El blog de X. Pikaza

Pablo VI y Francisco (1). Un proyecto de Iglesia (Eccl. suam y Ev Gaudium)

14.10.18 | 08:43. Archivado en Iglesia Instituciones, Santos

Esos dos encíclicas, paralelas y distintas, nos sitúan en el centro de la Iglesia (llamada a dialogar, saliendo salir de sí misma), en un momento clave de la humanidad, que corre el riesgo de destruirse, no sólo por influjo de un capital sin control, que todo lo convierte en pura mercancía, sino por cansancio de muchos, que pueden negarse a vivir dando vida. En este contexto, la tarea esencial de la Iglesia no consiste simplemente en ofrecer una pequeña ayuda a unos grupos de hombres y mujeres, sino en dialogar con todos, para defender y transmitir la vida humana, es decir, la creación de Dios.

‒ Pablo VI trazó un paradigma del diálogo.
Recién nombrado papa, si haber terminado el Vaticano II (1962-1965), Pablo VI (1963‒1978), publicó su programa en Ecclesiam Suam (1964), pidiendo a los cristianos que pasaran del paradigma de la verdad ya sabida, que se impone desde arriba, al diálogo universal y fecundo con la cultura y la vida de la humanidad.

‒ Francisco ha insistido en la nueva misión. Recién nombrado papa (el mismo 2013), Francisco publicó otra Encíclica programática, titulada, Evangelii Gaudium (2013), diciendo a la la Iglesia no sólo que dialogue con todos (como Pablo VI), sino que salga de sí misma, abriendo caminos de vida, es decir, que primeree, que abandone su lugar asegurado, que se involucre en la vida de los hombres, que les busque y acompañe, en un gesto de compromiso a favor de todos (y especialmente de los pobres).

Así quiero mostrarlo en este “programa de Iglesia” que presento en tres partes, con motivo de la canonización de Pablo VI y Oscar Romero (14, 10, 18), un acontecimiento me invitan a reflexionar sobre el don y tarea del evangelio, y en especial de la Iglesia, en este a tiempo de gracia y gran riesgo, en medio de una crisis global, que amenaza con destruirnos, no sólo en el nivel de lo político-económico, sino también de lo religioso, en un sentido personal y social.

Iglesia en comunión, iglesia en salida

La situación de este comienzo alargado del Tercer Milenio resulta duramente tenebrosa, pues nos hallamos bajo la amenaza de una política de economía financiera que mató el año 1980 a Oscar Romero, y que sigue destruyendo instituciones, pueblos y naciones, poniendo en riesgo la misma vida del hombre sobre el mundo. Pero, al mismo tiempo, muchos de nosotros nos sentimos portadores de una semilla de evangelio, de una fuerte luz de humanidad, que nos invita a salir y explorar y crear, en diálogo y misión esperanzada, en una línea que va de Pablo VI (Ecclesiam suam) a Francisco (Evangelii gaudium), teniendo como testigo de resistencia y esperanza a Oscar Romero.

No podemos retroceder a los planteamientos anteriores al Vaticano II, con una Iglesia que se consideraba suficiente en sí misma (sociedad perfecta), con respuestas sabidas de antemano, y con una estructura que se suponía asegurada por principio. Han cambiado los tiempos, y debe cambiar la Iglesia, desde la raíz del Evangelio, y debemos hacerlo nosotros, que hemos recibido la tarea de recrear la fe. Para ello debemos confiar básicamente en el poder de Dios, y en la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, retomando la misión de su Iglesia, que nació tras (con) la Pascua, para mantener su mensaje y promover el testimonio de su vida, en este duro mundo, sin buscar seguridades en un más allá, pero esperando con gran fuerza la plenitud del Reino.

Sólo podemos responder al evangelio y ser testigos del Dios de Jesús si nos arriesgamos a dejar finalmente la fortaleza sitiada de una Iglesia que se había mantenido a la defensiva, como entidad social y espiritual en la que todo estaba ya resuelto, de una Iglesia que había pactado con los poderes del sistema, para salir, como Jesús, para dialogar y aprender, pero sobre todo ofrecer un testimonio y camino de evangelio fuera de los muros del orden establecido.

Por quiero hablar de una Iglesia que no se cierra en lo que tiene, sino que empieza dialogando con el nuevo mundo (como quería Pablo VI) y que se arriesga a ofrecer su experiencia y tesoro de vida en medio de un entorno amenazado, peligroso (Papa Francisco).

‒ Un Dios que sale de sí. El Dios de Jesús no es el ente supremo, una esfera, la realidad absolutamente perfecta que reposa en su conocimiento-amor, como ha pensado un tipo de ontología filosófica de tipo helenista, y una visión trinitaria también de tipo ontológico. Al contrario, el Dios bíblico-cristiano es el éxtasis perfecto, aquel que sale de sí, que se expresa, se despliega, se revela, dándolo todo, es decir, dándose a sí mismo, en amor de comunión que se ofrece a todos los hombres

‒ Una iglesia que dialoga, saliendo de sí misma. Los rasgos anteriores de Dios se han explicado a veces en la teología, pero no se han aplicado de un modo consecuente a la experiencia y tarea de la iglesia que, en vez de salir de sí, ha tendido a centrarse en sí misma, como una sociedad perfecta, asentada en su propia perfección. Pues bien, pienso que ha llegado ya el momento de que la iglesia descubra su carácter “excéntrico”, el hecho de que ella sólo puede estar en sí (ser en plenitud) saliendo de sí misma, para compartir la vida de los hombres, abriendo con y para ellos un camino de esperanza.

Ésta es a mi juicio, la experiencia que está al fondo de estos dos grandes documentos de Pablo VI y de Francisco, que han marcado la tarea esencial de la Iglesia en los últimos cincuenta y cuatro años (desde le Ecclesiam Suam), y que la seguirán marcando en los próximos cincuenta, que serán, a mi entender, años de diálogo sincero y de gran éxodo, de misión excéntrica. Sólo si la iglesia sale de forma programada y consecuente de su lugar asegurado, haciéndose semilla de vida fuera de sí misma, en un mundo que parece adverso, podrá ser signo del Dios creador y del Cristo del evangelio.

‒ Ha llegado el momento del Cristo que sale y proclama su voz no para que le veneremos simplemente como Señor, sino para reafirmar su impulso misionero desde “Galilea” (es decir, desde el margen del judaísmo establecido), como saben y proclaman los evangelios (cf. Mt 28, 16-20). Desde el mismo centro de la tradición judía (tema del Éxodo y de la profecía mesiánica), Jesús abandonó los caminos asegurados de la buena Ley que santificaba un tipo de vida bien asegurada, para situarse “fuera”, en los lugares donde padecían los cojos-mancos-ciegos, los expulsados e impuros, para iniciar para y con ellos un camino de evangelio. Como salió Jesús, así debemos salir nosotros, portadores de su mensaje, no para crear una nueva Iglesia cerrada en sí misma, sino para promover un movimiento de comunión (Pablo VI) y de transformación humana, con el gozo del evangelio (Papa Francisco).

‒ Retomamos de esa forma la misión de la Iglesia primitiva. En este tiempo de gran crisis, con una Iglesia llamada a refundarse desde su principio, debemos recuperar el motivo fundamental del mensaje de San Pablo, que ha ido comprendiendo, sorprendido, emocionado, la nueva y más honda “estrategia” creadora de Dios, que no se revela a través de un Hijo de David triunfante, según la carne, sino por medio del Señor Crucificado (Rom 1, 2-3). Por eso, Pablo sale de la Iglesia-Sinagoga de un tipo de judeo-cristianismo que quería seguir centrado en Jerusalén (¡con sus valores legales y sacrales!), para plantar su “tienda” en el espacio público de la cultura helenista, en los suburbios y villas miseria del imperio romano, para dialogar con un mundo que parecía condenado (pecador). Este Pablo pide a los cristianos que abandonen un tipo de “ley” que parecía absolutamente inmutable, para ponerse al servicio de la revelación del Dios que ama a los gentiles, que quiere ser de ellos, de todos los hombres, para que así vivan en plenitud.

De esta “salida” de Pablo, que anuncia y promueve el mensaje del Cristo Crucificado en un mundo radicalmente distinto, no para cerrarse en grupos de iniciados, sino para exponer y expandir el éxtasis de Dios en la plaza pública, sigue viviendo la Iglesia. Ciertamente, Pablo no fue el único misionero de la Iglesia antigua; estaban antes que él y con él las mujeres de la pascua, con Pedro y Santiago, con los zebedeos y con otros seguidores de Jesús que fueron capaces de recrear la fe de sus antepasados (cf. Heb 11), en medio de una situación adversa, haciendo que el judaísmo saliera de las instituciones y seguridades de la Ley, para abrirse al mundo entero. Pero su “salida” fue quizá la más significativa, y a ella tenemos que volver, para recrear el evangelio, pues solamente aquello que cambia permanece. En ese fondo se sitúan las reflexiones que siguen.

Tarea de Dios, una Iglesia en salida (Francisco)

En esa línea se sitúa la obra de la Iglesia, que consiste en reconocer el sentido positivo de la vida, entendida como gracia de Dios y amor mutuo; asumir y valorar la libertad, dialogando con todos (Pablo VI), para ofrecerles gratuitamente (sin imposición, sin intereses egoístas) un testimonio de gozo ante la vida (Francisco: Evangelii Gaudium, el gozo del evangelio, es decir, de la vida humana). Aquí reside el problema, aquí viene a expresarse la mayor tarea de la Iglesia, que consiste en ayudar a los hombres a descubrir, valorar y potenciar el tesoro de su propia vida, como hijos de Dios, es decir, como “capital divino”, en contra de Mamón, que es el “capital diabólico”.

Se trata de “crecer, multiplicarnos y dominar la tierra" (Gen 1, 22), pero no de cualquier forma, sino como mediadores (califas), representantes de Dios en la creación, en la línea de Jesús, abriendo un camino que lleva a la Nueva Jerusalén. Ésta no es una tarea de humanismo puramente horizontal, racionalista, sino el descubrimiento y despliegue del “humanismo de Dios”, que ha salido de sí, que se ha encarnado, para que la vida de los hombres sea su Reino, es decir, el lugar de su presencia.

Eso sólo es posible porque la Iglesia no es una sociedad que se centra en sí mismo, sino que es portadora visible de la misión de Dios, al servicio de la nueva humanidad, rompiendo las barreras de lo diabólico, que se expresa en forma de Mamón que domina y esclaviza en concreto a los hombres (como sabe Mt 6, 24). De un modo consecuente, se puede y debe hablar de una Iglesia fuera de la Iglesia, porque ella no acoge y no educa a los hombres y mujeres para que formen parte de su institución y se sometan a sus normas), sino para que maduren como hombres y mujeres, en libertad.

Sólo desde este fondo puede entenderse la generosidad de la iglesia, pues ella no ha de entenderse como fin en sí, sino como medio al servicio de cada uno de los seres humanos. Ella no educa para que los fieles se le sometan, no promueve una experiencia para que los hombres la acepten y sean servidores suyos, sino todo lo contrario, para que puedan vivir en libertad, para que descubran y promuevan la riqueza de lo humano (es decir, de la presencia de Dios).

En este momento, a partir de esta nueva autonomía antropológica, podemos promover los valores cristianos de la creación, sabiendo que la Iglesia ha de ponerse al servicio de la madurez de unos hombres y mujeres que quieren producir para gozar y transformar el mundo, pero, sobre todo, quieren desarrollarse como personas, en gratuidad y comunión fraterna. En este contexto se situaba la poderosa palabra de Pablo VI, en su encíclica Populorum Progressio (1967), que interpreta el progreso humano como expresión de una potencia creadora y salvadora de Dios, que se pone al servicio de la madurez a independencia de los hombres.

Bueno fue el intento de Pablo VI, que quiso reconciliar a la Iglesia con un tipo de “avance” humano,
que en su mismo fondo es positivo, pues se apoya en el hecho de que el hombre, siendo imagen de Dios, participa de su potencial creador. De esa manera quiso superar casi dos siglos de un “oscurantismo católico”, propio de muchos papas y obispos que parecían oponerse por principio a los “avances” de la técnica, la ciencia y la democracia. En ese sentido debemos destacar su aportación. Pero, al mismo tiempo, desde otra perspectiva, debemos recordar quizá no tuvo plenamente en cuenta el riesgo de un progreso que puede convertirse en destructor, si es que no va a la raíz de las personas, como ha puesto de relieve el Papa Francisco (Evangelii Gaudium).

No se trata volver a un espiritualismo individualista, separado de los dones del mundo, del progreso humano y de la comunidad, sino todo lo contrario, de sembrar humanidad, a mayor gloria de Dios (no de la iglesia como institución), es decir, a mayor gloria de las personas. Ésta es la primera tarea, el primer servicio de la Iglesia: Salir de sí misma, buscando el bien de los seres humanos, empezando por los pobres, es decir, por los menos valorados, promoviendo un progreso de humanidad (es decir, de experiencia personal de vida, de comunión fraterna en diálogo y de misión liberadora). Entendida así, la Iglesia es una comunidad excéntrica: Tiene su centro fuera de sí misma. Sólo en la medida en que sale de sí y busca el bien del ser humano es portadora de la salvación de Dios.

Una Iglesia que dialoga y cura, creando comunión (Pablo VI)

En la línea anterior ha de entenderse la aportación antropológica de la Iglesia, tomada como fuente de vinculación social, centrada en la Eucaristía (el pan compartido), que no se entiende como cultivo espiritualista (puramente interior) de los principio del evangelio, sino como signo y expresión de un encuentro que capacita a los hombres para compartir y expandir la vida. Ciertamente, la Iglesia puede y debe decir su palabra sobre la organización social de la vida, pero no en forma de teoría, sino con su propia experiencia, siendo fermento de humanidad en estos nuevos tiempos en que la muerte nos amenaza.

Sin duda, en muchos aspectos, la Iglesia ha sabido ofrecer la enseñanza de su vida, estableciendo estructuras de comunicación humana, por encima de otras divisiones de razas y pueblos. En esa línea, ella ha sido promotora de una globalización positiva de la humanidad, es decir, de una comunicación concreta, pero abierta a todos los hombres y los pueblos de la tierra. Pero su labor ha quedado notablemente menguada por algunas limitaciones importantes, que ahora pueden y deben superarse.

‒ Iglesia, una terapia personal en la línea de Jesús. El evangelio presenta a Jesús como sanador, un hombre que se sitúa al lado de los hombres y mujeres más enfermos, aquellos que han caído en manos de la “cadena destructora” de lo diabólico, para curarles como personas, para abrirles un camino de vida. En esa línea, la Iglesia de Jesús tiene también, ante todo, una función de terapia sanadora y educadora, que ella realiza de un modo especial a través de su presencia humanizadora y de su enseñanza que se expresa de diversas formas, pero sobre todo través de la dirección de conciencia (y en especial del sacramento de la confesión) y de la iniciación en la vida interior, en una línea de maduración personal (a través de la dirección espiritual, confesión…).

‒ Iglesia, una terapia social. Ampliando la línea anterior, la Iglesia no puede olvidar nunca su misión comunitaria, pues su tarea principal, siguiendo a Jesús, consiste en ofrecer unos signos de presencia de Dios que se concretizan en la experiencia social de sus miembros, llamados a compartir la fe, para convivir en fraternidad (formando el cuerpo mesiánico de Jesús) y celebrar unidos el sacramento del pan compartido. Ésta es quizá la tarea más urgente de la Iglesia, llamada a crear espacios y estructuras de fraternidad “sanada”, liberada del ansia-poder del capital, no para elevarse ella a sí misma sobre el resto de la sociedad, sino para ofrecer un testimonio de vinculación personal y de comunidad, en tiempos difíciles como los nuestros, no sólo dentro, sino, sobre todo, fuera de sí misma.

‒ Ciudad abierta. Ella ha de aparecer así como “ciudad elevada”, pero no en sí misma, sino en la montaña del mundo, no para sí misma, sino para que todos puedan venir, en clave de evangelio (cf. Mt 5, 14; Ap 21-22). No se trata de volver nuevamente a la ley impositiva de un padre sacralizado (o de una autoridad externa), sino de expresar y potenciar la experiencia de comunicación del evangelio, transformando la fe en amor mutuo, y la experiencia personal de Dios en principio de unión entre los hombres, superando de esa forma el riesgo del “capital” que enajena al hombre, le saca de sí (le aliena, en el sentido radical de la palabra).

En esa línea, la comunión eclesial “vale” (tiene sentido, es efectiva) en la medida en que no se cierra en sí misma, sino que se pone al servicio de la comunión universal humana, es decir, del Reino de Dios, que es el verdadero “capital”, es decir, la presencia de Dios como gracia y comunión entre los hombres. Según eso, la Iglesia puede y debe presentarse y actuar como portadora de una verdadera “mutación” humana, entendida en clave de libertad y comunión, como supone Jesús al contraponer a Dios con Mamón (Mt 6, 24), y como ha puesto de relieve la tradición de Pablo cuando habla del surgimiento de un “hombre nuevo”.

Éste es el testimonio y la aportación fundamental de la Iglesia, que libera a los hombres y mujeres del poder de un capital que les esclaviza y divide desde fuera, capacitándoles para compartir la vida y enriquecerse mutuamente, poniendo los bienes materiales al servicio de su misma Vida (de la vida de todos). La Iglesia ofrece así el testimonio de la llegada (del surgimiento) de un “hombre recreado”, en gratuidad y concordia, capacitando a los hombres para encontrar su auténtico tesoro, es decir, su verdadero capital humano. Pues bien, para que eso sea posible, la Iglesia tiene que salir de sí misma, poniendo su experiencia y su vida al servicio de la “comunión humana”. Todo lo que ella es y lo que tiene no es para sí, sino para el reino.

Una decisión de caminar

En ese sentido, cuanto más en sí se encuentre en sí misma (es decir, al servicio de su despliegue comunitario), más ha de abrirse la Iglesia y ponerse al servicio de la creación de una “comunión social” que le desborda, que es más grande que ella misma. De un modo consecuente, la Iglesia tiene que “volver al principio”, situándose de nuevo en la raíz de la creación (Adán y Eva, cf. Rom 5) y en el centro del evangelio, allí donde el mensaje de Jesús y de sus primeros seguidores no se despliega ya al servicio de ellos mismos, sino del surgimiento (venida) del Reino de Dios, que es la nueva humanidad.

‒ Parte de la Iglesia no ha superado todavía la existencia de un orden social clasista. Ciertamente, ella ha proclamado la unidad en comunión de todos los hombres (Gal 3, 28), pero de hecho ha terminado aceptando un tipo de estructura dominante de la sociedad, estableciéndose ella misma de un modo jerárquico, que no responde al ideal de fraternidad universal que ha proclamado el evangelio (cf. Mt 23, 8-12). De esa forma, ella ha dejado de apoyarse en el Jesús que muere al servicio del Reino, y, en contra de eso, ha querido fundarse en un tipo de Señor pascual sin “cruz”, como si él (Jesús) se hubiera convertido en un poder espiritual de dominación, en una línea propia de Mamón, más que del Padre de Jesucristo.

‒ Ella se ha aliado con frecuencia con poderes de “seguridad” nacional y estatal. Ella comenzó a vivir fuera del orden del Estado, durante siglos (tiempo de las “catacumbas”), para así ofrecer su testimonio de nueva humanidad, pero luego ha pactado con el imperio romano y bizantino y, de un modo especial, con los nuevos reinos cristianos, identificándose con estados y naciones, a menudo enfrentadas entre sí, llegando a imponer su “poder” por medio de las armas y de la política (perdiendo de esa forma su autoridad evangélica). En esa línea, se podría decir que ella ha querido promover el evangelio desde su propio poder, buscándose a sí misma, más que al Evangelio.

‒ Finalmente, en los últimos siglos (decenios) la Iglesia no ha rechazado de un modo consecuente el orden capitalista, defensor en teoría de la libertad individual, pero creador de una estructura social injusta (satánica), como seguiremos indicando. De esa forma, ella ha querido aparecer como promotora de un Reino de Dios (de una salvación) superior, pero de hecho ha buscado su propio poder. Podemos decir que ha tenido miedo del Dios del evangelio, pactando así con el Dios de este mundo.

Éste es el contexto donde la Iglesia debe cambiar más profundamente, volviendo a salir fuera de sí misma, para poner su palabra (su enseñanza) y el testimonio de su comunidad al servicio del Reino de Dios, en transparencia, esto es, en verdad. La iglesia no existe simplemente para decir la verdad (como si fuera algo externo a ella), sino para “ser” la verdad, como el mismo Jesús (Jn 14, 6).

Ante los males del mundo. Contra el desencanto personal

‒ El primero de los males es la desintegración personal que viene allí donde, fallando los bienes tradicionales y el entorno afectivo, el hombre queda encerrado en sus propias limitaciones, sin saber qué hacer de sí mismo, en medio de una sociedad y de un mercado de opulencia que dice ofrecer mucho, pero que a grandes masas les deja sin nada, y a todos sin verdadero motivo para vivir. Está surgiendo así un hombre sin ideal, hombre sin atributos, que vive sólo para aquello que le promete (le vende) el mercado, como si él fuera también (solamente) una pieza más de ese mercado en el que todo se compra y se vende y se sacrifica en ara del Capital. Este hombre que no cree ya en nada (ni en el valor de la vida) corre el riesgo de perderse a sí mismo, en manos de un capital impersonal, dominado por algunos, dentro de un sistema de opresión general.

‒ Desde ese fondo, el gran problema no es la “rebelión”, sino el gran vacío de las grandes masas de las nuevas ciudades inmensas, que han perdido su vinculación a la cultura anterior, que han perdido el equilibrio “rural” con la vida (con la religión tradicional), para quedar en manos de su propia pobreza personal, social, económica, en medio de un mundo de opulencia que parece prometerle todo, pero que nunca satisface sus promesas. El tema está en saber por qué vivimos, para qué, cómo con quienes, en un contexto abierto a la esperanza de la Vida. J. Ortega y Gasset habló hace tiempo de una “rebelión de las masas” (1929), analizando el hecho de que grandes masas humanas podían acceder al conocimiento, a la cultura, a la autonomía política.

Pues bien, el tema no es ya la “rebelión” o independencia de las masas, sino el hecho de que esa rebelión ha fracasado. Las grandes multitudes no han logrado aquello que querían. Ni el capitalismo ni el marxismo han respondido a sus expectativas, de manera que han caído en manos de una impotencia que parece peor que la anterior.


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