El blog de X. Pikaza

Tarea urgentísima: Recrear los ministerios (el testimonio de Pablo)

13.03.17 | 16:32. Archivado en Iglesia Instituciones, mujer, Evangelios, Mnisterios

Anteayer publiqué una postal titulada La Novedad de Jesús, todos somos sacerdotes, partiendo de un resumen que el Prof. Benjamín Forcano había hecho de un libro que yo había publicado con el mismo título. Yo pensaba seguir de manera pacífica con ese mismo tema, en plano de principios. Pero dos cosas me han hecho descender de ese plano de principios al nivel de la vida:

a. La primera ha sido una entrevista de La Voz de Galicia donde Ch. Moreira, colega y amiga, declaraba ayer diciendo que había sido ordenada presbítero de la iglesia católica y que celebraba misa todos los domingos en una comunidad cristiana (cf. https://www.facebook.com/xabier.pikaza).

b. La segunda es el comunicado del Arzobispado de Santiago de Compostela, publicada hoy en todos los medios (cf. .periodistadigital.com/religion/espana/2017/03/13/religion-iglesia-espana-el-arzobispado-de-santiago-contra-las-mujeres-sacerdotes…) criticando y rechazando la pretensión de Ch. Moreira.

Por razones distintas me siento molesto ante los dos “comunicados”, aunque en algún sentido estoy más cerca de Ch. Moreira que del Arzobispado:

a) Acepto la pretensión de Ch. Moreira: Como cristiana, bautizada, ella puede aspirar a los ministerios (y ofrecerse a ejercerlos), a todos, sin excepción, aunque quiero hacerle tres matizaciones prácticas.

(1) Lo que importa no es que las mujeres puedan acceder a los ministerios que actualmente detentan y ejercen en exclusiva los varones, sino empezar recreando de fondo (desde su raíz) los ministerios que existen en este momento, a la luz de su experiencia femenina y de su lectura del evangelio.
(2) No me gusta que se dejen llamar o se llamen “sacerdotes” por su ministerio, pues esa palabra no responde al NT, donde todos los creyentes son sacerdotes... Prefiero que se llamen apóstoles y profetas, maestras y doctoras, presbíteras, servidoras, hermanas obispos... según la primera tradición de la iglesia.
(3) No se trata pues de ocupar el lugar de los varones, sino de re-crear la Iglesia con sus ministerios, en un momento de cambio urgente como el nuestro. No se trata pues de luchar contra los varones... sino de ocupar los grandes espacios vacíos de la iglesia actual... No se trata de hacer competencia, sino de subir de nivel personal y social, en línea de evangelio. En este campo, lo mismo que al principio de la Pascua de Jesús, la mayor esperanza está en la mujeres, como Magdalena o Salomé, que fueron las verdaderas creadoras de Iglesia.

b) Me siento y estoy en la misma Iglesia del Arzobispado de Santiago, no quiero romper con ella ni hacerle guerra, pero estoy convencido de que ella debe avanzar en línea de evangelio y de siglo XXI, en línea de libertad creadora. Por eso me han molestado algunas cosas del documento que la prensa ha titulado, quizá con mala idea, con el título de: “El Arz. de Santiago contra las mujeres sacerdotes”, también por tres razones.

(1) La forma como el documento presenta el origen de los ministerios en el NT es, al menos, sesgada, por no decir “equivocada”. Los que han escrito el documento no saben historia o “no quieren saberla”, cosa que sería peor.
(2) La forma en que el documento habla de la “transmisión del depósito revelado” es ingenua, por no decir también falsa (¿es puramente canónica y no evangélica?). El despliegue de los ministerios, desde el comienzo pascual de la iglesia hasta la segunda mitad del siglo II en que se van fijando no se puede entender en esa línea... No basta con una cita (¡y sesgada!) de Ignacio de Antioquía. No sé si se sigue tratando de ignorancia o de otra cosa.
(3) El tono del documento me suena a “aquí mandamos nosotros” y los demás a obedecer. Quizá me equivoque de "tono", pero creo que en esa línea, nuestra forma actual de iglesia va camino de perder toda relevancia, convirtiéndose en un fósil de su rico pasado. A pesar de todo eso, como he dicho, nunca he querido ni quiero luchar contra la Iglesia de Compostela, pues seguimos en el mismo barco, con la memoria de Santiago el Zebedeo.

Este es un tema que desarrollé con toda fuera hace vente años (1997), cuando escribía un libro titulado Sistema, libertad, iglesia, las Instituciones del Nuevo Testamento… (Yo era por entonces Catedrático de la Univ. Pontificia de Salamanca y Presbítero de la Iglesia, en la Orden de la Merced). Es un tema al que he vuelto una y otra vez, desde perspectivas distintas, en varios escritos, y en especial en mis comentarios a los libros del Nuevo Testamento (Apocalipsis, Mateo, Marcos...).

La cuestión no es ir en contra de nada, como podía parecer en otro tiempo… No es una ciestión de crítica, pues la caída actual de “un orden sacerdotal jerárquico” de la Iglesia nos produce a la mayoría de los antiguos una gran pena. No vamos contra nada, sino a favor de una Iglesia evangélica, recreada desde Jesús y sus primeras comunidades, en el siglo XXI.

Éste es en el fondo un tema de agradecimiento y amor:

a. Se trata de agradecer a la Iglesia Clerical de varones lo que ha hecho a favor del evangelio, pero añadiendo que su tiempo exclusivo (y de poder) ha terminado.
b. Se trata de amor a los jerarcas actuales... pero de un amor activo, sabiendo que su tiempo ha terminado y que empieza una etapa nueva, que hemos de crear entre todos en resistencia y amor, en respeto y deseo de transformación (a pesar de que algunos lógicamente lo sufran....)

Por eso resulta absolutamente esencial la creación, re-creación de los ministerios, desde el mensaje pascual de Jesús, desde la raíz sacerdotal de la Iglesia. Estamos en un momento clave, ante la tarea de recrear los ministerios, algo que parece estar en el fondo del proyecto de Ch. Moreira (con sus posibles limitaciones), algo que no advierto ni de lejos en el comunicado del Arzobispado de Santiago, apoyándose en una doctrina más reactiva que positiva de Juan Pablo II, una doctrina que no es infalible en modo alguno (por más que algunos nostálgicos lo quieran) y que no está siendo “recibida” en el conjunto de la Iglesia.

En el fondo no se trata de mujeres sacerdotes, si o no, un tema que no es simplemente secundario, sino incluso ridículo (sí, he dicho ridículo). El tema es el de recrear los ministerios cristianos, desde el nuevo "sacerdocio laical" de Cristo, en la línea de Pablo o de Hebreos, en la linea del mismo evangelio "petrino" de Mateo.

En esa línea me atrevo a retomar el motivo y tema de ayer, desde la nueva perspectiva abierta por la entrevista de Ch. Moreira y por la respuesta del Arzobispado de Santiago. Comienzo hoy con Pablo, con el deseo de contribuir al surgimiento de unos ministerios que, recogiendo y trascendiendo veinte siglos de historia, puedan seguir siendo "cristianos".

Con San Pablo, en las raíz de los ministerios cristianos.

La palabra clave sigue siendo Gal 3, 28: "Ya no hay judío ni griego, no señor ni esclavo, ni mujer ni hombre... (ni sacerdote ni laico), pues todos somos uno en Cristo. Como decía ayer, este es un lema y principio que en general cierta Iglesia no ha desarrollado todavía, de manera que seguimos enfrentados, divididos, unos contra otros, en línea de dominio hombres y mujeres, señores y esclavos, sacerdotes y laicos.

Ciertamente, hay división entre hombre y mujer, esclavo y libre, judío y gentil… en muchos planos de tipo social, económico o sexual… pero no “en Cristo” (y por tanto tampoco en la Iglesia). En este contexto emplea Pablo la palabra clave de la tradición judía “son heis” (uno), como Dios es uno, pasando así del monoteísmo divino a la igualdad personal en Cristo de todos los hombres y mujeres

Bautismo y Eucaristía. Los dos signos fundantes de la Iglesia

Ambos son “laicales”, de tipo universal, que van más allá del judaísmo de los sacerdotes y del templo. De un modo significativo, los cristianos discutieron mucho sobre otros ritos como la circuncisión y las “comidas especiales” del dietario sacral judío (sangre, cerdo etc.), como recuerda Pablo en su polémica de Gal 1-2 y como recoge Lucas en el libro de los Hechos (Hch 15); pero ellos no discutieron prácticamente nada sobre el bautismo y la eucaristía, entendidos como “ritos nuevos”, propios de todos los creyentes.

En esa línea, el bautismo se concibe desde el principio como un gesto de la comunidad entera, de manera que la iglesia no crea un “orden de bautistas” (grupo especializado en bautizar), sino que todos pueden hacerlo, evidentemente, como gesto de comunión, propio de la iglesia (cf. Mt 28, 16-20).

Ciertamente, le eucaristía se vinculará de un modo especial con la Última Cena (¡la noche en que fue entregado!), donde se formulan de un modo solemne las palabras del Jesús pascual: ¡Haced esto en memoria mía! Pero esas palabras no van dirigidas a los Doce como “primeros sacerdotes de la Iglesia”, sino a los Doce como signo de la totalidad de los seguidores de Jesús, imagen y compendio del nuevo Israel.

Puede discutirse y se discute si Jesús celebró la Última Cena solo con los Doce, o si había más personas, otros seguidores de Jesús, con las mujeres que le acompañaban. No quiero fundar en ese tema mi argumento. Sean quienes fueran los participantes de la Última Cena (los Doce o muchos más), ellos actúan como signo y compendio de la Iglesia, es decir, de todos los creyentes de Jesús.

El argumento de que eran sólo los Doce y que ellos recibieron un poder especial (sacerdotal) y se lo pasaron después a los primeros obispos, y éstos luego a otros obispos y presbíteros no tiene la más mínima verosimilitud histórica, sino que ha sido creado más de cien años después a causa de una polémica antignóstica bien conocida (no para mentir o engañar, sino para apoyar a la Gran Iglesia, en contra de la gnosis particularista)

Ciertamente, los Doce tuvieron una función importante, la de ser signo del Israel definitivo (¡signo aún no cumplido!); también fue importante la función de Pedro, signo de unión de los discípulos, y la de María Magdalena, y luego la de Pablo con Santiago, el hermano del Señor…

Pero ellos no aparecen en ningún momento como sacerdotes como varones, con unos poderes jerárquicos, que después pasaron de un modo exclusivo a obispos y presbíteros, sino como animadores y líderes cristianos. Los herederos del mensaje y del proyecto de Jesús fueron todos los cristianos, es decir, la comunidad de la iglesia (o, quizá mejor, de las iglesias), como seguiré indicando. He desarrollado el tema en Sistema, libertad, iglesia, Trotta, Madrid 1999.

Ciertamente, en el comienzo de la iglesia están los Doce, las mujeres que seguían a Jesús, luego Santiago, su hermano, los apóstoles etc. Pero ellos no formaron un “cuerpo sacerdotal exclusivo” sobre el resto de los creyentes, sino que se integran en la totalidad del “cuerpo” sacerdotal de la Iglesia, entendida como nuevo templo. En ese contexto se sitúan los diversos ministerios, que son de tipo laical, no sacerdotal, como sabemos por el testimonio de Pablo, que crea iglesia y escribe sus cartas a los veinte años de la muerte y pascua de Jesús. Dentro de la iglesia sacerdotal hay pues muchos ministerios.

Un sacerdocio, muchos ministerios. El testimonio de Pablo

1. Lista y sentido de los ministerios (1 Cor 12-14). El Nuevo Testamento no conoce una tabla fija de ministerios ordenados como los que ha elaborado la iglesia posterior, a partir de finales del siglo II d.C., distinguiendo obispos, presbíteros y diáconos. Lo que importa es que todos los cristianos son sacerdotes (por el hecho de estar bautizados), y que su sacerdocio se expande y expresa en muchos ministerio, al servicio del cuerpo de la Iglesia, como sabe 1 Cor 12-14.

La iglesia sacerdotal de Jesús no empezó organizando un tipo de ministerios o jerarquías, como las que podrían existir en el judaísmo del templo, sino abriendo unos caminos de servicio mutuo, que se irán explicitando en las comunidades, conforme al impulso del mismo «espíritu» de Jesús, según las necesidades de los tiempos. El primero que ha desarrollado el tema (que nosotros conozcamos) ha sido Pablo. Los cristianos de Corinto han disputado sobre los dones o carismas más altos en la iglesia. Pablo les responde.

Sois el Cuerpo del Cristo, y cada uno un miembro de ese cuerpo... A unos los ha designado Dios en la iglesia: primero apóstoles, segundo profetas, tercero maestros; luego, poderes; después, don de curaciones, acogidas, direcciones, don de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿todos profetas? ¿todos maestros? ¿todos poderes? ¿todos tienen carisma de sanación?¿hablan todos lenguas o interpretan? Buscad pues los carismas superiores» (1 Cor 12, 27-30).

Ésta es la palabra clave que brota de la formulación inicial: “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; hay diversidad de servicios (diaconías), pero el Señor es el mismo; hay diversidad de operaciones, pero Dios es el mismo, el que obra todo en todos” (1 Cor 12, 4-6). En esa línea hemos añadido (parafraseando el principio general de Ef 4, 6) que hay un sacerdocio único, pero muchos ministerios. Se trata de un “sacerdocio laical”, de la iglesia en su conjunto, de todos los cristianos, no de algunos ministros superiores. Sólo en un segundo momento ese sacerdocio se expresa y expande en los ministerios de la Iglesia.

Ésta es la novedad que está en el fondo del Vaticano II (Lumen gentium, 1964) y del ministerio de Francisco (Evangelii Gaudium, 2013), aunque no hayan encontrado un lenguaje claro para declararlo. Lo primero en la iglesia es el “cuerpo” animado por el Espíritu, es decir, la comunión de los creyentes, que son con Cristo sacerdotes de la nueva alianza (como saben y dicen Hebreos, 1 Pedro y el Apocalipsis). Al servicio de ese cuerpo o comunidad mesiánica vienen después los ministerios, que son importantísimos, que brotan de ese cuerpo sacerdotal común.

‒ Los primeros en la iglesia son los apóstoles, avalados por Jesús para fundar comunidades. Lógicamente, no son los Doce de Lucas-Hechos, sino los “enviados” (eso significa apóstoles) mesiánicos, que han «visto» a Jesús resucitado, recibiendo su autoridad (cf. 1 Cor 9, 1; 15, 7). Ciertamente, pueden ser delegados o enviados de una iglesia, pero su autoridad proviene de la experiencia de Jesús, no de la Ley. Sólo así pueden ser y son creadores de iglesias, portadores de una llamada que les desborda y desborda a las mismas comunidades . ¡Necesitamos apóstoles!

‒ Tras los apóstoles vienen los profetas y maestros (=doctores, sabios). Da la impresión de que los profetas pueden vincularse a los apóstoles (como itinerantes), pero también a los maestros, como guías sedentarios de las comunidades que se van estableciendo. Profetas y maestros se encuentran unidos, como sedentarios, dentro de una iglesia donde ofrecen testimonio de Jesús (profetas) o enseñan el camino de evangelio (maestros).

Ciertamente, se distinguen: los profetas son más carismáticos y testimoniales; los maestros están más vinculados a la enseñanza... Pero de hecho se unen de tal modo que parece difícil separarlos: son portadores de la palabra de Jesús dentro de una iglesia ya formada o creada a partir de los apóstoles. Estos ministerios de la palabra definen a la iglesia como grupo que se reúne y que se reúne en torno a Jesús .

‒ Ministerios del servicio. Pablo ya no los numera (no dice el 4º, el 5º...), quizá porque el orden resulta menos claro. Sin embargo, ellos eran (y son) importantes. Podemos dividirlos en tres grupos.
Los primeros (poderes y sanaciones) son de tipo más personal y carismático; son propios de aquellos que pueden animar y curar a los demás, capacitándoles para vivir en libertad, como hacía Jesús con sus milagros y exorcismos.
Los segundos (acogidas, direcciones) son de tipo más organizativo; parecen más humildes, pues no exigen dones milagrosos, sino madurez y capacidad de dirección: los dos términos (antilêpseis, kyberneseis) significan en el fondo lo mismo y aluden a quienes acogen y encauzan (=pilotan) a los otros en la iglesia, pues ella es casa de acogida y barco que debe ser bien dirigido. Los terceros (don de lenguas, glosolalia) son los que más preocupan a Pablo, pues pueden convertirse en objeto de envidia y disputa .

Todos éstos son “ministerios laicales”, es decir, del conjunto de la Iglesia entendida como laos o pueblo de Dios, y no pueden entenderse de manera jerárquica ni sacerdotal En esta línea se entiende la prudencia administrativa y el silencio jerárquico de Pablo.

La prudencia de Pablo en este campo resultaría inexplicable en una iglesia posterior, donde se acentúan precisamente los ministerios de dirección y presidencia sagrada (obispo y presbíteros) de los que Pablo no dice nada.

Sin duda, la celebración es importante para Pablo, y aparece en este contexto (1 Cor 11, 23-33), pero no exige un ministerio distinto: no se necesitan personas especiales para presidirla, pues la misma comunidad reunida puede y debe hacerlo, escogiendo en cada caso personas adecuadas. Lo que a Pablo le importa es la expansión de la palabra (apóstoles, profetas) y el amor comunitario, como sigue diciendo:

Y aún os voy a mostrar un camino más excelente. Si hablara las lenguas de humanos y ángeles, si no tengo amor, sería como metal que resuena o címbalo que retiñe. Y si tuviera profecía y viera todo misterio y toda gnosis, y si tuviera fe total para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy. Y si diera todos mis bienes en comida y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me aprovecha. El amor es paciente, es bondadoso..... (1 Cor 12, 31b-13, 7).

La autoridad de la iglesia es el amor mutuo, que no se puede identificar con una u otra persona como jerarquía, sino con el mismo diálogo vivo de los creyentes, que es signo y presencia del amor escatológico de Dios (Espíritu Santo). Resultan secundarios los ministerios cerrados en sí mismos, desde el apostolado al don de lenguas. La iglesia se define como cuerpo dialogal donde los miembros pueden comunicarse en gratuidad, sin cerrarse en una ley u organización. Por eso, los diversos ministerios y/o carismas son función y consecuencia de esa unidad de amor, que vincula en gracia (como un cuerpo) a todos. Allí donde la palabra (apostolado) se hace amor surge la iglesia.

Ante el amor comunitario pasan a segundo plano no sólo los aspectos más carismáticos del don de lenguas (los que dicen conocer todo misterio o trasladar montañas), sino los otros ministerios de palabra, poder o administración eclesial. Pablo no quiere una iglesia de héroes en religión y misterio, gobernada por carismáticos famosos. Por eso le parecerían secundarios (e incluso peligrosos) los gestos de aquellos que por entregarse en sacrificio pretendieran luego gobernar la iglesia. Pablo no busca virtuosos de la ascética o mística, sino personas capaces de amar en gratuidad. Tampoco quiere administradores perfectos para una organización gobernada a modo de sistema, sino amigos, testigos de la gracia. Éste es su reto, éste su proyecto.

Pablo ha sido un buen fariseo y conoce el sistema de la Ley, con su jerarquía de normas y méritos. Pero lo que juzgó ganancia se le ha vuelto pérdida, ante el valor superior de la gracia de Cristo (cf. Flp 3, 2-11). A su juicio, los servicios eclesiales resultan necesarios, pero organizarlos de forma jerárquica (poder sagrado), fijando desde ellos el orden de la iglesia, es recaer en un camino que no es propio de Cristo. La autoridad o ministerio de la iglesia, como cuerpo mesiánico, ha de verse en claves de palabra y amor. La autoridad es Palabra que convoca y edifica a los creyentes: por eso, en la base de la iglesia hay apóstoles y profetas (1Cor 12, 28).

La autoridad es Amor: la misma Palabra se vuelve principio y signo de comunión interhumana y gratuidad universal. La iglesia no se eleva sobre místicos y héroes (que todo lo saben o pueden), sino sobre amados y amigos. Esta es la paradoja. La iglesia quiere ser universal, como palabra y amor, que se abren a todos los humanos. Pero, al mismo tiempo, ella no necesita organizaciones sistémicas como el imperio romano, ni esquemas legales perfectos como la ley judía (cf. 1Cor 1, 18-25). Ciertamente, tiene ministerios, pero no se funda en ellos: no necesita leyes, armas ni dinero. Tiene algo mayor: la palabra que ama.

Pablo ha concebido la iglesia como un cuerpo, no en jerarquía (unos sobre otros), sino en reciprocidad, partiendo de los inferiores y menos honrados que, como la tradición sinóptica sabía (cf. Mc 9, 33-37; 10, 35-45), son los más importantes (1 Cor 12, 12-26; cf. 1 Cor 1-4 y Flp 2). Él sabe que la ley judía (y toda ley) eleva a quienes pueden realizar obras mejores, fundando sociedad piramidal.

En contra de eso, la comunión de la iglesia se expresa en claves de gratuidad y en ella el primer puesto lo tienen los pobres y excluidos (pecadores), superando así el talión de la justicia y juicio de este mundo. Sólo a partir de este principio (perdón del pecador: Gal 3-4; Rom 1-6) se entienden los ministerios en Pablo. No sirven para organizar lo que existe o repartir funciones y méritos entre los más capaces (conforme al orden de una buena ley judía), sino para anunciar y expresar la salvación que Dios ofrece gratuitamente a todos por el Cristo. Esta es la paradoja.

Suele decirse que un grupo que actúa según gracia y tiende a la reconciliación (perdón) de los pecadores y/o excluidos no se puede organizar: será puramente testimonial, durará un momento, será incapaz de sostenerse. Pues bien, en contra de eso, Pablo muestra que la comunidad cristiana puede y debe organizarse en gratuidad, en formas gozosas, efectivas (cf. Flp 4). Precisamente allí donde él ha superado la tensión por el sistema (ley) y el deseo de ordenar el mundo según méritos, descubre que la vida está llena de sentido.

Desde la gracia de Jesús, que es perdón del pecador y amor abierto gozosamente a todos (cf. 1 Cor 13, en el centro de 1 Cor 12-14), ha de entenderse y crecer la autoridad eclesial. Los ministerios organizativos (acogidas, direcciones) pueden y deben cambiar según las circunstancias. Básica es siempre la gratuidad, la acogida de los excluidos, la reconciliación universal, que 2 Cor 5 ha colocado en la base del mensaje .

Los servidores del evangelio son testigos de la transparencia de la gracia: miran sin velo en los ojos, son contemplativos, ministros de la gratuidad, hacia fuera (apostolado: anuncio salvador) y hacia adentro (organización comunitaria). Lo que cuenta es la gracia, lo que define la vida cristiana es el amor mutuo y así deben expresarlo los diversos ministerios, que 1 Cor 12-14 ha desplegado, al servicio del cuerpo (=amor eclesial). Por la fuerza del Espíritu de Cristo, ellos brotan de la misma experiencia eclesial, de la vida de las comunidades, en despliegue sorprendente por su riqueza y amplitud. En esa iglesia no hay obispos, presbíteros o diáconos en el sentido posterior del término.

Los obispos y diáconos (episkopoi kai diakonoi) de Flp 1, 1: son figuras destacadas de la comunidad de Filipos y quizá se identifican: los episcopoi, supervisores comunitarios, pero no constituyen un orden jerárquico, en el sentido que tendrán más tarde, desde finales del siglo II. Cf. P. Benoit, "Les origines de l'épiscopat dans le NT", en, Exégèse et Théologie II, Cerf, Paris 1961, 232-246.

((SIGUE))


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Comentarios
  • Comentario por José Carlos Enríquez Díaz 13.03.17 | 22:24

    Excelente artículo Xabier. Tampoco estoy de acuerdo con la nota del Arzobispado de santiago.
    Gracias a Dios por las mujeres que estuvieron cerca del sepulcro aquel domingo en la mañana cuando Jesús resucitó y pudieron anunciar a los Apóstoles de este importante suceso (Mateo 28:8-10). Gracias a Dios por mujeres como Priscila que pudieron saber hablar a un Apolos (Hechos 18:25-26) para que el Evangelio fuese predicado más correctamente.

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