El blog de X. Pikaza

Dom 17.12.17. Pregón de Adviento (3). Lectura socio-económica del Magníficat

Dom 3 Adviento,ciclo B. Canto interleccional. Tras Israel y Juan Bautista, la tercera candela de Adviento es María.

María del Magníficat no es la Virgen del Anochecer que espera en la noche pasivamente al esposo (Mt 25) con su aceite, sino la Mujer Fuerte del Amanecer, que anuncia y lleva en su mano la Luz del Mediodía, la justicia mesiánica del Cristo, su Hijo, como ella proclama en el Magníficat.

Ella canta y baila con todas las mujeres de la esperanza y de la vida la llegada del Amanecer de Dios, que es la justicia para toda la humanidad, compuesta de varones y mujeres. No es ánfora cerrada de Pandora, donde el Dios-Zeus ha guardado los dones más bellos, dejando que se escapan y nos dejen vacíos, con una esperanza cerrada bajo llave...

Ella es más bien, la esperanza activa y creadora, que el Dios-Yahvé de Israel ha encendido y quiere extender por todos los pueblos: De esa manera ofrece luz y la comparte, de forma que la llama de Dios pueda extenderse al mundo entero.

Así quiero presentarlo en este Domingo 3 de Adviento, ofreciendo una lectura socio-económica (socio-política) de su texto en el que se recoge y culmina toda la esperanza y compromiso del AT y del Bautista,el Magnificat.

En otros lugares y libros he comentado el sentido limpiamente religioso del Magnificat. Hoy pongo de relieve el aspecto social y económico de su mensaje, en clave antigua y actual, presentándolo como canto de Adviento, expresión de todos los dones de Dios para los hombres. Me fijo para ello en la canción inter-leccional de la misa, tomada de de Lc 1,46-54, que dice así:

Proclama mi alma la grandeza del Señor…
Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
Derriba del trono a los potentados /y eleva a los oprimidos,
Sacia a los hambrientos / y despide vacíos a los ricos…

Esta es la Luz de María, la Luz de Israel, la Lámpara del Bautista, la esperanza de la libertad y de la vida para todos los hambrientos y oprimidos de la tierra. Ésta es su oración, totalmente divina por ser plenamente humana.

Éste es el pregón de Adviento, que María proclama en todas las iglesias católicas, con la candela de la libertad en la mano, con el Cristo de la gran promesa en sus entrañas.

Este domingo tercero del canto de María es el Domingo del Gaudete, día para alegrarse por la Navidad que llega, fiesta para cantar y soñar, porque María sigue proclamando en su pregón la llegada de la justicia para los pobres, y de la libertad de los oprimidos nace el mundo nuevo.

Así canta hoy María, así quiero comentar su canción a mis lectores, desde una perspectiva básicamente social, ampliando unas notas que ofrece hace unos días en mi FB, y que hoy retomo y amplio en este blog. Mañana o pasado completaré este canto de Adviento de María, la auténtica Pan-Dora, mujer de todos los dones, con una reflexión sobre el mito de Pandora, mujer griega, dolorosamente bella, signo de todos los bienes que se vuelven males... pero dejando abierta la "virtud" o don de la esperanza.

Buen domingo a todos.

Canto de María, la gran inversión.

El proyecto económico/social de Jesús se sitúa en el trasfondo de la esperanza israelita, que el evangelio de Lucas ha condensado y recreado en el Canto de María (Lc 1, 45-56) , a la luz de los himnos de liberación de las mujeres bíblicas, especialmente de Myriam, hermana de Moisés (Ex 15), y de Ana, madre de Samuel (1 Sam 1-2). Desde esos cantos (y en contraste con el Benedictus), pro-pone María su proyecto de transformación socio-económica:

1. Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava…

2. Desplegó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón;
derribó a los potentados de sus tronos, y elevó a los oprimidos;
a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos.

3. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre (Lc 1, 46-55).

La primera estrofa recoge, de un modo personal, el gesto agradecido de María, porque Dios se ha fijado en ella (le ha mirado). La tercera fundamenta la propuesta en la promesa y descendencia de Abrahán (retomando una teología paulina: Gal 3-4; Rom 3-4). La segunda expone de un modo so-lemne la inversión mesiánica en un triple nivel: de fundamentación (brazo de Dios frente a soberbia humana), de política (potentados-oprimidos) y de economía (ricos-hambrientos).

Este canto de nueva humanidad, este pregón de adviento nos permite interpretar el proyecto de la Iglesia en una línea universal, sin referencia israelita (templo, ley nacional…), ni confesional cristiana (pascua de Jesús, Iglesia), pero totalmente lleno de Dios y de nueva humanidad creyente:

1. Mensaje israelita, la gran inversión

Aquí me fijo en la segunda parte, que es la estrofa central donde María responde a la alabanza de Isabel, madre de Juan, que le ha llamado Madre del Señor (cf. Lc 1,43), exponiendo de un modo universal toda la esperanza profética de Israel, tal como se cumplirá en Jesús. En ese contexto, interpreta María en forma económico-social los poderes de opresión, que la apocalíptica entendía en forma de opresión diabólicas, y ofrece así un modelo e liberación estrictamente humana:

‒ María canta en nombre de la nueva humanidad liberada, asumiendo la historia de Israel, como mujer y madre que lleva en su seno la historia de su pueblo, con sus sombras y dolores, pero también con la certeza del cambio universal que llega. No tiene que hacerse judía, lo es, y su palabra retoma todo el mensaje israelita, de forma que su canto es una recapitulación de la esperanza israelita.

‒ María eleva su voz en nombre de la iglesia,
asumiendo así no sólo el testimonio de la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén, sino la esperanza y tarea de la misión universal de Pablo, abierta a todas las naciones. Lucas sabe que la madre de Jesús se ha situado en el centro de Iglesia (Hch 1, 13-14) y en nombre de ella canta la victoria de Dios y la exigencia de transformación de los hombres, exponiendo así la primera y más honda propuesta socio-económica del evangelio.

1. Magníficat, un canto de mujeres.

Situándose en la línea de los himnos de inversión de los hebreos, emigrantes sin tierra, campesinos marginados del XII-XI a.C., el Magníficat ofrece un camino y programa de liberación universal y retoma las palabras centrales del cántico de Ana, madre de Samuel, proclamando la inversión de Dios, que libera a los oprimidos y hambrientos:

El arco de los fuertes (=guerreros) se ha quebrado,
los cobardes (oprimidos) se ciñen de fuerza.
Los hartos se contratan por pan,
los hambrientos dejan de trabajar como esclavos.
La estéril da a luz siete veces,
la madre de muchos hijos queda baldía (1 Sam 2, 4-6)

Ana elevaba su canto al Dios que salva/libera a los “cobardes”, a fin de que ellos puedan vivir en plenitud, en una línea militar (quiebra el poder de los guerreros), económica (los ricos habrán de trabajar para comer) y demográfica (la estéril tiene muchos hijos). En esa línea se había situado Myriam, la hermana de Moisés (Ex 15), y en ella se mantiene María.

‒ La madre de Jesús retoma el motivo de los cantos de Myriam y de Ana, asumiendo también la experiencia fundante de los profetas, como Isaías, que evocaron la llegada de un mesías, portador del juicio de Dios, liberador de los oprimidos. Por eso, el descendiente de Jesé, nuevo David, «juzgará a los pobres con justicia y matará al malvado con el mismo aliento de su boca» (Is 11, 4), porque «un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado». «Dios quebrará la vara del opresor, el yugo de su carga, la capa empapada de sangre», y el pueblo, que andaba en tinieblas, encontrará la luz, alcanzará la justicia (cf. Is 9,1-6).

‒ Ella ratifica la certeza emocionada del Emmanuel: Una joven (virgen) dará… (Is 7, 14), en medio de una dura situación de guerra. Esta es la certeza a la que apelan los cristianos al hablar del nacimiento de Jesús, como sabe no sólo Mt 1, 18-25 (una virgen concebirá…), sino también Lucas (cuando se refiere a una “virgen” desposada: cf. Lc 1, 26). Pero aquí María, la virgen/madre de Jesús, no permanece ya en silencio (como en Is 7, 14 y en Mt 1, 18-25), sino que toma la palabra y anuncia la destrucción de los poderes opresores y la llegada de un reino de justicia, porque «un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5).

El evangelio de Lucas sitúa el canto María en el principio del mensaje de Jesús y de la Iglesia, de forma que ella aparece, en la línea de Myriam y de Ana, mujeres cantoras, como portadora de la esperanza mesiánica de Israel, entendida como victoria contra el hambre, la opresión y la injusticia. Este canto expone el más alto programa socio-económico de Iglesia, fundado en la experiencia del Dios de Israel, que destruye la soberbia de corazón, es decir, de pensamiento y obra, de aquellos que oprimen a lo pobres.

2. Magníficat, la utopía de Israel.

Muchos habían pensado que nada podría cambiar (cf. Lc 24, 21; Hch 1,6). Pero, retomando la esperanza israelita, María descubre y proclama el gran cambio que se está realizando ya, a partir de los hambrientos y oprimidos, cuando anuncia y proclama la llegada de Jesús, la inversión suprema de la historia:

Pues será doblegado el mortal, será humillado el hombre y no podrá levantarse... Los ojos orgullosos serán humillados, será doblegada la arrogancia humana: Sólo el Señor será exaltado aquel día, que es el día del Señor de los ejércitos..., contra todas las altas torres, contra todas las murallas inexpugnables, contra todas las naves de Tarsis, contra todos los navíos opulentos. Será doblegado el orgullo del mortal, será humillada la arrogancia del hombre; sólo el Señor será ensalzado aquel día, y los ídolos pasarán sin remedio (Is 2,9-17).

María se opone en esa línea no sólo a los paganos “soberbios”, sino a los mismos judíos enrique-cidos e injustos porque su país está lleno de oro y plata, y sus tesoros y sus carros y caballos son innumerables (Is 2,7). Vanos son los carros de combate y los tesoros, pues no hay más seguridad que la confianza en Dios y la justicia entre los hombres:

No se gloríe el sabio en su saber,
ni el fuerte en su valor, ni el rico en su riqueza.
Quien quiera gloriarse que se gloríe en esto:
en conocer y comprender al Señor,
haciendo justicia y derecho en la tierra (Jer 9, 22-23; cf. 1 Sam 2,10 LXX).

Desde ese fondo se entiende el programa social del Magníficat, en los tres planos ya evoca-dos: (a) Ideológico: Dios dispersa (sacude y aleja) a los que se divinizan a sí mismos. (b) Político-militar: derriba del trono a los potentados. (c) Económico: a los ricos los despide vacíos... De esa forma ratifica María la inversión salvadora, en el camino que va de Israel a la revelación de Jesús, como indican otros testimonios de la literatura final del Antiguo Testamento:

‒ Daniel evoca la lucha de Dios contra Antíoco Epífanes, el soberbio (hyperephanos; cf. 4 Mac 4,15), afirmando que Dios establece un reino nuevo de humanidad «que durará por siempre», destruyendo los reinos injustos del dinero que se impone a la fuerza y de las bestias que matan (Dan 2,21-23,44; 7,14).

‒ El libro de la Sabiduría condena a los ricos opresores e impíos (asebeis, 1,16), que rechazan a Dios oprimiendo a los pobres. En contra de eso, «la vida de los justos está en manos de Dios y no tendrán tormento... Sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes favores, Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí. Los impíos serán castigados por sus razonamientos: despreciaron al justo y se apartaron del Señor...; vana es su esperanza, baldíos sus afanes, inútiles sus obras» (Sab 3,1-5.10-11) .

En esa línea del libro de la Sabiduría ha trazado María el ideal y programa de la comunidad es-catológica (la Iglesia). Los impíos, soberbios de corazón, que quieren imponerse sobre los demás, fundando su poder en los bienes materiales (Sab 2,6-9), están en realidad vacíos: Quieren permanecer y no pueden (Sab 4,3-4), quieren ser dueños de la vida, pero su vida se disipa, como el humo arrebatado por el viento (5,14). Ciertamente, Dios ama a todos (cf. Sab 11, 23-26), pero los impíos le rechazan y se destruyen a sí mismos. No les mata Dios, se matan ellos, por las obras que realizan. Los justos, en cambio, reciben un premio de vida por encima de la muerte: «Viven eternamente, reciben de Dios su recompensa, el Altísimo les cuida» (5,15).

2. El Magnífica, mensaje de Jesús y de la Iglesia

María ha proclamado el cumplimiento de la gran inversión bíblica (cf. Ex 15; Is 2), anticipando el kerigma central de Jesús: «Se ha cumplido el tiempo, ha llegado el Reino, transformaos (= convertíos) y creed la buena nueva» (Mc 1,15) . Ella ha destacado así los tres niveles o momentos del Mal (soberbios, potentados, ricos), que Daniel había condensado en las bestias imperiales (como hará el Apocalipsis) y que Jesús personificará en Mammón, la riqueza que se absolutiza.

1. El mensaje de Jesús.

De manera muy significativa, Jesús retomará el motivo del canto de María, empezando su misión básicamente entre los pobres, preferidos de Dios por ser necesitados y por hallarse oprimidos, bajo el poder de los soberbios-potentados-ricos, centrados en Mammón, Riqueza en sí, Diablo económico (cf. Mt 6, 24). En esa línea, debemos añadir que el mismo Jesús que cura a los enfermos y proclama el evangelio de los pobres/oprimidos (cf. Mt 11, 24; Lc 4, 18-19), ha cumplido el Magníficat de su madre, ofreciendo salvación a los pobres y queriendo para transformar el corazón de los soberbios, haciendo así posible una vida ya reconciliada en la misma Galilea .

— En esa línea, el Dios del Magnificat no es talión, sino gratuidad creadora conforme al mensaje de Jesús
: «Habéis oído que se dijo ojo por ojo y diente por diente… amarás a tu amigo y odiarás a tu enemigo. Pues bien, yo en cambio os digo: amad a vuestros enemigos» (Mt 5,38.43-44). Jesús no quiere destruir a los contrarios con violencia, sino transformar la injusticia por amor (cf. Mt 5,48), para fundar un orden social nuevo, centrado en el perdón y en la gracia (Lc 6, 37-38), que puede transformar a los mismos opresores.

— El Dios de María despliega un gran poder, en la línea de la ira de Rom 1-3, que no es para destruir, sino para crear, no para vengarse de los perversos, sino para ofrecerles salvación, liberándoles así de su injusticia y de su muerte. No es ira para matar, sino para ofrecer una riqueza superior de vida, en gratuidad. De esa manera, el Dios de Jesús (y de María) invierte la injusticia y opresión del mundo para superarla. No es un Dios barato, de ensueño y sentimentalismo, sino de fuerte y durísima transformación. Es el Dios de una guerra distinta, que lleva al cambio de los mismos opresores .
‒ Esta inversión desde los pobres es para bien de los mismos ricos. En esa línea resultan no sólo comprensibles sino necesarias las palabras de cambio de María y de las bienaventuranzas (¡ay de vosotros ricos…!), pues sólo podemos llamar bienaventurados a los pobres si, al mismo tiempo, amenazamos a los que ricos (cf. Lc 6, 20-25), no por venganza, sino para que cambien, no para que mueran, sino para que puedan salvarse (cf. Lc 16, 19-31), no para que sufran, sino para que aprendan a ser felices (cf. Mt 11, 25-26) .

En esta perspectiva nos sitúa el canto de María, como “inversión de la inversión”, para que subamos de nivel, no por guerra y victoria militar, sino por cambio radical de todos. No se trata de vencer una opresión con otra mayor, sino de subir de nivel, en la línea de Jesús, pues el cambio que él ofrece no implica violencia ni venganza, sino anuncio y camino de transformación para los mismos ricos-opresores, a fin de que ellos quieran y puedan superar su opresión… .

Siendo profundamente religioso (y por serlo), el mensaje de Jesús ha sido social y personal.
(a) Él ha descubierto una relación profunda entre pobres, enfermos y pecadores, pero no ha optado por los pecadores porque piense que sean mejores que los fariseos y los sacerdotes, sino porque están más necesitados.
(b) Jesús no ha ofrecido su Reino a los pecadores “oficiales” (publicanos, prostitutas) no porque lo merezcan más, sino porque se hallaban expulsados de la buena sociedad.

Significativamente, su perdón a los “pecadores oficiales” ponía al descubierto y criticaba la situación más honda de pecado de los potentados y los ricos. En esa línea podemos afirmar con María que (precisamente perdonando a los pecadores) Dios derriba del trono a los potentados y envía vacíos a los ricos, abriendo así también para ellos un camino de salvación.

2. En un contexto judeo-cristiano universalista.

María asume el mensaje eclesial de unos judeocristianos, que se sienten solidarios de todos los pobres, en la línea de algunos salmos de alabanza y salvación del Antiguo Testamento, pero con una novedad: Ella anticipa y proclama el mensaje del evangelio, dentro de la Iglesia, como hace la carta de Santiago, el hermano de Jesús:

Vamos ahora con los ricos: llorad a gritos por las desgracias que se os vienen encima. Vuestra riqueza se ha podrido, vuestros trajes se han apolillado, vuestro oro y vuestra plata se han oxidado... Mirad: el jornal de vuestros jornaleros que segaron vuestros campos, defraudado por vosotros, está clamando y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Con lujo vivisteis en la tierra y os disteis la gran vida, cebando vuestros apetitos... para el día de la matanza. Condenasteis y asesinasteis al inocente ¿no se os va a enfrentar Dios? (Sant 5,1-6).

Éste mensaje de la iglesia judeo-cristiana (cf. también Sant 2,1-4), ha de entenderse en la línea del Magníficat (y viceversa), en un contexto donde más que la distinción entre creyentes y no creyentes en sentido confesional importa la que hay entre ricos y pobres, como dice R. E. Brown:

Por eso, los versos de Lc 1,51-53 tendrían gran eco entre los pobres de las comunidades a las que iba destinado el evangelio de Lucas... Para ellos la buena nueva cristiana significaba que, a fin de cuentas, la bendición no sería para los poderosos y los ricos que los tiranizaban. Los reformadores de todos los tiempos han abogado por revoluciones para reducir las diferencias de clase, enriqueciendo a los pobres y dando poder a los oprimidos. Pero el Magníficat se anticipa al Jesús lucano al predicar que la riqueza y el poder no son valores reales, ya que no tienen consistencia a los ojos de Dios .

María aparece así como promotora de una revolución integral, no como simple reformadora, que tiende a mejorar las estructuras previas, limando sus desequilibrios. Ella no quiere poner parches sobre un manto ya gastado, que no sirve (cf. Mc 2,21), sino recrear la vida y sociedad desde los pobres, como quiso Cristo. Ciertamente, sus palabras anticipan la predicación del Jesús lucano, pero no en un sentido “espiritualista”, diciendo simplemente que las riquezas “no son valores reales” y que no tienen consistencia a los ojos de Dios, pues ellas son anti-valores muy reales, de manera que han de ser “destruidos” (=superados) por el Cristo, en una línea de cambio integra y universal, no simplemente intimista o nacionalista.

En esa línea, podemos añadir que María no se sitúa en la línea de un nacionalismo celota (que tienden a re-sacralizar templo y pueblo), sino en la línea de fondo de la revolución universal de los sicarios, aunque sin espada (sica) y sin violencia militar armada.

− María no defiende una revolución nacional/celota, que pone en su centro el triunfo de Israel como pueblo, centrado en ley y templo, con purezas de tipo religioso particular (de comida y cama), sino que se sitúa más bien en la línea de unos sicarios pacifistas, partidarios de una revolución social, con la caída de los potentados y los ricos, no por castigo o venganza, sino para establecer el reino de Dios, desde los pobres. Muchos sicarios provenían de Galilea, a diferencia de los sacerdotes celotas de Judea (más en la línea de Lc 1, 66-80), y su movimiento campesino se centra en la experiencia del señorío absoluto del Dios liberador de los hombres.

− María no busca poder para los “santos” judíos, sino para los oprimidos y hambrientos de todos los pueblos, no quiere la pureza legal (comidas puras con judíos puros), sino el pan de los hambrientos, quizá en la línea de aquel Judas Galileo que, en los años del nacimiento de Jesús, proclamaba la presencia liberadora de Dios y rechazaba el impuesto del César. Ciertamente, en los momentos duros de la rebelión y guerra del 67-73 d.C., los sicarios mostraron un aire fuerte de dura intransigencia, como portadores de un tipo de violencia de los pobres que estalla al fin contra los ricos, destruyeron los archivos oficiales y los documentos de propiedad de los hacendados (sacerdotes y nobles herodianos). Pero en el fondo de su violencia latía el ideal de una transformación poderosa, pero pacífico, de la sociedad, como quiere María.

3. El Magnificat y el Benedictus. Dos modelos de liberación.

En ese contexto podemos añadir que, en oposición al Magníficat, la parte más antigua del himno de Zacarías sacerdote (Lc 1, 68-71) puede y debe entenderse a la luz de un celotismo sacral y nacionalista, donde antes (o más) que los pobres de todos los pueblos importan los “justos y santos” judíos. María no es defensora de la guerra, en términos de insurrección militar, de manera que las palabras centrales de su canto (derriba del trono a los potentados, despide vacíos los ricos…) no han de entenderse como mensaje de guerra particular, sino de transformación universal, desde los pobres .

Significativamente, Lucas ha puesto en boca de María, un evangelio universal de los pobres sin referencia al Templo que debe ser purificado, ni llamada a la pureza de los sacerdotes, ni a la separación del pueblo judío. Ciertamente, como he dicho en nota, los sicarios armados de 67-73 d.C. han terminado siendo muy violentos, y han luchado incluso en contra de los celotas nacionales, defendiendo su ideal de justicia y revolución universal hasta la muerte (73 d. C.). María, la madre gestante del Mesías, no ha proclamado su canto en una línea militar de muerte, pero precisamente por ello, porque ha renunciado a la lucha armada, sin sustituir una injusticia por otra, ha podido proclamar su palabra universal de esperanza de los pobres .

‒ Los cantores del texto primitivo del Benedictus siguen siendo judíos nacionalistas: buscan la liberación de Jerusalén,
el triunfo social y religioso de su pueblo, y dejan fuera a sus enemigos, que son aquellos que «nos odian» (no los ricos sin más); por eso pide a Dios que sus fieles sean “arrancados de la mano de nuestros enemigos”, para insistir en el servicio a Dios, en Santidad y Justicia. Según Lucas, ellos están relacionados en principio con los sacerdotes, aunque de hecho Juan Bautista, “hijo” de Zacarías haya superado esa línea, en clave de conversión profética.

‒ Los cantores del Magníficat de María son también judíos, pero su visión económico-social va más allá del nacionalista sacral. Ciertamente, ella es judía, pero judía universal, y de esa forma apela a la liberación el auténtico Israel (que son los pobres y hambrientos), conforme a la misericordia de Dios, con Abrahán nuestro padre. Ella no busca el surgimiento de un pueblo nuevo, arrancado de los enemigos, que así viva en santidad y justicia (como Zacarías), sino sólo la transformación universal: Que los pobres coman, que los oprimidos sean liberados. De esa forma, su evangelio se convierte en fundamento de comunión abierta a todos, desde los hambrientos y oprimidos, una comunión que sólo es posible allí donde, rompiendo las barreras de tipo sacral-nacionalista (vía celota), se mantiene la prioridad evangélica del servicio a los pobres (viudas, hambrientos).

En ese contexto, con todas las cautelas posibles, se podría comparar el mensaje de María con el de un tipo de “sicarios”, que habrían promovido un tipo de revolución universal (no puramente nacional), desde el judaísmo. Ciertamente, Flavio Josefo descalifica sistemáticamente a los sicarios, como «bandidos» asociales, diciendo que ellos toman ese nombre de «sica», espada corta, que muchos emplearon, cuando al fin explotó la guerra abierta contra Roma (67-73 d. C.). De todas formas, antes que guerrilleros belicistas, ellos fueron partidarios de una justicia y libertad socio-económica, abierta por encima de Israel a todos los pueblos del mundo, enfrentándose a los los celotas, partidarios de un reformismo judío, de tipo más sacral y nacionalista (en línea que hoy llamaríamos “burguesa”).

((Sobre los sicarios, cf. G. Jossa, Gesù e i movimenti di liberazione della Palestina, Brescia 1980, 77-94; H. Guevara, Ambiente político del pueblo judío en tiempos de Jesús, Madrid 1985, 124-131. Pienso que la distinción entre celotas y sicarios nos ayuda a entender la tradición judía y primer judeo-cristianismo. Desde diversas perspectivas, cf. E. Schürer, The history of the Jewish people in the age of Jesus Christ II, Edinburgh 1979, 598-606; S. G. F. Brandon, Jesus and the Zealots, Manchester 1967; M. Hengel, Die Zeloten, Leiden 1961))

Sigo inspirando en la reflexión de La Madre de Jesús, Sígueme, Salamanca 1990. La tradición cristiana habla de unos «bandidos» crucificados con Jesús (Mc 15, 27 par). Pues bien, ellos no fueron celotas sino léstai, término casi técnico que Josefo empleaba para hablar de los sicarios. Así se indicaría que Jesús no está en la línea del nacionalismo sacral de los celotas (centrado en torno al templo) sino en continuidad con aquella revolución de los pobres más cercana a los sicarios.
En esa perspectiva universal, aunque en clave no militar (¡sicarios sin sica!), se entiende mejor el nacimiento de la Iglesia cristiana, como distinta del judaísmo rabínico (cf. Hch 11,26). Cf. H. Schürmann, Luca I, Brescia 1983, 184-185.

Esta diferencia entre el Benedictus de Zacarías y el Magníficat de María abre dos caminos de configuración eclesial, que han sido muy importantes a lo largo de la historia de la Iglesia. Zacarías se mantiene en una línea más nacional (¡que libres de las manos de los enemigos…!), preferida, al menos desde la Edad, en la línea de las iglesias nacionales. Por el contrario, María se mantiene en una línea supra-nacional, preocupada en especial por los pobres, que no se definen por su nación, sino por su necesidad económica y su opresión política.

A través del Benedictus, Zacarías aparece como signo de los judíos celotas, derrotados y muertos en la guerra del 67-73 d.C., en una línea que ha sido después desarrollada por las iglesias nacionales, desde el imperio bizantino hasta tiempos muy recientes, tanto en línea católica como protestante, que sacralizan un tipo de identidad nacional, ya sea en línea hispana, galicana o anglicana, por poner tres ejemplos. Estas iglesias han tenido, sin duda, valores, pero han corrido el riesgo de sacralizar un tipo de poder nacional, identificando en el fondo el evangelio con un tipo de estructura social o, incluso, de poder político, tanto en tiempo de paz como de guerra.

Por el contrario, María viene a presentarse como signo y representante de una iglesia de los pobres (hambrientos, oprimidos…),
por encima de toda nación o poder particular, no sólo del antiguo Israel, sino de tiempos posteriores. No es que ella rechace el valor de las naciones (pueblos, culturas…), pero le importan sobre todo los pobres, para formar con (a partir de) ellos una iglesia que sea, santa y católica (universal). Uno de los desafíos fundamentales de nuestro tiempo es recuperar esta Iglesia pobre y de los pobres, la Ecclesia Pauperum del Magnificar de María, de la que habló el Vaticano II y, en especial, el Pacto de las Catacumbas .

Este canto de María no condena a Mammón, como hará Jesús en Mt 6, 24, sino a los ploutountes, que son los ricos, aquellos que a través de los diversos tipos de riqueza (sobre todo económica) se elevan por encima de los pobres, a quienes de alguna forma oprimen. El mal no se identifica con el dinero en cuanto tal, sino con los ricos, que se vinculan aquí con los poderosos (dinastas) y los soberbios de corazón, que se divinizan a sí mismos con su poder y/o su dinero. En contra de ellos eleva María su voz, proclamando la grandeza verdadera del Dios que no es soberbio de corazón, sino que se expresa y actúa a través de los oprimidos y los pobres.


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