El blog de X. Pikaza

DH /4. No podéis servir a los Derechos Humanos y al Dinero

Así puede aplicarse la famosa sentencia de Jesús: No podéis servir a Dios y al Dinero, porque si "amáis" a uno tendréis que "aborrecer" al otro.

En el lugar donde Jesús ponía a Dios pueden y deben hoy ponerse los Derechos Humanos, pues como he destacado en las postales anterior el verdadero Dios de Jesús es garante (defensor y activista) de esos Derechos, no como "fuerte ciudadano", con derecho a la propiedad y a la seguridad armada (Revolución Francesa), sino como necesitado (hambriento, oprimido, extranjero etc.).

Este título y tema, con el desarrollo que sigue, puede inspirarse en el famoso título de un libro de B. de Sousa, gran activista, pensador portugués radical, profesor en USA, titulado Si Dios fuese un activista de los Derechos Humanos (traducido al castellano por Trotta, Madrid 2014).

Se Deus fosse (si Dios fuese...). Pues bien, conforme a la experiencia y compromiso de muchos cristianos Dios no es un "fuese o sería...", sino que es en realidad el defensor de los derechos humanos.

En esa línea, presenté a Jesús hace dos días como Activista y Mártir de los Derechos Humanos, en la convulsa situación de Palestina hace 2000 años, siendo asesinado por los defensores de la Seguridad y del Dinero. Con este tema de fondo termino hoy este pequeño "curso" de Derechos Humanos, que he presentado con el profesor R. Badenas y la Comunidad Cristiana Adventista de Ferrol.

En contra de lo que se ha dicho en ciertos círculos de Iglesia y en otros de Anti-Iglesia, el Dios de Jesús no es sólo defensor y activista de los Derechos Humanos, sino la encarnación "divina" de esos derechos, oponiéndose a un tipo de mundo actual que miente y engaña y mata, diciendo que defiende los Derechos Humanos, mientras que los utiliza al servicio de su Dinero divinizado.

Los derechos humanos no se defienden con armas, ni con mucho dinero, sino con humanidad concreta, con el compromiso de la vida al servicio de aquellos que encarnan esos derechos, que son el hambriento, extranjero, oprimido y excluido de Mt 25, 31-46.
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UN TIPO DE DINERO EN CONTRA DE LOS DERECHOS HUMANOS

Ciertamente, en los documentos que vienen desde la independencia del Estados Unidos (1876), pasando por la Revolución Francesa (1789), hasta la Declaración de la Naciones Unidas (1948), los Derechos Humanos han sido defendidos y declarados en una perspectiva ilustrada y expresan unos valores muy hondos, de tipo humano y cristianos. Sin embargo, en sí mismos, ellos no han resuelto todos los problemas de la humanidad, sino que han sido y siguen siendo utilizados por un tipo de poderes políticos y económicos que los ponen al servicio de sus intereses (especialmente de la propiedad y seguridad de algunos), no de la humanidad en cuanto tal y de la ayuda a los más pobres y excluidos, como exigía el AT y el evangelio de Jesús.

Desde ese fondo hay que decir que una forma de declaración y defensa de los derechos humanos es muy limitada, no porque vaya en contra de los Derechos de Dios, como pensaba cierta Iglesia Católica, al menos desde la Revolución Francesa hasta el Vaticano II, sino porque se han puesto y se siguen poniendo al servicio de un tipo de imposición o seguridad político-económica, en contra de los pobres. No se trata, pues, de ir hacia atrás (negando esos derechos), sino de avanzar, en línea de humanidad y evangelio, negando un tipo de utilización impositiva de los Derechos Humanos, a favor de algunos, en contra del espíritu de austeridad y amor mutuo (de igualdad real), que quería la Declaración de Virginia, del año 1776.

No se trata, pues, de negar los Derechos Humanos, sino de articularlos y aplicarlos de un modo más radical, de manera que el Derecho a la Libertad de economía y de comercio de algunos no se utilice para impedir el derecho a la vida otros (de las mayoría oprimidas a veces en nombre de los mismos Derechos Humanos). En ese contexto, lo que he venido diciendo sobre el Antiguo Testamento y el mensaje de Jesús (tal como culmina en Mt 25, 31-46) tiene mucho que decir sobre el sentido y cumplimiento de los derechos humanos.

La solución no está en defender unos Derechos Humanos en abstracto, sino en defender en concreto el derecho de los huérfanos y viudas, de los extranjeros y oprimidos, como quería la ley fundante del Antiguo Testamento. No se trata, pues, de utilizar los Derechos Humanos, entendidos así en general (en abstracto, de un modo simplemente formal y vacío), sino de ponerlos al servicio de la igualdad y de la fraternidad real de los hombres y mujeres, como quería en el fondo la Revolución Francesa.

Ciertamente, las declaraciones de los Derechos Humanos, desde la independencia de Estados Unidos y la Revolución francesa han rendido buenos servicios a la causa de la humanidad: Han logrado la supresión de un tipo de esclavitud, han propuesto y defendido un tipo de igualdad jurídica… Pero, en conjunto, ellos han sido utilizados al servicio de una “libertad y seguridad” de las grandes potencias políticas y, sobre todo, de los poderes económicos. Carece de sentido defender los Derechos Humanos y la “libertad” de un Capital que se ampara en ellos de un modo superficial y egoísta, para conculcarlos, oprimiendo a los indefensos y pobres, en contra de la “legislación” fundante de la Biblia, que culmina en la ratificación del Derecho de los Hambrientos y Sedientos, de los Extranjeros y Desnudos, de los Enfermos y Encarcelados (Mt 25, 31-46).

Falsos derechos humanos al servicio del Capital y el Mercado.

Ciertamente, a partir de la Revolución Francesa, la filosofía social de occidente, inspiradora de su política social, dice haberse comprometido a garantizar los derechos humanos, al servicio de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad de todos los hombres. Pero esos derechos han tendido a quedar vacíos para la mayoría de la población, pues el mismo sistema, en su forma capitalista, ha impedido y sigue impidiendo que se cumplan. Un tipo de sistema político-económico sabe organizar y producir, pero no sabe o no quiere compartir lo producido, condenando al hambre a millones de personas y creando de esa forma una doble violencia: la de aquellos que defienden con la espada lo que tienen; y la de aquellos que lo quieren arrebatar, empleando también quizá otro tipo de espada.

Pues bien, desde ese fondo afirmamos que el hambre constituye la primera y más fuerte de las violencias humanas, la mayor violación de los derechos humanos, legitimada por la estructura actual del sistema, que mata cada día a miles de personas (en torno a 40.000, según los cálculos), en un mundo bien pequeño donde, a cuatro o cinco horas de avión (o a cien metros de camino), sobran alimentos que se dilapidan y consumen de forma innecesaria y/o lujosa, defendidos por las armas de sus dueños que veces, simbólicamente, para acallar su conciencia, realizan gestos magnánimos de perdón de las deudas y de ayuda a los damnificados de las grandes catástrofes.

Lógicamente, una situación de injusticia estructural masiva constituye un estado de guerra, que en apariencia no es militar, pero que causa más muertos que todas las guerras juntas (y llamadas a veces justas) de la historia. Es normal que esta situación suscite movimientos de ruptura y violencia (a veces de terror) a los que el sistema suele responder reforzando su seguridad económica y militar. El evangelio conoce esa dinámica cuando supone que allí donde hay tesoros escondidos (protegidos) surgen siempre ladrones, dentro de un mundo lleno de enfrentamientos personales y sociales (cf. Mt 6, 19-21).

Siempre ha habido pobres (como decía Mc 14, 7), pero muchas sociedades antiguas habían creado equilibrios de racionalidad y participación, al menos dentro de ciertos límites (tribus y naciones), como podía suceder en el Israel, al menos conforme a la ley del jubileo y reparto igualitario de los bienes cada siete y/o cuarenta y nueve años. Pues bien, gran parte de esos equilibrios, vinculados a tradiciones que suelen considerarse desfasadas y confusas, se han roto (como se han roto y han desparecido muchos grupos culturales) y así ha comenzado a expandirse una economía mundial, que formalmente ofrece a todos las mismas oportunidades (según Derechos Humanos), pero que de hecho expulsa a los más débiles y/o les pone en manos de los triunfadores, de manera que aumenta de forma escandalosa el número de hambrientos.

Ese sistema constituye la "religión" de nuestro tiempo: el capital es Dios y la empresa es su Cristo (con el Espíritu santo como "alma" del mercado). Por defender al Dios de su iglesia luchaban los medievales, para defensa y extensión del capital-Dios se hacen hoy las guerras de tipo militar o social (pagadas por el mismo capital). Este es el mayor riesgo de occidente: allí donde Dios "mamona" (cf. Mt 6, 24) y la religión es un tipo de capitalismo está en riesgo la misma vida humana, no sólo algunos derechos particulares.

Jesús había dicho (cf. Mt 6, 24 par) que no podemos servir a Dios y al capital (=mamona) convertido en principio rector de la historia. Pues bien, hoy tenemos que añadir que no podemos defender (=servir a) los derechos humanos y “mamoma”; los que dicen que defienden al mismo tiempo los derechos humanos y mamona mienten (quizá sin saberlo, pues el mismo sistema les ha cegado).

En esa línea, llamándonos defensores de los Derechos humanos, nos hemos vuelto esclavos del sistema mundial capitalista, y quienes lo sufren son los marginados y excluidos, casi una mitad de la población mundial, condenada "legalmente" al hambre y opresión (incluso a la muerte), por una economía pensada y dirigida para generar riquezas, no para compartirlas o crear espacios de comunicación universal, conforme al principio de los Derechos Humanos. Esa violencia del sistema tiende a volverse invisible, de manera que es difícil rebelarse contra ella y combatirla, si no estamos muy atentos, porque se presenta y propaga como salvadora, conforme al mecanismo del Chivo Emisario expuesto (Lev 16), siendo en principio destructora.

El capitalismo genera un discurso que parece antiviolento (quiere la libertad de mercado, el cumplimiento de los Derechos Humanos), pero, de hecho, genera violencia y la que la legitima (falsamente). Ciertamente, el capitalismo liberal tiene valores (ha creado riquezas, ha promovido transformaciones), pero puede pervertirse y se pervierte allí donde, llamándose salvador (=divino), condena como perversos (terroristas) a quienes se oponen a sus "libertades selectivas". De esa forma legitima de hecho su violencia y muchos hombres tienen que venderse, vendiendo su trabajo, para sobrevivir como cautivos del sistema.

El Derecho a la libertad de Capital y Mercado ha permitido superar en muchos lugares un tipo de economía agrícola de subsistencia, creando buenos puestos de trabajo para hombres y mujeres libres y prometiendo extender sus beneficios a todos aquellos que acepten su sistema. Pero, de hecho, ha condenado a millones de personas (sobre todo a mujeres y niños) a un trabajo indigno, vendidos a las multinacionales de la agricultura o minería, de la industria o del servicio doméstico (y de la prostitución), en condiciones de neo-esclavitud o cautiverio.

En ese contexto, muchos (a veces grandes mayorías) padezcan bajo el riesgo opuesto, que es la falta de trabajo, el paro crónico, pues el sistema no necesita que trabajen, ni les quiere para su despliegue económico y social, de manera que estos "nuevos proletarios" sin trabajo "oficial" quedan sin garantías de vida en un mundo donde su aportación personal y su existencia no se necesitan, hacinados en ciudades de miseria donde no encuentran trabajo, ni pueden sustraerse de hecho a las peores condiciones de falta de cultura y agresividad social que desembocan normalmente en la cárcel, creando así círculos insalvables de violencia.

Esta situación no es algo natural o irremediable, sino que brota de la estructura económica del sistema capitalista, que ha concentrado la producción de las grandes empresas en algunos lugares y para algunos privilegiados, abandonando a su suerte a gran parte de la población de los países “menos desarrollados” de África o Asía (y a las bolsas de pobreza de los países más ricos). Ciertamente, esa falta de trabajo no es violenta en sentido militar, pero lo es en un sentido humano, pues suscita ghettos de fuerte opresión y crueldad, que se vuelven hervideros de violencia.

Parece que hemos llegado a una situación de no-retorno, de manera que siguiendo en esa línea podemos destruirnos todos, si no invertimos la marcha del camino. La legitimación de los derechos humanos al Capital y Mercado suscita una contra-legitimación (a la que se acusa de violenta), provocando una dialéctica de acciones y reacciones que pueden llevarnos a la destrucción mundial (como seguiremos indicando). Vivimos en una sociedad competitiva donde los incentivos del consumo excitan el deseo de muchos hombres y mujeres, que no pueden conseguir lo que quieren (ni lo que necesitan para subsistir), a no ser por un nuevo tipo de violencia que a la larga tampoco resuelve los problemas. En ese contexto podemos hablar de dos robos.

-- La riqueza del sistema capitalista es producto de organización y trabajo, de ciencia y administración, pero también es consecuencia de un robo organizado de aquellos que la administran a su servicio, apoderándose de unas tierras y bienes que son de todos y explotando de un modo especial a los países del tercer mundo.

-- El segundo robo es de aquellos que quieren apoderarse de las riquezas del sistema por la fuerza. Unos tiemblan bajo el miedo de ser robados, en mansiones, moradas o estados policiales cada vez más sofisticados (incluso con armas atómicas). Otras buscan formas nuevas de robar y/o destruir, pudiendo emplear bombas mortales para ello (como en el atentado del 11 de septiembre del 2001). Necesitamos cada vez más violencia "oficial" (ejércitos mejores, mejores policías) para defendernos; pero, al mismo tiempo, parecemos cada vez más desprotegidos. Es como si viviéramos sobre una bomba.

Derechos humanos al servicio de la opresión y de la muerte.

Mientras la vida física de un tercio de la población mundial se encuentra amenazada por el hambre, el sistema capitalista y los grandes estados siguen buscando su seguridad en el armamento y de esa forma legitiman la violencia militar, pensando que es necesaria para garantizar la paz del mundo y, en especial, la paz de sus estados. Al mismo tiempo, surgen grupos de oposición también violenta que se elevan en contra del sistema mundial y/o de ciertos estados constituidos, a los que quieren destruir, cambiar o mejorar también por la fuerza, a través de una guerra que se expresa por medio de atentados y ataques por sorpresa, más que por ejércitos organizados al estilo nacional (pues no hay ejército regular que pueda oponerse militarmente al imperio).

-- En otro tiempo, la guerra de cruzada se fundaba y se expresaba en principios religiosos, de manera que los mismos dioses (o incluso un Dios llamado cristian) eran sus patronos y patrocinadores, pues ellos la iniciaban y solucionaban, conforme a los principios del chivo expiatorio, que legitimaban la guerra justa (religiosa), en contra de los enemigos de la fe (como hemos visto en el apartado anterior).

-- Actualmente el sistema económico dice que quiere la paz, pero a fin establecerla, a su servicio, legitima y promueve un tipo de guerra, al servicio de sus intereses de clase, condensados en el capitalismo. Ya no se lucha en nombre de Dios, sino del dinero divinizado. De esta forma, recogiendo tradiciones que en la Biblia se entienden de otra forma, algunos defensores del sistema se autopresentan como soldados del bien que luchan y vencen a los ejércitos del mal, para que así venga el Reino de Dios (el buen capital, el mercado total) sobre la tierra. Se repite de esa forma, de un modo patológico y muy peligroso, el espíritu de cruzada antes evocado. Pero no es cruzada por un tipo de cristianismo, sino por el dinero. En este contexto se unen y se distinguen los dos focos de violencia.

Algunos teóricos de liberalismo y del neo-liberalismo justifican y legitiman la violencia armada al servicio de la "libertad política" del capitalismo, de manera que un buen ejército-policía mundial, dirigido por el sistema capitalista (no por los sabios-contemplativos de Platón, República) impediría con su violencia-buena el desarrollo y triunfo de la violencia-mala de ladrones y bárbaros o gente inculta; así justifican su guerra muchos dirigentes del sistema, sobre todo en USA, con argumentos religiosos de tipo apocalíptico y maniqueo que les parecen cristianos .

Ésta es la mentira de los Derechos Humanos (y de la libertad)… que se utiliza como justificación y coartada en defensa de los propios intereses del sistema y del dinero. En esa línea podemos seguir hablando de una legitimación «estatal» (racional) de la violencia preventiva y correctiva, propia de los grupos organizados que han tomado el poder y que, en general, han logrado "crear" con su propaganda unos consensos mayoritarios dentro de la población. Pues bien, muchas veces, esos grupos, que buscan un tipo de legitimación religiosa en la libertad y en los derechos humanos, vienen a convertirse en máquinas de represión (y terror).

De un modo u otro, los grandes imperios y/o estados antiguos han legitimado la represión terrorista para mantener su paz; así hicieron asirios y babilonios e incluso los romanos (al crucificar a los rebeldes). Así hicieron incluso los más "insobornables" y "justos" de la revolución francesa o soviética (en la línea de Robespierrre), acudiendo a razones ilustradas e incluso religiosas. Así han actuado y actúan los grandes estados, pero ellos se defienden diciendo que no emplean el terror, sino la violencia legal o legítima, para que no pueda extenderse el terror "malo" de los otros .

En esa línea ha de situarse un efecto "colateral"tardío pero peligrosísimo de la gran Revolución, vinculada a la independencia de los Estados Unidos, que ha venido cargada con grandes ideales de libertad y democracia, pero que después puede ponerse y se pone de hecho al servicio de los poderes del Capital. La revolución americana fue en principio no violenta, estuvo abierta a muchos tipos ciudadanos y pueblos, ofreciendo casa y patria a muchos expulsados de otras tierras y a otros que han querido asumir su proyecto de libertad (aunque esclavizando en principio a los negros, y quitando sus tierras a los indios). Pero de hecho se ha vuelto portadora de violencia, tanto a través de la conquista despiadada de unos territorios que no eran suyo, sin tener en cuenta los derechos de los indígenas (en los siglos XVIII y XIX), como a través de la expansión también violenta de sus intereses e ideales sobre todo el mundo (siglo XX).

Estrictamente hablando, la revolución norteamericana no ha querido ser confesional; por eso ha declarado y defendido la libertad y no-violencia religiosa, en contra de los estados europeos que entonces (finales del siglo XIX) seguían todavía envueltos por luchas de legitimación religiosa. Pero luego, de hecho, muchos norteamericanos han interpretado su revolución nacional de un modo religioso, en línea cristiana (judeo-cristiana), de manera que se sienten avalados o legitimados por el mismo Dios para intervenir violentamente en diversos lugares del mundo, como si fueran soldados de una nueva cruzada al servicio de la libertad y de la democracia (que al final se identifica con sus intereses económicos y estratégicos) .

Revolución de los derechos humanos, la última revolución.

En contra del riesgo anterior, debemos hablar de una revolución pendiente de los Derechos Humanos. En la actualidad, son muchos los que piensan que es necesario un cambio mundial, aún más intenso que los anteriores, una revolución distinta, que debería asumir algunos rasgos de las ya citadas (francesa, rusa, americana), apoyándose en unos principios "religiosos" más hondos, como serían la voluntad creadora de los pueblos sometidos y/o la fuerza de los recuerdos históricos de las religiones y utopías humanas, pero ya en línea mundial.

Esa nueva revolución no ha de se francesa, ni rusa, ni americana, sino simplemente humana. Muchos afirman que esa "revolución universal", al servicio del hombre definitivo, no necesita ni debe tomar ya las armas, ni actuar desde la clandestinidad, pues el sistema de occidente ofrece suficiente libertad para su desarrollo. Sería la primera revolución no-violenta de la historia, en una línea que ha sido entrevista de algún modo por algunas religiones como el taoísmo, budismo y cristianismo. No sería ya una revolución burguesa al servicio de algunos privilegiados (en la línea de la New Age o Nueva Era mundial), sino humana, desde los más desfavorecidos del sistema. Ella puede y debe realizarse también en occidente, pero ya no será occidental, sino mundial y es muy posible que sus principales portadores no sean ya occidentales.

En conjunto, la cultura de occidente, defensora teórica de los derechos humanos, ha desarrollado unos valores de racionalidad violenta, que han venido a expresarse por el conocimiento técnico y la organización capitalista de la vida. En esa línea, la hora de occidente puede haberse convertido en el riesgo de occidente, que ha interpretado su identidad social y económica, pero de un modo violento (falsamente religioso). Ciertamente, los estados de occidente se habían tomado a sí mismos como portadores de una violencia buena, al servicio de una cultura universal, defensora de los derechos humanos. Pero, de esa forma, ellos han justificado sus guerras y conquistas, afirmando que ellas estaban al servicio del progreso de la humanidad, de manera que conjunto del sistema de occidente ha terminado volviéndose un signo de violencia:

1. El sistema occidental donde han surgido los Derechos Humanos sigue promoviendo un tipo de colonización por razones de pura economía (para extender su influencia y sus mercados) e incluso de expansión cultural (los pueblos "civilizados" tendrían sin más el derecho de conquistar el mundo: los norteamericanos el Oeste, los rusos Siberia. Ese sistema ha legitimado el imperialismo económico, utilizando para ello unas razones "democráticas" (las leyes del mercado) o ilustradas (el comercio favorecería a los pueblos más atrasados, que así entrarían en la órbita de las naciones civilizadas). En general, los estados de occidente no han tenido que buscar muchas razones, d, ni han tenido que justificar su modo de actuar, sino que suponían y suponen que su conducta era buena porque iba a favor de sus intereses. Se ha dicho y se sigue diciendo que la corona británica o la administración norteamericana no tienen amigos (ni leyes), sino intereses.

2. Ese sistema justifica el empleo de medidas ilegales (de terror) contra los pretendidos "terroristas". Casi todos los imperios antiguos habían legitimado un tipo de terror (deportaciones masivas y escarmientos públicos, torturas y ejecuciones sumarias) para mantener su política. Ciertamente, en general, los estados modernos han condenado formalmente el uso de terror, tanto en plano social como militar (ofrecen garantías jurídicas y juicio legales, rechazan en general la tortura y la pena de muerte...). Pero, al mismo tiempo, ellos han seguido apoyando un tipo de economía y política vinculada al sistema capitalista e internamente violenta, justificando de hecho la tortura. Así piensan de hecho que el terror de estado resulta legítimo para mantener el orden social.

Formamos parte de un sistema económico que tiende a sacralizarse, divinizando al capital. En ese contexto, algunos analistas observan que, en conjunto, la población de occidente está de tal manera "anestesiada" (convencida de su razón y supremacía) que resulta incapaz de buscar alternativas económicas, sociales, culturales a los problemas del mundo: la revolución (el cambio humano) sólo podría venir de fuera del sistema. Otros, en cambio, desde el imperio (USA), responden que ya no es necesaria una nueva forma de violencia, pues con el capitalismo liberal ha llegado el "fin de la historia", un tipo de plenitud definitiva.

Conforme a esa visión, el sistema económico-militar de occidente, con sus estados nacionales, tendría siempre razón, poseería la última palabra, de manera que puede y debe acudir a la "violencia legal" (racional) para defender sus instituciones, que son las mejores que pueden existir sobre la tierra. Según eso, el sistema puede y debe defenderse con sus armas (científicas, "legales"), rechazando los ataques exteriores, para bien del conjunto de la humanidad, que debe integrarse y se integrará en el orden que Occidente ha suscitado para todos los pueblos del mundo . Así podemos afirmar:

1 Un tipo de sistema de occidente habla de derechos humanos mientras sigue justificando sus guerras. Parece que las últimas guerras "mundiales" del siglo XX (la 1º y la 2º), dirigidas por potencias europeas, son ya cosa del pasado (pues si volvieran, en forma de guerra total, destruirían toda forma de vida humana en el planeta). Pero numerosos países de occidente, empezando por USA, se encuentran implicados en movimientos de fuerte violencia al servicio de sus intereses. Cuando la guerra empieza cesa la humanidad, se silencia la palabra, deja de tener sentido el amor de la madre, el juego de los niños, el gozo de los enamorados (cf. Ap 18, 21-23); se apaga el derecho, se quiebra el equilibrio siempre frágil de las relaciones sociales y los hombres y mujeres quedan en manos de una racionalidad que se convierte en puro cálculo de destrucción .

2. Las guerras y desigualdades que occidente ha permitido (y promovido) en los últimos decenios, han llevado al crecimiento espectacular de los oprimidos y hambrientos, de los prisioneros y exilados. Siempre han existido migraciones y cruces de habitantes, de manera que sólo así han podido extenderse los hombres sobre el mundo. Pero los destierros y exilios más duros han tenido y tienen su origen en la guerra: muchos hombres y mujeres han debido abandonar su tierra y viven en un contexto extraño, que pocas veces les ofrece la posibilidad de un desarrollo creativo, autónomo, comunitario (en integración personal y en gozo humano).


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