El blog de X. Pikaza

El tema no es entrar, sino dejar el "primer mundo" y crear otra humanidad

De ese tema hablaré el próximo lunes en la diócesis de Cartagena-Murcia (cf. imagen), replanteando desde su raíz el motivo de las migraciones en la Biblia.

-- Defenderé en un plano el derecho que los pobres y excluidos tienen de migrar al Primer Mundo, por más obstáculos que oponga USA o la Unión Europea. Nadie ni nada podrá detenerles

-- Pero el tema no es que entren, sino que salgan, como los Hebreos que huyeron de Egipto, abandonando el ajo y cebollas de Egipto, de forma que se cumplan los miedos más oscuros del Capitalismo: Los emigrantes vienen y saldrán para destruirnos.

-- El tema es que salgan (=salgamos), abandonando este Primer Mundo, que no es Dios, para encontrar la Tierra Prometida y crear el Verdadero Israel (la humanidad reconciliada).

-- No es el Mundo Rico el que "salvará" a los pobres con migajas de su mesa; sólo los pobres, migrantes y expulsados, podrán salvar el mundo (incluso a los ricos), como iré mostrando en estas reflexiones política- y quizá religiosamente incorrectas, releyendo y aplicando la historia israelita.

Seguiré mañana con el tema. Lo que sigue forma parte de mi ponencia del lunes en Murcia (en la línea del Diccionario de la Biblia, Estella 2015). Buen domingo.

EL TEMA ES SALIR DEL IMPERIO

Hijos de Jacob, gran emigración (a Egipto)

Nosotros, los asentados, tenemos a olvidar que nuestros “padres” fueron arameos/hebreos errantes como Jacob y sus hijos, que “bajaron” a Egipto por hambre (Dt 26, 5). Se ha dicho siempre que en caso de necesidad (hambre, peligro de muerte) cesa la propiedad privada, pues la tierra es de todos y todos pueden comer de ella (como supone Gen 2). Nadie tiene derecho a elevar fronteras contra el hambre. Aquí nos sitúa la gran paradoja que estaba presente en el tema anterior. Abraham habría recibido la gran promesa (te daré una tierra, tus hijos serán numerosos, podréis vivir en paz, como fuente de bendición, entre todos los pueblos). Pues bien, en contra de eso, sus descendientes, Abraham, Isaac y Jacob, portadores de la gran promesa, pasaban hambre en Palestina, mientras sus vecinos de Egipto eran ricos.
En ese contexto se inscribe la gran emigración de los hebreos (Jacob y sus hijos) que “bajan” por hambre desde las tierras secas y pobres del entorno de Palestina y se introducen como extranjeros en Egipto, buscando allí el pan que les niega su patria. En ese contexto es bueno que evoquemos la historia de nuestros orígenes, recordando que los israelitas fueron un pueblo de gentes marginadas, en busca de una tierra donde fuera posible el pan y la libertad, como sigue diciendo el principio de su “credo” (decálogo), donde se presenta su Dios y proclama: “Yo soy Yahvé, tu Dios, que te he sacado de Egipto” (Ex 20, 2; Dt 5, 6; cf. 1 Rey 12, 28; Jer 2, 6 etc.). En esa línea podemos afirmar que la Biblia es una guía de vida para los emigrantes, esto es, para aquellos que tienen que dejar sus seguridades y pobrezas antiguas, para crear un nuevo orden social en otra tierra, como confiesan los israelitas al presentar sus ofrendas en el templo:

Mi padre era un arameo errante; bajo a Egipto y residió allí con unos pocos hombres... Pero los egipcios nos maltrataron y humillaron... Gritamos a Yahvé, Dios de nuestros padres, y Yahvé escuchó nuestra voz, vio nuestra miseria... y nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido y nos trajo a este lugar.. (Dt 26, 5-10; cf. Jos 24, 2; Sal 136, 78).

El padre de los emigrantes no es ya Abrahán, sino Jacob (Israel), antepasado de aquellos que han buscado una nueva tierra que pudiera alimentarles. Desde ese fondo se entiende la paradoja de la Biblia, tal como aparece reflejada al final del Génesis (Gen 37-50) y al comienzo del Éxodo (Ex 1-13), pasajes que nos permiten entender mejor nuestra historia del siglo XXI.

‒ Por un lado está el “capital” de los ricos, representado por Egipto, centro del Imperio, un país que por fertilidad de la naturaleza (el Nilo) y por industria de una clase de gobernantes y administradores ha logrado un nivel de vida confortable, asegurando el futuro de la población de un modo “racional”, a través de una racionalización de la agricultura y de un sistema de seguridad (se han edificado silos para almacenar los alimentos sobrantes y para venderlos a grupos más pobres de personas del entorno). Egipto es quizá el primer ejemplo de un sistema económico eficiente de la tierra.

‒ Por otro lado está la necesidad de los pobres, que “bajan” a Egipto para comprar alimento, gastando así sus ahorros (como hacen los primeros hebreos: cf. Gen 42), y para instalarse después allí, primero como “amigos” y más tarde como jornaleros emigrantes, es decir, como hombres y mujeres de segunda categoría (cf. Ex 1-2). El “capital” de Egipto aparece así como un “realidad bifronte”: Por un lado atrae a los hebreos, emigrantes pobres, a quienes seduce con su abundancia; por otro lado les esclaviza, convirtiéndoles en trabajadores sin derechos, condenados a la esclavitud e incluso a la muerte (no pueden multiplicarse, han de ver como mueres sus primogénitos).

‒ El futuro de la humanidad está en manos de los pobres, no en manoS del capital. Estos pasajes de los libros del Génesis y el Éxodo, con toda la Biblia posterior, saben que los imperios económico/militares, como la torre de Babel (Gen 10) tienen los pies de barro (Dan 2). Parecen eternos y, sin embargo, llevan dentro una contradicción insalvable, que termina destruyéndoles. Los grandes sistemas imperiales (como el neo-capitalismo actual) no se destruyen desde fuera, sino por corrupción y lucha interna, como sucedió con los grandes imperios antiguos (asirio, babilonio, persa, helenista; cf. Dan 7). Frente a los imperios ricos se eleva el hombre, es decir, la humanidad, representada por los emigrantes y los pobres.

En ese contexto ha contado la Biblia la historia ejemplar José (Gen 37-50), hebreo soñador (inteligente), vendido por sus hermanos a unos traficantes de personas, que a su vez le vendieron en mercado de Egipto, donde Dios le ayudó y pudo convertirse en Virrey. Esa historia supone que en sí mismo el “sistema” (Egipto) no es malo, pues puede producir y almacenar (crea capital, un banco de alimentos) para “saciar el hambre” de la población e iniciar un comercio que podría ser justo (humano). Pero el texto es realista y supone que, a pesar de que José era bueno y a pesar de que acogió a sus hermanos (que le habían vendido) no pudo impedir que los egipcios acabaran oprimiendo a los emigrantes hebreos.

Moisés y el Éxodo. Salir del imperio, salir de Egipto

La historia de José mostraba que el Imperio económico-social de Egipto lo había creado un hebreo inteligente, vendido como esclavo), con las mejores interiores: Dar de comer a todos los egipcios y acoger a los emigrantes (los hebreos hambrientos del entorno y de todo el mundo). En esa línea, se puede “soñar” en un dinero y un poder puesto al servicio de los hombres, para resolver los problemas de la humanidad, como asegura un tipo de neo-capitalismo actual. Pero la Biblia sabe que esa lógica no ha funcionado y no funciona, a pesar de los buenos intentos de José, el hebreo “capitalista” y Jefe de Estado.
En esa línea, el Éxodo comienza diciendo, de un modo lógico y sorprendente (cf. Ex 1, 9-10), que el sistema no tiene “memoria” de los pobres, iniciando un relato ejemplar que ha marcado (y sigue marcando) la historia de la humanidad. El Gran Imperio/Capital (Egipto) logra elevarse y crear una sensación de seguridad invencible, pero lo hace a costa de dos opresiones vinculadas:

‒ Sometimiento interno. Los bienes del Imperio no se extienden a todos los estratos de la población, sino sólo a los grupos de privilegiados. Mientras éstos disfrutan y quieren asegurar su supremacía, los pobres (en especial los emigrantes internos) deben realizar los trabajos sucios (construir graneros y almacenes militares para los ricos), como muestra con sorprendente claridad Ex 1. El Gran Imperio se eleva sobre los pies de barro de los migrantes sometidos.

‒ Injusticia externa. El faraón siente miedo de que los oprimidos de dentro puedan unirse a los excluidos de fuera, que sienten “envidia” de la riqueza de Egipto y pretendan combatir contra ella (cf. Ex 1, 10). La Biblia evoca así al “fantasma” de la posible coalición de todos los pobres del mundo, que ha sido retomada por los “sueños” de liberación de muchos grupos de oprimidos.

En este contexto se sitúa el relato de la liberación de los hebreos (Ex 1-15), que empieza evocando la miseria de los migrantes sometidos al sistema económico y militar del Imperio, que les ofrece cierta seguridad, pero sometiéndoles a su ley de seguridad e impidiéndoles que puedan crecer en libertad. En aquel contexto, la Biblia supone que no se puede derrotar militarmente al Imperio, ni cambiarlo por dentro, tomando el poder y el dinero, pues el poder/capital, una vez tomado, sigue sus normas, corrompiendo a quienes lo ejercen y destruye a quienes lo sufren.

Desde ese fondo, recreando sus tradiciones antiguas, los judíos, herederos de los hebreos antiguos, han elaborado uno de los proyectos más fascinantes de liberación humana, centrado en la experiencia y proyecto (tarea) de crear un tipo de humanidad distinta (de pueblo) fuera del Imperio. No se trata pues de derrotarle en un plano militar, sino de crear una “humanidad distinta”, dejando que el Imperio se destruya a sí mismo, en manos de sus propias contradicciones. Éstos son los primeros elementos del relato:

‒ El tema no es entrar en el sistema rico y opresor (como hicieron sus antepasados). El tema es romper el imperio, salir del sistema, buscar tierras donde poder vivir en libertad… Mirando al principio de su historia, los israelitas se descubren “hebreos” liberados, que han logrado salir del sistema imperial (Egipto) que les mantenía esclavizados. Como seguiré diciendo, los “hebreos” de Egipto sufrieron esclavitudes distintas, pero estaban vinculados por una misma experiencia de opresión, que la memoria israelita ha condensado en Egipto, donde vivían explotados, como cargadores y obreros sin apenas salario, para la construcción de las ciudades-granero de Pitón y de Ramsés, en el extremo amenazado del Imperio (Ex 1, 11-14). El tema de fondo no es, por tanto, entrar en el sistema, sino abandonarlo, crear alternativas de humanidad.

‒ Dios, poder de libertad, nos permite romper con el imperio… Conforme a un tipo de “realismo miedoso” que sigue imperando en nuestro tiempo, pensamos que el sistema manda y que es eterno, de manera que los “esclavos” nunca pueden alcanzar su libertad: Carecen de poder para lograrla, porque los poderes pertenecen a los dueños del imperio (del dinero y de las armas, con la tecnología dominante). Sin embargo, la Biblia sabe que los oprimidos tienen un “capital” mucho más grande: Su grito de dolor que llega a Dios... (Ex 2, 24-25). Los oprimidos (los pobres) tienen un valor o capital más alto, que la Biblia identifica con Dios, que no sólo un refugio interior en el dolor, sino principio creador de libertad. También los egipcios creían mucho en sus dioses, pero ellos eran ídolos, justificación del sistema, que se expresa en las inmensas pirámides que expresan el culto a la muerte. Pues bien, en contra de eso, los hebreos se sienten portadores de la promesa de un Dios libertad, que les “empodera” (les da poder para alcanzarla).

En este contexto se sitúa la historia del Éxodo. La Biblia ha empezado hablando del pueblo que sufre y grita a Dios, desde la opresión. Pero, si quiere liberarse de verdad, el pueblo necesita unos líderes o conductores carismáticos, que conozcan la situación y asuman la tarea del pueblo, que la animen y dirijan. Normalmente, los líderes son hombres de frontera, vinculados a los oprimidos por familia o recuerdo, pero capaces de enfrentarse con los opresores, conociéndoles por dentro.

Entre ellos, el más grande fue Moisés. La historia le recuerda como «hebreo», esclavo por su nacimiento, pero fue educado como egipcio, en la familia del gran rey o faraón (Ex 2, 1-10). Podría vivir para el “sistema”, aprovecharse de sus ventajas, pero un día «recuerda su origen», “visita” a sus hermanos oprimidos, se identifica con ellos, y así inicia un camino de entrega personal y de liderazgo intenso, que pasa a través de diversas etapas. Su primer intento acaba en un fracaso, y por eso debe realizar una larga “travesía de desierto”, que le lleva al encuentro don Dios y al fortalecimiento de su empeño (cf. Ex 2, 11‒3, 17).

Moisés ha nacido en Egipto, en una tierra donde su familia ha tenido que emigrar para subsistir, pues en Palestina no hay comida. A pesar de su condición de “hebreo” (hijo de emigrantes marginados), ha logrado hacer fortuna, de manera que aparece como “hijo del Faraón”, miembro de la familia imperial. Pero no quiere gozar de los privilegios que le ofrece su fortuna, su puesto imperial, sino que decide liberar a sus hermanos oprimidos. Esa decisión le lleva a enfrentarse con los egipcios, de manera que tiene que esconderse en el desierto, donde le acoge una familia de pastores, de manera que podía haber pasado allí toda su vida, sin preocupación. Pero Dios (la voz de la libertad) salió a su encuentro en el desierto:

«El ángel de Yahvé se le mostró en forma de llama...»; él sintió curiosidad, se acercó y escuchó la palabra: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob... He visto la aflicción de mi pueblo de Egipto y he escuchado el grito que le hacen clamar sus opresores, pues conozco sus padecimientos. Y he bajado para liberarlo del poder de Egipto y para subirlo de esta tierra a una tierra buena y ancha, a una tierra que mana leche y miel, el país del cananeo, del heteo...» (Ex 3, 7-8).

Ésta llamada y encargo de liberación definirán no sólo la vida de Moisés, sino la experiencia más alta de la liberación de los oprimidos. Éste pasaje (Ex 3) y los capítulos que siguen nos ponen en el centro de la Biblia Hebrea, que podemos y debemos entender como carta maga de la liberación de los emigrantes pobres y de los oprimidos:

‒ Dios de los migrantes, no para tomar el imperio, sino para salir de él. Ex 3, 2 empieza diciendo que, mientras Moisés guardaba su rebaño (sin ocuparse ya de sus hermanos oprimidos en Egipto), «el ángel de Yahvé se le mostró en forma de llama...», de manera que sintió curiosidad, se acercó y escuchó la palabra: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham...» (Ex 3, 1-6), para añadir: “Soy el que soy” (=Yahvé: Ex 3, 14), es decir, el que estoy presente con vosotros, como Dios de los hebreos (es decir, de mis emigrantes y oprimidos, de los humillados y desposeídos…), mandándole finalmente que saque a los hebreos de Egipto

‒ Liberación de los migrantes, salir del imperio. Moisés inicia y promueve así un movimiento de liberación de los migrantes y esclavos, pero no en línea de alzamiento armado (para tomar el poder de Egipto, pues en ese nivel los “faraones” tendrán siempre ventaja), sino para sacar a los oprimidos de Egipto. Hoy (año 2019) sabemos que el tiempo de las guerras militares en contra del sistema no tienen sentido… No se trata de vencer al imperio con armas, sino de “desertar”, de salir de Egipto, de buscar otras alternativas de vida.

‒ Con la ayuda de la naturaleza. Moisés no se ha enfrentó con armas al faraón de Egipto, como intentaron hacer los macabeos cuando lucharon contra de los helenistas (177‒174 a.C.), teniendo la “mala suerte” de vencer, para crear así otro reino opresor, tan malo como el de aquellos helenistas. El “guerra” de Moisés, no se situó en un plano militar, pero vino favorecida por el orden de la vida cósmica y social, es decir, por el despliegue de la naturaleza, tal como aparece en el relato de las “plagas” y el paso por el Mar Rojo: los opresores sufren el castigo de la naturaleza que ellos manejan de un modo egoísta y que les destruye; por el contrario, Moisés y los hebreos quisieron descubrir y desarrollar un nuevo tipo de equilibrio cósmico y social, saliendo del Imperio (Egipto) y creando nuevas estructuras de vida en el desierto.

‒ Guerra de Moisés, el emigrante, al servicio de la humanidad. El Faraón representa la violencia del sistema que se diviniza a sí mismo y que al hacerlo se destruye. Moisés, en cambio, simboliza la confianza del pueblo en los valores del hombre, es decir, de la libertad. Sólo unos pobres emigrantes liberados (que asumen su tarea, saliendo de Egipto) pueden crear la nueva humanidad… En esa línea, la libertad implica una decisión por parte de los emigrantes pobres. Perseguidos, prácticamente atrapados por el ejército del Faraón, los exilados deben un paso y arriesgarse entrando en el mar. Son ellos los que deben liberarse, sin esperar que les liberen otros, desde fuera: «Di a los israelitas que avancen: tú alza el bastón y extiende la mano sobre el mar y el mar abrirá en dos, de modo que los israelitas puedan atravesarlo a pie enjuto» (Ex 14,16).

Moisés representa un movimiento de salida del sistema imperial, sin enfrentamiento militar, en el conjunto de la tradición “canónica” de la Biblia, tal como ha sido continuada por Josué, la historia de la liberación de Moisés se encuentra vinculada a un tipo de guerra, como veremos en el apartado siguiente: Los israelitas entran armados en la Palestina y la conquistan, “destruyendo” a los cananeos para tomar así el control de la tierra. Pero eso vendrá después, pues en principio la tradición de Moisés ha sido básicamente pacífica, en la línea de Abraham.

DEJAR EL IMPERIO DEL CAPITAL, ENTRAR EN LA TIERRA PROMETIDA

He puesto de relieve la “salida” del sistema imperial, dominado por un tipo de poder político/religioso que, en sentido extenso, podría compararse con el neo-capitalismo de la actualidad. Pues bien, esa salida, que se expresa y expande a través de “cuarenta años de peregrinación por el desierto” (de la que se habla en los cuatro últimos libros del Pentateuco: Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) desemboca en la creación de un nuevo modelo de vida, que se exprese a través de la “entrada” de la tierra, un tema complejo que la Biblia ha presentado de diversas formas.

La tradición predominante de la Escuela Deuteronomista ha creado un esquema simbólico, de tipo militar: Tras vagar cuarenta años por los desiertos del Sur de Palestina (en la zona del Sinaí), las tribus hebreas, convertidas ya en pueblo de Israel y dirigidas por un caudillo guerrero (Josué), penetraron de manera militar en Palestina. Dios mismo avala esa conquista militar y sigue protegiendo a los jueces y reyes posteriores, empezando por David. Ese esquema “oficial” tiene ciertamente su valor, pero otros datos de la misma Biblia, interpretados desde su trasfondo histórico-literario, nos obligan a matizarla, para interpretar de otra manera el origen de Israel en Palestina, uniendo otros motivos como una invasión pacífica y una revolución interna:

1. Conquista militar.

Ésta es la visión oficial de la “escuela deuteronomista”, que ha fijado la visión histórica tradicional de la Biblia, desde el libro de Josué hasta 2 Reyes. Según ellas, los guerreros de Israel, concientizados e integrados como grupo militar, habiendo salido de Egipto, tras un tiempo de estancia en el desierto del sur, conquistaron de manera rápida y violenta la tierra palestina.

Ésta es la postura que presenta al libro de Josué (Js 1-12), y que ha influido en el conjunto de las tradiciones posteriores de la Biblia. Ella presupone que los israelitas se encontraban ya formados como pueblo en el desierto, bajo la inspiración del Dios Yahvé, y que de esa forma, como pueblo unido y bien armado, conquistaron el país de las promesas y, matando a sus antiguos habitantes, repartieron a cordel sus tierras (cf. Js 13-22).

Esta perspectiva, desarrollada por la escuela Dtr de la Biblia y asumida por algunos historiadores y arqueólogos modernos, supone una visión dualista y destructiva de la guerra, resultando que unos eran buenos (los israelitas conquistadores), y otros, malos (los cananeos), de manera que por eso resultaba necesaria una política de tierra y población quemada. Sobre la muerte de los enemigos y la victoria militar de los elegidos pudo asentarse Israel en Palestina, en rápida campaña de conquista .

Tomada de un modo estricto, esta visión no puede aceptarse: ni existió Israel como pueblo unificado antes de su entrada en Palestina, ni los hebreos conquistaron la tierra en una gran campaña militar. Sin embargo, ella transmite un auténtico recuerdo: Entre los grupos que formaron la unidad israelita había uno especial, con grandes dotes militares. Estos israelitas del grupo de activistas Yahvé, no eran pacíficos pastores trashumantes, ni sencillos campesinos marginales, sometidos al control de las ciudades cananeas, sino guerreros conscientes de su poder, como aparece en Dt 7 y 20, 11-18; Ex 23, 20-33; 34, l0s; Jc 2, 1-5).

En ellos se expresa una gran certeza de fondo: La transformación social exige un gran esfuerzo, algo que en aquel contexto sólo podía expresarse en forma militar, y por eso la entrada y formación de Palestina debió entenderse en forma de guerra de conquista. Dios mismo combate con sus fieles, enviando su terror y destruyendo (en guerra santa) a los antiguos habitantes de la tierra. No puede surgir un mundo nuevo sin destrucción del antiguo, y ello exige una guerra, aunque ella deba ser distinta de todas las anteriores, con la ayuda de un Dios que quiere imponer su paz derrotando a los dioses de los adversarios. Pero esta visión plantea una serie de temas esenciales de tipo militar, social y religioso.

(a) ¿Tenían los emigrantes y oprimidos una capacidad guerrera superior que les permita vencer a los poderes establecidos del imperio?. ¿Podría sobrevivir nuestro mundo a una guerra de ese tipo?
(b) ¿Qué derecho tenían los israelitas a expulsar e incluso destruir a la población nativa de Canaán, como exigen muchas leyes y relatos de una especie “pacto de conquista” de la tierra? La tierra de Canaán no era una tierra vacía, sino que tenía habitantes con derecho a la vida
(c) Finalmente ¿qué garantía tenemos de que unos vencedores militares, como los descritos en el libro de Josué terminen siendo en el fondo mejores que los cananeos anteriores, por muy perversos que estos fueran?

Esta hipótesis de la “buena conquista”, que han esgrimido los pueblos triunfadores, desde los romanos hasta los españoles en América o los anglo‒americanos en Estados Unidos de América, resulta contraria a los principios de la Biblia, en especial del Pentateuco, que ha optado por una “comunidad judía” de tipo no militar. Por otra parte, esta hipótesis no responde a la realidad, sino que es el resultado de una propaganda victoriosa de algunos grupos deuteronomistas.


2. Emigración pacífica.

Contra la visión anterior se elevan datos de carácter religioso, arqueológico, exegético e histórico que nos llevan a pensar que los israelitas se habían instalado en Palestina poco a poco, como emigrantes que fueron aumentando, y tomando parcelas de poder, hasta adueñarse de la tierra. Llegaban como nómadas que provenían de los desiertos de Siria y de la estepa transjordana. Algunos escapaban de la esclavitud de Egipto, otros venían por razones económico-sociales, en busca de una tierra de acogida. Iban llegando en oleadas intermitentes, del XVII al XII a. de C., para establecerse de manera pacífica en las zonas montañosas y poco habitadas de Samaria, Judea o la alta Galilea, instalándose allí, en proceso de sedentarización bastante larga.

Había, además, una mayoría de cananeos oprimidos que buscaban una forma de liberarse del poder de las ciudades opresores, uniéndose con los migrantes venidos de la estepa oriental o de la opresión de Egipto. Ese proceso debió empezar siendo básicamente pacífico. Los cananeos ricos de las ciudades (con ejército y mercados, en pacto con Egipto), controlaban las rutas comerciales y, debido a su ventaja económico-marcial, podían aprovecharse de las aportaciones ganaderas y agrícolas de los nuevos inmigrantes.

Los señores ricos de las ciudades empezaron acogiendo a los israelitas por necesidad económico‒social, mientras que los pobres de la tierra, que formaban un tipo de proletariado militar y agrícola, acogieron a los israelitas por solidaridad real, estableciendo con ellos un tipo de alianza de vida, cuyos rasgos principales pueden verse sobre todo en el libro de los Jueces.Pues bien, en un momento dado la balanza del poder se fue inclinando a los israelitas: su misma experiencia religiosa, vinculada al Dios de sus antepasados y al culto más austero e igualitario del desierto, les mantuvo unidos; así, fueron creando lazos de solidaridad social, mientras las ciudades cananeas, arrastradas por la decadencia del imperio egipcio, carentes de iniciativa y creatividad, fueron decayendo.

Más que choque armado o conquista militar hubo un proceso de sedentarización y empoderamiento de los israelitas con sus grupos afines cananeos, y así fueron creando instituciones de ayuda mutua, poniendo en marcha un proceso de propiedad y cultivo comunitario de bienes, mientras las ciudades militarizadas de Canaán se fueron destruyendo (a causa de su mismo modelo de vida comercial, militarista, que exigía mucho dinero). De esa forma, en un proceso lógico de maduración, los nuevos hebreos terminaron imponiendo (extendiendo) su nueva visión de la vida, en un plano social y religioso, en el siglo XII-XI a.C., y acabaron por controlar toda la tierra palestina, formando así su propio Estado con Saúl, hacia el 1020 a. C. . Pero también en este caso, como en el anterior, se plantean algunos problemas:

‒ ¿Cómo pudo darse este cambió de “identidad” y de intereses en las poblaciones cananeas que pactaron con los emigrantes que venían de Egipto o de la estepa oriental hasta formar un solo pueblo? ¿Puede darse en la actualidad algo parecido entre grupos de emigrantes y parte de la población autóctona del país donde se asientan?

‒ Esta visión nos sitúa ante un intenso mestizaje que debe estudiarse con más precisión en un plano social y cultural, lingüístico y económico, en el que influyen no sólo motivos económicos, sino también otros aspectos de tipo religioso. ¿Tiene sentido o puede darse un mestizaje parecido en nuestro tiempo? ¿Qué tipos de población del mundo rico pueden pactar con los inmigrantes?

‒ Posiblemente fue significativo el hecho de que en ese momento, entre el XII y el X a.C. se produjo en Palestina un intenso vacío de poder, con una retirada de los egipcios y de los imperios mesopotámicos, de manera que pudo surgir allí un nuevo modelo de sociedad.

Sea como fuere, esta simbiosis de emigrantes pacíficos (del tipo de los patriarcas), con otros con más violentos (proclives a la guerra, como algunos fugados de Egipto), con grupos de población cananea, se fue realizando a lo largo de un proceso en el que influyeron poderosamente varias tradiciones sacrales, ligadas a los nombres de Abrahán, Isaac y Jacob, cuyo recuerdo se conservaba en algunoss santuarios (Hebrón, Betel, Berseba, etc.) donde se decía que Dios les había prometido tierra y descendencia numerosa. En esa línea, muchos investigadores y exegetas han interpretado el surgimiento de Israel como efecto de una emigración pacífica de nómadas que, llegando de Egipto y/o del desierto (de las zonas pobres del entorno), ocuparon las zonas montañosas y las más deshabitadas, hasta convertirse en dueños de ella.

3. Una gran revolución.

Esta simbiosis de cananeos con grupos de emigrantes implica en el fondo una gran “revolución”, una forma y proceso de constitución de un pueblo, con motivos anteriores y elementos nuevos, que ha sido y sigue siendo ejemplar en la historia de la humanidad. Israel se fue formando a partir de orígenes distintos: Emigrantes que se fueron asentando en zonas montañosas o boscosas, menos habitadas y pequeños grupos militarizados, impulsados por la fe en Yahvé, Dios de la guerra, que les había liberado de Egipto, pactando con grupos de la población nativa de Canaán, que se sintieron más cerca de que de la oligarquía dominante de sus ciudades.

Pues bien, entre el 1300 y el 1100 a.C., esos tres grupos (pastores venidos de la estepa oriental, fugitivos de Egipto, cananeos de un estrato inferior) fueron compartiendo una misma experiencia de fondo de tipo social, cultural y religioso. Todos ellos se sintieron vinculados por una misma opresión de fondo y por un mismo deseo de libertad y solidaridad grupal, avalada por el Dios común que ellos fueron descubriendo como principio de liberación y comunión. En esa línea, intercambiando experiencias sacrales y buscando un camino compartido de vida, estos grupos fueron descubriendo a Dios como poder de libertad, creando así una conciencia de pueblo.

Tomaron el nombre de hebreos, propio de los marginados, al otro lado de la sociedad (evadidos de Egipto, emigrantes de la estepa, proletarios de la tierra de Canaán), y, formando una federación de “tribus” o grupos vinculados a Yahvé, Dios de Israel (Dios de un tipo de lucha sagrada), o rechazaron la estructura feudal de las ciudades cananeas, donde una pequeña cúpula militarizada de comerciantes ricos, dueños del capital, dominaban sobre el resto de la población. Tampoco asumieron sus diferencias sociales y económicas, y así fueron estableciendo y consolidando como tribus, es decir, como una federación autónoma de hombres libres, organizados para la convivencia, vinculados para la defensa, sin estar supeditados a tipo de capital, sin un ejército profesional.

Esta fue la gran revolución israelita, cuyos orígenes precisos resulta difícil concretar, pero que ha dado origen a un tipo distinto de comunidad humana, en una línea verdaderamente revolucionaria. Y de esa forma los hebreos liberados se fueron organizando como israelitas, pueblo del Dios de la libertad. No entronizaron a un rey (no le necesitaban), ni tuvieron una ciudad capital, ni un templo unificado, sino que se iban reuniendo en los diversos santuarios de la tierra, unidos por una misma experiencia religiosa, social y política de libertad compartida. No delegan el poder en manos de una superestructura económica, militar o religiosa (una ciudad central, un gran mercado, un ejército un templo), sino que buscan y ejercen un tipo “democracia popular” de hombres libres, organizándose por tribus, con estructuras de libertad y convivencia que les capacitan para extenderse y triunfar sobre la tierra palestina.

4. Revolución de los emigrantes, un pueblo nuevo.

Como acabo de indicar, las dos hipótesis anteriores (conquista militar, invasión pacífica…) deben superarse a integrarse en la tercera, que he presentado como “revolución de los emigrantes”. Fueron ellos, pastores trashumantes de oriente (patriarcas), hebreos/hapiru evadidos de Egipto, campesinos pobres de la zona montañosa de Palestina donde no había logrado imponerse el esquema feudal de las ciudades, los que lograron constituirse como pueblo.

Unos mismos intereses económicos y un tipo de costumbres y creencias les fueron vinculando para formar grupos autogestionarios de tribus asociadas, con grupos de levitas y/o antepasados de los benjaminitas y efraimitas, portadores de una ideología sagrada de fuerte libertad, y con oprimidos de capas sociales bajas de las ciudades cananeas, fueron el fermento y principio del que nació Israel.

Ciertamente, en este contexto, se transmitieron las leyes de la tradición militar del deuteronomista, que hablan de la necesidad de “destruir” a los cananeos, derribando sus centros de culto, destruyendo sus altares, matando a sus representantes religiosos (cf. Ex 23, 23-24; Ex 34,10-11; Jc 2,1-5; Dt 7 y 20) . Leídas de un modo literal y aplicadas a otras circunstancias sociales y políticas, esas palabras constituyen el ideario básico de la “venganza” de los emigrantes que entrar en una tierra nueva y que tomando el control de ellas, destruyen a sus habitantes anteriores. Pues bien, sin negar esa perspectiva, que aparece en los textos de la “línea” dura de Antiguo Testamento, queremos recordar que esas leyes tienen un sentido más retórico que histórico, mostrando la necesidad de realizar una opción radical (una revolución fundamental) para constituir y formar parte de la federación de tribus de Israel.

Parece que la palabra Canaán (y lo mismo Fenicia) viene de “púrpura”: los cananeos eran “comerciantes” de tejidos de lujo, que simbolizaban y controlaban la economía del país, y así aparecen en la Biblia como prototipo de personas que se enriquecen a base de los pobres . Por eso, la “lucha” de Israel en contra y de los cananeos y sus dioses parece dirigirse ante todo en contra de un tipo de mentalidad comercial de tipo pre-capitalista que se había extendido en la costa fenicio/cananea. En contra de eso, los israelitas se asocian formando un pacto de emigrantes y pobres, bajo la protección de Yahvé, que no es Dios de comercio sino de justicia.

Según eso, la controversia de la Biblia en contra de los cananeos y el mandato de “destruir todas sus figuras de piedra y sus imágenes fundidas” (Num 33, 51-52) no se dirigía simplemente en contra de un grupo de gente, sino en contra una mentalidad vinculada al materialismo del mercado. Cuando los israelitas se iban aproximando a la tierra de Canaán, Yahvé les dijo: “No contaminéis la tierra en la que vivís, la tierra en medio de la cual yo habito; porque yo soy un Dios que habita en medio de los israelitas” (Num 35, 34). Es como si Yahvé pusiera a los israelitas en guardia ante el poder de seducción de los lugares de mercado, rechazando todo tipo de sincretismo utilitarista, que llevara a la vinculación de Yahvé con los dioses del comercio (Dt 20, 16-18) .

En ese sentido, la lucha en contra de los “cananeos” ha de entenderse como oposición al modelo económico que se expresa y se impone en las ciudades cananeas en las que, lo mismo que en las fenicias, la vida de los hombres se entiende y despliega en línea de imposición económica, en la línea de lo que hoy pudiéramos llamar “capitalismo”. Eso significa que el asentamiento de los “hebreos” en Palestina, y el surgimiento del pueblo Israel sólo es posible allí donde se rechaza y supera, de un modo radical, el modo de vida centrado en el dinero.
Frente a las monarquías sacrales de las ciudades cananeas, asentadas en la fuerza militar, y estructuradas de forma economicista (capitalista), ha surgido Israel como nación sin un poder central dominando sobre todos, como una federación de familias libres e iguales, en un contexto de trabajo directo en la tierra (como agricultores y pastores), sin un centro de poder económico o religioso, planeado sobre el conjunto de las tribus.

Se trata de un pueblo sin rey, ¬ni ciudad central, sin templo unificado, por encima de los otros (como será después Jerusalén), ni sede militar que decida la suerte del conjunto de sus miembros. Libremente viven, con libertad se reúnen y colaboran en la misma tarea (econó¬mica, social y militar) de la vida. Éste es el “milagro” social y religioso del surgimiento de Israel, el nuevo pueblo de los emigrantes liberados.

Los cananeos de las ciudades, como los egipcios y mesopotamios, habían interpretado el poder en forma sacral. Pues bien, en contra de eso, los israelitas entendieron a su Dios como principio de libertad, que les unía en pueblo (Alianza) y les impulsaba en esperanza creadora, hacia un futuro prefijado o anunciado en las Promesas. Fue una revolución teológica de grandes consecuencias: desapa¬rece la visión de un Dios que sanciona y garantiza con su presencia el orden de los poderosos. Fue una revolución humana: casi sin advertirlo, hombres y mujeres dejan de encontrarse sometidos a los dictados del sistema sacral y social dominante y pueden crear un orden social nuevo, en justicia y solidaridad para todos.


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