El blog de X. Pikaza

No hay sequía, sino mutación vocacional

El Cardenal Ricardo Blázquez, presidente de la CEE, que fue (y sigue siendo) colega y compañero, acaba de lamentarse ayer en Bilbao de la "sequía vocacional" de sacerdocio que padece la Iglesia católica en este país, una sequía que ha enmarcado en un contexto general de "un cierto enfriamiento cristiano".

En ciertos lugares, las vocaciones no son más que un hilito, es para preocuparse, dice el cardenal.

(http://www.periodistadigital.com/religion/espana/2017/06/09/religion-iglesia-espana-cardenal-blazquez ).

Acepto en parte el diagnóstico de Mons. Ricardo Blázquez y admito con él que existe un “cierto enfriamiento cristiano”, que influye mucho en el tema de las vocaciones cristianas, pero más que ante una sequía juzgo que estamos ante una una “mutación vocacional”, es decir, un cambio de orientación en las vocaciones.

-- Ese enfriamiento y mutación resulta, por un lado, preocupante, pues nos sitúa ante el fin de una etapa que ha dado sus frutos de evangelios...

-- Pero en otro sentido nos abre ante un futuro y tarea llena de esperanza, pues nos obliga a replantear el tema, no en la línea del “sacerdocio clásico” (que forma parte de un ciclo cristiano ya pasado), sino en la línea de recreación de los ministerios fundantes de la Iglesia.

En ese nuevo contexto, tengo la certeza de que la crisis ha de ser positiva, si sabemos situarnos ante ella, una ocasión para que las diócesis y las parroquias pueden recuperar un inmenso caudal vocacional latente, que está ya pronto para iniciar nuevos caminos. En contra de los que algunos pueden pensar, dentro de la Iglesia hay vocaciones (¡muchas y buenas vocaciones!) para los ministerios fundantes de la Iglesia, en línea de evangelio.

Precisamente para abrir un camino en esa línea, desde mi vocación de estudioso de la Biblia y de la historia cristiana, comprometido en el despliegue de los nuevos ministerios, preparé hace unos días unos folios para comentarlos entre agentes de pastoral de la diócesis de Bilbao, a la que acaba de ir también Mons. Blázquez. Él ha estado celebrando una fiesta de bodas de plata y oro de unos presbíteros venerables (a cuyo gozo me uno). Yo he ido a conversar con agentes de pastoral (en Orué-Euba y Durango), y así quiero colgar en este blog una parte del texto que allí presenté (tomado básicamene de Iglesia Viva 266 (2016) (http://iviva.org/getFile.php ).

En este contexto, con ocasión de las palabras del Cardenal Blázquez en Bilbao, que fue su diócesis, recojo aquí la última parte de mi propuesta en esa misma diócesis, el pasado 24 del 6 del presente año 2017. Un saludo a todos mis lectores, y un abrazo especial a Mons. Blázquez.

1. Un tipo de ministerios sacerdotales están en tiempo de sequía

Al principio las cosas no fueron así, pero así se consolidaron desde el IV d.C. (constantiniano) y sobre todo desde el XI (Reforma Gregoriana), de manera que la Iglesia Católica se convirtió en una institución jerárquica, dependiente del Papa y obispos, con unos ministerios de tipo sacerdotal, celibatario y patriarcal. El Vaticano II quiso volver a los orígenes, pero no logró hacerlo de un modo consecuente y sus textos incluyen dos eclesiologías:

‒ En teoría el Vaticano II expuso una eclesiología de comunión, presentando a la Iglesia como Pueblo de Dios, comunidad de creyentes, con ministerios que brotan de la comunidad. Lo primero es el Pueblo Sacerdotal, Cuerpo de Cristo, presencia (esposa) del Espíritu santo, y a su servicio, se instituyen unos ministerios, que no son jerarquía (superioridad), sino servicio. Esta visión, que es dominante en un plano teológico, influye menos en la administración de conjunto de la de las comunidades.

‒ De hecho han dominado las formulaciones jurídicas y prácticas de una eclesiología jerárquica, de tipo sacerdotal, que no parte del cuerpo de los creyentes (pueblo de Dios), sino de la jerarquía a la que Cristo habría instituido como potestad, para regir la Iglesia desde arriba. Los dirigentes poseen el poder sagrado, que han de ejercer al servicio del pueblo, pero desde arriba. Esta eclesiología se ha fortalecido en el plano práctico, tras el Vaticano II, con el fortalecimiento Curia Vaticano, aunque parece estar el crisis con los intentos de renovación iniciados por el Papa Francisco.

Ésa es una situación de inestabilidad: Se habla de comunión y se mantienen (en general) sus ideales, pero sigue dominando una eclesiología de sacerdocio jerárquico, con aval del nuevo Derecho Canónico (CIC, año 1983) y del Catecismo (CEC, 1993), con retoques cosméticos, pero insistiendo en la naturaleza jurídica y jerárquica de la Iglesia, como se ha venido diciendo a los cincuenta años del Vaticano II (1965-2015). En esa línea se sigue manteniendo el esquema de los ministerios tradicionales (ratificados a partir del siglo XI), con una Iglesia que de hecho se sigue fundando en el orden jerárquico.

En ese sentido, con el fin (la disminución progresiva) de este tipo de jerarquía (vocaciones sacerdotales), algunos piensan que se destruye la Iglesia. Pues bien, en este momento, con el cambio radical de sociedad e iglesia que estamos viviendo, esa disminución de las vocaciones clericales puede ser una oportunidad para recuperar el sentido y tarea de los ministerios de Jesús.

1. Estamos ante un final de etapa, de una larguísima etapa de iglesia, y tenemos que dar gracias a Dios de lo que ella ha sido. Para la mayor parte de nosotros ha sido una iglesia ejemplar, por el tipo de fe que ha transmitido, por su arraigo en la tradición, por su vinculación al pueblo…Pero las etapas terminan, y el fin de ésta parece que se está acelerando.

2. El tema no es esperar para ver qué pasa… En este campo no se puede aplicar el dicho de San Ignacio: "En tiempo de desolación nunca hacer mudanza" (San Ignacio de L., EE 318). Pero éste no es un tiempo de “desolación interior”, sino todo lo contrario: Ha de ser un tiempo de creatividad evangélica. En cambio no puede venir por desolación interior, sino por creatividad evangélica.

3. No se trata, pues, de declararnos fracasados… sino todo lo contrario, de descubrir lo que aquí hay (debe haber) de creatividad evangélica. Éste tiene que ser no sólo un tiempo de acción de gracias, sino de fuerte discernimiento (como quería San Ignacio), para ver lo que es esencial y lo que es secundario, para descubrir así desde nuestra propia vida y misión la tarea del evangelio.

4. Yo tengo que menguar, él tiene que crecer…(Jn 3, 30). El camino de Juan Bautista ha sido bueno, ha tenido sus valores… Pero ese camino ha tenido que terminar, para que venga el camino de Jesús. Nosotros también hemos tenido una iglesia que en algunos rasgos era más de Juan Bautista que de Jesús. Por eso tenemos que estar dispuestos a abrir puertas para lo que ha de venir, abriendo caminos.

5. Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu salvador… (Lc 2, 29). Son las palabras del anciano Simeón. Morir en paz porque es hemos mantenido el testimonio… y porque, por nosotros, se vuelve posible lo nuevo. Se trata, pues, de estar ligeros de equipaje… Aligerar mucho equipaje que hemos llevado durante signos, pero no para echar por echar, sino para recuperar mejor lo esencial del evangelio.

Lo que hace falta no es un cambio de fachada, un retoque cosmético ante cuestiones discutidas de la Iglesia (celibato, pocas “vocaciones”, ministerios femeninos, exclusión de la mujer, pederastia…), sino de identidad. No, no hemos fracasado, en modo algunos, aunque todos llevamos algunas heridas del camino. Lo nuestro ha servido y debe servir para que llegue algo nuevo, en línea de evangelio.

2. Volver al evangelio, el sacerdocio de la comunidad.

Tras siglos de inercia clerical, por fidelidad al origen cristiano y a nuestra situación, debemos romper la estructura clerical de jerarquía, no para negar el impulso y tarea de la Iglesia, sino al contrario: para recrear su impulso, en medio de los pobres (¡oler a oveja!), como Jesús, en la plaza pública, sin especialistas religiosos superiores.

Los ministerios resultan necesarios para la misión del evangelio, pero Jesús no los ha establecido como un “orden” o clase de jerarcas. El NT y la iglesia primitiva no conocieron ministerios con sacerdocio jerárquico (el de la Nueva Alianza es de todos los cristianos), sino servicios de hermanos y hermanas que realizan las tareas del evangelio, de manera que los ministerios (de apóstoles y profetas, doctores y maestros, y luego diáconos, presbíteros u obispos) no son sacerdotales, sino laicales. El sacerdocio mesiánico “sagrado” pertenece a todos (a la comunidad), de manera que los ministros concretos reciben nombres laicales: Son servidores (diáconos), ancianos (presbíteros) o supervisores (diáconos).

Una vez que se reconoce ese dato cambia de manera radical la perspectiva, desde la misma Biblia y la historia de la Iglesia. En esa línea, el modelo jerárquico/sacerdotal de los ministerios ha entrado ahora en crisis, por conciencia moderna de igualdad/fraternidad y sobre todo por exigencia de evangelio. La experiencia y “tarea” sacerdotal no es un elemento exclusivo de los ministros ordenados, ni se puede entender en línea jerárquica, sino que forma parte de la experiencia básica del cristianismo.

‒ Presbíteros y obispos no son sacerdotes por su ministerio, sino porque pertenecen, por su bautismo y su fe, a la comunidad sacerdotal de la iglesia, en la que todos son hijos de Dios y sacerdotes (pues ofrecen y comparten en Jesús y por Jesús su vida). Eso significa que la misma vida cristiana en cuanto tal es “sacerdotal”, como la de Cristo

‒ Obispos y presbíteros son ministros de una iglesia a la que sirven y de la que reciben (con la que comparten) la Palabra y Sacramento de Jesús, sabiendo que el sacerdocio pertenece al conjunto de los fieles, y de un modo especial a los pobres y expulsados (cf. Heb 7, 22 ss; 1 Ped 2, 5.9; Ap 5,10; 20, 6). Conforme a la formulación del Credo, la unidad y santidad, catolicidad y apostolicidad de la Iglesia se expresan un orden (ordo) de poderes, sino por la identidad cristiana y la comunicación de amor entre los creyentes.

La potestad (suprema, plena, universal e inmediata) de la Iglesia (representada según el CIC 331-332 por el Obispo de roma) es el amor de Dios en Cristo, que reciben y comparten los creyentes, en apertura a todos los hombres, de manera que ese mismo amor es el primado de la iglesia (cf. Ignacio: Carta a los Romanos, Introducción). La unidad y autoridad eclesial no reside en un poder unificado, ni en una organización central, sino en la comunión multi-forme de los creyentes, que despliegan y comparten la palabra y el pan, empezando por los excluidos.

3. No se trata mantener lo que hay, sino de recrear la Iglesia desde el Evangelio

No se trata de que Papa, obispos y presbíteros, deleguen funciones, regalando a las comunidades cristianas más autonomía, pues no pueden ellos dar lo que no es suyo, sino de todo el pueblo cristiano, sino de que todos, desde nuestros carismas y ministerios (evidentemente, con papa, obispos y demás) seamos capaces de recrear los ministerios cristianos

Resulta comprensible que algunos, en este momento de cambios (2017), deseen un nuevo Concilio, que diga lo que debe ser la Iglesia con su jerarquía, siguiendo el modelo de Constanza (1414-1418). Les gustaría crear pronto nuevas estructuras, resolviendo desde arriba temas como el celibato, ordenación de mujeres, poder de obispos, presidencia de la eucaristía y celebración del perdón…

No se trata pues de empezar creando nuevas jerarquías, sino de que la iglesia pueda decir con su vida que los pobres son evangelizados, de manera que todos los cristianos pueden reunirse, en gesto de amor, para comunicarse y ofrecer libertad a oprimidos y expulsados, proclamando así su fe en el Dios creador, en la línea de Jesús. El auténtico Concilio es la vida diaria de las iglesias, en la que se van creando formas concretas y comprometidas de presencia y servicio a los pobres, en comunión de vida.

4. Más allá de lo que hay. Gran utopía.

En otro sentido estamos ante la “plenitud negativa de los tiempos” (cf. Gal 4, 4; Mc 1, 15), pues ha triunfado un tipo de globalización económico-política, que ha llevado hasta el final un tipo de jerarquización perversa, con triunfo del Capital (Mt 6, 24) y estructuras jerárquicas, por las que unos privilegiados (ricos-poderosos) dominan sobre los pobres. Está triunfando ya en todo el mundo un capitalismo anti-divino, opuesto a lo que debería ser la iglesia, de tal forma que algunos agoreros han podido decir hace algún tiempo que el Reino Final del Capital ya se ha instaurado (F. Fukuyama, El fin de la historia, 1992)

Pues bien, en contra de esa afirmación, seguimos en la historia, buscando la catolicidad cristiana de la gracia, que se expresa a partir de los pobres. Así, por coherencia histórica y espíritu evangélico, los ministros de las iglesias (¡todos los creyentes!) han de volver al lugar donde estuvo Jesús (y los primeros cristianos: Magdalena, Pedro, Pablo…), entre los hambrientos y marginados del Imperio antiguo, para redescubrir y recrear la catolicidad del evangelio.

Lo que une a los creyentes no son unos dogmas formulados de un modo helenista, ni unas leyes de Código Canónico, ni jerarcas superiores, sino una conversión de vida, desde el Evangelio, que se expresa en el amor mutuo del pan compartido y del perdón celebrado (¡realizado!) por todos los creyentes. Así lo decía la declaración fundacional del Concilio de Jerusalén, donde los representantes de las comunidades discutieron, dialogaron y terminaron poniéndose de acuerdo en lo fundamental: «Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros...» (Hech 15, 28).

Este «nos ha parecido...» significa que el Espíritu de Cristo se revela a través del encuentro y concordia activa entre los creyentes (cf. Gal 2, 9-10), al servicio de la comunión, del pan compartido. Ciertamente, en la Iglesia hay funciones diferentes (cf. 1 Cor 12-14), y así el mismo Jesús dijo a Pedro: «Simón, Simón… he rogado por ti, para que tu fe no decline; y tú, una vez convertido, fortalece a tus hermanos» (Lc 22, 31-32). Pedro cumplió una tarea muy importante en el comienzo de la Iglesia (cf. Mt 16, 17-19; Jn 21), pero con él lo hicieron Magdalena y la madre de Jesús, con Santiago y Pablo y otros muchos, de tal forma que la palabra y presencia de Jesús se expandió a través de comunión de las iglesias (cf. Mt 18, 15-20).

Es importante que los creyentes escuchen de un modo personal la Palabra, a través de la Escritura o por inspiración interna, como han puesto de relieve los cristianos evangélicos (con quienes debemos encontrarnos, pasados quinientos años: 1517-2017). Pero importa también mucho la vida de las comunidades, que exploran y tantean, que abren y ofrecen caminos de experiencia compartida (de evangelio), en un tiempo en que muchos nos sentimos amenazados poe un individualismo sin alma y por grupos de presión que quieren imponernos su dictado.

Eso supone que el sacerdocio de Jesús ha de formar parte de la vida las iglesias, pues el bautismo, la eucaristía y el perdón no son un derecho de obispos y presbíteros, sino un elemento esencial de las comunidades, que pueden recibir a nuevos creyentes y celebrar la memoria de Jesús. La jerarquía no hace a la eucaristía, sino al contrario: la eucaristía, celebrada por la comunidad, reunida en nombre de Jesús, hace posible el surgimiento de una comunidad donde los creyentes tienen dones y ministerios diferentes, al servicio del cuerpo eclesial (cf. 1 Cor 12-14).

‒ La inmensa mayoría de los jerarcas actuales de iglesia no son dictadores soberbios, ni inmorales aprovechados, ni jerarcas sociales que se imponen sobre los demás, sino hombres sacrificados, de altura moral, que han puesto su vida al servicio de los otros. Pero la institución de poder que ellos ejercen no proviene como tal del evangelio, sino de unas circunstancias sociales y eclesiales que han sido ya superadas.

‒ La inmensa mayoría de los jerarcas actuales tienen celo de Dios, como muchos judíos antiguos (cf. Rom 10, 2), pero no en línea que no responde totalmente al evangelio. Ésta es la ironía: como delegados de Dios, unos sacerdotes muy legales de Jerusalén (criticados por otros judíos), en pacto con el sistema imperial romano, condenaron a Jesús, pretendiente mesiánico…, pero muchos seguidores de aquel Jesús que fue expulsado por jerarcas y soldados, han vuelto a establecer una jerarquía semejante, pactando con los nuevos soldados del mundo.

Esta ironía nos lleva al corazón de la historia. Lo normal es que la Iglesia haya trazado sus ministerios con rasgos de poder mundano, corriendo el riesgo de perder su identidad mesiánica y volverse sistema sacral, por influjo del ambiente jerárquico judío, helenista y romano. Es normal que hayan surgido ministerios como órdenes de sacralidad, distinguiendo jerarquía y laicado y aplicando a los jerarcas unas categorías ontológicas propias del entorno pagano, pero no del evangelio (pues así, a pesar de todo, se ha logrado trasmitir algo de evangelio). Lo anormal hubiera sido lo contrario; pues bien, hoy se nos pide eso “anormal” (supra-normal): recrear la Iglesia desde el evangelio.

5. Sacerdocio común, ministerios nuevos.

Los ministros sacrales (obispos y reyes), establecidos como jerarquía, han configurado la historia de Europa, hasta la llegada del modelo funcional y burocrático moderno. Eran eficaces, pero más que su forma de obrar importaba su ser (valor ontológico, sagrado). Los jerarcas de la Iglesia se alzaron así y se enfrentaron (=se vincularon) con emperadores y reyes como clase elegida, inviolable, nobleza espiritual de halo divino, príncipes de un mundo que necesita principados (cf. Guerras de las Investiduras: siglos XI-XIV).

Las cosas han cambiado en la sociedad civil (para bien y para mal), pero la iglesia católica sigue manteniendo teóricamente un modelo antiguo, e interpreta a sus ministros (obispos) como funcionarios de un Sistema Sacral, organizado por ley bajo el Papa. Se supone que obispos y presbíteros tienen vocación personal y son enviados de las iglesias, pero ellos siguen siendo investidos desde “arriba” (al modo feudal) y reciben honores de un “ordo” (casta) superior, corriendo el de riesgo volverse empleados de una burocracia centraliza en Roma

‒ Pero, en contra de lo anterior, la autoridad de los ministros no es un poder divino separable de las comunidades, ni un honor añadido, ni una habilidad propia de personas que logran atraer más clientes o vender mejor sus productos, sino su vida concreta y la delegación de la comunidad que les encarga unas tareas en nombre de Jesús. No hay nada ni nadie por encima de los fieles, pues su mismo amor mutuo, en comunión de Palabra y Pan, es verdad definitiva. En ese sentido, todos los cristianos pueden y deben escuchar y expandir el evangelio, de formas apropiadas, con gestos distintos, como sabe 1 Cor 12-14 y todo el Nuevo Testamento.

Por eso, en el principio está el sacerdocio común, gracia que todos los cristianos pueden y deben compartir por Jesús, en apertura a Dios y comunión de vida, compartiendo así un sacerdocio que se identifica con la misma existencia cristiana, interpretada como don de Dios y comunión de amor mutuo. Éste es el sacerdocio común, de forma que en la Iglesia, en principio, no hay lugar para consagrados especiales, ni sedes santas, ni santos lugares o personas, ropas, canciones o colores ofrecidos a Dios por ser distintos. No existe para Jesús un mundo de Dios por arriba, como esfera superior de sacralidad platónica, pues este mundo de abajo (en especial el de los pobres y expulsados) es presencia de Dios.

Jesús identifica religión y vida, experiencia de Dios y humanidad, en amor compartido, al servicio de los pobres. Todo en la iglesia es profano (= laical), siendo a la vez sagrado, cercano a Dios, expresión de su misterio. Por eso, la misión cristiana no es crear un tras-mundo de santidad, sino hallar y cultivar la vida de Dios por Cristo, en este mundo. Para ser lo que es y hacer/decir lo que Jesús le ha confiado, la Iglesia no necesita una jerarquía sacral al estilo antiguo, ni estructuras de poder, como el sistema político-económico, ni edificios, centros de coordinación burocrática, en línea de totalidad. Le basta la Palabra y el Amor mutuo de Jesús, de manera que todos sus fieles escuchen y digan, compartan y celebren la Palabra, el Perdón y el Pan.

6. Un tema de celebración.

Actualmente, la Eucaristía oficial depende de un ritual complejo, con ministro jerárquico varón y ordenación sagrada, de forma que bautizados no pueden proclamar y compartir la Palabra y con-sagrar (=bendecir) el Pan de Jesús por sí mismos, como si fueran clientes de patronos superiores (que se reservan esos “poderes”). Esa situación se opone a la palabra de Jesús (donde estén dos o tres reunidos en mi nombre... allí estoy yo en medio de ellos: Mt 18, 20) y a la intención fundamental del evangelio que descubre y celebra la Vida de Dios en la misma vida de los hombres.

La tradición del orden jerárquico (según la cual no existe eucaristía sin un ministro ordenado desde arriba, célibe y varón) ha invertido la experiencia de Jesús y de la Iglesia primitiva, que empezaba por las comunidades, que nombraban a sus propios ministros, en comunión (como es lógico) con las comunidades del entorno. Pero, ha llegado el momento de invertir esa inversión, para volver a la raíz del evangelio, de manera que el conjunto de la iglesia recupere su libertad creadora, su sacerdocio de base, superando la dicotomía actual de clero y laicado.

‒ Eucaristía de la comunidad. Lo primero es por tanto el sacerdocio de base. Siempre que un grupo de cristianos se reúna, de buena fe, en nombre de Jesús, escuche su palabra e invoque su memoria en el pan y vino compartido, podemos y debemos afirmar que existe eucaristía, encarnación sacramental de Dios por Cristo, iglesia. Actualmente, esa eucaristía no podrá llamarse “oficial”, si no la preside un obispo o presbítero, en nombre de la Iglesia jerárquica. Pero es verdadera eucaristía, manteniendo el recuerdo de Jesús y su palabra, en comunión concreta, en torno al Pan de Jesús, desde el sacerdocio de base.

‒ Modelo jerárquico es posterior. El modelo actual de iglesia jerárquico/burocrática, con una cúpula sacral que garantiza su unidad y misión, es secundario, posterior, y ha de ser superado, para recuperar la libertad de las primeras iglesias que celebraban por sí mismas la eucaristía, en comunión con otras iglesias. Este modelo jerárquico y sacral ha rendido un servicio muy importante, pero quizá ha de ser ya superado.

‒ Comunidad de comunidades. En esa línea, la Gran Iglesia es comunión de comunidades autónomas, que aprenden a celebrar por sí mismas, escogiendo para ello sus ministros. Ha llegado el momento de explorar y expandir así un tipo de celebraciones que brotan de la misma vida de las comunidades, no por soberbia o protesta, por sectarismo o rechazo de los ministros actuales, sino por fidelidad a Jesús y amor a las iglesias, con su sacerdocio común, desplegado allí donde unos hombres y mujeres asumen y reafirman su llamada para celebrar juntos el don de Dios, integrados en la Gran Iglesia. El sacerdocio es por tanto un don laical (del laos, pueblo) que Jesús ha ofrecido a sus fieles.

Los judíos nacionales se juntaban y formaban comunidad real, siempre que hubiera diez adultos, capaces de escuchar la Palabra y celebrarla, orando juntos, porque todos estaban 'ordenados", es decir, habilitados por la Palabra, de manera que habitaba en ellos la Shekina, Presencia divina (cf. Misná, Abot, 3, 2-14). De un modo semejante, los seguidores de Jesús y después todos los cristianos podían juntarse y se juntaban formando comunidad real, en torno a su Palabra y Pan-Vino de Jesús, porque compartían su nuevo sacerdocio de la vida.

El sistema político-social y económico es duro con quienes no sirven (no le sirven), y así los excluye, expulsa de sus beneficios. Precisamente entre esos expulsados ha de elevar la Iglesia sus comunidades, porque descubre y quiere celebrar la Vida desde la vida amenazada de los hombres, a fin de expresar el sentido de la creación de un Dios que se introduce en la historia, expresando su amor gratuito en el amor que los hombres tienen y comparten.

7. Conclusión, temas abiertos.

Como he dicho, Jesús fue hombre del pueblo y cultivó unos símbolos laicales: Palabra sanadora, pan y vino, amor generoso y perdón. No fue reformador de instituciones, ni quiso crear un orden especial de nuevos ritos, sino desarrollar los de la vida, partiendo de los pobres, siendo asesinado por ello, por los profesionales de la política y la religión. Pues bien, sus seguidores creyeron en él y fundaron comunidades para mantener su memoria, centrada en el mensaje de Reino, el perdón y el pan compartido, creando en esa línea diversos ministerios (de enviados y profetas, maestros y servidores, ancianos e inspectores) que surgieron de la misma entraña mesiánica y secular de su movimiento.

Como vengo indicando, de un modo normal, por creatividad cristiana y presión del entorno, los cristianos posteriores, crearon o aceptado instituciones de tipo jerárquico, que se han mantenido hasta el día de hoy (año 2016). Pero el tiempo de ese tipo instituciones jerárquicas (clericales) está acabando y desde la raíz del evangelio han de surgir, en las mismas comunidades, creyentes liberados para el ministerio evangélico.

‒ No se trata, pues, de suprimir los ministerios, sino todo lo contrario, de hacer que tengan más fuerza misionera y evangélica. No será, en principio, la cúpula clerical la que promueva y dirija de manera eficiente esa recreación de los ministerios, que pidió el Vaticano II y quiere el Papa Francisco, aunque es deseable que ella participe, rompiendo la maquinaria burocrática de la curia romana y de otras curias episcopales, poniéndose al servicio del evangelio.

‒ Un cambio que ha empezado. Ha empezado ya (como grano de mostaza) y continuará por obra de personas y grupos que asuman con nueva ingenuidad creadora el evangelio, creando comunidades de servicio mutuo y contemplación activa. No puede ser una mera permuta de la cúpula clerical, algo que podría hacerse con pocas variaciones, suprimiendo el Estado y Curia Vaticana, ni un mudanza clerical, sino una meta-noia o conversión integral, no para destruir, sino para desde el evangelio.

Un cambio de base. No se trata de transformar algunas instituciones, suprimiendo viejas y creando nuevas, más modernas y democráticas en un sentido externo, ni de cambiar a las personas que hoy gobiernan, poniendo en su lugar otras mejores (cosa difícil e inútil, si siguen las mismas estructuras), sino de superar desde el evangelio la institución jerárquico/clerical, no para abandonar a cada creyente a la improvisación y al grupo cristiano la anarquía, sino para ensayar y promover desde Jesús un encuentro de Palabra, Perdón y Pan.

La respuesta es volver a los orígenes del mensaje de Jesús, a su experiencia del Reino, con el impulso de los primeros grupos eclesiales que surgieron por obra del Espíritu, para explorar nuevos caminos en dirección de evangelio. Tres sin, a mi juicio, los temas abiertos, que responden a la tria munera de la eclesiología tradicional:.

‒ Munus profético, proclamación de la Palabra: Ella es la que importa, a su servicio han de estar los ministros del mensaje (profetas, maestros, escribas). Pero no se tratará de una Palabra interpretada sólo de forma privada, como en algunos protestantes, sino de una Palabra escuchada, compartida y proclamada en nombre de la comunidad entera.
‒ Munus “regio, compromiso de justicia (conversión y perdón). Como demostró Campenhausen, los ministerios jerárquicos nacieron en los siglo II-III d. C. para asegurar la conversión perdón y comunión en la Iglesia. Este sigue siendo el tema clave: Para impulsar la conversión y afirmar/celebrar el perdón han de surgir ahora uno ministerios que no sean jerárquico/clericales, pero sí muy eficientes, pues sin conversión social y perdón no hay Iglesia.
‒ Munus sacerdotal, en el sentido más profundo. Celebración del Pan Compartido, Eucaristía. No hay Iglesia sin recuerdo de Jesús y presencia de Dios en el pan concreto, pan de los pobres reales y de comunión universal, que se celebra, vive y canta. En ese contexto, para ese fin, han de surgir los nuevos ministerios eclesiales, no clericales, pero muy eficientes. Cada uno de estos temas requeriría un estudio aparte.


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Comentarios
  • Comentario por Daniel 11.06.17 | 18:42

    "Los árboles no nos dejan ver el bosque" Cada vez que tomo el evangelio me deja claro lo que Jesús nos mostró y nos predicó...vivir en comunidad...y el amo no es más que su ciervo...
    Buen articulo, necesario para los tiempos de hoy...hay que liberase y perder los miedos...

  • Comentario por Sota de Bastos 10.06.17 | 14:49

    Lo que ocurre es que la imposición del celibato fue el resultado de una filosofía y psicología platónico estoica que consideraba al sexo sucio y malo y al placer malo y al sufrimiento bueno, que ya hace más de 200 años que ha quedado superada. El celibato tiene sentido para la vida contemplativa (monjes y monjas), pero que los sacerdotes y altos cargos de la Iglesia no se casen los convierte en una especie de “marcianos”, llenos de traumas y complejos y absolutamente inadecuados para legislar y aconsejar a los demás. Hasta que la Iglesia no lo reconozca no va a hacer más que perder autoridad. En el momento actual, díganme. ¿quién se sirve ahora de la Iglesia para orientarse en su vida sexual y familiar?

  • Comentario por hisopo 10.06.17 | 09:20

    Menudo sandez.
    ¿No hay paro, sino mutación ocupacional?

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