El blog de X. Pikaza

Dejar sitio. Reflexión sobre la muerte (con P. Zabala)

Hace unos días me ha enviado P. Zabala una bella reflexión sobre la muerte, en la que insistía en su aspecto doloroso, pero insistiendo en que ella ha de entenderse también como un gesto de generosidad: Morir es dejar un lugar para los otros.

Llevo mucho tiempo vengo pensando sobre el tema. Morir en este mundo es doloroso, pero mucho más doloroso sería no morir, seguir viviendo de un modo indefinido, en la forma actual, sobre esta tierra pequeño, finita, en la que no cabríamos todo.

¿Se imagina alguien lo que sería que de pronto resucitaran en su forma antigua todos los hombres y mujeres que han vivido en una ciudad poblada desde antiguo, como Roma, Constantinopla o París? Sería imposible encontrar un lugar para todos... Por eso es bueno que acabado el curso de la vida nos vayamos, dejando un lugar para los buenos, los que vienen.

Pero el tema es mucho más complejo, de manera que exige un largo y detallado estudio, una larga experiencia, que hoy quiero asentar sobre la tierra sagrada (un tema del que vengo hablando estos días), para superarlo, desde una perspectiva de interioridad humana y de historia.

Comienzo ofreciendo la reflexión de P. Zabala (gracias como siempre, Pedro), para exponer después mi visión introductoria sobre el tema, en clave filosófica y de religión en general, sin entrar en lo específico del cristianismo. Ésta es una reflexión, una palabra que viene acompañando desde antiguo. Buen día, buena semana a todos.

1. DEJAR SITIO (P. Zabala)

Alguien definió al ser humano como ser para la muerte. Somos los únicos
animales que saben que vamos a morir. Aunque nos pasemos la vida intentando no pensar en ello.
Dentro de nosotros suele haber un intento de rebeldía frente a este trágico destino. Hay quienes aceptan esa finitud y la acogen resignadamente. Pero el afán de sobrevivir a ese destino es mayoritario. Existen los que creen que esa supervivencia se limita al recuerdo que nos dejan los seres queridos, sobre todo si han sido un ejemplo de coherencia y generosidad. Pero ese recuerdo se extinguirá habitualmente en dos o tres generaciones.

Habrá seres geniales, como el pintor de la Capilla Sixtina o escritores como
Shakespeare o Cervantes, cuyos nombres perduran durante siglos. Pero también, al fin, se extinguirán.A nuestro Unamuno no le bastaba eso. Quería sobrevivir él
mismo más allá de la muerte. Suele decirse que una de las causas más importantes de laaparición de las religiones es esa amenaza de la muerte. Hemos enterrado
cadáveres desde la aparición del homo sapiens. Creíamos y creemos que ellos perviven a pesar de la corrupción de sus restos. Me parece que era el teólogo Rhaner quien afirmaba que lo característico del cristianismo es admitir que la muerte tiene esta función: DEJAR SITIO. No somos imprescindibles y nuestro lugar debe ser ocupado por otros humanos.

Ello supone aceptar que nacemos, nos reproducimos y morimos como todos
los seres vivos. Hemos de dejar sitio para los demás, para las generaciones
futuras.
Pero, como somos conscientes de ese destino fatal, surge una
pregunta de rebeldía ¿Por qué tenemos, por qué tengo, que morir?.

Hace siglos surgió una respuesta trampa, mantenida celosamente, aun hoy, por algunos. La enfermedad y la muerte nos afligen a los humanos, como
consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva.

Si no hubieran pecado, seríamos inmortales. Y ese pecado original transmitido a
todos humanos, a través del acto sexual, es causa de esas desgracias que nos ocurren todos los días. En el relato evangélico, Jesús niega que las víctimas de una catástrofe, la padecieran a causa de un pecado suyo o de sus padres. En el Antiguo Testamento, hay un libro admirable, el de Job que, en lenguaje mítico, se encara con Dios porque, sabiéndose inocente, ha sufrido toda suerte de calamidades. Ese grito angustiado resuena a todo lo largo de la historia. Y para los cristianos alcanza su exclamación suprema en el grito desgarrador de nuestro Maestro en la Cruz: Padre, ¿por qué me has abandonado?.

La existencia del mal físico, -sean los desastres de la naturaleza que se
ceban principalmente en gentes pobres, como los que afectan a nuestro
cuerpo vulnerable- y del mal moral, producido por seres humanos contra sus
semejantes es una realidad que impide la creencia en la existencia de un
Dios, a la vez omnipotente y misericordioso.¿Cómo puede explicarse la
muerte de seres inocentes?.

Algunos dijeron que si no existe Dios todo está permitido, pues ven en Él la única causa de reglas éticas que delimiten el bien y el mal. Otros responden que si existe, somos irresponsables del mal que causemos, pues Él es el único responsable por habernos creado así. Todas las religiones tienen cuatro reglas básicas -sintetiza Fraijó-: no matar, no robar, no mentir, no prostituirse ni prostituir a otros. En eso coincide cualquier ética racional. Pueden resumirse en amar a tu prójimo como a tí mismo. En tratarle como te gustaría que te tratasen a tí. Respetarle como persona, sin emplearlo como medio para tus fines.

Pero el mal nos azota. Cualquier sentido mágico de la religión se limita a orar para que su dios resuelva esos problemas. Pero otros, creyentes e
increyentes, se afanan y aúnan esfuerzos para combatirlo en todas sus formas. Es lo que hizo Jesús a lo largo de su vida, sanar a los necesitados y denunciar a los opresores, los detentadores del poder religioso y político. Sabemos como acabó Jesús, torturado y ajusticiado en una Cruz.

Fracasó humanamente en su empeño de liberación. Pero quienes le seguimos, proclamamos que su Abbá le resucitó. Y esa fe ilumina nuestra tarea liberadora. Si no existiera Dios, la vida carecería de sentido. Si no hubiera resurrección- que no es la reanimación de un cadáver, sino la recreación de la persona ifunta-, los vencidos, las víctimas de la historia ¿no quedarían sin justicia?. Porque el Único, el Misterio que todo lo envuelve es, en frase feliz, RESUCITADOR DE MUERTOS.

2. MEDITACIÓN SOBRE LA MUERTE (X. Pikaza)

1. Religiones de la naturaleza. El hombre como tierra.

Me empiezo situando en el nivel de la tierra, el nivel en el que se sitúan las llamadas religiones cósmicas, que interpretan vida y muerte como proceso de un cosmos siempre en movimiento y no conocen un "espíritu" que sea existencia inmortal para los hombres (en contra del platonismo o de las religiones de la interioridad espiritual).

En principio, esas religiones parecen antiguas, pertenecen a un tiempo superado de paganismo e inmersión cósmica, anterior al surgimiento de las nuevas religiones del alma eterna o del espíritu creador (de la interioridad e historia). Pues bien, de un modo sorprendente, ellas han podido revivir y han revivido, de manera que muchos hablan de un retorno a los principios cósmicos de la realidad, que nos permitirían superar y rechazar la falsa aventura espiritual de las religiones de interioridad e historia. En ese fondo se sitúa la visión de algunos agnósticos de la actualidad, que buscan una religión cósmica de la finitud, que interprete el mundo como única realidad divina y fondo de ser para los hombres :

La finitud cómica, bella y sagrada, es la única realidad. Sólo existe este mundo donde viven los hombres, instalados y centrados en aquello que son, aceptando su muerte y sabiendo que no pueden buscar nada más allá de sus fronteras. Una experiencia trascendente de Dios, como la que buscan las religiones monoteístas modernas implica un engaño y fracaso: el hombre buscaría fuera de sí aquello que no logra hallar sobre la tierra (en su especie, dentro de la humanidad). En contra de eso, esta nueva “religión del mundo” es un retorno a la sacrali¬dad fundante de la realidad, y así cuando el hombre se instale en el mundo y acepte su muerte como expresión de finitud, surgirá una nueva y más profunda religión secular, sin miedos, angustias o deseo des vida tras-mundana:

Cualquier estructura de lo finito es perecedera. La especie misma (la humani¬dad)... so¬spe¬chamos nosotros que desaparecerá. Por consi¬guiente en el amor y cuidado por lo finito está tam¬bién la asunción del perecimien¬to como un hecho más que no nos es extraño. Nada finito, es decir, nada de lo que hay, puede perdurar en el sentido que quienes creen en la trascendencia dan a la eternidad. Ser humano exige ver lo perecedero y el mismo perecimiento como elementos de nuestra propia condición. El agnóstico acepta el perecimiento de la finitud sin construir sobre ese hecho algo que rechace o contradiga a la propia finitud. No hay nada más humano y que mejor defina la finitud que perecer. No hay nada que más contradiga al hombre y a la finitud que la "sobrevida" u otra vida. El agnóstico acepta el perecimiento como acepta la vida y la lucha por la vida como condiciones de la finitud en la que hay que instalarse perfectamente (Tierno Galván, Qué es ser agnóstico).

Estas palabras de Tierno Galván son como un manifiesto religioso a favor de una religión laica de la finitud que, en la línea de la Esencial del Cristianismo de L. Feuerbach, restituya a la especie humana atributos y valores que algunos han ligado al Dios cristiano, pero que de hecho son del mundo, que es base y condición natural del ser humano: el todo donde nace, crece y muere. Por eso, cualquier intento de perviven¬cia supra-cómica o personal carece de sentido. Los individuos pasan y mueren; sólo la especie sobrevive, en un tiempo que también acaba.

Estrictamente hablando, no hay persona individual ni trascendencia divina. Este hombre antiguo y nuevo no tendría ningún deseo ni conocimiento de vida superior, pues se encuentra plenamente instalado en su entorno de finitud, en la pura tierra, que le define y condiciona. Nadie le ha dado la vida, a nadie se la tiene que dar muriendo. Simplemente “es”, aceptando lo que existe, es decir, la realidad finita de su especie, sin tragedia ni angustia, pues el angustiado y el trágico buscan o añoran algo diferente .

Este retorno a la sacralidad de lo finito parece hermoso, pero deja muchas preguntas pendientes: ¿Es verdad que el hombre se ajusta plenamente y puede vivir de un modo perfecto a ese nivel, sin echar nada de menos o de más? ¿Será la muerte un dato más, de manera que la identidad individual de las personas resulte pasajera y secundaria? ¿Tiene sentido servir a la especie humana y amar gratuitamente, especialmente a los expulsados de todos los sistemas espirituales o sociales, si a la postre amor y odio son lo mismo? Estas preguntas nos conducen nuevamente hacia Jesús a quien mataron porque puso en marcha un Conocimiento de amor en gratuidad, al servicio de los expulsados del sistema. No se había instalado en la finitud donde los pobres se encuentran siempre condenados bajo el dominio de los ricos, sino que había proclamado una utopía de justicia y reconciliación.

Esta es la utopía del conocimiento y reconocimiento de la propia finitud, que instala nuevamente al ser humano en un mundo de muerte del que un día quiso salir por influjo del sueño tras-mundano de las religiones modernas. El origen de ese sueño pudo ser el miedo o la soberbia del hombre que olvida su realidad mundana (es barro de la tierra) para imaginar fantasías trascendentes engañosas. Pero el tiempo de engaño trascendental ha termi¬nado: el hombre debe aceptar otra vez su finitud y conocerse en ella, reconociendo así a la muerte (de indivi¬duos, sociedad y cosmos) como elemento de su condición humana, su forma de ser; así debe vivir, sereno y respon¬sa¬ble, sin resignación (que sólo surge si creemos en dioses o deseos inmortales), sin dramatismo (que sólo brota buscando aquello que no poseemos), compartiendo lo que hay, sin echar en falta nada. Basta con ser lo que somos, en paz universal, sin empeñarse en soñar o desear cosas sin sentido. Pues bien, esta religión cósmica de la finitud humana choca con dos limites y excesos del hombre.

Pero el hombres es más que tierra, más que pura finitud... El hombre es interioridad, es deseo de vida superior, como muestran los dos límites que vengo evocando: el límite del deseo, el límite de la propia conciencia:


1. El límite y exceso del propio deseo y la propia conciencia, que le hace superior a un mundo entendido como materialidad finita o como eterno retorno de los ciclos del cosmos.
Volver a una paz natural supondría perder la identidad humana, negar los deseos y experiencias de gratuidad personal, retornar a una inmersión cósmica sin libertad, ni conciencia personal, ni don de sí mismo. Pero eso es imposible: hemos salido del sueño del mundo, hemos alcanzado el Conocimiento de la vida como gracia (nos la han regalado, podemos regalarla, tenemos miedo de perderla) y no podemos ya renunciar a ello.

2. El límite y exceso de los pobres y excluidos, los impuros y asesinados de la sociedad establecida. Hasta el momento, todo sistema conocido excluye, todo orden legal discrimina, enfrentando a unos hombres con otros, por el dominio y organización del mundo. La utopía una instalación perfecta en la finitud cuando el hombre conozca perfectamente el mundo resulta contraría a todas nuestras experiencias. Cuanto más conocemos un tipo de finitud más excluimos de ella a los pobres y enfermos, más chivos expiatorios construimos. El problema del hombre no tiene salida: o buscamos un Reino de gratuidad, dándonos la vida unos a otros, por encima de la naturaleza o sistema o acabamos destruyéndonos todos..

El retorno a la “buena finitud” cósmica de la naturaleza es ingenuo, imposible e interesado. Los mecanismos naturales son ya incapaces de mantener nuestra vida sobre el mundo. La Sabiduría de la naturaleza ha servido para los pinos y leones, los vientos y los mares; ella está ahí, tiene un fondo bueno que debemos respetar, pero no nos basta. El Conocimiento del sistema, elaborado de un modo racional en la modernidad, tampoco es suficiente, pues conduce a un tipo de violencia o dictadura sin límites.

Sobre esos dos niveles (sin negarlos) ha venido poniendo de relieve el Conocimiento de la vida, que Jesús ha proclamado en términos de gratuidad y perdón, de entrega mutua y generación gozosa. Es aquí donde se sitúa el tema de la muerte, es decir, la experiencia de la finitud propiamente humana, vinculada al hecho de haber recibido la vida por gracia y poderla regalar también gratuitamente a los demás, como seguiremos viendo en los próximos capítulos de este libro (sobre la pascua y nacimiento de Jesús).

Esto significa que el hombre ya no es naturaleza pura, ni es tampoco un simple momento del sistema racional, sino un caminante que traza su ruta, como portador de una utopía que le sobrepasa y que sólo por gracia puede alcanzar (como don de Reino), viviendo de un modo gratuito, es decir, regalando la vida. Así lo ha proclamado Jesús descubriendo las señales de la nueva humanidad entre los marginados de la naturaleza (enfermos, pobres...) y los expulsados del sistema (oprimidos, leprosos, pobres...), es decir, entre las piedras que los arquitectos de este mundo no utilizan para su edificio de honor y seguridad (cf. Mc 12, 8-10). Poniéndose al servicio de esas piedras desechadas, ha elevado Jesús su protesta contra el dominio de la muerte, no buscando un refugio fuera de ella, como parece hacer el platonismo, sino entregándose a favor de los excluidos y abriendo así un camino de reconciliación que Dios mismo ratifica acogiéndole en la muerte.

Si fuera sólo un ser de cosmos, el hombre no podría superar la muerte, pero nace de Dios y con su ayuda puede entregarse en gratuidad, a favor de los demás, dejando que Dios mismo responda de manera creadora. Pues bien, Jesús no puede instalarse en la finitud de la naturaleza porque ella es violenta y, desde nuestra perspectiva humana, injusta (basta con ver las violencias y enfermedades naturales del hombre). Por otra parte, Jesús no puede instalarse en la finitud del sistema (que actualmente tiene una forma capitalista), porque también expulsa y oprime a quienes no son sus beneficiados. Jesús se ha elevado precisamente a favor de los excluidos y expulsados de naturaleza y sistema, ofreciéndoles el Conocimiento de la vida, que está vinculado con la muerte a favor de los demás, en gratuidad. Por esos excluidos y expulsados se ha mantenido en fidelidad, a la escucha del Reino de Dios, esperando su venida. No justifica lo que existe, no cree en la utopía del hombre instalado en lo finito, porque esta finitud es siempre injusta, sino que busca aquello que ha de venir y lo prepara, poniendo su vida (muriendo) a favor de los más pobres .

b. Religiones de interioridad.

Frente al hombre que se instala en lo finito y "sacraliza" el cosmos, se eleva otro distinto que busca su propia independencia como espíritu, vida o pensamiento, sabiendo que es divino en lo interior y que a ese plano se encuentra separado de todos los restantes seres de la tierra. Lógicamente, se sabe escindido. En el nivel externo es mundo, proceso donde todo va girando sobre sí, en ciclo sin fin: las cosas existen muriendo y renaciendo; sólo así perduran, mientras cambian, en inquietud constante. En ese plano, el hombre es esclavo del destino ciego, como Sísifo que debe subir sin fin la piedra a la montaña, para comenzar otra vez cuando parece que todo ha terminado. Pero en un plano más hondo, los hombres ya no quieren (no pueden) vivir como unos simples condenados, en un mundo que les ata y les impide realizarse: tienen otra esencia, son alma encerrada en un cuerpo, espíritu que habita como extraño en la materia; por eso deben descubrir su diferencia y abrirse desde ahora hacia lo eterno.

Este modelo está cerca de Platón cuando afirma que sobre este mundo hay otro que es divino, que llevamos inscrito en nuestra memoria (el alma). El mundo de arriba es el que vale; el de abajo es secundario, como cárcel donde estamos condena¬dos por un tiempo al ciclo ciego, ineludible, de la muerte. Lo de fuera no interesa, lo que importa es la existen¬cia interna: el equilibrio del "alma" que descubre su luz divina y retorna a su eternidad en un camino de liberación que le trasciende y le realiza. Sobre la permanencia falsa del mundo, sucesión indefinida de ciclos donde el hombre se encuentra encadenado (proceso de reencarna¬cio¬nes, eterno retorno), emerge la eternidad del alma o Vida liberada que se integra en lo divino (Dios, Brahma, Nirvana).

Partiendo de esa base común, las religiones de la interioridad se pueden dividir y distinguir de múltiples maneras. Pueden ser monistas (todo se funde en lo divino) o dualistas (las almas conservan su identidad). Pueden condenar la forma actual del mundo (materia) como mala, en evasión espiritua¬li¬sta, o concebir este mundo y su estructura social como imagen del orden superior divino... Pero todas establecen una ruptura entre la apariencia mundana y la verdad del alma. Por eso, tienden a entender la muerte como ganancia, pues ella permite que el hombre descubra su verdad y rompa, si está purificado, las cadenas del proceso cósmico exterior para integrarse de manera ya definitiva en lo divino:

– El hombre de las religiones de la interioridad no necesita hacerse, porque en el nivel más hondo está hecho en Dios desde el principio; le basta "conocer¬se", encontrándose a sí mismo o descubriendo su verdad en lo divino (eterno). Este hombre se instala de manera perfecta, no en la finitud de un mundo que muere, sino en la infinitud de las ideas (del ser de lo divino). Aquí no hay creatividad, hay proceso personal en que los hombres se realizan a sí mismos, sino re-descubrimiento del ser originario, ajuste del alma con su hondura eterna, como sabe el platonismo cuando dice que conocer es recordar lo que fuimos y somos en lo divino.
– Jesús, en cambio, ha interpretado al hombre como creador, viviente que debe realizarse, en un camino personal de apertura a los demás, de acogida y donación que se funda en la gracia de Dios. La vida actual no es sombra de otra vida superior, sino realidad y Vida verdadera. La muerte no es retorno a lo que fuimos, sino crisis y cumbre de un proceso de creatividad, pues Dios nos hizo para que nosotros nos hagamos, de manera que podamos ser lo que decidamos, en comunicación creadora. Dios puso la vida en nuestras manos, para que nosotros nos hagamos, de manera que alcancemos nuestra propia verdad, desde y con los otros .

Jesús no ha muerto como suelen morir los místicos de las grandes religiones de la interioridad: reconciliado consigo mismo, devolviendo en paz su ser a lo divino, como Sócrates, condenado por los atenienses, y Buda, envenenado por unas malas ostras. Por el contrario, Jesús ha muerto en un patíbulo, llamando a Dios a gritos, desde la cruz donde los hombres han querido negar su proyecto y mensaje. Es evidente que cree en Dios y se entrega en sus manos; pero no le identifica con el orden social, sino que anuncia su amor y perdón sobre el sistema. Por causa de ese anuncio, por razón de su tarea y su mensaje de testigo y promotor del reino, ha muerto abandonando y rechazado por los hombres .

c. Religión de la historia.

Visión israelita. En un primer momento, la muerte aparece también en Israel como expresión de realidad cósmica: morimos como mueren los vivientes, vegetales y animales. Pe¬ro la nueva experiencia de Yahvé como "Dios de vivos", sin pareja sexual (no hay Dios de muertos, ni dualidad divina) y la misma visión de la historia como proceso creador, hacen que Israel haya entendido la vida-muerte desde la apertura hacia un futuro mesiánico.

Esa experiencia israelita ha entrado en contacto con las religiones de la interiori¬dad a través del espiritualismo griego, de manera que en un momento dado, pudo parecer que los judíos reinterpretarían su antropología en moldes de dualismo, partiendo de la división de alma y cuerpo. Pero, en general, Israel se mantuvo fiel a su experiencia histórica, interpretando al hombre como viviente unitario, que se realiza en diálogo con Dios y con los otros; a su juicio, el hombre no es divino en sentido espiritualista: no es alma que se debe liberar de la materia para hallar su hondura eterna, sino un viviente creador que se va haciendo en una historia susten¬tada en Dios y dirigida hacia un futuro de plenitud y paz definitiva.

El hombre es más que un cuerpo, si por cuerpo se entiende una realidad plenamente ajustada al mundo, instalada en lo finito. Pero, al mismo tiempo, es más que alma, si por alma se entiende una interioridad espi¬ritual que se pudiera desligar de la materia cósmica para realizar¬se de esa forma en lo divino. El hombre es viviente histórico que se hace a sí mismo en alianza con Dios, de manera que sólo en el encuentro original y final con el Creador encuentra su verdad y sentido. No es mundo sin más (religiones de naturale¬za), ni divino en sí mismo (religiones de interio¬ridad), sino ser de diálogo, persona que debe reali¬zar¬se en un proceso donde influyen de manera decisiva estos aspectos.

1. Tiempo. El hombre vive distendido entre el ahora y después, el presente y futuro. Existe ya, pero su esencia sólo se realiza y culmina a través de un proceso que tiempo.

2. Dios. El hombre existe en relación con lo divino, es decir, en diálogo con el Creador.

3. Sociedad. El hombre sólo existe recibiendo, regalando y compartiendo vida con los otros. En esa línea, el Antiguo Testamento habla de pervivencia (o resurrección) de Israel más que de sus individuos.

En el lugar donde se cruzan esos planos surge el hombre como ser de historia: se funda en Dios y tiende a su futuro en un proceso de humanización compartida, en el que surge de verdad el problema de la muerte. 1. Las religiones de la naturaleza no dan importancia a la muerte, pues la ven como un momento del proceso cósmico, en el que todo nace y muere; por eso, los individuos como tales son una realidad pasajera; los pobres y excluidos constituyen sólo un elemento del sistema en el que unos nacen altos y otros bajos, unos sanos y otros enfermos, para belleza del conjunto. 2. Las religiones de la interioridad tampoco conocen en sentido estricto la tragedia de la muerte, pues ella pertenece sólo al cuerpo, el alma no muere; las mismas divisiones sociales son en este mundo secundarias, pues lo que importa es el alma y ella puede ser, y es, igualmente divina en todos los humanos; desigualdades sociales y muerte no son más que apariencia exterior de un sistema donde solo importan las almas.

Sólo las religiones de la historia, centradas en el valor de cada hombre en el mundo, deben plantearse y se plantean, de forma inseparable, el tema de la injusticia social y de la muerte, la finitud personal y la vida de la humanidad. Esto lo que ha sabido siempre la Biblia al decir que la muerte se encuentra relacionada con el pecado y, de un modo especial, con la opresión e injusticia de este mundo (Mt 11, 4-6 relaciona curaciones, evangelización de los pobres y resurrección de los muertos). Israel ha vinculado fe y justicia social. Los pobres y excluidos, los hebreos cautivados y los huérfanos y viudas, constituyen el primer problema teológico, por encima de todas las teorías sobre la sacralidad del cosmos o la eternidad de las almas .

Esta visión de la muerte, especialmente de los excluidos y perseguidos, como pregunta que se abre a Dios, sobre las soluciones actuales de la historia (dominada por un tipo de sistema), significa una inversión y novedad muy grande en la cultura de los pueblos. En su conjunto, las religiones antiguas han justificado la muerte de las víctimas, interpretándolas como mediadoras de Dios, chivos expiatorios para la paz y reconciliación del conjunto social. Por eso, los triunfadores de las grandes sociedades (de todos los sistemas) han matado a los que parecían peligrosos, uniéndose al matarlos, para divinizarlos después, a través de sacrificios conmemoratorios. De esa forma han elevado su propia verdad (su seguridad religiosa) sobre la sangre de las víctimas, justificando y sacralizando violencia como revelación de Dios. La misma cultura que excluye y destruye a las víctima las sacraliza después, en proceso esencial que conoce el evangelio (cf. Mt 23, 29-31).

En contra de esa visión se han elevado los mejores israelitas, diciendo que no puede edificarse la paz sobre la muerte. Por eso, no han querido, divinizar a las víctimas (justificando de esa forma su asesinato), sino que las han dejado ahí, como una protesta elevada contra el mal de la historia, como una llamada a la esperanza de reconciliación futura, por gracia de Dios. En ese contexto situaremos la muerte de Jesús, como tema insoluble, que desborda el nivel de naturaleza e historia. Los muertos no vuelven sin más al mundo sagrado, de manera que el mundo de abajo puede seguir como estaba, sino que ellos, los mártires como Jesús (los de 2 Mac, el Siervo sufriente de Isaías o el justo condenado de Sab 1-2), elevan su protesta frente a los poderes de la muerte.


Opine sobre la noticia con Facebook
Opine sobre la noticia
Normas de etiqueta en los comentarios
Desde PERIODISTA DIGITAL les animamos a cumplir las siguientes normas de comportamiento en sus comentarios:
  • Evite los insultos, palabras soeces, alusiones sexuales, vulgaridades o groseras simplificaciones
  • No sea gratuitamente ofensivo y menos aún injurioso.
  • Los comentarios deben ser pertinentes. Respete el tema planteado en el artículo o aquellos otros que surjan de forma natural en el curso del debate.
  • En Internet es habitual utilizar apodos o 'nicks' en lugar del propio nombre, pero usurpar el de otro lector es una práctica inaceptable.
  • No escriba en MAYÚSCULAS. En el lenguaje de Internet se interpretan como gritos y dificultan la lectura.
Cualquier comentario que no se atenga a estas normas podrá ser borrado y cualquier comentarista que las rompa habitualmente podrá ver cortado su acceso a los comentarios de PERIODISTA DIGITAL.

caracteres
Comentarios
  • Comentario por Fernando 17.07.17 | 10:24

    El que exista Dios no implica sentido en la vida, y más si se acude a conceptos de liberación y humanismo. ¿Cuantos episodios conocemos de textos sagrados -ésos que tarde o temprano son citados cuando las cosas pintan mal-, donde unos vencen y otros caen porque el Altísimo así lo ha querido? ¿Habrá entonces sentido para esas víctimas? Y al contrario, ¿podría haber sentido sin Dios ni Resurrección? Me parece que sí. Y es que la palabra "sentido" se puede aplicar en muchas contextos, y no necesariamente creyentes, porque ni Dios (ni Cristo) es una palanca automática para elevar o bajar cargas de sentido útiles para todo sujeto.

    Y a tenor de la muerte, somos libres de creer lo que sea, y no solo porque dejemos sitio a otros -argumento de perogrullo pero falaz teológicamente-, si no porque, como demuestra la historia, no exige de por sí la intuición de una existencia universal tras ella, de igual modo que no la exige en particular el estado previo a nacer.

Martes, 19 de septiembre

BUSCAR

Editado por

Síguenos

Hemeroteca

Septiembre 2017
LMXJVSD
<<  <   >  >>
    123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930