El blog de X. Pikaza

Notas para una reforma de la Iglesia

01.10.18 | 19:44. Archivado en Iglesia Instituciones, Teólogos, Nuevo Testamento

Dicen algunos que debemos re-fundar la iglesia: volver al fundamento, de‒construir lo construido, y empezar de nuevo desde principio, como hizo Jesús e hicieron de formas distintas sus primeros seguidores.

Dicen otros que más que refundar hay que re‒formar, pues la fundación ha sido buena, en Cristo y sus primeros seguidores, las mujeres de la pascua y luego Pedro y Pablo, el Discípulo Amado y Mateo, con los otros hombres y mujeres cuya voz ha sido menos recogida en la Escritura (pero luego ha sido con frecuencia de-formada). No está en forma hoy la Iglesia, por eso hace falta reformarla.

-- De re-forma hablaron hace cinco siglos Lutero (imagen 1: 1517) y otros muchos, apelando con frecuencia a los soldados y a las inquisiciones, terminando la "jugada" a tablas (es decir, imposiciones políticas), tras la guerra de los treinta años (1618-1648), con gran desventaja hispana y de los austrias.

La "re-construcción" de la Iglesia (empezando por el templo derruido de San Damían: Imagen 2) lleno la vida de Francisco, que quiso volver al evangelio sin más (ni menos), sin glosas, con amor fraterno a todas las creaturas.

Actualmente (2018) debemos reformar mucho, trans-formar así la Iglesia, las iglesias, unos y otros(católicos y protestantes con los ortodoxos y los de otras confesiones), para así recuperar el "aliento" de evangelio, en un mundo que corre el riesgo de quedar sin alma y sin aliento, discutiendo muchas veces sobre temas secundarios (¡son galgos, son podencos!), mientras olvidamos lo importante, que según Mt 23, 23 es la justicia, la misericordia, la fidelidad...

Es importante la "fumata papal" (imagen 3), que puso en el Vaticano a Francisco. Pero la fumata no basta, ni vale el Vaticano en su forma actual, sino que necesita una re-forma, que ha de hacerse desde el evangelio, aunque sin olvidar la historia, , en este nuevo contexto de capitalismo, dentro de un sistema económico‒social que tiende a convertirlo todo en objeto de mercado (religión y amor, el conocimiento y la misma vida humana)

Ciertamente, los problemas "urgentes" siguen estando ahí (un tipo de poder eclesial, la organización del Vaticano y de las diócesis, escándalos sexuales...), pero lo que más importa son las cuestiones verdaderamente importantes, que están vinculadas a la oposición entre un sistema de poder económico-social (regulado por el dinero) y el mundo de la vida, que se expresa de un modo importante (¡no único!) por el evangelio.

La Ley del sistema. Hacia un mundo organizado en clave económica

En un plano de sistema económico‒social, el mundo funciona de manera autónomo (en puro ateísmo), como si Dios no existiera, ni hubiera cristianismo. Ese sistema tiende a recibir actualmente una forma capitalista, definiéndose como racionalización consecuente de las relaciones humanas desde una perspectiva económica y social, en los niveles de la infra-estructura, en un sentido neo-liberal, más que comunista, como muchos habían intentado.

El sistema económico‒social funciona en perspectiva neo-liberal, de capital y mercado, donde son dominantes los aspectos económico-sociales que tienden a independizarse de la vida de los hombres. El valor de los humanos, como miembros del sistema, se mide en claves de producción y organización económica, dirigida por una burocracia universal, con métodos cibernéticos (computarizados) e incentivos de tipo económico para sus beneficiados, dentro de un gran orden/desorden presidido por el Capital.

La racionalización del sistema (o infra-estructura) se expresa en un nivel de imposición legal, que en un plano resulta provechosa para un número significativo de individuos, integrados en la gran red de relaciones informáticas (técnicas). A ese nivel, los individuos no son personas, sino fichas o números intercambiables de un todo que planea indiferente sobre los dolores y esperanzas, amores y deseos de cada uno, expulsando de los beneficios del conjunto a los menos adaptados o a los grupos desfavorecidos (que pueden ser numéricamente una mayoría hambrienta).

El mundo de la vida, “los hombres sobre el sistema”.

Pues bien, ahora que la infra-estructura tiende a resolver de manera programada muchos problemas antes insolubles, emerge y se descubre con más fuerza la identidad y tarea del mundo de la vida, es decir, del valor de las personas y de su autonomía (prioridad) sobre todos los pretendidos principios del sistema.

Éste es el enigma, ésta es la paradoja: El sistema económico‒social que domina hoy sobre el mundo ha sido creado por los hombres (esto es, por el mundo de la vida concreta) y debería estar a su servicio, para que los hombres y mujeres “sean”, puedan descubrir su propia verdad y realizarla (realizarse) en amor mutuo, en gratuidad, en un “mundo distinto” en el que nada se compra ni vende, sino que se comparte en gratuidad.

En este plano de vida ha de venir a situarse la iglesia de Jesús, que ha de ofrecer su palabra y testimonio desde fuera, o mejor dicho, por encima del sistema (economía y burocracia mundial), como revelación de una experiencia de gratuidad y comunicación personal para todos los humanos. El sistema en cuanto tal opera a nivel de funcionamiento externo y juicio, allí donde las cosas se pueden organizar de forma técnica. La iglesia, en cambio, revela y expande el sentido de la vida en dimensión de supra-estructura, de sentido, gratuidad y comunión personal.

Sistema económico‒social e Iglesia. Dos paradigmas

‒‒ El sistema pertenece al Todo, pero a un todo sin mística o misterio (a no ser la del Capital), que iguala a sus miembros bajo una ley universal que, en contra del neoplatonismo, no tiene hondura religiosa, ni vibración existencial. En otro tiempo, ese todo podía parecer sagrado; hoy es simplemente un mecanismo técnico, administrativo. No es sagrado, pero tiene gran poder, de manera que a unos (sus beneficiados) los eleva con dinero y honra, mientras que a otros los excluye. Es todo infraestructural, de burocracia y economía globalizada, sin gratuidad ni encuentro comunitario, sin esperanza de Vida tras la muerte. Es un todo donde cosas y personas acaban siendo intercambiables: todas se transforman y cambian, nada pertenece.

‒‒ Por el contrario, la Iglesia se sitúa en un nivel de supra-estructura personal, libertad regalada, gozosa y sufriente (comunión con los excluidos), encuentro gratuito y esperanza de Vida eterna. Por eso no se puede estructurar ni organizar de manera impositiva y necesaria, sino en claves de gratuidad y entrega vital, libertad y respeto sumo, misterio y comunión personal:

– El sistema podría crear un tipo de igualdad económica por ley y fuerza, es decir, por imposición o talión, en sentido judicial, imponiendo su norma a los humanos. En esa perspectiva, capitalismo y comunismo estaban cerca, como esquemas distintos de racionalización económica y social. Por su versatilidad (y mayor preocupación humana, a nivel de libertad) ha triunfado el sistema capitalista, imponiendo en el mundo su modelo neo-liberal de origen europeo (occidental). Se ha cumplido, por fin, o puede cumplirse la palabra "devolved al César lo que es del César..." (Mc 12, 17), pues el nuevo César que es el dinero ha organizado de manera científica dinero y administración, unificando por la base o infra-estructura, el globo de la tierra.

Bien medido, administrado científicamente, el dinero del César puede ofrecer muchas cosas a los hombres y mujeres, como sabía el Diablo de las tentaciones (Mt 4 y Lc 4);
pero es incapaz de suscitar gratuidad y amor, donación y entrega personal. Ese dinero es el signo de la equivalencia (talión) del sistema, racionalidad instrumental que ofrece a sus beneficiados millones de placeres que se compran y venden (condenando a otros a muerte), pero no puede dar a nadie un placer más alto, el gozo superior de la vida. Por eso decimos que, a su nivel, el sistema es bueno y necesario, pues crea redes de intercambio mundial, pero no suscita gratuidad, sino que tiende a divinizarse en forma de Capital. Por definición, el dinero sirve para comprar y vender, no para amarse las personas.

– La iglesia ofrece (=ha de ofrecer) a mujeres y hombres su experiencia (gratuidad y comunión) por encima o fuera del sistema. Ella ha descubierto en Jesús la libertad contemplativa: sabe que la vida es regalo, que Dios es principio de gozo que rompe y desborda la ley del sistema. Por eso, desea animar a cada hombre y mujer, para que tengan la audacia de vivir en plenitud contemplativa y autonomía dialogal: quiere ser principio de comunicación universal, pero no a nivel de intercambios económicos, sino de encuentro y comunión personal, sin imposición de unos sobre otros, ni ley opresora ni mercado económico.

El dinero se debe racionalizar y organizar en forma de sistema (mercado). A ese nivel son necesarios los planes y organizaciones, una burocracia mundial encargada de programar y optimizar los resultados, en línea de producción, distribución y consumo.

La iglesia, en cambio, no es lugar de mercaderes, sino hogar y vía de comunicación gratuita, perdón y donación, en el cara a cara de las relaciones cercanas, en el mano a mano del diálogo creyente. Ella expresa la experiencia del regalo divino que recibe y acoge en gratuidad, para compartirlo, por encima de toda imposición o programa legal. Por eso, sus ministerios y tareas desbordan el nivel de cálculo y mercado: no pueden medirse como la inversión y ganancia de dinero.

En la trampa del sistema. Un fallo de Iglesia

Pienso que algunos hombres e instituciones de Iglesia han caído en la trampa de la planificación y el mercado del sistema, aplicando en ella sia las formas del sistema, sobre todo en la organización de ministerios: tanta inversión en seminarios, con tales vocaciones y tantos resultados; tanto misión evangelizada, tantas conversiones.

Gracias a Dios, la fascinación del mercado (números, ganancias) ha quebrado o está quebrando en la Iglesia en ese comienzo del siglo XXI. Dicen que en los últimos se ha invertido mucho dinero y esfuerzo (personal) en la obra de la iglesia, y parece que no se ha recogido casi nada. Se han creado instituciones grandes de acción y educación, de misiones y servicios sociales (seminarios y universidades, colegios y hospitales), para descubrir, al final, que t quiebran en plano de mercado o terminan empleando los medios normales del sistema, dejando así de ser cristianas, es decir, gratuitas, gozosas, personales.

Algunos se lamentan y hablan de la descristianización de occidente. Pues bien, pienso que es hermoso y bueno que haya sido así. No habíamos gozado la gratuidad, sino invertido con técnicas de sistema o mercado.

Ciertamente, muchísimas personas de la administración eclesial han sido y son ejemplo de honradez personal y eficacia. Pero algunos tienen la impresión de que “sistema eclesial” (¡palabra que no debería emplearse!) ha tendido a convertirse en mercado de inversiones y seguridades sacrales, poderes e influjos, al servicio de un Dios al que habíamos identificado con un tipo de administración cristiana. Por eso, es bueno que aquella inversión haya fallado, desde una perspectiva de evangelio: parece normal que gran parte de los antiguos creyentes de este comienzo del tercer milenio estén dejando la estructura eclesial y no quieran ser cristianos en la forma antigua.

Este fallo de un tipo de instituciones sociales de la iglesia nos invita a buscar y descubrir su verdad en su plano de gracia y comunión personal, pues sólo así reciben su sentido los signos de la iglesia (oración contemplativa y comunicación de fe, bautismo y perdón, matrimonio y eucaristía...). Lógicamente, estos signos no se pueden realizar por sistema o encargo, sino que han de vivirse en apertura hacia el misterio, en encuentro personal, libre y creador, entre los humanos.

Planificar las experiencias eclesiales en forma de mercado, buscando rentabilidad programada y dejando su gestión para una instancia superior, esto es, para unos ministros cristianos que actúan como administradores políticos o sociales del sistema, sería como pedir que otros me sustituyan en el amor del matrimonio o la experiencia familiar de comunión y amistad.

Los ciudadanos pueden delegar el uso del dinero o las funciones de administración en manos de gestores apropiados de la sociedad (del sistema). Pero la iglesia no es sociedad, sino comunión de personas; por eso, ella no puede delegar en nadie la gestión de sus asuntos (oración y comunicación de fe, encuentro personal y fiesta), sino que son los mismos cristianos quienes deben cultivar la fe y amor de un modo autónomo, desde la raíz del evangelio.

El sistema está hecho de racionalizaciones y delegaciones: confía a un banco la gestión del dinero, al ejército la defensa militar... Así resuelve muchas cuestiones y problemas, en clave económica y social, pero nos deja vacíos (sin hondura y sin respuesta) ante los grandes misterios de la vida (gratuidad y amor, libertad y sentido, comunicación personal y esperanza tras la muerte...). El sistema planifica y podría resolverlo casi todo, menos lo más importante: el amor y misterios y preguntas de la vida (como sabían Job, Qohelet y Buda).

En otro tiempo se mezclaban vida pública y privada: nos hallábamos inmersos en un entorno de tipo familiar, donde nos conocían con nombre y apellido, de manera que éramos alguien, persona o personaje, dentro del conjunto. En ese contexto el sistema (reino, estado, orden religioso) se podía suponer divino. Ahora, en cambio, se ha vuelto impersonal: somos un número en el engranaje de la administración económica, en el conjunto de la burocracia social. Hemos descubierto y sabemos por experiencia (de marxismo y nazismo, neo-liberalismo y planificación global) que el sistema no es divino, sino creación de una racionalidad humana que puede pervertirse, pero que tampoco es demoníaco, en contra de lo que parecen sugerir ciertas lecturas de las tentaciones de Jesús (Mt 4; Lc 4) y del Apocalipsis.

La Iglesia ante un sistema esencialmente ateo (¡gracias a Dios!).

Frente a los recuerdos de un régimen de cristiandad, en que la iglesia ejercía funciones globales de tipo sagrado, debemos asumir gozosamente la separación de niveles: la infraestructura del sistema impera en el plano de las relaciones económico-burocráticas; la iglesia puede ser significativa en la superestructura del mundo de la vida. Ciertamente, hay niveles intermedios, tejidos de recuerdos históricos y experiencias de comunicación en un plano nacional y afectivo, cultural y lúdico, artístico y religioso, que resultan importantes para la estabilidad y riqueza de la vida humana. Pero en perspectiva occidental, como herederos de una sociedad ilustrada, oponemos sistema e iglesia, como extremos del arco de la vida humana:

--El sistema en cuanto tal no es ni puede ser cristiano. El nacional-cristianismo ha terminado: el sistema mundial, hecho de economía y burocracia, no es cristiano (ni demoníaco), sino construcción de la racionalidad humana, que programa y realiza acciones productoras e intercambios sociales. A ese nivel somos y debemos ser ateos, como en formas diversas se viene diciendo desde Nietzsche y M. Weber: el estuche de hierro del sistema no tiene más principio que la ley de relaciones económicas y la planificación mundial; por eso, todo intento de bautizarlo (cristianizar al César) resulta contrario a sistema y evangelio. Sólo cuando admitamos su autonomía y le dejemos mantenerse a su nivel podremos, descubriremos su valor como ley que permite resolver problemas de producción, distribución económica y administración mundial.

--La iglesia pertenece al mundo de la vida, es decir, a la experiencia de gratuidad y comunión persona, no al sistema. Por eso, tiene otro principio (gratuidad), otras formas de comunicación (cara a cara de amor y cercanía, libertad) y una meta propia (Reino de Dios, Vida eterna). Ciertamente, ella no ocupa todo el campo de la experiencia superior humana, donde han influido y siguen influyendo otras experiencias de humanización y gratuidad, religión y moralidad, como hemos dicho. Por eso no quiere imponer su postura, ni en plano social ni nacional. Pero ella debería tener una palabra que ofrecer, una experiencia que compartir y hacerlo de un modo gozoso, agradecido, abierto a todos los humanos. No se opone directamente al sistema: no lo combate con armas, campañas políticas o dinero; ni siquiera lo demoniza y condena (como hacía el Ap), pero introduce dentro (y por encima) del sistema un germen de gratuidad y comunicación humana, ofreciendo sentido a millones de personas..

La iglesia tiene una experiencia de Dios (Padre) y un camino de comunicación universal, que ofrece a los humanos, pero no puede expresarlo en forma de sistema, pues si lo hiciera ella dejaría de ser liberadora y su camino no sería comunión, sino un todo religioso, contrario al evangelio. Ella pudo hacerse sistema en otro tiempo, heredando la sacralidad de naciones y estados paganos, ofreciendo a sus fieles un orden objetivo de verdad y plenitud religiosa. Pensó que podía salvar a los humanos con un modelo firme (casi obligatorio) de sacralidad de dogmas y gestos sacramentales, compartidos por todo el grupo social. Pues bien, hoy sabemos que aquel intento había sido equivocado.

Por eso es bueno que vivamos en un mundo ateo: que la sociedad no necesite de iglesia para programar y realizar sus fines, de manera que las relaciones económicas y administrativas salgan fuera de la religión estrictamente dicha, como había supuesto el evangelio cuando hablaba de "las cosas del César". Resulta normal que el sistema sea ateo, que no pregunte a nadie por su religión, que no suponga ni imponga unas creencias, manteniéndose en un plano de racionalidad económica y administrativa. El sistema es ateo, pero no es el Todo de la vida humana: no define la existencia de los hombres y mujeres, ni resuelve sus problemas principales de origen, sentido y meta de la vida.

El sistema no piensa en sentido filosófico y religioso: no sabe de dónde viene ni donde va, ignora el sentido de las personas; es como una máquina, una gran computadora donde caben todos los humanos en perspectiva de organización técnica. Pues bien, situándose en un plano más alto, la iglesia ha de pensar y sentir, es decir, descubriendo y compartiendo el sentido de la vida como don de Dios y gracia compartida, en contemplación y comunión personal. Ella piensa y sabe, por Jesús y por su propia experiencia, que los hombres y mujeres pueden vincularse en amor inmediato y gozoso, por encima del sistema, en comunidades de comunión personal, de fe y gracia común, en libertad creadora, sin que nadie ni nada las dirija o manipule desde arriba (desde fuera).

El sistema necesita objetivarse, con leyes económicas y sociales que se programan y cambian en perspectiva racional. Pero la iglesia no puede hacerlo, porque es institución de libertad comunicativa: la vida de sus fieles no se puede encerrar en un esquema, ni sus acciones delegarse, pues ella es encuentro de personas, amor y libertad, creatividad y gozo, sin más fin que el propio despliegue de la vida humana. Si en un momento se hiciera sistema que organiza y dirige desde fuera a los creyentes (que ya no deberían decidir y optar, gozar y compartir de un modo personal palabra y vida), ella se haría contraria al evangelio. El amor eclesial no se puede cumplir por encargo, ni puede salvarse uno por otro, sino que los creyentes han de comunicarse en libertad, desde la gracia del Cristo, sin brokers o intermediarios de evangelio.

El sistema deja en manos de funcionarios o expertos la solución de muchos temas, para bien del conjunto. La iglesia, en cambio, no es una delegación social para servicios religiosos, conforme a la demanda de sus fieles o clientes, pues en ella nadie es cliente de nadie, sino que todos son igualmente fieles (=creyentes) y libres, de forma que pueden compartir libremente la fe y comunicarse en torno al pan de Cristo. Pues bien, a pesar de eso, la jerarquía eclesial ha tejido una red de burócratas especializados, sacrificados y eficientes, que resuelven los temas religiosos de sus clientes, a quienes ofrecen servicios que estos ya no tienen que realizar de forma activa, pues se han vuelto iglesia discente (que escucha) y obediente (que cumple lo que otros mandan).

Esta situación ha nacido de la misma riqueza de una iglesia que se ha sentido heredera del orden imperial de Roma. Avanzando en un camino que había sido iniciado, en plano político, jurídico y militar por el imperio romano, ella ha creado una burocracia espléndida, capaz de operar de una manera unitaria en asuntos religiosos, realizando funciones de anticipación y suplencia jurídica y social, que pueden ser buenas, pero no cristianas, pues usurpando la libertad y comunión dialogal de los creyentes.

Ese tiempo de anticipación y suplencia de la iglesia romana ha terminado y ya no es necesario. Ella había sido modelo de organización y legalidad, incluso en plano de política. Gracias a Dios, ese estadio ha pasado y el sistema global funciona perfectamente sin ella. Por eso y, sobre todo, por fidelidad al evangelio, debe abandonar sus mediaciones y poderes diplomático-administrativos, para ser lo que es: portadora de gratuidad y encuentro personal, donde cada uno dice su palabra y todos pueden comunicarse, sin intermediarios sacrales o sociales.

La misma dinámica de jerarquización y sacralización, antes evocada, había propiciado el surgimiento de una buena racionalidad sacral. Pero esa situación ha terminado.
No es que la iglesia se vuelva inoperante y quede relegada a lo privado, como un hobby más entre los muchos de la gente, sino todo lo contrario: ella debe salir del sistema para encontrar su lugar propio y volverse significativa e importante, pero no en política, sino como experiencia de gratuidad compartida.


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Comentarios
  • Comentario por hisopo 02.10.18 | 14:30

    Lia:
    dada la habitual carencia de comentarios en el blog no he podido menos que lanzarme a la lectura de un valiente que se atreve a sermonear por estos pagos. La verdad es que me he quedado igual que al principio: no he entendido nada de lo que escribes. Debe ser que no he conseguido la "disolución en el ser de los entes ideales".
    Un consejo: cambia el nick de Lia a lío. Te cuadra mucho más.

    En fin: empieza uno leyendo a Picaza y acaba con la materialización en la realidad de los entes ideales disueltos.

  • Comentario por hisopo 02.10.18 | 14:23

    "Algunos se lamentan y hablan de la descristianización de occidente. Pues bien, pienso que es hermoso y bueno que haya sido así".

    Eres un cachondo, Picaza. Éle.

  • Comentario por Lia 02.10.18 | 01:09

    Hola!

    Es una escuela de vida, como la filisofía, como la vida misma.

    La finalidad de una muleta es de servicio, sostener el tiempo necesario hasta no necesitarla. Libertad-responsabilidad.
    La disolución en el ser de los entes ideales, se corresponde con su materialización en la realidad, sin etiquetas que puedan señalar ni corromper su origen, y así formar parte del universal, establecida en el Estado y sostenida por el derecho. Si cada padre-madre transmitieran correctamente la sabiduría de vida, no haría falta un lugar especial en donde aplicarlo, honraríamos a nuestros padres en cualquier circunstancia.
    El solo hecho de hablar de Dios se lo disminuye, y esa es la clave que pone el juicio de Dios a la altura del juicio del hombre, transformándolo en idea, que cada cultura lo adaptó convenientemente a su ideosincracia y contexto.
    Hay que considerar que el germen de la Idea de Dios, que sostuvo la confianza de acción durante mucho tiempo, act...

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