El blog de X. Pikaza

21.10.18. DOMUND: MIGRACIÓN Y MISIÓN

En otro tiempo, el DOMUND (Domingo Mundial de las Misiones) era una jornada de afirmación de la propia verdad cristiana (que otros no tenían, de forma que podían irse al infierno) y de recogida de dinero, en huchas especiales, con caras de negros, indios o amarillos, a los que debían ayudar con su presencia y su palabras los misioneros cristianos.

Esa imagen de huchas y colectas de dinero, con el canto a la obra religiosa de los misioneros y a la necesidad de colaborar con ellos, forma un elemento clave de nuestra antigua conciencia católica. Han pasado los años y las misiones continúan, y muchísimos misioneros y misioneras realizan una de las obras sociales, culturales y religiosas más importantes no sólo entre cristianos, sino en el conjunto de la humanidad.

Pero, al mismo tiempo, el concepto y tarea de la misión cristiana ha cambiado poderosamente. Ya no se ven huchas de colecta como aquellas, ni son tantos los religiosos y religiosas que van de misión…, de manera que incluso se ven misioneros (sacerdotes, religiosos/as) que, haciendo el camino inverso, vienen de África o América a poblar nuestros conventos, a regir nuestras parroquias, a compartir nuestros cultos, dándose la circunstancia de que en algunas iglesias de Alemania o Francia, de Italia y España se ven más emigrantes extranjeros que europeos.

En este contexto advertimos que la misión cristiana se encuentra internamente vinculada con una nueva oleada de migración, entendida como un tema no sólo laboral y social, sino también cultural y religiosa. Quizá llega el momento de hablar no sólo de las consecuencias religiosas de un tipo de migración que en sí sería neutral sino de entender la migración como fenómeno esencialmente religioso, al menos en perspectiva cristiana, conforme a la palabra de Jesús: Era extranjero y me (o no me) recibisteis.

El extranjero se ha vuelto signo de Jesús (de la nueva humanidad) y el cristiano, por su parte, empieza a definirse como un hombre o mujer que acoge al extranjero.

Antes daba la impresión de que el Cristiano era un hombre "que estaba en casa" (que había encontrado su hogar) y que salía fuera (a la misión) como de paseo, para dar una vuelta por el mundo, sabiendo que tenía su casa asegurada en su iglesia o comunidad de origen.

Ahora, sabemos que el cristiano es un hombre que no tiene casa previa, sino que hace casa (se hace casa) estando en camino, acogiendo a los que vienen y/o buscando a los que están en otros partes, para así aprender juntos, compartiendo el don y aventura misionera de la vida.

No hacemos misión, somos misión, no sólo yendo a otros lugares, sino recibiendo a los que vienen de ellos..., pues (a diferencia de zorros o pájaros) el hombre o mujer como Cristo no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8, 20)

Se abre así un tema esencial de misión entendida como migración, en el sentido doble de salida y de acogida, como ha vuelto a decir el Papa Francisco (Iglesia en salida...). Aquí no puedo ofrecer un desarrollo conjunto del tema, pues no sé si ha sido expuesto todavía de un modo consecuente, pero quiero y puedo esbozar algunas reflexiones de tipo introductorio, tomando como base unos esquemas expuestos ya el año 2006 por los Misioneros del Verbo Divino, en la Universidad de Sankt Augustin (junto a Colonia, en Alemania).


Misión, un mundo en movimiento

Ésta no es una simple salida de emergencia, como la del autobús de la imagen, pues la movilidad constituye un elemento central de la historia humana, agudizada ahora en un mundo globalizado, que se ha puesto febrilmente en camino hacia algo que no sabemos exactamente dónde nos conduce.

El comercio exige una movilidad financiera total y busca también el traslado de mano de obra, allí donde eso se muestra lucrativo. Al lado de esa movilidad laboral, debemos citar otros movimientos de tráfico de personas, de esclavitud y prostitución internacional, migraciones por hambre y guerra, por búsqueda mejores condiciones de vida. Finalmente, está en el fondo la movilidad esencial de la vida humana, que Jesús advirtió y formuló en su tiempo, al interpretar su vida como un movimiento de Reino (o de destrucción total de la humanidad, en caso de que hombres y mujeres se cierren sin más en lo que son.

Nos hallamos ante un nuevo tipo de articulación del espacio y del tiempo, a través de la globalización, con poderes ingentes de cambio cultural, social y de civilización que se han descolocado [desligándose de sus lugares de origen], de manera que empiezan a surgir nuevas migraciones de gran alcance.

Tras unos siglos de conquistas de parte de occidente (y de un tipo de cristianismo misionero), nos hallamos de pronto ante migraciones de tipo por ahora imprevisible. Grandes masas de población se empiezan a poner en movimiento, no sólo (ni principalmente a través de un turismo universal), sino por expansión vital (religiosa) y por necesidad económica.

Éste es un momento bueno para resituarnos ante el evangelio, para situarnos de manera creadora ante la vida... de manera que no se hable sólo de algunos misioneros, pues la vida entera de todos los cristianos es misión, camino, tarea.


Desde una perspectiva tradicional, nuestra situación de migraciones parciales de gentes que van y vienen puede considerado como un problema, como si las culturas, sociedades y civilizaciones pudieran conservarse intactas en su forma tradicional antigua, como si ellas no debieran sufrir un cambio radical a través de la globalización. Pero estamos descubriendo que nada es inmutable (¡que nada ha de quedar intacto!), dentro de un mundo con grandes desigualdades sociales y económicas, donde la migración no es sólo un derecho esencial de los pobres, que quieren compartir lo que hay, sino un derecho y camino de todos, en busca de aquello que Jesús llamaba el Rino
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La migración ha de entenderse como un elemento básicamente humano, con hondo sentido religioso, de manera que podemos hablar, ante todo, de una migración religiosa, espiritual y cultural. En un sentido muy profundo, la misma vida cristiana ha de entenderse como peregrinación, es decir, como un itinerario de encuentro don otros hombres y mujeres, con otros pueblos, para ofrecer dones y compartir caminos.

Siempre se han dado grupos de hombres que se han movido hacia lugares donde parecía haber para ellos mejores condiciones de existencia. Pero ahora (año 2018) nos encontramos en un momento clave de migraciones que no están sólo motivadas por búsqueda de mejores condiciones materiales de vida, sino por experiencia y deseo de encuentro con otras culturas y de enriquecimiento mutuo, en diálogo, en aprendizaje compartido, en generosidad humana (material y espiritual).

Los pueblos más ricos quieren frenar esas migraciones, y lo hacen porque se sienten amenazados por otros pueblos y culturas, pensando que les vienen a robar. En esa línea, hay estados que se cierran en sí mismos, con el fin de conservar lo propio y sin compartirlo con otros (sin recibir la aportación que otros pueden ofrecerles). Eso significa no sólo que ellos son incapaces migrar, buscando lo que otros pueden ofrecerles, sino que en el fondo están la “muertos”, pues en el campo de la vida humana (en plano individual y social) negarse a migrar y/o compartir la vida con migrantes implica estar ya muerto.

Cristianismo europeo y migración/misión

En un sentido externo, Europa depende de los emigrantes, pues sin ellos se acabaría estancando y perdiendo su potencial de vida... Europa les necesita y tiene miedo de ellos, pues teme perder lo que tiene, sin darse cuenta de que limitándose a tener lo conseguido un hombre o un pueblo se pierde (¡El que quiere ganar su vida la pierde, el que sabe perderla a favor de los otros, con otros, la gana, pues sólo ganando a los otros, o dejándose ganar por ello, uno se gana a sí mismo!).

Europa tiende a olvidar que la migración es siempre una misión¸ una tarea vital, una aventura creadora (y que sólo el que se aventura en la vida puede ganarla).. Sólo migrando (y recibiendo migrantes) podemos no sólo mantener lo que somos sino aumentarlo, en la línea del Cristo que dice “id a todas las naciones” (Mt 28, 16‒20). En la actualidad, los emigrantes se encuentran en el centro de unos cambios sociales de alcance mundial.

(a) Por una parte, en un plano económico, muchos de ellos ponen en juego su propia vida y la de sus familias, a fin de alcanzar un nivel de vida mejor.

(b) Por otra parte, al migrar o recibir migrantes se encuentran obligados a poner en marcha estrategias y caminos de comunicación, en una línea que según el evangelio ha de estar dirigida hacia el descubrimiento de la nueva humanidad (es decir, hacia la paz mesiánica).

Migración y misión eclesial, desde Europa

La Iglesia ha de considerar la migración como un fenómeno humano integral, vinculada a las condiciones económicas, sociales y culturales. No se trata sólo de que nosotros, los europeos (más ricos, más desarrollados) ofrezcamos unas condiciones mejores de vida a los migrantes, sino que seamos capaces de aprender de ellos, en un camino en el que el Evangelio se condensa en las palabras: “fui extranjero, emigrante, y me recibisteis” (cf. Mt 25, 31 ss). Recibir significa no sólo abrir un espacio para que ellos vivan, sino hacernos nosotros mismos un espacio abierto pars ellos, abriéndonos al mismo tiempo a su ofrenda de vida.

La iglesia cristiana, y cada comunidad, no puede cerrarse en sí mismo (pues en el caso de hacerlo, defendiendo lo que tiene ante los otros) se acaba muriendo. Cada comunidad es mesiánica (es decir, cristiana) en la medida en que acoge y ofrece la palabra, es decir, en la medida en que escucha y comunica lo que tiene. Éste es el primer desafío de la migración, en línea de misión: Los cristianos están llamados no sólo a ofrecer su palabra a los otros (desde arriba, como si fueran superiores), sino también a recibir la palabra y la vida de los otros.

En contra de unas estructuras de dominación (¡ante todo el triunfo de mi propio pueblo o nación), rechazando las intenciones de explotación de ciertos partidos y grupos políticos (que sólo quieren emigrantes para servirse de ellos), superando incluso unas estructuras jurídicas por la que se defiende “legalmente” un tipo de identidad nacional, rechazando a los distintos, la Iglesia debe optar por la acogida, la escucha, la comunicación de vida entre todos.

No se trata sólo de superar el tráfico humano de personas, vinculado a diversas formas de prostitución sexual y social, lo que importa es ofrecer caminos de escucha y acogida, abierto a la colaboración con todas las organizaciones y grupos que trabajan a favor de la libertad y comunión entre los hombres. No se trata sólo de ofrecer una ayuda inmediata, en casos de necesidad sangrante (¡cosa que es evidente!), sino de abrir espacios nuevos de identidad humana.

La presencia de emigrantes de todo el mundo ofrece [a los cristianos] la ocasión de poder vivir sobre el terreno la catolicidad de la propia iglesia, que ha de cambiar mucho para ello. Esto significa que los emigrantes no pueden ser integrados en las estructuras actuales de la Iglesia, si es que ellas no cambian, pues para que sea posible la comunión no basta recibir los que vienen con nuestras propias estructuras, sino que han de cambiarse las estructuras de la Iglesia.

Para que la migración sea espacio y camino de misión cristiana tienen que dejarse a un lado o superarse muchas tendencias y formas actuales de expresar la comunión de fe, la comunicación de vida, y la misma la liturgia (transformando para ello un tipo de estructuras ministeriales, que no son propias del evangelio, sino que provienen de una situación ya superada de cristianismo dominante o cerrado en sí mismo.

Los emigrantes no pueden venir a convertirse en un adorno folklórico de nuestras comunidades tradicionales. Ellos no están allí para llenar de nuevo con sus cuerpos nuestra iglesias actualmente vacías (como algunos quieren, en España e Italia, en Francia y Alemania…), sino que la forma de ser de esos migrantes (su espíritu) debe cambiar la misma vida de las iglesias.

De esa manera, a través del encuentro con los “otros”, que son una expresión de la legítima multiplicación de la misma fe en Jesucristo, las comunidades tradicionales de Europa, en cuanto iglesia locales, deben expresar de forma básico su catolicidad, ahora muy mermada.


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