El blog de X. Pikaza

Dom 11.11.18. Los escribas y la viuda. Poder religioso, opresión de la mujer

Dom 32 tiempo ordinario. Ciclo B. Mc 12, 38-44. Este pasaje recoge dos escenas vinculadas no sólo en el imaginario religioso del judaísmo sino, de igual manera, en el cristianismo y en otras religiones:

a) Por un lado aparecen los escribas (podrían ser también sacerdotes y rabinos), es decir, los nuevos “funcionarios” de la religión, una casta de “letrados” (grammateis, hombres de letras) que se aprovechan de su “estatuto” superior (de tipo socio‒religioso) para elevarse otros, viviendo de esa forma a costa de ellos, en especial de las viudas (es decir, de las mujeres indefensas), de las que se aprovechan en plano económico y social.

b) Por otro lado está la viuda buena, que cree realmente en Dios, y que es capaz de dar por religión todo lo que tiene, aunque le engañen los escribas, de forma que, pensando que da sus bienes para Dios, aunque de hecho los para para los escribas (a quienes en diversas religiones se les llama “beneficiados”, es decir, los que viven de un beneficio eclesiástico).

Esta oposición de escribas (rabinos, sacerdotes) y de viudas (mujeres pobres) nos viene de inmediato a la mente y a los ojos de los que somos algo mayores.

Ciertamente, se han dado cientos y cientos de escribas‒sacerdotes buenoe que han ayudado a las viudas, de un modo generoso, desprendido…, en un plano espiritual y económico. Yo mismo recuerdo en tiempos no tan lejanos las asociaciones de viudas a las que se asistía en las parroquias y centros religiosos (más de una vez les he dado, en los años setenta, del siglo pasado hasta pequeños cursos de evangelio).

Pero han también escribas (funcionarios sagrados) sacerdotes que se han buscado a sí mismos, creyéndose superiores a los otros, y han vivido a costa de los donativos, engaños, regalos y ofrendas de las viudas. Así lo supone Jesús, así lo resalta el evangelio de Marcos, en este relato sorprendente, lleno de ironía y de durísima condena (contra los escribas) y de simpatía inmensa hacia la viuda creyente (y quizá engañada por los escribas‒sacerdotes).

Ésta es quizá la imagen más persistente de mi catolicismo rural, espelcialmente en la Galicia marinera, con un tipo de curas/escribas con tipo de funcionarios, que mandaban sobre la mujeres pobres de negro (en gran parte viudas) que asistían a sus cultos y pagaban misas…Distingo así las dos partes del texto, un prodigio de crítica acerda contra los escribas y otra de ternura emocionada por lasa viudas pobres.

Hoy quizá las cosas son algo distintas, pero el estereotipo de esta páginas de Marcos me sigue impresionante.

MC. 12, 38-40. DIATRIBA CONTRA LOS ESCRIBAS

38 Tened cuidado con los escribas, a quienes gusta pasear con largos vestidos y ser saludados en las plazas 39 Buscan las primeras cátedras en las sinagogas y los primeros asientos en los banquetes. 40 Estos, que devoran las casas de las viudas con el pretexto de largas oraciones, tendrán un juicio muy riguroso.

a. Escribas, un riesgo.

El texto habla de escribas (grammateis, gramáticos), la clase ilustrada emergente del judaísmo galileo, de aldea, de los tiempos de Jesús y de la primera iglesia… Estos eran los equivalentes aldeanos de los sacerdotes‒rabinos, un tipo de abogados‒funcionarios religiosos dominantes que, en general, se opusieron a los cristianos. Este tipo de escribas sagrados eran el riesgo mayor de un tipo de judaísmo, y son actualmente el riesgo de un tipo de Iglesia cristiana.

Eran profesionales del libro, es decir, de la religión: Aquellos que debían estudiar bien la palabra para interpretarla en favor de los más pobres, y debían ser principio de bendición y ejemplo de vida entregada al servicio de los demás. Ellos eran según Jesús el mayor peligro para el judaísmo (y pueden ser hoy el mayor peligro de la Iglesia).

Pues bien, en este momento, en el final de su gran enseñanza en el templo, Jesús se dirige a los escribas de Jerusalén, y de esa forma a todos los que tienden a convertir la ley (libro-religión) en principio de poder sobre los otros, en el antiguo judaísmo o en el nuevo cristianismo. Éstos eran en aquellos tiempos sus signos distintivos (hoy pueden ser otros):

− Largos vestidos (stolais: Mc 12, 38). No son nada en sí, no se sienten seguros por dentro y por eso necesitan crear una apariencia. Viven de fachada, enmascarados detrás de unas telas y adornos que sirven para distinguirse de los otros e imponerles su dominio. En ellos critica Jesús la mentira de un tipo de vestiduras que la Ley israelita (y las costumbres rituales de muchas iglesias, incluidas las cristianas) ha preceptuado para sacerdotes y ministros religiosos (no sólo cuando ofician en el culto, sino en la vida diaria). Jesús la condena como expresión de poder falso (en la línea de 7, 3-5).

Saludos en las plazas (12, 38). La religión les convierte en funcionarios y así ellos, por oficio, la pervierten, haciéndola principio de autoridad pública: utilizan el Libro para representar su teatro de prestigios. Quieren ser superiores (y hacerse honrar) sobre las bases de un conocimiento religioso que utilizan para así imponerse sobre los demás. Es evidente que no viven para crear comunidad sino al contrario, para elevarse sobre ella.

− Las primeras cátedras
(prôtokakhedrias) en las sinagogas (12, 39). Pasamos de la calle a la casa, de la plaza al recinto donde se reúnen los creyentes. También en ese espacio imponen su dominio los escribas, convirtiendo el lugar y tiempo comunitario de estudio y plegaria en medio para imponerse sobre los demás. Así buscan las primeras cátedras (que aquí son de enseñanza, pero que podrían ser y serán pronto de “episcopado”, dentro de la Iglesia) para controlar o dirigir desde allí a los menos dignos o sometidos, imponiéndoles su ley.

− Los primeros asientos (prôtoklisias) en los banquetes (12, 39). Jesús invitaba a comer a los demás, en grupos fraternos, ofreciéndoles los panes y los peces de su grupo. En contra de eso, los escribas se aprovechan de su religión (su dominio del Libro) para comer a costa de los otros. No forman iglesia, no crean verdadera comunión, sino que emplean su pretendida superioridad para vivir a costa de los demás.
Estos signos desembocan en un mismo final: «¡Devoran las casas de las viudas con pretexto de largas oraciones!» (12, 40). El teatro de apariencias (vestidos, saludos, privilegios en sinagogas y mesas) se ha vuelto umbral de muerte para los pobres. Quien empieza aparentando como los escribas acaba destruyendo (matando) a los demás (poniéndolos a su servicio). Ésta es la iniquidad que 3, 29 interpretaba como blasfemia contra el Espíritu Santo (impedir la curación de los posesos) y 9, 42-47 como escándalo contra los pequeños (aprovecharse de ellos).

b. Una religión del orgullo propio y de la opresión de los pobres.

Estos antiguos escribas judíos (y los muchos cristianos que Marcos está criticando en su evangelio) utilizan la oración para servicio propio, se aprovechan de Dios para imponerse a los demás: devoran las casas de las viudas. Han pervertido la religión, son cueva de bandidos (cf. 11, 17).

Ellos son el signo de la anti-religión, el lugar donde un tipo de conocimiento convierte a sus representantes en perversos y peligrosos. Son peligrosos y locos porque han construido su mundo a base de inversiones, de necesidades de apariencia: piensan que son (valen) únicamente en la medida en que lo muestran hacia fuera (vestidos), y por eso necesitan recibir la confirmación externa de su valía (saludos públicos). No son nada por dentro, carecen de verdad personal; lógicamente, para demostrar su aparente realidad, deben andar llamando la atención, buscando de esa forma el reconocimiento de los otros.

La religión se ha convertido para ellos en principio de honor: les hace medrar, les da seguridad material (un vestido distinto, reverencia externa). Ese es un gesto de ostentación, una especie de patología que se expresa en dos formas contrapuestas y sin embargo complementarias: aparentar ante Dios (mucha sinagoga, rezo visible) y aprovecharse de los otros (banquetean con ricos, devoran a las viudas pobres).

Estos escribas (judíos o cristianos) son farsantes perversos y aprovechados. Piensan que el conocimiento de la ley eterna (de la que se creen de alguna forma dueños) les concede derecho para vivir a costa de los otros. Por eso comen del banquete de los ricos y, lo que es mucho más grave, devoran la poca riqueza de los pobres (de las viudas).

Estos profesionales de una religión convertida en libro-ley parecían abundar en cierto judaísmo de aquel tiempo, pero también se pueden/suelen dar y multiplicar allí donde una estructura eclesial (incluida la cristiana) convierta su autoridad religiosa en mentira (ostentación) al servicio del poder, utilizando los bienes de los fieles al servicio de sus propios intereses.

En esa línea, los escribas se alían con los ricos falsamente piadosos que utilizan la religión para justificar su injusticia. A fin de limpiar su conciencia exterior, esos ricos sientan en su banquete a los escribas, apareciendo así como protectores de la religión, hombres devotos que sostienen el culto y clero con sus ostentosas donaciones.

Esta simbiosis de riqueza y falsa religión aparece criticada aquí con fuerza por Jesús, aunque debamos añadir que los culpables principales (directamente desenmascarados en el texto) no son los ricos, sino más bien los escribas. Ellos bendicen con su gesto la acción de los ricos, y encima se aprovechan de ella.

El buen judaísmo (cristianismo) debería haber sido como una higuera repleta de frutos, gozosa de dar su dulzura y comida a los que pasan (cf. 11, 12-14). El buen sanedrín debería estar simbolizado por una viña que ofrece abundantes racimos y vino, para gloria de Dios y servicio de los pobres (cf. 12, 1-12). Pues bien, estos escribas no son higuera, ni viña, ni tampoco olivo (para evocar la imagen de Jc 9, 8-15), sino una vieja zarza inútil que chupa la vida de los otros; parásitos de Dios, opresión para los hombres.

2.- PARÁBOLA DE LA VIUDA (12, 41-44).

(Texto) Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a los discípulos, les dijo: "Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Jesús acaba de decir que escribas, que utilizan a los ricos para su provecho, devoran a las viudas, comiendo su riqueza. De esa forma construyen y defienden una religión que sirve (les sirve) para tener oprimidos a los pobres, para manejarles, dominarles y exprimirles con excusas de piedad y servicios religiosos. Por el contrario, las viudas devoradas son signo de Jesús, entregado y condenado también por esta misma religión oficial de los escribas.

Pues bien, Jesús se ha sentado para observar lo que pasa, con tiempo, con calma, para saber lo que sucede de verdad en el templo.
Esta es la “película” que Jesús ha venido a ver en el templo…donde ve por un lado a los ricos escribas que pasean con sus vestidos de lujo, proclamando la grandeza mentirosa de su religiosa… Y por otra parte ve a la viuda.

Es evidente que Jesús se identifica con ella, como se ha identificado siempre con enfermos, marginados y personas que están necesitadas. En favor de mujeres como esta viudas (y de los diversos tipos de oprimidos) ha iniciado Jesús su movimiento de reino, como muestra el evangelio de Marcos en 15, 40-41 y 16, 1-8 recordando que a los pies de Jesús crucificado (para acompañarle) y en su tumba (para recordarse) estaban mujers como esta viuda.

En este contexto, invirtiendo el tema anterior, la diatriba contra los escribas‒sacerdotes que dominan en el templo la enseñanza de Jesús aparece como parábola real de esta viuda que sabe darlo todo. Jesús se sienta ante el gazofilacio o depósito donde los creyentes depositan las ofrendas voluntarias, planteando nuevamente el tema del dinero, pero no en clave de impuesto obligado (cf. 12, 13-17) sino como participación voluntaria en las cargas de la administración comunitaria, con fines religiosos.

Está al fondo la imagen del tesoro del templo donde los judíos ofrecen sus dones.
Pero es evidente que el evangelio de Marcos amplía esa imagen: el gazofilacio es signo de los bienes ofrecidos a Dios, es decir, para servicio de los pobres. En este contexto pasamos de los escribas importantes, ansiosos de honor, a los ricos también importantes que pueden invertir un dinero que les sobra al servicio de sus pretensiones de prestigio religioso (12, 41). Frente a ellos sitúa Marecos a la viuda que entrega su bios (12, 42-44), lo que necesita para vivir.

Con esta imagen de la viuda que da todo lo que tiene termina la vida pública de Jesús según san Marcos. Lo que viene será un discurso final (Mc 13, dirigido a los discípulos) y la historia de la pasión (Mc 14‒15).

Significativamente, Jesús ha querido compararse a una viuda. Frente a los ricos que regalan ostentosamente aquello que les sobra, obteniendo así más prestigio, ella ofrece silenciosamente dos moneditas, dándose a sí misma, pues ha dado todo lo que tiene. De esa forma viene a presentarse como testimonio de evangelio, como Jesús, que dará también su propia vida por los demás (todos; cf. 14, 22-26).

La viuda es por definición una mujer que ha perdido mucho (marido, hijos) y no tiene familia que pueda sustentarla. Parece que debía volverse egoísta, buscando su seguridad, una pensión de vejez, medios para subsistir como persona. Pues bien, ella se olvida de sí misma, piensa en los demás y entrega lo que tiene, poniéndose en manos de Dios, conforme a la palabra de Jesús sobre la oración y la confianza en Mc 11, 23-25: no tiene para alimentarse, pero confía en Dios y da su vida (bios) con estas dos moneditas que forman su tesoro.

Frente a los escribas que comen de los demás, frente a los ricos que dan por apariencia, Jesús la presenta como signo de Dios sobre la tierra: es el símbolo supremo de su mesianismo, modelo de la iglesia, en la línea de la mujer del vaso de alabastro de de Mc 14, 3-9. Ella es el verdadero Israel como familia que se va construyendo en gratuidad, allí donde alguien da su vida en don para los otros.

Según el evangelio de Marcos, Jesús no ha querido el dinero del rico de 10, 21, pero ahora se fija en las las dos moneditas de la viuda, convertidas en signo de entrega de la vida. Ella ha confiado en Dios; evidentemente confía en una comunidad en cuyas manos (en cuyo gazofilacio o caja de dinero) pone todo lo que tiene; así aparece como signo del reino.

Una pregunta abierta….

Esta viuda, que no tiene nada, da todo lo que le queda para el servicio del templo… de un templo que es cueva de bandidos. Lo hace de buena fe. Es el ejemplo máximo del evangelio de Jesús. Pero, dicho esto, en un momento posterior, habría que decirle que no echara sus moneditas en el tesoro del templo (para que coman y engorden los escribas), en un templo que Jesús ha definido como cueva de ladrones (cf. Mc 11, 17)

Por eso, el paso siguiente sería enseñar a esa viuda a dar el dinero en el lugar justo, a las personas justas, que no ponga su óbolo en aquel “gazofilacio” de vanidades, quizá al servicio de los escribas ricos…, sino que lo comparta día a día con las personas necesitadas de su entorno, directamente, sin el intermediario de aquel templo… que debe ser destruido, como dirá inmediatamente Jesús, en la escena que sigue a esta escena de la viuda (Mc 13, 1‒4).

Aquel templo desapareció, precisamente por el pecado de escribas‒sacerdotes como aquellos a los que criticó Jesús… También podrá desaparece un tipo de iglesia de escribas‒sacerdotes que viven de las viudas… Pero esta viuda permanece para siempre en la memoria de la Iglesia como signo de fe en medio de un mundo de que utiliza la fe de los otros para elevarse sobre ellos.


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Comentarios
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