El blog de X. Pikaza

Gaspar G. de Laviana (1941-1978): Poeta y testigo de Jesús, mártir de la justicia

Convocatoria:
Queridos amigos y compañeros:

Como sabéis, el Foro de Cristianos GASPAR GARCIA LAVIANA es un lugar de encuentro para reflexionar con libertad sobre la realidad social y eclesial en la que vivimos y aunar las inquietudes de quienes deseen incentivar un pensamiento y una praxis en consonancia con el Evangelio...

Este año tendremos, el viernes día 16 de este mes una conferencia del teólogo Xabier Pikaza... para superar esquemas y prácticas eclesiales que lastran lo que entendemos debe ser la acción de los seguidores de Jesús: el trabajo por la construcción del Reino de Dios en este mundo. Es interesante conocer las causas que condujeron al actual alejamiento de ese modelo y explorar la manera de superar esa situación.Al terminar el acto tendremos un pequeño ágape de confraternización.

Un saludo. José Luis Suárez, Secretario del Foro Gaspar García Laviana.

UNOS DATOS BIOGRÁFICOS

Gaspar García de Laviana (1941-1978) fue religioso y presbítero de los Misioneros del Sagrado Corazón. Nació en Asturias y fue enviado a Nicaragua donde trabajó intensamente al servicio de los campesinos y los pobres (1969-1977), siendo amenazado y perseguido por la dictadura de Somoza.

Al final de un largo de un largo y arriesgadísimo proceso de ayuda cultural, sanitaria y social a los más pobres del país, agotando los medios pacíficos de ayuda y los intentos de transformación social sin guerra, el año 1977, tras un viaje a España para consultarlo con compañeros y amigos, pensando que la jerarquía eclesial de Nicaragua no respondía de un modo solitario, decidió entrar en el movimiento armado sandinista, siendo abatido el año siguiente en un acto de guerra. Así lo comunicó a los compañeros sacerdotes de Asturias:

Me llamo Gaspar García Laviana; soy sacerdote religioso del Instituto Misionero del Sagrado Corazón. Tenemos obras prácticamente en todo el mundo y concretando más en Centroamérica tenemos misión en Guatemala, en la zona de quiché, donde unos compañeros de aquí de Oviedo van a trabajar, y en Nicaragua donde estamos seis.Nací en La Oscura, Asturias, el 8 de Noviembre de 1.941. ama Silverio García Antuña, nacido en El Corbero, minero; trabajó 42 años en la mina y ahora está retirado.Llevo 11 años de ordenado. Trabajé 4 años en Madrid y 7 en Nicaragua, concretamente en San Juan del Sur...

Poco después anunció a todo el pueblo nicaragüense su entrada en el FNLS en la Navidad de 1977. Con el grado de comandante, ya muy pronto, antes de un año, murió en la pelea: 11 de diciembre de 1978.

Fue un hombre de gran cultura y sentido social, un poeta, un utópico, generoso, siempre a favor de la solidaridad. Y todo en él fue gratuito. Lo único que esperaba a cambio de su entrega era el bienestar de su pueblo, la gente de Nicaragua, de San Juan del Sur, de Rivas.

-- Se puede discutir su manera de vincular el ministerio cristiano con la guerra sandinista... Pero también se puede discutir y mucho más la vinculación de gran parte de la jerarquía de Nicaragua con la dictadura de Somoza...

-- Se puede discutir el rumbo posterior de parte del movimiento "revolucionario" sandinista, tras la toma del poder (el año 1981, tres años después de la muerte de G. G. de Laviana).

Lo que no se puede discutir es la honradez y hondura del ideal cristiano y humano de G. de Laviana, un hombre clave en la memoria del pueblo de Nicaragua... y en la de Asturias su tierra, un hombre evangélico en el sentido radical de la palabra. Era un pacifista convencido, pero pensó que, en condiciones extremas, en defensa propia (y en especial en defensa de los pobres), como dice la doctrina tradicional de la Iglesia Católica (y del Vaticano) se puede acudir a la lucha armada. .

Mirando las cosas desde fuera, desde un despacho o lugar de poder, se puede discutir o matizar la opción de Gaspar G. de Laviana, pero en su sentido más profundo he de confesar que que ella fue un acto evangélico de justicia, al servicio de los más pobres.

En su honor quiero presentar, el próximo 16, en Gijón, una visión del ministerio cristiano del principio de la Iglesia. G. G. de Laviana era de mi "quinta" (unos meses más joven que yo). Yo tenía ya estas ideas cuando a él me mataron. Estoy seguro de que habríamos conversado amistosa y apasionadamente sobre ellas.

Gaspar García de Laviana, en la línea de Jesús. Trece anotaciones

En sentido estricto, la Iglesia no vino después de Jesús, sino que fue y sigue siendo la misma comunión de los discípulos y amigos de Jesús... que se hicieron itinerantes, caminantes, al servicio de la justicia de Dios, que se expresa en el amor y ayuda a los marginados y oprimidos de la tierra.

Miradas las cosas de esa forma, G. G. de Laviana fue un "creador" de iglesia, un discípulo del Cristo, que murió crucificado. Ciertamente, tomó una estrategia distinta (empuñó las armas), pero pensó que se trataba de un gesto extremo, muy momentáneo, al servicio del verdadero pacifismo activo y revolucionario de Jesús.

Desde ese fondo quiero presentar trece anotaciones sobre el camino y proyecto de Jesús, para situar en ese fondo el proyecto humanista, poético, misericordioso y justo de Gaspar G. de Laviana.


1. Había sacerdotes en tiempos de Jesús, una jerarquía sagrada, y en esa línea algunas tradiciones del AT
(sobre todo en el Levítico) habían desarrollado una teología del sacerdocio, centrada en la pureza ritual, que los fariseos querían extender a todo el pueblo. Pero en su conjunto la identidad de Israel era histórica, profética y sapiencial, con una fuerte dosis de apocalíptica, no venía dada por una jerarquía de tipo sagrado. En el Nuevo Testamento los sacerdotes de Jerusalén, a quienes el mismo Pilatos considera envidiosos (Mc 14, 10), se muestran contrarios a la visión de Jesús y de sus primeros seguidores. Pero el judaísmo posterior (la federación de sinagogas) dejó de ser sacerdotal, y lo mismo hizo el cristianismo, aunque en formas distintas.

El poder sacerdotal tendió a ser absoluto, pero no lo consiguió, y así a partir de la conquista romana (64 a.C.) las funciones volvieron a escindirse, con un Gobernante (rey herodiano vasallo o procurador romano) como poder civil, y un Sacerdote como poder religioso (¡como en la Edad Media cristiana, con un Papa y un Emperador), aunque los dos poderes se hallaban vinculados, pues se necesitaba, y además, algunos grupos judíos (como los de Qumrán) no aceptaron el sacerdocio oficial. En este contexto se extendieron varios grupos judíos, unos de línea más sacerdotal (saduceos), otros de piedad laical (fariseos) y/o más centrados en la política (varios tipos de celosos), con visiones divergentes de la tradición religiosa. Ciertamente, los sacerdotes tenían mucho poder, pero no todo, en el pueblo.

2. Pero Jesús no fue sacerdote, sino laico, en la línea de los profetas y pretendientes mesiánicos, sanadores carismáticos y sabios populares, entre los grupos que había en Israel, retomando los aspectos básicos de la experiencia profética, en una línea no sacerdotal. Por eso, a lo largo de su ministerio no se enfrentó básicamente con los sacerdotes, sino que se mantuvo fuera del campo de su influjo, e incluso les suplantó, ofreciendo el perdón de Dios sin acudir para ello a los ritos sacerdotales del templo, y además comparte con los hombres y mujeres de pueblo la comida sagrada, sin pasar por el templo (multiplicaciones). De todas formas, en el momento clave de su vida, subió a Jerusalén, no para someterse a los sacerdotes, sino para enfrentarse con ellos, mostrando que el templo había realizado su función y no tenía ya valor sagrado (Mc 11, 15-17).

No tomó títulos sacerdotales ni rabínicos, sino que actuó como un simple ser humano (hijo de hombre), sin ordenaciones jurídicas, ni documentaciones acreditativas. No fue ungido para ejercer un ministerio sacral en el templo, ni recibió otro tipo de órdenes sagradas, sino que fue un judío marginal, un galileo de extracción campesina, obrero de la construcción (albañil o carpintero), sin tierras propias, ungido directamente por el Espíritu de Dios, como dirá la tradición cristiana, a partir de su bautismo bajo Juan (Mc 1, 9-11).
Había sido por un tiempo discípulo del Bautista, profeta del juicio de Dios que actuaba en el desierto (allende el Jordán), como otros muchos en el pueblo, sin que eso implicara ningún tipo de ministerio sacerdotal. Pero a Juan le mataron, y Jesús tuvo la certeza de que Dios le impulsaba a proclamar e instaurar su Reino (perdón y concordia universal), empezando por los enfermos, marginados y excluidos de Israel (judíos), sabiendo que después se abriría todos los hombres y mujeres, sin necesidad de sacerdotes.

Animado por esa certeza, dejó el desierto y comenzó a instaurar el Reino de Dios en Galilea, sin papeles ni sellos sagrados que lo acreditaran, simplemente como un israelita consciente de su identidad y su tarea. No era un espíritu del cielo (como algunos esperaban, en la línea de Henoc o Elías), ni quiso hacerse rey, ni fue sacerdote o guerrero sagrado, sino un maestro popular, un carismático, ofreciendo enseñanza de Reino y salud a quienes le acogieran y escucharan.

Fue pues un laico o seglar, maestro y sanador espontáneo, sin estudios ni titulaciones, al interior de las tradiciones de Israel (en línea profética), fuera de los organismos sacerdotales, políticos y doctrinales (escribas) de su entorno. Creía que Dios era Padre de todos, y así promovió un movimiento de sabiduría popular (enseñanza), curación (salud) y comunión entre los marginados a quienes despertaba, acompañaba y animaba, como a destinatarios y herederos del Reino de Dios (cf. Mt 5, 3; 11, 5; Lc 6, 20; 7, 22).

Por estado y vocación, era un marginal, y así podía estar en el centro de todo el pueblo: Estaba convencido de que sólo al margen (fuera del sistema instituido) podía plantarse la obra de Dios, no desde el poder dominante. No utilizó medio de reclutamiento y separación clasista (con un tipo de personas superiores para transformar a las inferiores), como han hecho los grupos de poder. No adiestró a un posible grupo de combatientes (celotas), ni fundó una agrupación de especialistas puros (fariseos), ni un resto de llamados (esenios), sobre la masa perdida. No apeló al dinero, ni a las armas, ni educó un plantel de funcionarios bien capacitados.

No necesitó edificios, ni oficiales a sueldo, sino que proclamó e instauró el Reino de Dios, sin mediaciones jerárquicas. Habló con parábolas que todos podían entender (aunque haciéndoles cambiar su forma de pensar) y actuó con gestos que todos podían asumir, abriendo cauces personales de solidaridad entre excluidos y necesitados, como sanador y exorcista (especializado en expulsar demonios) y, sobre todo, como amigo de los pobres. Acogió (perdonó) a los excluidos, y compartió la comida a campo abierto con aquellos que venían a su lado, buscando salud, compañía o esperanza, cuidando de un modo especial a los niños, enfermos y expulsados de la sociedad.

No fue un soñador ingenuo, ajeno a la sociedad (un simple contra-cultural), pero tampoco un hombre del orden social o religioso, como los políticos romanos o los sacerdotes de Jerusalén. Pudieron compararle con los fariseos, que estaban iniciando un camino de reconstrucción del judaísmo, en línea familiar y nacional, pero sin dar primacía a la ley y a las normas nacionales de pureza; de esa forma puso el servicio a los pobres por encima de las normas nacionales, de manera que su movimiento pudo abrirse luego a todos los pueblos. Fue profeta y carismático, al margen de la buena sociedad, para crear de esa manera un nuevo centro humano, promoviendo la convivencia directa entre hombres, la comunicación gratuita con Dios y entre los hombres.

3. De esa manera, al enviar a sus discípulos, en su misión prepascual, Jesús instituyó un movimiento de Reino que es el principio y modelo de la Iglesia posterior. Ciertamente, en un sentido más “cronológico” la Iglesia nació después de la muerte de Jesús (con la experiencia pascual, con el don del Espíritu en Pentecostés, con la reorganización de los Doce, con la misión de los helenistas, con conversión y mensaje universal de Pablo etc. etc.), pero tanto Marcos como Mateo y Juan identifican la vida y misión de la iglesia con la vida y misión de Jesús. Así lo ha puesto de relieve Pedro Trigo, en un trabajo ya clásico sobre la misión prepascual:

4. Jesús envió a sus discípulos a misionar. Ese envío de Jesús, tal como aparece en Mt 10, 1-14; Mc 6, 6-13 y Lc 9, 1-6; 10, 1-12. Ésta es la forma original de la misión cristiana y a ella debe volver la Iglesia en nuestro tiempo. Sin duda, la misión posterior de la iglesia helenista e importante, y la de Pablo y la de toda la historia posterior de la Iglesia. Pero ella sólo tiene sentido y recibe toda su validez desde la misión originaria de Jesús. Éste es el alcance del famoso “retorno a Galilea” de Mc 16 y Mt 28. En esa línea, el mandato final de Mt 28, 16-20 ha de entenderse como expansión (ratificación) de la misión originaria de Jesús y sus discípulos.

5. La misión apostólica es participación real de la misión de Jesús. No se trata pues de hacer algo distinto, como si es tiempo de Jesús quedara en el pasado, sino de seguir haciendo lo que hacía Jesús, compartiendo de esa forma su propia misión. No se trata, pues, de dejar al Jesús histórico, para crear desde la pascua un camino distinto, sino de retomar pascualmente (desde la experiencia radical de su presencia: ¡estoy con vosotros todos los días…!), el mismo camino de su vida. El mensaje de Jesús no se separa de su vida, sino que es su propia vida hecha mensaje. Eso significa que los discípulos de Jesús no realizan una misión distinta, sino la misma de Jesús, en las nuevas circunstancias de los tiempos y lugares.

6. Los mensajeros son enviados en binas, de dos en dos (Mc 6, 7; Lc 10, 1). Este envío de dos en dos constituye un elemento nuevo del mensaje de Jesús, como para indicar que el mensaje del evangelio es siempre un mensaje y camino compartido, no en línea de poder de uno sobre otros, sino de autoridad compartida. Esta vuelta al envío de dos en dos me parece un rasgo esencial del evangelio, no sólo en línea de ayuda mutua de los misioneros (que se acompañan en la vida y el camino), sino en la línea del mismo testimonio. La misma solidaridad entre dos es signo de evangelio. Ciertamente, queda en el fondo el problema de por qué Jesús es “sólo uno”, mientras que su envío de evangelio empieza y sigue siendo experiencia de dos… Queda en el fondo el tema de por que la “autoridad” de la Iglesia no es nunca de uno sólo, sino al menos de dos en dos, autoridad de comunión, en línea de fraternidad, de sororidad, de posible pareja afectiva (matrimonio).

7. No llevéis para el camino dinero, ni ropa de repuesto. Varían los detalles entre los sinópticos, pero en los tres queda claro que la misión no se hace con medios económicos. No se trata de una tarea de dinero, ni tampoco de poder, sino de una nueva experiencia de comunicación personal y de solidaridad en un plano personal y económico. Esta comunicación de evangelio se expresa de un modo especial en un plano de curación (los enviados de Jesús “curan” los enfermos) y de acogida (son recibidos en las casas). Se establece así un intercambio de vida que está fundado, según Jesús, en la experiencia radical de Dios Padre que abre un espacio de comunión para los hermanos. De esa manera, la fraternidad inicial (de dos en dos) se abre en forma de fraternidad universal. Se trata de cambiar la estructura y sentido de las casas, convirtiéndolas en lugares de acogida.

8. Enviados a las casas… Los enviados de Jesús no van primariamente a convertir personas, sino casas: es decir, espacios de relación mutua. En ese sentido, el evangelio tiene un hondo sentido “familiar”. No se trata de sacralizar las “casas” tal como existen (las casas patriarcales, con un orden superior dictado desde arriba, sino de crear nuevas casas, nuevas relaciones familiares, fundadas en la gratuidad, sin padres-patriarcas por encima de los otros. Jesús no intenta convertir a las personas por aislado (en línea de transformación individual, de experiencia intimista), sino las relaciones familiares, es decir, las casas, entendidas en un sentido extenso como espacios de comunión, entre la pura intimidad de una casa/familia cerrada en sí y el espacio público, como lugar de imposición social. Precisamente aquí está la novedad social y personal del evangelio.

9. Contenido de la misión: la paz. El objetivo fundamental de la misión es crear espacios de paz mesiánica. No se trata de enseñar doctrinas sobre Dios (cosa en sí buena), ni de abrir espacios de oración o pre-oración intimista, en la línea de un tipo de Zen o de Mindfulness (cosa que es también buena…), sino de crear y cultivar espacios de comunicación pacificadora (es decir, de comunicación personal, en justicia). Partiendo de Jesús, el saludo inicial de los cristianos ha sido kharis kai eirene, gracia y paz (como se dice al comienzo de las cartas de Pablo). Estas son las dos notas originarias de la misión cristiana: Expresar la gratuidad al servicio de la paz, que el don de Dios que es gracia se convierta en fuente de paz (lo que implica reconciliación y encuentro entre los hombres, partiendo de los más pobres).

10. La misión como empresa peligrosa. Todos los evangelios presentan este envío de Jesús como “peligroso”, pues va en contra de la sociedad dominante, formada por aquellos que están satisfechos con aquello que hay y que ponen la religión al servicio del orden establecido. De un modo natural, la Iglesia ha querido tomar el poder (o una franja importante de poder), para defender de esa manera sus pretendidos principios religiosos o espirituales. Pero tan pronto como hace eso (fundarse en el poder, hacerse un poder entre los otros), la Iglesia pierde su raíz evangélica, su fuente de paz. En esa línea, la Iglesia se convierte en funcionaria al servicio del Dios todopoderoso (de tipo ontológico…), y deja de ser representante de la autoridad de Jesús, el Crucificado, al servicio de los pobres.

11. Los sacerdotes del orden establecido, amenazados por la propuesta y camino de Jesús, le rechazaron, en Jerusalén, donde subió a presentar su proyecto. Antes había ofrecido su mensaje y solidaridad en los caminos y pueblos de Galilea, entre varones y mujeres, enfermos y sanos, adultos y niños, puros e impuros... No fue a las ciudades (Séforis, Tiberíades, Tiro, Gerasa), probablemente porque no aceptaba aquellas estructuras urbanas, dominadas por una organización clasista, bajo la dominación de Roma. Quiso ser universal desde las zonas campesinas donde habitaban los humildes, los excluidos de la sociedad de consumo. De esa forma volvió a los orígenes de la vida, de manera que en su mensaje podían caber (desde Israel) todos los hombres y mujeres, por encima de las leyes de separación nacional, social o religiosa de la cultura dominante.

‒ Los primeros destinatarios de su proyecto eran pobres, publicanos y prostitutas, hambrientos y enfermos, expulsados del sistema. Para ellos vivió Jesús y envió a sus primeros discípulos, y desde ellos quiso iniciar su movimiento, del que dependen todas las iglesias posteriores. Pero, al mismo tiempo, él tenía simpatizantes y amigos, de la sociedad establecida, a quienes pidió que se dejaran “curar” por los pobres, poniéndose al servicio de la comunión del Reino.

‒ Se rodeó de seguidores y amigos, algunos de los cuales dejaban casas y posesiones para acompañarle, y con ellos caminaba, iniciando un movimiento de Reino. En esa línea, convocó a los Doce a quienes instituyó como representantes y mensajeros del nuevo Israel (las doce tribus), y así les mandó predicar el mensaje, sin autoridad administrativa o sacral (no eran sacerdotes ni escribas), con la autoridad de la vida.

Así inicio un movimiento que desde Israel (Doce tribus) debía abrirse a los pobres del entorno y después a todo el mundo. Por eso, en el comienzo de su iglesia o comunidad mesiánica están los enfermos y necesitados a cuyo servicio debían ponerse los Doce y los restantes seguidores. Jesús no aportó una filosofía orgánica del orden social, ni buscó una fórmula de integración forzada, un programa económico o político, militar o religioso que dividiera a las personas en grupos y estamentos de poder, sino que fue simplemente un hombre (hijo de hombre), amigo de todos, desde los más pobres, y así subió a Jerusalén, ciudad del templo (cf. Mt 5, 35), para culminar su mensaje y presentar su causa ante el Gran Sanedrín, integrado por ancianos-senadores y escribas.

Vino sin poderes exteriores, pero los sacerdotes, que habían secuestrado al Dios del Templo, temieron y le acusaron a Pilatos, Gobernador de Roma, quien también le vio de alguna forma como sedicioso. Murió por el delito que haber no sólo anunciado, sino preparado el despliegue de un Reino de Dios (es decir, universal, desde los más pobres) que resultaba peligroso para el Imperio de Roma y el Templo de Jerusalén, es decir, para los representantes del poder religioso.

Este proyecto de Jesús resultaba peligroso para el orden establecido, de tipo socio-político y religioso. El problema no estaba en las ideas generales (Dios es Padre, sentido sacral de la sociedad…), sino en la forma de establecer vínculos de vida solidaria desde el reverso del poder establecida, Los Doce y otros le habían acompañado hasta Jerusalén..., pero al final le abandonaron. Uno de ellos le traicionó y los restantes (incluso Pedro) se desconcertaron, temieron y huyeron.

En ese sentido, Jesús murió fracasado, pero su mismo fracaso mostró (desde la experiencia pascual) que era verdadero lo que él anunciaba y hacía: su experiencia de Dios, su esperanza de Reino (humanidad), su proyecto de curación y reconciliación universal. Murió, pero algunos de sus seguidores, mujeres y varones, le descubrieron vivo (resucitado) y re-iniciaron su proyecto, no otro proyecto (cambiado por la pascua), sino el mismo de Jesús, su misma forma de entender la Iglesia, es decir, la comunidad de los reconciliados.

12. La experiencia y tarea de Jesús, es decir, su comunidad siguió manteniéndose viva tras su muerte (y recreada por la experiencia pascual, pero sin cambiar su orientación fundamental). Los seguidores de Jesús no trazaron un único camino, sino varios, pero todos convergentes, en la línea que acabo de indicar. Parece que no estaban preparados para actuar sin Jesús y, por otra parte, pensaban quizá que el Reino iba a llegar de inmediato, desde arriba, y lo resolvería todo…

Ciertamente, en un sentido, ellos no sabían de antemano cómo debería organizarse el movimiento de Jesús, pero lo hicieron, pues el recuerdo de su maestro, con y el impulso de Espíritu y la certeza de que estaba realizándose la obra de Dios les fortalecieron.

De varias maneras (Pedro y los doce, mujeres y parientes, “hebreos y helenistas”…) retomaron la obra de Jesús y siguieron expandiéndola. No sabían al principio cómo, ni fijaron un Congreso Instituyente para definir sus estructuras; pero el carisma y libertad de Jesús les fue guiando para crear grupos de amigos y seguidores, vinculados por el recuerdo y presencia de Jesús, iglesias fuertes en libertad mesiánica (misionera, creadora), pero muy libres, capaces de adaptarse a las diversas instituciones económicas o administrativas, sacrales o legales.

Los cristianos no tuvieron ministerios iguales en todos los lugares, sino que actuaban de modos distintos, según los grupos y las circunstancias. No recrearon el sacerdocio de templo, pues todos se sentían sacerdotes, sin necesidad de templo como Jerusalén. Les importaba más el mensaje que la organización, el carisma que la estructura, la misión que el recuento de misionados. Por eso hubo formas distintas de vivir y expresar la autoridad cristiana. Sólo más tarde, cuando estuvieron bien establecidos, tendieron a unificar sus ministerios.

Hubo además varios grupos de cristianos, hebreos y helenistas, en Jerusalén, en Galilea y la diáspora, como ríos que uniéndose formaron la Gran Iglesia, pero sin dominar unos sobre otros. Por eso, el principio no hubo uniformidad, sino diversos grupos, semi-independientes, varias formas de entender la unidad y ministerios, según las circunstancias, desde el mismo Cristo.
La iglesia de Jerusalén se mantuvo por un tiempo fiel al templo, pero otros cristianos como Esteban vieron que el mensaje y vida de Jesús significaba el fin del templo, y así lo vieron al fin todos, sin necesidad de crear una casta o grupo sacerdotal, pues sus gestos o ritos (bautismo, perdón, eucaristía) pertenecían a todos los creyentes.

13. Un cuerpo mesiánico, varios ministerios. En ese contexto se sitúan los diversos ministerios, de tipo laical, no sacerdotal, como sabemos por Pablo, que escribe sus cartas hacia el 50 d.C. El Nuevo Testamento (completado hacia el 150 d.C.) no conoce una tabla fija de ministerios ordenados, tal como surgirán más tarde, a finales del II d.C., distinguiendo obispos, presbíteros y diáconos, que al principio eran ministerios laicales (del pueblo), no sacerdotales (de una élite), siempre al servicio del cuerpo de la Iglesia:

Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de servicios (diaconías), pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero Dios es el mismo, el que obra todo en todos (1 Cor 12, 4-6).

Eran ministerios laicales, no grados distintos de un nuevo sacerdocio sacrak, eran propios de todos los cristianos, entendidos como templo de Dios. Lo primero fue por tanto el “cuerpo” mesiánico, animado por el Espíritu, la comunión de los creyentes, que son en Cristo sacerdotes de una nueva alianza (cf. Hebreos, 1 Pedro y Apocalipsis). Al servicio y para despliegue de ese cuerpo surgieron por tanto ministerios de apóstoles, profetas y maestros, servidores de diverso tipo, subordinados al amor y perdón mutuo (cf. 1 Cor 13; Mt 18).

La iglesia es por tanto un cuerpo de voluntarios de Jesús, centrado en la comunión de todos, no una jerarquía (unos arriba, otros abajo), en reciprocidad, partiendo de los inferiores y menos honrados que, como sabe la tradición, son los más importantes (Mc 9, 33-37; 10, 35-45; 1 Cor 12, 12-26). Un tipo de ley eleva a quienes pueden realizar obras más altas, fundando así una sociedad piramidal. En contra de eso, la comunión cristiana se expresa en claves de comunión de todos, y el primer puesto lo tienen los pobres y excluidos (pecadores). Los ministerios no sirven para repartir funciones y méritos entre los más capaces, sino para anunciar y expresar la salvación de Dios a todos por el Cristo.


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Comentarios
  • Comentario por Fernando 15.06.17 | 10:22

    ¿No te parece Xabier, que tal como presentas tu argumento, podría aceptarse la justificación de un acto guerrillero por contraposición al clericalismo? Yo me pregunto, si no resulta algo capcioso, pues a una militancia del trono se contrapone una militancia resistente y violenta. ¿No estamos entonces ante otra nueva sacralidad, otra nueva manera de taborismo?

    A lo sagrado tradicional jerárquico, le sigue lo sagrado asambleario y guerrillero, pues ambas en el fondo se justifican por un finalismo duro y una estrategia de separación: a una, los que no pertenecen al grupo superior; a otra, los que no están a favor del pueblo y sus intereses. Al final, soteriología de sacramentalismo vs. soteriología de activismo. El paraíso para ésta, lo perfecto para aquélla. Si todo fuera tan sencillo, la historia del cristianismo sería otra, pero me temo que no es así. Y es que la aplicación desmesurada de la canónica de los "pobres" la fuerza a una peligrosa trivialización.

  • Comentario por galetel 14.06.17 | 12:37

    “Desde la experiencia pascual”, sí. Pero, ¿en qué consistió esta experiencia? En una Revelación, ciertamente. Sus receptores fueron los discípulos y los familiares de Jesús, quienes lo habían rechazado y despreciado, después de haber esperado que fuese un mesías exitoso. Eran más de cien, entre hombres y mujeres, y, después de la Crucifixión, estaban huidos, refugiados, escondidos, diseminados por distintos lugares de Judea y Galilea. Como resultado de esa Revelación, se reunieron en Jerusalén para esperar la Venida gloriosa del Señor Jesús resucitado/exaltado. Como consecuencia, en segundo término, continuaron el proyecto que antes habían abandonado. Pero se desconcertaban por la muerte de los cristianos que esperaban ansiosos al Señor, hasta que comprendieron que Jesús era, él mismo, la Resurrección y la Vida, no sólo el Camino y la Verdad. El Reino, en su Culmen, remoto e inminente, sería para todos: vivos y muertos, porque todos serían transformados.

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