El blog de X. Pikaza

Ignorantes de monte, inútiles de llano. Divorcio en la Iglesia

Como señalabaayer, el evangelio de este domingo (2 de Cuaresma, Mc 9, 2-8) ofrece un relato/retrato bellísimo y ambiguo de transfiguración, con una iglesia divorciada de sí misma, unos a monte, perdidos en una visión que no entienden, otros a llano, envueltos en disputas y problemas que no logran resolver.

Así lo muestra el texto de conjunto, la unidad formada por Mc 9,2-28,un tríptico o sándwich,con tres partes inseparables.

a. Mc 9, 2-8 Arriba una iglesia de ignorantes (¡Pedro no sabe lo que dice, con los zebedeos) que ven a Jesús transfigurado y no entienden quieren quedarse allí en tres tiendas de cielo (como en la fiesta de los Tabernáculos)

b. Mc 9, 9-13.En el centro está Jesús que les hace bajar y les enseña que es preciso dar la vida unos por otros.

c. Mc 9, 14-31. En el llano quedan nueve inútiles, pues no saben curar al niño enfermo, sino discutir con otros escribas tan inútiles como ellos.

Estos doce, tres ignorantes de monte y nueve inútiles de llano, formaban y seguimos formando la iglesia de Jesús, uno ilusos, otros impotentes...

Se ratifica (¡seguimos ratificando, en pleno siglo XXI) el divorcio de la iglesia entre los de arriba, olvidados de la humanidad enferma, y los de abajo que la conocen, pero no pueden curarla

Unos desean construir en el monte casa de recogimiento particular, en falsa plenitud sin compromiso misionero les separa del mundo.

Otros viven en el llano de la disputa permanente e ineficaz con escribas y padres enfermos. Ciertamente, saben que hay opresión sobre la tierra. En torno a ella discuten, pero no logran remediarla.

Y con esos doce (tres y nueve), que somos todos, inició (y sigue iniciando) Jesús el camino de su iglesia.

Aquí estamos, conforme a este pasaje de Marcos 9, 2-31, que hoy quiero leer y explicar por entero, en la línea de mi Comentario de Marcos(imagen 3).
Así seguimos formando una Iglesia divorciada de sí misma, en contra del mensaje de Marcos que quiso vincular, como seguiré indicando, en camino de seguimiento de Jesús y curación a los tres de monte y a los nueve de llano.

-- Primera imagen, un Cristo de Monte de gloria (iglesia del monte).
-- Segunda imagen: discusión en el llano (del cuadro de Rafael)

Buen domingo a todos.

1.- Introducción, un tríptico de iglesia.

Jesús ha iniciado su ascenso hacia Jerusalén, vinculando su más honda plegaria y su gesto sanador en favor de los necesitados. No está recorriendo la soledad del idiota que no sabe enfrentarse a los problemas pues le falta valentía o audacia para ello (como pensaba Nietzsche); no es tampoco un puro marginado que no tiene más remedio que aceptar su muerte. Al contrario, él programa e interpreta su camino de rechazo.

Está Jesús sobre la montaña (con tres de sus discípulos ignorantes) mientras los otros nueve (que han quedado en el llano) discuten con los escribas y la gente sobre un pobre mudo al que ninguno puede hablar y/o curar sobre la tierra. Los poderes sociales, religiosos o económicos resultan impotentes ante el drama de ese niño mudo, enloquecido, hijo de padre angustiado. Nadie puede alcanzar su intimidad, nadie puede dialogar con él, abrirle a la palabra. Sólo Jesús, mesías del sufrimiento asumido que triunfa del miedo de la muerte y puede liberarle, cambiando su soledad en principio de más alta compañía. Desde ese fondo presentamos las tres partes del pasaje:

– Transfiguración (9, 2-8). Una iglesia taborita de engañados

Mc 9, 2 Y seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, los llevó a solas a un monte alto y se transfiguró ante ellos. 3 Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como ningún batanero del mundo podría blanquearlos. 4 Se les aparecieron también Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. 5 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:
Rabbi (=Maestro) ¡que bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
6 Estaban tan asustados que no sabían lo que decían. 7 Vino entonces una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube:
Este es mi Hijo amado; escuchadlo.

8 De pronto, cuando miraron alrededor, vieron sólo a Jesús con ellos.

Arriba, en la montaña de la gloria, habita Jesús con sus discípulos privilegiados, Pedro, Santiago y Juan. Posiblemente, en su origen, el texto evocaba una experiencia de resurrección: brilla sobre Jesús la gloria de Dios en la montaña de su pascua; por eso le avala el testimonio de Moisés y Elías (signos de Escritura, AT), que conversan con él en actitud de gloria.

Los tres discípulos deben entrar en oración mientras Jesús les muestra su gloria pascual. Ellos descubren en su rostro el resplandor de Dios y en su figura la culminacion de las promesas de lo humano. Dios ha revelado ya su gloria y plenitud sobre la tierra. Pero el texto indica que su gesto es egoísta e ignorante: lo que Pedro quiere es permanecer allí por siempre, sin pasar por la cruz y por la vida concreta, por la ayuda a los demás, en tres tabernáculos de cielo, en eterna fiesta de separación y gozo, con el Jesús transfigurado (y con Moisés y Elías).

Que los otros, los muchos sufrientes que han quedado abajo, en el valle de locura y discusión del mundo, sigan sufriendo, continúen pervertidos. ¿Qué importa eso? Ellos, los privilegiados de la tierra (Pedro, Santiago, Juan), realizan la oración perfecta con los privilegiados del cielo (Moisés, Elías y Jesús). Así quieren formar la iglesia petrina y zebedea del triunfo judío (nacional, de grupo) que cultiva su propia identidad impositiva y/o separada, olvidando a los sufrientes del valle de la historia.

Esta es la oración suprema, el Tabor de la ambigüedad, donde se expresa por un lado la grandeza de Jesús (a quien el Padre constituye Hijo ante sus fieles), y por otro el riesgo de Pedro y sus compañeros centrales (gloriosos y egoistas) que quieren controlar la gloria de la pascua sin abrirla a los sufrientes y posesos (mudos) del valle de locura de este mundo. El deseo del Pedro Taborita, que llama a Jesús Rabbi judío (como hará en 11, 21 y Judas en 14, 45), está en la línea de su cristología precedente de rechazo de la muerte del Hijo del humano (8, 82).

Pedro (y los zebedeos) buscan una culminación israelita que no exija entrega de la vida. Ellos son capaces de entender la gloria del Tabor como experiencia pascual, pero de pascua sin muerte, sin entrega de la vida en favor de los demás, en gloria que se olvida de los endemoniados y posesos del mundo. Pedro y los zebedeos representan, pues, una experiencia de resurrección en la montaña de Moisés y Elías, aislándose allí para siempre, construyendo las tiendas de la celebración ilusionada, aislada de la vida real, egoísta. En ese sentido, podemos interpretar el Tabor petrino y zebedeo como un Jerusalén judeocristiano con un Jesús que se encierra en los límites del pueblo judío y que en el fondo olvida la función universal de su muerte.

Tabor es, por un lado, una experiencia positiva. Todo nos permite suponer que Mc ha recordado en esta escena un relato de aparición de Jesús resucitado: la gloria de Dios está expresándose en el Cristo de la pascua. Pero esta es, al mismo tiempo, una experiencia parcial, que destaca el nivel israelita del triunfo de Jesús (con Moisés y Elías), corriendo el riesgo de olvidar al auténtico Jesús a quien el mismo Dios llama su Hijo, pidiendo que le escuchemos; es una experiencia que no ha logrado entender el sentido radical de la entrega de Jesús que penetra por la muerte en la miseria del mundo (el poseso de 9, 14-29) y que extiende su palabra hacia todos los humanos.

Ciertamente, Pedro (con los zebedeos) sabe algo, ha tenido una visión de Jesús; pero en sentido más profundo ignora y no sabe lo dice por el miedo (9, 6). Podemos comparar esa ignorancia y miedo de Pedro y los zebedeos con el miedo de las mujeres de 16, 7-8. Es evidente que este Pedro del Tabor no ha culminado su camino, no ha comprendido el sentido de la muerte de Jesús, no ha ido todavía a Galilea (16, 8), para reunirse con el resto de los discípulos e iniciar una iglesia verdaderamente mesiánica.

– Discusión eclesial (9, 9-13). Enseñar y aprender el camino

9 Al bajar del monte, les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del humano hubiera resucitado de entre los muertos. 10 Ellos guardaron el secreto, pero discutían entre sí sobre lo que significaría aquello de resucitar de entre los muertos. 11 Y le preguntaron:
¿Cómo es que dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?
12 Él, por su parte, les dijo:
Es cierto que Elías ha de venir primero y ha de restaurarlo todo, pero ¿no dicen las Escrituras que el Hijo del humano tiene que padecer mucho y ser despreciado? 13 Os digo que Elías ha venido ya y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él.

En el descenso, como intermedio entre el monte pascual y el valle del mudo, introduce Mc este diálogo de Jesús con sus discípulos. No han podido quedar por siempre arriba, como pretendía el ignorante Pedro, en gesto de iglesia evasiva (encerrada en sí, en esperanza de gloria). Han descorrido por un momento el velo del gozo (¡Qué bien estamos...!: 9, 5); tienen la impresión de que han llegado al final, pudiendo disfrutar para siempre del triunfo de Jesús.

Pero la voz de Padre Dios (¡Este es mi Hijo amado, escuchadle!: 9, 7) les ha despertado del sueño y les ha vuelto a colocar, pequeños, caminantes, ante la exigencia del camino de la entrega, escuchando a Jesús. Por eso deben bajar de la montaña y, a medida que se acercan al valle de la problemática humana, se va revelando su más honda tarea: no pueden hablar de lo que han visto, no pueden entenderlo, hasta que el Hijo del humano resucite de entre los muertos (9, 9).

La gloria del monte adquiere sentido y se vuelve experiencia cristiana allí donde se asume el camino del Hijo del humano a través de la muerte; es decir, de la solidaridad con los pobres y enfermos...

Sólo en ese contexto se entiende la experiencia de Jesús, lo que han visto en el Tabor. Pero ellos, los discípulos de arriba (iglesia petrina y zebedea), no entienden, disputan entre sí y preguntan a Jesús sobre el sentido de la resurrección de entre los muertos y el retorno de Elías (9, 10-11). Esta cuestión nos sitúa en el centro de los debates eclesiales, allí donde emerge la experiencia de glorificación de uno que ha muerto como Jesús.

Por eso, los discípulos, vinculándose a los escribas (9, 11), en cuestión que les sitúa dentro de la experiencia israelita, preguntan por el retorno de Elías: piensan que la verdadera resurrección tiene que estar vinculada al triunfo externo del profeta que castiga a los perversos y reconstruye la gloria de Israel. De esa forma vuelven al esquema egoísta de algunos judíos y cristianos antiguos y modernos que buscan una gloria pascual que se puede demostrar externamente. En realidad, el sufrimiento no sería más que un paréntesis, algo que pasa: en el fondo, el verdadero mesianismo es gloria, es el triunfo de Elías que lo restaura todo, es una resurrección victoriosa (maravillosa, mágica) que arregla los problemas de los seres humanos desde fuera.

Jesús les responde enigmáticamente, vinculando el retorno de Elías y la muerte del Hijo del humano (9, 12-13). Es como si la misma experiencia pascual exigiera profundizar en el misterio de la muerte, en gesto creador que define todo el evangelio y da sentido al camino de la iglesia. Conforme a su técnica habitual, Mc construye la respuesta mesiánica de Jesús en paradoja que consta de tres tiempos:

– Afirmación concesiva (9, 12a). Elías volverá para restaurarlo todo (9, 12a). Esta es la tesis de su argumento, el punto de partida que Jesús asume de la tradición. El evangelio comparte la esperanza escatológica de Israel. En ese sentido, Jesús sigue siendo un judío.

– Antítesis transformadora (9, 12b). La verdad cristiana no reside en la esperanza de retorno de Elías sino en la "necesidad" de que el Hijo del humano padezca y sea despreciado, es decir, en la necesidad de ir compartiendo y dando la vida con y para los demás. Este es para Mc el mensaje central de la Escritura (¡gegraptai!), esta es la palabra mesiánica de Dios, en la línea de 8, 31. De esta forma ha vinculado Mc lo más nuevo (sufrimiento del Hijo del humano) con lo más antiguo (¡está escrito!), conforme a una técnica que hallamos en otros lugares de su evangelio (cf. 10,6).

– Síntesis paradójica: sufrimiento de Elías (9, 13)
. El judaísmo de los escribas (y la iglesia petrina y zebedea) quiere entender el mesianismo de Jesús a partir del triunfo previo de Elías. Mc acepta el retorno de Elías, pero invierte su sentido, interpretándolo desde el Hijo del humano: no es Jesús el que viene a quedar transformado por la gloria de Elías sino, al revés, es Elías quien queda asumido en el sufrimiento del Hijo del humano. De esta forma ha realizado Mc una audaz y profunda interprepretación teológica: ha introducido el martirio de Juan, Elías verdadero que ya ha vuelto (cf. 6, 14-29), en el sufrimiento y entrega del Hijo del humano19.

Esa es la cuestión central de Mc. Sobre la montaña (9, 4-5) habíamos hallado las figuras de Moisés (ley) y Elías (profetismo), integradas en el camino de entrega mesiánica. Pero luego Mc 9, 11-13 sólo destaca el destino de Elías, enigmaticamente evocado con los rasgos del Bautista asesinado (cf. 1, 1-8; 6, 14-29). Sólo este Elías que ha muerto puede ayudarnos a entender el enigma supremo del Hijo del humano que debe padecer y ser despreciado (9, 12b). Esa es la cuestión de fondo, la pregunta fundante de Mc20.

Entre la gloria siempre necesaria pero insuficiente de un monte pascual (que corre el riesgo de encerrarse en egoísmo) y el dolor del llano donde sufren los posesos, ha situado Mc este diálogo sobre la muerte del Hijo del humano.

Éste es el problema de algunos escribas judíos sobre el retorno de Elías, a quien ellos interpretan en clave de culminación gloriosa del judaismo. Es diálogo de algunos cristianos que tienden a leer la Escritura como testimonio de resurrección (mesianismo glorioso), permaneciendo así en el nivel de los judíos; pero Mc nos conduce al otro lado de la Escritura, para asumir su anuncio de muerte mesiánica del Hijo del humano.

Marcos evoca asñu las discusiones de la iglesia primitiva tanto en plano exterior (con escribas judíos), como interior (entre ellos mismos), sobre el retorno de Elías y el sufrimiento del Hijo del humano. No son discusiones eruditas; ellas pertenecen a la esencia permanente de la iglesia, llamada a rehacer desde la experiencia pascual el camino de entrega de Jesus, bajando de una montaña de gloria (Tabor de Pedro y de los zebedeos) al llano de los oprimidos, en de fidelidad al Hijo del humano que, entregándose a merced de las autoridades, ayuda al niño mudo.

– Milagro del padre incrédulo (9, 14-29). Los inútiles del llano

14 Cuando llegaron a donde estaban los otros discípulos, vieron mucha gente alrededor y a unos escribas discutiendo con ellos. 15 Toda la gente, al verlo, quedó sorprendida y corrió a saludarlo. 16 Y les preguntó:
¿De qué estáis discutiendo con ellos?
17 Uno de entre la gente le contestó:
Maestro, te he traído a mi hijo, pues tiene un espíritu mudo. 18 Cada vez que se apodera de él, lo tira por tierra, y le hace echar espumarajos y rechinar los dientes hasta quedarse rígido. He pedido a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.
19 Él, respondiéndoles, les dijo:
¡Generación incrédula! ¿Hasta cuando tendré que estar entre vosotros?
¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo.
20 Se lo llevaron y, en cuanto el espíritu le vio, sacudió violentamente al muchacho, que cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos. 21 Entonces le preguntó al padre:
¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto?
El padre contestó:
Desde pequeño. 22 Y muchas veces lo ha tirado al fuego y al agua para acabar con él. Si algo puedes, compadécete de nosotros y ayúdanos.
23 Jesús le dijo:
¡Dices si puedo!. Todo es posible a quien cree.
24 El padre del niño gritó al instante:
¡Creo, pero ayuda mi incredulidad!
25 Jesús, viendo que se aglomeraba la gente, increpó al espíritu impuro, diciéndole:
Espíritu mudo y sordo, te ordeno que salgas y no vuelvas a entrar en él.
26 Y el espíritu salió entre gritos y violentas convulsiones. El niño quedó como muerto, de forma que muchos decían que había muerto. 27 Pero Jesús, tomándole de la mano, lo levantó, y él se puso en pie.
28 Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas:
¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?
29 Les contestó:
Esta tipo (de demonios) no puede salir si no es con oración.


Abajo estaban nueve discípulos impotentes e inútiles, con el niño del demonio mudo, discutiendo con escribas sobre el modo de curarle (9, 14). Los tres de arriba discutían sobre la doctrina de los escribas, en torno al triunfo de Elías y al sufrimiento del Hijo de Dios (9, 7) que se entrega como Hijo del humano. Sobre el valle de este mundo, discípulos y escriba representan la religión inútil de la ideología legal, del ritualismo muerto. Es evidente que mantienen la perspectiva de una iglesia judía que no ha sido capaz de asumir el camino universal (creador) del sufrimiento mesiánico de Jesús. El hijo enfermo parece hallarse en contexto judío (entre discípulos y escribas); pero en un sentido más extenso puede ser representante de la humanidad necesitada, pues no hay en su vida ni en la vida de su padre nada que se pueda identificar como judío. Estamos en el centro de un fuerte conflicto religioso, social y familiar.

Arriba Jesús rodeado por tres discípulos egoístas que prefieren quedarse allí, en tiendas de descanso y olvido. Abajo un padre impotente con el hijo enfermo, rodeado de escribas y nueve discípulos inútiles del Cristo.

Esta es la tragedia de la humanidad, este el problema de la iglesia. Los visionarios del monte piensan que han hallado a Dios, que han visto su misterio y quieren descansar ya con el Cristo transfigurado, sin participar de la pasión del mundo, sin asumir la complejidad de la historia, olvidando los problemas (disputas, locuras) de este mundo viejo. Los inútiles del llano disputan y razonan con los muchos escribas de la historia, pero sus razones y gritos no consiguen curar al niño enfermo.

Se ratifica así el divorcio de la iglesia, la ruptura entre una pascua que no llega al sufrimiento de la vida (los de arriba, olvidados del enfermo) y una discusión mundana sobre leyes que no logran curar al niño enfermo.

Unos desean construir la casa de recogimiento particular, tabernáculos santos, en una pretendida plenitud sin compromiso misionero les separa del mundo.

Otros viven en la casa de la disputa permanente, en enfrentamiento ineficaz con escribas y padres enfermos. En cierto sentido, los últimos son más coherentes, pues al menos saben que existe opresión sobre la tierra. En torno a ella discuten. Conocen algo del dolor del mundo, pero no logran remediarlo.

Al fondo sigue la tragedia de la humanidad representada por un padre e hijo enfermos. Sólo Jesús puede superarla, bajando con los discípulos orantes al valle de locura y discusión, para curar al hijo por el padre, mostrando que este tipo de demonios sólo pueden salir con oración (9, 29), esto es, subiendo a la montaña de la pascua para recibir allí la fuerza de Dios y bajar luego, al servicio de los pobres. En la unión de esos niveles se mantiene Jesús, vinculando plegaria y acción liberadora, en gesto que Mc relaciona con muerte y resurrección de Jesús (9, 13).

2. Excurso 1. Hijo de Dios, hijo enfermo. Ignorantes e inútiles (9, 7.17).

Jesús unifica esos niveles, al mostrarse por un lado como Hijo amado de Dios (9, 7) y por otro como como humano que ayuda al padre enfermo a dialogar con su hijo mudo (9, 22-24). Nos hallamos ante dos escenas paralelas de paternidad y filiación vinculadas por el mismo Jesús, Hijo divino del monte que ayuda al hijo enfermo del valle.

– Arriba está Jesús a quien el mismo Dios llama su Hijo, culminando un camino iniciado por la ley (Moisés) y los profetas (Elías), rodeado de discípulos que miran ignorantes y no saben expandir hacia los otros su experiencia. Dios en cambio sabe y de esa forma le define y constituye en palabra de amor, revelando a los discípulos que es su Hijo amado, en palabra que sólo Jesús y los lectores de Mc conocen (cf. 1, 11). Ahora expande esa palabra, para que la iglesia entera (representada por los tres) sepa y actúe en consecuencia: ¡Este es mi Hijo Querido, escuchadle! (9, 7). La experiencia pascual de transfiguración debe expandirse, de manera que todos descubran el sentido de Jesús como Hijo a quien el Padre Dios avala. Esta revelación superior (voz de la Nube) desvela, al mismo tiempo, la paternidad engendradora de Dios y el poder creador (salvador) de Jesús, el Querido (agapêtos) a quien debemos escuchar.

– Abajo hay un padre fracasado que no puede hablar a su hijo enfermo (cf. 9, 17-24) ni decirle aquello que Dios ha dicho a Jesús: ¡Eres mi hijo!. Desde este fondo ha de entenderse la terapia comunicativa de Jesús: que el padre del enfermo acepte a su hijo y le quiera (le crea), llamándole agapêtos, querido, traduciendo en forma humana el misterio celeste del Dios que habla en la nube. Este es la escena: un padre incrédulo, un hijo mudo, incomunicados entre sí, entre unos profesionales de la religión (escribas, discípulos inútiles del Cristo) que no saben más que discutir gritando. En el centro de la tierra habita una familia rota, una sociedad impotente, consumiéndose en estériles disputas. La iglesia mundanizada (abajo), se muestra así inútil, mientras la iglesia sacralizada (arriba) sueña de forma egoísta en su propia tranquilidad celeste, olvidándose del mundo, ignorando al verdadero Cristo que ha venido a dar la vida por los oprimidos.

Mc sabe sin duda que en el mundo hay otros hombres y mujeres oprimidos, problemas de lepra y locura, impureza y hambre, opresión y ceguera, como ha venido señalando (cf. 3, 7-12; 6, 53-56). Pero esa miseria universal ha venido a condensarse luego en ciertas figuras emblemáticas, en forma de disociación familiar: parece difícil ser padre o madre, transmitir la vida.

Así lo sabe nuestro texto: toda la historia humana, impotente y enloquecedora, se condensa en este padre angustiado, presumiblemente judío (aunque su confesión religiosa importa poco), que desea curar a su hijo sin lograrlo, pues no tiene palabra sanadora, paterna, para ello.

Nadie (ni escribas judíos, ni discípulos del Cristo) le ha dicho palabra. Sólo Jesús, que desciende del monte de la transfiguración como Hijo querido, en camino de entrega de vida, lo consigue. Así llega hasta el lugar donde se separan vida y muerte, para introducir la experiencia de su filiación, la voz del Padre Dios que le llamó al principio (1, 11) y que ahora ratifica para todos su misión formadora de familia (9, 7). Uniendo las escenas laterales del tríptico (9, 2-8 y 9, 14-29) vemos que Jesús quiere ofrecer al padre inútil su más íntima experiencia del Dios dador de vida que le ha dicho ¡Hijo querido! El padre semicreyentes (¡creo pero ayuda mi incredulidad!: 9, 24), debe decir a su hijo enfermo ¡eres mi amado! para así curarle22.

3.- Excurso 2. Demonio mudo, fe que hace hablar (9, 25).

Frente al Dios que quiere hablarnos por Jesús (¡escuchadle!) se sitúa un niño mudo. Es el hijo de la historia humana, sometido al silencio; nadie ha sembrado en él palabra (contra 4, 1-32) y al poder de la violencia le destruye. Su caso es una segunda versión del geraseno de 5, 1-20. La enfermedad brotaba allí de la ciudad violenta; aquí surge del padre.

– ¡Tiene un espíritu (=demonio) mudo! (9, 17). Está encerrado en su propio vacío, sin acceso a la comunicación: no puede o no quiere hablar, vive en aislamiento. No ha escuchado jamás una voz personal y de esa forma habita en el silencio. Ciertos monjes cristianos (y no cristianos) han especulado peligrosamente sobre la interioridad aislada; han exaltado el santo silencio, condenándose a una vida de falta de comunicación. Filósofos y místicos también han insistido en el silencio metafísico, que nos uniría al ser o a Dios más allá de la palabra. Pues bien, Mc indica que este niño está atrapado en las cadenas de un un silencio demoníaco (=pneuma alalon): malvive en un mundo sin diálogo, sufre y se agita en un espacio y tiempo pervertido sin palabra que le una con el padre ni con otros seres humanos. Su enfermedad le aloja en el vacío violento de su angustia, en inquietud muda y destructora, cercana ya a la muerte23.

– Y, cada vez que el espíritu le agarra le arrastra, le hace echar espuma y golpear los dientes y le seca (9, 18). Malvive en gesto de violencia corporalizada. Su silencio es causa y consecuencia de agresividad intensa. No escucha a nadie, en nadie puede confiar, nunca le han dicho o no ha sentido que le digan ¡Eres mi hijo, yo te quiero!. Por eso, padece su vida como un deseo de muerte que se enrosca en sí misma, en círculo incesante de violencia. El padre lo sabe y se sabe impotente. No puede ofrecer a su hijo, enfermo desde niño (9, 21), una palabra personal.

– El espíritu le arroja muchas veces al fuego y al agua, para perderle (9, 22). El niño habita en un conflicto que parece connatural a su existencia hecha de muerte, trenzada en lazos de agresividad ostentosa, destructiva. Es claro que se mata sin querer matarse, para hacer sufrir al padre, para decirle que se ocupe de él, para pedirle ayuda. Así vive y se agota este niño, en el borde de una vida hecha de muerte, en relación de violencia frente al padre, a quien desea en el fondo matar (o castigar) con su protesta de violencia.

La misma enfermedad es un lenguaje pervertido, una forma de expresar la carencia de fe o/y su falta de cariño. La primera forma de oponerse al padre (y al resto de la sociedad) es el silencio: el niño se cierra, aislándose en el mundo resguardado de su enfermedad, fuera de las decepciones de su ambiente. La segunda es su autoagresividad: los gestos evocados (silencio, arrastrarse con espuma en la boca, amagos de suicidio) son síntomas de impotencia personal y falta de comunicación. Se trata, sin duda, de una enfermedad psicosomática. Este niño malvive en la noche de su propio transtorno, entre el fuego y el agua, en juego delirante con la muerte. Los gestos de su enfermedad son ambivalentes: por un lado le apartan de los otros (de la familia); por otro son un modo de torturarles e implorar su ayuda.

Sobre este fondo ha de entenderse la intervención de Jesús quien comienza pidiendo al padre que explique la enfermedad de su hijo. Lógicamente, Jesús cura al padre, haciéndole capaz de comprender al niño y decirle: ¡Eres mi hijo, yo te quiero!. Su terapia es de tipo antropológico (de humanización y transparencia de lenguaje), siendo profundamente religiosa:

Por un lado, el padre es causante de la enfermedad de su hijo y así, para curarle, debe curarse a sí mismo, iniciando un camino de fe, con la ayuda de Jesús, redescubriendo la exigencia y gracia de su paternidad en clave de confianza. Convertir al padre para que cure al hijo: esa es la estrategia de Jesús.

– El padre es enfermo pero está dispuesto a colaborar. Por eso ha buscado a los discípulos, por eso viene a Jesús. No se empeña en mantener su posible razón, no se defiende a sí mismo, no echa la culpa al niño mudo. Sabe observar, asume su responsabilidad, deja que Dios le transforme.

Jesús penetra en ese infierno de ruptura y opresión que enferma al niño. Viene de la montaña del encuentro con Dios, donde ha escuchado la voz de la nube que dice ¡Hijo querido! (9, 7; cf. 1, 11). Por eso puede actuar como hermano de los hombres, llegando al lugar de mayor disociación y lucha, hasta el abismo de violencia y silencio donde no llegaba el padre. Así se muestra terapeuta o creador de familia. Dialoga con el padre, no le acusa ni humilla. Simplemente le escucha, deja que se vaya desahogando y al final le lleva al lugar donde la fe (en Dios, en sí mismo) le permite curar al hijo enfermo24.

– Todo es posible para quien cree, dice Jesús (9, 23), en palabra que proviene de la tradición israelita (cf. Gén 18, 14) y que Pablo interpreta como fuente de vida cristiana (Gal 2-4; Rom 1-5). Esa fe es fuerza de transformación de la persona, en el plano individual y social. La misma familia (diálogo del padre con el hijo) viene a recrearse en ella. Allí donde otros podian colocar las relaciones de carne y sangre y el orgullo de raza como fuente de vida social ha colocado Jesús la fe mutua, la confianza creadora del padre que diciendo ¡creo! puede confesar al niño enfermo: ¡eres mi hijo querido!

– Creo, pero ayuda mi incredulidad, dice el padre (9, 24) en palabra que invierte el orden normal de las relaciones familiares. Se afirma de ordinario que los hijos deben creer en los padres, obedeciéndoles sumisos. Aquí es el mismo padre quien, creyendo en el Dios de la vida (gran Padre), puede confesar su fe en el hijo. Mc ha reservado el símbolo de padre para Dios y por eso en la comunidad cristiana no habla de padre (cf. 3, 31-35; 10, 28-30). Pues bien, en este caso ha presentado a un verdadero padre humano que, imitando a Dios, confía en su hijo e inicia con él un camino de curación que antes era imposible25.

Así aparece Jesús en su doble función de amigo y sanador. Por un lado, penetra en el abismo de dolor del hijo, asumiendo su violencia para así curarle. Por otro llega al corazón del padre, madurándole en la fe y haciéndole capaz de curar al niño enfermo. Jesús no actúa como mago indiferente, sobre el dolor del enfermo. Desde la montaña de su gloria (transfiguración) ha bajado al valle de locura y violencia que es el mundo, para rehacer la relación del padre con el hijo. Le duele la increencia y exclama, en fuerte desahogo: ¿Hasta cuándo estaré entre vosotros, hasta cuándo tendré que soportaros? (9, 19).

No creen los humanos, por eso enferman de este modo. No creen, por eso se oponen entre sí. A Jesús le pesa la falta de fe, tánto en relación con Dios como en relación a los humanos. Por eso se desahoga, pero asume, desde el hijo enfermo, la miseria de la historia, en gesto de encarnación sufriente y redentora. Sufre Jesús la falta de fe de de esta generación (cf. 9, 19) e inicia un camino sanador que empieza por el padre: no le sustituye, no ocupa su lugar, no le niega la tarea de su paternidad, sino que le ayuda a creer, para reengendrar al hijo enfermo. En el lugar de la mayor miseria humana (donde el hijo no dialoga con su padre) se introduce el Cristo de la transfiguración. Ha escuchado la voz de Dios ¡eres mi Hijo! y quiere que todos puedan acogerla con él (como él), sabiendo lo que implica la filiación, una vida de confianza creadora, que le identifica con los pobres (hambrientos, marginados, locos...), poniéndole al servicio de ellos26.

4.- Excurso 3. Iglesia creyente. Oración que expulsa demonios (9, 29).

Desde este fondo pueden entenderse mejor las actitudes de los personajes, situados estratégicamente al principio y fin del texto:

– Los escribas (9, 14) no pueden expulsar a estos demonios, porque han colocado la estructura de su ley sobre el dolor y destrucción del ser humano (cf. Mc 2, 1-12; 2, 23-3 , 6; 3, 22-30; 7, 1-23). Defienden la legalidad que parece situarse por encima de la angustia y sufrimiento de unos marginados cuya curación importa poco: Dios habita para ellos en el cumplimiento de la ley, no en el dolor de la historia; Dios se expresa en la estructura sacral de la nación israelita; por eso es secundario el sufrimiento de los locos.

– Los discípulos del llano también son incapaces de curarles (cf. 9, 14-18). Ciertamente, ellos debían saber que Dios sufre en los necesitados, pero no pueden ayudarles de verdad porque carecen de fe transformadora (cf. 9, 19) y oración (9, 29), pues no han subido a la montaña de la pascua, ni han asumido desde allí el camino de entrega del Hijo del humano.

– Sólo Jesús puede curar, porque ha hecho el camino de la fe, en oración, descendiendo del monte de pascua para dar la vida en favor de los humanos. Sólo él penetra en el dolor del niño enfermo, dando al padre fe para curarle. La oración de Jesús (y sus discípulos) se vuelve creatividad (paternidad y maternidad) humana. Quien ora de verdad desciende para ayudar a los necesitados de la historia, en actitud de sanación.

Esto es lo que Jesús ha querido iniciar con los discípulos del monte. Sólo la oración pascual (experiencia de fe), vinculada a la entrega de la vida, puede introducirnos en la hondura del sufrimiento humano, en el lugar de la injusticia, para ofrecer allí la palabra creadora de Jesús. Por eso, la frase final (esta especie de demonios sólo sale con oración: 9, 29) podría invertirse: la oración sólo es verdadera cuando expulsa a los demonios. Ella nos conduce al lugar de la miseria para que ofrezcamos el testimonio de la paternidad creadora de Dios. Ella nos hace verdaderamente padres, capaces de creer y de crear fe en nuestro entorno. De esa forma se vinculan plegaria y expulsión de los demonios:

– La oración nos pone en manos de un Misterio que se expresa como padre. Diálogo absoluto, en plena transparencia, con aquel que nos hace ser personas y nos ama, eso es la oración.

– La expulsión de los demonios es obra de oración. Sólo el orante se adentra en el abismo de locura, en el lugar donde se engendran las faltas de comunicación personal y las luchas sociales. Por eso, la fe expresada en oración, se expande en el encuentro con los pobres (los posesos) y en la misma asistencia sanadora.


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Comentarios
  • Comentario por Arizokete 26.02.18 | 00:21

    ¿El rebotado marujón de Celso Alcalino ha vuelto a expeler un artículo?
    Qué triste acabar así la vejez, como una rata chismosa.

  • Comentario por Arizopenko 26.02.18 | 00:19


    No se pierdan la última basura que publica el descerebrado de Celso Alcoholino aquí, en Defecación Digital.
    Un artículo representantivo de los contenidos de esta web que dirige Vidal.


  • Comentario por Inés María Barrio 25.02.18 | 22:48

    Me he corrido.

  • Comentario por Xabier Pikaza Ibarrondo [Blogger] 25.02.18 | 21:51

    Gracias, Galetel,.... Gracias Doc... Soy un simple servidor del texto, mucho más hondo de lo que yo pueda decir

  • Comentario por galetel 25.02.18 | 15:23

    Un teólogo-poeta se siente abajado de su Iglesia-monte para trabajar en su Iglesia-valle; pero habrá dejado de ser un ignorante sólo para pasar a ser un inútil si no comprende que sólo Jesús-Jesucristo puede orar como es debido, como un hijo-de-hombre/Hijo-de-Dios. Para colaborar con él hay que aprender a morir/resucitar con él, para bien de todas las víctimas del mal en todos los tiempos.

  • Comentario por doc 25.02.18 | 12:43

    Insondable simbología magistralmente desentrañada. Una bendición.

Viernes, 14 de diciembre

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