El blog de X. Pikaza

Instituto Superior de Pastoral (2). Misericordia, justicia, compromiso

Presenté ayer algunos principios sobre Biblia y Compromiso social, siguiendo el esquema de una conferencia que pronunciaré esta tarde en el Instituto de Pastoral León XIII, de la Universidad P.de Salamanca, Campus de Madrid.

Siguiendo en esa línea, quiero poner de relieve algunas implicaciones del tema insistiendo en cinco temas pendientes, que marcaron y marcan el compromiso social de la Iglesia, según la Biblia:

1. Dios y Mamona. Riesgo y tarea de la riqueza.
2. Dios y el César. Riesgo y tarea del poder
3. Tentación de Jesús, tentaciones de la Iglesia
4. ¿Qué significa la condena y (o) rehabilitación de las riqueza?
5. Padrenuestro, replantear el tema de las "deudas".

He querido y podido presentar estos temas (partiendo de la Inspiración del Pacto de las Catacumbas) en el Instituto Superior de Pastoral de Madrid, uno de los centros más importantes del pensamiento y compromiso social de las iglesias de lengua hispana en los últimos decenios. Son temas que he desarrollado más extensamente en varios de mis libros (como se verá en imágenes).

Allí han enseñado profesores como Casiano Floristán, Luias Maldonado, Juan de Dios, Martín Velasco, Julio Lois, J. Burgaleta... A todos debo muchos, a todos quiero recordar esta tarde.

Cinco temas pendientes

Los obispos del Pacto de las Catacumbas no dijeron todo lo que se puede decir sobre la pobreza y la misión episcopal (es decir, de Iglesia) partiendo del Nuevo Testamento, pero abrieron un fecundo camino, ofreciendo un punto de apoyo firme para la transformación de la Iglesia, en la línea del Vaticano II, yendo más allá de lo que el mismo Concilio pudo haber dicho. No fueron contra el Concilio, sino todo lo contrario: Quisieron llegar hasta el fondo de sus implicaciones, desde una perspectiva de pobreza, pensando que ese tema, con el de la Gracia de Dios y la Universalidad de la Iglesia (es decir, de la salvación) está en el fondo de toda la teología y la misión cristiana.

1. Dios y la mamona. "Nadie puede servir a dos señores... No podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6,24; Lc 16, 13).

Imagen: Instituto Superior de Pastoral de Madrid.

Resulta sorprendente que el Pacto no haya evocado este pasaje, que marca la nueva identidad de la “religión” de Jesús, recreando desde su opción de Reino la palabra clave de la Confesión del Fe del Dt 6, 4-6, esto es, el shema (citado y recreado por el mismo Jesús en Mc 12, 28-34 par., cuando vincula amor a Dios y amor al prójimo). Relacionando ambos pasaje (Mt 6, 24 par y Mc 12, 28-30), podemos afirmar que lo contrario a Dios es el dinero absolutizado, para añadir que sólo en pobreza (es decir, en fuerte desprendimiento al servicio de los demás) se puede cumplir el segundo mandamiento (el de amor al prójimo como a uno mismo).

El antidiós por excelencia, el ídolo final, es el dinero que se absolutiza, una riqueza convertida en fuerza que domina y destruye la existencia de los hombres, no sólo en un plano individual, sino también social, pues les enfrenta y conduce a la muerte. Siendo enemigo de Dios, el dinero/mamona, convertido en ídolo supremo, siendo principio y compendio de toda enemistad entre los hombres. Si el dinero es antidiós, el Dios auténtico será primariamente gracia: aquello que jamás se compra- vende, la vida que se ofrece y se recibe, se regala y se comparte generosamente. Aquí se centra el mensaje de Jesús sobre la pobreza. Pienso que en este pasaje podrían haber fundado su documento los obispos del Pacto, elaborando así una teología total, no sólo para su compromiso como obispos, sino para elaborar su nueva teología (recordando que la codicia o amor efectivo al dinero es la idolatría; cf. Col 5, 3; Ef 5, 5).

2. Dios y el César. Otro texto que los obispos del pacto no han citado, aunque tendría mucha importancia para fundar su teología proyecto, hubiera sido el del “tributo”: "Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es el César" (Mc 12,14-17 par.).

Imagen: El Diccionario ofrece más de 50 entradas sobre temáticas de justicia y compromiso social:


Es evidente que Jesús no valora por igual ambos niveles (Dios y el César), sino que entiende la moneda como signo de un imperio que se rige por dinero (es decir, en un nivel de economía que sigue siendo impositiva y que divide a los hombres), a diferencia de Dios que es amor gratuito que vincula en amor a todos. Por eso dice a sus discípulos que se la “devuelvan” al César, para así buscar y trazar una nueva forma de relación interhumana que no esté fundada en el dinero.

Conforme a la visión de Jesús, la “moneda del César” sólo puede aspirar a presentarse y actuar a modo de un “mal menor”, como parece haber entendido la misma tradición cristiana antigua. Lo que de verdad define al creyente, según el evangelio, no es el “orden imperial”, bajo la moneda del César que divide a los hombres en ricos y pobres, sino el Reino de Dios en el que todo se da (regala), se acoge y se comparte. Este pasaje y lo que está en su fondo sitúa a los cristianos ante una exigencia de ruptura radical (¡devolver al César su dinero!) y de creatividad económica, más allá del dinero. La interpretación práctica de este dicho sigue abierta de hecho en la vida de la Iglesia, y parece normal que, en su circunstancia precisa, los obispos del Pacto no hubieran querido citarlo, por las implicaciones que ello hubiera supuesto para sus comunidades. Pero el tema exigiendo una decisión y una respuesta más clara de la iglesia.

3. La tentación de Jesús, una tentación de la Iglesia

Resulta igualmente extraño que el Pacto no aluda a la primera tentación de Jesús, que se centra (cf. Lc 4, 1-4; Mt 4, 1-4) en el pan como moneda central, como alimento, la primera de todas las riquezas. Éste fue su tentación, y sigue siendo la de nuestro tiempo, empezando por la Iglesia, que puede convertirse en una gran empresa económica. Muchos piensan que sólo es útil una Iglesia que ofrece pan material a los humanos, en la línea de la propuesta del Diablo. Pues bien, en contra de eso, aun admitiendo que resulta necesario alimentar a los hambrientos, Jesús sabe que la solución del Diablo (transformar desde arriba las piedras en pan) es peligrosa y destructora.

La humanidad actual sabe producir, de forma que parece estar capacitada para realizar el deseo satánico: convertir las piedras en pan, saciar el hambre. En conjunto, la cultura de occidente, con su desarrollo científico y técnico, puede resolver el problema de la producción, alimentando a todos los hambrientos. Pero en el fondo de esa “solución externa” hay un grave problema teológico: El Diablo de Mt 4 utiliza el pan para dominar: produce panes suficientes, pero no sabe (no quiere) compartir ni dialogar amando y cultivando la libertad en plano de palabra. Ciertamente, no toda producción es diabólica, de manera que la cultura de occidente, especializada en producir, no es perversa sólo por ello. Pero una producción convertida en "capital" egoísta (cf. mamôna: Mt 6, 24) puede acabar sacralizando el satanismo.

4. La gran tradición de la “condena” de los ricos (=de la riqueza de los ricos).

Imagen. La misericordia se expresa en la Biblia en forma de compromiso social:

Aparece de manera especial en el evangelio de Lucas, y se expresa en dos pasajes muy significativos. El primero es el canto de María: “Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los oprimidos. A los hambrientos los colmó de bienes y despidió vacíos a los ricos" (Lc 1,52-53). Estas son unas palabras que la Madre de Jesús ha tomado de la tradición israelita, pero no como anuncio del triunfo futuro de Israel en cuanto pueblo, sino como profecía mesiánica universal, interpretando el pecado de un modo social, como soberbia de los ricos, que se divinizan a sí mismos y oprimen a los pobres. La salvación implica, por tanto, inversión, con la condena y ruina de los ricos. El reino de Dios se identifica por tanto con el triunfo de los pobres.

En esa línea avanza otro pasaje radical, que es el reverso de la bienaventuranza de los pobres: “Ay de vosotros, ricos, porque habéis recibido vuestra recompensa; ay de vosotros, saciados, porque pasaréis hambre; ay de vosotros, que reís, porque lloraréis y gemiréis" (Lc 6,14-25)”. Algunos intérpretes piensan que esta 'malaventuranza' no puede ser de Jesús, porque él abrió un lugar de Reino para todos los hombres, con un perdón generalizado. Pero, en contra de eso, el mensaje de Jesús eleva una fuerte amenaza en contra de los ricos, mostrando que ellos corren el riesgo de perderse a sí mismo. No es que Jesús les condena, ni su iglesia, pero Jesús y la Iglesia deben amenazarles, diciendo y mostrando que ellos se condenan a sí mismos. Resulta extraño que los “padres del pacto de las catacumbas” no se hayan atrevido a proclamar esta palabra, interpretándola desde la perspectiva del ofrecimiento de la salvación universal de Cristo, a partir de la pobreza.

5. El tema de las deudas. Una de las palabras más enigmáticas y ricas del mensaje de Jesús sobre la riqueza la ofrece el Padrenuestro:

"Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores" (Mt 6,12). La nueva traducción litúrgica en lengua española restringe o niega el sentido “económico” de esta petición, interpretando el tema de un modo sacral o espiritual (“perdona nuestras ofensas, como perdonamos a los que nos ofrenden…”). Pero esa interpretación va en contra del texto de Mateo y del mensaje original de Jesús, como saben prácticamente todos los exegetas. Esta petición de las “deudas” va inseparablemente unida a la anterior, es decir, a la del “pan nuestro”, entendido como don de Dios y principio de vinculación fraterna, por ser un par “comunitario”, es decir, “nuestro”, de la humanidad.

Los que empiezan pidiendo “danos hoy nuestro pan…” son hombres o mujeres que “viven al día”, los que no tienen asegurado el alimento de mañana, los campesinos sin campo, los artesanos sin trabajo rentable y, de un modo especial, los ptôjoi (prescindibles, mendigos). Desde esa situación oran a Dios, pidiéndole lo necesario para vivir “nosotros” (nuestro pan). Pues bien, en esa línea sigue el tema del perdón de las “deudas”, y así así pedimos a Dios que nos perdone todo lo que (le) debemos “porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo”. Esta es la versión originaria de Mateo. Desde su perspectiva helenista, Lucas distingue los dos niveles, pidiendo a Dios que “perdone nuestros pecados…” (hamartias), “como nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo” (opheilonti).

Eso significa que ante Dios, la “deuda” puede llamarse pecado, pero ante el prójimo ella sigue teniendo un sentido “económico”. . Muchos campesinos pobres de Galilea estaban llenos de “deudas”, pues los comerciantes y terratenientes ricos se habían “apoderado” de sus posesiones. Pues bien, en este contexto, Jesús no dice aquí a los ricos que perdonen a los pobres (¡ellos no pueden perdonar, porque en el fondo lo que tienen no es suyo¡), sino a los pobres “que perdonan a los ricos”. Sólo ellos pueden perdonar de verdad las deudas, para crear así, desde abajo, una comunidad en la que todo se comparte.

Sólo a partir de estas anotaciones y de otras semejantes (pues el tema podría ampliarse sin dificultad) puede entenderse la gran limitación, pero también y la inmensa riqueza de este Pacto de las Catacumbas, tomado como “texto de la vida” de unos obispos conciliares que, para mantenerse fieles al Concilio, quisieron ir precisamente más allá del Concilio, sintiendo la responsabilidad de fundar su ministerio en la tradición cristológica y eclesial del Nuevo Testamento, es decir, de la Iglesia Apostólica. Esta vuelta al evangelio hizo que ellos, como obispos, se descubrieran ante todo como cristianos, aceptando y promoviendo así la “riqueza” suma de la “pobreza cristiana”, superando una larga tradición que había tendido a convertirles, dentro de una sociedad estamental, en una especie de “monseñores”, con la riqueza y el poder que ello implica (en cauces de tipo casi feudal, al menos desde el siglo XI).

Reflexión final.

Durante siglos, un tipo de Iglesia había dado la impresión de que la pobreza evangélica era una virtud especial, propia de algunos mendicantes y cristianos particulares, que habían optado por ella por compromiso o mérito especial, como algo añadido, que sólo importaba para algunos “perfectos”, sin que fuera necesario aplicarla a toda la Iglesia. Más aún, muchos pensaban que los obispos, por su especial dignidad, quedaban de alguna forma vinculados a la “clase” alta de la población, al “ordo” de senadores, terratenientes y nobles, como dirigentes no sólo “evangélicos”, sino también político/sociales de sus comunidades; no se les pedía pobreza (¡la pobreza era para otros!), sino justicia (debían mantenerse en el lugar o “clase” socio-religiosa en que la Iglesia les había situado.

Pues bien, desde la perspectiva del Nuevo Testamento, asumiendo una larga tradición eclesial, estos obispos descubrieron, con admiración y entusiasmo que, antes que obispos, ellos eran cristianos, y que para ser cristianos tenían que asumir plenamente el Sermón de la Montaña, con la llamada radical de Jesús a la pobreza, es decir, a la comunión desde el Reino de Dios, en un camino pascual.
Ellos firmaron y ofrecieron de esa forma su pacto dentro de la Iglesia abierta por Vaticano II al mundo entero. Aquel pacto del año 1965 sigue pendiente. Nos toca a nosotros realizarlo.


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