El blog de X. Pikaza

9.8.2017. Edith Stein, setenta y cinco años (E. Castellano)

Hoy hace setenta y cinco años, fue asesinada en el campo de concentración de Auschhwitz una de las mujeres más significativas del siglo XX, por su talla humana, por su pensamiento, por su martirio.

Fue judía y filósofa, discípula de E. Husserl, mente privilegiada, en búsqueda de la verdad, en línea fenomenológica.

Convertida al catolicismo por influjo de la lectura de El Libro de la Vida de Santa Teresa, abandona la filosofía profesional y profesa como Religiosa Carmelita, para recorrer con y como ella el camino de encuentro con Jesús, escribiendo alguno de los textos más profundo de espiritualidad del siglo XX.

Encarcelada por el sistema nazi alemán, fue encerrada en un campo de concentración, siendo asesinada en Auschwitz hace 75 años.

Como filósofa, como escritora de espiritualidad, como mártir... como testigo del amor judío y cristiano, dentro de una Europa torturada por sus demonios político-sociales, quiero hoy recordarla, y acudo una vez más al texto que Emilia Castellano, antropóloga, psicóloga y amiga, escribió para nuestro "Diccionario de Pensadores cristiano", en cuya portada aparece (fila tres, derecha).

Gracias, Emilia, una vez más, por tu trabajo, por tu amistad.
Buen día a todos los amigos de Edith Stein
El "icono" está tomado del FB de G. Scalzo (también a ti gracias, Giuseppe). Nos seguimos comunicando.

STEIN, EDITH (TERESA BENEDICTA DE LA CRUZ) (1881-1942).

Religiosa y filósofa católica, de origen judío. Nació en Breslau (hoy capital de Silesia en Polonia) el 12 de octubre de 1891.Cuando tiene dos años, muere su padre. En plena adolescencia toma la primera decisión importante y trascendental de su vida: dejar la escuela y el judaísmo porque, según nos cuenta, no encontraba en ellas sentido para la vida. Fue después filósofa y escritora espiritual. Para una mejor comprensión de su obra, podemos dividirla en (1) Escritos autobiográficos y cartas. (2) Escritos fenomenológicos. (3) Escritos de filosofía cristiana. (4) Escritos antropológicos y pedagógicos. (5) Escritos Espirituales

Con 20 años ingresa en la Universidad de Breslau y estudia Historia y Germanística. Dos años después la encontramos en la Universidad de Gotinga donde había llegado atraída por la Fenomenología, una corriente filosófica que emergía en aquel momento y que enseñaba Husserl. Allí publica su tesis con el título Sobre el problema de la Empatía. Poco después escribirá Causalidad Sentiente e Individuo y Comunidad persiguiendo la idea de encontrar asiento para la nueva psicología que florece en Europa. A este periodo temprano pertenece también Una investigación sobre el Estado, con la que culmina la elaboración de una Antropología Fenomenológica, cuya pretensión es alcanzar a hablar del hombre y de la comunidad.
Siguiendo un orden cronológico, podemos citar las siguientes obras: Introducción a la Filosofía.

Obra interesante y original, donde a través de un diálogo con (→ Kant) y Husserl establece la diferencia entre naturaleza y subjetividad mostrando conocimientos profundos de física, biología y filosofía. En la segunda parte de la obra formula algunas de sus ideas antropológicas a través del estudio de la libertad, la conciencia y la reflexión, como características del hombre. Finalmente esta obra se convertirá en el preámbulo de otra posterior La estructura de la persona humana, siendo el fruto de un curso impartido en el Instituto de Pedagogía Científica de Münster (1932-33).

En 1921 lee el Libro de la Vida de (→ Teresa de Jesús) y definitivamente orienta su vida hacia el cristianismo. En 1922 se bautiza y confirma. A partir de ese momento su pensamiento filosófico se abre a un conocimiento nuevo. Estudia las obras de (→ Tomás de Aquino) y (→ Duns Escoto). Apoyándose en la base de sus propias obras filosóficas de antropología escribe Potencia y Acto, obra de metafísica y ontología a través de la cual dialoga con el pensamiento de sus amigas fenomenólogas Gehrda Walter y Hedwing Conrad-Martius. Poco después escribirá Ser Finito y Ser Eterno, su gran obra, en la que desarrolla una metafísica inspirada en la filosofía de Santo Tomás y en la fenomenología de Husserl, convirtiéndose así en una de las tomistas más originales de la historia de la Filosofía. Mérito suyo es haber logrado generar en el ámbito de la antropología filosófica un pensamiento original, que no obstante sigue inédito y no suficientemente reconocido y estudiado. En 1932 dicta unas conferencias sobre La mujer y la Pedagogía. Seguidamente ingresa en el Carmelo Descalzo de Breslau con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz.

Tras la llegada de los nazis al poder se traslada al Carmelo de Colonia, y posteriormente (1938) al Carmelo de Echt en Holanda donde escribirá su última obra: La Ciencia de la Cruz, en un acto de obediencia a sus superiores. Es su obra más personal y autobiográfica. El 2 de agosto de 1942 es arrestada por la Gestapo. El primer destino: el Campo de concentración de Amersfoort, desde donde será trasladada el 9 de agosto a Auschwitz-Birkenau. Marcada con el número 44.074, muere como judía y mártir de la fe cristiana a los 51 años de edad en la cámara de gas del campo de concentración. Es canonizada el 11 de octubre de 1998 en la Plaza de san Pedro y declarada co-patrona de Europa el 13 de diciembre del año siguiente en el Sínodo de Europa.

1. El ángulo abierto de un triángulo cerrado.

Encontrarse con Edith Stein, es hallarse ante un pensamiento profundo y una antropología humanizada y humanizadora. La suya es una vida apasionada, ahíta de conocimiento y abierta a todo; una vida “al servicio de la Humanidad”, en palabras suyas. Sobre la base de una personalidad recia, independiente, voluntariosa y sincera hasta la transparencia, vemos evolucionar y transformarse a esta mujer singular cuyo mayor logro será, como en tantos santos del Carmelo Descalzo, haber conseguido encarnar su pensamiento filosófico, religioso y místico en la propia vida.

Edith Stein forma junto a (→ Simone Weil) y Hannah Arendt una especie de triángulo donde, de forma virtual, podríamos encerrar para su estudio y comprensión, gran parte del pensamiento del siglo XX en el corazón de Europa. Ciertamente no contienen todas las perspectivas de ese periodo, pero sí algunas muy representativas. Hablamos de un siglo que nos ha dejado parte de su complejidad en este triángulo de mujeres, grandes pensadoras, judías las tres, pero con recorridos vitales muy diferentes.

Los ojos de Hannah Arendt sondean el futuro histórico a través de la longitud de onda de la contingencia de los hechos humanos, hasta descubrir que la política no puede conseguir que la gente sea mejor, aunque es posible llegar a crear un espacio para la libertad, si las circunstancias acompañan, pero siempre dentro de unos límites estrechos. Como su pueblo judío, ella misma se convertirá en nómada, dentro de una sociedad en la que no termina de encontrar su nicho.

El pensamiento de Simone Weil conduce a reconocer el valor de la gracia en las condiciones intramundanas, en sus extremos de necesidad. El pensamiento de Weil, exige la no resistencia al orden de esa necesidad, llamada por ella “recreación”. De igual manera que Dios se decreó a sí mismo para que los seres tuvieran existencia, el alma debe renunciar a sí, exigiéndose el consentimiento del reino de la necesidad en el orden material mientras se es libre en el orden del espíritu. En este sentido, Simone Weil pide que el ser deseante viva en conformidad con la voluntad de Dios, entendida como acogimiento de todo lo que sucede bajo su permisión. Aceptando sus operaciones necesarias, alcanzara la perfección.

Esta forma de “mística” se convierte en un sublime afrontamiento del deseo de infinito, aunque sin lucha contra ese ángel que exige en la vida la acción, la duda y, sobre todo, el no poder cuadrar filosófica y teológicamente el paso oculto de Dios y nuestros propios pasos. De alguna manera, estamos condenados a no poder determinar con seguridad los pasos de Dios en la creación, sólo a intuirlos. Así, ella misma (Simone Weil) y su vida.

Frente a la robustez del pensamiento analítico de Arendt, en el que casi todo se centra en el análisis y la referencia a lo político, y en contraste con la “kénosis intelectual” de (→ Simone Weil) que conduce casi irremediablemente a la auto aniquilación como medio para compartir el sufrimiento de sus compatriotas franceses, Edith Stein es el camino hacia la apertura de la existencia que conduce a un final de elección y perdón. Quizás pase por ahí la línea que curva definitivamente ese triángulo de pensamiento filosófico, teológico, existencial y político, para hacerlo más abarcador, acogiendo en sí la compleja realidad que caracteriza el siglo XX y que no es otra que la tecnociencia. Es esta apertura existencial de la vida de Edith la que conseguiría convertir en círculo, ese hipotético triángulo que hemos construido con el pensamiento de estas tres grandes mujeres, y que no obstante, como tantos otros, se muestra limitado para superar nuestros problemas de relación y comunicación humana.

Apuntamos aquí a la visión de la ciencia en el pensamiento de Albert Einstein como el gran paradigma del siglo XX, algo posible si lo miramos como la propuesta de que todos somos observadores, no sólo del otro o los otros (Edith Stein), o de la Política como herramienta limitada de comunicación (Hannah Arendt), o de la supresión de la autonomía propia para compartir la suerte de los demás (Simone Weil), ya que a través de esa ciencia vamos aprendiendo que no hay mundos compartimentados, que la vida es un inmensa red de interconexiones, donde lo que le ocurre a un lejano nos afecta irremediablemente a todos, lo sepamos o no. Es inútil y contraproducente levantar muros y cerrar fronteras en un mundo cada vez más universal, más abierto a las grandes magnitudes del cosmos que nos espetan en pleno rostro nuestra inmensa responsabilidad como especie humana.

Estamos en la curvatura espacio-tiempo. Todas las masas insertas en ella están tan intrínsecamente unidas que cualquier variación le afectara. Esto significa, entre otras cosas, que “somos” en el equilibrio complejo de la relación de todos los elementos dentro de la trama energía-comunicación-espacio-tiempo, lo que nos esta obligando a replantearnos la comunicación de unos con otros, sin posible alternativa. Ante esta realidad, queda el proceder ético y hasta metafísico y la advertencia a las religiones de que ya no es posible compartimentar la vida. Creemos que Edith Stein en su apertura de pensamiento apunta con el dedo de su existencia, hacia ese punto, centro de la circunferencia, donde nadie puede escapar a la comunicación de nadie. De haber sobrevivido a la matanza nazi, hubiera comulgado y disfrutado con los nuevos descubrimientos de la física y las matemáticas. Se hubiera alineado humilde y atrevida, en uno de los puntos de la circunferencia, cuyo centro, para ella hubiera seguido siendo Dios y la Cruz de su Cristo, pero incorporando a su estudio los últimos avances científicos con la misma seriedad y ardor con que estudiaba todo.

El ángulo correspondiente a Edith, en el hipotético triangulo histórico, es quizás el más abierto, en cuanto a caminos transitados. Edith es judía, intelectual, feminista, filósofa, atea, humanista, antropóloga, enfermera, pedagoga y monja carmelita. Se mueve en un mundo de hombres que terminará coartando sus aspiraciones y el lugar que legítimamente le correspondía en el mundo académico. Es innovadora, no sólo en su pensamiento (quería llegar tan lejos por sí misma como para elaborar algo en la dirección de las Investigaciones lógicas de Husserl), sino también en sus actuaciones: por eso se entrega a la enseñanza con una intensidad total, haciendo del grupo, el centro de su actividad, desde el hogar familiar con sus hermanos y su madre, pasando por la universidad y los movimientos estudiantiles, hasta llegar a los partidos políticos y asociaciones en defensa de los derechos de la mujer. Durante la guerra, alistada como enfermera, pensara que su vida no le pertenece y que debe poner todas sus energías al servicio del gran acontecimiento. Deja para después, si aún vive, el retomar sus asuntos personales, porque ¿qué derecho tiene ella a ser privilegiada mientras en las trincheras alguien sufre?

2. Recortando intuiciones.

Edith lleva hasta las últimas consecuencias las intuiciones originarias sobre la empatía, dando a través de ellas forma a su propia vida. Es por eso que está abierta a todo, con una sutil capacidad de discernir lo bueno y quedarse con ello. No hay realidad humana que no participe de su concepto empático. La psicología, a pesar de su inicial desilusión, le dio los mimbres elementales sobre el cuerpo; la filosofía le permitió vislumbrar el acto inmaterial, y su experiencia terminó anudando los dos términos del binomio: cuerpo y experiencias de conocimiento. Sólo a través de éste sensacional cuerpo humano, que conoce en base a sensaciones, dirá en su tesis, podemos llegar a escrutar el misterio del otro. La entrega de la vida es aquí una forma privilegiada, a pesar de su innegable inevitabilidad, de hacer de la muerte un acto supremo de empatía. La obra escrita de Edith expresa su vida y esta vida está dedicada por entero a la búsqueda de la verdad. Su visión de los otros y del mundo, a pesar de los hechos que le tocaron vivir, es tan bella como verdadera y tan verdadera como bondadosa.

De esas coordenadas brota su aportación a la historia del pensamiento cristiano en el siglo XX, es una enamorada de la verdad. Una verdad que como Logos primordial, Cristo se atribuye a sí mismo y que, como no podía ser de otro modo, terminará encontrando Edith que arribará a Él como un premio: poder vivir en la plenitud de una armonía superior que esposa nuestro entendimiento a la Sabiduría (algo más que un saber intelectual, por cierto). Porque no entiende un “pensar” separado de un “hacer”, está, sin saberlo cercana a la praxis cristiana, antes aún de haberse convertido formalmente al catolicismo.

Una vida nueva: En 1921, a sus 30 años de edad, lee el Libro de la Vida de (→ Santa Teresa de Jesús). Este hecho cambiará el rumbo de su existencia y le abrirá definitivamente el camino hacia el pensamiento cristiano.

3. ¡Y le nacieron alas! A

braza la fe católica y es bautizada en enero de 1922. En su obra Ser finito y ser eterno, nos descubrirá el secreto de su comportamiento ante los hechos de su vida: “Lo que no estaba en mis proyectos, se encontraba en los proyectos de Dios y cuanto más se me representaban tales acontecimientos (…) más viva se hacía mi convicción de fe de que no existe el azar”. Su interpretación de la Historia, a diferencia de Simone Weil o de Hanna Arendt, es absolutamente cristiana, es una visión positiva y esperanzada del hombre. Ella ve la historia como un desafío entre el bien y el mal, entre el amor y el odio, entre Cristo y el Anticristo, y una vez más se implica plenamente en ella. Por eso escribirá al Papa (→ Pío XI), que detenga con su palabra la matanza nazi y finalmente ofrecerá su vida y otorgará su perdón, en un gesto netamente cristiano, pues: “nadie tiene amor más grande que el que da su vida por los demás” (Jn 15,13). Edith cree en la fuerza de un Espíritu Universal que da sentido a la marcha de la Historia, y a la vez confía en su propia fuerza espiritual para hacer algo nuevo.

Edith Stein ingresa en el Carmelo de Colonia el 15 de abril de 1934 con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Teresa de Jesús y Edith Stein se cruzan en ese chispazo de la vida que es la verdad interior. Se produce entre ellas un vislumbre empático del que Edith había hecho tiempo atrás objeto de estudio. Pero esta vez, es algo más que un desvelamiento epistemológico. Se trata de la visión personal de la vida y obra de (→ Santa Teresa de Jesús) que se muestra en toda su potencia ante la mirada empática de Edith. Y en ella echa el ancla y atraca.

Es otra vida, otros escritos y otro pensamiento. Pasa de ser una buscadora de la verdad a ser constructora de esa Verdad en el espacio de su irrenunciable libertad, lanzándose audazmente a su conquista, no ya en solitario como había venido haciendo, sino con y a través de las porciones de verdad de los demás (comunidad de hermanas). He aquí el secreto de la vida de Edith Stein, ese hilo de oro que recorre toda su existencia. Su tesis sobre la empatía humana encuentra en la comunidad eclesial, subjetivada en la comunidad cristiana, el punto exacto donde situarse y hacer realidad lo que en su día fuera pasión intelectual. Ahora aquel logos filosófico humanista se encarna y se articula tomando visibilidad en la estrechez de lo cotidiano. Al final puede decir que en los últimos años de su vida ha vivido más que filosofado. Y ya siempre será así, porque es la vida el gran argumento de la filosofía Steiniana.

Teresa de Jesús borda su cristianismo en la creación de pequeñas comunidades, verdaderos cuerpos de Cristo, donde todas han de ser amigas, amándose y queriéndose, como único medio de visibilizar a la Iglesia. Edith puede desplegar aquí toda la potencia de su pensamiento sobre el grupo y así lo hace perfilando magistralmente el sentido del Cuerpo Místico hasta el punto de encontrar el sentido de su entrega existencial en ello.

Cuatro días antes de morir deja escrita en un papel cualquiera, una última referencia a su obra La Ciencia de la Cruz: “La Cruz (…) es la verdad operante que imprime en el alma un sello característico capaz de ser conocido a través de los actos personales, como fruto de la experiencia de Dios por la Historia y por cada ser humano, que termina por transformar a ambos desde dentro”. Aquí radica su definitivo descubrimiento del hombre y su orientación hacia una cosmovisión peculiar que termina siendo invitación e identificación con el Cristo crucificado. Nace así su metafísica propia que afecta, como decimos a la persona y a la Historia.

4. Rompiendo la tela del encuentro.

Una vez más, y ésta rotundamente, Edith bordará su propia vida sobre el bastidor de la filosofía y la teología, esta vez identificándose con el Crucificado en su personal Gólgota de Auschwitz. Es mujer y es libre, con una libertad que ella ha conquistado a punta de lanza, en un trabajo diario de elección y búsqueda responsable. Y es justamente desde esta libertad, desde donde elige entregar su vida, que no morir. Por eso lo hace perdonando, que es su manera de romper la tela del encuentro que la separa de la visión definitiva de Cristo. Su muerte se convierte en esa especial obediencia a la vida en la que se manifiesta el Padre de Jesús, a través de la fe de su elegida. Si algo queda claro en la muerte de Edith Stein, es que a pesar de ser apresada y sentenciada a muerte, es ella la que se entrega (rompiendo) en un último gesto, pleno de libertad y amor. Así lo expresa en una carta: “Confío en que el Señor ha aceptado mi vida por todos. (…) el Rey que me ha elegido es inmensamente grande y misericordioso”.

Su muerte en Auschwitz, es un intento de curvar los rígidos ángulos de ese hipotético triángulo que hemos dibujado. La vida de Edith, junto a la de Simone Weil y Hannah Arendt, contiene elementos no sólo de comprensión de un segmento histórico, sino toda una intuición sobre el área del círculo que creemos que es la Historia. Simone Weil es la envergadura de la soledad, el cómo se gesta la soledad del “yo” ante un mundo prácticamente ininteligible (un pensamiento a medio camino entre lo metafísico y lo teológico).

Hannah Arendt es la constante indagación sobre aquellos elementos que hacen que las personas y las sociedades se autoafirmen (pensamiento político, social y ético), y Edith Stein aunque terminará su vida lejos del pensamiento filosófico, social, político, e incluso ético, (porque morirá fuera del convento, despojada de sus señas de identidad religiosa carmelitana, en el sinsentido de la irracionalidad más fiera y castigada por su condición de judía y cristiana), lo hará sin embargo abierta, como siempre había estado en su pensamiento, a la pura y sencilla humanidad, a la contingencia de unos hechos terribles bajo los que Simone Weil sucumbe en lo que de irracional tienen, que Hannah Arendt intento explicar sin conseguirlo del todo, y por los que ella, Edith Stein transitó, haciendo brillar ante todos las únicas opciones que salvan y explican el mundo: una fe viva, una esperanza cierta y un amor sin parcelar.

Bibliografía: Obras Completas I-V (preparada por J. Urkiza y F. J.Sancho, Burgos 2003-2008). Cf. E. García Rojo, Una mujer ante la verdad. Aproximación a la filosofía de Edith Stein (Madrid 2002); C. García, Edith Stein: una espiritualidad de frontera (Burgos 1998); E. Gil del Muro, Edith stein: ahora que son las 12…, (Burgos 1987); F. J. Sancho, Edith Stein, paradigma eclesial de espiritualidad para el tercer milenio (Guadalajara MX 2000); Sdith Stein: modelo de mujer cristiana (Burgos 1998); C. M. Stubbeman, La mujer en Edith Stein: antropología y espiritualidad (Burgos 2003); R. Sirau, De mística: Maestro Eckart. San Juan de la Cruz. Edith Stein. Simone Weil (México 1992). (Emilia Castellano).


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