El blog de X. Pikaza

VC 6. Reforma de la Iglesia: Poder ejecutivo, poder judicial

Sigo recorriendo el "viacrucis" del Papado, ofreciendo cada día una estación del "dolor de Jesús", expresado en el camino de transformación que ha de seguir la Iglesia, y en especial la Iglesia de América Latina, de la que proviene el Papa Francisco.

Como en días anteriores, tomo como imagen la 5ª Estación del Via-Crucis de A. Pérez Esquivel, pacifista argentino, que será recibido hoy (21.3.13) por el Papa, en Roma

Tema: Los negros en América Latina. A Jesús le ayuda un marginado

Un marginado es obligado a prestar ayuda. Simón de Cirene es uno de los millones de negros que viven en América Latina, descendientes de aquellos esclavos africanos, que después del exterminio de los indígenas debieron realizar durante siglos el más duro trabajo de servidumbre. Hoy día no son menos discriminados: reciben los salarios más bajos, realizan los trabajos más sucios. Cristo necesitaba de la solidaridad y compasión de estas personas.

(cf. http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2013/03/20/)

En este contexto quiero evocar los dos grandes "poderes" del Papa y de la Curia Vaticana (ejecutivo y judicial), que han de ser recreados desde el Espíritu y Camino de Jesús, en su ascenso hacia al Pascua. Buen día a todos.

8. Poder ejecutivo: autoridad del papa y las iglesias

a. La Iglesia católica actual no separa los poderes (legislativo, ejecutivo, judicial), sino que los coloca todos en unas mismas manos. De esa forma, el Papa (curia romana) ejerce un control directo sobre el conjunto de las iglesias, a través de las Congregaciones y Secretarías del Vaticano, apelando a métodos de «secreto reverencial». En esa línea apela así al valor de la unidad organizativa (ejecutiva), como si ese tipo de unidad fuera signo de Dios (poder supremo), olvidando quizá que puede y debe) darse un tipo de unidad que brota del diálogo de la diversidad, no por imposición superior, sino por comunión vida de todos.

Por un lado, en una línea, el Vaticano tiende a resolver las cosas principales (como es el nombramiento de los obispos) “en familia” (en el sentido extenso de la palabra), sin que se sepan ni publiquen los motivos, como si el “secreto paternal” fuera esencia de la Iglesia. Por otro lado, el Papa (el Vaticano) tiende a resolver todos los problemas y a llenar los huecos, como si tuviera la responsabilidad inmediata de todas las iglesia, como si las diócesis particulares, los clérigos menores y los simples fieles corrieran el riesgo de extraviarse tan pronto como tuvieran que decidir algo por sí mismo, en conciencia y comunión, a pesar de lo que dice Hech 15, 28 (“nos ha parecido a nosotros y al Espíritu Santo...”.).

b. Ciertamente, la división ilustrada de los tres poderes (legislativo, ejecutivo, judicial) no se puede aplicar de un modo mecánico, pues la estructura y finalidad de la Iglesia no es la misma del Estado. Pero no parece lógico, en plano de evangelio, que el Papa tenga todos los poderes (potestad suprema en el conjunto de la Iglesia: CIC 360-361), pues en la base de la vida de cristiana han de estar las comunidades creyentes, es decir, todos los cristianos. La tarea del Papa y del Vaticano no es la de sustituir, sino la de aceptar y potenciar la vida de las Iglesias, ofreciendo espacios compartidos de diálogo (unidad de comunión).

En la línea de Mt 16, 17-19, el Papa no posee una potestad distinta (sólo suya), sino la del conjunto de las iglesias (representadas por los once enviados de Mt 28, 16-20) y la de las comunidades concretas (cf. Mt 18, 15-20). En esa línea ha de cambiarse el organigrama del Derecho Canónico, aceptando y desarrollando primero la potestad de las iglesias (de todos los cristianos), para descubrir y potenciar desde ese fondo la función del Papa, en una línea que aún no ha sido explorada en las iglesias católicas de la modernidad. Más aún, en esa perspectiva ha de ponerse de relieve el hecho de que el “poder” de la Iglesia no es capacidad de imposición, sino impulso de vida y servicio a los más necesitados. Sin una refundación del poder cristiano, en línea de autoridad creyente y compartida, no podrá haber nueva evangelización.

9. Poder judicial, una sanción cristiana

a. Según el Derecho Canónico, el mismo Papa que las promulga y ejecuta tiene el poder de sancionar las leyes, como si fuera un “juez” poderoso en la tierra. Conforme a un principio que se adujo ya en el siglo VI (Falsificaciones de Símaco), y que se expandió en las falsas Decretales isidorianas (siglo IX) y en el Dictatus Papae de Gregorio VII (año 1075), la prima sedes (la primera sede, que es la romana) a nemine iudicatur (no puede ser juzgada por nadie), mientras ella puede juzgar a todas las restantes sedes y agrupaciones de cristianos.

En esa línea, apelando al genio legal de la vieja Roma pagana, el Papa y su Curia, han venido a convertirse en norma judicial suprema, que actúa muchas veces en secreto, desde arriba, sin tener que dar razones de su actuación y sin apelación posible. Ciertamente, la Iglesia se define ante todo como impulso misionero y sacramental (de comunión de vida), pero ella puede y debe tener también unas instancias “judiciales” que permitan discernir y separar lo que proviene del Evangelio de Jesús y lo que es simple iniciativa humana (cf. Mt 18). Pero el hecho de que el Vaticano se haya reservado toda la autoridad judicial (y la haya ejercido de un modo más restrictivo que impulsor de vida) ha servido para empobrecer y despersonalizar la comunión de las iglesias.

b. Ciertamente, los teólogos de la Curia Vaticana dicen, y con razón, que la iglesia no es una simple democracia (poder de demos o pueblo poderoso), sino signo de la gracia de Dios. Pero eso no implica que el Papa tenga el poder de jugar a los demás (mientras que él no puede ser juzgado por nadie), sino que debemos volver al mandato de Jesús que dijo “no juzguéis” (Mt 7, 1 par), y recordar que en ese plano nadie puede juzgar sobre nadie en la Iglesia (cf. también parábola de la cizaña: Mt 13, 24-30), sino que todos pueden y deben compartir un camino de búsqueda dialogada del Reino de Dios. Ciertamente, como organización social, la Iglesia necesita “normas” e instancias judiciales donde se diriman sus problemas en comunión (cf. Mt 18, 15-20; Hech 15), pero sabiendo que no hay unas instancias superiores, fuera de la comunidad, pues sólo en diálogo de iglesias y creyentes pueden resolverse los problemas que hubiere, apelando al evangelio. Recuperar ese “espíritu” resulta esencial es las iglesias.

No se trata simplemente de descentralizar algo que nunca se debería haber centralizado, sino de lograr que las comunidades sean aquello que son: Espacio de comunicación y corrección (mejora) directa de los creyentes, pues los problemas fundamentales no pueden delegarse a unas instancias “superiores” de tipo impersonal, porque en las Iglesias no han de existen tales instancias impersonales, sino que todo ha de plantearse y resolverse de un modo personal “llamando a la comunidad” para discernir y decidir según el evangelio, para bien de los más pobres. Sin esta nueva visión de la experiencia judicial, al servicio del perdón mutuo, no puede hablarse de nueva evangelización.


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Comentarios
  • Comentario por Atman 21.03.13 | 20:48

    España tuvo altas "Tasas de Pobreza", pero ahora es una sociedad pobre. Las cifras revelan los peores "Satos de Pobreza" y desigualdad de la democracia. Cáritas alerta de que la sociedad se rompe por la desigualdad... Estamos atravesando una de la peores crisis de nuestra historia, no es raro encontrar muchas caras conocidas en los comedores de Cáritas. No podemos seguir hablando de religión en estas circunstancias, nuestras palabras son huecas, no dicen nada.

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