El blog de X. Pikaza

Los "ricos" no pueden salvarse (construir el Reino: Mc 10, 23-27)

17.09.18 | 08:02. Archivado en Nuevo Testamento, Pobreza, Utopía, esperanza

Desde el pasaje del hombre rico que ayer comenté (Mc 10, 17-22) se entiende este nuevo pasaje de enseñanza dialogada en torno a las riquezas.

Marcos no ha incluido en su enseñanza el logion clave sobre la oposición entre Dios y Mammona, cf. Mt 6, 24;Lc 16, 13), pero él ha incluido ese mismo argumento de fondo en esta catequesis, en la que la riqueza cerrada en sí misma aparece Mamón (gran riesgo para el Reino de Dios).

Jesús no distingue aquí entre judíos y gentiles, pues el riesgo para todos es el mismo: el deseo de tener, de asegurar la vida en la posesión de cosas frente (contra) otros. Como es tradicional en estos casos, Marcos sigue un esquema en tres momentos, con una introducción y dos enseñanzas fundamentales de Jesús, que responden al asombro creciente de sus discípulos:

1. Jesús mirando alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!

2. Los discípulos se quedaron asombrados ante estas palabras. Pero Jesús, respondiendo de nuevo, les dijo: Hijos ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.

3. Ellos se asombraron todavía más y decían entre sí: Entonces, ¿quién podrá salvarse? Jesús mirándoles les dijo: Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque todo es posible para Dios (Mc 10, 23-27).

El problema no es entrar en el Reino de Dios tras la muerte (cosa que está en manos de Dios), sino que un hombre rico pueda realizar aquí, en este mundo, el camino que lleva al Reino de los cielos.

La escena comienza evocando la mirada de Jesús y su comentario sobre las riquezas, distinguiendo así dos realidades.

(a) Por un lado están los que tienen riquezas, es decir, posesiones (khrêmata), entendidas en sentido básicamente monetario, porque esa palabra alude más al dinero (cf. Hech 4, 37; 8, 18; 24, 26), más que a las posesiones agrarias, como parecía suceder en el caso del rico que se acaba de marcharse, porque tenía mucha ktêmata, riqueza de rebaños (pecunia).
(b). Por otra parte está el Reino de Dios, amenazado por las riquezas, pues ellas, con su lógica de posesión y acaparamiento impiden que el hombre viva en gratuidad y comunión, en libertad de amor, es decir, en desprendimiento creador.

Un tema clave: las riquezas y la construcción del Reino de Dios en este mundo.
Es evidente que para conquistar los reinos de este mundo hacen falta riquezas, es decir, medios económicos, políticos y militares, que culminan, como seguiré mostrando en la “mamona”. Pues bien, esas riquezas, entendidas como “posición” propia (y oposición a otros), son un riesgo para la llegada del Reino, que ha de entenderse como gratuidad y comunicación personal. También otros escritos de aquel tiempo, desde Test XII Pat a Parábolas de Henoc, destacaban el riesgo destructor de las riquezas, pues impiden que el hombre viva en libertad, poniendo su corazón en Dios.

En esa línea se sitúa la respuesta de Jesús, que no debe entenderse en sentido intimista (de puro desprendimiento ascético) sino de apertura social y gratuidad. Las riquezas no son malas simplemente porque atan al hombre y le encierran en sí mismo, de manera que le impiden abrirse a lo divino, sino principalmente porque le impiden vivir en comunión con otras personas, como he venido destacando en todo lo anterior).

La consternación de los discípulos ante el dicho de Jesús responde a lo que Pablo ha llamado el escándalo y locura de la cruz (1 Cor 1, 23), un escándalo que no puede entenderse en línea intelectualista (de doctrina), sino que se expresa y expande en un nivel económico, abierto a la totalidad de la vida, pues las riquezas no solamente cierran al hombre en aquello que muere (destruido por el orín y la polilla: cf. Mt 6, 19-21), sino que le sitúan en un nivel de enfrentamiento violento y lucha con otros “ladrones”, que también se cierran en lo que tienen, como destacaba el principio de la Biblia (Gen 4: Caín y Abel) .

Desde ese fondo se entiende la enseñanza fundamental presentada por la imagen del camello que no puede pasar a través del ojo de una aguja (Mc 10, 24b-25). Algunos intérpretes han querido desactivar la extrañeza de esa imagen diciendo que el “ojo de aguja” sería en realidad una puerta estrecha del cerco de Jerusalén, una especie de postigo por donde sólo podrían pasar uno a uno los hombres y mujeres, no los camellos más gordos. Pero esa interpretación carece de sentido, como seguirá diciendo 10, 27. ¡Humanamente hablando es imposible que un rico se “salve”, como es imposible que un camello pase por un ojo de aguja de coser.

2. Dos interpretaciones. La dificultad a la que alude el texto no es la entrada en un “reino futuro de Dios” (es decir, en un tipo de salvación eterna posterior, en el más allá), sino el acceso al Reino de Dios (basileia tou Theou: 10, 24. 25), que ha de empezar aquí sobre la tierra, en este mismo mundo, en Jerusalén, hacia donde se dirigen. Lo que Jesús busca, lo que él quiere (la llegada del Reino en la tierra) no se consigue con dinero, es decir, con los medios normales que emplean los poderosos del mundo para conseguir unos objetivos de tipo social, político o religioso. El Reino de Dios no es resultado de algo que el hombre realiza y consigue (por las armas o el dinero), sino expresión y despliegue de la nueva humanidad que Jesús busca y promueve, esperando recibirla como don de Dios, algo que implica un desprendimiento y gratuidad total. Desde este fondo deben vincularse (compararse y distinguirse) dos respuestas fundamentales de la tradición evangélica:

‒ La respuesta de nuestro pasaje (Mc 10, 26-27) es fuerte, pero no nos sitúa ante una imposibilidad total. Humanamente hablando, es imposible que los “ricos” se salven (es decir, que contribuyan a la construcción del Reino). Dentro de los límites de la humanidad, el deseo de riqueza y la riqueza en sí (tal como las formula Mt 6, 24, al llamarlas Mamona) son incompatibles con el Reino de Dios. En este plano, las riquezas tienen un peso objetivo, una dinámica, que se opone radicalmente al Reino de Dios, que es gratuidad…, pero (a pesar de ello) este Jesús de Marcos deja un “resquicio abierto”: Es imposible para los hombres, pero no para Dios. Eso significa que Dios puede transformar a los mismos ricos (como éste que ha dejado a Jesús y se ha ido…). En medio de un mundo de riquezas que arrastran y dominan a los hombres, Dios sigue teniendo un poder más alto. En esa línea, Marcos se opone un puro dualismo de tipo “maniqueo”, con dos principios opuestos, Dios y la Mamona.

‒ Por el contrario, el pasaje de Dios y la Mamona de Mt 6, 24 y Lc 16, 11 (que proviene del Q) parece inclinarse hacia un dualismo radical, como si Mamona (la riqueza del hombre cerrada en sí mismo) fuera un tipo de anti-Dios… un poder al que ni Dios podría vencer. Ciertamente, estos dos pasajes (los ricos no pueden salvarse… pero no hay nada imposible para Dios… y no se puede servir a Dios y Mamona) nos sitúan en planos distintos, de manera que ambos deben mantenerse como expresión del evangelio. Así los expongo aquí, como textos enigmáticamente poderosos y amenazadores que, por un lado, nos ponen en el lugar de oposición entre Dios y la Riqueza humana divinizada, y que por otro nos siguen abriendo al Dios de la plena gratuidad. Por eso es importante mantener la pregunta de los discípulos: «¿Quién podrá salvarse?» (ser salvado: sôthênai) .

El rico preguntaba ¿qué haré?, como si la salvación dependiera de sus obras (en el fondo, de sus riquezas); los discípulos, en cambio, han preguntado, en pasivo divino: ¿quién podrá ser salvado? No cuestionan ya lo que ellos pueden o deben hacer, sino lo que puede Dios, que nos sitúa en un plano superior de potencia, ante una dimensión más honda de la vida humana. Ya no hablan de conseguir el Reino, sino de salvarse, en palabra que tiene un fondo más religioso (más espiritual), aunque es inseparable de la realización del Reino de Dios en este mundo.
Este pasaje nos sitúa ante una iglesia que “conoce” (Marcos supone que Pedro y los otros han escuchado el proyecto de Jesús), pero que “no entiende” las implicaciones de ese “saber”, en sentido general, y para la vida de la comunidad. Roca y sus compañeros han oído lo que dice Jesús, pero en el fondo no le “creen”, no confían en él, no se atreven a poner en marcha, de un modo tajante, el proyecto que él ha ofrecido al hombre rico, que se ha marcado de su lado .

Cuando Jesús afirma que “nada es imposible para Dios”, él está “apostando” precisamente por abrir con su vida (con su entrada en Jerusalén) un camino que permite superar la opresión de las riquezas, pero no para después (en un reino futuro, intemporal, espiritual), sino en este mismo mundo. Jesús no está dejando las cosas a Dios, para que él lo arregle todo desde arriba (mientras este mundo sigue hundido en un riqueza destructora), sino que él mismo se está comprometido mesiánicamente (con su vida) para encontrar y ofrecer salvación, por encima de la esclavitud de la riqueza.

Precisamente con ese fin ha iniciado su camino: ha venido para hacer posible lo imposible, con el fin de salvar este mundo que parece condenado a perecer en dura lucha en torno a la riqueza. De esa forma, cuando afirma que todo es posible para Dios, él se pone al servicio de aquello que humanamente es imposible, es decir, al servicio de un Reino sin ktêmata o posesiones particulares (cf. 10, 22) y sin khremata o dinero (cf. 10, 23). Esa es la tarea que él había ofrecido al rico postulante, al decirle que lo vendiera todo, para tener así un “tesoro en el cielo”. Ésta es la tarea que él intenta enseñar a sus discípulos, pues sabe que en Dios (para Dios) todo es posible, no sólo allá arriba (en un plano superior de cielo), sino aquí abajo, en el camino que conduce a Jerusalén .


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