El blog de X. Pikaza

El infierno de la Biblia y la "fiesta" mercantil del halloween

Han venido los días pasados los niños vestidos de muerte y de infierna, en la fiestas comerciales del halloween, dentro de un mercado en el que todo se compra y vende, incluso las imágenes del diablo, eso sí, domesticado, según uso del dinero.

En ese contexto he querido retomar algunos temas del infierno de la Biblia, que muchos han dejado a un lado (por obra de la banalización presente de todo lo que pueda situarnos ante un compromiso y amenaza seria de la vida). Es otoño en el hemisferio norte, ha llegado el viento frío, y es tiempo de pensar sobre los temas "eternos", sobre el bien y el mal, sobre el riesgo de perversión de una cultura que tiende a vivir de la muerte...

No, no quiero apelar en modo alguno al miedo del infierno para mantener sometido algún tipo de rebaño (eclesial o social). Pero pienso que es preciso (bueno y conveniente) recordar los riesgos de infierno de este mundo, para insistir en los valores de la vida y la necesidad de un cambio fuerte, personal y social, económico, político y religioso, para que este mundo no sea más infierno.

Entendido así, el infierno es un tema simbólico de gran envergadura, o si se prefiere un tema “mítico” en el sentido más fuerte de la palabra, y así lo he venido presentado en algunos de mis libros, como Gran Diccionario de la Biblia (Verbo Divino, Estella 2015)y Amtropología bíblica (Sígueme, Salamanca 2006)

Tres infiernos:

Hay en la Biblia y en la conciencia actual de la Iglesia “tres infiernos”, relacionados entre sí.

a. El primer infierno es el de la vida actual en este tierra. Ciertamente, la propaganda nos dice que tenemos muchos "cielos", al alcance del consumo de quien pueda comprarse un perfume, un coche de alta gama, un tipo de dinero fácil... Pero al lado de esos cielos hay muchísimo infierno, hecho de sufrimiento e injusticia, de muerte y opresión, de millones de hambrientos y enfermos, de esclavos sexuales y sociales, de pateras y vallas que separan unos campos que Dios quiso unidos. Éste es el infierno de los que no tienen comida, ni ropa, ni casa, ni salud, ni libertad… Ayudar a los demás en ese infierno, eso es el cielo, según Mt 25, 31-46.

b. El segundo infierno es el futuro malo de una tierra que podemos destruir en pocos años, consumiendo su riqueza, polucionando sus aguas, calentando su temperatura global... Éste es el infierno de un futuro de guerras atómicas y de enfrentamientos sin fin, con una política y economía centrada en crear crispaciones, al servicio de los intereses de algunos privilegiados. Antes de hablar del infierno "mítico" de viejas religiones, que lo identificaban con el centro caliente de la tierra, donde van a quemarse los condenados, debemos hablar del infierno futuro de este mundo. Antes había cielo arriba, tierra en medio, e infierno abajo. Ahora podemos estar creando un infierto total, arriba, en medio y abajo (al menos en este planeta tierra)

c. ¿Existe finalmente un infierno-infierno, tras la muerte, para los perversos, tal como parece decir la Biblia y como dicen muchísimos cristianos? ¿Hay un infierno de fuego eterno? De eso tratan las reflexiones que siguen, que podrá leer quien tenga paciencia para ello y algo de tiempo.

La doctrina oficial del Catecismo de la Iglesia

No sé si la Iglesia católica actual ha precisado bien su visión cristiana (evangélica) del Reino de Dios, insistiendo en el cielo que es lo suyo (el cielo de la paz, el cielo del amor y de la vida que vence a la muerte), insistiendo en el infierno como posibilidad de destrucción, que no viene de Dios, sino de los mismos hombres... Sea como fuere, sus formulaciones resultan, por lo menos, ambiguas. Hay dos fundamentales, que quiero recoger ahora, una sobre el infierno de los hombres y otra sobre el infierno de los ángeles perversos.

Infierno de los hombres. Catecismo..

«Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de El si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno".La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo IC 1033 y 1035).

Infierno de los ángeles caídos. Catecismo:

391 Tras la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf. Gn 3,1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (cf. Sb 2,24). La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (cf. Jn 8,44; Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. "Diabolus enim et alii daemones a Deo quidem natura creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali" ("El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos") (Cc. de Letrán IV, año 1215: DS 800).392 La Escritura habla de un pecado de estos ángeles (2 P 2,4).

Esta "caída" consiste en la elección libre de estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino. Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a nuestros primeros padres: "Seréis como dioses" (Gn 3,5). El diablo es "pecador desde el principio" (1 Jn 3,8), "padre de la mentira" (Jn 8,44).393 Es el carácter irrevocable de su elección, y no un defecto de la infinita misericordia divina lo que hace que el pecado de los ángeles no pueda ser perdonado. "No hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte" (S. Juan Damasceno, f.o. 2,4: PG 94, 877C).

Nota hermenéutica.

Muchos pensamos que esta “doctrina” sobre el infierno de los hombres y de los ángeles tiene muchos elementos buenos, pero está formulada de manera mítica y acrítica, sin tener en cuenta debe el mensaje bíblico de fondo, la experiencia de Jesús... Por eso, ella debe ser “interpretada” de un modo simbólico y parenético, social y cósmico distinto (respondiendo al evangelio) , pues presentarla así, sin matizaciones, sin tener en cuenta el contexto cultural y literario, resulta por lo menos arriesgada.

Ésta es una doctrina de Antiguo Testamento (y poco matizado), más que de Nuevo, pues en el Antiguo Testamento no hay infierno estrictamente dicho, ni Dios que castiga para siempre, ni fuego eterno,sino un Sheol, que es el "seno" grande, misterioso, de la muerte. El infierno actual del Catecismo de la Iglesia es una doctrina de los apócrifos, más que de los libros canónicos de la Iglesia. Es una doctrina (sobre todo la de los ángeles perversos) que está en el límite de la revelación (por no decir fuera de ella), no en su centro, una doctrina que ha sido superada por Jesús, no a la letra, sino en el espíritu.

El tema Bíblico

Ciertamente, Jesús vive en un contexto apocalíptico judío, como el del libro de I Henoc, que a continuación comentaremos. Pero su vida y mensaje, su amor y su muerte, desbordan ese nivel apocalíptico de ángeles-demonios y de castigos eternos. Teniendo eso en cuenta, presentaré una visión del infierno de los ángeles perversos del judaísmo ambiental (apocalíptico), para evocar mejor mañana la perspectiva cristiana.
El infierno en el judaísmo

Estrictamente hablando, el judaísmo apócrifo (post- o meta-testamentario) no tiene una doctrina fija sobre el infierno, de manera que se han dado y se siguen dando diversas opiniones.

Entre las más significativas, en el judaísmo antiguo están las de los libros de Henoc y de Daniel, que han ejercido y ejercen un influjo inmenso en la visión cristiana del tema. Por eso quiero exponerlas, siguiendo la exposición que he presentado en mi Diccionario de la Biblia y en el nuevo Diccionario de las Tres Religiones (VD, Estella 2010). Este infierno “apócrifo” judío (propio, sobre todo, de la tradición de 1 Henoc) ha influido de una forma enorme en la imaginación de los cristianos e incluso en la doctrina normal de la iglesia, a lo largo de siglos. Por eso me parece importante señalarlo.

En el fondo de gran parte de un imaginario de "pastores" que han amenazado a sus "ovejas" con un tipo de duro infierno, más que animales a vivir en amor esperanzado, nuestra teología ha inflado la apocalíptica apócrifa de Henoc más que el evangelio de Jesús.

Introducción. En el judaísmo antiguo no hay infierno

En el judaísmo más antiguo no se puede hablar del infierno, en el sentido posterior de la palabra. Los judíos más ortodoxos (valga esa palabra), los fieles a Yahvé, han sido muy sobrios respecto a este tema. El mismo descubrimiento de la divinidad de Dios (de Yahvé) les ha llevado a rechazar el culto de los muertos que, a su juicio, son simplemente muertos, no héroes sagrados ni almas divinas que vuelven a la tierra, de la que pueden nacer nuevamente. En esa línea, lo que podríamos llamar “infierno”, entendido como mundo inferior, no tiene carácter divino, ni está vinculado a la salvación o condena de los hombres, sino que es el “sheol” (como el hades de los griegos más antiguos), donde van los hombres y acaban, tras la muerte. Por se dice que “los muertos no alaban a Dios” (cf. Sal 88, 5.10; 115, 17).

No hay castigo de Dios. En esa línea, según el Antiguo Testamento “canónico”, no se puede hablar de un “castigo” de Dios contra los hombres perversos tras la muerte; el castigo, si existe, sólo puede darse en esta vida, no hay recompensa (ni castigo) tras la muerte. Pues bien, a través de un largo proceso, en el que influye quizá la apocalíptica irania y el contacto con otras religiones (como la griega) y, sobre todo, el desarrollo de la conciencia moral y del sentido de la historia, muchos judíos apocalípticos del tiempo de Jesús han planteado el tema del infierno o castigo para los ángeles culpables y para los hombres. En ese sentido decimos que el infierno del Antiguo Testamento es apócrifo más que canónico, es contrario a la fe básica de la fe de Israel, más que elemento central de esa fe.

1 Henoc. Infierno de los ángeles culpables.

Estrictamente hablando, dentro de la cultura israelita, el primer infierno conocido es el de los ángeles violadores, que han invadido, pervertido y destruido a los hombres. El texto apócrifo (pero muy influyente) del libro de 1 Henoc sabe que las almas de los asesinados (de las que hablaremos después) han elevado su lamento, quedándose ante Dios, como la sangre de Abel, que clama desde la tierra (1 Hen 7, 6; 8, 4; cf. Gen 4, 10-11). Pero en un primer momento son los mismos ángeles vencidos y apresados (los Vigilantes: Semyaza/Azazel y sus servidores) los que se quejan y lamentan, desde su infierno (cárcel), iniciando un proceso penitencial que acabará siendo inútil: Dios no perdona a los ángeles perversos, pues su pecado ha sido y sigue siendo imperdonable, de manera que jamás saldrán de su “infierno”. Ellos se arrepienten y piden a Henoc que escriba un memorial de súplica, para que Dios les perdón. Henoc lo hace y sube hasta el cielo de Dios con esa comisión y memorial, pidiendo por “las almas de los ángeles caídos” (cf. 1 Hen 13, 3-6). Pues bien, Dios no les perdona. Éste es un tema clave de los apócrifos apocalípticos, un tema que la Biblia Canónica hebrea no ha querido admitir en su canon, por respeto a Dios, por prudencia.

Tema apócrifo. No hay conversión posible de los ángeles perversos.

La tradición israelita había destacado siempre la posibilidad y la necesidad de la conversión de los pecadores y la posibilidad del perdón de Dios (cf. Ex 32-34). Más aún, la teología del templo asegura que los hombres pueden conseguir el perdón de sus pecados, a través del arrepentimiento.

Según el judaísmo no había pecado que no pudiera perdonarse. Pues bien, posiblemente, algunos del círculo de Henoc pensaron que el perdón de Dios podía aplicarse incluso a los mismos Vigilantes y a sus hijos monstruosos, los gigantes, condenados al infierno; ese parece haber sido el argumento de un libro titulado Los Gigantes, libro donde se narraba la conversión y el perdón no sólo de ellos (los Gigantes), sino también de sus padres, los ángeles caídos (Vigilantes). Habría, por tanto, una reconciliación integral, una apocatástasis, de forma que los mismos ángeles caídos y sus “hijos” (los gigantes) saldrían al fin del infierno.

Pues bien, en un momento dado, entre los siglos III-II a. C., los responsables de la escuela de Henoc habrían rechazado esa postura: no hay perdón para los ángeles caídos, ni reconciliación entre asesinos celestes y víctimas humanas. La misma seriedad del delito de los ángeles y sus hijos monstruos (gigantes) exigía una condena definitiva, el infierno eterno. Por eso, el libro de los Gigantes fue expurgado del ciclo de Henoc y en su lugar se introdujo el nuevo libro de Las parábolas (1 Hen 37-71) en las que el vidente actúa como Hijo de Hombre y Juez escatológico de Dios, no para salvación, sino para castigo sin fin de los culpables.

En esa línea, el texto actual de 1 Hen 12-16 ha rechazado expresamente la posibilidad de una conversión eficaz (efectiva) de los ángeles perversos, manteniendo para ellos la condena del infierno eterno. Ésta es la respuesta de Henoc, su delegado, que había subido para interceder por ellos: «No os valdrá vuestra súplica por todos los días de la eternidad, pues firme es la sentencia contra vosotros: no tendréis paz... Ya no subiréis al cielo por toda la eternidad, pues se ha decretado ataros por todos los días de la eternidad. Pero antes habréis de ver la ruina de vuestros hijos predilectos, y no os servirá el haberlos tenido, pues caerán por la espada delante de vosotros. Ni valdrá vuestro ruego ni vuestros peticiones y súplicas por ellos, y vosotros mismos no podréis pronunciar ninguna de las palabras del escrito que redacté» (1 Hen 14, 4-7).

Los infiernos del Henoc. Un turismo infernal.

Forman parte de un ciclo imaginario de “viajes” de ultratumba. Son una de las primeras literaturas de “turismo apocalíptico”, de viaje por el país de los muertos. Henoc ha subido hasta Dios con el encargo de interceder por los ángeles culpables, pero Dios le responde que para ellos no existe perdón: están destinados al infierno eterno (cf. 1 Hen 15, 2-6). Dios actúa así como juez implacable, que rechaza sin posible gracia (por puro talión) a los Vigilantes y deja abierto el tema sobre la suerte de los hombres, aunque parece que condena también para siempre a los perversos. Desde este fondo se entiende la visión de los infiernos que Henoc va recorriendo.


a. Primer Infierno: los astros caídos, universo malo.
Henoc comienza viendo una región desértica y terrible donde padecen los astros perversos: «Éste es el lugar donde se acaban los cielos y la tierra, el cual sirve de cárcel a los astros y potencias de los cielos. Los astros que se retuercen en el fuego (siete estrellas) son los que han trasgredido lo que Dios había ordenado antes de su orto, no saliendo a tiempo… Éstas son aquellas estrellas que trasgredieron la orden de Dios altísimo y fueron atadas aquí hasta que se cumpla la miríada eterna, el número de los días de su culpa» (1 Hen 18, 14-16; 21, 6). ¿Habrá tras esa miríada eterna un tiempo de retorno y conversión de los astros caídos? ¿Habrá una reconstitución del universo?

b. Segundo infierno: Vigilantes pervertidos, ángeles perversos. El texto habla de un «abismo de columnas de fuego que descienden», como templo invertido, donde penan y purgan su pecado los Vigilantes: «Aquí permanecerán los ángeles que se han unido a las mujeres. Tomando muchas formas, ellos han corrompido a los hombres y los seducen, para que hagan ofrendas a los demonios como a dioses, hasta el día del gran juicio en que serán juzgados, hasta que sean destruidos. Y sus mujeres, las que han seducido a los ángeles celestes, se convertirán en sirenas» (1 Hen 19, 1-3). Ésta es quizá la primera “teología israelita” del infierno, que no ha sido aceptada por la Biblia canónica, pero que ha ejercido un influjo enorme en toda la tradición posterior, de judíos y cristianos (e incluso musulmanes). Ese infierno está vinculado a la caída de los astros y de los ángeles perversos y sólo será “eterno o sin fin” para los malvados

c. Tercer Infiernos: las almas de los hombres muertos. Forman el tercero de los grandes lugares de esta geografía y se encuentran divididos en tres o cuatro compartimentos. El único «sheol» de la tradición israelita antigua, campo de sombra (sin futuro ni salida) para todos los muertos, ha venido a tomar varias formas, convirtiéndose en diversos lugares de premio, castigo o espera para los difuntos. Precisamente en el extremo de occidente, allí donde parece que este mundo acaba, se abren cuatro cavidades lisas y profundas: «Son para que se reúnan en ellas los espíritus, las almas de los muertos… para que permanezcan aquí hasta el día de su juicio, hasta que llegue su plazo...» (1 Hen 22, 3-5). Las almas de los muertos esperan separadas por compartimentos. Son espíritus, han perdido el cuerpo antiguo. Pero es evidente que poseen un tipo de corporalidad; por eso aguardan en sus propios espacios, en los confines de la tierra. Tienen algo en común: su lamento. (a) Las almas de los que han sido justos viven ya una especie de gloria anticipada «allí donde mana una fuente de agua viva y sobre ella hay una luz» (1 Hen 22, 9). (b) Las almas de los que han sido pecadores y no fueron castigados en el mundo empiezan a sufrir en esas cavidades hasta el día del juicio, cuando se complete y ratifique para siempre su castigo (1 Hen 22, 11). (c)Los pecadores castigados ya en el mundo parecen seguir sufriendo, sin necesidad de someterse a nuevo juicio (cf. 1 Hen 22, 13).

Conclusión

Hemos situado el tema del fuego del infierno, como tema de “aviso” y cautela, que aparece en los apócrifos de la Biblia y en algunos textos marginales del Nuevo Testamento. Es un tema que forma parte del “imaginario” de Jesús (es decir, del contexto cultural y simbólico de su mensaje), pero que no se encuentra en el centro de su evangelio.

Jesús no ha venido a repetir visiones anteriores del infierno de loa ángeles o de los hombres pervertidos, sino a proclamar y trazar un camino de cielo, es decir, un proyecto de humanidad y de Reino

.

Jesús no ha realizado un "turismo infernal" como el Henoc (o como el que hará más tarde Dante, que es en este campo muy poco cristiano...). Tampoco ha enseñado a Miguel Ángel a pintar el infierno de la "capilla" Sixtina, que tampoco es digna del evangelio (por más artística y cultural que sea).

No ha venido de visita, sino de "encarnación" y así ha compartido el "infierno" de los hombres de este mundo, para liberarles del miedo y de la muerte. Por eso, los seguidores de Jesús no podemos hablar del infierno como si nada hubiera cambiado con su mensaje y con su muerte, con la experiencia pascual y con la vida posterior de la Iglesia. Por eso, algunas de las afirmación del mismo Catecismo de la Iglesia Católica deberían resituarse desde su contexto "histórico" (como formas de hablar de un tiempo pasado)... o matizarse mucho, no para suavizar la vida (¡que ya es dura!), sino para resituar esa dureza en un camino de salvación... como intentaré indicar mañana. Sólo si está claro el cielo se puede hablar de infierno.


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