El blog de X. Pikaza

Pablo VI y Francisco (2). Iglesia en camino. Contra la opresión y el desencanto

15.10.18 | 16:53. Archivado en Iglesia Instituciones, Política

Como terminaba diciendo en la postal anterior, la Iglesia ha de salir a la calle de la vida y plantar allí su tienda peregrina, no para cerrarse en sí misma, sino para ofrecer a los hombres y mujeres un testimonio personal y unos motivos de fe, es decir, de agradecimiento a la vida y de confianza en ella, en una línea de comunión y diálogo, de esperanza en el futuro.

Una iglesia en la calle, dispuesta a levantar cada día sus tiendas, y seguía caminando por la Palabra de Dios y con el pueblo, más allá del gran super-mercado de la nueva sociedad del capital. Ella no es una “empresa más” al servicio de unos bienes intimistas de consumo (en competencia con las tiendas del esoterismo, la simple auto-ayuda o las modas gnósticas de un tipo de new-age), sino que quiere ser expresión del regalo permanente de la Vida, que es el mismo Dios de nuestra vida. .

No se trata de que la Iglesia tenga más o menos éxito inmediato en ese mundo de meditaciones trascendentales y de mercados esotéricos (que en el fondo siguen estando al servicio del capital), sino de que ofrezca y transmita con su vida, cuerpo a cuerpo, una experiencia radical de fe, centrada en el Dios de Jesús.

No se trata de pasar del desencanto a un nuevo “encantamiento” sectario, sino a descubrir y cultivar una nueva dimensión de la experiencia de la vida, entendida como regalo, recibido y compartido, a partir de Jesús, a favor de (en comunión con) los más pobres del mundo.

En este contexto se sitúa el primero de los “sacramentos” de la Iglesia, que es el Bautismo, expresión de nuevo nacimiento. Bautizar a los pueblos en el nombre “del Padre, del Hijo y del Espíritu” es introducirles en el misterio de la vida como don de Dios, esa es la tarea de la Iglesia según Mt 28, 16-20. Bautizarles para compartir el pan y el camino de la vida (eucaristía). Esa es la esencia del cristianismo.

Imagen: Tres cristianos en camino, en el siglo XX: Luther King (USA), Romero (El Salvador), Bonhöffer (Alemania). Abadía de Westminster (Londres)

Contra el desencanto socio-político ¿qué podemos hacer?

Los deseos de cambio de los últimos decenios (especialmente de la década de los sesenta a los ochenta del siglo pasado), que tanto prometían, en línea de progreso y de liberación social, no lograron cumplirse, por diversas razones, y parecen habernos dejado tan mal o peor de lo que estábamos. Las utopías ligadas en parte al marxismo han perdido su capacidad de convocatoria, por su propia violencia, sus errores y fracasos económicos, y también por la mayor capacidad de penetración del neo-capitalismo, con la adoración del Becerro de Oro. En esta situación nos cuesta creer en la política en la que, por otra, en contra de lo que sucedía en otro tiempo, parecen comprometerse y triunfar sólo los más aprovechados.

Por otra parte, las reacciones integristas de los poderes fácticos, encabezadas por grupos económico-militares, muchas veces violentos en su represión, y vinculados con frecuencia a las mismas iglesias, no han logrado cumplir sus promesas, ni han liberado al pueblo al que decían representar. El Estado, que en principio no se confunde con la nación, aunque tiene elementos “nacionales” ha perdido muchas de sus funciones, cayendo en manos de una economía supra-estatal, dirigida por las grandes corporaciones-multinacionales, al servicio del Capital, convertido de hecho en único poder dominante. En esa línea, parece que la sociedad se estabiliza, encerrada en la “caja de hierro” del Sistema, bajo el dominio de los poderes fácticos (dinero, ansia de poder, grupos partidistas) sin que exista un deseo eficaz de transformación social en profundidad, al servicio de los hombres y los pueblos.

Pues bien, en esta situación, la Iglesia tiene que volver a dialogar con los hombres y mujeres (como pedía Pablo VI), situándose de nuevo en la calle (con el Papa Francisco),
no para tomar el poder como tal Iglesia, ni para hacerlo a través de partidos políticos para-eclesiales, sino para actuar como fermento de regeneración social y política, en este tiempo post-nacional, en el que parecen haber fracasado las promesas del estado liberal y social, iniciado con la Revolución Francesa (con su programa ilustrado y cristiano de libertad, igual, fraternidad).

Aquel programa social (vinculado a la Declaración de los Derechos del Ciudadano) parece fracasar en grandes partes del mundo, con estados que han caído en manos de un tipo de multinacionales del mercado y del dinero, que se encuentran sin poderes para regenerar el tejido social (para garantizar educción y sanidad), en franca bancarrota.

En esta situación resulta esencial que la Iglesia plante su tienda de “vida” en la nueva ciudad del mundo, en la calle, en los barrios, entre la gente, no para tomar el poder (o actuar como aliada y justificadora de un tipo de de nuevo Imperio), sino para devolver a las personas la confianza en sus posibilidades personales y sociales, de apertura a la Vida y de vinculación mutua. Ciertamente, ella no es una ONG sin más, ni una cooperativa de producción y consumo, pero su experiencia y vida se centra en el sacramento del pan compartido, es decir, en la Eucaristía, entendida como ágape, es decir, como amor concreto, en torno al pan.

No se trata, pues, de inventar nada que no existiera, sino de que la iglesia sea sacramento del pan compartido, es decir, de la comunión social concreta, entre gentes que se descubren solidarias, agraciadas por el don de Dios (que es la vida común), comprometidas en la tarea de crear redes y espacios de comunión concreta, donde el recuerdo de Jesús, que se expresa en la mesa de la palabra y de la compartida.

Ciertamente, en un sentido sacramental, en cuanto comida iniciática de personas comprometidas, la eucaristía viene hacia el final del trayecto cristiano. Pero en otro sentido ella es lo primero: La Iglesia está al servicio de la comunidad que surge a partir de la fe en Jesús, una comunidad que se mantiene por encima de todos los fracasos de la política, a nivel concreto de barrio y de pueblo, a nivel ciudad y nación, de estado…, pero siempre en clave de comunión de palabra y pan.

Frente al fracaso y desencanto de la política se eleva esta nueva y más alta fe activa en el valor y tarea de la comunión por la que los hombres y mujeres crean “cuerpo” (se vuelven Cuerpo Mesiánico) en igualdad radical. No trata, como he dicho, de crear partidos, ni de bendecir naciones y estados, en sentido político, sino de animar y potenciar la vida social, en todos los planos, sin tomar el poder de un modo directo, pero potenciando el surgimiento de una conciencia más honda de humanidad concreta, en forma social. No se trata de una comunión de meros “indignados” que protestan en contra de las condiciones sociales de injusticia que han surgido, pero es evidente que la unión de los cristianos en forma de Iglesia tiene un elemento fuerte de “protesta”, es decir, de indignación en contra del poder social injusto que domina en gran parte del mundo. Sin esta fuerte “reserva profética” al servicio de la justicia y de la solidaridad carece de sentido la iglesia.

‒ Ésta es una tarea muy urgente de la Iglesia: Encarnar su experiencia de comunión y su autoridad liberadora en medio de un mundo que parece condenado a la expulsión y división social. La Iglesia no es una simple ONG de ayuda económico-social, ni una institución puramente asistencial (aunque su obra de tipo asistencial y socio/económico es muy importante), pero ella tampoco puede organizarse en forma de poder político. No es un estado frente al Estado, pero tampoco es una institución meramente privada, sino que supera la oposición entre lo estatal y lo privado, situándose en el plano de lo “público”, no en línea de poder sino de autoridad social, como fermento de humanidad.

‒ Ésta es su tarea y servicio: Ser Iglesia, es decir, comunidad social de personas que se vinculan desde el evangelio (la buena nueva de Jesús), para ofrecer su propio testimonio, como germen de esperanza, en búsqueda del Reino de Dios, es decir, del surgimiento de una humanidad que cree en el sentido de la vida humana y que comparte los bienes y valores de la vida, en un camino. Ella quiere ofrecer su autoridad más alta, no en línea de poder, sin sustituir al Estado, ni identificándose con él, al servicio de lo humano.

Contra el desencanto económico. Resistir y crear vida

En este contexto se sitúa el testimonio de la Iglesia, cuando se fía en Dios, en contra de Mamón, y se compromete a promover el surgimiento de una sociedad que está al servicio de lo humano (Mt 6, 24), y lo hace de un modo especial en estos primeros años del Tercer Milenio, cuando el Capital ha venido a elevarse, con toda contundencia, como único “dios del mundo”. Sobre el ateísmo, que es un tema secundario, se eleva aquí la idolatría de Mamón, que no es dios/ídolo teórico o imaginativo, sino el dios real, que lo controla todo, desde su poder más alto, dominando sobre estados y naciones, sobre políticos y empresarios, sobre artistas y pensadores. Éste es el momento clave para que resuene la voz de la Iglesia, para que ella pueda ponerse como “tienda/carpa de humanidad” en la plaza del mundo, al servicio de la peregrinación de los hijos de Dios.

Parecía que la nueva economía capitalista podría resolver nuestros problemas, trayendo sobre el mundo la riqueza y reconciliación final, vinculando a todos los hombres en tono a un Capital y Mercado entendidos como espacio de comunicación universal. Pero, de hecho, esa economía se ha vuelto idolátrica, principio de opresión, pues ella pide cada día el sacrificio de más personas. Una pretendida “libertad económica”, en manos de algunos “sabios” que dirigen de un modo aparentemente científico, pero en realidad ilusorio, el mercado del capital ha desencadenado grandes crisis que están poniendo en riesgo el futuro de la humanidad. Pues bien, en esa situación, la iglesia está llamada a mantenerse en actitud de esperanza activa, de paciencia creadora.

En otros tiempos, el capital seguía vinculado a los bienes de producción y de consumo, al servicio por tanto de la vida humana. Así se podía decir que tenía un valor “real”, como signo y mediación de unos bienes objetivos (tierra, objetos de consumo, oro…. Pues bien, ahora el capital se ha absolutizado, volviéndose “divino” en sí mismo, el gran Fetiche. Pues bien, en esta situación, la Iglesia está llamada a ofrecer el testimonio de un capital más alto, que es el valor de la vida humana, fundada en Dios, abierta a la resurrección, por Jesucristo.

El Capital se vuelto de esa forma “dios” o, mejor dicho, el único Dios que planea por encima de la vida de los hombres. Es un bien ilusorio, de tipo básicamente financiero, que se separa de los “bienes reales” (tierra, comida, objetos de consumo) y especialmente del trabajo humano, para convertirse en una realidad autónoma y en apariencia más alta, invisible (virtual), en manos de banqueros, inversores, brokers, agentes de seguros, representantes de una minoría internacional, sin más patria ni religión que su dinero, manejado el dinero al servicio de sus intereses, que han convertido nuestro mundo en espacio de una crisis permanente que, a su juicio, sólo se resolvería con nuevas crisis e imposiciones del poder fáctico, que se identifica con su “dinero”.

Contra el desencanto personal. El evangelio como indignación creadora.

En esa línea, hombres y mujeres han tenido que vender el alma (es decir, su libertad) poniéndola en manos del dinero. Eso no significa simplemente “paro” (gente sin trabajo), ni injusticia social (mayorías marginadas y hambrientas, sin medios de producción ni de consumo), sino que implica una ruptura de los grandes valores religiosos y racionales (éticos) que habían dirigido por siglos la vida de los pueblos. ¬Muchos hombres y mujeres (grandes masas, naciones enteras) se encuentran preocupadas (casi angustiadas) ante esta nueva esclavitud, tan perversa o peor que las anteriores, pues parece sin remedio, en la línea de los grandes imperios opresores de los que habla la Biblia, desde Dan2 y 7 hasta Ap 12-18.

Pues bien, en esa situación, la paciencia tiene 1a paciencia tiene que convertirse en indignación, es decir, en protesta humana frente a la opresión del mundo. De un modo consecuente, muchos empiezan a sentirse indignados, y otros aún más numerosos simplemente derrotados. Ha nacido el desencanto, crece la indignación, y en un momento dado pueden surgir grandes protestas, con riesgo incluso de violencia externa, aunque los medios técnicos y militares de los dueños del capital hacen difícil que las protestas puedan cristalizar en forma de auténticas revoluciones. En ese contexto debe situarse la respuesta de la Iglesia:

‒ Nueva experiencia de fe, frente al desencanto ideológico. Lo primero es invalidar el argumento a los opresores, mostrar que la situación no es “irremediable”, como no lo era la del Imperio Romano en tiempos del Apocalipsis, sino que deriva de una maldad “diabólica” creada por la misma historia humana, en contra de la voluntad de Dios. Lo peor del sistema financiero es que muchos sienten que resulta insuperable, que no tenemos más remedio que someternos y aceptarlo. Otros piensan que toda ideología engaña, que está hecha para enmascarar y pervertir, de tal forma que tras esta perversión actual vendrá otra, quizá mayor, de tal forma que no tenemos remedio.

‒ En esta situación, la primera tarea de la Iglesia consiste en abrir un camino de fe y de esperanza de transformación social,
en medio de estas condiciones adversas. Se trata de mostrar que el Capital Financiero es un ídolo, que no tiene vida en sí (en sí mismo no es nada) y que, sin embargo, chupa la vida de los hombres. Hay que mostrar su falsedad, como los profetas de Israel mostraron la falsedad de los ídolos de aquel tiempo, destacando el engaño y perversión de aquellos que consiguen pronto (sin escrúpulos) mucho dinero, utilizando métodos injustos.

‒ La tarea de la iglesia es crear espacios de fraternidad, comunidades que resistan y vivan de un modo fraterno, compartiendo lo que son y lo que tienen, saliendo del sistema financiero que todo quiere controlarlo. En este contexto, la Iglesia tiene que ser ella misma un germen de fraternidad, saliendo de sí misma, situándose como protesta activa en medio de la plaza de este mundo, con un gesto que no es puramente testimonial, sino que va marcando caminos y signos de nueva humanidad.

En este contexto se sitúa la indignación profética de Jesús cuando eleva su voz y su gesto contra aquellos que oprimen a los pobres, contra aquellos que manejan la ley a su servicio, manipulando la palabra de Dios, y de un modo especial contra los sacerdotes del templo de Jerusalén, que han hipotecado la religión al servicio del sistema. Cuando parece que no hay lugar para la protesta, que no tiene sentido enfrentarse con el mal, Jesús nos sigue llamando a la gran “indignación” activa, al servició de la creación de Dios, es decir, de la resurrección.


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Comentarios
  • Comentario por Carlos Borrrachero Sanchez 16.10.18 | 10:27

    La iglesia y por tanto cada uno de nosotros debemos alimentar ese "germen" fraterno primero en nuestro interior para que rebose al hermano. Es muy frustrante e indignante el "mercadeo" religioso actual, muchas veces sin una vida espiritual detrás.

Sábado, 17 de noviembre

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