El blog de X. Pikaza

Suicidio de Judas ¿una muerte digna? (Mt 27, 3-10).

11.09.17 | 20:54. Archivado en Jesús, personajes, Pascua

En las dos semanas pasadas he tratado tres veces del suicidio, con amplia y variada respuesta de amigos, colegas y lectores. El tema suscita divisiones, y es bueno que las haya, pues sólo tengo una palabra de “fe” (de mi fe y de mi esperanza cristiana) sobre el tema, sin sentar cátedra ninguna.

Algo más he trabajado sobre el suicidio de Judas, pues he debido estudiar el texto de Mateo (y el paralelo/contrario del libro de los Hechos) en mis largos años de enseñanza de Biblia, y en la preparación de mi Comentario de Mateo (Verbo Divino, Estella 2017) que anda ya por lo mercados de las librerías.

En ese contexto y desde ese fondo de estudio de Judas he debido preparar con cierta seriedad el tema, y así lo presento, no para definir ni zanjar algún tipo de disputa, sino para situarnos mejor ante el misterio de la libertad humana y del posible pecado, en unas circunstancias en que la mayoría de los curiosos actuales abogaría por Judas y no por Jesús, pues podía tratarse de un caso de terrorismo y es necesario delatar a los sospechosos antes las autoridades.

Siga quien quiera situarse quizá algo mejor ante el tema. Evidentemente, no adelanto conclusiones. Podrá verlas quien siga hasta el final.

Un texto enigmático, con un paralelo en Hechos. El campo de la sangre

Entre los dos procesos de Jesús (ante el Sanedrín y ante Pilatos) ha introducido Mateo esta perícopa sobre Judas, cuyo destino resulta narrativamente esencial para su evangelio. Tras el final de Pedro, que niega pero llora (se arrepiente y retoma después el camino del discipulado: cf. 26, 69-75), Mateo ofrece aquí el desenlace de la trama de Judas, que nos ayuda a interpretar mejor la obra de Jesús y su camino, desde una perspectiva israelita:

Mt 27 3 Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que era condenado, habiéndose arrepentido, devolvió las treinta piezas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, 4 diciendo: He pecado entregando sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿Qué tiene que ver eso con a nosotros? ¡Allá tú! 5 Entonces, arrojando las piezas de plata en el templo, salió de allí y marchándose se ahorcó. 6 Los sumos sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No está permitido echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre. 7 Y, realizando una consulta, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros. 8 Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo de sangre. 9 Así se cumplió lo que anunció el profeta Jeremías, diciendo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, 10 y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor.

((Cf. Brown, La muerte II, 1394-1418; B. Gärtner, Die rätselhaften Termini Nazoräer und Iskariot, H.Soed 4, Uppsala 1957; H. L. Goldschmidt, Das Judasbild im Neuen Testament aus jüdischer Sicht, en Heilvoller Verrat? Judas im Neuen Testament, KBW, Stuttgart, 1976, 9-36; M. Limbeck, Das Judasbild im Neuen Testament aus christlicher Sicht, en Ibid. 37-101;W. Klassen, Judas. Betrayer or Friend of Jesus?, Fortress, Minneapolis 1996; H. J. Klauck, Judas – ein Jünger des Herrn, QD 111, Freiburg 1987; Judas der Verräter? Eine exegetische und wirkungsgeschichtliche Studie, ANRW 26/1 (1992) 717-740; H. Maccoby, Judas Iscariot and the Myth of Jewish Evil, Free Press, New York 1991; W. Popkes, Christus traditus. Eine Untersuchung zum Begriff der Hingabe im NT, ATANT 49, Zürich 1967; G. Schwartz, Jesus und Judas, Kohlhammer, Stuttgart 1988))

El desenlace de Judas ha preocupado al NT que lo presenta en dos versiones, distintas pero convergentes, unidas por el tema del “campo de sangre”. Quizá la más antigua es la de Lucas, en el libro de los Hechos, contada por Pedro en su primer discurso “pascual”, antes de restablecer el grupo de los Doce:

Era uno de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio. Éste, pues, compró un campo con el precio de su iniquidad, y cayendo de cabeza, reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. Y esto fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén de forma que el campo se llamó en su lengua Hakeldamaj, es decir: Campo de Sangre (Hch 1, 17-19).

Conforme a esta versión, el mismo Judas, con las treinta monedas de su traición, compró un campo en el entorno de Jerusalén, como heredad entre los hijos de Israel, para vivir tranquilo, ratificando así el valor originario de la tierra (identidad israelita), vinculándose a ella, en contra de Jesús que habría puesto en riesgo la identidad e independencia de Israel. Quiso vivir seguro, pero cayó de cabeza (prênês) en la heredad que había comprado, despeñándose por ella.

Ese terreno que Judas compró suele situarse en el entorno de Jerusalén, quizá en la zona del valle de la Gehenna, con bruscos desniveles, por los que él habría caído, reventándose por medio y regando la tierra con su sangre, lo que explicaría el nombre del terrno (campo de sangre), vinculado en general con el Tophet, lugar de infausta memoria donde se realizaban los sacrificios humanos en tiempo de los reyes (cf. 2 Rey 23, 10; Is 30, 33; Jer 7, 31).Parece que Lucas (la tradición que está en el fondo de Hch 1, 15-20) ha pensado que, tras haber entregado a Jesús, la vida de Judas no tiene más recuerdo o salida que la muerte.

Según este relato de Lucas en Hechos, Judas no se arrepintió, ni devolvió el dinero,
sino que murió víctima de su codicia, despeñándose en la propiedad que habría comprado con el precio de la sangre de Jesús, pensando hacerse rico con ella, sin saber que derramaría allí su sangre. El nombre de esa propiedad significa en arameo Campo de Sangre, y se vincula no solo con la sangre de los antiguos sacrificios humanos que, según la Escritura, habían traído la ruina sobre Jerusalén, sino con la de Jesús y en especial con la de Judas

((Cf. J. Day, Molech: A God of Human Sacrifice in the Old Testament, Cambridge UP 1989; G. C. Heider, Cult of Molek: A Reassessment, JSOT SupS 43, Sheffield 1985)).

Mateo: Arrepentimiento de Judas

Mateo retoma esa tradición de fondo, pero lo hace de una forma distinta, desde su perspectiva histórico-teológica, insistiendo en el arrepentimiento de Judas y en la hipocresía de los sacerdotes, que “negocian” con las treinta monedas de la traición. Éstos son los elementos de fondo de esa historia, que nos permiten penetrar en la durísima trama de la vida humana:

‒ Hay en el entorno de Jerusalén una propiedad llamada Campo de Sangre (Hakeldamaj), nombre que era probablemente anterior, pero que la tradición cristiana ha vinculado de un modo profético (simbólico), con el dinero de la venta de Jesús y el destino de Judas, que habría muerto allí. Es muy posible que ese campo hubiera sido desde tiempo antiguo un cementerio (o lugar vinculado a sacrificios humanos), como indica el nombre, pues Hakeldamaj puede significar también campo de los muertos.

‒ La tradición ha conservado la memoria de una muerte trágica de Judas, sea por accidente, sea por suicidio, y la ha vinculado con el hecho de que él había entregado a Jesús, interpretando probablemente su muerte como castigo de Dios por lo que había hecho (traicionar al mesías). De todas formas, ni Lucas ni Mateo afirman que esa muerte haya sido un castigo, ni que Judas se haya “condenado eternamente” (como indicamos ya al comentar la palabra de Jesús: “más le hubiera valiera que no haber nacido” (cf. Mt 26, 24).

‒ Tanto Lucas como Mateo interpretan esa tradición desde su perspectiva teológica. Lucas la utiliza para justificar la renovación del grupo de los Doce, disminuido por la falta de Judas (con el nombramiento de un sustituto), es decir, en clave eclesiológica, suponiendo así que la muerte de Judas sucedió muy pronto, antes de la constitución de la Iglesia, con sus Doce puntales, añadiendo que la falta de Judas fue suplida por la inclusión de Matías, para completar el número de apóstoles. Mateo, en cambio, recrea esa tradición en sentido ético/mesiánico, para expresar (reinterpretar) el impacto y sentido de la muerte de Jesús (sin completar el número doce, pues la nueva Iglesia empezó con los once de 28,16-20).

Teniendo eso en cuenta podemos comentar algunos elementos de la narración de Mateo, recordando que ella aparece como ejemplo de la suerte que puede recaer sobre aquellos que entregan a otros, pero añadiendo que él no insiste en la condena “eterna” de Judas, ni le presenta en ningún momento como tipo de los judíos traidores, en contra de una tradición cristiana que ha tendido a verle de esa forma, pasando por alto el hecho de que Jesús, Pedro y Pablo son tan judíos como Judas.

No tenemos razón para pensar que Judas fue desde el principio un traidor. Todo nos permite pensar que él aportó algo importante a la comunidad de Jesús, y que lo hizo con buenas intenciones, integrándose en un grupo del que formaban parte personas de diversa procedencia y mentalidad, para colaborar al servicio del Reino. Pero un día la opción de Jesús le pareció desviada, pues iba en contra de su propia identidad israelita, teniendo que oponerse por honradez a ella.

Judas fue quizá quien vio más claro

Quizá podamos y debamos decir con asombro que Judas fue aquel que vio más claro entre los seguidores de Jesús, aquel que descubrió (mejor que nadie) que la opción de Jesús (siendo profundamente israelita) iba en contra de un tipo de interpretación y vivencia histórica de Israel, en la línea de lo que será más tarde (II-III dC) el Israel normativo (rabínico, eterno). En ese sentido podemos y debemos afirmar que fue un adelantado, alguien que vio cosas que otros no veían, pues probablemente se hallaba más cerca de Jesús y, precisamente por eso, era capaz de captar más claramente sus riesgos. Es posible que él quisiera mediar entre Jesús y los sacerdotes, pero su misma historia (el destino de Jesús) le mostrará que esa solución no era posible.

(En esa línea puede tener parte de verdad la tradición del Evangelio Apócrifo de Judas, conocido por algunos Padres de la Iglesia (Ireneo, Hipólito, Pseudo Tertuliano, Epifanio de Salamina), y “redescubierto” en Egipto, siendo guardado, vendido y revendido y, por fin, presentado y publicado, con gran aparato propagandístico, el año 2007, por R. Kasser, M. Meyer y G. Wurst, The Gospel of Judas, together with the Letter of Peter to Philip, James, and a Book of Allogenes from Codex Tchacos, National G., Washington DC, 2007. Según esa tradición, Judas habría iniciado a Jesús en la comprensión más honda de la revelación de Dios. Cf. F. García Bazán, Evangelio de Judas. Edición y Comentario, Trotta, Madrid 2007;F. Bermejo, El evangelio de Judas, Sígueme, Salamanca 2012)).

Miradas las cosas desde esa perspectiva, deberíamos afirmar que el tema del dinero (las treinta monedas) funciona como un tipo de tapadera (pues el final nos muestra que él quería algo más que dinero). Desde ese fondo comentamos algunos rasgos del remordimiento y destino trágico de Judas:

‒ Arrepentimiento sin posible enmienda. Entonces Judas, viendo que Jesús era condenado… (27, 3). Esta reacción parece indicar que él no esperaba que los sacerdotes reaccionaran de esa forma, y entregaran a Jesús en manos de Pilato, para que le crucificara. A su juicio, esa entrega implicaba ya la muerte de Jesús, pues los sacerdotes le expulsaban de la comunidad israelita, y Pilato no tendría más salida que matarle. Eso significa que, según Judas, la suerte de Jesús estaba echada, de manera que no tuvo que esperar, ni acudir al juicio, ni pedir clemencia… Estaba decidida la muerte de Jesús, y así su vida (la de Judas) no tenía ya sentido.

‒ Arrepintiéndose… (27, 3). No se arrepiente de lo que ha hecho (de haber entregado a Jesús en manos de los sacerdotes), sino de las consecuencias de su gesto (que Jesús haya sido condenado por los sacerdotes, sin algún tipo de entendimiento con ellos). La palabra aquí empleada, arrepintiéndose (con metamélesis, de metameleomai) suele oponerse a otra que tiene un sentido parecido (de matanoeô, convertirse). La metanoia implicaría una conversión real (cf. 3, 2; 4, 17), mientras la metamélesis de Judas supondría sólo un remordimiento interior, sin consecuencia externa. Pero esa distinción no puede mantenerse. La metamélesis de Judas implica verdadera conversión o transformación (al menos en principio), como seguiré indicando.

‒ Quiso devolver las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a ancianos, diciendo: He pecado entregando sangre inocente… (27, 4). Fue a devolver (con el verbo strephô) externamente, el dinero de Jesús, confesando su pecado: “He entregado sangre inocente” (sin culpa). De esa forma indica Judas que él no quería que condenaran a Jesús a muerte, desmarcándose así de los sacerdotes y ancianos en los que había confiado, queriendo deshacer lo hecho para retornar de nuevo a Jesús. Eso significa que él había confiado en las dos partes: en los sacerdotes a quienes ahora intenta devolver el dinero, invirtiendo la mala acción realizada; y en Jesús a quien presenta como “sangre inocente” (haima athôon), en palabra de inmensa carga teológica.

‒ Pero ellos dijeron: ¿Qué tiene que ver eso con a nosotros? ¡Allá tú! (27, 4). Judas puede arrepentirse y lo hace; los sacerdotes no, de forma que abandonan a Judas, y le dejan sólo ante su destino, como si ellos no tuvieran responsabilidad en el asunto. Mateo ha venido presentando a Jesús como aquel que “salvará a su pueblo de sus pecados”, es decir, les perdonará (cf. 1, 21; 26,28). Pues bien, en contra de eso, los sacerdotes y ancianos de Jerusalén no sólo mantienen su pecado (¡no lo reconocen!), sino que abandonan a Judas, su aliado anterior, dejándole sin salida alguna, en medio de su pecado. Éste es uno de los textos más duros de Mateo: la confesión práctica de la incapacidad de conversión y perdón de los sacerdotes y ancianos.

‒ Suicidio: Entonces, arrojando las monedas de plata en el templo, salió de allí y marchándose se ahorcó (26, 5). La frase empieza con un “kai” (y) que puede tener un sentido temporal (después), pero también consecutivo (por eso). Judas no se ahorca por haber entregado a Jesús en manos de los sacerdotes (de lo que está arrepentido, como ha señalado el texto), sino por el rechazo de los sacerdotes y ancianos de Jerusalén. Ha negociado con ellos, buscando quizá la mejor solución para Jesús, pero ahora descubre que le han traicionado, condenándole a Jesús a muerte y desentendiéndose de él (de Judas). Partiendo de aquí puede entenderse mejor la opción de Jesús y la de Judas.

Judas, un suicidio digno

‒ Sacerdotes y ancianos carecen de perdón (y de arrepentimiento,
y de suicidio digno)
. Ellos no pueden cambiar, ni sufren por lo que hacen, ni tienen dudas, son perfectos en su decisión. No pueden volverse atrás como quiere Judas, ni reconsiderar el destino de Jesús, y plantearlo quizá de otra manera, pues no admiten para él más salida que la muerte (que sea condenado, para seguir viviendo ellos). Estos sacerdotes y ancianos han petrificado la religión, al servicio de su poder, mostrándose inflexibles ante de Jesús, a quien han condenado ya, y ante Judas, a quien abandonan tras haberle utilizado, no queriendo (no pudiendo) ofrecerle ningún tipo de ayuda. Mateo está condenando aquí, ante todo, a los sacerdotes y ancianos de Jerusalén, por su forma de utilizar y abandonar a Judas.

‒ El destino de Judas no es sólo cuestión de dinero. Ciertamente, él ha negociado con los sacerdotes y lo ha hecho por “treinta monedas”. Pero al final, ante la condena de Jesús, descubre que las monedas no sirven, no las quiere, pues la vida y muerte de Jesús no es dinero. Por eso quiere devolver las monedas y, viendo que los sacerdotes no las aceptan, las arroja en el templo, cerrando así un círculo monetario que había comenzado en 21, 12-13, cuando Jesús arrojaba por el suelo las monedas de aquel mismo templo, porque servían para robar y comprar/vender la vida de hombres; siguiendo a Jesús, también Judas arroja en el suelo del templo las monedas que han servido para vender a su maestro. Ciertamente, en teoría, él podía haber dado esas monedas a los pobres, como dijo Jesús al joven rico (19, 16-22), para seguir a Jesús…, o podía haberlas empleado para ungirle, como la mujer de la casa de Simón Leproso (cf. 26, 6-13); pero él no ha entendido a Jesús de esa manera y por eso “devuelve” el dinero de su venta al templo, pues no le queda ya ningún camino de vida en la tierra.

‒ Un suicidio digno. Tras devolver el dinero, sabiendo que Jesús ha sido condenado, Judas no tiene más salida “humana” que el suicidio, pues “más le valiera no haber nacido” (26, 24). Ese suicidio no se puede interpretar desde la nueva experiencia cristiana de la gracia radical de Jesús que todo lo perdona, sino desde una perspectiva de Antiguo Testamento donde se pensaba que ante algunas acciones, situaciones y equivocaciones no existe mejor solución que matarse. En este línea se entienden algunos suicidios bíblicos, como los de Abimelec (Jc 9, 54), Sansón (Jc 16, 30), Saúl (1 Sam 31, 4-5), Ajitófel (2 Sam 17, 23), Eleazar (1 Mc 6, 4), Tolomeo Macrón (2 Mac 10, 13) y Razis (2 Mac 14, 42-46), que en general no han sido condenados (a pesar de la reflexión que realiza Sara en Tob 3, 10, que nos sitúa ya en otro contexto).

‒ En la línea de Ajitófel. El personaje más cercano a Judas es Ajitófel Gilonita, quizá abuelo de Betsabé, la mujer que David “tomó” (robó) de Urías (como se deduce uniendo 2 Sam 11, 3, con 23, 34), de manera que su relación con David resultaba, al menos, ambigua. Él aparece como consejero suyo (2 Sam 15, 12), pero, al mismo tiempo, dirige la rebelión de Absalón, hijo rebelde, aunque no logra que siga sus consejos, fracasando en el intento, como indica con toda precisión 2 Sam 15-17. Pues bien, cuando descubre que su plan no ha triunfado y que Absalón ha muerto (venciendo otra vez David), Ajitófel se ahorca, por honor (¡no puede dejar que le ajustician!) y por dignidad (¡un fracasado no puede vivir!). En la línea de Ajitófel se iluminan ciertos rasgos de nuestro relato, de forma que el suicidio de Judas aparece como una confesión de radical “impotencia”, pero también de dignidad: él reconoce al matarse que su vida en el mundo no tendría ya sentido, pues en perspectiva humana, inmerso en la contradicción de su gesto, entre los sacerdotes-ancianos de Jerusalén y su propia visión de Jesús, no hay más salida que la muerte.

((En línea literaria, cf. G. Perednik, Ajitofel, Galerna, Buenos Aires 1988. En línea histórico-crítica, cf. S. Seiler, Die Geschichte von der Thronfolge Davids (2 Sam 9-20; 1 Kön 1-2): Untersuchungen zur Literarkritik und Tendenz, BZAW 267, Berlin 1998. Visión de conjunto en A. Alvarez Valdés, ¿Qué sabemos de la Biblia? Nuevo Testamento, San Pablo, Buenos Aires 2007)).

Judas, un cruce de caminos.

A diferencia de Lucas (cf. Hch 1, 16-20), que ha contado la muerte de Judas como anécdota circunstancial (consecuencia de un destino fatídico), explicándola a través de una especie de talión intrahistórico (¡por caída casual en el campo comprado con el dinero de la venta de Jesús!), Mateo entiende esa muerte como signo y consecuencia de una contradicción que Judas no ha sabido resolver, a diferencia de Pedro, que no se mata, sino que llora tras la negación (cf. 26, 69-75), elevándose por el arrepentimiento y el perdón a la gracia del evangelio:

‒ Judas pertenece a un Antiguo Testamento de sacerdotes y ancianos sin perdón, que no le acogen ni le abren un camino de salida, sino que le dejan encerrado en su dinero (treinta monedas), es decir, en su propio pecado, que él no puede (no sabe) resolver, en la línea propuesta por Jesús en su evangelio (cf. 1,21; 9, 5-6; 26, 28). Al no encontrar camino de perdón, inmerso en una situación irremediable (¡la muerte de Jesús!), no tiene más remedio que morir (matarse), en un gesto de suicidio honroso, resolviendo de algún modo su culpa (Terminología de E. Durkheim, El suicidio, Schapire, Buenos Aires 1965).

‒ Significativamente, según Mateo, Judas muere (se ahorca) antes de la muerte-pascua de Jesús. Por eso, su “pecado” no se puede interpretar desde el evangelio, pues no ha culminado todavía el despliegue de la gracia de Jesús. Judas pertenece a un Antiguo Testamento (un Israel) que no ha llegado a descubrir la novedad de Cristo, de manera que humanamente hablando no tiene otra salida que seguir matando (como harán los sacerdotes y ancianos) o matarse a sin mismo (como él hará). Según Mateo, este Judas queda “recuperado” por su arrepentimiento (suicidio), pero no en un sentido cristiano, sino humano y quizá israelita, perdiendo así la posibilidad de entrar en el Reino de los cielos, según la clave de Jesús (en la línea de 11, 11). Pero eso no significa en modo alguno que él haya sido eternamente condenado, como a veces se ha dicho en contra de una lectura radical del evangelio de Mateo.

‒ La solución de los sacerdotes, un cementerio (27, 6-10).

A diferencia de Judas, los sacerdotes no se arrepienten ni suicidan, sino que mantienen su condena de Jesús y encuentran una forma de “blanquear” el dinero de la traición, retomando el motivo del “campo de sangre” (=cementerio) que aparecía en Hch 1, 17-18. Es posible que el suicidio de Jesús tenga, como he dicho, un fondo histórico, pero Mateo lo cuenta con una finalidad etiológica (explicar el nombre del Campo de Sangre) y parenética (insistir en el pecado de los sacerdotes). Éstos son algunos de sus presupuestos:

‒ No quieren las monedas para el templo: “Los sumos sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No está permitido echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre” (27, 6). Judas ha arrojado las treinta monedas en el templo, un lugar de sacralidad ambigua, por no decir negativa, intentando así liberarse de ellas (son precio de muerte). Evidentemente, los sacerdotes deben recogerlas, y darles un uso que responde a su visión de la santidad. Ellos, que no han dudado en acudir a medios falsos para condenar a Jesús (cf. 26, 69-60), parecen ahora cuidadosos, amigos de la legalidad, en lo referente al dinero de la entrega de Judas. Ellos son, según Mateo, unos hipócritas: ¡Condenan a muerte a Jesús, y sin embargo quieren presentarse como limpios ante el uso del dinero que han pagado a Judas por su entrega! ¡Han convertido el templo en cueva de bandidos (21, 13), pero quieren fingir que son moralmente intachables! En ese contexto, la “suerte” de esas monedas es un símbolo del juicio de Jesús, y del judaísmo de templo.

‒ Un primer tema es el cementerio. “Y, realizando una consulta, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo de sangre” (27, 7-8). Parece claro que el entorno de Jerusalén había un cementerio de extranjeros, es decir, para judíos que venían de otros lugares, y no tenían enterramiento propio en la ciudad (y quizá también para gentiles muertos). Los mismos sacerdotes y ancianos, que eran fáciles en matar (¡acababan de condenar a Jesús), eran puntillosos a la hora de enterrar a los muertos, y por eso mantenían a costa del templo un cementerio para personas que carecían de sepultura, y quizá también para condenados a muerte, y para impuros, un lugar como podría ser aquel donde enterrarán a Jesús, aunque Mt 27, 57-61 ha “embellecido” la tradición de su sepultura.

‒ El segundo tema es “hasta el día de hoy” (una indicación temporal que reaparece en 28, 15). De esa manera, al afirmar que ese cementerio existe y se llama así “hasta el día de hoy” (es decir, hasta el tiempo del evangelista, en torno al 85 dC), Mateo está elevando una afirmación de doble sentido. (a) Los judíos de línea sacerdotal pueden afirmar que han empleado cuidadosamente el dinero de la entrega de Jesús para un fin que es humanitario (enterrar a los muertos). (b) Los cristianos pueden contestarles que ese cementerio, que lleva el nombre de campo de sangre, sigue anunciando hasta el día de hoy su pecado, pues los sacerdotes lo han comprado con el precio de la sangre de Jesús. Es claro que en tiempos de Mateo seguía existiendo la disputa; y que algunos cristianos acusaban a un tipo de judíos diciéndoles, como Jesús, que ellos mataban primero y después construían monumentos (cementerios) a los muertos (cf. 23, 29-33).

‒ Así se cumplió lo que anunció el profeta Jeremías…
(27, 9-10). Mateo vincula aquí, bajo el nombre de Jeremías dos o tres citas bien conocidas de la tradición bíblica: Una de Zac 11, 12-13 LXX, que habla de las treinta monedas, como hemos visto en 26, 15. Otra de Jer 32, 7-9, con la compra de un campo que, aunque no se llame “del alfarero” (como el de los sacerdotes en Mt 27, 10), tiene una referencia al alfarero, pues el dinero de su compra debía guardarse en una jarra del alfarero (32, 14), lo que puede haber llevado a asociar ese campo con el lugar del alfarero de Jer 18, 2-3, un texto impresionante que habla del pecado y la condena de un tipo de habitantes de Jerusalén.

((Partiendo de esos datos, la tradición de Mateo ha podido elaborar esta cita mixta, utilizando unas técnicas teológico-literarias semejantes a las que aparecen en los pesharim del Qumrán y en loe escritos de muchos rabinos posteriores, que reinterpretan las Escrituras antiguas desde su propia situación histórica y teológica: “Tomaron las treinta piezas de plata, precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor” (Mt 27, 9-10; cf. Zan 11, 13). Además de comentario a Mt, cf. Stendahl, The School of Mat. 120-127, 196-196)).

De esa manera culmina la tradición de la “entrega de Judas” y de las treinta monedas, entretejida por un lado con la profecía israelita (con elementos de Zacarías y de Jeremías) y reinterpretada desde la historia cristiana de Jerusalén, retomada de formas distintas, aunque convergentes por Hch 1, 16-20 y Mt 27, 3-10. Los cristianos sabían que existía en la ciudad un cementerio llamado Hakeldamaj, Campo de Sangre, y lo vincularon con el dinero de la entrega de Jesús y con la muerte de Judas, que habría sido enterrado allí (con el campo del alfarero de Jer 18, 2-3, lleno de referencias a la destrucción y recreación del pueblo, y con la cita de Zac 11, 12-13 sobre las treinta monedas).

De esa manera quisieron mostrar, de formas complementarias algo que resultaba importante (y evidente) para ellos: Al condenar a muerte a Jesús, los sacerdotes y ancianos de Jerusalén convirtieron su ciudad en un tipo de “cementerio”, un lugar dominado por la muerte “hasta el día de hoy”.

En ese contexto han introducido e interpretado los cristianos el destino de Judas, entendido como accidente fatal, de sentido trágico (Hechos), o como suicidio honorable de un hombre arrepentido (Mateo), vinculándola en ambos casos con aquel Campo de Sangre (de culpa), el Campo del Alfarero (lugar de destrucción).

Quien más y mejor ha interpretado el tema ha sido Mateo, que ha destacado el arrepentimiento y suicidio humanamente inútil, aunque honroso, de Judas, que no ha logrado superar el “círculo de muerte” de los sacerdotes de Jerusalén, ni asumir el camino de resurrección que iniciará Jesús. La historia de Judas no se cierra con su muerte, ni con la compra del cementerio con el dinero de sangre de Jesús, sino que se incluye (y puede recrearse) desde la entrega fiel de Jesús, de la que seguirá hablando el evangelio, pero con dos grandes diferencias.

(a) Jesús no se suicida cuando descubre el fracaso de su intento, sino que entrega su vida hasta la muerte, poniéndose dolorosamente en manos de Dios.

(b) A Jesús le enterrarán, quizá (al menos simbólicamente), en el mismo Hakeldamaj o cementerio para extranjeros y ajusticiados que compraron los sacerdotes con el dinero de Jesús (el dinero de su venta), pero su memoria no se guardará en una tumba (hasta el día de hoy), sino en la resurrección.

Según todo eso, Judas aparece quizá como el personaje más cercano a Jesús (incluso más que el mismo Pedro), aunque con un destino opuesto al suyo, de manera que hemos podido compararle con Ajitófel (cf. 2 Sam 17), que fue consejero de David, pero al final conspiró en contra de él (quizá por diferencias familiares), y se suicidó (se ahorcó como Judas) al ver que no había triunfado su conjura. Tanto Ajitófel como Judas son dos personajes complejos, con elementos indudablemente positivos, y sus historias pueden y deben recuperarse unidas)).


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