El blog de X. Pikaza

Pena de muerte en la Biblia. Antiguo Testamento

El Papa Francisco ha mandado que se suprima la alusión (la justificación) de la pena de muerte en el Catecismo de la Iglesia Católica. Ésta es una decisión gozosa y justa, cristiana y humana, que procede del Evangelio, aunque viene con "retraso", pues debía haberse tomado hace ya muchos años.

Al justificar la pena de muerte (y al mantenerla en su legislación canónica), la Iglesia ha sido infiel al evangelio, y lo ha sido por haber pactado injustamente con la "ley del César", sin haber distinguido el Antiguo del Nuevo Testamento o, mejor dicho, sin haberse atrevido a ratificar la llegada de la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4, 4; Mc 1, 14-14), es decir, la plenitud de Israel, con el cumplimiento de las promesas de Dios a través de la vida de Jesús, que fue precisamente condenado a muerte.

Por fin, al Iglesia católica se atreve, en este campo, a ser cristiana, por fin tiene la osadía de creer en el evangelio, con lo que implica de "fe en la vida" y de superación de un tipo de "ley punitiva", marcada por el talión "ojo por ojo, diente por diente".

Allí donde se justifica por (o desde) la religión la pena de muerte se está confesando que la "venida de Jesús, Hijo de Dios" ha sido en vano. De todas formas, el camino para llegar a esta superación era (y sigue siendo) difícil, como indica le ley civil y criminal del Antiguo Testamento, donde (como indicarán las reflexiones que siguen) se sigue justificando "generosamente" la pena de muerte.

Esta noticia (el Papa Francisco ha mandado quitar la pena de muerte del Catecismo de la Iglesia Católica) marca un cambio esencial en la doctrina de la Iglesia, un cambio que, bien leído, tendrá inmensas consecuencias, por lo que implica en la visión del hombre, en el derecho de la vida, en la visión del perdón.

En ese contexto ofrezco hoy una reflexión sobre la pena de muerte en el Antiguo Testamento, para así saber de dónde venimos. Los que justifican por la Biblia la pena de muerte no han llegado a Jesús (ni a las mejores lectura bíblicas del judaísmo rabínico).

Dejo para otros días la novedad bíblica del Nuevo Testamento, y dejo también la forma y razones por las que la misma Iglesia ha podido aplicar en otro tiempo la pena de muerte, sin haber advertido la novedad bíblica y humana de Jesús de Nazaret, el condenado a muerte. (Todo lo que sigue está tomado de mi Diccionario de la Biblia, pero nos sitúa en el contexto de la novedad de esta decisión bíblica y cristiana del Papa Francisco).

La Biblia, un libro complejo, un libro de camino


La Biblia israelita no es un libro espiritual o intimista, que trata sólo las «cosas de Dios», para utilizar el lenguaje de Mc 12, 16, sino que se ocupa también de las «cosas del César», es decir, de la organización económica y social, penal y militar del pueblo.

Por eso incluye una serie de códigos de tipo jurídico en los que arbitra y defiende, conforme a las costumbres de aquel tiempo, la pena de muerte. En ese sentido, el Antiguo Testamento nos resulta duro y hasta extraño, pues impone un tipo de ley en la que, además de los motivos normales de pena de muerte, se incluyen otros de tipo específicamente religioso que presentaremos de un modo esquemático, siguiendo los mandamientos del decálogo, que están protegidos con pena de muerte contra aquellos que no los cumplen.

(1) Identidad religiosa.

La primera de las causa de pena de muerte en Israel ha sido la defensa de la propia identidad religiosa, vinculada a la elección de Dios y al mantenimiento del pueblo, conforma a los primeros mandamientos del decálogo: no hay más Dios que Yahvé, no profanar el nombre de Yahvé, no hacer ídolos, no profanar las fiestas (cf. Ex 20, 3-10; Dt, 5-7-12).

(a) Los extranjeros, reos de muerte. En un primer momento, cuando los israelitas tienen poder autónomo, como «estado religioso», conforme a los principios del → pacto de la conquista, los grandes idearios de su identidad israelita religiosa exigen que se mate, dentro de la → tierra de Israel, a los cananeos, es decir, a los que no forman parte de pueblo de Israel. Mirada desde la actualidad, esta es una «ley de genocidio» (cf. Ex 23, 20-33; 34, 10-16; Dt 7 y 20; Jc 2, 1-5). Más tarde, cuando los israelitas carecen de independencia política y poder para matar a los extranjeros, ellos se comprometen a expulsarlos de la tierra, sobre todo a las mujeres no israelitas, para cumplir de esa manera una exigencia de pureza étnica que marcan los libros de → Esdras y Nehemías (Esd 9–10).

(b) Los que profanan un lugar sagrado. La ley se formula con relación al Monte Sinaí: «No subáis al monte [el monte de la teofanía], ni toquéis su límite. Cualquiera que toque el monte, morirá irremisiblemente. Nadie pondrá sus manos sobre él, porque ciertamente será apedreado o muerto a flechazos. Sea animal u hombre, no vivirá. Sólo podrán subir al monte cuando la corneta suene prolongadamente» (Ex 18, 12-13). Esta ley no es exclusiva de Israel, sino que aparece en muchos códigos antiguos, en los que la profanación del templo se castigaba con pena de muerte. Los que redactaron este pasaje están pensando ya en el templo de Jerusalén, donde se ha castigado siempre a los profanadores de su santidad (aún sigue escrito en la entrada de la explanada del templo la sentencia de muerte contra aquellos que profanen su santidad).

(c) Los que profanan un tiempo sagrado: del sábado. Ésta es una ley ya propia de Israel, donde el sábado aparece como día dedicado al descanso de Dios. «Guardaréis el sábado, porque es sagrado para vosotros; el que lo profane morirá irremisiblemente. Cualquiera que haga algún trabajo en él será excluido de en medio de su pueblo… Seis días se trabajará; pero el séptimo día os será sagrado, sábado de reposo consagrado a Yahvé. Cualquiera que haga algún trabajo ese día morirá. (Ex 31, 14; 36, 2)

. (d) Los que profanan el nombre o identidad de Yahvé. En este contexto se sitúa, sobre todo el castigo por la blasfemia: «El que blasfeme el nombre de Yahvé morirá irremisiblemente. Toda la congregación lo apedreará. Sea extranjero o natural, quien blasfeme del Nombre morirá » (Lev 24, 16). Esta ley se amplia y se aplica, de un modo más general y difícil de precisar, a los que rechazan el poder sagrado del pueblo israelita (centrado en sacerdotes y jueces) o a los que pervierten la profecía: «Quien proceda con soberbia y no obedezca al sacerdote o al juez, esa persona morirá» (Dt 17, 12). «Pero el profeta que se atreva a hablar en mi nombre una palabra que yo no le haya mandado hablar, o que hable en nombre de otros dioses, ese profeta morirá» (Dt 18, 20).

(e) Los que adoran a otros dioses. Idolatría. Éste es el motivo más detallado de pena de muerte. La vinculación de los israelitas con Yahvé forma parte de su propia identidad, de manera que el israelita que rompa el pacto con Yahvé debe morir, de forma irremisible. Es aquí donde se define con más precisión el delito (adorar a otros dioses) y el sentido de la pertenencia israelita, que está por encima de toda otra pertenencia, incluso familiar.

«Si te incita tu hermano, hijo de tu madre, o tu hijo, o tu hija, o tu amada mujer, o tu íntimo amigo, diciendo en secreto: Vayamos y sirvamos a otros dioses, que tú no conociste, ni tus padres, dioses de los pueblos que están en vuestros alrededores, cerca de ti o lejos de ti, como está un extremo de la tierra del otro extremo de la tierra; no le consientas ni le escuches. Tu ojo no le tendrá lástima, ni tendrás compasión de él, ni lo encubrirás. Más bien, lo matarás irremisiblemente; tu mano será la primera sobre él para matarle, y después la mano de todo el pueblo. Lo apedrearás, y morirá, por cuanto procuró apartarte de Yahvé tu Dios que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud» (Dt 13, 6-10).

Ésta es una ley que se aplica y extiende más allá de la familia a toda una ciudad israelita: todos sus habitantes han de morir irremisiblemente, al filo de la espada (en guerra religiosa) si se vuelven idólatras o contrarios a Yahvé (cf. Dt 13, 11. 18). El derecho de Yahvé está por encima de la vida de los hombres.

(f) Los hechiceros. En el contexto anterior se sitúa la ley que castiga con pena de muerte a los que ofrecen a sus hijos a Moloc, sacrificándolos ante su Dios dentro de la tierra de Israel; esta es una ley que se aplica por igual a israelitas y extranjeros: todos los que ofrezcan sacrificios humanos a Dios han de morir (Lev 20, 2). También los hechiceros y adivinos son castigados con pena de muerte: «El hombre o la mujer que tenga relación con los espíritus de los muertos o que sea adivino morirá irremisiblemente. Los apedrearán; su sangre será sobre ellos» (Lev 20, 27).

(2) Identidad humana.

En el centro de la ley israelita, después de las grandes afirmaciones religiosas del decálogo (sólo hay un Dios, no construir ídolos…), vienen las leyes que defienden la identidad humana, centradas básicamente en la prohibición y condena del desacato familiar, del homicidio, adulterio y robo de hombres. (cf. Ex 20, 12-15; Dt 5, 16-19). Todas ellas están sancionadas con una pena de muerte.

(a) Defensa de la familia. La ley israelita resulta extremadamente dura en este campo, precisando, de forma negativa, el sentido positivo del «honrarás a tu padre y a tu madre». Según eso, «el que hiera a su padre o a su madre [y no sólo el que los mate, como en los restantes casos] morirá irremisiblemente» (Ex 21, 15); también debe morir el que maldiga a su padre o a su madre (Ex 21, 17; Lev 20, 9). La ley condena también a los desobedientes: «Si un hombre tiene un hijo contumaz y rebelde, que no obedece la voz de su padre ni la voz de su madre, y que a pesar de haber sido castigado por ellos, con todo no les obedece, entonces su padre y su madre lo tomarán y lo llevarán ante los ancianos de su ciudad, al tribunal local… y todos los hombres de su ciudad lo apedrearán, y morirá» (Dt 21, 18-21).

(b) Condena del homicidio. En la base de la ley israelita está la defensa de la vida, conforme lo exige el talión más antiguo: «El que derrame sangre de hombre, su sangre será derramada por hombre; porque a imagen de Dios él hizo al hombre» (Gen 9, 4). Esta ley y condena ha sido precisada en las diversas legislaciones. Así, por ejemplo, en el Código de la alianza se dice: «El que hiere a alguien causándole la muerte morirá irremisiblemente» (Lev 21, 12). En esa línea se detallan las formas de homicidio:

«Si uno hiere a otro con un instrumento de hierro, y él muere, es un asesino; el asesino morirá irremisiblemente. Si lo hiere con una piedra en la mano, con la cual pueda causarle la muerte, y él muere, es un asesino; el asesino morirá irremisiblemente. Si lo hiere con instrumento de madera en la mano, con el cual pueda causarle la muerte, y él muere, es un asesino; el asesino morirá irremisiblemente (Num 35, 16-18).

En este contexto, la ley israelita ha conservado sus tradiciones más antiguas: el encargado de matar al asesino es el «vengador de la sangre», es decir, el familiar más cercano, con autoridad y poder para ello, el → goel (cf. Num 35, 19). Para casos de homicidio involuntario se buscaron ciudades de refugio o santuarios, donde el asesino quedaba resguardado de la ira del vengador de sangre (cf. Lev 21, 1 3; Num 35, 25-28; Jos 21, 13-38). Las implicaciones de esta ley de defensa de la vida son tan grandes que se condena a muerte incluso al hombre que tiene un buey que acornea y que, sabiéndolo, lo deja suelto, causando la muerte de otra persona (cf. Ex 21, 28-32).

(c) Condena del adulterio. Casi todas las leyes del oriente antiguo consideran el caso del adulterio de la mujer como digno de pena de muerte, pues va en contra del derecho del varón casado y destruye la familia, impidiendo que se mantenga la pureza genealógica, que resulta esencial para la identidad del pueblo. En principio se condena al adúltero y a la adúltera, pero la mujer sufre sin duda penas mayores: «Si un hombre comete adulterio con una mujer casada… el adúltero y la adúltera morirán irremisiblemente» (Lev 20, 10). «Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer de otro hombre, ambos morirán: el hombre que se acostó con la mujer, y la mujer. Así quitarás el mal de Israel» (Dt 20, 22). Hemos dicho que la mujer a la que se toma como → adultera sufre penas mayores (cf. Dt 22).

(d) Condena del robo de hombres. El mandamiento de «no robar» se refiere ante todo al robo de hombres, como muestran las leyes que lo condenan: «El que secuestre a una persona, sea que la venda o que ésta sea encontrada en su poder, morirá irremisiblemente» (Ex 21, 16). «Si se descubre que alguien ha raptado a alguno de sus hermanos, los hijos de Israel, y lo ha tratado brutalmente o lo ha vendido, ese ladrón morirá. Así quitarás el mal de en medio de ti» (Dt, 24, 7). De esa forma se condena el tráfico de hombres y/o mujeres.

(3) Pureza sexual.

Han recibido en Israel una importancia especial las leyes que defienden la pureza sexual, entendida como defensa del orden de la vida. Se pueden distinguir tres niveles: de familia, de género y de especie.

(a) Plano familiar. Las leyes de la defensa del orden sexual en la familia pueden vincularse a las que tratan de la «honra del padre y de la madre». Pero en este campo tenemos un rasgo nuevo: la ruptura de lo que se considera el buen orden sexual se castiga con la muerte: «Si un hombre se acuesta con la mujer de su padre, descubre la desnudez de su padre. Ambos morirán irremisiblemente; su sangre será sobre ellos. Si un hombre se acuesta con su nuera, ambos morirán irremisiblemente, pues cometieron depravación; su sangre será sobre ellos. El que tome como esposas a una mujer y también a la madre de ella comete una infamia: Quemarán en el fuego a él y a ellas, para que no haya infamia entre vosotros» (Lev 21, 11-14).

(b) Plano de género: homosexualidad. La ley israelita defiende un orden sexual donde las funciones del varón y la mujer aparecen distintas y separadas: «No te acostarás con varón como con mujer; es una abominación» (Lev 18, 22). «Si un hombre se acuesta con un hombre, como se acuesta con una mujer, los dos cometen una abominación. Ambos morirán irremisiblemente; su sangre será sobre ellos» (Lev 20, 13).

(c) Los límites humanos. Condena de la bestialidad: «Si alguno tiene cópula con un animal, morirá irremisiblemente. Mataréis también al animal. Si una mujer se acerca a algún animal para tener cópula con él, matarás a la mujer y al animal. Morirán irremisiblemente; su sangre será sobre ellos» (Lev 20, 15-16). En todos estos casos, la pena de muerte viene establecida por el Código de la Santidad, empeñado en mantener la pureza ritual y sexual de los israelitas.

(4) Reflexión final.

Todas las leyes anteriores han de entenderse desde la perspectiva histórico-social de la religión israelita. Ellas deberían completarse teniendo en cuenta las normas de la condena (normalmente son los ancianos de la comunidad los que tienen derecho de condenar a muerte a los infractores) y el modo de la ejecución (normalmente por lapidación, con exposición posterior del cadáver, colgado de un árbol, hasta la llegada de la noche: cf. Dt 21, 21-23).

Son leyes de un momento antiguo, en que religión y orden social se vinculaban de un modo inseparable. Por otra parte, ellas han sido ya en gran parte superadas por la misma profecía israelita, que no habla de pena de muerte legal de los culpables, condenados por en un tribunal…, sino de pena de muerte «humana»: los hombres y mujeres de un pueblo y del conjunto de la humanidad que actúan de manera injusta, oprimiendo a los pobres, se destruyen a sí mismos (condenándose mismos a la muerte), sin necesidad de un grupo de jueces les condene a muerte.

En esta línea se ha situado el mensaje de Jesús, que anuncia la llegada del reino de Dios como gracia, pero que eleva su voz de amenaza en contra de la injusticia de un mundo que corre el riesgo de destruirse a sí mismo, si es que persiste en su injusticia.

Jesús fue condenado a muerte precisamente por aquellos a quienes él hizo ver el riesgo de muerte en que se hallaban, si juzgaban y mataban a los otros. Desde esta perspectiva, y desde el mensaje de gracia de la pascua (a la luz de Rom 1-3) ha de replantearse todo el tema, teniendo en cuenta la separación moderna entre las cosas de Dios y las del César (cf. Mc 12, 17).

Evidentemente, el evangelio, entendido como experiencia de perdón y gracia en → Jesucristo, debe llevar a los cristianos a superar la pena de muerte. Según el evangelio (el Nuevo Testamento) carece de sentido la pena de muerte, no sólo por motivos religiosos (de experiencia de vida y perdón de Jesús) sino por nueva experiencia social.
Pero de ello habrá hablar por separado.

(texto tomado de X. Pikaza, Gran diccionario de la Biblia, Verbo Divino, Estella 2015, 1000-1002).Cf. tambiíen X. PIKAZA, Dios preso, Sec. Trinitario, Salamanca 2005).


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Comentarios
  • Comentario por Fernando 08.08.18 | 09:42

    Creo que aquí se están confundiendo los planos una vez más. Desde la Escritura, insisto, no cabe concluir nada sobre la justificación o no de la pena de muerte. Desde el AT como el NT ambas direcciones pueden tener sus apoyos, y por mucho que queramos apelar a entendimientos profundos o intenciones generales, esto es lo que hay aunque nos disguste.

    Otra cosa es su valor moral y social, y ello, tanto en dichos textos como en las teologías morales realizadas a lo largo de la historia, están más determinadas por sus demandas temporales que por una reflexión válida y definitiva para todo momento. La pena de muerte es un “derecho” que un Estado tiene sobre sus ciudadanos; otra cosa es que sea un derecho injustificable, que yo particularmente creo que lo es. Es la historia humana la que demuestra su no validez, su no justificación. Es un problema ético y jurídico que está más allá de lo teológico, que no trata de derechos sino de cumplimientos y fidelidades.

  • Comentario por luis alberto 04.08.18 | 22:33

    No hay porque asustarse con el fantasma del cisma. En primer lugar, no es dogma de fe la pena de muerte y en segundo lugar, todas las herejías han surgido DENTRO de a Iglesia y son las que han destruido la unidad de la Iglesia.
    Esperemos que el señor tarde en venir porque aún no estamos convertidos.

  • Comentario por anuncia 04.08.18 | 19:34

    Totalmente de acuerdo, Xabier. Sin embargo, aun siendo un paso importante y necesario, está por ver su aplicación y coherencia respecto a la práctica ,aún vigente en distintos países, de la pena de muerte. Es un tren que la Iglesia coge algo tarde, pero abre una puerta a la esperanza que no será suficiente con haber sido abierta.

  • Comentario por Milton 04.08.18 | 18:38

    Ahora falta que Francisco modifique los Santos Evangelios porque le resultan "inadmisibles" a la moderna conciencia de la dignidad humana.

  • Comentario por Milton 04.08.18 | 18:35

    Sirva recordar uno de esos textos evangélicos significativos, hoy olvidados por el ghandismo eclesiástico dominante o por la vulgar sodomización de los cuadros jerárquicos. Está en el capítulo diecinueve del Evangelio de San Lucas, Parábola de las Diez Minas o De las minas y los talentos, y dice: “Pero mis enemigos, los que no me querían por Rey, sean apresados y degollados en mi presencia” (Ls. 17, 27).

  • Comentario por Milton 04.08.18 | 18:27

    Les recuerdo que el catecismo está hecho con enseñanza de San Agustín en primer lugar y do SANTO TOMÁS en segundo lugar; no con apreciaciones de Jesuitas modernistas que cambian la enseñanza de la iglesia según el capricho del nuevo orden mundial

  • Comentario por Milton 04.08.18 | 18:23

    Jesucristo siendo inocente fue condenado a muerte y muerte de cruz
    Esteban siendo apóstol de Cristo fue condenado a lapidación

    Alguna otra pregunta Cristian?

    si ellos siendo santos fueron condenados a muerte que será para los verdaderos delincuentes?

    Nosotros los católicos comprendemos la Sagrada Escritura mediante la tradición y el magisterio no viendo a harry potter y mucho menos con la sola Biblia como lo hacen los protestantes que la entienden según conveniencia. No se puede apoyar las reformas de Francisco ya que como el mismo lo dijo un día tiene pocas luces teológicas.

  • Comentario por Cristian 04.08.18 | 16:25

    Milton pura paja en palabras de Santo Tomas de Aquino has escrito.

    ¿Por qué mejor no citas si Jesús o alguno de los Apóstoles condenaron a muerte directa a algún discípulo?

    Eso tendría mayor validez.

  • Comentario por Fernando 04.08.18 | 09:57

    Se refiere, por tanto, al uso de la autoridad humana en ejercer violencia sobre alguien acabando con su vida. Es en este punto donde se tiene que debatir, no por la S.E., pues en ella lo único que dice es que toda autoridad (y su ejercicio) deriva de una más alta Autoridad…, cuando en realidad NO es Dios autoridad alguna sobre el ningún derecho humano, ni menos tal derecho puede ser contemplado a la luz de la necesidad de la Gracia y la Salvación, ni de ningún estado de pecado antecedente o consecuente.

    Es una cuestión muy compleja, que afecta a cuestiones éticas, jurídicas, políticas e incluso filosóficas. Desde la S.E. y la teología, ejercer la violencia contra alguien es un hecho contemplado y, en ciertos casos, legitimado. A su vez, también se acepta que no es posible el camino de violencia, pues se vuelve contra nosotros. ¿En qué quedamos pues? Visto todo desde la Salvación, la Providencia y la Gracia, el tema se vuelve oscuro e indescifrable.

  • Comentario por Fernando 04.08.18 | 09:51

    En esto, y lo siento por ambas partes, no es posible argumentar sobre la pena de muerte aplicando textos de Escritura y mucho menos de teología derivada. Si algo enseña la historia de la interpretación de la S.E. es que hay más de posición cultural en su entendimiento -y no digamos de teología moral-, que una incontrovertible validez para toda instancia y ocasión. Lo mismo valen los textos aducidos más abajo como aquello de que quien a hierro mata a hierro muere. Es inútil proceder por aquí.
    Aquí el debate teológico es débil por ambas posiciones, ya que ninguna es concluyente, porque ni la teología clásica ni menos la S.E. trataban estas cuestiones en términos de derechos, sino en términos de autoridad para y por la Gracia. Si uno asume que la pena de muerte no es un “derecho” (Beccaria, “De los delitos…” XVI), sino un acto violento de una institución hacia un ciudadano, la cuestión deriva hacia el uso de la violencia.

  • Comentario por Milton 03.08.18 | 17:32

    Donde está la tradición y el magisterio de la Iglesia Pikaza?

    La sola Biblia es protestantismo

  • Comentario por Milton 03.08.18 | 17:30

    «Y el que los malos puedan enmendarse mientras viven no es obstáculo para que se les pueda dar muerte justamente, porque el peligro que amenaza con su vida es mayor y más cierto que el bien que se espera de su enmienda. Además, los malos tienen en el momento mismo de la muerte poder para convertirse a Dios por medio de la penitencia. Y si están obstinados en tal grado que ni aun entonces se aparta su corazón de la maldad, puede juzgarse con bastante probabilidad que nunca se corregirán de ella» (Suma contra gentiles, libro III, capítulo CXLVI).

  • Comentario por Milton 03.08.18 | 17:28

    «La muerte infligida como pena por los delitos borra toda la pena debida por ellos en la otra vida, o por lo menos parte de la pena en proporción a la culpa, el padecimiento y la contrición. La muerte natural, sin embargo, no la borra.» (Summa Theol. Index, en la voz mors, (ed. Turín 1926), citado por Romano Amerio en Iota unum, p. 350).

  • Comentario por Milton 03.08.18 | 17:25

    «Otra suerte de muerte permitida es la que pertenece a aquellos magistrados, a quienes está dada potestad de quitar la vida, en virtud de la cual castigan a los malhechores según el orden y juicio de las leyes, y defienden a los inocentes. Ejerciendo justamente este oficio, tan lejos están de ser reos de muerte, que antes bien guardan exactamente esta ley divina que manda no matar. Porque como el fin de este mandamiento es mirar por la vida y salud de los hombres, a eso mismo se encaminan también los castigos de los magistrados que son los vengadores legítimos de las maldades, a fin de que reprimida la osadía y la injuria con las penas, esté segura la vida de los hombres. Por esto decía David: “En la mañana quitaba yo la vida a todos los pecadores de la tierra, para acabar en la ciudad de Dios con todos los obradores de maldad” (Sal. 101,8), Catecismo romano promulgado por el Concilio de Trento, 1566, Tercera parte, 5, nº4».

  • Comentario por Milton 03.08.18 | 17:23

    «Hay que tener presente que Dios otorgó autoridad [a los magistrados], y que estaba permitido vengar crímenes por la espada. Quien lleva a cabo esa venganza es ministro de Dios (Rm. 13, 1-4). ¿Para qué vamos a condenar una práctica que todos consideran autorizada por Dios? Sostenemos, pues, lo que se ha observado hasta ahora, a fin de no alterar la disciplina y de no mostrarnos contrarios a la autoridad de Dios» (Inocencio I, epístola 6, C.3. 8, a Exuperio, obispo de Tolosa, 20 de febrero de 405, PL20, 495).

    Proposición condenada como error: «Que los herejes sean quemados es contra la voluntad del Espíritu» –León X, Exurge Domine (1520)

  • Comentario por Milton 03.08.18 | 17:21

    «Si he cometido injusticia o algo digno de muerte, no rehúso morir» (Hch. 25,11)

    «Todos han de someterse a las potestades superiores; porque no hay potestad que no esté bajo Dios, y las que hay han sido ordenadas por Dios. Por donde el que resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios; y los que resisten se hacen reos de juicio. Porque los magistrados no son de temer para las obras buenas, sino para las malas. ¿Quieres no tener que temer a la autoridad? Obra lo que es bueno, y tendrás de ella alabanza; pues ella es contigo ministro de Dios para el bien. Mas si obrares lo que es malo, teme; que no en vano lleva la espada; porque es ministro de Dios, vengador, para (ejecutar) ira contra aquel que obra el mal» (Rm. 13, 1-4).

  • Comentario por Milton 03.08.18 | 17:18

    En el siglo XX, S.S. Pío XII proporcionó una defensa doctrinal de la pena de muerte. Dirigiéndose a juristas católicos, les explicó lo que enseña la Iglesia sobre la autoridad del Estado para castigar delitos, incluso con la pena capital.

    »La Iglesia sostiene que hay dos motivos para aplicar el castigo, uno medicinal y otro retributivo. El objeto del medicinal es evitar que el delincuente reincida en su delito y proteger a la sociedad de su comportamiento delictivo. El retributivo tiene por objeto expiar el mal cometido por el malhechor. De ese modo, se hace una reparación para aplacar a un Dios ofendido, y se expía la alteración causada por el delincuente.

    »Igual importancia tiene la insistencia del Papa de que la pena de muerte es moralmente defendible en todos los tiempos y culturas de la humanidad. ¿Por qué? Porque la enseñanza de la Iglesia sobre el poder coactivo de la autoridad humana legítima tiene sus fuentes en la Revelación y en la doctrina tradicio...

  • Comentario por Milton 03.08.18 | 16:47

    Poco a poco el papa queriendo complacer al mundo se va alejando de la enseñanza de la iglesia y abandona la barca para irse detrás del mundo

    Dice San pablo si yo quisiera complacer al mundo dejaría de ser discípulo de Cristo Gal 1,10.

    Ven pronto Señor porque a la barca de Pedro le está entrando agua con azufre

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