El blog de X. Pikaza

2.2.16. Canto y Llamada a la Vida Religiosa (VR)

02.02.16 | 15:27. Archivado en Amigos, la voz de los, Vida religiosa

Los organizadores de un encuentro de religiosas y religiosas de un “pueblo” de España (y en una perspectiva hispana) me han pedido un Manifiesto o Canto (y una llamada exigente) a la Vida Religiosa, con ocasión del día de Candelas, fin del Año 2015, Dedicado a la Vida Consagrada, como los lectores de RD bien saben.

Respondiendo a su deseo,y recreando un material antiguo, les he mandado esta "postal", que han leído esta mañana y que, ahora, mediado ya el día de Candelas, yo mismo quiero publicar en mi blog de RD. Lo escribo y lo rubrico, en primera persona (en nombre de ellos), como integrado en una Vida Religiosa más extensa e incisiva que muchos, dentro y fuera de los conventos establecidos, están/estamos buscando.

Concibo así la Vida Religiosa como un testimonio profético de libertad y de misión, de comunión y compromiso social dentro de la Iglesia, como verá quien siga leyendo. Perdonen los religiosos y lectores de fuera de España. La referencia hispana puede universalizarse fácilmente y aplicarse a otros pueblos de tradición católica, especialmente en América Latina.

Con un saludo a los amigos y amigas que han formado o forman parte de la VR.

1. Introducción.

Se ha venido diciendo que el siglo XXI será místico o no será. Pensamos que esa frase debe re-interpretarse desde Mc 12, 28-34, donde Jesús presenta los dos mandamientos o principio de la vida mesiánica: Amar a Dios y amar al prójimo. En esa línea digo que el siglo XXI será místico o no será, para añadir y será comunitario o no será.

Es importante la mística, es decir, “amar a Dios con toda el alma”, pero tan importe es, como dice Jesús, “amar al prójimo como a ti mismo”. Más aún, en esa línea hay que añadir que lo más importante en sentido concreto es el amor mutuo, la experiencia y camino de una vida compartida, que es signo de Dios y garantía de futuro humano.

O dialogamos en tolerancia y amor, conocimiento y gozo mutuo, o la historia humana acabará destruida por la opresión de algunos y la lucha infinita de todos. En ese camino y proyecto de diálogo comunitario, que responde a lo que Pablo VI y Juan Pablo II llamaron civilización del amor y que Benedicto XVI destacó su encíclica Dios es amor, y Francisco ha puesto de relieve en todos sus escritos y declaraciones, queremos situar esta palabra sobre la vida Religiosa en estos primeros años del Tercer Milenio.

Nosotros, religiosas y religiosos de los pueblos de España (y de otros lugares), nos reconocemos herederos de una larga historia de vida religiosa, una historia de gracia, sufrimiento y acción fuerte al servicio de la humanidad y de la iglesia. Estamos vinculados a los eremitas y cenobitas de la Hispania romana y visigoda, a los monjes de las iglesias que vivieron bajo dominio musulmán y a los que formaron parte de los nuevos reinos cristianos al comienzo de la edad media. Somos continuadores de las diversas tradiciones benedictinas, de las órdenes mendicantes del siglo XIII y del despliegue posterior de las instituciones clericales y contemplativas, caritativas y educativas que han surgido a partir del siglo XVI y sobre todo en el siglo XIX.

Ahora, entrado ya el tercer milenio, queremos dar gracias a Dios por la riqueza de la vida religiosa en nuestros diversos pueblos y lugares.

Creadores de vida religiosa fueron algunos de los santos más significativos de nuestra historia, desde San Fructuoso hasta Santa Joaquina de Vedruna, pasando por Santo Domingo de Guzmán y San Ignacio, Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Religiosos fueron también muchos de los grandes artistas de nuestra tierra: pintores de los Beatos, arquitectos de los bellos monasterios, poetas como Gonzalo de Berceo y Fray Luis de León, literatos como Tirso de Molina y Baltasar Gracián, pensadores y teólogos como Francisco de Vitoria, el P. Suárez y B. Feijóo.

Fueron igualmente religiosos muchos pioneros del diálogo intercultural (como Ramón Lull y Bernardino de Sahagún), descubridores y civilizadores (como M. de Urdaneta y Junípero Serra), misioneros y defensores de los oprimidos (como San Francisco Javier, Bartolomé de las Casas o San Pedro Claver). Sin ellos, nuestra historia sería inconcebible.

Pues bien, a punto de terminar este milenio, después de haber agradecido a Dios por la rica historia de la VR en nuestras tierras, queremos abrir nuestra mirada hacia el futuro, para ofrecer una palabra de discernimiento y esperanza, de alegría y exigencia creadora. Podrán cambiar y cambiarán muchas cosas, pero la vida religiosa seguirá ofreciendo riqueza humana y diálogo creador para el futuro.

2. Diálogo humano y vida religiosa. Punto de partida.

Nosotras, religiosas de un pueblo de España, iluminadas por la experiencia de Jesús, al comienzo del nuevo milenio, queremos ser promotores y testigos de la civilización del amor, asumiendo el testimonio de aquellos que nos han precedido y dialogando con todos aquellos que hoy nos acompañan, incluso con aquellos religiosos, de tipo monacal y contemplativo, procedentes del oriente, especialmente del hinduismo y budismo. El encuentro con monjes no cristianos y con otras personas que, desde diversas perspectivas espirituales, dentro y fuera de la iglesia cristiana, realizan un servicio humano y ofrecen testimonio de amor, nos impulsa a insistir en nuestra identidad.

La misma fe en Cristo nos abre hacia las varias culturas de la tierra. Por eso, en una época de fuertes cambios y de aparente increencia, cuando algunos piensan que está en riesgo la herencia cristiana de occidente y especialmente de España, nos sentimos llamados a dialogar con los creyentes de otras religiones e incluso con aquellos que parecen no creyentes, no para imponer nuestra verdad, ni para discutir teóricamente con ellos, sino para escucharnos y ayudarnos mutuamente, ofreciendo de manera gozosa y sencilla nuestro testimonio cristiano.

En otro tiempo, la vida religiosa estuvo a veces al servicio del poder. Así encontramos, junto a los testigos ya indicados del diálogo cultural y religioso, algunos religiosos inquisidores, empeñados en guardar la pureza social de la fe, investigando el posible error de los herejes; junto a los redentores de cautivos, descubrimos los religiosos soldados, armados caballeros para expulsar a los “infieles” de la tierra o defender con la espada a los creyentes; junto a los hermanos pobres encontramos, en fin, a los dueños y dueñas de grandes haciendas, aliados con la nobleza secular del tiempo.

También esos religiosos forman parte de nuestra historia, pero ahora, superando la unilateralidad de algunos ejemplos del pasado, queremos asumir y continuar el diálogo y creatividad humana y cultural de los mejores religiosos y religiosas del pasado, místicos y redentores de cautivos, contemplativos y misioneros al servicio de la dignidad del ser humano, dentro y fuera de España. Siguiendo su camino, aprenderemos a dialogar, en este tiempo nuevo, ofreciendo el testimonio y gozo de Jesús sobre la tierra.

Sabemos que el evangelio es la Verdad suprema de Dios, pero ella no se expresa en unas normas desligadas de la vida, sino el mismo diálogo vital de los creyentes. Como humildes portadores de esa Verdad mesiánica, los cristianos, y de un modo especial los religiosos, no podemos imponer nuestras ideas o estructuras, sino ponernos al servicio del diálogo universal, para que todos (individuos y pueblos) lleguemos a vivir en libertad, cultivando así nuestros amores y valores. Por eso, debemos superar toda actitud dominadora o proselitista. No intentamos convertir a los demás, sino acompañarles a crecer en humanidad, a fin de que cada uno pueda asumir y recorrer el libertad su propio camino.

La gran misión de la iglesia occidental, realizada de manera preferente por religiosos españoles, entre los siglos XVI y XIX, incluía elementos de tipo colonialista, que por fidelidad al evangelio deben superarse. Por eso, hemos cambiado ya y tenemos que cambiar nuestra manera de actuar, no por estrategia partidista, sino por fidelidad a Cristo. Más que convertir “infieles”, queremos abrir y ofrecer para todos los humanos un espacio de oración en libertad, un diálogo en amor (sin imposiciones de grupo) en los diversos lugares donde estemos.

Ciertamente, no todas las religiones y formas culturales son equivalentes. Pero, si creemos en la Verdad del evangelio, debemos ofrecerla de manera gratuita, renunciando a todo proselitismo, pues no queremos que los demás se hagan cristianos, sino que vivan en plenitud, conforme a los valores que ellos mismos escojan o deseen.

El mundo está lleno de fáciles propagandistas y adoctrinadores, que se empeñan en decir a los demás lo que son y lo que han de hacer, empleando incluso la fuerza para ello. En contra de eso, los verdaderos religiosos saben que no importa vencer sino respetar e iluminar a los demás;
no se trata de cambiarlos, sino de amarlos como son. El posible cambio vendrá por sí mismo, como añadidura, como don que brota de la misma experiencia del evangelio.

3. Evangelio y votos. Obediencia

Esta experiencia de diálogo que los religiosos queremos expandir sólo es posible si vivimos en actitud de diálogo interno, en fraternidad gozosa, centrada en Jesús. Para realizar mejor sus tareas apostólicas y sociales, cierta VR ha destacado quizá en exceso el aspecto más institucional de sus organizaciones, poniendo a sus miembros al servicio de una tarea bien unificada. Pues bien, sin negar eso, pensamos que debe destacarse el aspecto más carismático: la libertad de cada religioso, la comunión gozosa de amor entre todos. Más que el triunfo externo de ciertas obras eclesiales y apostólicas, educativas, sanitarias o sociales, importa la vida fraterna, liberada, de los religiosos y testimonio de amor.

Ha sido y es bueno liberar a los cautivos, curar, enseñar y acompañar a los más pobres, pero debemos hacerlo desde nuestra propia experiencia de fraternidad evangélica, vivida en comunidad. Por eso, la primera misión del religioso consiste en ofrecer con su amor el testimonio del Reino de Dios y su bienaventuranza sobre el mundo. Antes que definirnos por las cosas que hacemos, debemos distinguirnos por nuestra propia vida de cristianos gozosos, que se saben amados por Dios y se vinculan en comunidades fraternas. Más que decir lo que hacemos, debemos mostrar lo que somos, mostrándonos sin miedo, en transparencia humana y cristiana.

Pertenece a nuestra vida la formación de comunidades que cultivan y gozan la fraternidad. Para que ella sea estable, los religiosos formulan unos votos que son importantes, como promesa personal, más que como juramento sacral, pues Jesús ha dicho ¡No juréis en modo alguno! (Mt 5, 34). El Dios del evangelio no quiere obligaciones legales, sino la palabra sencilla de la y fraternidad diaria. No exige víctimas, quiere amigos; no busca personas sometidas a su autoridad por voto, sino creyentes libres que crecen día en libertad, vinculados al propio grupo, en gesto que llamamos obediencia.

Tanto la tradición oriental como occidental, quieren que el religioso obedezca a un abad o superior, es decir, que escuche la Palabra (del latín ob-audire): que acoja con asentimiento la gracia de Dios, dialogando con los hermanos y liberándose para el amor compartido, en camino de maduración personal. Vivimos en una sociedad competitiva, donde unos quieren aprovecharse de los otros, en actitud de sospecha y batalla. Pues bien, en contra de eso, el religioso quiere aprender de los demás, no para someterse a ellos, sino para madurar en libertad, no para abajarse ante una jerarquía, ni interior ni exterior, sino para vivir en fraternidad dialogada, dentro de la iglesia.

Ese diálogo es la esencia de la obediencia religiosa y no un medio para obedecer mejor. Los religiosos no dialogan para conseguir así otros fines, sino para vivir, en intercambio de ideas y afectos, a nivel intra- y extra-comunitario, según el evangelio. Ciertamente, la VR ha podido convertirse a veces en una institución poderosa y eficiente, que ofrece sus servicios culturales, sanitarios o sociales a los necesitados. Ello ha tenido sus aspectos buenos, pero ha corrido el riesgo de convertirla en una institución de poder, al lado de otros poderes de la tierra.

En contra de eso, pensamos que la VR es una comunión de amor mutuo, vivido desde Cristo como gracia de Dios. Por eso, su actitud primera es la obediencia de amor, es decir, la capacidad de escucha mutua y diálogo entre todos los hermanos, en un mundo necesitado de diálogo amistoso. Entendida así, como experiencia dialogal, la obediencia constituye la esencia de la vida religiosa, porque el ser humano sólo tiene una tarea, así en la tierra como en el cielo: amar en abundancia.

3. Signo de amor. Castidad religiosa.

No queremos cambios espectaculares: obras grandes a nivel de organización, cultura y transformación social, para ocupar las primeras páginas de los periódicos. Además, en el mundo occidental donde vivimos, la sociedad civil ha aprendido a producir con eficiencia, realizando muchas obras de tipo educativo y sanitario que antes asumían los religiosos. Quizá llegue el día en que pueda incluso compartir con justicia los bienes exteriores.

Nos alegramos de ello, pues así podemos centrarnos en aquello que es más específico de nuestra vocación: ofrecer el testimonio del amor gratuito de Dios en Cristo, contemplando y gozando en hondura el misterio de la vida, pues, como dice San Juan de la Cruz: “ya no guardo ganado, que ya sólo en amar es mi ejercicio”. Este es un amor que podemos gozar y debemos ofrecer a los nuevos oprimidos de esta sociedad opulenta, anímicamente desfondados, espiritualmente vacíos, humanamente solos. Más aún, descubrimos con tristeza que esta sociedad de opulencia está engendrando nuevas y más duras bolsas de pobreza: aumentan los solitarios, se endurecen las condiciones de marginación social, crece la violencia, se difunde la opresión y ensayan nuevas formas de represión y cárcel. Nuestra sociedad parece enferme y no encontramos la manera de sanarla.

Nosotros, religiosos, no tenemos ninguna receta mágica para solucionar los problemas, pero pensamos que nuestra misma vida ofrece un camino de respuesta. Por una parte, queremos ofrecer el testimonio de nuestro amor gratuito, sin más interés ni finalidad que la contemplación y despliegue de ese amor, sobre todo en las comunidades e institutos de tipo más contemplativo. Por otra parte, queremos introducir nuestra vida y testimonio en los nuevos lugares de opresión social y carencia afectiva, para ofrecer allí nuestra palabra, más humana que técnica, más testimonial que organizativa.

Desde ese fondo recordamos que el centro del voto de castidad no consiste en una negación (ausencia de relaciones sexuales), sino en la gracia y compromiso de amarnos en comunión gozosa, abierta hacia los más necesitados del entorno. El placer sexual no es pecado, ni la castidad es algo negativo. Más que la renuncia a unas posibles relaciones sexuales, importa en la vida religiosa el despliegue maduro y gozoso del amor, tanto al interior como al exterior de la comunidad. El religioso no es un asceta, que “puede” renunciar al sexo genital, sino un iluminado: alguien que se sabe acogido, desde el don de Dios, por pura gracia, y se siente capaz expresar y culminar su vida en amor, de forma coherente, en relaciones de fraternidad comunitaria y caritativa.

Se ha dicho a veces que, en este mundo erotizado, la castidad debe vigilarse, especialmente en lo que toca a las religiosas, empleando para ellos leyes y rejas, prohibiciones y tabúes. Pues bien, ese tiempo ha pasado.

No se trata de vigilar, sino de cultivar la castidad, en forma gozosa, libre, compartida. Por eso, el diálogo afectivo con hermanos y amigos no es un añadido, sino esencia de la Vd. Esta es su prueba, este su signo: que un grupo de hermanos pueda cultivar en libertad duradera el gozo del amor mutuo, para abrirse en amor hacia el entorno. Jesús no pide renuncia, sino fuerte amor humano, que evidentemente implicará renuncias, pero que se expresa sobre todo suscitando espacios y caminos de gozo compartido. Por eso, una castidad que se vigila no es cristiana; pero una castidad que no se cultiva en amor comunitario, ni se abre en solidaridad, no es ni humana.

Algunos critican y ridiculizan hoy la castidad diciendo ¿Para qué vale? No contestemos con palabras, sino con la vida. Además, ella no vale para conseguir otros fines, sino en sí misma, como una forma intensa de vivir el amor cristiano. Sin duda, hay otras tipos de amor (matrimonio, grupos de vinculación personal y social...), pero entre ellos resulta muy significativa la VR, como experiencia de comunión gratuita, gozosa, duradera, en plano de evangelio. La única demostración de su valor es ella misma.

Quien la mantiene por masoquismo se equivoca y, si puede, será bueno que busque otros caminos. Quien la entiende como puro sacrificio destruye su sentido, pues ella vale por sí misma. Este, como los restantes temas de la VR, afecta por igual a varones y mujeres, aunque hay aspectos y rasgos de amor que parecen más vinculados a un género que al otro. Pero esos rasgos diferenciales no afectan a la esencia de la VR, vivida en igualdad por varones y mujeres

Históricamente, la castidad de los varones se ha encontrado más vinculada a las tareas ministeriales, de un modo especial en institutos clericales. Pues bien, desde la identidad de la vida religiosa y por el carácter propio de los ministerios eclesiales, pensamos que estos dos aspectos deben separarse. Sin duda, la castidad puede ofrecer una libertad interior y exterior especialmente valiosa para ciertos ministerios o trabajos eclesiales...

Pero, en sí mismos, los ministerios pueden realizarse desde otras opciones y tipos de vida. Por eso, queremos que la castidad se mantenga y valore sí misma, como signo de libertad evangélica y diálogo comunitario, abierto a la misión testimonial de los religiosos, sin entenderse como presupuesto o condición para ciertos ministerios eclesiales de varones.

Lo mismo podemos decir de otras tareas y servicios cristianos. La castidad no sirve para otra cosa, pero puede convertirse en espacio apropiado para cultivar la contemplación, para expresar el amor en gratuidad, en los lugares de nueva marginación, como hizo Jesús al ofrecer su palabra y cercanía humana a los leprosos y prostitutas, a los enfermos e impuros de su tiempo. Ella puede presentarse como expresión de libertad para el amor. Pero, en sí misma, la castidad no está al servicio de otra cosa, sino que ella misma valiosa, en cuanto forma de amor comunitario y caritativo.

4. Pobreza e instituciones.

Queremos plantear, finalmente, el tema de la institución y lo hacemos en el marco tradicional de la pobreza. Sabemos que VR ha nacido y crecido como protesta de libertad, dentro de una iglesia que corría el riesgo de institucionalizarse. Sin duda, ella no tiene el monopolio de Jesús y su evangelio, pero quiere expresar algunos de sus rasgos más significativos: el seguimiento fuerte, la libertad personal, la gratuidad básica, la vinculación comunitaria... Para ello debe crear y ha creado, a lo largo de siglos, instituciones adecuadas, que son formas de expresar y organizar el amor, dentro de una iglesia también organizada a lo largo de los siglos.

Los institutos religiosos, especialmente de clérigos, se han puesto al servicio de la institución eclesial, realizando tareas de administración, apostolado y suplencia social (caritativa) que pertenecen al conjunto de la Iglesia. Más aún, esos mismos institutos se han organizado a veces, como empresas ricas, pero no al servicio de la producción capitalista, sino de una acción cultural, caritativa y/o social que es muy valiosa en línea de evangelio. Pues bien, al comiendo del siglo XXI, reconociendo su valor, pensamos que ese modelo de organización religiosa debe revisarse: el religioso no “se casa” con una Institución en cuanto tal, ni puede interpretarla como su riqueza.

Ciertamente, el religioso no rechaza por principio el valor de los bienes, pues sabe que Dios los ha creado y son positivos, puestos al servicio del Amor. Pero sabe también que ellos pueden volverse peligrosos, si encierran al humano en su deseo, sobre todo en un tiempo consumista como este, donde importa el tener por tener, el vivir por conseguir mayores bienes. Por eso quiere liberarse de la obsesión de tener y consumir, pues busca sobre todo la libertad personal y la solidaridad activa con los necesitados.

La libertad y pobreza personal parece más fácil en la línea de los antiguos eremitas que dejaban instituciones y bienes para vivir en el desierto; en esa línea están surgiendo también hoy grupos religiosos de tipo contracultural, capaces de ofrecer un testimonio de protesta poderosa frente al consumismo actual. Pero la pobreza religiosa puede y debe expresarse también de manera institucional, como un modo de compartir los bienes y ponerlos al servicio de los más necesitados. Riqueza y pobreza se relacionan hoy con las instituciones laborales o sociales, más que con la posesión concreta de unos bienes.

Ricos son aquellos que ocupan un lugar dominante dentro de las instituciones; pobres son los marginados en de ellas o por ellas. En principio, la VR no ha buscado dinero, ni seguridad económica; por eso, han sido y son muchos los religiosos que viven en las zonas marginales de la sociedad, en gesto de encarnación y entrega personal de vida... Pero la misma exigencia de ayudar a los demás ha hecho que la VR se haya convertido una en de las instituciones más reglamentadas y ricas de la sociedad cristiana Individualmente, los religiosos han vivido en pobreza, como institución han sido muchas veces ricos. En ese contexto se inscribe la opción por la pobreza.

En un primer nivel, para dialogar de verdad con los pobres del mundo, la VR debe abandonar su poder institucional, vinculado muchas veces al sistema dominante, realizando para ello cambios que pueden resultar drásticos. Son muchos los que afirman que algunos institutos religiosos, nacidos con finalidades de suplencia educativa o sanitaria, han cumplido ya su ciclo y deben acabar, pues sus instituciones no pueden competir a nivel económico o social que las que organizan los estados; además, les resulta difícil encontrar vocaciones para realizar una tarea como esa.

Pero, en otro nivel, para realizar su obra social, la VR debe encontrar o crear nuevas estructuras de presencia testimonial y obra social, sin caer por ello en las redes de la riqueza organizada. Este es quizá el mayor de nuestros retos, internamente vinculado al seguimiento de Jesús. Están acabando algunos, pero debemos crear nuevas instituciones que expresen hoy día la llamada de Jesús y resulten transparentes en plano de pobreza.

Posiblemente, nos esperan tiempos de crisis..., mejor dicho: estamos en un tiempo de crisis intensa.

-- Algunos cristianos religiosos dejarán la estructura más oficial de la iglesia, como hicieron los monjes antiguos de Egipto, en gesto de protesta contracultural. No buscarán la desobediencia activa, sino la creatividad carismática, que le haga capaces de re-descubrir el evangelio y recrear la VR. De esta manera, volviendo a las fuentes de la vida de Jesús, intentarán convivir de nuevo con los pobres, dialogando con los expulsados de la sociedad, abriendo y compartiendo espacios de convivencia humana para y con los últimos del mundo. Evidentemente, ellos deben plantear y resolver de nuevo los grandes temas cristianos de la oración y convivencia, de la unidad y pluralidad de las comunidades, retomandolas tradiciones carismáticas de la vida religiosa.

--
Pero este rechazo de la estructura no puede ser permanente.
Los religiosos, reunidos en nombre de Jesús, deberán buscar y crear nuevas formas de convivencia y acción cristiana, en línea de diálogo más hondo con las necesidades reales de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Para ello, deberán integrarse formando nuevos monasterios y/o congregaciones de vida intensa, al servicio del evangelio, el medio del mundo.

5. Conclusión

No resulta fácil trazar este camino de recreación comunitaria y caritativa de la VR, aunque existen ya valiosas experiencias, que deberán mostrar su hondura capacidad evangélica. No tenemos soluciones, pero hemos sabido plantear mejor los temas y así queremos ofrecerlos, en forma paradójica, en la conclusión de este mensaje.

1. Por un lado, nos hemos vuelto muy sensibles a los valores de la libertad personal, de la autonomía cristiana. Por otro sabemos que el evangelio es comunión de amor y sabemos también que sólo creando formas de comunión de vida, abierta hacia los pobres, tiene sentido y futuro la vida religiosa. Ambos elementos, libertad y comunidad, deben resaltarse al mismo tiempo.

2. Por un lado, sabemos que resulta absolutamente necesario el gesto de desprendimiento activo de los religiosos, que se encarnan por amor en el margen de nuestra sociedad opulenta, en gesto de suma pobreza. Pero, al mismo tiempo, sabemos que resultan necesarias las estructuras e instituciones al servicio de ese amor y que hace falta bastante dinero y buena organización para dirigirlas. Ambos elementos, pobreza y estructura económica, deben destacarse y crecer al mismo tiempo.

3. Por un lado tendemos a vivir de una manera secular, sin hábitos ni signos de sacralidad externa, compartiendo vida y pensamiento con los hombres y mujeres de este tiempo. Pero, al mismo tiempo, sabemos que la VR carece de sentido si no encuentra y cultiva unos signos humanos de misterio, vinculados a la contemplación o encuentro con Jesús, en forma personal y comunitaria. Por eso, secularidad y contemplación deben crecer al mismo tiempo.

Gracias a Dios, no tenemos soluciones hechas. Por eso no queremos ofrecer una palabra de enseñanza y magisterio. Pero tenemos algo más importante: una larga historia de fidelidad a Jesús, una experiencia de búsqueda compartida, un deseo fuerte de renovación para el futuro. Por eso, podemos ofrecer a la Iglesia y a la sociedad humana nuestro buen deseo y nuestro compromiso al servicio de una nueva humanidad, en línea de evangelio.

No nos interesa el triunfo de la VR en cuanto tal, no queremos ser el centro de la iglesia o de la nueva sociedad humana. Pero queremos y podemos ofrecer nuestro mensaje de gozosa esperanza, entrado ya el Tercer Milenio. Damos gracias a Dios por lo que somos. Le pedimos su asistencia y gracia para que podamos ser lo que Él quiere, según el evangelio.


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Comentarios
  • Comentario por anuncia 03.02.16 | 12:28

    Magnífico este Canto a la Vida Religiosa. Magnífico y profundamente realista sobre lo que es y debe ser la respuesta a la llamada a esa forma de vida.Llamada que, sin ser tan específica y/o radical,a se nos hace a todos los creyentes,puesto que, como nos ayudaba a ver la postal de ayer,todos somos portadores de esa palabra transformante que nos tiene que llevar a una vida de compromiso y entrega a los demás.

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