El blog de X. Pikaza

Mándala, icono, ideograma. Para una oración inter-religiosa

Hace unos días murió mi amigo Santiago Guerra, experto en signos y caminos del diálogo inter-religioso, que se expresa desde antiguo en los mándalas, que marcan el camino hacia nuestra verdad interior, representada por Buda, Vishnu o un tipo de Tao.

Ayer (6.8-2017) hemos celebrado el día de la oración de Jesús, de su ascenso al Tabor, cuyo icono de la trans-figuración es quizá el más importante de toda la historia de la oración cristiana.

En ese contexto he querido recordar también el ideograma orante de San Juan de la Cruz, con la subida al Monte Carmelo, que es quizá el más significativo de la tradición occidental (Un tema que he desarrollado de manera extensa en la última parte de mi Ejercicio de Amor. El Cántico Espiritual de S. Juan de la Cruz, San Pablo, Madrid 201) (Imagen más adelante)
.

Son millones los creyentes que acuden a estos signos (mándalas, iconos, ideogramas…) para recorrer su camino de oración. Son distintos, pero pueden y deben completarse, como verá quien siga leyendo, desde la perspectiva del diálogo inter-religioso que es unos los dones, retos y tareas fundamentales de este siglo XXI.

Que no siga leyendo quien no sepa gustar los símbolos religiosos, quien no sepa o no quiera saber lo que significa orar con los "Mándalas" (con Vishnú o Buda como signos de profundidad sagrada)...

Evidentemente no es lo mismo un Mándala de Buda que un icono de la Transfiguración... o que el ideograma de San Juan de la Cruz, y así quiero marcar la diferencia, pero no para oponer unos signos a otros, sino para saber que hay diversos caminos que son buenos, y que, entre ellos, algunos de nosotros (los cristianos), nos sentimos más a gusto con el Cristo del Tabor de Oriente... o con el Dios de la Montaña del Carmelo de Juan de la Cruz.

Aquí me ocupo básicamente de la semejanza y diferencia entre el icono de Subida al Tabor (con bajada incluida) del Icono de la Transfiguración.... y el ideograma de la Subida (sin bajada) del Monte Carmelo... Acepto los dos desde su propia perspectiva, ero sin negar nunca el valor de los mándalas de Oriente, sin dejar de acudir a ellos para abrir así un camino de profundización orante.

1. MÁNDALA, INMERSIÓN EN LO DIVINO

Es quizá, con el yoga, el signo más importante de las religiones de oriente (hinduismo, budismo y en algún sentido también del Tao). No es un camino, sino un signo de la totalidad, generalmente en forma de cuadrado inscrito en un círculo, y a veces también de una estrella de cinco o seis puntas…

Hay cientos y miles de mándalas, con sus formas y colores, que se centran casi siempre en torno a un pequeño círculo central, que es signo del sí-mismo, allí donde el hombre se inscribe en lo divino, con una figura de Buda o de Vishnú, o quizá con una ideograma o un nombre sagrado.

Los mándalas no llevan a ninguna parte, como he dicho, no nos hacen subir a ninguna montaña, sino que nos hacen descubrir en aquello que parece estar fuera de nosotros (en lo cósmico/divino) nuestra propia realidad, nuestra identidad más honda, para que allí nos veamos y nos descubramos, superando el círculo del eterno retorno, superando y asumiendo los cuatro ángulos y lados del gran cosmos.

No hay necesidad de buscar ningún Dios al exterior, ni de caminar para alcanzarle, pues el mismo Dios de fuera es nuestro Dios interna: Nosotros somos eso, lo divino, lo búdico, la esencia de Vishnú o del Tao. Por eso, contemplar el Mándala, realizando bien el ritmo de la respiración, significa adentrarnos en el gran Todo que somos, allí donde mi propio mí-mismo es el sí-mismo del cosmos y de la totalidad.

Los mándalas son muy diversos, con representaciones de los distintos seres o grados simbólicos de la realidad (en forma divina o humana, monstruoso o angélica…) y suelen representan las diversas etapas del propio ser y del propio movimiento, para identificarnos al fin con lo divino que es la propia interioridad, libre de amor, de celo, de odio, de esperanzas y recelos (Luis de León).Pero todos tienen un mismo esquema y modelo: El descubrimiento icónico (exterior) de nuestra propia identidad divina, interna.

No quiero seguir más en esa línea, pues el estudio o, mejor dicho, la identificación con centro del mándala (de mi propia realidad sagrada) sólo puede hacerse en un proceso de meditación integral que puede ser liberadora.

ICONO DE LA TRANSFIGURACIÓN


Los iconos son signos del Dios encarnado, conforme a la tradición de la Iglesia de Oriente. A través de ellos, la presencia trascendente de Jesús (y de sus ángeles y santos, con María, Madre de Dios) se muestra visible en la forma y signo de sus rostros y gestos sagrados. De esa forma, al vincularse a los iconos, los creyentes aparecen integrados en el mundo superior de lo divino, a través de la acción y presencia redentora de Jesús.

En esa línea, los iconos son presencia del Señor resucitado y anticipo de su venida gloriosa. No habría icono si no estuviera en su fondo la experiencia del Cristo pascual, que ha elevado la carne humana, introduciéndola en la misma “carne” de Dios por Jesucristo. En esa línea, los iconos expresan la inserción de los creyentes en la economía salvadora, es decir, en el camino de fe recorrido por los antepasados del AT que ha culminado en Cristo y que en Cristo se abre por la Iglesia hacia el conjunto de la humanidad. En ese aspecto, ellos son un signo de fe, y así promueven la comunión de todos los santos en el único misterio de Cristo.

Los iconos constituyen según eso un sacramental, un signo viviente de oración. Ellos fon un elemento vivo de la participación estético-religiosa en el misterio de Cristo. No hacen falta palabras expresas, lo que importa es mirar y admirar las figuras sagradas, entrando en el mundo de gloria que evocan, anticipan y prometen, no en una línea idealista (de evasión), sino de participación en la historia de Jesús resucitado

Al actualizar la “memoria” de Jesús, los iconos introducen al creyente en el espacio y tiempo de su Pascua. Ellos son, en general, de gran belleza, pero no pueden interpretarse sólo desde una perspectiva estética “profana”, pues ellos forman parte de la revelación simbólica (real) de Jesús resucitado. Ciertamente, no resuelven todos los problemas de la vida cristiana, sobre todo en un tiempo de fuerte secularización como el nuestro, pero son un elemento del despliegue histórico del evangelio.

En contra de una visión separa de su inmanencia, que encierra al hombre en su individualidad aislada, los iconos son un signo de contemplación comunitaria, abierta al conjunto de la Iglesia, centrada en la belle¬za histórica y pascual del rostro de Jesús, en el contexto de la historia de la salvación, representada aquí por Moisés y Elías (arriba) y por los tres discípulos (nosotros), que estamos abajo....

La mirada de los iconos abre un campo y camino de contemplación compartida, más aún, un camino de ascenso a la cumbre del Tabor de Cristo (a la izquierda, Cristo guía a los tres en el ascenso)... y de descenso (el mismo Cristo nos dirige en la bajada, tras el gran misterio de la contemplación tabórica).

Así descubro que puedo mirar y subir con Jesús, porque él me ha mirado y me ha dado la mano... y que puedo bajar de nuevo al mundo porque me la da de nuevo, no parar quedar "embobado" en la altura (como quería el Pedro del Evangelio), sino para asumir en el mundo y realizar el mismo camino de Jesús.

El mismo Jesús, que es el Dios de la historia, siendo el Cristo y Kyrios de gloria, me (nos) sostiene y pacífica con su propia luz celeste, de manera que no puedo mirarle sin saber que está presente en cada rosto hermano; por eso, él me da la mano y me hace bajar del monte, para seguir caminando en la vida del evangelio, que lleva a la Nueva Jerusalén.

Por eso, allí donde el icono me separa de otros hombres y mujeres, encerrándome en la nube de una contemplación extramundana, no ya es signo cristiano, sino simple pintura profana.

Por todo eso, de la “historia” de los iconos, quizá el más representativo, en línea de oración y teología, es éste de la transfiguración, cuyos elementos quiero seguir contemplando y exponiendo brevemente:


‒ En la parte inferior están los tres orantes
que han caído de bruces ante la revelación del misterio, en gesto de “pavor sagrado” ante el Dios de Cristo (en temor y temblor), en descubrimiento de la propia nada.

‒ En la parte superior, sobre la montaña del Tabor, está el mismo Cristo de Dios, recibiendo la palabra que dice: “Éste es mi hijo, escuchadle”. Tiene a sus lados a Moisés y Elías que son tota la historia de Israel, del conjunto de la humanidad que busca a Dios y que ha sentido el rumor luminoso de su presencia.

‒ En la parte intermedia se marca el camino. Así se puede distinguir dos escenas que son complementarias:

a) En la izquierda, el mismo Pródomos y Hodegós guía a los tres orantes que aparecían debajo de bruces… y les enseña a subir a la montaña de la contemplación, en un camino de Subida al Monte Tabor, para allí contemplar al Dios de Cristo, y descubrirse identificados con él.

b) En la derecha aparecen los mismos tres que han visto… y que ahora deben bajar con el mismo Cristo Jesús que les muestra el camino y les guía para descubrir su tarea en la tierra, en gesto de compromiso a favor de los hombres necesitados.

Éste es el Icono de la Gran Oración del oriente cristiana, que yo tuve ocasión de estudiar en mi tesis sobre Ricardo de San Victor, cuando recogía la tradición orante de Oriente, con sus tres momentos:

1. Ascenso a la montaña (gran guía ascética, iluminada por Jesús)
2. Contemplación en la montaña, en la luz tabórica, que se identifica con el Espíritu Santo.
3. Descenso de la montaña… Éste era el momento más importante para el evangelio de Mateo, que dedica una larga sección al compromiso de descenso para ayudar al niño lunático del llano.

IDEOGRAMA DE SAN JUAN DE LA CRUZ

Conforma a su propia tradición carmelitana, Juan de la Cruz no propone una subida al Monte Tabor, sino al Monte Carmelo, en una línea parecida a la de oriente, pero con unas diferencias muy significativas:

a. Este ideograma de Juan de la Cruz tiene un duro camino de ascenso… con el Mándala superior del círculo de Dios. El orante se esfuerza por subir, en un camino marcado por la cruz de Jesús (nada, nada, nada…), y termina engolfado en lo divino.

b. A diferencia de lo que sucede en el evangelio y en el icono de la Transfiguración, para San Juan de la Cruz no hay descenso… El orante queda arriba, no tiene que bajar (al menos expresamente) para recrear (transfigurar, transformar) el mundo.

Ciertamente, el orante de Juan de la Cruz (inmerso en el mándala divino del círculo superior) sabe que tiene que acompañar a los hombres en el mundo, en amor fuerte, por encima de toda ley. Pero Juan de la Cruz no ha tematizado ese descenso como han hecho los iconos de oriente.

c) Éste es el monte de la perfección ya alcanzada, en línea de amor, allí donde, recorrido el camino de las “nadas” (ni esto, ni esotro), en el círculo central, en la altura de Dios, ha podido extenderse la leyenda que dice sólo mora en este monte honra y gloria de Dios, y bordeando el círculo sagrado una cita de Jer 2, 7: Os ha introducido Dios en la tierra del Carmelo, para que comáis su fruto y sus bienes (Introduxit vos in terram Carmeli ut comederetis fructum eius et bona illius).

Ha culminado el Éxodo de Egipto, los israelitas han salido de la tierra de opresión y han subido a la montaña prometida, que no es ya el Sión de la ley (Ex 19-20), donde entró Moisés, quedando los demás abajo para recibir las tablas de los mandamientos (y pecando en contra de ellos, con el Becerro de Oro, siendo castigados: Ex 32), sino el Carmelo, junto a Galilea, tierra donde los justos “comen” los frutos de Dios, o, mejor dicho, se introducen en Dios de quien se alimentan (con quien se identifican), conforme a la tradición de los primeros eremitas de la Orden, que abandonaron la milicia de las cruzadas para establecerse en aquel monte de oración.

Pues bien, como voy diciendo, por encima de ese círculo, sobre la cita del Antiguo Testamento (Jer 2, 7), bajo la línea del arco superior de la montaña, se inscribe la leyenda más significativa: Ya por aquí no hay camino porque para el justo no hay ley; él para sí se es ley (con posibles referencia a Rom 2, 14, y en general a todo Pablo). Según eso, en aquel borde del cielo, que es la tierra culminada de la gran promesa se mueve y habita el justo, que para SJC es el Amante que ha realizado el camino y que goza ya en plenitud con el Amado (a semejanza y diferencia de Lutero, que superaba la ley por la fe, en una línea de obediencia más que de amor, corriendo al fin el riesgo de quedar en manos de los príncipes del mundo).

Pues bien, de ese cielo en la tierra (que es promesa y comienzo del estado beatífico, más allá de la ley y de los ejercicios activos de amor) tratan las últimas últimas canciones del Cántico Espiritual, que forman como un epílogo, algo que se dice después que todo está ya dicho, sobre el estado de la beatitud o santidad (cf. CB argumento), es decir, sobre el mismo cielo que puede y debe vivirse por gracia de amor en la tierra. De esa forma evocan el Paraíso final que es el Reino de Dios, su Montaña, pero no lo entienden a modo de simple más allá, puro después, tras la muerte, sino como verdad y contenido más profundo y verdadero de la vida en amor en este mundo.


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