El blog de X. Pikaza

Dom 8.10.17. Parábola de los viñadores: Cuidar la viña o subyugarla (matar al heredero)

Dom 27, Mateo 21, 33-45. Esta parábola, llamada de los viñadores, describe la trama de Jesús, desde la perspectiva del Amo y de los Encargados de cuidarla, para compartir los frutos, no para ellos mismos sino para todos. Éstos son sus rasgos principales:

1. Dios (el Amo/Amor) ha puesto la Viña en manos de unos “encargados”, para que la cuiden y compartan sus frutos. Estos encargados no son amos, sino administradores, pero quieren hacerse dueños de ella (dominarla, que es al fin domarla o subyugarla, que es ponerla bajo el yugo, cf. imagen 3: Yugo de Isabel, con flechas de Fernando).

2. La Viña es el pueblo de Israel, pero en sentido extenso es el templo, y puede ser la la Iglesia, la nación (Cataluña, España o Siberia), el Estado, el Mundo entero, con arrendatarios envidiosos convertidos en diosecillos (que se declaran dueños de la viña).

3. Esos encargados en concreto (unos "criados" viñadores) que se sienten dioses son los sacerdotes y gobernantes, poder civil y religioso tanto en aquel tiempo (el tiempo de Jesús), como en éste. Son en un plano las autoridades civiles de Madrid o de Barcelona… y las ONU, con otras invisibles, que no aparecen (mano negra) pero que dominan todo (incluso el Vaticano, si no tiene cuidado Francisco).

4. El impulso de fondo es que los "principados, poderes y dominaciones" (así le llama Pablo, dándoles un tinte demoníaco) gobiernan para sí…, y se queden con la herencia, es decir, con los frutos de la viña, pensando que la viña y los frutos son suyo, por derecho de pernada de poder, no del pueblo…

5. La situación de fondo que Jesús describe es el gran riesgo en que se encuentran las autoridades y el pueblo… Las autoridades porque se pervierten y serán juzgadas,el pueblo (representado por Jesús) porque pueden matarle.

6. Ésta es el panorama, en tiempos de Jesús y en los nuestros... Las autoridades tienden a matar a los inocentes, es decir, a aprovecharse de ellos, que representados por Jesús, pensando que son dueñas de la vida y de la muerte de los hombres. Pues bien, puede llegarles y le llega el gran juicio,si siguen obrando de esas forma.

7. Y queda pendiente el gran tema: ¿Quiénes son verdad los herederos? ¿Qué queda si se mata al heredero (Jesús, los pobres...)? Hay que levantar la voz, Jesús la levantó en Jerusalén, muriendo por hacerlo. Hay que levantar la voz: ¿Cuando llegue el Hijo del Hombre habrá algún tipo de fidelidad sobre la tierra? (El mismo Jesús se pregunta:Lc 18, 8).

Y con esto sigue el tema que he querido explicar comentando el texto de Mateo. Buen domingo a todos.

Primer parte del texto. La parábola (Mt 21, 33-3).

Mt 21 33 Escuchad otra parábola: Había un dueño de casa que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos agricultores y se marchó de viaje. 34 Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a donde los agricultores, para percibir los frutos que le correspondían. 35 Pero los agricultores, agarrando a sus criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. 36 Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. 37 Por último les mandó a su hijo, diciéndose: Tendrán respeto a mi hijo. 38 Pero los agricultores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia. 39 Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.

(Bibliografía y tema complete desarrollado en El evangelio de Mateo. De Jesús a la Iglesia…)


La viña es Israel o, quizá mejor, la obra de Dios en su sentido extenso (el país, el pueblo, la iglesia....), y los “viñadores” aparecen así como encargados de una tarea superior, es decir, de la obra y tarea de Dios, al servicio de todos los hombres. Así entendida, esta parábola se encuentra entrelazada no sólo con la historia de Israel, sino con la vida y destino de Jesús, de manera que ella puede interpretarse como parábola biográfica.

No quiere ofrecer informaciones teóricas, sino hacernos penetrar en el sentido de la obra de Dios y de la muerte de Jesús, utilizando para ello algunos elementos simbólicos bien conocidos del Antiguo Testamento: Había un dueño de casa que plantó una viña... (Mt 21, 33). Este comienzo es una clara referencia al canto de Is 5, 1-7 y quizá una alusión a Gen 2-3: Dios ha puesto a los hombres en el jardín Edén, como viña, para que la cultiven y consigan frutos.

‒ Es una parábola para los administradores de la viña, que, mirados en perspectiva bíblica, eran en tiempos de Jesús los sacerdotes y ancianos (senadores) del pueblo, que aparecerán después como sacerdotes y fariseos (21, 44). La parábola se eleva así en contra de los dirigentes de Jerusalén, en sentido religioso, social y económico, es decir, contra aquellos que triunfan matando a los siervos de Dios, y viven a costa de la herencia de los otros, es decir, de todos. Es una parábola que les recuerda (y nos recuerda) que no son (no somos) dueños absolutos de la viña (de un sacerdocio, rabinato o propiedad sagrada), sino administradores al servicio del cultivo de la tierra de Dios, cuyos frutos han de ser para los pobres, los necesitados

-- La palabra griega es geôrgós (de ge, tierra, y orgeo, trabajar) alguien que labra los campos, como en los idiomas latinos el agri-cultor (que cultiva el agro). Puede aplicarse de un modo especial al viñador (que trabaja la viña, como en nuestro caso). Estrictamente hablando, estos georgoi o trabajadores de la tierra no son unos renteros asalariados en el sentido moderno, pues conforme a la visión bíblica más honda toda la tierra es de Dios (Lev 25, 23), de manera que no se puede poseer ni trabajar como propiedad exclusiva de algunos, sino al servicio del bien común, como he destacado en Fiesta del Pan, fiesta del vino, Verbo Divino, Estella 2005.

‒ La parábola supone que el dueño (Dios, amigo de los pobres) ha enviado a sus siervos para que recuerden a los agricultores, que no son propietarios de la viña, que no pueden hacer lo que ellos quieran con su finca (su dinero, su vino, su imperio…), que son renteros y, por tanto, servidores de una tarea y de una tierra para bien de todos, y en especial de los más pobres. Mc 12, 2-5 contaba la historia de esos enviados de manera más libre y literaria (un siervo, otro siervo, otro siervo…:). Mateo lo hace aquí de manera más monótona, hablando de dos tandas de siervos (24, 34-36), a quienes los renteros hieren, matan y apedrean, como se decía en la historia deuteronomista.

‒ El dueño de casa envió al fin a su hijo, diciendo: “respetarán a mi hijo” (21, 37). Los relatos de este tipo suelen hablar de un tercer intento ya eficaz, para alcanzar lo pretendido. En esa línea, el dueño (Dios) tendría que haber enviado a unos siervos más fuertes que los anteriores, con grandes poderes, para conseguir el objetivo. Pero, de pronto, cuando esperamos que vengan y desplieguen su fuerza, descubrimos que el amo no responde con violencia a los violentos, sino con una debilidad aún más grande, con un gesto radical de no violencia, enviando desarmado a su mismo hijo. Ésta era la última oportunidad, tanto para el dueño como para los arrendatarios, y así lo muestra el mismo texto: hysteron, por fin, envío a su hijo .

El asesinato del Hijo aparece como un hecho temido (¡el mismo Padre dice como vacilando: respetarán a mi hijo!), . Ese asesinato del hijo (del pueblo) se sitúa en la línea de una tradición de violencia, reflejada, de formas diversas, no sólo en el relato de la akedah o sacrificio de Isaac (Gen 22, 1-19), sino también en la figura del siervo/elegido de Is 42, 1 o del justo asesinado de Sab 2, 13-18. Es como si el final de la historia de Israel hubiera quedado pendiente y tuviera que definirse ahora. El amo pide las rentas de un modo paciente, sin apelar a las armas. ¿Qué harán los renteros? ¿Cómo responderá el amo ante lo que ellos hagan?

Es posible que en un primer momento, la parábola hubiera terminado aquí, con la propuesta de este envío del Hijo (21, 37), dejando la respuesta y solución en manos de los oyentes/actores (como en Lc 15, 32, donde ignoramos si el hermano mayor acogerá o rechazará al pródigo que ha vuelto). Entendida así, esta parábola más breve (Mt 21, 33-37) tendría pleno sentido y podría interpretarse como una expresión narrativa y simbólica del destino de Jesús: la historia sigue abierta, el hijo viene, el desenlace pertenece a los actores (renteros y Jesús), pues son ellos los que deben cumplir lo narrado y terminar este relato con su gesto de acogida o con un asesinato, concretando así el sentido de la trama, de manera que sepamos si los renteros seguirán siendo envidiosos y violentos hasta el fin, o si descubrirán que ellos son hijos con el Hijo querido del Amo.

Pero la parábola sigue en 21, 38, añadiendo que los agricultores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia…”, matando de hecho al Hijo (Mt 21, 39-40). E

l tema es la herencia (kleronomía, la riqueza de la nación…), es decir, la adquisición de la viña, que hasta ahora parecía arrendada y que los renteros quieren conquistar por la fuerza, para hacerla propia, matando para ello al Heredero (kleronomos, el pueblo). Quizá ha sido Jesús quien ha formulado ese final, diciendo que los renteros mataron al hijo querido, anticipando así lo que le podría sucederle… Quizá lo ha formulado la comunidad cristiana, diciendo que para adueñarse de la viña los renteros han matado al Hijo Heredero.

2. Interpretaciones: ¡la piedra que desecharon los arquitectos! (21, 40-42).

El autor de la parábola sabe que el asesinato ha llegado al corazón de Dios, pues los renteros (encargados de su obra) han matado a su Hijo, planteando así un tema que va más allá de las fronteras humanas. En esa línea, para destacar el carácter cristológico de la parábola, Mateo ha matizado la forma de contar la muerte del Hijo. Mc 12, 8 afirmaba que le mataron dentro de la viña y que después le expulsaron fuera de ella. Mateo en cambio ha querido que el orden de los hechos responda al relato posterior (Mt 27), donde se supone que los renteros expulsaron primero a Jesús de la viña, es decir, de Jerusalén, entregándole en manos de los gentiles, para matarle luego fuera de la ciudad.

Esta parábola revela el mecanismo central de la historia, mostrando las dos caras de la realidad.

(1) Los agricultores se sienten renteros, es decir, siervos del amo (¡sus esclavos!) y así actúan en un plano de ley (de talión y violencia), para apoderarse de la tierra y volverse propietarios de ella, por la fuerza, matando incluso al hijo, enviado del amor.

(b) Por el contrario, el señor de la casa no apela a la fuerza, ni responde según ley, sino que envía a su hijo desarmado, dejando incluso que le maten, porque en el fondo confía en los hombres y se pone en sus manos. Los renteros tienen envidia de un Dios a quien conciben como propietario legal, y precisamente por eso quieren adueñarse de la herencia, de un modo violento, de forma que lo que debía ser pura gracia (herencia para todos) se convierte en violencia de unos asesinos, que matan al Hijo heredero. La historia de Dios podía haber terminado de esa manera, con la muerte del Hijo. Pero el autor de la parábola sabe que el tema principal sigue pendiente: ¿Qué hará el dueño de la viña…?

MT 21 40 Pues bien, cuando vuelva el dueño de la viña ¿qué hará con aquellos agricultores? 41 Le contestaron: Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros agricultores, que le entreguen los frutos a sus tiempos. 42 Y Jesús les dice: ¿No habéis leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?

La respuesta de los interlocutores de Jesús indica que ellos han entendido la parábola en clave de talión (en contra de lo que él mismo Jesús había proclamado en 5, 38-48). Mateo retoma la respuesta de Mc 12, 8 (¡hará morir de mala muerte…!), pero indicando en que ella no proviene de Jesús (como podía suponerse en Marcos), sino de la gente (21,41: le dicen) que entiende al “dueño” (a Dios) en una línea de justicia de talión. Ésta es la respuesta de aquellos que escuchan a Jesús y responden a su “historia” (a su propuesta de Reino) desde una perspectiva de venganza, queriendo resolver una violencia con otra más grande.

En esa línea se sitúa un tipo de legalidad punitiva, que sigue condenando (aplastando) a los hombres bajo el dictado de una espiral de violencia infinita, porque supone que Dios mismo es violento y que, tras un tiempo de paciencia, en que ha dejado a los violentos que asesinen y maten a los justos, vendrá a manifestarse como vengador incontenible, respondiendo en su mismo plano a los asesinos, destruyendo (asesinando) de un modo implacable a los renteros asesinos, como suponen muchos libros apocalípticos e incluso una teología de línea sapiencial.

(((Así lo he puesto de relieve en Antropología bíblica, Salamanca 2005,¸ interpretando esta parábola desde una respuesta supra-judicial de Dios, en clave de superación de toda violencia. Entendida así, ésta no es una parábola más en la línea de las anteriores (cf. Mt 13), sino una revelación “nueva”, que recoge y reinterpreta (desde un nivel más alto) las parábolas ya comentadas. Los agricultores homicidas actúan en un nivel “sacrificial”: Matan al “hijo” del dueño, para hacerse de esa forma herederos de su tierra, iniciando una espiral de violencias que se suceden unas a las otras. Pues bien, esta nueva revelación de la viña rompe desde Dios ese esquema sacrificial, desenmascarando y superando la historia y trama de violencia de los hombres, como ha mostrado J. Alison, Traversing hostility: The sine qua non of any Christian talk about Atonement, http://www.jamesalison.co.uk/texts/eng75.html, siguiendo básicamente la visión anti-sacrificial de R. Girard (La violencia y lo sagrado, Anagrama, Barcelona 1982). Cf. también R. Schwager, Brauchen wir einen Sündenbock?, Kösel, München 1978.)))

Conforme a esta respuesta (hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros agricultores, que le entreguen los frutos a sus tiempos…), el des-orden anterior se mantendría como estaba, porque los nuevos viñadores seguirían sometidos a la misma presión de violencia de los ajusticiados. Pues bien, en principio (a diferencia de lo que sucede en Marcos, donde las cosas quedan veladas), Mateo ha dejado claro que esta respuesta no es de Jesús, ni de los cristianos, sino de algunos oyentes, pues ella va en contra del Sermón de la Montaña (5, 38-48) y del mensaje universal de Pascua (28, 16-20). Dios no ha querido matar a los asesinos de su Hijo, sino al contrario: les ha ofrecido la gracia del perdón a través del mismo Jesús resucitado.

En este fondo introduce Mateo el pensamiento de Jesús (¿no habéis leído: la piedra que desecharon los arquitectos…?), que aparecía en Mc 12, 12, pero con una diferencia. Marcos entendía ese pensamiento como una reflexión general, mientras Mateo lo presenta como respuesta de Jesús a la propuesta anterior (matar a los homicidas, dar la viña a otros que produzcan y den a su tiempo los frutos). Jesús no critica ni refuta directamente a los que siguen apelando al talión, no les dice que están equivocados, pero les invita a “entender” y aplicar la palabra de un salmo que puede hacerles cambiar de actitud: “La piedra que desecharon los arquitectos…” (cf. Sal 118, 22-23).

Este salmo ha sido citado no sólo en este contexto (Mt 21,42 par), sino en otros muy significativos (Hch 4,11; Ef 2, 20 y 1 Ped 2,7), y en todos se evoca de algún modo la resurrección de Jesús que, habiendo sido condenado a muerte y rechazado, se ha convertido por obra de Dios, en piedra fundacional del nuevo templo mesiánico, no por venganza, sino por gracia más alta. Eso significa ante todo que Dios no ha querido matar a los homicidas, sino abrir un camino distinto (más alto) de humanidad para todos, incluidos los viñadores perversos, por la resurrección de Jesús, pasando así del talión a la gracia creadora. Cf. H.-J. Kraus, Los Salmos I-II, Sígueme Salamanca 1993; L. Alonso Schökel, Salmos I-II, Verbo Divino, Estella 1992.

Jesús no habla para condenar sin más a los sacerdotes y fariseos (como ellos supondrán: 21, 45), sino para que reflexionen y respondan (=cambien de actitud), y lo hace con ese salmo, que cuenta la historia de un hombre que da gracias a Dios porque le ha liberado de una gran crisis o prueba, de manera que aquellos que le acompañan en la oración proclaman “la piedra que desecharon los arquitectos…”. Le habían expulsado, le daban por muerto, pero Dios le ha convertido, de forma maravillosa, en piedra angular del edificio, cimiento o quizá piedra de cierre central del arco.

3. Sentencia de Jesús, piedra de escándalo (21, 43-46).

La sentencia de 21, 43 es propia de Mateo (no se incluye en Mc 12, 1-12 ni en Lc 20, 11-18), y parece ratificar la respuesta de los primeros oyentes (hará morir a esos malvados: 21, 41), pero incluye cambios, que debemos precisar:

Mt 21 43 Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos. (44 Y el que caiga sobre esta piedra será hecho pedazos; y aquel sobre el que caiga esta piedra quedará desmenuzado). 45 Y los sumos sacerdotes y los fariseos, oyendo sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. 46 Y trataban de apresarle, pero tuvieron miedo de la gente porque le tenían por profeta.

Jesús no dice “os hará morir” (como sentenciaba la gente: 21, 41), sino se os quitará al Reino de Dios, que había sido confiado a las autoridades de Jerusalén, que no han respondido, ni aceptado a su Mesías, como indicaba ya la perícopa del templo y de la higuera (21, 12-22). Por eso, para bien de todos, y especialmente de los sacerdotes y fariseos, ellos (sacerdotes y ancianos) han de ser privados de la autoridad sobre el Reino, pues si quedara en sus manos se condenarían y destruirían a los otros.

Esta sentencia no dice que las autoridades de Jerusalén (sacerdotes, ancianos, fariseos…) serán ajusticiadas (que morirán en este mundo, o que se condenarán después para siempre), sino sólo que se les quitará su autoridad (reconocida todavía por los cristianos de Mateo para los escribas y fariseos en 23), de manera que ya no serán representantes y portadores de la obra de Dios, sino que perderán su privilegio (el don de dirigir a los demás, como pueblo elegido) y no serán ya portadores de la promesa del reino. Leída así, esta sentencia no implica ninguna novedad respecto a lo anterior, sino que lo ratifica: Las autoridades de Jerusalén no son ya, en cuanto tales, representantes y portadoras privilegiadas del Reino de Dios .

La segunda frase (y se dará a un pueblo que produzca sus frutos) se parece a lo que proclamaba la gente en 21, 41 (arrendará la viña a otros agricultores, que le entreguen los frutos a sus tiempos…), pero se sitúa en un plano distinto.

(a) Según la visión de la gente, todo seguiría igual, pues lo único que cambiaba era el grupo o pueblo al que se arrendaba la viña (con ekdidomi, lo mismo que en 21, 33); seguiríamos así en un nivel de arrendamiento de ley, no de gratuidad, según el evangelio.

(b) Ahora en cambio no se habla de arrendar la viña, sino de darla, esto es, de regalar gratuitamente el Reino, pasando de un régimen de arriendo salarial al de la donación. Más aún, ese Reino no será dado para unos agricultores (georgoi) asalariados, con deseos de vencer y de imponerse sobre otros, sino a un pueblo (ethnos) distinto.

Jesús no enfrenta así a unos agricultores antiguos (poco fieles) a unos nuevos que serían fieles (obreros cristianos de la viña: cf. 9, 38), sino a un pueblo nuevo, que produzca gratuitamente los frutos del Reino. Conforme a la visión de Mateo, este nuevo pueblo es la Iglesia mesiánica, que no se opone a Israel en cuanto tal (Mateo supone que los judíos pueden formar y forman parte de ese pueblo), sino a sus autoridades (sacerdotes, ancianos…), es decir, a su forma de entender los frutos como posesión que ellos pueden y deben defender incluso con violencia (matando al heredero, para convertirse en dueños impositivos de la viña). Jesús no condena a Israel, ni quiere su destrucción, sino al contrario: que triunfe y se extienda el verdadero Israel del Reino, y por eso se opone a los sacerdotes y escribas (fariseos) de Jerusalén.

Interpolación

Desde aquí se entiende la posible interpolación del verso 21, 44: Y el que caiga sobre esta piedra será hecho pedazos…:

Muchos exegetas opinan que este verso no formaba parte del original de Mateo (cf. NTG pag 61; Metzger, Textual 58). Pero las razones que aducen no son del todo convincentes: dicen que este pasaje rompe el argumento de Mateo, culminado ya en 21, 43; y así añaden que habría sido incluido en un momento posterior, a partir de Lc 11, 18, donde esa cita, tomada libremente de Is 8,14, se insertaba de un modo lógico a continuación de Sal 118, 22-23, ofreciendo un único pensamiento, desde la perspectiva de Jesús, entendido como piedra de rechazo y escándalo. Pero en ese caso Mt 21, 44 debería ir tras 21, 42, como en Lucas. Por otra parte, las dos formas de la cita (en Mt y Lc) no concuerdan al pie de la letra, como se esperaría si Mt la hubiera tomado de Lucas. Por eso, con las cautelas pertinentes, me inclino a pensar que Mateo ha querido introducir aquí este pasaje, para ofrecer una versión distinta del tema de Jesús como piedra. Omiten ese verso P 104vid, D, 33, it (a, b, d, e, ff1, ff2, r1), Sy-S, Or, EusSyr, mae-2, Tis, Gre, Bois, Bal. Lo mantienen: 01, B, C, L, W, X, Z, Q, 0102, f1, f13, 372, 579, 700, 892, 2737, Maj, Lat (aur, c, f, g1, h, l, q, vg), Sy-C, Sy-P, Sy-H, Co, arm, geo, DiatessArabic. Por argumentos textuales, resulta difícil inclinarse por una postura o por otra. Cf. Wilker, Textual.

‒ Una piedra de muerte. Ese texto (el que caiga…) proviene de Is 8, 14-15, aunque puede y debe compararse con otros pasajes, que han debido preocupar a la comunidad de Mateo (y no sólo a ella, como muestra Lc 1, 8). Is 8, 14-15 dice que el Señor (Yahvé), que actúa desde el templo, será una piedra de tropiezo para Israel, una roca de escándalo para el morador de Jerusalén, de manera que muchos tropezarán, caerán y serán quebrantados. En el fondo de esa imagen está el motivo de la piedra que cae y destruye: El mismo Dios que debía ser principio de estabilidad, de confianza y vida, se convierte para aquellos que le rechazan en piedra de muerte (como ha repetido la tradición cristiana: cf. Rom 9, 22; 1 Ped 2, 7).

‒ Piedra (lithos) de muerte no roca (petra) de cimiento (a diferencia de 16, 18). El Dios del templo debía ser fuente de gracia, bendición y paz para los habitantes de Israel y de Jerusalén. Pero, a causa del pecado, él ha venido a convertirse en piedra de tropiezo, y lazo de cazador, como sigue diciendo el texto de Isaías, aunque Mateo no evoca ese nuevo tema, pues a él sólo le interesa el motivo de la piedra que aplasta (si cae sobre uno) y que desmenuza (si uno cae sobre ella, como sobre una piedra de molino). Mateo insiste en el sentido y función de la buena roca, ligada a la confesión de Pedro, en contra de los jerarcas de Jerusalén que acaban siendo representantes de una piedra destructora .

Mateo toma la cita de los LXX, pero la adapta a su contexto, a partir de la imagen de la piedra desechada de Sal 118, 22-23. Es evidente que ese tema evoca otros motivos poderosos de la tradición bíblica, como Dan 2, 34-35. 44-45 (la piedra desprendida del monte de Dios que destruye los reinos del mundo), pero aquí se vincula de un modo especial con la piedra desechada y convertida en cabeza de ángulo de la cita anterior. Aquellos que no quieren aceptar esa piedra de Jesús corren el riesgo de quedar destruidos.

Mateo insiste pues en los dos motivos de la piedra (lithos) por un lado rechazada (21, 42) y por otro destructora (21, 44). Pero lo hace separando ambos versos y poniendo en medio de ellos la gran promesa de que el Reino se dará a un pueblo que produzca sus frutos (21, 43). De esa manera se vinculan y distinguen estos rasgos:

La misma piedra que es cimiento o cabeza de ángulo para aquellos que aceptan a Jesús (pueblo que produce su frutos) puede convertirse en piedra de escándalo y destrucción para aquellos que le rechazan, quedando aplastados o desmenuzados por ella.

Entendidas así, estas piedras (lithoi) ) de Jesús deberán verse unidas al petros/piedra y a la petra/roca de la confesión mesiánica de Simón Pedro, en su doble función de cimiento eclesial (16, 18) y escándalo (16, 23). Pues bien, ahora el “escándalo” o principio supremo de discernimiento es Jesús, roca-cimiento del nuevo edificio de Dios, que puede convertirse en piedra de destrucción para aquellos que no le aceptan .

Entendido así, éste es un pasaje de fundamentación y discernimiento, de edificación y posible caída/destrucción. Mateo nos sitúa de esa forma ante el misterio de la gracia que puede convertirse en signo de desgracia para aquellos que no la aceptan, como indican los versos finales (21, 45-56) donde se dice que lo sacerdotes y fariseos reaccionaron con violencia ante esa palabra de Jesús (que suponen dirigida a ellos), y así quieren matarle, como seguirá mostrando el evangelio.

La misma gracia, cuando es total, puede convertirse en abismo de condena para aquellos que no la aceptan, una condena que no viene de Dios, sino de la elección equivocada y mentirosa de los hombres, a pesar (en contra) de la gracia universal de Dios en Cristo. Sin posibilidad de condena tampoco se podría hablar de salvación gratuita de Dios.


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