El blog de X. Pikaza

Espíritu de Cristo: Dejar la Catedral, salir a la Calle

Se viene diciendo que la Iglesia Católica vive desde hace unos siglos encerrada en sí misma, como en una fortaleza sitiada, con las puertas “atrancadas”, por miedo a las novedades de los “judíos”, perseguida por doquier, amenazada:

‒ Así estaban los primeros discípulos (cf. Hch 1-2), rezando, apartados de la gente, hasta que llegó el Espíritu de Cristo, como viento impetuoso, como huracán de fuera, haciéndoles salir a la Calle para ofrecer el testimonio de Jesús, su palabra.

‒ Así estaban los cristianos de Juan (Jn 20, 19), encerrados bajo llave, por miedo a los de fuera (¡podían pervertirles!) y por miedo también a los de dentro, al poder el Espíritu Santo, que hiciera salir, dar la cara…

‒ Así seguimos muchos, refugiados en una “catedral”, como en un armario precioso, resguardados, recelosos… Nos da la impresión de que fuera está el “caos”, debemos mantener lo que tenemos, mantenernos…

Pues bien, en esta situación, ante la venida del Espíritu en Pentecostés (este año de gracia 2013, con una Papa que quiere llevarnos de nuevo a los campos abiertos…), tenemos que estar dispuestos dejar la ciudad fortificada, el armario cerrado con olor a rancio, la catedral segura, saliendo a la calle, para ofrecer el testimonio de Jesús.

Salir de catedrales y armarios. Jesús en la calle

Ha llegado el tiempo de dejar el cuarto cerrado, el armario oscuro, para iniciar el camino del Cristo desde el bazar y la calle de la vida, como Jesús que fue un hombre de la plazas y caminos, de diálogos abiertos al Espíritu.

Las catedrales son hermosas para desarrollar una religiosidad jerárquica, una liturgia sagrada, donde cada uno obedece al todo o conjunto, pero ellas corren el riesgo de impedir la creatividad mesiánica. En esa línea, sin negar el valor artístico e histórico de las catedrales, quiero decir que la comunidad de Jesús se parece más al bazar de los mil intercambios de la vida, como en los antiguos atrios de las iglesias donde hombres y mujeres hablaban y se comunicaban experiencias y amores.

La universalidad cristiana solo es posible donde todos se miran y encuentran de modo directo, a plena calle, en la plaza o el bazar, pues los temas de la vida no están hechos y resueltos de antemano (ni pueden resolverlos otros), sino que se van resolviendo a medida que los creyentes (hombres y mujeres que creen en Dios creyendo unos en otros) comparten la vida, dicen la palabra se ayuda unos a los otros (cf. Mt 25, 31-46).

La Iglesia ha de mostrarse así como zoco o mercado al aire libre, un lugar donde nadie triunfa ni se impone, sino que todos tienen la posibilidad de comunicarse, compartiendo la Palabra. Jesús no ha venido a imponer sobre los hombres el imperio de una ley sagrada mejor que las anteriores, ni a proclamar un talión universal (como principio de juicio), sino que ha ofrecido su Vida creadora, para que en ella vivamos y creamos, compartiendo entre todos el don de la vida, representado por el Espíritu Santo.

De la catedral al mercado abierto, al zoco de todos

Los poderes que se suelen atribuir al Vaticano (y a los obispos y miembros del clero) definen a la iglesia como una catedral donde los siglos han ido organizando desde arriba la vida de los fieles, de manera que todos y cada uno tenían su lugar y función en el conjunto.

Algunos pensaban que se había alcanzado ya la perfección, de manera que sólo faltaban algunos pequeños retoques para completar la trama del sistema eclesiástico.

-- Pero el Nuevo Testamento (que habla de una iglesia construida sobre la confesión de Pedro, Mt 16, 18), presenta a Jesús como piedra desechada (Mc 12, 10-11), que no sirve para construir un edificio al estilo del templo judío.
-- Jesús había anunciado y preparado el fin del templo, de manera que su iglesia no puede entenderse ya de esa manera, como organización legal, como catedral cerrada[1].

Más cerca del mensaje y vida de Jesús (hombre de plazas y caminos, siempre al aire libre de la vida) está la imagen del bazar-mercado donde Jesús realizó su tarea y donde puede surgir la nueva comunión no impositiva de los hombres, desde una comunión abierta a todos. Éste es el “mercado universal”, sin imposición de un capital superior, sin distinción de clases, un mercado en el que todos pueden comunicarse con todos, pues tienen el mismo Espíritu Santo, es decir, la fuerza de la vida. Esta es la tarea de la iglesia actual: vitalizar mesiánicamente el mercado de la calle, el caos, como hicieron los primeros cristianos.

Leída en ese fondo, el fin de un tipo de Iglesia/Catedral puede convertirse en un acontecimiento no sólo afortunado, sino providencial para el evangelio.

Frente al templo-catedral de su tiempo, donde un tipo de Papa judío, el Sumo Sacerdote, regía de un modo unitario la trama de rituales sagrados y el orden de las personas, Jesús puso en marcha un movimiento de vida, comunicación y convivencia amorosa y liberadora en el mismo bazar multiforme de la vida donde hombres y mujeres de diverso origen pudieron encontrar y encontraron un lugar para compartir experiencias y enriquecerse unos a otros, cambiando y regalando sus dones, de un modo inmediato, sin intermediarios de poder externo.

La buena nueva de la vida en el mundo

El evangelio de Jesús nos sitúa así en el mundo concreto de los pobres, enfermos, expulsados del sistema, en el «bazar o plaza abierta» donde hombres, mujeres y niños conviven de un modo espontáneo, porque todos tienen el mismo Espíritu de Dios. El comportamiento de Jesús trastornaba el orden legal y sacral de la sociedad, porque ponía en comunión directa a todos, y de un modo especial a los más pobres, sin hacerles pasar bajo el control de los sacerdotes o maestros de la ley. Jesús ofreció espacio de vida y palabra a los que parecían expulsados de los espacio de la vida y la palabra

Sus seguidores rompieron los muros antiguos de la estructura imperial y empezaron a comunicarse de un modo inmediato, en actitud de gracia, creando relaciones de convivencia directa, de manera que cada uno era Dios para el otro, por encima del imperio o del templo. Así formaban una red de gentes que se iban reuniendo para hablar y convivir, como en una plaza (cf. Ap 22, 2), donde se relacionaban directamente, sin intermediarios o representantes superiores.

Esta vinculación era posible porque, según el mensaje y camino de Jesús, cada uno reconocía la vida de los otros y aportaba la propia, escuchándose todos y descubriendo de esa forma a Dios desde los más pobres. Para ello no hacía falta crear una nueva estructura de poder (ni imperial, ni sacral), sino vivir conforma al Espíritu nuevo, es decir, a la autoridad del amor.

Los cristianos podían creer en el Dios de Jesús cuando se creían y confiaban entre sí, descubriendo y desarrollando un nuevo horizonte de vida, expresada como gracia y comunicación: no tenían que esforzarse por conquistar nada, por aplacar a Dios, por conseguir méritos, por lograr virtudes. Sólo tenían que vivir, amándose mutuamente, en una comunión donde cabían y tenían palabra los más pobres, descubriendo y expresando así la vida de Dios.

De esa forma supieron que la vida era fuerte y hermosa y que merecía la pena acogerla, cultivarla y regalarla, como había hecho Jesús, sabiendo que el tiempo de opresión y enfermedad, de muerte y condena había terminado. Por eso, Jesús y los primeros cristianos no emplearon modelos de poder centralizado para cultivar la presencia de Dios.

No tuvieron que construir un nuevo templo, ni necesitaron otro imperio religioso, sino que descubrieron que el templo de Dios es la misma creación (Gen 1), el diálogo concreto de los hombres, que se comunican (dando, acogiendo, compartiendo), como en un bazar donde parece que reina el mayor desorden y, sin embargo, hay un precioso orden humano.

De la catedral muerta a la iglesia viva

El orden de la catedral viene de fuera, como una dictadura que se impone sobre la piedra y la madera muerta, «obra de las manos» de los hombres, como Jesús dijo del templo (cf. Mc 1, 58, Jn 2, 21). Por el contrario, la iglesia de Jesús es un «edificio vivo», que se identifica con la vida y amor de los hombres, que van creando (no fabricando) su propia humanidad.

Esta visión de un «santuario humano» o cuerpo mesiánico, que brota del amor mutuo de los hombres y mujeres, se sitúa en la línea de un modelo distinto de comunicación que han empezado a descubrir y aplicar las mismas ciencias humanas. Tanto la informática como la economía y la sociología están desarrollando formas de organización que desbordan el nivel de la imposición superior, desde arriba, (una imposición que puede predecirse y manipularse de un modo técnico: es decir, fabricarse), expresándose a través de procesos de interacción múltiple, que no siguen un orden lineal y sucesivo, sino de influjo combinado y sincrónico de mucho elementos.

Ciertamente, hay actitudes y comportamientos “jerárquicos”, impuestos desde arriba, desde fuera, por imperativo del dinero que esclaviza a casi todos todos. Pero la vida verdadera avanza allí donde las personas pueden dialogar y dialogan, compartiendo sus conocimientos, aprendiendo unos de otros, colaborando por amor a la vida.

Sólo en este contexto es posible hablar de la “fe en el Espíritu Santo”, el Espíritu de Dios que actúa a través de las personas, allí donde se aman y comparten un camino, dialogando entre sí, sobre la gran plaza abierta de la vida.

En este nivel de interacción múltiple (no-jerarquizada, no impuesta desde fuera) se sitúan y elaboran sus programas los promotores de vida, aquellos que confían unos en los otros, no en imposición jerárquica, sino en “red”, todos con todos, sabiendo que el bien de cada uno depende del bien de todos, sabiendo que lo que doy a los demás revierte en el bien de mi vida.

Éste es el orden de la vida que nos lleva de una iglesia muerta, organizada desde fuera, a una iglesia que vive desde sí misma, porque está llena del «Espíritu mesiánico», que actúa y se expresa a través de los creyentes que se aman como el Cristo (desde el Cristo). Este es el lugar donde se puede hablar de las llaves de Pedro[2].

Bazar cristiano, la mano del Espíritu.

La vida no se puede razonar científicamente y, sin embargo, ha surgido y se ha extendido por doquier. Tampoco se puede razonar el surgimiento humano y, sin embargo, la humanidad ha surgido de manera que los hombres y mujeres han expandido su pensamiento sobre la superficie de la tierra. Algo semejante sucedió en el principio del cristianismo, entendido como un fenómeno social que estaba preparado desde antiguo y que, sin embargo, no puede explicarse sin más desde los datos anteriores.

En el gran bazar de las relaciones sociales del siglo I d. C. surgió, por obra del Espíritu de Jesús (después que él fue asesinado), una forma nueva de comunicación, una experiencia de humanidad cuyo ideal se expresa en el Sermón de la Montaña.

En este contexto, apelando a una imagen empleada por algunos economistas, podríamos hablar de una «mano invisible», divina, que actuaba en la nueva vida de Jesús y sus discípulos. Pero esa no era “la mano negra” del Capital, en un marcado dominado por unos privilegiados, sino la “mano blanca” del amor, que regala vida, porque la vida es obra de Dios, es don de su Espíritu.

No podemos demostrar ni planificar esa Vida, pues no se ve, pero está ahí y se a expresando, desde abajo, en el gran bazar de los encuentros humanos, a pie de calle, suscitando un tipo de intercambio personal y comunicación social que antes no existía. Así sucedió por obra del Espíritu, en el comienzo de la iglesia, de manea que hombres y mujeres pudieron compartir la vida, existiendo unos en otros, siendo sin embargo libres (no por fusión vital, sino por comunicación personal).

De la “mano oculta” al Espíritu al Espíritu de vida

De todas maneras, esa imagen de la mano invisible resulta peligrosa, porque apelando a ella, los poderes del capitalismo han planificado y dirigido las ganancias globales al servicio del sistema y de sus privilegiados, oprimiendo a los pobres. Por eso preferimos hablar del Espíritu Invisible, que los primeros cristianos entendieron como presencia del amor de Dios, que se despliega por Jesús como fuente de vinculación gratuita, esencia de la iglesia.

Ese Espíritu eclesial (que la tradición había presentado como «dedo» o «mano» de Dios: cf. Ex 8, 19; 13, 3) se encuentra vinculado a la experiencia de Jesús y no es un poder impositivo y exterior, que dirige desde un lugar externo el despliegue del conjunto de la iglesia (como hace el arquitecto al construir la catedral), sino que es una presencia interna, hecha de contactos múltiples, espontáneos, creadores, que han sido despertados y promovidos por el mensaje y la experiencia del Señor resucitado.

En ese contexto no podemos hablar de un arquitecto separado (que dirige y organizado desde fuera el conjunto de intercambios), sino de la multitud de intercambios del bazar o de la plaza donde vienen a expresarse los múltiples contactos de la vida de los hombres. Es ahí donde se sitúan las llaves de Dios, vinculadas a la tradición de Pedro.

La iglesia pertenece al plano de la vida real y concreta, que se va expresando y creciendo desde sí misma, como espacio de encuentro supra-racional donde los hombres y mujeres comparten la vida libremente, en amor personal siempre inmediato y libre (y no en el interior de sistema que puede manipularse desde fuera).

La vida no es una catedral ya construida (que no tiene alma en sí, sino que es un proyecto acabado desde fuera), sino una red de conexiones múltiples que se van rehaciendo, recreando, desde sí mismas, de un modo incesante, sin un centro superior, sin una imposición externa, pero con una unidad muy concreta que se va expresando en la red total de relaciones del conjunto, por obra del Espíritu de Cristo (es decir, de su herencia personal de vida y amor mutuo)-

De un modo semejante, al hablar de la unidad de la iglesia, no podemos apelar a una mente o conciencia que rige sus movimientos desde fuera (como haría un Papa omnipresente), sino a la misma red de relaciones personales de los creyentes que, en sentido teológico, podemos identificar con el Espíritu de Cristo.

Templo de Dios, el bazar del Espíritu Santo

Esta imagen del «bazar abierto y múltiple», presencia inmediata del Espíritu en que los hombres y mujeres se comunica entre sí, de un modo directo, en proceso de vida que triunfa de la muerte (en resurrección pascual), puede ayudarnos a superar el modelo de la iglesia-catedral (con un Papa u obispo controlando las cosas desde fuera).

Utilizando el lenguaje de la tradición, podemos afirmar que la iglesia es «templo de Dios» (cf. Ef 2, 21), pero en el sentido que estamos evocando: como experiencia múltiple y viva de hombres y mujeres que se aman, descubriéndose amados por el mismo Dios, que es el Espíritu de Cristo, que ama en ellos y por ellos, en forma de comunión unitaria y múltiple de vida.

Mirada desde fuera, la iglesia es un bazar de relaciones muy diversas, un prodigio de contactos personales, que se concretizan en el pan y la palabra compartida. Mirada desde dentro, ella es un templo vivo donde cada una de sus «piedras» (cada creyente es templo de Dios: cf. 1 Cor 3, 16-17; 6, 19) crece y comparte el crecimiento con las otras, formando un «organismo» nunca previamente imaginado de comunicación y vida personal.

Jesús pudo construir ese organismo de la iglesia porque se dejó matar, no asumiendo ninguna posición de privilegio sobre los demás (Mc 12, 1-12; cf. Jn 2, 19-21; Mc 14, 58; Mt 26, 61). Por eso añadimos que no construyó una catedral, ni quiso imponer a cada hombre y mujer un lugar fijo en su edificio, fijándolos allí, bajo obediencia, sino todo lo contrario: su iglesia está hecha de «piedras vivas», es decir, autónomas (cf. 1 Ped 2, 5; en esa misma línea ha de entenderse la imagen de la iglesia cuerpo mesiánico en 1 Cor 12, 12 y Rom 12, 5).

Ciertamente, esta imagen del bazar-iglesia (red-de-relaciones, comunidad de comunidades) no resuelve todos los problemas, pero puede ayudarnos a situar mejor la dinámica del evangelio, cuya vida no avanza desde fuera, dirigida por mentes superiores, ni siquiera por la de un Cristo «hombre divino», sino que se va desarrollando desde abajo, a partir de las mil interacciones de este inmenso bazar donde todos pueden comunicarse y donde Cristo ha expresado y realizado para siempre el gesto supremo de su entrega creadora a favor de los demás.

De la iglesia-catedral no puede nacer nada, pues está construida y dirigida desde fuera. De la iglesia-bazar pueden surgir y surgen ideas, afectos y vida, por la comunicación inmediata de sus componentes vivos, de manera que ella puede entenderse como organismo multiforme dirigido por el Espíritu de Cristo, que no sustituye a los hombres y mujeres, para hacer algo en vez de ellos, sino que se expresa libremente a través de cada uno y de la interacción de todos, en un diálogo donde nadie puede tomar la palabra de nadie, pues cada uno tiene la suya y todas son igualmente importantes.

NOTAS
________________________________________
[1] Pablo, que interpreta a los cristianos como templo de Dios (cf. 1 Cor 3, 16-17; 6, 19), no aplica a la Iglesia la organización del viejo templo judío, con su ritual de sacerdotes y de sacrificios y tampoco lo hace la carta a los Hebreos, que presenta a Jesús como sacerdote en una línea distinta, de entrega de la vida.

[2] En este contexto podemos hablar de una mutación y de un estado naciente, que se expresa y despliega allí donde surgen nuevos tipos de vida, es decir, en el campo de las trasformaciones genéticas y, de un modo especial en el paso de la materia inanimada a la materia viva y de la vida animal a la humana. Ese paso no se puede explicar de un modo racionalista, como expresión de un proceso de causas y efectos, pues parece que el efecto es mayor que la causa, y, sin embargo, acontece. Esto es lo que hallamos en el campo de las relaciones personales, cuando una persona carismática suscita nuevas potencialidades de humanización y de relación social. Esto es lo que pensamos que sucede con Jesús.


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios
  • Comentario por a1life Jeans 12.03.14 | 07:11

    Espíritu de Cristo: Dejar la Catedral, salir a la Calle

  • Comentario por denver broncos fans atlanta 23.10.13 | 09:47

    Marshall's energy seemed to be needling at full in last week's victory over the Bengals. He had 10 balls thrown his way and caught eight, amassing 104 yards, including the go-ahead 19-yard touchdown reception with 7 minutes, 58 seconds.

  • Comentario por nfl jersey supply 21.09.13 | 23:32

    It is too early to push the panic button. nfl jersey supply http://www.wilsonmules.org/images/Chargersjerseys.aspx?7

  • Comentario por nfl new jerseys 20.09.13 | 22:32

    AL Wild Card Game: Oct. 2 nfl new jerseys http://www.geminiwriter.com/Video/Gorejerseys.aspx?6

Jueves, 20 de septiembre

BUSCAR

Editado por

Síguenos

Hemeroteca

Septiembre 2018
LMXJVSD
<<  <   >  >>
     12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930