El blog de X. Pikaza

Merced 2018. Convertir el Banco (Arca) de redención en Dinero para la Libertad.

09.07.18 | 00:33. Archivado en Iglesia Instituciones, Justicia, Merced-libertad, Amor, Pobreza

El pasado mes de mayo, a los 800 años de la fundación de la Merced, nos hemos reunido en el Olivar, Teruel, un buen grupo de alumnos y antiguos aspirantes mercedarios, para estudiar juntos el tema de la redención,desde una perspectiva espiritual y económica.

(Imagen 1: participantes del curso.
Imagen 2: Convento del Olivar (Estercuel).

Hemos paseado y disfrutado, recordando tiempos antiguos y proyectando nuevos empeños, al servicio del "arca de la redención", es decir, de una nueva etapa de "inversión" económica al servicio de la libertad de los hombres y mujeres.

Como experto en Biblia e Historia de la Orden, tuve ocasión de dirigir unas palabras que ahora resmo, para aquellos que quieran compartir con nosotros el ideal de la Merced, a los 800 años de fundación de la Orden, empeñada en la tarea de convertir el dinero en principio de Redención.

El tema básico fue el arca de la redención, una de esas palabras clave de la economía antigua (como banco de cambistas, bolsa de los comerciantes o la caja de los dineros...).

El Arca de la Merced era una especie de caja bien cerrada, en la que se reunían los dineros de la redención, para llevarlos cada año al Capítulo... y ponerlos al servicio de los redentores.

Recojo aquí una parte de las palabras que allí dije, recordando a los amigos y compañeros que nos reunimos, en plena primavera de la Orden y de la Iglesia (en las tierras altas de Teruel), que han de empeñarse de nuevo al servicio de la redención de cautivos, tomando en serio el tema del Arca de la Redención.

Buen día a todos los mercedarios y mercedarias, a los 800 años de la fundación de la Orden, con su Caja de la Redención, buen recuerdo a los que estuvimos juntos aquel día, con los que están celebrando ahora en Poio Pontevedra un Capítulo de la Historia de la redención.

1. La Iglesia, una estructura económica.

La Iglesia en cuanto tal no es una institución fundada en el dinero, ni centrada en un tipo de organización social, en línea de jerarquía, pero, de un modo que parece hasta lógico, por imperativo del mismo orden social, un tipo de Iglesia se ha estructurada parcialmente en forma de agrupación económica, a fin de utilizar el poder y el dinero al servicio de los pobres (aunque no siempre lo haya hecho bien)..

Eso que, en algún sentido, pudiéramos presentar como “toma de poder económico y social” de la Iglesia ha sido hasta bueno, como expresión del “valor temporal” de la fe, pero ha tenido y tiene sus peligros, pues en algún momento, el dinero y el poder han podido convertirse, para ella, en un tipo fin en sí mismos, más que en medios para ayuda de todos, y en especial de los pobres. Es lógico que la Iglesia, en este momento de gran transición hacia un orden evangélico y social distinto, que no acabamos de formular todavía, tenga que plantearse con toda seriedad el tema del dinero, en la línea de las reflexiones anteriores de este libro.

2. Evangelio, experiencia y poder de gratuidad.

Ciertamente, decimos que todo es don de Dios, y todo es gracia, de forma que no se puede evangelizar (extender el evangelio) con dinero, pues ello iría en contra del proyecto y mensaje de Jesús. Pero a veces hemos entendido las instituciones de la iglesia como un código de seguridad de salvación (para la vida eterna), organizando en esa línea la vida cristiana, a base de autoridad espiritual y de dinero (con el sometimiento de las masas a un tipo de jerarquía más alta).

La Iglesia ha dicho siempre que la gracia es principio de comunión universal de vida y bienes, pero luego muchos hemos actuado en ella como si no confiáramos en ella, ni en la bondad de las personas (que son signo de Dios), queriendo asegurar las obras cristianas a base de dinero, creando para ello instituciones que pueden terminar siendo “ricas” para sí mismas, no para enriquecer a otros y para crear más libertad e igualdad en el mundo.

3. Una iglesia visible.

No defendemos una Iglesia inactiva, sino todo lo contrario, una iglesia bien visible, pero no como Castillo de Poder, ni Banco de Dinero, sino como fermento de vida, presente en los caminos de la historia, no en línea de supremacía, ni de riqueza propia, sino de animación creyente y de comunión social (económica, afectica, de maduración…), no como estructura sacral objetivada, sino como unión gratuita de amor abierta a todos, como espacio o compañía de hermanos que confían entre sí y animan y ayudan a otros, en gesto de desprendimiento creador.

Pues bien, en contra de eso, ella ha dado a veces la impresión de que tiene miedo: no ha querido perder lo que pensaba que tenía (o debía tener) en línea de bienes y de privilegios (económicos y jurídicos, sacrales, culturales....) y, diciendo sirve a los pobres, en realidad ha querido servirse y mantenerse a sí misma. Por eso, es normal que haya un divorcio cada vez mayor entre cierto tipo de poder eclesial (de eso que pudiéramos llamar el “aparato”) y el conjunto de los fieles que pueden y quieren creer en Jesús.
Posiblemente está terminando un ciclo histórico, de forma que nos hallamos ante la última generación de una iglesia establecida en línea de seguridad económica, pues va a llegar (está llegando) una generación nueva de cristianos de Merced, comprometidos, liberados para un tipo de ministerios de evangelio que no sea “clericales”, ni se expresen en forma de dinero sacralizado, sino de dinero hecho signo de desprendimiento total y de servicio a los demás, en la línea de Mt 25, 31-46: Dar de comer y beber, acoger y vestir, cuidar y acompañar.

4. Que no sea rica para sí.

En esa línea, el tema y peligro no es que la iglesia sea rica en dinero (si ello fuera para bien de los pobres), sino que termine siendo rica para sí misma, sin poner su “autoridad” personal y su dinero al servicio del “ciento por uno del evangelio”, de un ciento por uno en línea de desprendimiento y gratuidad, dejándolo todo a fin de darlo y compartirlo, para bien de todos (y en especial de los más pobres, en sentido humano y económico).

Se ha dicho y se dice que eso es imposible, que la iglesia (como todas las instituciones sociales de prestigio) se mantiene por sus jerarquías de poder, por el dinero que ella tiene y gasta para sí misma, para el prestigio de sus instituciones y ministros... Pues bien, en contra de eso, la iglesia ha de mostrar que ella actúa de un modo distinto, que puede instituirse a modo de comunión personal, como Iglesia de Merced, al servicio de la liberación de los pobres y cautivos, con unas estructuras que no sean de poder económico sino de entrega y comunión total, al servicio de los valores del evangelio: ¡que los ciegos vean, que los cojos antes, que los pobres reciban la buena noticia!. No estoy defendiendo un angelismo, ni tampoco un pauperismo. Jesús creó grupos de comunión (comunicación) económica, al servicio de los enfermos e impuros. Pablo organizó una misión eficiente, contando para ello con bienes económicos. Pero ni Jesús ni Pablo quisieron el dinero para “gloria” de la propia iglesia, sino para “gloria de Dios”, es decir, para el despliegue de la gratuidad, de la esperanza compartida.

5. Misioneros del Reino, dinero de redención.

Los funcionarios del sistema económico imperante imponen su dominio diciéndose imparciales según ley (ofreciendo un espacio de libertad formal que es para todos, pero que la aprovechan para sí los ricos…). De esa forma, ellos se han vuelto parciales de hecho, a favor del sistema y/o sus jerarcas, excluyendo a los pequeños o inútiles fuera del campo de sus beneficios. En contra de eso, la palabra y misión de los enviados de Cristo ha de ser palabra y acción de gratuidad. Lo que importa no es que crezca el sistema (que haya más dinero, para mayor gloria de Mammón, el Capital-Mercado mundial), sino que los bienes del mundo puedan abrirse y se abran de un modo especial, a los excluidos y pequeños (en educación, en libertad, incluso en dinero).

En ese sentido, la Iglesia ha de superar los esquemas jerárquicos del sistema económico de la actualidad, que es el capitalismo, pero ha de hacerlo buscando siempre la justicia y rechazando las formas de organización de un dinero que convierte a los hombres en siervos de Mammón, cuyo dinero divide y somete a los hombres conforme a unos principios económicos de dominio, excluyendo (¡descartando!) a los que parecen inservibles y a los pobres. Pues bien, en contra de eso, sólo un dinero al servicio de la gratuidad vincula a los hombres de manera generosa, superando la ley del mercado (cf. Mt 7, 1); sólo un dinero al servicio de la “redención” de los cautivos y oprimidos (como en los redentores mercedarios o trinitarios del siglo XIII) puede convertirse en principio de liberación. Éste es el tema, la conversión evangélica del dinero.

6. Ministros de gratuidad, un dinero de Merced.

Ciertamente los ministros de la Iglesia tienen otras funciones (en especial la de anunciar al Evangelio y la de celebrar los sacramentos de la vida: Bautismo, Eucaristía…), pero, al mismo tiempo, ellos deben animar la vida de unas comunidades concretas de creyentes que comparten palabra y amor (eucaristía), en diálogo de transparencia, donde los problemas se expresan y resuelven hablando, y donde los bienes de la comunidad han de ponerse al servicio de los más necesitados. En ese sentido, los ministros de la iglesia han de ser testigos del mensaje y de la vida de Jesús, siendo portadores del amor comunitario y servidores de los más pobres.

– El sistema capitalista tiende a crear estructuras de poder impersonal, resolviendo sus problemas, en línea de producción y administración dominadora. Así puede manejar a sus miembros, fabricando ideologías que sirven para ocultar la verdad y oprimir de manera sistemática a muchos, aunque puede ayudar y ayuda a sus privilegiados, sobre todo en occidente donde ha suscitado y ofrece mejores condiciones de vida: trabajo más fácil, bienes de consumo, tiempo libre para el diálogo (pero excluyendo a la mayoría de los pobres).

– En contra de eso, la iglesia ha de crear comunidades de comunicación personal directa, y de ayuda (comunión) económica y social, abierta a los más pobres. Ella no es sistema de dinero, ni organización de burocracia para aportar simplemente servicios espirituales a quienes los pidan, sino comunión directa de personas que escuchan la voz de Dios y dialogan (se ayudan, comparten vida y bienes) sin más finalidad que vivir humanamente, en amor y contemplación del misterio de la vida. Por eso, sus estructuras están al servicio de la comunión personal.

Eso significa que ella ha de crear espacios de Merced, donde los creyentes, animados por la gracia y el perdón de Cristo, puedan compartir la acción y pasión de la vida, dando lo que son y lo que tienen al servicio de la lirertad de todos, en comunicación encarnada (compartiendo los bienes, celebrando el misterio de Dios: eucaristía).

7. Nueva reforma, nueva creación de la Merced.

Pedro Nolasco fundó la Merced el año 2018 para poner el dinero del comercio al servicio de la liberación de los cautivos. Era hombre de dinero, no un pobre como Francisco, ni un mendicante con Domingo de Guzmán... pero hombre de un dinero que ha ponerse al servicio de la comunión de todos y de la liberación de los cautivos.

La Iglesia no es refugio de pobreza, sino un impulso de comunión, en la línea de Pedro Nolasco. En esa línea, ella ha de abrir espacios de gratuidad y comunión por encima del sistema económico. Ella ha descubierto en Jesús la libertad del amor gratuito: sabe que la vida es regalo, que Dios es principio de gozo que rompe y desborda la ley egoísta de Mammón. Por eso, desea animar a cada hombre y mujer, para que tengan la audacia de vivir en plenitud interior y en autonomía: quiere ser principio de comunicación universal, pero no a nivel de puros intercambios económicos impuestos, sino de encuentro y comunión personal, sin imposición de unos sobre otros, ni ley opresora ni mercado económico.

8. Iglesia, buena noticia para los pobres.

Se dice que un tipo de iglesia ha podido caer en la trampa de la planificación y el mercado, aplicando formas de organización más propias de un tipo de sistema económico-político, con inversiones económicas que se deben rentabilizar en resultados bien cuantificables. Gracias a Dios, la fascinación por los resultados “visibles” (en línea de números y ganancias “espirituales”) no siempre ha dado frutos. Dicen que se ha invertido mucho y se ha recogido poco. Se han creado instituciones de acción y educación, de misiones y servicios sociales (con seminarios y universidades, colegios y hospitales), para descubrir, al final, que muchas de ellas parecen haber fracasado o terminan perdiendo su sentido “cristiano” de gratuidad evangélica.

En esa línea, algunos se lamentan y hablan de una descristianización de occidente. Pero quizá es bueno que haya sido así, pues a veces no se ha “invertido” en gratuidad (en ayuda real a los más pobres), sino en (con) técnicas de sistema o mercado. Ciertamente, la gran mayoría de las personas de la administración eclesial han sido y son ejemplo de honradez y entrega. Pero el sistema de cierta iglesia ha podido convertirse a veces en mercado de inversiones y seguridades económicas, al servicio de un “dios” que se parece más a Mammón que al Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Por eso, es lógico que se tipo inversión haya fallado, desde una perspectiva de evangelio. Y así vemos que una parte de los antiguos creyentes del siglo XIX y XX estén dejando la estructura eclesial (no el evangelio) en el siglo XXI. Por eso debemos distinguir dos planos:

− En un plano, el dinero se debe racionalizar y organizar en forma de sistema (mercado); y en ese plano son necesarios los planes y organizaciones, una burocracia mundial encargada de programar y optimizar los resultados, en línea de producción, distribución y consumo, para bien de todos (no de una clase privilegiada, como sucede ahora).
− La iglesia, en cambio, no es lugar de mercaderes, sino hogar y vía de comunicación gratuita, de perdón entrega mutua, en el cara a cara de las relaciones cercanas, en el mano a mano del diálogo creyente. Ella expresa la experiencia del regalo divino que recibe y acoge en gratuidad, para compartirlo, por encima de toda imposición o programa legal. Por eso, sus ministerios y tareas desbordan el nivel de cálculo y mercado: no pueden medirse como la inversión y ganancia de dinero, y en esa línea se ha podido hablar de cierto fracaso económico de la Iglesia.

9 . En un mundo esencialmente laico.

Frente a los recuerdos de un régimen de cristiandad, en que la iglesia ejercía funciones globales de tipo sagrado (en alianza con reyes y príncipes que se tomaban también como representantes de Dios), debemos asumir gozosamente la separación de niveles: La estructura básica del sistema socio-económico (político) se sitúa en un plano de relaciones burocráticas de oferta y demanda, de mercado, en el que no puede hablarse de Dios ni de bienes sobrenaturales. Pero la iglesia sólo puede y deber ser significativa en un plano, de vida, en un nivel de gratuidad de apertura universal, de ayuda a los más pobres, de esperanza de vida eterna.


--El sistema económico-social funciona sin Dios.
El nacional-cristianismo ha terminado: el sistema mundial de economía y burocracia, no es cristiano (ni demoníaco), sino construcción de la racionalidad humana, que programa y realiza acciones productoras e intercambios sociales. A ese nivel somos y debemos ser ateos, de manera que todo intento de bautizar (de cristianizar) la economía del César/Capital resulta contrario al sistema, y se opone al evangelio. Sólo cuando admitamos su autonomía y le dejemos mantenerse a su nivel, sin Dios ni contra Dios, podremos reconocer sus valores, pero descubriendo, al mismo tiempo, pues al buscar el triunfo de Mammón (dinero) olvidamos a los pobres (a los que sólo se puede acoger y ayuda desde un plano distinto de gratuidad, por encima del mismo sistema).

--La Iglesia pertenece al mundo de la gracia no al sistema del dinero. Por eso, tiene otro principio (el don de Dios en Cristo), otras formas de comunicación (cara a cara de amor, cercan personal y libertad) y una meta propia (Reino de Dios, Vida eterna). Ciertamente, ella no ocupa todo el campo de la experiencia superior humana, donde han influido y siguen influyendo otras experiencias de humanización y gratuidad, otras visiones religiosas y morales, de manera que no puede imponer su postura en un plano social.

Pero ella tiene una palabra que ofrecer, una experiencia que compartir y lo hace de un modo gozoso, agradecido, ofreciendo su experiencia a todos los humanos. No se opone directamente al sistema: no lo combate con armas, con campañas políticas o dinero; ni siquiera lo demoniza y condena sin más (como hacía el Ap), pero introduce dentro (por encima, e incluso en contra) del sistema un germen de gratuidad y comunicación humana, un dinero de redención al servicio de la comunicación de amor entre todas las personas y de ayuda a los más pobres.


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