíritus celestes.

En una línea más cercana a nuestro texto, la tradición de Henoc afirma que los ángeles de Dios (cf. 1 Hen 1, 9; 47. 3; 60. 2) acom¬pañan y sirven al Hijo de Hombre (cf. 1 Hen 51, 3-4; 55, 4; 61, 10, etc.). Este pasaje (Mc 13, 27) supone que los ángeles están al servicio del Hijo del hombre (como suponía 8, 38), aunque no diga que son suyos, como hará Mateo (cf. Mt 13, 41; 16, 27; 25. 31) y la tradición paulina (cf. 1 Tes 3, 13; 2 Tes 1, 7). Marcos no dice que los ángeles son del Hijo del Hombre, pero es claro que están a su servicio, como tes¬tigos v auxiliares de su obra. Donde estaba Dios, Marcos ha puesto a Jesús, Hijo de Hombre; su poder sobre los ángeles constituye un signo de su dignidad, como revelador definitivo de Dios .
Jesús Hijo de Hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida por muchos (cf. 10, 45 y todo Mc 14-15) aparece ahora como rey de los ángeles servidores (cf. 1, 13), que son los “apóstoles” finales de su Reino.

a) En el tiempo de su historia, él había comenzado a enviar (êrxato apostellein) a su Doce (6, 7), a los que llamó por eso apóstoles (enviados: 3, 3-15); también había convocado, de un modo especial, a los cuatro “pescadores de hombres” (1, 16-20), a los que al fin dirige este discurso sobre el Monte de los Olivos. Pues bien, al fin de todo, Jesús Hijo de Hombre no envía a los cuatro pescadores, ni a los doce apóstoles, sino a sus ángeles-apóstoles, para realizar la obra definitiva de Dios, que es la reunión y salvación de los elegidos.

b. Como venimos diciendo, aquí estamos ante un juicio militar, de manera que los ángeles de Dios no luchan contra Satán y sus ángeles perversos (como supone Ap 12, 7-10); no hay tampoco un juicio forense, con balanza y libros donde se estudian y deciden las obras de los hombres (como en Dan 7, 9-11), sino ante la “reunión” de los elegidos, que se vinculan con el Hijo del Hombre, tras el fracaso y ruina del mundo anterior. En ese contexto no hay siquiera un gesto de entronización real. Podemos suponer que el Hijo del Hombre viene sentado sobre el trono de Dios (¡su propio trono!), como destacan algunos cristianos (cf. Mt 25, 31-46, en referencia a Ez 1-2), pero aquí sólo se dice que viene en las nubes, con gran poder y gloria (es decir, como revelación de Dios).

c. Reunirá a los elegidos. Este Hijo de Hombre poderoso enviará a sus ángeles para reunir a los elegidos, no a todos los pueblos, como en Mt 25, 32 (donde la reunión es el comienzo del juicio universal y la separación de elegidos y condenados). Pero Marcos no habla de un juicio, sino de una elección y salvación final (pues él supone que el juicio se ha dado ya en la historia). Por eso, el Hijo de Hombre envía a los ángeles para “reunir” a los que son suyos. Frente a la primera dispersión de los hombres (diespeiren autous Kyrios, Gen 11, 9) aquí tiene lugar la reunión escatológica de los elegidos ante el Hijo de Hombre que viene en las nubes (no en Jerusalén).

Ciertamente, en el fondo de esa reunión puede evocarse el tema de la “peregrinación final de los pueblos a Sión” (cf. Is 2, 1-4; 60, 1 s; Ag 2, 6-9). Pero el motivo de fondo es muy distinto: los elegidos de Mc 13, 27 no se reúnen en Sión, sino ante el Hijo de Hombre a quien Sión ha rechazado. En ese contexto se sitúa el tema del retorno y unión de los dispersos (a los que el mismo Hijo del Hombre reunirá: epi-synaxei), un tema que ha de entenderse desde la tradición de la Biblia, donde se decía que Dios reunirá a los dispersos .

Pero en Marcos hay una novedad. (a) La tradición judía habla de una reunión de los israelitas dispersos, que vuelven a Sion, para retomar su tierra, para reiniciar su historia. (b) En contra de eso, los ángeles del Hijo del Hombre de Marcos reúnen a los elegidos, entre los cuales se encuentran los llamados de todos los pueblos a los que se ha dirigido la misión cristiana (13, 10), pero no lo hacen ya en Sión, ni en la tierra de Israel, sino ante el Hijo del Hombre rechazado por las autoridades de Sión. El texto supone que lamisión cristiana se ha extendido a todo el mundo (a todas las naciones) pues afirma que los elegidos del Hijo del Hombre serán reunidos “de los cuatro vientos/extremos del universo (cf. Zac 2, 10), desde el límite de la tierra hasta el límite del cielo, es decir, sin excepción alguna. Esta expresión (del extremo de la tierra al extremo del cielo) quiere ser absolutamente abarcadora .

13, 28-29. Parábola de la higuera. 28 De la higuera aprended la parábola. Cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, conoced que está cerca el verano. 29 Pues lo mismo vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas.

Tras el clímax anterior, Marcos vuelve a emplear otra vez un lenguaje de reposo y reflexión, que se funda en la observación de la naturaleza, con el signo de la higuera, que ahora recibe un sentido distinto al de 11, 12-25. En aquel contexto, la higuera de hojas abundantes y de nulo fruto había sido el signo del templo de Jerusalén, aunque, como anotaba el texto, no era tiempo de hijos, pues apenas empezaba a apuntar la primavera (en torno al mes de marzo). Ahora vuelve el signo (parábola) de la higuera, de la que deben aprender los discípulos.

No es aún tiempo de higos, pero sus ramas han comenzado a ponerse ya frescas y a brotar, porque están llenas de savia, de forma que empiezan nacer las hojas. Cualquier agricultor sabe que esos brotes son un signo de primavera, un anuncio del verano. Así está pasando en la historia de los hombres. Los signos que ha venido exponiendo el evangelio (guerras, persecuciones y, sobre todo, el surgimiento de la Abominación) indican que está para producirse el gran cambio. El verano de la creación.

La historia de Israel, y el mismo conjunto de la humanidad, viene a compararse de esa forma con el proceso de una higuera. Un año de vida de la higuera, ése es el tiempo del mundo, mirado desde Cristo, tal como lo destaca Marcos que se sitúa ante el proceso de la vida de Jesús, ante el despliegue final de Israel, poniendo de relieve los signos de la naturaleza y de la historia, como hizo en otro tiempo Jeremías, al fijarse en un almendro y verlo como signo de la llegada del tiempo de Dios (cf. Jer 1, 11-12) .

b. 13, 31-32. Ni el Hijo conoce la Hora 30 Os aseguro que no pasará esta generación sin que todo esto suceda. 31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 32 En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre.

Este pasaje vuelve a situarnos ante la misma tensión que había aparecido en 8, 38−9, 1 y en 9, 2-8, donde se afirmaba, por un lado, que algunos de los allí presentes (en Cesárea de Felipe, al comienzo del camino de la cruz) no morirían sin haber visto la llegada del Reino de Dios en poder (9, 1), para mostrar después, por otro lado, que Jesús se hallaba ya en la gloria de Dios, superando de algún modo el transcurso de este tiempo (9, 7). Éste es un pasaje dramático, que nos sitúa ante la paradoja del tiempo cristiano.

(a) Cercanía. Por un lado (13, 30-31), Jesús pide fidelidad en el tiempo de la prueba, afirmando que “no pasará esta generación antes de que todo esto se cumpla” (los signos ya citados, la venida del Hijo del Hombre), pues el cielo y la tierra pasarán, pero las palabras de Jesús han de cumplirse. Eso significa que el tiempo del fin se halla tan cerca que algunos vivirán todavía (no habrán muerto) cuando llegue el reino .

(b) Ignorancia. Pero, al mismo tiempo (13, 32), dice “que nadie conoce la hora, ni los ángeles de Dios, ni el mismo Hijo, sino solo el Padre”. Por los escritos de Pablo (1 Tes 4, 13− 5, 11; 1 Cor 15, 51) conocemos bastante bien ese equilibrio entre el carácter futuro de la resurrección y la certeza de que va a realizarse muy pronto, en esta misma generación. Marcos también ha querido destacar la paradoja; para eso ha construido un díptico donde se mantienen, una al lado de la otra, dos posturas que son complementarias .

Marcos ha presentado ya implícitamente a Dios como Padre, al transmitirnos la palabra que se dirige a Jesús como su Hijo (cf. 1, 11; 9, 7). De manera expresa, él ha citado al Padre por su nombre, al referirse a la exigencia del perdón (¡para que vuestro Padre os perdona!: 11, 25). Y volverá de nuevo a hacerlo cuando nos ofrezca la oración suprema de Jesús en el huerto (14, 36). Pero sólo en este lugar (13, 32) ha vinculado en relación estrecha y directa al Padre con el Hijo (a Dios y a Cristo), bien unidos, inseparables para siempre.

De esa forma, el mismo Hijo de Hombre, que en 14, 26 aparecía como figura escatológica (cumpliendo la tarea última de Dios) viene a presentarse ahora como Hijo, o mejor dicho como el Hijo, en absoluto (ho Huios). Realiza la obra de Dios y es Hijo suyo, pero sin romper la unidad y transcendencia de Dos, que Marcos ha puesto de relieve en 10, 18: Solo Uno es Bueno: Dios. De esa forma, realizando la obra de Dios, Jesús puede aparecer y aparece como el Kyrios (Dios presente) y como el Hijo de Dios Padre, que es siempre trascendente. Por eso, él puede afirmar, por una parte, que todo ha de cumplirse en esta generación (¡es tiempo de Dios!), para añadir, inmediatamente después, que sólo Dios conoce la hora. Así pues, estamos en los días finales (¡esta generación!: 13, 30), pero sabiendo que el tiempo de la gracia nos trasciende, y así tenemos que dejarlo en manos de Dios (sólo el Padre conoce la hora: 13, 32).

Ante el misterio del fin (ante la hora) sólo existe una actitud: ¡Saber que está llegando y mantenerse en las manos del Padre! Desaparecen así las restantes instancias de poder o de conocimiento; pasan a segundo plano los ángeles y todos los otros poderes, de forma que el mismo Hijo, a quien Dios ha dado Espíritu y palabra (cf. 1, 9-11), queda a la escucha de la última voz, que es la del Padre .

Marcos responde así a la posible frustración de algunos que han empezado a decir que las palabras de Jesús sobre el fin no se han cumplido, que él anunció la llegada inmediata del Reino y que las cosas de la historia siguen todavía. Pues bien, en ese contexto se debe recordar que la misión de Jesús, como Hijo de Hombre y como Hijo, no era fijar la hora, sino marcar el camino e insistir en la vigilancia, en un tiempo abierto a la hora final de Dios, que está vinculada al oscurecimiento del sol y de la luna y al alumbramiento del mismo Hijo de Dios que vendrá entonces (13, 24-27)


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Comentarios
  • Comentario por Juanjo Olmos 18.11.18 | 10:05

    Mil y una gracias por el Evangelio de Marcos, Xavier.
    Ahora acaba ya el "año de Marcos" y comenzará el de Lucas. Pero cada semana he podido degustar palabra a palabra tus comentarios.
    Analizando frase a frase y palabra por palabra cada texto. He pasado quizá horas con cada comentario. Mil y una Gracias.
    cada detalle cada idea me ha servivo. hasta cada errata me resulta simpática. Gracias por compartir nuestra común pasión por el evangelio que desde tu posición más erudita tanto ilumina.
    Mil y una Gracias Xavier

  • Comentario por Jhoshua Davila Salazar 17.11.18 | 19:24

    gracias, Jesús es el Señor del riesgo, del siempre «más allá». Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría, esa alegría que nace del amor de Dios, la alegría que deja en tu corazón cada gesto, cada actitud de misericordia. Ir por los caminos siguiendo la «locura» de nuestro Dios que nos enseña a encontrarlo en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el amigo caído en desgracia, en el que está preso, en el emigrante, en el vecino que está solo.

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