El blog de X. Pikaza

Del "seminario" de José al "ministerio" de Jesús

Continuando en la línea de ayer quiero volver a un tema que he tratado varias veces en este blog. Hoy, día de san José, buen padre de familia, iniciador del camino de Jesús, me parece buen día para hacerlo.

En el seminario de José aprendió Jesús,escuchando y acogiendo la historia mesiánica y profética de Israel, pero también "protestando", enfrentándose con su "padre", para así encontrar su camino mesiánico .

Ambos, José y Jesús, eran artesanos, hombres de trabajo, inmersos en el sufrimiento y esperanzas del pueblo. Por lo que sabemos, José fué el mejor maestro de Jesús, en la escuela de la vida, del compromiso por los pobres, desde la misma base del trabajo y angustia de las gentes sin trabajo ni pan...

José enseñó a Jesús de una manera buena... su casa y trabajo era buen seminario,
Pero Jesús respondió de una forma distinta, como tiene que ser, honrando a su padre, precisamente al ver cosas que José no había visto, al asumir caminos que José no había asumido

Sin la enseñanza de José, Jesús no habría lo lo que ha sido... Pero si se hubiera queda en José sin más tampoco hubiera sido el Cristo salvador.

Sigo tomando el tema de mi libro La Novedad de Jesús, todos somos sacerdotes (Nueva Utopía, Madrid 2014). Quien quiera ver su desarrollo argumentado vaya a ese libro. Aquí sólo ofrezco un resumen de su parte final. Buen día de Santo José a todos, desde México, donde me ha traído la fortuna.

Buen día de San José a todos, en especial para aquellos que se afanan al servicio de la Iglesia de Jesús, de diversas formas

PrincipioPunto de partida, Jesús desde José, Jesús frente a José

El evangelio de Mateo supone que José, hijo de David (Mt 1, 16), tuvo que reinterpretar el sentido de su paternidad davídica aceptando como propio (pero en un plano distinto) al hijo de María (cf. Mt 1, 20), para acogerle y guiarle en un camino de gran riesgo, desde Belén, por Egipto, hasta Nazaret (desde Mt 1, 20 hasta 2, 23). De esa forma se cumple eso que pudiéramos llamar la “conversión de José”, que tiene que superar su visión genealógica de “hijo de David” (en línea poderosa), para acoger y cuidar al “hijo de Dios”, pasando así de la familia israelita a una familia universal.

A diferencia de Mateo, el evangelio de Lucas ha centrado el nacimiento e infancia de Jesús en la figura de María, su madre, más que en la de José. Pues bien, en esa línea, reinterpretando el motivo de la disputa en Nazaret, Lc 4, 16, 21 supone que Jesús ha debido superar la visión mesiánica de José, su Padre, como se lo echan en cara sus paisanos.

Jesús ha entrado en la sinagoga y ha leído el pasaje de Is 61, 1-3 (e Is 58, 6), pero con una novedad esencial: Ha recogido la parte relativa a la promesa activa (liberar a los presos, proclamar el año de gracia de Dios, es decir, su “jubileo”: cf. tema 4), pero suprimiendo lo relacionado con el día de la venganza (es decir) con la destrucción de los enemigos. Desde ese fondo le contestan y critican sus paisanos:

Todos daban testimonio sobre él
y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían: ¿No es este el hijo de José? (Lc 4, 22)

Los nazarenos parecen admirarse por las palabras de gracia de Jesús, pero en el fondo le condenan por esas mismas palabras de gracia (porque ella no incluyen la condena de los adversarios) y preguntan «¿no es ese el hijo de José?». No le llaman “el hijo de María” (como en el paralelo de Marcos), sino el hijo de José, y lo hacen en un contexto de crítica (que desembocará en el intento de lincharle). Ciertamente, ellos saben que Jesús es hijo de José (en un plano legal, nacional).

Por eso, su pregunta no es para que respondamos “sí o no”, y para que así ratifiquemos su origen familiar, sino para le distingamos de José, que, según los nazarenos, parece haber sido un luchador nacional, un partidario de la separación entre los buenos israelitas y los malos extranjeros. Por eso, la pregunta, vinculada a las palabras de gracia de Jesús, puede sonar de esta manera: «¿Cómo, siendo hijo de José, puede comportarse de esta forma?».

El texto supone así, veladamente, que entre José y Jesús se había dado un “ruptura”. José era nazoreo “nacional”, alguien que se mantenía en la línea de la ideología israelita, en la que, partiendo de Is 61, 2, se vincula “el año de gracia del Señor para sus fieles” con el día de venganza contra los infieles. Pues bien, Jesús ha roto (ha superado) esa división, de manera que la nueva “familia” de sus seguidores ha de entenderse sólo en sentido positivo (como experiencia de liberación para los pobres y excluidos), pero no en forma de reivindicación nacional (y lucha) contra los paganos.

Eso significa que su mesianismo ha crecido y se ha desarrollado en un contexto familiar de enfrentamiento, de manera que él ha debido oponerse al mismo José, su padre. Jesús tuvo que reinterpretar el mesianismo israelita, enfrentándose para ello no sólo con sus paisanos nazarenos, sino con la tradición de su familia. Jesús ha tenido que "aprender" a ser Mesías dialogando con José... pero superando a José. Así quiero recordarlo ese día

Unos principios sociales

El sistema político-económico necesita líderes triunfadores: una cúpula implacable, penetrante, siempre renovada, de funcionarios, que no valen ni sirven por sí, sino que ejercen tareas para el Todo. Al sistema no le importan los hombres, y menos los pobres (que no invierten ni compran), pues todos los sujetos (funcionarios o no) se sustituyen, sino el funcionamiento y producción de la máquina-sistema. Estos funcionarios, impersonales y eficaces, son esclavos a sueldo (a veces a buen sueldo) del capital, empresa y mercado, y su trabajo puede implicar e implica de hecho la exclusión y muerte de millones de sujetos, negados y apartados, para bien de los privilegiados que, al fin, tampoco importan (pues sólo importa el sistema). Los servidores de ese Todo acaban siendo criados de la muerte, responsables de un inmenso genocidio que condena a la violencia, al hambre y peste a una tercera parte de la población del mundo (cf. Ap 6, 1-8).

− La iglesia no necesita funcionarios eficientes, ni mandos superiores (cf. Mc 9, 33-37; 10, 32-45), al estilo del sistema, pues no busca la eficacia administrativa o económica de capital y mercado, sino el encuentro personal directo, jamás planificable, siempre abierto a todos, especialmente a los carentes de amor y dignidad, a los expulsados del sistema, para quienes abre un espacio y camino. Por eso, no quiere el denario del César y su impuesto (cf. Mc 12, 13-17), ni el dinero del rico que busca a Jesús (cf. Mc 10, 17-22), pues su tarea de comunicación entre creyentes (humanos) se sitúa y sitúa a la Iglesia en un nivel de gratuidad y encuentro inmediato entre personas.

Como dijo Jesús (Mc 9, 31-10, 5) y Pablo puso de relieve (cf. 2 Cor 10-12), los ministros de la iglesia no necesitan ser gobernantes hábiles o políticos sagaces, sino portadores de humanidad. Los funcionarios pertenecen al sistema que impone condiciones y paga, según oferta y demanda. Los ministros de Jesús son testigos de la gracia de Dios, y así buscan el despliegue gratuito de la vida, el bien de todos.

Un camino fuerte, volver al evangelio

La autoridad del ministerio cristiano no es un poder de sistema, separable de los fieles, ni es un honor añadido a los ministros, ni una habilidad propia de personas que logran atraer más clientes o vender mejor sus existencias, sino la vida concreta de los fieles, encarnación de Dios, ministros de Jesús. No hay nada ni nadie por encima de los fieles, pues su mismo amor mutuo, en comunión de Palabra y Pan, es verdad definitiva. En ese sentido, todos los cristianos pueden y deben escuchar y expandir la Palabra de evangelio, de formas diversas, con gestos distintos, como hemos visto al tratar de en 1 Cor 12-14.

Por eso, en el principio está el “sacerdocio común”, la certeza de que todos los cristianos pueden y deben compartir la vida de Jesús, en apertura a Dios y comunión de vida, siendo así sacerdotes. En ese sentido, el sacerdocio se identifica con la misma existencia cristiana, interpretada como don de Dios, en agradecimiento, en amor ofrecido a los demás. Éste es el sacerdocio común, que el mensaje y la vida de Jesús ofrece a todos los que quieran escucharle. Por eso, en la Iglesia, en principio, no hay lugar para consagrados especiales, ni sedes santas, ni santos lugares o personas, ropas, canciones o colores ofrecidos a Dios por ser distintos. No hay para Jesús un mundo de Dios por arriba, como esfera superior de sacralidad platónica, sino que este mundo de abajo (y en especial el mundo de los pobres y expulsados del sistema) es presencia de Dios.

Jesús identifica religión y vida, experiencia de Dios y humanidad, en amor compartido, al servicio de los pobres. Todo en la iglesia es profano, del mundo o pueblo concreto de humanos (= laical), siendo a la vez totalmente sagrado, cercano a Dios, expresión de su misterio. Por eso, la misión cristiana no es crear un tras-mundo de sacralidad, sino hallar y cultivar la vida de Dios en este mundo. Para ser lo que es y decir lo que Jesús le ha confiado, la Iglesia no necesita instituciones sacrales al estilo antiguo, ni estructuras sociales como las que son propias de un sistema político-económico. No precisa grandes edificios, centros de coordinación burocrática, planes codificados en línea de totalidad. Le basta la Palabra y el amor mutuo al estilo de Jesús, de manera que todos sus fieles escuchen y digan la Palabra, la compartan y celebren, compartiendo el Pan.

No necesita capital, ni grupos de activistas bien organizados (como los del sistema), ni propagandas que vienen de fuera, conforme a los principios del mercado de noticias o 'valores', sino que le basta la vida de los fieles, según el evangelio, a contrapelo del gran Todo, como buena nueva de libertad y alegría compartida, dentro de la misma historia, sin instituciones sacrales separadas. Ser cristiano en radicalidad, eso es ser sacerdote. Ese mismo sacerdocio vivido es la santidad cristiana. Sólo en un segundo momento, desde ese sacerdocio común, se puede y debe hablar de ministerios especiales, al servicio de la misión y comunión cristiana.

Sacerdocio de base, ministerios concretos.

El sistema vincula a los hombres bajo el capital y el mercado global. La iglesia, en cambio, quiere unirles desde (y en torno) a la Palabra y Pan compartido, en diálogo concreto donde todos puedan acoger y dar la vida en gozo compartido, en medio de la debilidad de los vivientes, amenazados siempre por la muerte.
El sistema quiere tener vida propia, con valor en sí mismo, y así mide su éxito o fracaso por encima de la vida de los hombres, poniendo entre paréntesis el hecho de su nacimiento y de su muerte. La iglesia, en cambio, expresa su identidad en el camino concreto del nacimiento y de la muerte de los hombres, asumiendo así la fragilidad y finitud de la vida como signo de Dios. En ese mismo espacio de fragilidad ofrece ella la Palabra y comparte el Pan, en unidad de hermanos que descubren y celebran la Presencia de Dios (Vida) en su mismo camino de entrega y de muerte.

Actualmente, la celebración de esa Presencia de Dios depende de un ritual complejo (insisto en la Eucaristía, dejo a un lado el Bautismo, del que traté en la parte anterior de este libro), con ministro varón, de 'orden' superior. Una visión jerárquica y sagrada de los ministros (dueños de saberes propios) y una ordenación sagrada de la jerarquía en sí impide que bautizados puedan proclamar y compartir la Palabra, con-sagrar (=bendecir) y comulgar en el Pan por sí mismos, de manera que parecen clientes de patronos superiores.

Esa situación se opone a una palabra clave de Jesús, que dice 'donde estén dos o tres reunidos en mi nombre... allí estoy yo en medio de ellos' (Mt 18, 20). Esa situación se opone, sobre todo, a la intención fundamental del evangelio que descubre y celebra la Vida de Dios en la misma vida de los hombres, sus hijos. En esa línea se puede hablar del “sacramento de los ministerios” como sacramento que deriva del bautismo, que confiere el sacerdocio común a todos los cristianos.

La tradición posterior, que ha sacralizado al clero jerárquico (de manera que sólo puede haber eucaristía con un ministro “ordenado” de un modo jerárquico). Esta tradición ha “invertido” la experiencia de Jesús y de la Iglesia primitiva, que empezaba por las comunidades, que nombraban a sus propios ministros. Pues bien, pienso que ha llegado el momento de invertir esa inversión, de manera que el conjunto de la iglesia (no sólo la jerarquía) recupere su libertad creadora, su sacerdocio de base.

Resulta fundamental recuperar ese sacerdocio de base. Siempre que un grupo de cristianos se reúna, de buena fe, en nombre de Jesús, escuche su palabra e invoque su memoria en el pan y vino compartido, podemos y debemos afirmar que existe eucaristía, encarnación sacramental de Dios por Cristo, iglesia. Actualmente, esa eucaristía no será oficial, si no está presente un obispo o presbítero, en nombre de la Iglesia jerárquica. Pero es verdadera eucaristía, siempre que se mantenga el recuerdo de Jesús y su palabra, en comunión concreta, en torno al pan de la vida, porque lo primero en la iglesia es ese sacerdocio de base.

El modelo actual de iglesia jerárquica y burocrática, como cúpula sacral que garantiza la unidad y la misión cristiana, es secundario y posterior, de manera que puede y debe ser superado, para recuperar de nuevo la libertad de las primeras iglesias cristianas que celebraban por sí mismas la eucaristía, en comunión con otras iglesias. En esa línea, la Gran Iglesia sólo puede entenderse en forma de comunión de comunidades autónomas, que aprenden a celebrar por sí mismas, escogiendo para ello sus propios ministros. Ha llegado el momento de explorar y expandir así un tipo de celebraciones que brotan de la misma vida cristiana, no por autosuficiencia o protesta anarquista, por evasión sectaria o rechazo del sacerdocio, sino por fidelidad a Jesús y por amor a las iglesias concretas, con su sacerdocio común, que se despliega allí donde unos hombres y mujeres se descubren invitados y llamados a celebrar juntos el don de Dios, integrados en la Gran Iglesia.

Sacerdocio laical

El sacerdocio es por tanto un don laical (del laos, pueblo) que Jesús ha ofrecido a sus fieles. Los judíos nacionales se juntaban y formaban comunidad real, siempre que hubiera diez adultos, capaces de escuchar la Palabra y celebrarla, orando juntos, sin ordenaciones especiales, porque todos estaban 'ordenados", es decir, habilitados por la Palabra, de manera que habitaba en ellos la Shekina o Presencia divina (cf. Misná, Abot, 3, 2-14). De un modo semejante, los seguidores de Jesús y después todos los cristianos podían juntarse y se juntaban formando comunidad real, en torno a su Palabra y su Pan-Vino, recuerdo de Jesús, porque compartían el nuevo sacerdocio de Jesús.

‒ La liturgia judía de la federación de sinagogas era y sigue siendo laical, pero exigía un tipo de cultura literaria, pues se centraba en la interpretación de la Palabra, contenida en el Libro que sólo un escriba podía leer, y en la capacidad de estudiar y comentar una Ley compleja, que sólo unos maestros especializados podían desentrañar; por eso, los judíos tendieron a convertirse en comunidad de laicos letrados, presidida por rabinos, escribas y maestros de la Ley.

‒ La liturgia cristiana era y es también laical, pero en sentido aún más fuerte, como muestra la crítica evangélica contra los escribas y maestros, que tendían a monopolizar con su conocimiento superior la tradición del pueblo (cf. Mt 23). La iglesia debe seguir siendo laical y abierta a todos, sin necesidad de una casta letrados, expertos en libros y comentarios eruditos: basta que unos hombres y/o mujeres quieran recordar y celebrar la Palabra de vida y entrega de Jesús con el Pan y el Vino de la vida concreta, en este camino de muerte, para que surja iglesia, para que haya eucaristía.

El seminario de la vida.

En esa línea, los nuevos ministros no tendrán que especializarse al estilo sacral o burocrático, ni estudiar en seminarios separados para clérigos varones como ahora (desde el Concilio de Trento: 1545-1563), sino que habrán de ser hombres o mujeres de comunidad que, por vocación personal, carisma del Espíritu y aceptación comunitaria, quieran y puedan servir a la iglesia, sin dejar por ello su vida secular.

No es buena la forma actual de alejamiento en seminarios de solos varones, ni es buena en modo alguno la ordenación 'absoluta' que les hace presbíteros u obispos para siempre, como si ese ministerio fuera un honor (un orden especial, una nobleza), sin participación real de la iglesia a la que han de servir, por inserción en una jerarquía separada. Los ministros han de surgir de un modo concreto de las mismas comunidades cuya Palabra de gracia y Pan de comunión asumen y comparten, para servicio de todos, durante el tiempo en que la misma comunidad les confíe su tarea al servicio del Reino, volviendo después, acabado el ministerio, al sacerdocio común de los fieles:

− Formación desde la Palabra. Estos ministros, que deben surgir de las comunidades, en cuyo nombre actúan, por gracia del Espíritu, han de ser hombres o mujeres que disciernen y dicen la Palabra de Jesús. No es necesario que sean especialistas literarios, como los escribas, ni oradores de renombre, pero deben procurar (y dejar) que se expanda por ellos la Palabra que viene de Dios y que vincula por gracia a quienes quieran aceptarla, rompiendo la dura propaganda de un sistema, que quiere imponer su ideología, al servicio del capital y el mercado. La iglesia en conjunto y sus ministros en particular no tienen más capital que esa Palabra de libertad (es decir, de anuncio de Reino y de vida compartida) que escuchan y expanden, de tal forma que todos se descubran llamados por gracia, para así vivir en comunión personal (conforme al sacerdocio común de los fieles). Del Amor de Dios brota esa gracia “común” que nos capacita para compartir en Comunión la vida. Ella no consiste en decir cosas, sino en que podamos decirnos mutuamente, comunicarnos unos a los
otros para ser lo que somos por gracia de Dios: Comunión Eucarística, vida hecha alabanza.

− Formación para el Pan de comunión. La liturgia de Jesús vincula Palabra y Pan, en un grupo concreto, en solidaridad con las iglesias y en apertura concreta a los hombres. No es un rito separado, sino un (el) gesto central de la misma vida, que se expresa y concreta en la comunión de creyentes que, perteneciendo por un lado al sistema, superan, por otro, sus principios egoístas de imposición económica y mercado. Los celebrantes se reúnen por el gozo de hacerlo, de ser-en-comunión en Cristo; de esa forma, recordándole, celebran su Vida al compartirla en el Pan y Vino, que son dones de Dios, Presencia corporal del mismo Cristo y expresión de la mutua entrega de los fieles. Sin duda, puede y deber haber uno o varios ministros que organizan la celebración, pero en sentido estricto son celebrantes todos los cristianos, que comulgan entre sí al comulgar en (a) Cristo. Todos los cristianos han de ser hombres y mujeres de comunicación; de un modo especial habrán de serlo los ministros, expertos en expresar y celebrar por Cristo el misterio de la vida compartida. Por eso, los ministros de la Eucaristía han de ser hombres o mujeres formados en la experiencia y tarea del pan compartido, desde el recuerdo y la utopía de Jesús.

Esta manera de entender la comunicación cristiana nos permite superar la estrechez de un racionalismo crítico o de una teoría de la información donde sólo se comparten razones o argumentos impersonales, superando también un tipo de capitalismo donde hay una “riqueza” (financiera u objetiva) que domina sobre todos, excluyendo a los más pobres. Los cristianos ofrecen y comparten la misma vida hecha palabra que engendra y educa, cura y acoge. Dar la palabra significa abrir un espacio de conversación para el otro, dejándole que sea. Darla hasta el fin supone compartir la vida y morir para que los otros sean y seamos juntos, como muestra el Pan y Vino compartidos. Compartiendo la Palabra de Jesús ellos comparten su pan, la vida hecha comunión, no capital.

Al servicio de esa palabra y de ese pan de la comunidad, que se abren a todos los pueblos, especialmente a los más pobres, están los ministros, hombres o mujeres, capaces de animar la comunicación. Las cartas pastorales (1 y 2 Ti, Tito), escritas en contexto patriarcal, suponían que sólo los buenos padres de familia (bien casados y con buenos hijos) podían ser ministros apropiados de la palabra eclesial. Una tradición católica posterior ha invertido ese principio (aunque siempre en línea masculina), suponiendo que sólo unos célibes especializados podían actuar como ministros. Pues bien, a partir del evangelio, hoy sabemos no hace falta que sean buenos padres o célibes especializados, sino simplemente hombres o mujeres de comunicación en gratuidad, capaces de ofrecer por amor, gratuitamente, su experiencia al servicio de la Palabra y de Cristo De esa forma se expande frente a la globalización del sistema la comunión mesiánica del evangelio.


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