El blog de X. Pikaza

14.10.18. Por el ojo de una aguja ¿Se puede salvar un mundo rico?

Tiempo ordinario, dom 28: Mc 10, 17-30. Es un evangelio largo, y sólo comentaré su parte final: ¿Pueden "salvarse" los ricos? Esto es: ¿tiene sentido y futuro una sociedad como la nuestra que sólo quiere riqueza y más riqueza?

‒ La riqueza es riesgo para quien la tiene, pues tiende a convertirle en un Dios falso, destruyendo así los más hondos valores de la vida (haciéndole cautivo de ella, incapaz de vivir en libertad y gozo). En esa línea se sitúa la mal-aventuranza de Lc 6: ¡Ay de vosotros los ricos…!. Difícilmente puede el rico alcanzar la felicidad, es decir, el Reino de Dios, si no comparte lo que tiene, no sólo en el futuro, sino aquí, en este tiempo.

‒ La riqueza es un riesgo para los pobres, que quedan así a merced de la riqueza de otros propensos también a la ira y venganza, con riesgo de morir de hambre. Nuestra sociedad suele hablar más del riesgo de los pobres. En ciertos momentos, el evangelio insiste más en el riesgo de los ricos a los que hay que salvar de su riqueza, como decían unos versos León Felipe que ahora recreo libremente:

Hay que salvar al rico, hay que salvarlo de la dictadura de su riqueza,porque debajo de su riqueza hay un hombreque tiene que entrar en el reino de los cielos...

Hay que salvar al rico y al pobre... El Hombre, el Hombre es lo que importa. Ni el rico, ni el pobre importan nada... Ni el proletario, ni el diplomático,ni el industrial, ni el arzobispo,ni el comerciante, ni el soldado, ni el artista, ni el poeta...

El tema de fondo es por tanto: ¿Se puede "salvar" una sociedad como la nuestra que parece que no quiere ya más que su riqueza? ¿Tiene futuro un mundo cuyo Dios principal es el dinero?

Según el evangelio es difícil, pero no imposible. Ante ese riesgo de la riqueza nos sitúa hoy San Marcos, cuyo texto sigo comentando con mi libro sobre su evangelio.

Imagen 1: Señal de tráfico en el desierto de Judea
Imagen 2: Camellos en fila hacia la tierra prometida por el ojo de la aguja.
Imagen 3: Investigad el evangelio de Marcos.
Buen fin de semana a todos

Marcos 10, 10, 23-28. ¡Hijos míos! El riesgo de la riqueza .

(a. Problema) 23 Jesús mirando alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!

(b. Primera enseñanza) 24 Los discípulos quedaron asombrados ante estas palabras. Pero Jesús, respondiendo de nuevo, les dijo: Hijos (qué difícil es entrar en el reino de Dios! 25 Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios.

(c. Segunda enseñanza) 26 Ellos quedaron totalmente pasmados, diciendo entre sí: Entonces, ¿quién podrá salvarse? 27 Jesús mirándoles les dijo: es imposible para los hombres, pero no para Dios, porque todo es posible para Dios .

10, 23. Introducción. El riesgo de las riquezas


Jesús mirando alrededor, dijo a sus discípulos: ¿Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!

La escena comienza evocando la mirada de Jesús y su comentario sobre riquezas y Reino (10, 23). Antes había mirado con amor en el postulante (10, 21). Ahora se fija en sus discípulos, que le rodean, y así les va mirando en círculo, como había hecho en 3, 34 (periblepsamenos), hablándoles de forma intensa, por los ojos, en gesto de cariñoso desahogo, diciendo que los ricos entrarán difícilmente (dyskolôs) en el Reino de Dios, es decir, en la nueva humanidad curada y reconciliada

Jesús opone así dos tipos de realidad fundamental.

(a) Por una parte alude a la posesión de riquezas (khrêmata), entendidas en sentido fuerte, en un contexto más bien monetario, pues esa palabra alude al dinero (cf. Hech 4, 37; 8, 18; 24, 26), más que a las posesiones agrarias, como parecía suceder en el caso del rico anterior, que tenía mucha ktêmata
(b). Por otra parte se refiere a la entrada en el Reino de Dios. Pues bien, lo que más se opone a la entrada en el Reino, es decir, a la nueva humanidad que Jesús quiere instaurar, en nombre de Dios, es la posesión de riquezas, pues ellas tienen su propia lógica, de manera que impiden al hombre vivir en libertad de amor, es decir, en desprendimiento creador.

Es evidente que para conquistar los reinos de este mundo hacen falta riquezas, es decir, medios económicos, políticos y militares. Pues bien, en contra de eso, para heredar el Reino, es decir, para alcanzar la bienaventuranza y descubrir el secreo de la vida hay que superar la lógica del dinero (que se centra en la posesión y disputa de bienes), para pasar de esa manera a la experiencia de la gratuidad. Aquel que le había preguntado qué debía hacer para heredar la Vida Eterna pensaba que lo había cumplido ya todo, sin advertir que le faltaba lo más importante, que es el desprendimiento radical para amar gratuitamente a los demás.

10, 24-25. Primera enseñanza: por el ojo de la aguja

24 Los discípulos quedaron asombrados ante estas palabras. Pero Jesús, respondiendo de nuevo, les dijo: Hijos ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! 25 Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios.

Incluye dos rasgos: consternación de los discípulos y enseñanza básica de Jesús sobre el Reino de Dios y el dinero. Esta escena ha de entenderse no sólo en un plano económico (lo que es evidente), sino también en un plano eligioso, es decir, de visión de Dios (de nueva humanidad). No se trata, pues, de un problema meramente material, sino de un misterio teológico, vinculado a la posibilidad de una “salvación” mesiánica (esto es, de la plenitud del hombre) que no se puede conseguir a través de las riquezas.

(1) Los discípulos quedan consternados (llenos de pavor: ethambounto; 10, 24a).
También otros escritos de aquel tiempo desde Test XII Pat a las Parábolas de Henoc, ponían de relieve el riesgo destructor de las riquezas. Pues bien, Jesús ha insistido en ese tema de un modo radical, en el contexto preciso de la búsqueda del reino. El ser humano tiende a pensar que puede conquistarlo todo por su esfuerzo, por medio de trabajos, riquezas e influjos materiales; pero Jesús ha dicho que, en vez de ser ayuda, como muchos piensan, las riquezas constituyen un estorbo para el Reino (pues encierran al hombre en sí mismo, en sus disputas económicas).

La consternación de los discípulos ante el dicho de Jesús responde a lo que Pablo ha llamado el escándalo y locura de la cruz (1 Cor 1, 23), que no puede entenderse en un sentido puramente intelectual (en línea de doctrina), sino que se expresa y expande en un nivel económico o, mejor dicho, de superación de la economía monetaria (representada por la khrêmata). Jesús sitúa a sus discípulos ante el escándalo de un Reino de Dios que no puede conseguirse con dinero, ante la “locura” de un tipo de riqueza concebida como máximo impedimento para alcanzar la Vida Eterna (lo que el postulante había pedido a Jesús) .

(2) En este contexto se entiende la enseñanza (10, 24b-25), que alude a la dificultad de la salvación de los ricos (¡y de aquellos que quieren ser ricos!), introduciendo el signo sorprendente de un camello ante el ojo de una aguja. Algunos han querido desactivar la extrañeza de ese signo diciendo que el “ojo de aguja” sería en realidad una puerta estrecha del cerco de Jerusalén, una especie de postigo por donde sólo podrían pasar uno a uno los hombres y mujeres, no los camellos más gordos. Pero esa interpretación carece de sentido, como seguirá diciendo 10, 27.

¡Humanamente hablando es imposible que un rico se “salve” (que sea feliz, que viva en paz, en amor gratuito), como es imposible que un camello pase por un ojo de aguja de coser!. En ocasiones semejantes, ante la incomprensión de sus discípulos, Jesús ha respondido de una forma dura, incluso hiriente (cf. 8, 14-21. 33; 9, 42-48). Pues bien, en este momento, Jesús les llama tekna, hijos, como si fueran niños, como si quisiera ofrecerles una enseñanza que ellos tienen dificultad en aprender, acudiendo para ello a la imagen paradójica (incluso irónica, quizá humorística) de un camello grande y del minúsculo agujero de una aguja de coser.

Esta dificultad no alude al “reino de los cielos-cielos” (es decir, a la salvación eterna, en el más allá), sino al Reino de Dios (basileia tou Theou: 10, 24. 25), que ha de empezar sobre la tierra, en este mismo mundo, en la nueva Jerusalén, hacia donde se dirigen, en la Iglesia, en la humanidad reconciliada. Lo que Jesús busca, lo que él quiere (la llegada del Reino en la tierra) no se consigue con dinero, es decir, con los medios normales que emplean los poderosos del mundo para conseguir unos objetivos de tipo social, político o religioso. El Reino de Dios no es resultado de algo que el hombre realiza y consigue (por la fuerza de las armas o el dinero), sino expresión y despliegue de la nueva humanidad que Jesús busca y promueve, esperando recibirla como don de Dios.

10, 26-27. Segunda enseñanza. Todo es posible para Dios

26 Ellos quedaron totalmente pasmados, diciendo entre sí: Entonces, ¿quién podrá salvarse? 27 Jesús mirándoles les dijo: es imposible para los hombres, pero no para Dios, porque todo es posible para Dios

Marcos vuelve a presentar el mismo tema, llevando hasta el final la paradoja de la salvación (de la plenitud humana, de la nueva humanidad), que se había iniciado con la pregunta del hombre rico de (10, 17), que ya se ha ido. Éste es el momento en que Jesús ofrece a los discípulos que no se han marchado (como el rico anterior) su última enseñanza, aunque quizá no la entiendan, en gesto que incluye también dos partes:

(1) Nueva admiración y pregunta de los discípulos (10, 26). Ellos se espantan aún más, llenos de pasmo (perissôs exeplêssonto; cf. 1, 22; 6, 2; 7, 37), pues Jesús no les ha aquietado, sino que les ha inquietado aún más, dejándoles fuera de sí. El hombre de 10, 17 venía con la confianza de que Jesús respondería a su deseo y le enseñaría a conseguir la vida eterna, sin desprenderse de sus riquezas. Pero se ha ido (¡quizá porque ha entendido bien y no quiere comprometerse con lo que Jesús le ha dicho!), mientras que los discípulos siguen con él, pero quedan sin comprender, diciendo entre sí: «En ese caso ¿quién podrá salvarse?» (ser salvado: sôthênai).

El rico preguntaba ¿qué haré?, como si la salvación dependiera de sus obras (en el fondo, de sus riquezas); los discípulos, en cambio, preguntan, en pasivo divino: ¿quién podrá ser salvado? No cuestionan ya lo que ellos pueden o deben hacer, sino lo que puede Dios, que es muy distinto? Ya no hablan de conseguir el Reino, sino de salvarse, en palabra que tiene un fondo más religioso (más espiritual), aunque es inseparable de la realización del Reino de Dios en este mundo. Estamos ante una iglesia que “sabe” (Marcos supone que Roca y los otros conocen el proyecto de Jesús), pero que “no entiende” las implicaciones de ese “saber”, en sentido general, y para la vida de la comunidad. Roca y sus compañeros han oído lo que dice Jesús, pero en el fondo no le “creen”, no confían en él, no se atreven a poner en marcha, de un modo tajante, el proyecto que él ha ofrecido al hombre rico, que se ha marcado de su lado.

(2) Nueva mirada de Jesús, que responde: (todo es posible para Dios! (10, 27). Jesús vuelve a mirar a sus discípulos (emblepsas autois) y al hacerlo parece llamarles al Reino, afirmando que Dios existe y puede manifestarse y realizar su obra por encima de la esclavitud de las riquezas. De esa forma, al menos implícitamente, Jesús rompe la oposición que el texto del rico (10, 17-22; cf. Mt 6, 24) parecía establecer entre Reino de Dios y riquezas de este mundo, como si ambas realidades pudieran situarse en un mismo plano. Ciertamente, el don de Dios (el Reino) supera el nivel de las riquezas.

Por eso no se puede hablar de un “dualismo teológico” (un dios bueno, otro malo), tal como parece hallarse en algunos textos de Qumrán (Luz y Tinieblas) y quizá en el fondo de Mt 6, 24/Lc 16, 13 (Dios y Mamona). No hay dos dioses, ni dos poderes supremos, sino sólo Uno que es Dios (cf. 10, 18). Situándose a ese plano y descubriendo así que sólo Dios es divino (cf. 12, 29, con el Shema), el Jesús de Marcos puede y debe afirmar que la salvación es imposible para los hombres, pero no para Dios, pues para él todo es posible (10, 27). Esta respuesta supone que tampoco Roca y los Doce irrecuperables para el evangelio. Por ahora, ellos no saben de verdad lo que implica el camino de Jesús, pero podrán saberlo (si hacen lo que pide el joven de pascua en 16, 6-8) .

Jesús retoma así la tradición israelita (cf. Gen 18, 14; Job 42, 2; Zac 8, 6 etc.), que insiste en la trascendencia y el poder de Dios, como Jesús recordará en el Huerto de los Olivos (14, 36; cf. Lc 1, 37). Mirada en un plano superficial, su respuesta podría interpretarse como una evasión: ¡Dejemos que las cosas de este mundo sigan siendo lo que son, dominadas por el poder de las riquezas, porque al final Dios podrá arreglarlas! Pero, mirada desde la perspectiva del camino de Jesús, en el que nos hallamos, esa interpretación es no sólo falsa, sino también mentirosa.

Cuando Jesús afirma que “nada es imposible para Dios”, él está “apostando” precisamente por abrir con su vida (con su entrada en Jerusalén) un camino que permite superar la opresión de las riquezas, pero no para después (en un reino futuro, intemporal, espiritual), sino en este mismo mundo. Jesús no está dejando las cosas a Dios, para que él lo arregle todo desde arriba (mientras este mundo sigue hundido en un riqueza destructora), sino que él mismo se está comprometido mesiánicamente (con su vida) para encontrar y ofrecer salvación, por encima de la esclavitud de la riqueza.

Precisamente con ese fin ha iniciado su camino: ha venido para hacer posible lo imposible, con el fin de salvar este mundo que parece condenado a perecer en dura lucha en torno a la riqueza. De esa forma, cuando afirma que todo es posible para Dios, él se pone al servicio de aquello que humanamente es imposible, es decir, al servicio de un Reino sin ktêmata o posesiones particulares (cf. 10, 22) y sin khremata o dinero (cf. 10, 23). Esa es la tarea que él había ofrecido al rico postulante, al decirle que lo vendiera todo, para tener así un “tesoro en el cielo”. Ésta es la tarea que él intenta enseñar a sus discípulos, pues sabe que en Dios (para Dios) todo es posible, no sólo allá arriba (en un plano superior de cielo), sino aquí abajo, en el camino que conduce a Jerusalén .


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Comentarios
  • Comentario por Fernando 10.10.18 | 13:25

    Si recuerdo bien, éste es uno de los textos que los antiguos escritores cristianos aducían como criterio de limitación en la expectativa de la salvación. Como sabes, la mayoría de ellos, y no sólo san Agustín (al que siempre sacan aquí a colación), entendían, y así lo escribían y predicaban, que dado que eso de la salvación sólo es posible para Dios, no cabía esperar demasiadas esperanzas de que los salvados fueran en mayor número que los condenados.

    Es verdad que esto de "mayor número" suena a chiste; pero así lo argumentaban. Y es sintomático que, teniendo presente aquello de que "donde abundó el pecado, etc." (Rm 5,12), la tendencia rigorista era común, de tal modo que, no siendo posición oficial (ni oficiosa) de ninguna declaración eclesial, la convicción personal (y extendida) era ésta. Y es que el criterio de apertura salvadora sólo podía alimentarse de unos pocos textos de Clemente de Alej. y Justino, que de hecho era precarios y poco concluyentes.

Sábado, 17 de noviembre

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