El blog de X. Pikaza

Dom 22.10.17. Tributo del César, "dinero" de Dios (Mt 22, 15-21)

Dom 29. Ciclo A. Jesús ha dicho que la viña del Reino es para todos.

Sobre ese fondo sitúan Marcos y Mateo la pregunta y disputa sobre el tributo del César, planteada por los mismos adversarios anteriores, que quieren tenderle una trampa.

Jesús buscaba otro tipo de economía, centrada en la comunión inmediata de bienes (campos) y familia, sin un dinero divinizado en forma de capital autónomo, valioso en sí mismo. Estrictamente hablando, su proyecto se oponía (en un nivel distinto) al orden imperial de Roma, que mantenía su poder armado sobre fundamentos de dinero.

En ese contexto se sitúa y ha de entenderse este pasaje sobre el tributo del César, que los adversarios plantean a Jesús para “cazarle” en algún tipo de contradicción y así acusarle ante el pueblo (si defiende el tributo del César) o ante la administración romana (si lo rechaza). Así lo suponen, según el evangelio de Lucas, las autoridades de Jerusalén cuando llevan a Jesús ante Pilato, acusándole de presentarse como pretendiente mesiánico y de impedir el pago de los tributos del César (Lc 23, 2).

Desde ese fondo ha planteado la Iglesia antigua el tema de la relación entre la economía de Jesús (que es el Reino: es decir, la comunión gratuita de bienes) y la economía del César, que se funda y expresa en unos tributos al servicio de la administración militar del imperio y del sostenimiento de un tipo de política, que se expresa en el dominio de los ricos.

Éste es un tema antiguo, un tema actualísimo, que nos sitúa ante el ideal de una humanidad fraterna en gratuidad (signo de Dios) y la realidad de una política y economía hecha de tributos que en principio pueden y deben ponerse al servicio de todos, pero que en realidad tienden a ser controlados por algunos.

Como verá quien siga, éste es un texto complejo, que Mateo ha tomado de Marcos, un texto que proviene históricamente de Jesús, pero que la Iglesia ha debido (y debe) ir adaptando según las circunstancias, aunque manteniendo siempre firme el ideal mesiánico de la comunión de bienes, distinguiendo de algún modo el plano del César y el de Dios.

A lo largo de los años de mi blog, he tratado del tema en muchas ocasiones, desde diversas perspectivas. Ahora lo hago de forma nueva, tomando como base el texto de mi nuevo Comentario de Mateo. Verá el lector que los que quieren "tentar" a Jesús eran (y siguen siendo) los fariseos unidos a los "herodianos", es decir aquellos que se dicen religiosos (fariseos) con los políticos realistas del poder establecido (herodianos).

Buen domingo a todos. El tema clave de religión y política sigue servido.

Texto

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?" Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: "Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto." Le presentaron un denario. Él les preguntó: "¿De quién son esta cara y esta inscripción?" Le respondieron: "Del César." Entonces les replicó: Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. (Mt 22, 15-21)

Ésta es la pregunta que plantean en Jerusalén, en el momento clave de su revelación mesiánica. El signo de fondo es el denario del tributo, que significativamente Jesús no lleva, no por casualidad (como si hubiera olvidado tomarlo), sino por principio, pues él mismo ha pedido a sus discípulos que anuncien el Reino sin dinero o vestidos de repuesto (Mc 6, 6b-13).

Por eso ha dicho al rico que venda lo que tiene, que reparta lo obtenido entre los pobres, para iniciar un camino en el que deben compartirse casas-campos y relaciones familiares (cf. Mc 10, 17-31). En este contexto fija este relato la relación entre el movimiento de Jesús y el imperio, sobre el fondo de la tensa situación de Palestina (Israel), que desembocará tras unos años (67 d.C.) en una dura guerra contra Roma:

‒ Los defensores del Imperio, tenderán a justificar la economía y política de Roma, pagando unos im-puestos que se entienden como un modo de participar en ese Imperio, en comunión con otros pueblos de aquel tiempo. El denario del tributo constituye una forma de contribuir al orden externo (mundano) de Dios.
‒ Los enemigos del Imperio, entenderán el tributo como atentado contra la sacralidad israelita. Posible-mente, identifican la familia de Dios con el grupo nacional judío y quieren acuñar moneda propia, ava-lada con el nombre de Jerusalén. Por eso rechazan al César y su impuesto. Unos u otros, diga Jesús lo que diga, podrán acusarle: si afirma, le llamarán colaboracionista; si niega, insumiso, anti-romano.

Pues bien, Jesús no defiende la oposición violenta (no pagar, guerra contra Roma), pero apoya el orden de Roma (pagar), pues sabe que le tientan, respondiendo que devuelvan el dinero el dinero al César, si es del César. En principio, podemos suponer que él era contrario al pago del tributo, no sólo por lo que ello implicaba de colaboración con el Imperio, sino también porque ese impuesto estaba al servicio de una economía fundada en el dinero.

En esa línea, su respuesta (¡devolved al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios!) no se puede entender como declaración de guerra contra Roma, pero tampoco como aceptación de su tributo, sino que nos obliga a subir nivel, invitándo-nos a un tipo distinto de comunión humana.

Jesús se sitúa por tanto “fuera de la ley”, no en contra de ella, sino al margen, pues él busca las “cosas de Dios” (cf. Mc 8, 33) más allá del dinero y de la espada, no en un plano de ideales espiritua-listas, sino de relaciones humanas (como indica en otra perspectiva el Sermón de la Montaña: Mt 5-7; Lc 6, 20-46). Las “cosas” de Dios que definen la identidad de su proyecto mesiánico, se sitúan en un espacio de gratuidad y pan compartido, no de dinero y talión, como sabe Mt 5, 21-48: “habéis oído que se ha dicho; yo, en cambio, os digo…”.

¿Es lícito pagar o no? Fariseos y herodianos quieren situar a Jesús ante la alternativa entre el sí y el no, en un plano monetario, en una sociedad campesina en la que apenas circula el dinero, de forma que, para muchos, no existe casi más moneda que la del tributos. Pero Jesús ha superado esa alternati-va. No se trata de pagar o no pagar, sino de situarse en una dimensión más alta de revelación de Dios, es decir, de humanidad solidaria, por encima de una economía y política fundada en la posesión de la moneda. Jesús no acepta el tributo ni lo rechaza, sino que supera ese plano monetario (pagar o no pa-gar), pidiendo que se devuelva a Roma el dinero de sus impuestos, para iniciar de esa manera un ca-mino distinto de evangelio.

Jesús no tiene moneda, y así pide una a sus tentadores. Ellos se la traen, y él la mira, preguntando por la inscripción y la imagen grabadas en ella. Por una parte, él quiere superar el nivel de economía en que parecen situase todos. Por otra parte, él sabe que la moneda tiene valor de curso legal (económico), pero no es profana, en el sentido moderno del término, sino que lleva grabada una imagen del César, que en ella actúa como autoridad religiosa, es decir, como signo de divinidad. También la inscripción (que podía ser “Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto”) tenía carácter sagrado. Según eso, el tributo del César situaba a los hombre ante un “dios” que actúa por interés de dinero (Mammón), y eso Jesús no lo puede aceptar, como ha dicho en Mt 6, 24.

Devolved al César… No combate con armas contra el César, pero tampoco le obedece (no emplea su dinero), sino que sale fuera del espacio de su dominio, para situarse en un ámbito de vida y conviven-cia donde el tributo al César sea innecesario. Aquellos que le tientan están dispuestos a emplear la moneda del César. Pues bien, Jesús les dice que se la devuelvan, de modo que no tengan nada que de-berle, nada que pagarle. No se trata, por tanto, de luchar en guerra contra el César (no pagarle, como pretendían los celotas, para crear después su propio impuesto), sino de devolverle su dinero al César, para que él lo emplee como él quiera, pues el Reino se alcanza y crea con monedas. Jesús no ha caí-do, por tanto, en la trampa que quieren tenderle (pagar o no pagar), sino que propone un camino distin-to: Devolver la moneda al César, darle lo suyo, salir de su imperio económico, para así ocuparse en verdad de las cosas de Dios.

Y dad a Dios lo que es de Dios… Sólo allí donde al César se le devuelve la moneda (sin entrar en cálculos con él) se puede dar a Dios lo que es de Dios, es decir, todo lo que somos y tenemos, inaugu-rando un tipo de vida distinta, en gratuidad, esto es, sin “capital” de imperio, sin la violencia política y económica que simboliza el tributo. Esta propuesta ha de entenderse a la luz de todo el evangelio. Ce-rrada en sí misma, ella podría tomarse como puro enigma, una salida ingeniosa, llena quizá de ironía, pero sin sentido positivo. Pues bien, ella recibe un sentido más preciso a la luz de toda la enseñanza y conducta de Jesús, que no ha querido comprar con dinero los panes y los peces de las multiplicaciones (cf. 6, 37; 10, 17-22; 14, 3-9), sino que ha mandado a los suyos que compartan lo que tienen.

Habían querido tenderle una trampa (pagar el tributo, oponiéndose a los nacionalistas judíos, o no pagarlo, enfrentándose con Roma). Pero Jesús se elevó de plano, sin caer en la trampa de fariseos y herodianos. No dice “sí” (paguen), ni dice “no” (niéguense a pagar), sino algo anterior y mucho más profundo: Apodote (devolvedle) al César lo que es suyo (salid de su campo), a fin de “dar” a Dios lo que es de Dios (para realizar su proyecto en el mundo). Por eso, el texto acaba comentando que se admiraban de él, aunque sus acusadores podrán decir más tarde que él ha ido soliviantando a la gen-te, para que no pague tributos al César, con lo que eso significa en aquel contexto (cf. Lc 23, 2).

Jesús no sataniza al dinero y a su César (contra los celotas), ni lo diviniza (como hace Roma), sino que lo expulsa el ámbito mesiánico, diciendo como ha dicho que lo opuesto a Dios es Mammón, el dinero convertido en “dios” supremo de este mundo (cf. Mt 6, 24), por encima incluso del imperio de Roma y del mismo templo de Jerusalén. En esa línea debemos añadir que tarea y proyecto de Reino es una experiencia y tarea de gratuidad universal, superando el plano del dinero, como hemos visto en Mc 10, 17-31. En esa línea debemos seguir afirmando que el proyecto de Jesús va en contra de la raíz económica y religiosa del Imperio, pues él pide a los suyos que devuelvan el dinero al Cesar, saliendo así de su dominio.

Ciertamente, el mismo Jesús, que ha derribado por el suelo las monedas del templo (es decir, la estructura sacral del judaísmo interpretada como culto a Dios), no condena ni rechaza la moneda del César (no la tira por el suelo), pero hace algo más hondo y peligroso: Sitúa esa moneda, con toda la economía imperial, fuera de su movimiento mesiánico. De esa forma, la expulsa de su comunidad, sin luchar militarmente contra ella, pero situándose en otro nivel, más peligroso para Roma y su imperio económico: Jesús sale de su dominio, queda fuera, no necesita dinero del César .

Devolver la moneda al César significa dejarle que exista, pero sin compartir (mesiánicamente) su proyecto económico, social y religioso, sin emplear su moneda. Jesús no lucha contra el César, sino que le deja a un lado. Este pasaje nos sitúa ante un gesto supremo de “insumisión activa”, iniciando un camino de Reino en el que no exista moneda del César, de manera los hombres no se dominen unos a los otros por dinero. Éste es el proyecto base de Jesús, que después los cristianos han interpretado y siguen interpretando de diversas maneras

La primera, propia de Jesús: Oposición de planos. Jesús ha invitado a devolver el dinero al César, a no utilizar su moneda, a no emplear su economía. De esa manera, sus seguidores han de quedar libera-dos del peso y la carga de todo el proyecto imperial, por lo que deben buscar otros tipos de colabora-ción y comunión económica, en la línea del proyecto de Mc 10, 29-31 (con el ciento por uno), o en la de los sumarios de Hch 2-4. Los hombres del César podrán seguir manejando el dinero y lo que se hace con ese dinero (economía, política, ejército imperial), pero los seguidores de Jesús han de buscar una forma distinta de vivir y organizarse sin dinero.

Los hombres de Jesús deberán concentrarse en las cosas de Dios, viviendo en pura gratuidad, sin utilizar dinero imperial, ni formar parte del ejército de Roma, ni organizar empresas productivas al modo Mammón, pero iniciando alternativas reales de vida, como quisieron los cristianos de Mc 10, 29-31. El dinero imperial (que es propio del César y de su tributo) pertenecería a Mammón (orden imposi-tivo e idolátrico); por eso los cristianos deberán superarlo, para buscar y promover un proyecto y ca-mino distinto de economía en una línea de gratuidad y comunicación personal.

Pero pronto, la Iglesia (al menos una parte de ella), en la línea de Rom 13, 1-9 ha pactado de hecho con el dinero del César, invitando a los cristianos a pagar los tributos. En esa línea podemos distinguir dos planos, sabiendo que uno es superior al otro, pero aceptando en algún sentido ambos. (a) Hay un nivel en el que sigue manteniéndose el tributo del imperio, la economía del César, con todo lo que im-plica en el nivel de la organización externa del mundo. (b) Pero hay un nivel superior, donde no rige ya el tributo, ni la economía de Roma. Ese es el nivel de las «cosas de Dios»; en ese plano espiritual de gratuidad y comunicación de vida deberían mantenerse los auténticos cristianos.

En esa segunda línea (siguiendo la indicación de Rom 13 y de 1 Pedro) los seguidores de Jesús han de buscar en su nivel una economía de comunión y gratuidad, pero aceptando en el nivel externo el tributo de Roma con su economía. Por eso, en un nivel, ellos pagan los tributos (aceptando la autoridad imperial), pero en otro nivel han de buscar (desplegar), en un plano de Iglesia una economía distinta, en línea de pura gratuidad. Ellos viven, según eso, en dos mundos desiguales. (1) En un plano económico-político aceptan el orden imperial, no son guerrilleros luchando contra Roma. (2) Pero el plano de su vida personal y eclesial, como creyentes mesiánicos, buscan y promueven una economía de gratuidad, en línea de evangelio. Aceptan el orden de Roma, como signo de este tiempo “malo”, pero en el fondo buscan y promueven otra economía de gratuidad en Cristo.

En esa segunda línea, bastante pronto, a partir Rom 13, 1-9 y de textos muy significativos como 1 Clemente, ya a de finales del siglo I d.C., algunos cristianos tienden a moverse en ambos planos, no sólo por imposición y por un tiempo, como se suponía al principio, cuando se pensaba que el Reino llega de inmediato, sino por conciencia.

(a) En el nivel de las cosas del César ellos podrán manejar el dinero del César, pagar tributos, contribuir a la creación del Estado.
(b) En el nivel de las «cosas de Dios» (en ámbito de Iglesia) ellos tienden a vivir en plena, compartiendo todos los bienes…

Pero pronto, un modo lógico, ese nivel superior de las cosas de Dios tiende a perder su ca-rácter económico/político, para entenderse en un sentido puramente espiritual, de oración compartida, de adoración interior, dejando así que las cosas del mundo (lo referente al dinero) siga su rumbo, co-mo si no existiera evangelio. Los cristianos vivirían de esa forma en dos reinos totalmente separados. Pero, en contra de eso, debemos añadir que los «proyectos y caminos» de cada uno de esos reinos pueden y deben complementarse, siendo distintos:

Ciertamente, en principio existe autonomía entre los dos niveles. Jesús pide que devolvamos al César su denario, para superar de esa manera su imposición. Pero en un momento posterior los cristianos di-cen que Jesús no ha condenado ese dinero del Imperio, ni lo ha demonizado, ni lo ha convertido en Mamona. De esa forma ellos dejan al César un ámbito propio de vida e influencia, abriendo así un “ra-cionalidad propia” para la política, en el sentido actual del término. Pero, al mismo tiempo, él abre un espacio propio para las cosas de Dios.

En un momento posterior, los que buscan las cosas de Dios, tras “haber devuelto las suyas al César”, han de procurar que el mismo César al que han dado su impuesto (su voto) administre bien su “dominio” al servicio de los hombres, de manera que su “dinero” pueda tender a convertirse (cristianizarse), perdiendo su carácter egoísta, para ponerse al servicio de la gratuidad, es decir, del amor mutuo, aunque sin perder su autonomía racional (económico-política). En ese contexto, por lógica interna de su misma experiencia de evangelio, los cristianos terminan pensando que es bueno pagar un tributo al César, pro-curando que el César lo administre bien, al servicio de todos.

En esa línea, los hombres del César han de procurar que su dinero esté al servicio del bien común y la justicia, como propone la glosa de Rom 13, 1-7, pero sabiendo que hay “cosas de Dios”, de pura gratuidad, que se sitúan por encima del Imperio. En un sentido, esos “hombres del César” deben con-servar su autonomía, de manera que los «hombres de Dios» no impongan sobre ellos algún tipo de sa-grado de un modo dictatorial. Eso significa que hay dos planos o niveles, que se relacional, pero son en principio independientes.

(a) Hay un nivel de racionalidad política, que ha de funcionar de una manera ético, en un plano de justicia conmutativa, al bien de todos los ciudadanos, en la línea del César.

(b) Pero hay, al mismo tiempo, un nivel mesiánico de pura gratuidad, por encima de la justicia conmutativa. Ese nivel de gratuidad no va en contra del nivel del César, pero lo supera, situándose por encima del plano del dinero.

En ese sentido, por impulso del mismo proyecto de Jesús, mientras llega a realizarse plenamen-te su Reino, los cristianos han optado por aceptar la ley del César (del Estado, de la Economía racio-nal), de manera que ella tenga su propia autonomía. No hay por tanto un único principio, sino dos que están coordinados, pero de manera que el dinero del César no se vuelva puro Mammón, sino expe-riencia y tarea de racionalidad económica. En ese mismo sentido decimos que el evangelio no destru-ye la racionalidad del pensamiento filosófico y la ciencia, sino que lo completa y lo respeta, para po-nerlo al servicio del Reino.

Esta coordinación o complementariedad ha permitido el surgimiento de un orden racional autónomo de economía/política, al lado del evangelio, pero ha destacado también la autonomía del evangelio (¡las cosas de Dios!) en su propio plano. Este equilibrio, propio del cristianismo, va en con-tra de otros proyectos de “dominación religiosa total”, como han podido darse a veces en el Islam. Éste doble plano (de las cosas de Dios y de las cosas del César) abre en principio, un camino muy positivo para los cristianos, pero ha suscitado siempre problemas.

Los hombres del César, que manejan el dinero y poder del sistema, en clave de ley, han querido y quieren poner muchas veces las «cosas de Dios» a su servicio, en contra de lo que quiere y dice Jesús. Esta ha sido actitud más normal dentro de la sociedad cristiana de la modernidad, ésta es en el fondo la actitud de un capitalismo actual, que no lucha contra la religión como pudieron hacer los sistemas marxistas del siglo XX, pero que la pone (quiere poner todas las religiones y proyectos hu-manistas) al servicio de su propia dominación económica, bajo un tipo de Mammón. En esa línea, to-da opción religiosa (en este caso, el cristianismo) sería una opción puramente privada, que debería mantenerse en el nivel interior de las personas, pero que no podría aplicarse en un plano social, donde el único poder es el dinero, es decir, la Mammón del César .

Pues bien, en contra de eso, el cristianismo ha querido mantener y ha mantenido siempre la autonomía de “las cosas de Dios”, dentro de un esquema de dualidad: Mientras dura el tiempo de este mundo existen dos principios sociales distintos pero vinculados:

(a) El nivel de las coas de Dios…

(b) Y el de las cosas del Cesar (administración civil de la sociedad).

Eso significa que Jesús no ha “triun-fado”, es decir, no se ha impuesto en el plano social (como sabe y dice Pablo en Rom 1, 3-4), ni ha “conquistado” el imperio de forma mesiánica, como hubieran querido algunos de sus sucesores.
Ciertamente, el Imperio ha matado a Jesús, pero en su nivel sigue conservando un principio de autonomía, de formas que “las cosas del César” siguen existiendo y teniendo un valor junto a las co-sas de Dios.

De esa manera, a lo largo de los siglos, en situaciones muy distintas, los cristianos (y en algún sentido también los judíos) se han sentido vinculados a los dos pasajes que acabamos de evo-car, teniendo que descubrir en su mismo compromiso práctico la posible diferencia que existe entre la mala moneda de Mammón de Mt 6, 24, que es contraria a Dios, y el buen denario del César (que podría ser un impuesto al servicio del orden común de la sociedad) .


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Comentarios
  • Comentario por Emillita 20.10.17 | 14:45

    Otra cosa sería ese polano de la vida de compartir no sólo recursos económinos (bienes), sino también recursos humanos (aquello que cada cual sabe hacer y para lo que se ha preparado). Pero este es el plano de la gratuidad como bien dice Xabier, ajeno por completo al plano económico y político. Si los mezclamos la confusión y la imponderabilidad están aseguradas. Si nos situamos en la gratuidad, volvemos una vez más al plano personal de la individualidad, donde las leyes dejan de ser tiranas. A mi nadie me puede impedir cuidar y darme (entregarme enteramente con lo que tengo y lo que se) a los demás. No hay tributo que pueda impedir que yo done mi vida y mi conocimiento. Y además que lo haga (se sepa o no) por amor al reino.
    Pero nunca, lo repetiré ¡Nunca! podré imponer o forzar la realidad, ni tratar de inclininar la balanza hacia un lado u otro. Jesús dejó claro siempre que su reino no era de este mundo. Y la consecuencia debe ser clara y obvia.

  • Comentario por Emilita 20.10.17 | 14:39

    Impresionantemente complejo. Si no he entendido mal, la postura de Jesús, es salir del plano establecido, no negarlo nhi afirmarlo. Esto, llevado o traido a nuestro mundo actual es, como todo el Evangelio, una postura radical que nadie estaría dispuesto a llevar a su vida, ni jerarcas, ni sacerdotes, ni religiosos/as, ni laicos comprometidos. Para bien o para mal, todos etamos dentro de un sistema económico al que tenemos que tributar y del que recibimos al final de nuestra vida una exigua ayuda que al final nos permite malamente vivir. Pero eso es lo que hay. El sentido evangélico nos impulsa más allá de las conveniencias y de las formalidades del sistema, pero no se si es posible y realista cuando la sociedad humana alcanza edades avanzadas de vida y donde los mayores ya no pueden esperar nada de los más jóvenes que muchas veces (vaya paradoja) viven a costa de sus limitadas pensiones (pagadas por el etado-Cesar-).

  • Comentario por Gonzal Haya 20.10.17 | 10:55

    Interesante esta interpretación de los dos planos. Habría ambigüedad en la respuesta de Jesús si nos quedamos en el plano d la economía humana, pero queda clara la postura de Jesús al mostrar los dos planos. Y estos dos planos corresponden al "ya sí, pero todavía no" del Reino de Dios. Hay ambigüedad si analizamos este episodio con mentalidad estática de principios absolutos inmutables; se resuelve la ambigüedad si lo analizamos con mentalidad histórica y dinámica. El Reino de Dios resulta impracticable hasta que el pueblo alcance una conversión del corazón hacia un amor gratuito e incondicional.

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