El blog de X. Pikaza

El Evangelio de la Vida Religiosa

Termina el Año de la Vida Consagrada (2015), con un gran Congreso y Encuentro que se celebra en Roma (28 enero – 2 febrero).

Con esta ocasión quiero ofrecer unas reflexiones sobre el fundamento y sentido de la vida religiosa desde el evangelio. Este año termina, la Vida Religiosa no sólo permanece sino que ha de ofrecer un testimonio más fuerte de profecía cristiana.

Han salido noticias y valoraciones en los medios, entre ellas la de M. Gelabert (RD 31.1.2016) y la de P. Félix García (http://www.revistavidanueva.mx/content/el-profeta-de-la-esperanza ).

Yo mismo escribí en otros tiempos dos libros sobre ella, que aun siguen rodando (Esquema Teológico de la Vida Religiosa, Sígueme, Salamanca, y Tratado de Vida Religiosa, Claretianas, Madrid), que aún siguen rodando por ahí. He participado y participo en encuentros y talleres de vida religiosa, y no he dejado de reflexionar sobre ella.

Dejé de ser religioso mercedario de claustro hace unos años, pero lo sigo siendo de corazón y empeño, y sigo convencido de que la vida religiosa tiene una función muy importante en la Iglesia y en la sociedad.

Las notas que siguen forman parte de una reflexión pausada que sigo realizando sobre el tema. Es algo larga, y general. Así la ofrezco, como fundamento evangélico (cristiano) de la vida religiosa.

La primera imagen esta tomada de la página web del Monasterio de Sobrado, Galicia (mail.google.com/mail/u/0/?tab=wm#inbox/152992a2b2a44299 ), al que me une una antigua amistad. La segunda ha sido el logotipo del Año de la Vida Consagrada 2015. Buen día a todos, en especial a los amigos y amigas de la vida religiosa.

El evangelio de la vida religiosa

El Vaticano II quiso interpretar la vida religiosa a la luz del mensaje y de la pascua de Jesús y de esa forma la define como una señal preclara del Reino de los cielos (PC 1). En este aspecto, podemos afirmar que ella pertenece de manera indiscutible no sólo a la "vida y santidad" de la iglesia sino también al mismo "corazón del evangelio", como presupone el párrafo final de LG 44. En esta misma línea debemos citar las palabras centrales de ese número:

Porque al no tener el pueblo de Dios una ciudadanía permanente en este mundo, sino que busca la futura, el estado religioso, que deja a sus seguidores más libres frente a los cuidados terrenos, manifiesta mejor ante todos los creyente los bienes celestiales (presentes incluso en esta vida) y sobre todo da un testimonio de la vida nueva y eterna conseguida por la redención de Cristo y pre‒anuncia la resurrección futura y la gloria del Reino celestial. Y de esta forma imita más de cerca y representa perpetuamente en la iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al venir al mundo para cumplir la voluntad del Padre (LG 44)

Conforme a esa visión del Vaticano, queremos tratar de la finalidad y carisma de la vida religiosa dentro de la iglesia. Para ello volvemos a situarla en el centro del mensaje y vida de Jesús, para arraigarla luego en el camino pascual de la iglesia, conforme al esquema que sigue: desarrollamos los siguientes puntos:

‒ Mensaje de Jesús. La vida religiosa sigue anclada en el mensaje de Jesús que anuncia el Reino para todos los hombres.
‒ Acción de Jesús. La vida religiosa quiere expresar en el mundo el sentido de la vida de Jesús; en ese aspecto interpretamos su acción como hondura total de su vida y de su entrega hasta la muerte.
‒ La experiencia de la pascua. Los religiosos quieren ser testigos de la resurrección de Cristo dentro de este mundo. Ciertamente, viven con los demás, sufren con todos; pero son testigos de una realidad más alta, del don ya recibido del Reino de los cielos.
‒ Signo eclesial. La vida religiosa pertenece al mismo corazón de la iglesia; por eso expresa un elemento común de la vida cristiana.
‒ Fin y carisma. Conforme a todo esto, la vida religiosa es vida carismática que se debe actualizar a lo largo del tiempo.

1. MENSAJE DE JESÚS

El Dios del Antiguo Testamento se define como aquel que pone en marcha el camino de la historia, conforme a la palabra originaria que dirige a Abraham: "Vete de tu tierra y de tu patria... a la tierra que yo te mostraré. Bendeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra" (Gen 12, 1‒3). La palabra de Dios arranca al hombre del pasado, de su vinculación sagrada con la tierra, poniéndole en camino hacia el futuro de su verdadera humanidad, que se define en términos de bendición universal. Desde ahora resulta significativa la división de los hombres.

‒ Por un lado está Abraham, es decir, el pueblo de Israel que es portador de la promesa, como pueblo consagrado a Dios en el camino de la historia.
‒ Por otro están las gentes que se ponen en contacto con el Dios de salvación a través del pueblo israelita. De esta forma se inicia una dialéctica de universalismo y particularismo de llamada abierta a todos y elección de pocos que culmina en la iglesia de Jesús y, de algún modo, en la misma vida religiosa, como luego indicaremos.

Esta misma perspectiva se conserva y profundiza a través de los profetas. Ellos han ido descubriendo las señales de Dios a lo largo de la historia israelita, en un proceso lleno de dolor, de fracaso y esperanza. Saben que la ausencia de Dios es destrucción y muerte para el hombre. Pero al mismo tiempo, saben que Dios vuelve a los hombres, para trazar una historia de amor y plenitud en medio de las ruinas del pasado. Por eso han ido precisando los rasgos futuros del Reino como presencia transformante y creadora de dios que culmina la historia de los hombres. Este serpa un Reino del ungido que actúa con los dones del Espíritu de Dios (Is 11); es Reino del pueblo renovado que recibe un Espíritu de Vida sobre el valle de los huesos secos, dispersados, muertos (Ez 37).

Sobre ese fondo se sitúa el mensaje y vida de Jesús. Para encuadrarlo con mayor exactitud tenemos que citar a Juan Bautista. Juan es apocalíptico: asomado a los caminos de la historia israelita ha descubierto que esa historia se termina: han fracasado los proyectos salvadores de Dios para los hombres; el mismo pueblo de Israel ha terminado y ya no puede existir Reino del mesías sobre el mundo. Por eso no queda más salida que el gran juicio: Dios se acerca para decidir en forma justiciera el ritmo y el sentido de la historia.

Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo... El os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en le granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga (Mt 3, 10-12)

Estas palabras del Bautista nos sitúan ante un tipo de vida religiosa concebida como pura penitencia. Dentro de un mundo condenado a la ruina, un grupo de convertidos‒penitentes se agrupan en trono a Juan Bautista. Dejan todo lo que tienen, casa, familia, trabajo, posesiones, que han perdido ya todo valor, porque la historia de este mundo acaba. De esa comunidad escatológica que confiesa su pecado en el bautismo y espera con Juan el fin del mundo.

También Jesús se hallaba entre aquellos que buscaron la palabra de Dios en el Bautista, iniciando con él un tipo de vida religiosa penitencial. Pero, en un momento determinado, que la tradición evangélica ha fijado en su bautismo (cf. Mc 1,9-11 par), Jesús abandona ese camino penitencial, descubriendo la llamada de Dios como Padre que ofrece un nuevo nacimiento. La vida empieza precisamente allí donde, a los ojos del Bautista, la vida terminaba. Ahora, cuando Jesús inicia su camino, poniéndose en las manos de Dios como alguien "que ya ha muerto", superando todo lo pasado, emerge el verdadero camino. Esta es la victoria de Jesús sobre Satán, principio de lo malo (Mc 1,12‒13 par). Así se define su mensaje:

‒ Se ha cumplido el tiempo, llega el Reino de Dios (Mc 1,15). Se ha cumplido el tiempo de la historia con las preocupaciones, angustias y problemas precedentes: Dios ha realizado el juicio y lo ha expresado en forma salvadora. Por eso puede comenzar a realizarse el Reino. Así lo indica una palabra muy significativa: "la ley y los profetas llegan hasta Juan; desde ahí comienza a anunciarse la Buena Nueva del Reino de Dios, y todos se esfuerzan con violencia por entrar en él" (Lc 16,16).

‒ Llega el Reino como nuevo nacimiento allí donde la muerte se encontraba anunciada y parecía ya inminente. Juan Bautista y sus amigos, religiosos solitarios, refugiados sobre el árido desierto, concebían su como preparación para la muerte: se retiraban del mundo y en la orilla del Jordán, ante el agua del gran río de las viejas esperanzas, pregonaban ya la ruina y descalabro de la historia. No había más salida que ponerse ante las manos justicieras de Dios, esperando así el final de todo el mundo. Pues bien, en contra de eso Jesús ha comenzado a proclamar la Buena Nueva, la noticia de la vida de Dios que irrumpe y transforma nuestra vida vieja, haciéndonos nacer a la existencia verdadera. Por eso, Jesús deja el desierto y comienza a caminar, anunciando y ofreciendo vida, por los pueblos, los caminos y los campos de su tierra, en Galilea.

Así lo indica la parábola de los invitados al banquete. Un hombre preparó una cena... El hombre es Dios. La cena el Reino. Cuando había preparado ya su Reino quiso enviar al mensajero, el siervo, para llamar a los que habían sido convidados. Pero aquellos se excusaban. Entonces el Señor dijo a su siervo:

Sal enseguida a las plazas y calles de la ciudad y haz entraraquí a los pobres y lisiados, a los ciegos y cojos...; sal a los caminos y cercados y oblígales a entrar, hasta que se llene mi casa (Lc 14, 21‒23)

Esto es lo que hace Jesús, el siervo o mensajero de Dios que anuncia la llegada del Reino como gran banquete: es mensajero que sale por las calles y los campos ofreciendo la señal del Reino a todos los que estaban impedidos, oprimidos sobre el mundo. Esto significa que en el fondo del mensaje de Jesús hay una nueva visión de Dios que se abre en forma de compromiso en favor del Reino.
Dios no es Juez final sino Padre que origina vida . No es el juez de Juan Bautista que actúa como fuego y como viento de tormenta, discerniendo, separando a los buenos de los malos. Es Padre que hace salir su sol sobres buenos y malos y envía su lluvia sobre justos e injustos (Mt 5,45). Es Padre que suscita el Reino en gesto de amor hondo, creativo, allí donde los hombres parecían condenados a la muerte. Por eso, su oración de Jesús resulta nueva. Probablemente, Juan Bautista y sus discípulos oraban pidiendo a Dios misericordia en el tiempo del gran juicio (Lc 11,1); Jesús ora diciendo Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino (Lc 11,2).

Pues bien, como delegado de ese Dios, signo del Padre sobre el mundo, con la fuerza del Espíritu de vida, Jesús ha ido ofreciendo a los hombres y mujeres de su pueblo una experiencia fuerte de amor y libertad (cf. Lc 4,18) que es fundamento de la vida religiosa. Antes parecía que Dios era Amo y Señor, pronto a la ira, en gesto de justicia vengadora. Ahora se viene a revelar ya como Padre, en actitud de amor cercano, abierto de manera creadora hacia la vida.

Pues bien, el Reino de Dios Padre se desvela, al mismo tiempo, como la verdad del hombre que supera el nivel de la condena y puede realizarse en actitud de apertura hacia la vida. Por eso, los discípulos del Cristo ya no son religiosos‒renacido al servicio de la vida: hombres que han hecho la experiencia del amor de Dios y empiezan a vivir sobre las ruinas de un mundo que, humanamente hablando, parecía condenado, fracasado, como pura sepultura.

‒Los renacidos de Jesús son hombres que en el fondo más al fondo de su vida no temen ya a la muerte.
Se habían preparado para morir, con Juan Bautista; pero descubren con Jesús la vida. Dios no quiere que terminen y se acaben sobre el mundo viejo; quiere que en el viejo mundo expresen y realicen la verdad e una existencia renovada. No son testigos del fracaso del hombre, como los discípulos de Juan; son testigos del triunfo y de la gracia de Dios sobre una tierra donde todo parecía condenado.

‒ Los discípulos de Jesús son hombres que han triunfado del mal sobre la tierra. Conforme a una vieja simbología religiosa, este mundo estaba dominado por Satán: es el Reino de lo malo, donde impone su dominio el poder de lo perverso (Lc 4,6). De manera especial, ese poder se expresa en los posesos, los endemoniados y los locos. Pues bien, Jesús se ha comportado en forma peculiar como exorcista: ha ido ofreciendo su ayuda a los posesos, haciéndoles capaces de vivir, de realizarse como humanos. Algunos le acusan porque piensan que actúa con engaño, realizando curaciones para pervertir después a todo el pueblo. Jesús ha respondido: "si yo expulso a los demonios por obra del Espíritu de dios es que llega a vosotros es Reino de Dios" (MT 12,28). Este es precisamente el Reino: el triunfo de Dios sobre Satán, la vida liberada para el hombre.

‒ Los discípulos de Jesús son presencia actual del don escatológico de Dios.
Muchos judíos dividían el Reino en dos etapas: dentro de la historia lo entendían como triunfo mesiánico del pueblo, vida en gozo y abundancia; sólo al fin vendría a desvelarse como verdad escatológica, futuro se adelanta, se ha corrido hacia el presente, de manera que vivimos desde ahora de la fuerza y poderío de su gracia. De esa forma, los discípulos del Cristo empiezan a vivir en un presente cualificado, en un tiempo distinto; el amor y agracia de Dios Padre les introduce desde ahora en el gozo y alegría del Reino de los cielos.

En esta perspectiva se sitúan las palabras de Jesús, cuando proclama: bienaventurados los pobres, porque es vuestro el Reino de Dios (Lc 6,2)). Pobres son en este mundo, los que se hallan dominados, aplastados por la lucha, la injusticia y la miseria de la tierra. Pues bien, precisamente a ellos hace el Cristo dueños y señores del Reino verdadero. No les dice que tendrán el Reino en el futuro: se lo ofrece desde ahora, descubriéndoles su gracia, la verdad y plenitud del nuevo nacimiento. Por eso, los discípulos del Cristo, cuando acogen la verdad de esta palabra, empiezan a vivir en dimensión de Reino: son bienaventurados, gozan la verdad del evangelio.

Los discípulos de Jesús pueden concebirse de esta forma como renacidos. Toda la vida religiosa posterior, dentro de la iglesia cristiana, ha de volver a esta experiencia primitiva. Serán religiosos, radicalmente comprometidos con el evangelio, aquellos que asuman la experiencia de los primeros discípulos del Cristo.

Así podemos decir que Jesús fue antes que nada un profeta escatológico del Reino. Es el último enviado que refleja y realiza sobre el mundo el plan de salvación de Dios, el Reino.
Por eso, sus discípulos no son unos guerrilleros de la gran revolución; ni son tampoco expertos en la vías y caminos de la contemplación. Ellos son antes que nada, hombres de Reino; hombres y mujeres que Jesús quiso escoger para que le ayuden y acompañen (cf. Mc 3,14) en su gran tarea escatológica de Reino. Ellos serán hombres y mujeres que viven a la luz de la Palabra de Dios, en gesto de radical obediencia

‒ Dios ha creado al principio a través de su palabra, como indica Gén 1. También ahora nos recrea al ofrecernos su palabra. Pero hay una diferencia: la palabra antigua (Gen 1) actúa sobre el fondo de la nada, de manera que ella sola es responsable de todo lo que existe; la palabra nueva de Jesús actúa en la tierra de los hombres de manera que ella necesita su colaboración y su respuesta. Jesús recra el mundo a través de su Palabra: "Salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que al sembrar. Y sucedió que al sembrar una parte cayó a lo largo del camino..., otra cayó en terreno pedregoso..., otra entre abrojos..., otra en tierra buena ...."' (Mc 4,4‒8.14).

‒ Esa palabra es creadora pero busca (suscita) la respuesta de acogida de los hombres. Esto significa que Dios no se ha querido imponer de forma ciega, dominante y opresora por encima de nosotros. No destruye nuestra libertad, no siga nuestra facultades. Dios crea haciéndonos capaces de crear: fecundando nuestra tierra, para que nosotros mismos seamos capaces de dar fruto de Reino. Por eso, la palabra de Reino no se puede interpretar a modo de teoría sino como expresión y principio de nuevo nacimiento. El religioso es un hombre que vive para escuchar, para obedecer (de ob‒audire, hyp-akouein). Discípulo es el hombre que, viviendo sobre el mundo, sabe realizarse desde Dios. no escucha la palabra que le viene del recuerdo de su propio camino personal, como parece suponer la perspectiva socrática que dice "conócete a ti mismo' Tampoco escucha la voz de lo divino en general como hondura superior de la existencia, en un nivel que nos pudiera aproximar a las posturas del oriente (hinduismo, budismo). Creyente es el que escucha la voz del Dios que habla por el Cristo, manteniéndose en un gesto de receptividad, de diálogo constante y personal con el Padre de Jesús, el Cristo.

En esta línea, la vida religiosa ha conservado y resaltado esta actitud original de escucha de todos los creyentes. Religioso en un sentido primigenio es el que sabe acoger la voz de Dios. Vive entre voces y palabras de este mundo. También sabe escuchar otros mensajes. Pero en la raíz de todos ellos quiere escuchar y escucha sin cesar el evangelio, la buena nueva creadora de Dios Padre. En este aspecto, religiosos son antes que nada aquellos que obedecen (cf. Rom 10,16), en el sentido radical de esta expresión: viven a la escucha de Dios y así nacen y renacen con el Cristo, que siempre ha mantenido diálogo de amor y vida con el Padre (cf. Mt 11, 27). Religioso es el que sabe que el Reino de Dios viene a través de la palabra: no está aquí ni está allí, no está arriba ni abajo; está dentro de nosotros, como invitación de amor y vida que Dios ha querido dirigirnos (cf. Lc 17,21).

II. ACCIÓN DE JESÚS

Jesús aparecía antes que nada como hombre de la palabra. Pero debemos añadir que la misma palabra se ha convertido en obra. En esta perspectiva ha de entenderse uno de los textos más significativos del evangelio. Llegan los discípulos de Juan y le preguntan: ¿eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Jesús les responde:

Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leproso quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Noticia; dichoso el que no se escandalice de mí! (Mt 11,4-6)

La misma palabra que Jesús proclama como buena noticia a los pobres se convierte en acción poderosa que cura y anima a los hombres. No emplea medicinas para curar; tampoco lo hace utilizando medios exteriores de tipo estructural (político, económico). Cura con el mismo poder de la palabra que penetra hasta la entraña de los hombres (cf. Heb 4, 12‒13), para transformarles así desde lo interno. Cura haciendo que los mismo enfermos se curen acogiendo la palabra en actitud de fe, transformándose por dentro. De esa forma ofrece un poder nuevo de liberación (cf. Mc 1, 22) que sobrepasa todos los poderes anteriores de los hombres que operan de una forma puramente impositiva o teórica.

Descubrimos así que la acción del Cristo se dirige a los más pobres, es decir, a los enfermos: hombres y mujeres que se encuentran impedidos en la vida y no se pueden realizar de forma libre porque el mismo peso de la enfermedad les oprime y condiciona. Jesús actúa como médico de Dios, que cura a los hombres de manera que ellos mismos acepten la vida y se curen. No les quita su responsabilidad, no suprimir sus problemas. Simplemente les da fuerza para que así acojan la vida de manera personal y la realicen desde dentro, en un camino que se encuentra sustentado, dirigido por el Reino.

En la misma línea de las curaciones aparece la palabra de evangelio que jesús dirige hacia los pobres, al final del texto precedente: "y se anuncia a los pobres la buena noticia" (Mt 11,5). Los pobres son un tipo de enfermos, personas que no pueden desplegar y realizar la vida, pues carecen de medio materiales y se encuentran oprimidos, destruidos por la misma lucha económica del mundo., Para ellos el mundo es opresión, esclavitud y cautiverio: están en manos de otros hombres que deciden su trabajo y su futuro. En la misma perspectiva otra palabra de Jesús:

El Espíritu del Señor sobre mí: me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Noticia, me ha enviado a proclamar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos (Lc 4, 18)

Jesús se ha presentado aquí como evangelizador de los pobres y redentor de los cautivos: su palabra y gesto inician un proceso de liberación sobre la tierra, de manera que los pobres y cautivos puedan desplegar la vida, realizarse como libres, responsables de sí mismos. Al asumir de esa manera los problemas de pobreza y cautiverio, Jesús ha situado su camino de Reino en el mismo centro de la conflictividad social del mundo. Ciertamente, no ha venido a luchar de una manera belicista en contra de los ricos y opresores, como algunos pudieran deducir de las palabras del Magnificat (Lc 1, 51‒53). Pero toda su conducta implica un gesto social que ha de llamarse revolucionario: ofrecido a los pobres palabra para realizarse, y enciende una conciencia de libertad en los cautivos, rompiendo así los tabúes y leyes que tenían a los hombres oprimidos dentro de la red de una estructura clasista que parecía sacralizada.

De una forma peculiar, Jesús ha superado esa estructura al acoger y perdonar a los perdidos y pecadores de su pueblo. Este es un tema que la tradición evangélica conserva en contextos diferentes: Jesús come con los publicanos y pecadores (Mc 2,15), acogiéndolos en su compañía; se relaciona con publicanos y prostitutas, en actitud que en otro contexto había iniciado ya Juan el Bautista (Mt 21,32); defiende públicamente a los pecadores, invitándoles al Reino (cf. Lc 15).

Pecadores eran aquellos que por su forma de vida o su conducta estaban expulsados de la comunidad israelita de la alianza. Ellos son los marginados por excelencia, pues no pueden tomar parte en la vida más profunda de su pueblo, en sus actos religiosos. Ejemplo típico de estos marginados religiosos son los publicanos y prostitutas, hombres y mujeres que, de un modo paralelo, venden su conciencia o su intimidad por dinero. Ellos se encuentran en el último escalón de una sociedad clasista, que por un lado les explota y por otro les rechaza.

‒Fariseos y saduceos estaban dispuestos a perdonar a los "pecadores", pero lo hacían con la ley en la mano, exigiéndoles arrepentimiento previo, conversión y cambio de conducta; así les dominan e introducen en su esquema social, previamente fijado y sacralizado.
‒Jesús en cambio no defiende ningún tipo de esquema legal: llega el Reino y con el Reino se superan las antiguas estructuras legales. Por eso, él empieza ofreciendo perdón, camino de vida, a los perdidos. Les ofrece perdón sin pedir nada, ni imponer cambio ninguno. El perdón es un gesto y palabra de vida, como la vida que ofrece a los enfermos, el gesto de humanidad que anuncia a los pobres y oprimidos.

Ese gesto resulta revolucionario. Jesús desestabiliza aquella sociedad con su conducta, iniciando un camino que debe seguir la vida religiosa. Este es el camino de la palabra trasformante: la palabra que lleva en sí fuerza de vida, que reconoce a los demás, que les ofrece dignidad y les capacita para realizarse de una forma autónoma, libre, creadora; es palabra que rompe estructuras de opresión que se han creado por los siglos, haciendo que los hombres y mujeres puedan nacer de nuevo, abiertos hacia el Reino. Esa actitud y acción del Cristo nos sitúa en el centro de eso que pudiéramos llamar la dialéctica social del Reino.

‒ Por un lado, Jesús llama a todos, es universalista. Precisamente como signo de ese universalismo señalamos uN gesto de perdón dirigido a los perdidos, su palabra de curación, la buena nueva que dirige a los pobres y leprosos de la tierra. En este aspecto, nunca podremos olvidar que el Reino sigue siendo para "cojos, mancos, ciegos", para los perdidos de las plazas y caminos, para pobres y oprimidos (cf, Lc 14, 15‒24). Por eso, la extensión del Reino sigue desbordando las fronteras de la iglesia organizada; Jesús es salvador de todo el mundo.

‒ Por otro lado, llama en especial a algunos. El Reino es para todos, pero Jesús quieres que unos pocos le acompañen para pregonarlo y expandirlo con su vida (cf. Mc 3, 13‒19 y par). No quiere mantenerse separado en la tarea de anunciar el Reino; no es un solitario, no trabaja por aislado. Así pretende que sus propios discípulos y amigos puedan asumir su mismo gesto, realizar sus mismas obras, ofrecer su testimonio por el Reino. Esta dialéctica social, que también ha de aplicarse al conjunto de la iglesia nos permite interpretar mejor el signo peculiar de la vida religiosa.

Lo primero es el Reino, como don de Dios abierto a todos los pobres y perdidos de la tierra. Para recibirlo desde ahora no hace falta tener nada. Es más, los primeros en hallarlo y recibirlo son los pobres, enfermos, pecadores, los que nada tienen, de manera que todos han de acogerlo como don de gracia. Eso significa que a es plano no hace falta nada semejante a la vida religiosa.

Pero una vez recibido, el Reino suscita una actitud de cambio, motiva una transformación que nos sitúa en la línea de lo que después harán dentro de la iglesia, los religiosos. Jesús no exige nada a los pecadores, pero es claro que los pecadores que reciben su perdón empiezan a portarse de una forma nueva. Nueva será también la forma de vivir aquellos que Jesús ha convocado para que le sigan y acompañen, poniéndose al servicio de su Reino. Ellos han de estar dispuestos a dejarlo todo , superando desde Dios las estructuras más sacrales de la historia israelita: propiedad (bienes), familia (hijos, casa) y la misma voluntad interpretada como expresión de ruptura frente a Dios. En esta línea nos movemos ya en lo que después serán los votos religiosos.

‒ Jesús pide a los suyos que dejen su riqueza (Mc 10, 21.29) y que la entreguen gratuitamente a otros más pobres para así seguirle. Esta exigencia de pobreza se sitúa dentro del contexto general de su evangelio: Jesús llama bienaventurados a los pobres (Lc 6,20) y pide a sus discípulos que sean "voluntariamente pobres" (por su espíritu, conforme a Mt 5, 3), quedando liberados para el Reino, en gesto de solidaridad activa con los más necesitados.

‒ Jesús pide a los suyos que superen un tipo de familia, que rompan la estructura antigua de la sociedad israelita donde el hombre está determinado por los padres, la mujer (o el marido) y por los hijos. En contra de esa estructura que cierra al individuo en la sacralidad de su propio clan absolutizado, Jesús instaura una familia nueva de hombres liberados para el Reino (cf. Mc 10, 29‒30; Mt 10,37 par). Esta línea culmina cuando, en el camino de seguimiento radical, dice que algunos "se hacen eunucos por el Reino de los cielos" (Mt 19,12) anunciando así la castidad religiosa

‒ Finalmente Jesús pide a los hombres que renuncien a un tipo de voluntad absolutizada, cerrada en sí misma, para compartir su proyecto de vida con otros haciéndose capaces de perder la vida por el Reino (cf. Mt 10, 38‒39). En este aspecto, el hombre viejo, apegado a su propia salvación egoísta, debe "renunciar a sí mismo" (Mt 16,24), tomando con Jesús la cruz del servicio hacia los otros (cf. Mc 10, 35‒45), en gesto de obediencia.

Dios llama para el Reino a todos los pobres, pecadores y perdidos de la tierra; pero algunos acogen explícitamente esa llamada, iniciando con Jesús una nueva forma de existencia. Estos, que son los discípulos estrictos, deben traducir la voz del resino en una actitud nueva de superación de la familia antigua de la carne y de la sangre (castidad), de renuncia a los bienes (pobreza) y de entrega total en favor del Reino (obediencia).

III. PASCUA DE JESUS

Con estrategia de Reino Jesús ha recorrido su camino, en actitud de entrega radical hacia los hombres. Va dejando que la vida le enseñe, que Dios Padre le hable a través de los acontecimientos de su historia. En esta línea y de una forma bastante convencional, pues no tenemos datos fijos sobre el tema, podemos establecer una gradación de rasgos.

‒ Jesús ha interpretado el camino del Reino como entrega de sí mismo. Ciertamente, el Reino es don de Dios, es alegría de los pobres, gozo de los hombres enfermos y oprimidos. Pero, al mismo tiempo, implica "muerte de sí mismos": es necesario dejar todo (casa, campos, familia) y ponerse libremente en el camino de Dios sobre la tierra; es necesario romper con el pasado, romper con las cadenas que a uno mismo le aprisionan a las fuerzas viejas de la vida, para caminar en libertad y confianza hacia el Reino. Todavía aquí no se habla de una muerte externa; quizá no es necesario pensar en el fracasa doloroso de la cruz, la muerte como un condenado. Pero está ya clara la exigencia de entregar la vida por los otros (cf. Jn 12,24; Mt 10, 37‒39 par).

‒ En un momento determinado, Jesús parece entender y presentar ese camino como lugar de juicio y muerte. Así lo ha precisado en las famosas predicciones (Mc 8, 31; 9,30-31; 10.32-34 y par). Parece evidentes que han sido retocadas y adaptadas tras la pascua. Pero al fondo de ellas hay un elemento histórico: asumiendo el camino de Reino, Jesús descubre la oposición de los hombres de su pueblo, que le juzgan y entregan en poder de los romanos, condenándole a la muerte. Pues bien, ese rechazo pertenece a la verdad del evangelio: el Reino de la gracia de Dios triunfa de manera gratuita y creadora en medio de la muerte y violencia de ese mundo (cf. Mt 10, 16-25 par).

‒ Finalmente, debemos afirmar que Jesús ha culminado y realizado su camino de Reino dándose a sí mismo en amor por los demás . Parecía que el Reino era la vida, el triunfo externo y poderoso de los justos, conforme a la visión mesiánica del pueblo israelita. Pues bien, por Cristo descubrimos que el Reino es como "grano de trigo que cae en tierra" para dar mucho fruto (Jn 12, 24); es un amor que triunfa y vive en medio de la angustia y abandono de la muerte (cf. Mc 14, 32‒42; 15,34)

En el gesto de su muerte se condensa toda la verdad del Reino. Entendemos así la parábola del hombre que siembra la palabra: palabra es Jesús que, dialogando con los hombres, les ofrece su vida en actitud de entrega que culmina por la muerte. También comprendemos el sentido de sus gestos: su amor hacia los pobres, su solidaridad con los enfermos, los dolientes y perdidos de la tierra. Jesús se ha introducido hasta el final en su destino: se ha integrado en la dolencia de la historia, como enfermo‒cautivo universal, el marginado y rechazo por blasfemo. Sólo de esta forma puede ser "el hombre", esto es, representante de la humanidad entera.

Actualizando este motivo, Pablo ha descubierto que la vida cristiana consiste en un morir con Cristo, es decir, en regalar la vida con él y como él, como después han precisado bien los religiosos. Pues bien, este morir no puede entenderse a la manera de los discípulos de Juan que hacían penitencia y esperaban el final porque el tiempo ha terminado. Por el contrario, los discípulos de Cristo están dispuestos a morir y mueren (dan la vida) porque el Reino ha comenzado ya y actúa en medio de la lucha y el conflicto de este mundo viejo. No mueren porque el juicio de Dios les sobreviene desde fuera, como puro ladrón, sino porque la vida de Dios les impulsa desde dentro, haciéndoles capaces de ofrecer amor y entrega en medio de este mundo viejo.

Con esto hemos entrado en dimensión de pascual. Los discípulos del Cristo no esperaban la resurrección de su Señor como hecho aislado; aguardaban con ansia el fin del mundo, la llegada poderosa, externa, triunfadora del gran Reino. Por eso, la novedad de la pascua les desconcierta: como anticipo y verdad original del Reino encuentran a Jesús; en vez de la resurrección universal ven al Resucitado que viene y les envía a proclamar su buena nueva por el mundo, dándoles la vida y asistencia de su Espíritu (cf. He 1‒2).

Desde este fondo, los discípulos del Cristo aprenden a entender a Dios. Ciertamente, es Padre, pero ahora se define aún con mayor nitidez como "aquel que ha resucitado a Jesús de entre los muertos" (cf. Rom 4, 24): es el Padre de Jesús a quien instaura y corona como Hijo, con poder, por la resurrección (cf. Rom 1, 3‒4), haciéndole principio de salvación para los hombres. Por eso, unidos a Jesús, los frailes, que reciben su mismo "Espíritu de filiación", aprenden a decir Abba (Padre) y se expresan y realizan como hijos sobre el mundo (cf. Gál 4, 1-7; Rom 8, 12-17).

El Reino es ahora más que el fin o meta de la historia; es más que un don que Dios ofrece desde fuera Reino es la misma realidad de Dios que se introduce en nuestra historia y se realiza dentro de ella en forma humana, por medio de Jesús (el Hijo) y por su Espíritu. Por eso, como han visto Pablo y Juan y luego desarrollan múltiples autores de la iglesia antigua, Reino es el misterio de Dios para los hombres: el amor generador de Dios que, como Padre, suscita y sostiene nuestra vida; la entrega radical de Jesucristo, el Hijo, que muriendo por nosotros nos ofrece solidaridad y resurrección por medio de su muerte; finalmente Reino es el Espíritu de amor, la vida compartida, abierta a todos los hombres y mujeres de la tierra.

‒ Todos los cristianos viven y actualizan tras la pascual el misterio del Reino: renacen desde el Padre, mueren con el Hijo y participan de la comunión pascual del Espíritu Santo.
‒ Pero los religiosos interpretan de un modo radical y consecuente esta vivencia trinitaria del Reino de Jesús, en las tres vertientes que ahora brevemente presentamos.

Religiosos son los que a los largo de la vida quieran morir con Jesucristo, el Hijo. De tal forma han recibido el don de Dios, de tal manera han acogido su misterio de amor, que emprenden con Jesús un camino de amor al servicio de los hombres. Por eso renuncian a los bienes de este mundo (posesiones, familia de la carne, gloria propia) para caminar con Cristo y entregarse de manera confiada al servicio de su Reino.

En esa entrega, los religiosos hacen la experiencia de un nuevo nacimiento: viven de tal forma desde el Padre que, en el fondo, se descubren ya resucitados; han muerto al mundo antiguo y Cristo, el mismo Señor resucitado "vive en ellos", como afirma Pablo (Gál 2,20). Por eso, en lenguaje de san Juan de la Cruz, no guardan ya ganado (Cántico): viven libres de manera que pueden liberar a los demás "porque ya sólo en amar es su ejercicio" (ibid). Han dejado las tareas viejas, y ahora pueden irradiar su acción de amor sobre la tierra.

Así despliegan ya la nueva comunión en el Espíritu: cultivan la experiencia de aquel "ciento por uno" que reciben sobre el mundo los que dejan los cuidados viejos de la casa, la familia, hacienda (cf. Mc 10, 30). De esa forma habitan y conviven, formando comunión de amor sobre la tierra. Han tomado en serio el evangelio y quieren cultivarlo como realidad actual, sin glosa ni rebaja.

IV. VIDA RELIGIOSA, ACTUALIZACION DEL REINO

En un momento determinado, a partir del entusiasmo radical de Jesucristo y siguiendo su llamada de renuncia a la familia, muchos discípulos dejaron los valores de este mundo viejo, creando comunidades cristianas muy cercanas a los que después será la vida religiosa: comparten los bienes, como indica Hech 4, 32‒36; tienden a renunciar al matrimonio como muestra 1 Cor 7; cultivan de esa forma una vida escatológica, centrada en los valores del Reino que se acerca. Años más tarde, por razones que aquí no podemos estudiar, esta forma de entusiasmo religioso escatológico ha corrido el riesgo de llevar al surgimiento de sectas de iniciados, de carácter gnóstico, que rompe con el mundo y toma el camino de Jesús como experiencia de renuncia intimista de la vida. Por eso el autor de 1 Tim, siguiendo la inspiración de Pablo, ha debido reaccionar en contra ese riesgo, exigiendo a los ministros de la iglesia que se casen, poniendo trabas a vírgenes y célibes, pidiendo que la vida cristiana se organice por familias donde el padre (en un patriarcalismo de amor) dirija y garantice la existencia de los suyos. Entre esas dos líneas se ha movido la vida religiosa.

‒ Ella se mantiene, por un lado, inserta en la estructura de un mundo que sigue siendo bueno, conforme a la experiencia israelita y a la vida de Jesús. Bueno es el matrimonio, como signo del amor de Dios sobre la tierra; buenos son los bienes de este mundo, que Dios mismo nos ha dado para bendecirle, proclamando su grandeza. De esa forma, los cristianos que moran en el mundo indican con su vida que el Reino de Dios se ha introducido en el camino antiguo de la tierra.

‒ Pero ella quiere destacar también el signo de que el Reino ya ha llegado, de tal forma que "el esquema y forma de existencia de este mundo pasa" (cf. 1 Cor 7, 31): podrán ser religiosos aquellos que por gracia (no por mérito propio o por simple esfuerzo ascético) se sientan poseídos, transformados, ricos por el Reino.

Desde este fondo han de entenderse los votos carismáticos de la vida religiosa. Ellos son un signo de la presencia del Reino para el mundo, dentro de la iglesia. No son el signo sino un signo, aunque intenso y constante:

V. COMUNIDAD DE AMOR, FAMILIA DESDE EL REINO.

Hay algunos que se han hecho eunucos a sí mismos por el Reino de los cielos; quien pueda entender que entienda (Mt 19,12). Se han eunuquizado a sí mismos; es no han renunciado al matrimonio por impotencia física o psicológica, ni tampoco por presión social. Libremente, como dueños de sí mismos, por la fuerza del Reino que les llena y les transforma, han renunciado a cultivar y trasmitir la vida biológica en el mundo. Esta renuncia nos sitúa precisamente en el lugar de paso entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

‒ Dentro de Israel Dios se desvela de manera especial en la cadena de la vida que se expande y transmite, de generación a generación, como signo de fecundidad bendita, abierta hacia el mesías: por eso, representantes de Israel son los antiguos padres (patriarcas = generadores) y representantes de Dios son también los nuevos padres (el padre‒varón es sacerdote de su propia familia).

‒ Pues bien, Jesús ha roto en su mensaje y con su vida esta visión del Dios de las generaciones. Ciertamente, Dios actúa en el proceso de la transmisión de vida. Pero actúa, sobre todo, allí donde parece que la vida acaba: en los pobres, los enfermos, los eunucos, oprimidos, derrotados y exiliados. Dios actúa y crea vida, en dimensión de Reino, allí donde la vida de este mundo quiebra: entre los débiles que no pueden engendrar, los oprimidos que no tienen descendencia (no pueden alimentar ni educar a sus hijos).

Así se entiende el celibato por el Reino de Dios, tal como ha sido asumido y cultivado por la vida religiosa, como experiencia de comunión supra-familiar de vida. No es la renuncia orgullosa del que piensa estar en la razón y así renuncia, por grandeza y autosuficiencia a tener hijos. Tampoco es la visión del solitario, que tiene miedo del varón (o la mujer) y prefiere realizarse por aislado entre obsesiones interiores y pequeños desahogos exteriores. Tampoco es el gesto de la virgen orgullosa de sí misma, que conserva su independencia para dominar a otros. Este celibato de Jesús y de la vida religiosa surge como gesto de amor gratificante, humilde, abierto a los demás de una manera limpia, nunca posesiva.

‒ Esta es la actitud del que ha sentido que el proceso de la vida en realidad ha culminado, que estamos ya en tiempo de Reino. Ciertamente, sabe que en el mundo, a corto plazo, ese proceso sigue y debe ser impulsado.... Pero, por gracia de Jesús y de su Reino, el religioso sabe que puede poner y pone su vida al servicio de la Comunidad del Reino, es decir, de la nueva humanidad.

‒ Esa actitud sólo es posible porque el Reino es desde ahora comunión, nueva familia de hermanos‒amigos liberados que comparten la existencia en un camino de amor gratuito, no carnal, pero muy hondo, muy cercano. Por encima de la soledad, que sigue siendo evidente en cierto plano, se descubre de esa forma la solidaridad libre del Reino, donde se supera el "mío y tuyo" que siguen influyendo en la estructura esponsal del mundo viejo.

El matrimonio de este mundo implica un tipo de elección que lleva a la ruptura: una mujer no puede ser, a la vez, de siete maridos, como objetan lógicamente los saduceos. Pues bien, Jesús responde que en el Reino ya no se casarán, ni serán tomados en matrimonio (Mc 12, 18‒25): serán todos como ángeles de Dios, en transparencia comunitaria. En ese aspecto, el celibato sólo tiene sentido en cuanto expresa y, de algún modo, realiza sobre el mundo esa nueva comunión universal del Reino.

VI. ORACION Y ACCION: EL REINO Y SU JUSTICIA.

Los religiosos llevan abierta la herida del Reino de Cristo y no quieren taparla ni curarla con valores relativos de este mundo (trabajos, posesiones, familia). Quieren que esa herida permanezca siempre abierta, de manera que se pueda convertir en fundamento de oración constante. En este aspecto, religiosos son aquellos que viven de tal forma el don de Dios y los problemas de este mundo que ruegan sin cesar: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino... (Lc 11,2).

‒ El religioso es un orante, es decir, contemplativo. Por su propia opción ha renunciado a seguir contribuyendo a la historia de este mundo en el nivel de la familia (teniendo nuevos hijos) y en el plano de los bienes (trabajando por las posesiones de la tierra). De esa forma se presenta ante Dios y ante la iglesia como portador del Reino: testigo de la vida de Dios y de su gracia. Así busca antes que nada el Reino de y sabe que todas lo restante viene por añadidura (Mt t,33).

‒ El religioso es un orante que sigue habitando en medio de una tierra angustiada por el hambre. Por eso tiene que pedir: el pan nuestro de cada día, dánosle hoy. Pide por el pan que es "nuestro", es decir, de todos los hombres y no de algunos pocos que se apropian de los bienes de los pobres. Pide por el pan "de cada día', el pan de una existencia confiada, que permite gozar del mundo como don de Dios y confiar en el mañana; por eso rechaza el pan de aquellos que amontonan y derrochan, a costa del hambre de los otros. Pide, finalmente, que ese pan sea para "hoy": que exista ya justicia sobre el mundo, de manera que a todos puedan compartir los bienes de la tierra, en gesto de fraternidad y de alabanza.

Muchos religiosos, a los largo de la historia, liberados por su propia vocación para los bienes del Reino, han puesto vida y alma al servicio de esta petición del Padrenuestro, poniéndose al servicio de las necesidades de los hombres. No solamente piden el pan sino que trabajan por el pan. No solamente piden el perdón sino que expresan el perdón sobre la tierra. Por eso dicen de todo corazón: perdónanos nuestra deudas, como nosotros perdonamos la nuestros deudores.

‒ Religiosos son aquellos que nunca exigen deudas en plano comunitario: dan sin pedir nada, no hacen cuentas de aquello que realizan por los otros, cumpliendo de esa forma el Padrenuestro. Pues bien, los mismo religiosos, en fuerza de su oración y su experiencia del Reino, están llamados a ofrecer entre los hombre el testimonio de ese perdón de toda deuda. Ellos saben que Dios es puro don, perdón perfecto: no lleva cuenta de nuestros delitos, no exige nada de aquello que nosotros le debemos (en contra de la perspectiva que anunciaba Juan Bautista). Por eso viven en ámbito de gracia, suscitando sobre el mundo espacios de perdón interhumanos. Fundados en esta palabra de Jesús, los religiosos deberían renunciar a toda posesión impositiva, a oda imposición económica, viviendo en plano de pura gratuidad.
‒ Los religiosos deberían renunciar a las deudas en plano social, traduciendo de esa forma su oración en gesto de participación humana en medio del mundo. Ciertamente, el mundo externo sigue dominando por principios de poder (cf. Mc 10, 42‒45) y por leyes de interés y compraventa: por la imposición y el egoísmo que causan la pobreza de millones de personas (tercer mundo, regímenes comunistas o de seguridad nacional.). El mundo está podrido, destruido por la lucha económica, el deseo posesivo, la exigencia de las deudas. Pues bien, precisamente aquí la vida religiosa debe ofrecer el testimonio personal, comunitario y eclesial de que es posible el Padrenuestro: "como nosotros perdonamos a nuestros deudores".

En este camino, la llamada del Reino se convierte en revolución para la historia.La experiencia de la oración (encuentro gratuito con Dios), se traduce en experiencia de gratuidad social. No se trata de orar en forma aislada sino de traducir la oración en forma y principio de toda la existencia, como ha querido Santa Teresa de Jesús. Esto es lo que ha querido mostrar la tradición de la vida religiosa de formas diferentes, siempre aproximadas:

‒ Santa Teresa de Jesús ha pensado que se podía traducir la vida de oración en las claves de una comunidad contemplativa (separada del mundo), en gestos oración constante, en total desprendimiento (viviendo de la pura caridad de los creyentes, es decir, de la limosna, recibida por fundaciones o por el don diario de los fieles). Esta es una experiencia fundamental, carismática, ejemplar de la vida religiosa. La gratuidad de la oración se convierte en gratuidad/perdón en la comunidad. La misma comunidad, con su vida compartida y su constante signo de alabanza contemplativa es signo de oración sobre el mundo. Un convento de santa Teresa puede definirse como oración hecha comunidad.

‒ Los franciscanos primitivos han pensado que podían expresar el sentido de su alabanza (oración) en formas de total pobreza (de mendicidad: dar gratuitamente, recibir gratuitamente, no tener nada propio) en medio del mundo. Este es un ideal espléndido de vida en desposorio con la dama pobreza. La misma oración del franciscano se convierte en pobreza, es decir, en vida de total participaciòn, en gesto de absoluto perdón (no exigir nada) en relación con los demás. Una vida franciscana vivida con radicalidad es oración hecha pobreza, en gesto de gratuidad abierta a la comunión entre todos los hombres.

‒ Modelo reparador: oración y sacrificio. Se ha puesto de relieve en muchas congregaciones del siglo pasado, sobre todo de origen francés. En ella se supone que Cristo sufre en el mundo por los pecados de los hombres. Por eso es bueno que existan personas que "reparen su sufrimiento" y que le acompañen en gesto de oración y sacrificio, en actitud de humilde: como víctimas que sufren por el pecado del mundo, como amigos/as que acompañan a Jesús en su sufrimiento. De forma misteriosa, la presencia, oración y sacrificio de los reparadores acompaña a Jesús y actualiza su gesto redentor en favor de los hombres.

‒ Modelo redentor. Los antiguos mercedarios han puesto de relieve lo que pudiéramos llamar el carácter redentor activo de la oración. Ellos no renuncian al dinero sino todo lo contrario: necesitan dinero, acogen el dinero de la comunidad eclesial, pero lo ponen al servicio de la redención de los cautivos. Eso significa que su oración se abre en dos gestos complementarios: por un lado descubren a Cristo cautivo (sufre en los carentes de libertad); por otro lado sienten la necesidad de acompañar a Jesús en el camino liberador, poniendo su vida (y los bienes del mundo) al servicio de la liberación de los cautivos. Esta es su oración: encuentro con Dios que se traduce en forma de entrega de la vida, en forma de transformación del mundo, haciendo que la misma economía sirva para liberar a los cautivos.


Opine sobre la noticia con Facebook
Opine sobre la noticia
Normas de etiqueta en los comentarios
Desde PERIODISTA DIGITAL les animamos a cumplir las siguientes normas de comportamiento en sus comentarios:
  • Evite los insultos, palabras soeces, alusiones sexuales, vulgaridades o groseras simplificaciones
  • No sea gratuitamente ofensivo y menos aún injurioso.
  • Los comentarios deben ser pertinentes. Respete el tema planteado en el artículo o aquellos otros que surjan de forma natural en el curso del debate.
  • En Internet es habitual utilizar apodos o 'nicks' en lugar del propio nombre, pero usurpar el de otro lector es una práctica inaceptable.
  • No escriba en MAYÚSCULAS. En el lenguaje de Internet se interpretan como gritos y dificultan la lectura.
Cualquier comentario que no se atenga a estas normas podrá ser borrado y cualquier comentarista que las rompa habitualmente podrá ver cortado su acceso a los comentarios de PERIODISTA DIGITAL.

caracteres
Comentarios

Aún no hay Comentarios para este post...

    Lunes, 24 de septiembre

    BUSCAR

    Editado por

    Síguenos

    Hemeroteca

    Septiembre 2018
    LMXJVSD
    <<  <   >  >>
         12
    3456789
    10111213141516
    17181920212223
    24252627282930