El blog de X. Pikaza

Saltar el muro, caminar de nuevo. Contra el desencanto.

En gran parte de los países europeos y en amplias capas sociales, sobre todo urbanas, de América Latina (por hablar de dos continentes antaño "cristianos") se está produciendo una fuerte ruptura, un gran desencanto frente a un tipo de modernidad y de cristianismo:

1) Los grandes ideales de las revoluciones (sociales, económicas y culturales) no han llegado a cumplirse y los hombres deambulan sin esperanza. Por otra parte, la fe religiosa que sostenía la vida de grandes capas de la población parece apagarse, y muchos (desde diversas perspectivas) afirman que ya no hay remedio, ni emancipación, ni redención posible.

2) Una parte de la Iglesia católica corre también el riesgo de hundirse en un sordo y estéril desencanto... Es como si un tipo de iglesia nos hubiera engañado: La estructura y los dogmas impuestos, una jerarquía poderosa pero sin verdadero corazón, un infantilismo personal y social... Es como si despertáramos de un sueño "dogmático", tras perder la ilusión cristiana... y lo malo es que muchos no tienen ya esperanza de cambiar, están asentados en su desencanto.

3) Las revoluciones de occidente las guerras de liberación de los países de América Latina, hace dos siglos, trajeron muchos bienes, pero no han logrado mantener sus ideales, ni producir aquella intensa libertad que buscaban sus inspiradores, de manera que, en los mismos países que se dicen liberados de la opresión anterior muchos hombres y mujeres (y pueblos enteros) se sienten hoy sometidos a un Dios-Capital y/o a una fatalidad económica que les oprime a veces tanto como los colonizadores antiguos, aunque de otra manera.

4) Tampoco han logrado cumplir sus promesas los anuncios e impulsos del Concilio Vaticano II, hace ya más de medio siglo… Por su parte, la teología de la liberación (por las causas que fuere) no ha logrado transformar la conciencia y la vida de las comunidades cristianas de América Latina y del mundo, de manera que ahora (año 2018) parece crecer un tipo de sordo desencanto, que presentaré y desarrollaré de forma esquemática en lo que sigue, ofreciendo una especie ce manifiesto humano y cristiano en contra del desencanto , y en especial contra un tipo de sensación de impotencia clerical.

1. Contra el desencanto personal ¿en qué podemos creer?

No se trata de conocer sin más. Hoy podemos saber muchas cosas, amontonar conocimiento. Se trata de “creer”, que es algo anterior y más importante: ¿En quién o en qué podemos confiar? Son muchos los que han perdido la fe, no simplemente en Dios o en la Iglesia (tema que, al fin, sería secundario), sino en los valores de la misma vida, que a veces parece carente de sentido. Éste es, a mi juicio, el mayor de los males, el oscurecimiento de la fe en la vida humana. No es que haya muerto un tipo de Dios, es que puede morir el ser humano. Hemos tendido a dejar a los individuos en manos de su propia libertad, pero la libertad sola no le basta. Como decía Dostoievsky en El Gran Inquisidor (Hermanos Karamazov), el hombre no sabe qué hacer con ella, cuando le falta amar, cuando le falta compañía.

La libertad es buena y necesaria, el primero de los dones de la vida. Pero cuando el hombre queda cerrado en manos de sí mismo, cuando le dicen que es libre pero le domina el Capital y se siente en manos de un Mercado que le utiliza, sin proyecto vital propio, esa misma libertad termina perdiendo sentido y se convierte en una carga, de manera que el hombre la vende (se vende) poniéndola en manos del primer postor, que puede ser un tipo de fundamentalismo violento o una diversión de la sociedad de consumo. Éste es en el fondo un tema de “fe” en el sentido radical de la palabra: Fe en la vida, en lo que somos (en lo que nos han dado), en lo que podemos…

‒ El primero de los males es la desintegración personal que viene allí donde, fallando los bienes tradicionales y el entorno afectivo, el hombre queda encerrado en sus propias limitaciones, sin saber qué hacer de sí mismo, en medio de una sociedad y de un mercado de opulencia que dice ofrecer mucho, pero que a grandes masas les deja sin nada, y a todos sin verdadero motivo para vivir. Está surgiendo así un hombre sin ideal, hombre sin atributos, que vive sólo para aquello que le promete (le vende) el mercado, como si él fuera también (solamente) una pieza más de ese mercado en el que todo se compra y se vende y se sacrifica en ara del Capital. Este hombre que no cree ya en nada (ni en el valor de la vida) corre el riesgo de perderse a sí mismo, en manos de un capital impersonal, dominado por algunos, dentro de un sistema de opresión general.

‒ Desde ese fondo, el gran problema no es la “rebelión”, sino el gran vacío de las grandes masas de las nuevas ciudades inmensas, que han perdido su vinculación a la cultura anterior, que han perdido el equilibrio “rural” con la vida (con la religión tradicional), para quedar en manos de su propia pobreza personal, social, económica, en medio de un mundo de opulencia que parece prometerle todo, pero que nunca satisface sus promesas. El tema está en saber por qué vivimos, para qué, cómo con quienes, en un contexto abierto a la esperanza de la Vida. J. Ortega y Gasset habló hace tiempo de una “rebelión de las masas” (1929), analizando el hecho de que grandes masas humanas podían acceder al conocimiento, a la cultura, a la autonomía política.

Pues bien, el tema no es ya la “rebelión” o independencia de las masas, sino el hecho de que esa rebelión ha fracasado. Las grandes multitudes no han logrado aquello que querían. Ni el capitalismo ni el marxismo han respondido a sus expectativas, de manera que han caído en manos de una impotencia que parece peor que la anterior.

En este contexto, la Iglesia cristiana ha de salir a la calle y plantar allí su tienda peregrina, no para propagarse a sí misma, sino para ofrecer a los hombres y mujeres un testimonio personal y unos motivos de fe, es decir, de agradecimiento a la vida y de confianza en ella, en una línea de comunión y diálogo, de esperanza en el futuro. En el gran super-mercado de la nueva sociedad del capital, la Iglesia no puede aparecer como una “empresa más” al servicio de unos bienes intimistas de consumo (en competencia con el gran mercado de esoterismo, la simple auto-ayuda o las modas gnósticas de un tipo de new-age). Ella ha de ofrecer el testimonio de un valor distinto, que se centra la fe en Dios Padre.

No se trata de que la Iglesia tenga más o menos éxito inmediato en ese mundo de meditaciones trascendentales y de mercados esotéricos (que en el fondo siguen estando al servicio del capital), sino de que ofrezca y transmita con su vida, cuerpo a cuerpo, una experiencia radical de fe, centrada en el Dios de Jesús. No se trata de pasar del desencanto a un nuevo “encantamiento” sectario, sino a descubrir y cultivar una nueva dimensión de la experiencia de la vida, entendida como regalo, recibido y compartido, a partir de Jesús, a favor de (en comunión con) los más pobres del mundo. En este contexto se sitúa el primero de los “sacramentos” de la Iglesia, que es el Bautismo, expresión de la fe aceptada y compartida. Bautizar a los pueblos en el nombre “del Padre, del Hijo y del Espíritu”, es decir, introducirles en el misterio de la vida como don de Dios, esa es la tarea de la Iglesia según Mt 28, 16-20

2. Contra el desencanto socio-político ¿qué podemos hacer?

Los deseos de cambio de los últimos decenios (especialmente de la década de los sesenta a los ochenta del siglo pasado), que tanto prometían, en línea de progreso y de liberación social, no lograron cumplirse, por diversas razones, y parecen habernos dejado tan mal o peor de lo que estába¬mos. Las utopías ligadas en parte al marxismo han perdido su capacidad de convocatoria, por su propia violencia, sus errores y fracasos económicos, y también por la mayor capacidad de penetración del neo-capitalismo, con la adoración del Becerro de Oro. En esta situación nos cuesta creer en la política en la que, por otra, en contra de lo que sucedía en otro tiempo, parecen comprometerse y triunfar sólo los más aprovechados.

Por otra parte, las reacciones integristas de los poderes fácticos, encabezadas por diversos grupos militares y económico , muchas veces violentos en su represión, y vinculados con frecuencia a las mismas iglesias, no han logrado cumplir sus promesas, ni han liberado al pueblo al que decían representar. El Estado, que en principio no se confunde con la nación, aunque tiene elementos “nacionales” ha perdido muchas de sus funciones, cayendo en manos de una economía supra-estatal, dirigida por las grandes corporaciones-multinacionales, al servicio del Capital, convertido de hecho en único poder dominante. En esa línea, parece que la sociedad se estabiliza, encerrada en la “caja de hierro” del Sistema, bajo el dominio de los poderes fácticos (dinero, ansia de poder, grupos partidistas) sin que exista un deseo eficaz de transformación social en profundidad, al servicio de los hombres y los pueblos.

Pues bien, en esta situación, la Iglesia tiene que volver a dialogar con los hombres y mujeres (como pedía Pablo VI), situándose de nuevo en la calle (con el Papa Francisco), no para tomar el poder como tal Iglesia, ni para hacerlo a través de partidos políticos para-eclesiales, sino para actuar como fermento de regeneración social y política, en este tiempo post-nacional, en el que parecen haber fracasado las promesas del estado liberal y social, iniciado con la Revolución Francesa (con su programa ilustrado y cristiano de libertad, igual, fraternidad). Aquel programa social (vinculado a la Declaración de los Derechos del Ciudadano) parece fracasar en grandes partes del mundo, con estados que han caído en manos de un tipo de multinacionales del mercado y del dinero, que se encuentran sin poderes para regenerar el tejido social (para garantizar educción y sanidad), en franca bancarrota.

En esta situación resulta esencial que la Iglesia plante su tienda de “vida” en la nueva ciudad del mundo, en la calle, en los barrios, entre la gente, no para tomar el poder (o actuar como aliada y justificadora de un tipo de de nuevo Imperio), sino para devolver a las personas la confianza en sus posibilidades personales y sociales, de apertura a la Vida y de vinculación mutua. Ciertamente, ella no es una ONG sin más, ni una cooperativa de producción y consumo, pero su experiencia y vida se centra en el sacramento del pan compartido, es decir, en la Eucaristía, entendida como ágape, es decir, como amor concreto, en torno al pan.

No se trata, pues, de inventar nada que no existiera, sino de que la iglesia sea sacramento del pan compartido, es decir, de la comunión social concreta,
entre gentes que se descubren solidarias, agraciadas por el don de Dios (que es la vida común), comprometidas en la tarea de crear redes y espacios de comunión concreta, donde el recuerdo de Jesús, que se expresa en la mesa de la palabra y de la compartida. Ciertamente, en un sentido sacramental, en cuanto comida iniciática de personas comprometidas, viene hacia el final del trayecto cristiano. Pero en otro sentido ella es lo primero: La Iglesia está al servicio de la comunidad que surge a partir de la fe en Jesús, una comunidad que se mantiene por encima de todos los fracasos de la política, a nivel concreto de barrio y de pueblo, a nivel ciudad y nación, de estado…, pero siempre en clave de comunión de palabra y pan.

Frente al fracaso y desencanto de la política se eleva esta nueva y más alta fe activa en el valor y tarea de la comunión por la que los hombres y mujeres crean “cuerpo” (se vuelven Cuerpo Mesiánico) en igualdad radical. No trata, como he dicho, de crear partidos, ni de bendecir naciones y estados, en sentido político, sino de animar y potenciar la vida social, en todos los planos, sin tomar el poder de un modo directo, pero potenciando el surgimiento de una conciencia más honda de humanidad concreta, en forma social. No se trata de una comunión de meros “indignados” que protestan en contra de las condiciones sociales de injusticia que han surgido, pero es evidente que la unión de los cristianos en forma de Iglesia tiene un elemento fuerte de “protesta”, es decir, de indignación en contra del poder social injusto que domina en gran parte del mundo. Sin esta fuerte “reserva profética” al servicio de la justicia y de la solidaridad carece de sentido la iglesia.

‒ Ésta es una tarea muy urgente de la Iglesia: Encarnar su experiencia de comunión y su autoridad liberadora en medio de un mundo que parece condenado a la expulsión y división social. La Iglesia no es una simple ONG de ayuda económico-social, ni una institución puramente asistencial (aunque su obra de tipo asistencial y socio/económico es muy importante), pero ella tampoco puede organizarse en forma de poder político. No es un estado frente al Estado, pero tampoco es una institución meramente privada, sino que supera la oposición entre lo estatal y lo privado, situándose en el plano de lo “público”, no en línea de poder sino de autoridad social, como fermento de humanidad.
‒ Ésta es su tarea y servicio: Ser Iglesia, es decir, comunidad social de personas que se vinculan desde el evangelio (la buena nueva de Jesús), para ofrecer su propio testimonio, como germen de esperanza, en búsqueda del Reino de Dios, es decir, del surgimiento de una humanidad que cree en el sentido de la vida humana y que comparte los bienes y valores de la vida, en un camino. Ella quiere ofrecer su autoridad más alta, no en línea de poder, sin sustituir al Estado, ni identificándose con él, al servicio de lo humano.

3. Contra el desencanto económico. Resistir y crear algo nuevo

En este contexto se sitúa el testimonio de la Iglesia, cuando se fía en Dios, en contra de Mamón, y se compromete a promover el surgimiento de una sociedad que está al servicio de lo humano (Mt 6, 24), y lo hace de un modo especial en estos primeros años del Tercer Milenio, cuando el Capital ha venido a elevarse, con toda contundencia, como único “dios del mundo”. Sobre el ateísmo, que es un tema secundario, se eleva aquí la idolatría de Mamón, que no es dios/ídolo teórico o imaginativo, sino el dios real, que lo controla todo, desde su poder más alto, dominando sobre estados y naciones, sobre políticos y empresarios, sobre artistas y pensadores. Éste es el momento clave para que resuene la voz de la Iglesia, para que ella pueda ponerse como “tienda/carpa de humanidad” en la plaza del mundo, al servicio de la peregrinación de los hijos de Dios.

1. Hypomonê, una resistencia activa. Ésta es la palabra clave de la tradición cristiana más antigua, que aparece especialmente en la tradición de Pablo y en el Apocalipsis (cf. Ap 2, 2-3.19). Éste es el signo de la fe que se mantiene y resiste, abriéndose a la esperanza, conforme a la gran promesa mesiánica de Dios. Ésta es la resistencia martirial, que no puede entenderse de un modo pasivo (dejar que las cosas pasen, mantenerse indiferentes), sino que ha de expresarse de manera activa, en medio de la gran contradicción del mundo.

Parecía que la nueva economía capitalista podría resolver nuestros problemas, trayendo sobre el mundo la riqueza y reconciliación final, vinculando a todos los hombres en tono a un Capital y Mercado entendidos como espacio de comunicación universal. Pero, de hecho, esa economía se ha vuelto idolátrica, principio de opresión, pues ella pide cada día el sacrificio de más personas. Una pretendida “libertad económica”, en manos de algunos “sabios” que dirigen de un modo aparentemente científico, pero en realidad ilusorio, el mercado del capital ha desencadenado grandes crisis que están poniendo en riesgo el futuro de la humanidad. Pues bien, en esa situación, la iglesia está llamada a mantenerse en actitud de esperanza activa, de paciencia creadora.
En otros tiempos, el capital seguía vinculado a los bienes de producción y de consumo, al servicio por tanto de la vida humana. Así se podía decir que tenía un valor “real”, como signo y mediación de unos bienes objetivos (tierra, objetos de consumo, oro…. Pues bien, ahora el capital se ha absolutizado, volviéndose “divino” en sí mismo, el gran Fetiche. Pues bien, en esta situación, la Iglesia está llamada a ofrecer el testimonio de un capital más alto, que es el valor de la vida humana, fundada en Dios, abierta a la resurrección, por Jesucristo.

El Capital se vuelto de esa forma “dios” o, mejor dicho, el único Dios que planea por encima de la vida de los hombres. Es un bien ilusorio, de tipo básicamente financiero, que se separa de los “bienes reales” (tierra, comida, objetos de consumo) y especialmente del trabajo humano, para convertirse en una realidad autónoma y en apariencia más alta, invisible (virtual), en manos de banqueros, inversores, brokers, agentes de seguros, representantes de una minoría internacional, sin más patria ni religión que su dinero, manejado el dinero al servicio de sus intereses, que han convertido nuestro mundo en espacio de una crisis permanente que, a su juicio, sólo se resolvería con nuevas crisis e imposiciones del poder fáctico, que se identifica con su “dinero”.

2. Una paciencia que se vuelve indignación creadora. En esa línea, hombres y mujeres han tenido que vender el alma (es decir, su libertad) poniéndola en manos del dinero. Eso no significa simplemente “paro” (gente sin trabajo), ni injusticia social (mayorías marginadas y hambrientas, sin medios de producción ni de consumo), sino que implica una ruptura de los grandes valores religiosos y racionales (éticos) que habían dirigido por siglos la vida de los pueblos. ¬Muchos hombres y mujeres (grandes masas, naciones enteras) se encuentran preocupadas (casi angustiadas) ante esta nueva esclavitud, tan perversa o peor que las anteriores, pues parece sin remedio, en la línea de los grandes imperios opresores de los que habla la Biblia, desde Dan2 y 7 hasta Ap 12-18.

Pues bien, en esa situación, la paciencia tiene 1a paciencia tiene que convertirse en indignación, es decir, en protesta humana frente a la opresión del mundo. De un modo consecuente, muchos empiezan a sentirse indignados, y otros aún más numerosos simplemente derrotados. Ha nacido el desencanto, crece la indignación, y en un momento dado pueden surgir grandes protestas, con riesgo incluso de violencia externa, aunque los medios técnicos y militares de los dueños del capital hacen difícil que las protestas puedan cristalizar en forma de auténticas revoluciones. En ese contexto debe situarse la respuesta de la Iglesia:

‒ Nueva experiencia de fe, frente al desencanto ideológico. Lo primero es invalidar el argumento a los opresores, mostrar que la situación no es “irremediable”, como no lo era la del Imperio Romano en tiempos del Apocalipsis, sino que deriva de una maldad “diabólica” creada por la misma historia humana, en contra de la voluntad de Dios. Lo peor del sistema financiero es que muchos sienten que resulta insuperable, que no tenemos más remedio que someternos y aceptarlo. Otros piensan que toda ideología engaña, que está hecha para enmascarar y pervertir, de tal forma que tras esta perversión actual vendrá otra, quizá mayor, de tal forma que no tenemos remedio.
‒ En esta situación, la primera tarea de la Iglesia consiste en abrir un camino de fe y de esperanza de transformación social, en medio de estas condiciones adversas. Se trata de mostrar que el Capital Financiero es un ídolo, que no tiene vida en sí (en sí mismo no es nada) y que, sin embargo, chupa la vida de los hombres. Hay que mostrar su falsedad, como los profetas de Israel mostraron la falsedad de los ídolos de aquel tiempo, destacando el engaño y perversión de aquellos que consiguen pronto (sin escrúpulos) mucho dinero, utilizando métodos injustos.
‒ La segunda tarea de la iglesia es crear espacios de fraternidad, comunidades que resistan y vivan de un modo fraterno, compartiendo lo que son y lo que tienen, saliendo del sistema financiero que todo quiere controlarlo. En este contexto, la Iglesia tiene que ser ella misma un germen de fraternidad, saliendo de sí misma, situándose como protesta activa en medio de la plaza de este mundo, con un gesto que no es puramente testimonial, sino que va marcando caminos y signos de nueva humanidad.

En este contexto se sitúa la indignación profética de Jesús cuando eleva su voz y su gesto contra aquellos que oprimen a los pobres, contra aquellos que manejan la ley a su servicio, manipulando la palabra de Dios, y de un modo especial contra los sacerdotes del templo de Jerusalén, que han hipotecado la religión al servicio del sistema. Cuando parece que no hay lugar para la protesta, que no tiene sentido enfrentarse con el mal, Jesús nos sigue llamando a la gran “indignación” activa, al servició de la creación de Dios, es decir, de la resurrección.


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