El blog de X. Pikaza

Sábado Santo: Descendió a los infiernos

26.03.16 | 08:14. Archivado en Jesús, Nuevo Testamento, Pobreza, Sociedad, política, Pascua

Parece un día plano, sin más emoción que la muerte ya pasada, sin liturgia cristiana (hasta la gran vigilia de pascua, esta noche, puesto ya el sol, a la luna llena de la primavera).

Y sin embargo, en este preciso día, la confesión pascual del NT y la liturgia de la Iglesia incluye la certeza de que Jesús fue sepultado y bajó a los infiernos (es decir, al abismo de la muerte, que los antiguos llamaban Hades o Sheol), como indican de formas convergentes la tradición paulina (1 Cor, 15, 4) y los evangelios (cf. Mc 15, 42-47 par).

Pues bien, avanzando en esa línea, el Credo de los apóstoles añade que descendió a los infiernos (en griego: katelthonta eis ta katôtata; en latin: descendit ad inferos), conforme a una palabra clave de la tradición cristiana que dice:

«Padeció bajo el poder de Poncio Pilato.
Fue crucificado, muerto y sepultado.
Descendió a los infiernos.
Al tercer día resucitó de entre los muertos».

Voy a fijarme hoy en la ante-última frase, una palabra que a veces tendemos a olvidar, como si no formara parte del Credo, nosotros que apenas creemos en “un infierno eterno” (condena total) que vendría de Dios, pero que vamos creando multitud infierno de condena, de exclusión y muerte en ese mismo mundo.

El infierno al que bajó Jesús:

- es, en primer lugar la muerte eterna que tiende a dominarlo todo, la destrucción sin salida, el frío cósmico...
- pero es, en segundo lugar, la muerte histórico que tiende a dominarlo todo, la muerte que viene del pecado, de la injusticia, de la indiferencia, de la prepotencia y violencia de algunos (de muchos)
- esa muerte aparece más clara en las tierras dominadas por ISIS o por los traficantes de la vida, pero también en Lesbos y Eidumene..., en los hambrientos, refugiados, trabajadores del hambre..
- esa muerte está en la gran política de Europa o de la Gran América, de aquellos poderes que no acogen, sino que expulsan de su tierra a los emigrantes del miedo, del hambre...
- es la muerte fabricantes de armas, de los violadores y asesinos...La muerte de las cárceles, de las casas sin pan, de los caminos sin salida, de los hospitales...


El infierno está en todos los lugares donde tiende a dominar el odio y la prepotencia... el desinterés, la envidia... Pues bien, en ese contexto debemos añadir:

sin la bajada de Cristo a los infiernos de la historia humana no existe redención cristiana, no se puede hablar de muerte verdadera, ni de auténtica pascua; si no ayudamos a los condenados al infierno de nuestro mundo no podremos entender al Cristo.

A lo largo de toda su vida, y de un modo especial a través de su muerte en Cruz (con los expulsados y condenados de la humanidad), Jesús “descendió a los infiernos”. Al proclamar esa palabra, el credo venerable de la Iglesia expresa un misterio de muerte (de encarnación en la miseria y sufrimiento de los hombres) y de victoria sobre la muerte, que pertenece a la experiencia más honda del evangelio (Imagen: Icono de Jesús que baja con su cruz al "infierno" de Adán, para liberar a los cautivos de la opresión y de la muerte).

1. Muerte e infierno.

Porque asume nuestra vida en finitud, Jesús ha tenido que aceptar nuestro destino, expresando su misterio radical de Hijo de Dios en nuestra propia condición de seres para la muerte. Porque asume nuestra condición de pecado (violencia), ha tenido que penetrar en el abismo de la lucha interhumana, introduciendo el cielo del amor y gracia de Dios en el infierno de conflictividad de nuestra historia, donde envidia y violencia le han matado.

Algunos iconos de Oriente presentan la cuna de Jesús como sepulcro donde el mismo Dios comienza a morir ya cuando nace como humano. Pues bien, invirtiendo esa figura, el evangelio ha interpretado la muerte como nuevo nacimiento y cuna de la historia. Lógicamente, esa muerte puede presentarse como principio de discernimiento: para que se revelen los pensamientos interiores (dialogismoi) de muchos corazones (cf. Lc 2, 35).

– La muerte de Jesús es el momento del máximo pecado, como muestran las palabras de los sacerdotes que pasan y pasan, en torno al patíbulo, diciendo:

"Tú, que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, ¡sálvate a ti mismo y baja de la cruz si eres el Hijo de Dios! Ha salvado a otros y a sí mismo no puede salvarse ¡Dice ser rey de Israel! Que baje de la cruz y creeremos en él. Había puesto su confianza en Dios; que Dios le salve ahora, si es que de verdad le quiere, pues se había presentado como Hijo de Dios "(Mt 27, 42-43).

Así ríen de Jesús los que le acusan y expulsan como chivo emisario de sus males. Ellos le entierran en el infierno de la violencia suprema, haciéndose (haciéndole) culpable "de toda la sangre de los justos derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la de Zacarías" (Mt 23, 35).

– Pero la muerte de Jesús aparece, al mismo tiempo, como principio de resurrección, fuente de gracia:

"Entonces se rasgó el velo del templo, tembló la tierra, las piedras se quebraron y se abrieron los sepulcros, de tal forma que volvieron a la vida muchos cuerpos de los justos muertos... Al ver lo sucedido, el centurión glorificaba a Dios diciendo: ¡Realmente; este hombre era inocente!. Y todas las gentes que habían acudido al espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvieron a la ciudad golpeándose en el pecho (cf. Mt 27, 51-53; Lc 23, 47-48; Mc 15, 39: ¡Era Hijo de Dios!).

Del infierno de condena, desde el mismo subsuelo de la historia donde Jesús ha descendido brota la esperanza de la vida.

2. La gran muerte de Jesús. Bajó a los infiernos

Todos los humanos, lo sepan o lo ignoren, están unidos al Cristo que grita en la noche (¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?: Mc 15, 34) y al Señor de la aurora pascual que abre los sepulcros, ofreciendo esperanza a los humanos (cf. Mt 28, 1-3).

Desde ese fondo queremos evocar la palabra quizá más extraña y misteriosa del Credo: ¡bajó a los infiernos!, al lugar donde todos los humanos estábamos unidos, como rebaño para la muerte. Jesús ha penetrado en ese abismo, llegando así a lo que la iglesia llama "los infiernos", el sub-mundo donde mueren los difuntos.

En este contexto, infierno no significa la condena de aquellos que rechazan la salvación de Jesús (y pueden quedar sin Dios, sin ellos mismos, por los siglos de los siglos, tras la muerte de este mundo), sino el perecimiento universal de aquellos que mueren mueren en este mundo, aplastados por la finitud de la vida y la violencia de la historia, por los males sociales por el pecado de los otros.

Conforme a la visión tradicional del judaísmo y de la iglesia antigua, este infierno (sheol, hades, seno de Abrahán...) es el destino de muerte de todos los humanos, a no ser que Dios venga a liberarles por el Cristo. La muerte misma en cuanto destrucción: eso es el infierno. Pues bien, el credo afirma que Jesús "ha descendido" al lugar o estado de ese infierno, para liberar a los humanos de la muerte, ofreciéndoles su resurrección.

3. Bajó a los infiernos. Misterio de pascua.

Diciendo que bajó a los infiernos el credo destaca el abismo de dureza, destrucción y dolor donde Cristo culminó su solidaridad con los humanos. Quien no muere del todo no ha vivido plenamente todavía: no ha experimentado la impotencia poderosa, el total desvalimiento.

Jesús ha vivido en absoluta intensidad; por eso muere en pleno desamparo. Ha desplegado la riqueza del amor; por eso muere en suma pobreza, preguntando por Dios desde el abismo de su angustia. De esa forma se ha vuelto solidario de los muertos. Sólo es solidario quien asume la suerte de los otros. Bajando hasta la tumba, sepultado en el vientre de la tierra, Jesús se ha convertido en el amigo de aquellos que mueren, iniciando, precisamente allí, el camino ascendente de la vida:

– Jesús fue enterrado (cf. Mc 15, 42-47 y par; l Cor 15, 4). Sólo quien muere de verdad puede resucitar "de entre los muertos": Jesús ha bajado al lugar de no retorno, para iniciar allí el retorno verdadero.

– Como Jonás "que estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches..." (Mt 12, 40), así estuvo Jesús en el abismo de la muerte, para resucitar de entre los muertos (Rom 10, 7-9).

En el abismo de muerte ha penetrado Jesús y su presencia solidaria ha conmovido las entrañas del infierno, como dice la tradición: "la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos de los cuerpos de los santos que habían muerto resucitaron" (Mt 27, 51-52). De esa forma ha realizado su tarea mesiánica:

Sufrió la muerte en su cuerpo, pero recibió vida por el Espíritu.
Fue entonces cuando proclamó la victoria
incluso a los espíritus encarcela¬dos que fueron rebeldes,
cuando antiguamente, en tiempos de Noé... (1 Pe 3, 18-19).

Se ha dicho que esos espíritus encarcelados eran los humanos del tiempo del diluvio, como supone la liturgia, pero la exégesis moderna piensa que ellos pueden ser los ángeles perversos que en tiempo del diluvio fomentaron el pecado, siendo por tanto encadenados. Sea como fuere, a partir de este pasaje, ¬la iglesia afirma que Jesús ha penetrado en el abismo de dolor y destrucción de nuestra tierra, compartiendo la suerte los muertos, haciéndose fuente de vida para ellos.

4. Una voz de la Liturgia del Sábado Santo

Jesús había descendido ya en el mundo al infierno de los locos, los enfermos, los que estaban angustiados por las fuerzas del abismo: ha asumido la impotencia de aquellos que padecen y perecen aplastados por las fuerzas opresoras de la tierra, llegando de esa forma hasta el infierno de la muerte. Así se relaciona con Adán, el humano originario que le aguarda desde el fondo de los tiempos, como indica una antigua homilía pascual:

¿Que es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra: un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.
Va a buscar a nuestro primer padre, como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte (cf. Mt 4, 16). Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y Eva.
El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: mi Señor esté con todos. Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: y con tu espíritu. Y, tomándolo por la mano, lo levanta diciéndole:
Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz (cf. Ef 5, 14). Yo soy tu Dios que, por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo. Y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: ¡salid!; y a los que se encuentran en tinieblas: ¡levantaos!. Y a ti te mando: despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mi y yo en ti¬ formamos una sola e indivisible persona. (P. G. 43, 439. Liturgia Horas, sábado santo).

Jesús ha descendido hasta el infierno para encarnarse plenamente, compartiendo la suerte de aquellos que mueren. Pero al mismo tiempo ha descendido para anunciarles la victoria del amor sobre la muerte, viniendo como gran evangelista que proclama el mensaje de liberación definitiva, visitando y liberando a los cautivos del infierno.

Jesús se ha introducido en la historia de la muerte. Por eso, la palabra de la iglesia le sitúa frente a Adán, humano universal, el primero de los muertos. Hasta el sepulcro de Adán ha descendido Jesús, como todos los humanos, penetrando hasta el lugar donde la muerte reinaba, manteniendo cautivos a individuos y pueblos. Ha entrado hasta ese reino, protegido por la gracia de su propia pequeñez y de su entrega en Cruz. Ha entrado allí para quebrantarlo, volviéndose así redentor de cautivos a Lc 4, 18-18 (cf. misterio 6).

Así aparece Jesús, Christus Victor, Mesías vencedor del demonio y del abismo. Su descenso al infierno, para destruir el poder de la muerte constituye de algún modo la culminación de su biografía mesiánica, el triunfo decisivo de sus exorcismos (cf. misterio 9). Lo que empezó en Galilea, curando a unos endemoniados particulares, lo ha culminado con su muerte, descendiendo al lugar de los muertos, liberándolos a todos del Gran Diablo de la tumba.


5. Cristo en el infierno de la historia, redentor de cautivos

Tomado en un sentido literalista, este misterio (¡descendió a los infierno!) parece resto mítico, palabra que hoy se dice y causa asombro o rechazo entre los fieles. Sin embargo, tomado en su sentido más profundo, como lo vieron los redentores medievales (trinitarios, mercedarios...), este misterio constituye el culmen y clave de todo evangelio.

Aquí se ratifica la encarnación redentora de Jesús: sus curaciones y exorcismos, su enseñanza de amor y libertad. Jesús sólo se puede llamar Cristo si ha vencido a la muerte, si ha ofrecido comunión de Dios y vida eterna a los difuntos antiguos de la corrupción insuperable de la historia. Sólo es Cristo porque, habiéndose entregado por el reino, ha ofrecido a todos los humanos el cielo de su gracia, el amor victorioso de Dios. Desde aquí podemos y debemos distinguir ya los dos infiernos:

– Este primer infierno, al que Jesús ha descendido por su muerte es el abismo de la destrucción donde los humanos acababan (acaban) penetrando al final de una vida que les lleva sin cesar hasta la tumba. Había sobre el mundo otros infiernos de injusticia, soledad y sufrimiento; pero sólo el de la muerte era total y decisivo. Pero Jesús ha derribado sus puertas, abriendo así un camino que conduce hacia la plena libertad de la vida (a la resurrección), en ámbito de gracia. A este nivel se puede hablar de "apocatástasis": reconstrucción de la realidad, salvación definitiva. Por eso, en principio, están (estamos) todos salvados por el Cristo.

– Hay un segundo infierno o condena irremediable de aquellos que rechazando el don de Cristo y oponiéndose de forma voluntaria a la gracia de su vida, pueden caer en la oscuridad y muerte por siempre (por su voluntad y obstinación definitiva). Salvación y condena no son posibilidades simétricas, caminos igualmente abiertos para el ser humano.

Estrictamente hablando sólo existe salvación, pues Cristo ha muerto para liberar a los humanos de su infierno; sólo si algunos rechazan su amor y perdón para siempre final puede hablarse de un mal definitivo, de aquello que Ap 2, 11; 20, 6.14; 21, 8 llama muerte segunda, expresada en un infierno infernal o condena sin remedio (sin esperanza de otro Cristo). En la línea de ese infierno segundo se sitúan aquellos que prefieren quedarse en su violencia, de manera que no aceptan, ni en este mundo ni el nuevo de la pascua, la gracia mesiánica y el amor universal de Jesús. Sabemos que Jesús no ha venido a condenar a nadie; pero si alguien se empeña en mantenerse en su egoísmo y violencia puede convertirse él mismo (a pesar de la gracia de Jesús) en infierno perdurable.

Ha penetrado Jesús en el infierno de la muerte que recoge la angustia de los campos de concentración, de las guerras pavorosas, del hambre torturante, de las cárceles horrendas... Ha allí para liberar a los humanos. Con él deben penetrar sus seguidores en los viejos y nuevos infiernos del mundo, regalando vida (esperanza de cielo) a los abandonados, perdidos, destruidos. La confesión de fe se vuelve así palabra de solidaridad humana, cristología al servicio la vida.

BIBLIOGRAFÍA

Además de trabajos generales sobre la muerte y resurrección de Jesús cf.:
R. Aguirre, Exégesis de Mt 27, 51b-53. Para una teología de la muerte de Jesús en el evangelio de Mateo, Seminario, Vitoria 1980;
Aulen, G., Le triomphe du Christ, Aubier, Paris, 1970;
L. Bouyer, Le mystére pascal, Paris 1957;
W. J. Dalton, Christ´s proclamation to the Spirits.A study of 1 Pe 3, 18; 4, 6, Inst. Bib., Roma 1965;
X. Pikaza, La historia de Jesús, VD, Estella 2013.
H. U. von Balthasar, El misterio pascual en Mysterium salutis III/II, Madrid 1971, 237-265.


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Comentarios
  • Comentario por Xabier Pikaza Ibarrondo [Blogger] 26.03.16 | 18:52

    gracias Been

  • Comentario por been 26.03.16 | 14:19

    Cuando leo en los sinópticos, que el centurión vio cómo expiró, para luego observar los fenómenos que ocurrieron, no puedo evitar imaginarme un caos. Un pequeño Apocalipsis, [Marcos, 15, 37-39 y paralelos]. Sus discípulos algo más tarde comprendieron que el Hijo de Dios vino a la Tierra para cumplir un propósito. Cuando tengo en cuenta todos los detalles que me ofrecen los Evangelios, yo, señor Pikaza, no veo ningún misterio. Es más, no entiendo cúal puede ser el misterio; conozco la doctrina-. Desde una lógica superlativa, en mi opinión, el Hijo de Dios bajó al infierno desde el mismo momento que fue engendrado milagrosamente como humano. El símil de la cápsula del pequeño superman viajando por el universo ridiculiza, pero me ayuda para entender un trasfondo que no se quiere aceptar, o que es difícil de ‘amar’,si no se tienen todos las piezas bien atadas. El conocido Jesús no hubiera podido hacer absolutamente nada sin ayuda milagrosa. Gracias señor Pikaza.

  • Comentario por galetel 26.03.16 | 12:41

    Gracias, Xabier. Por su ubicación en el Credo, es claro para mí que "los infiernos" quiere designar aquí a los que ya están muertos. No se refiere a la obra de Jesucristo anterior a su muerte, ni simplemente al hecho de su muerte anterior a su sepultura. Que quede claro, por favor. Que no metaforicemos. En ese sentido, Jesucristo no ha descendido todavía a nuestros infiernos, tuyo Xabier y mío, porque nosotros aun no hemos muerto; pero pronto ocurrirá. Esto se refiere a la rehabilitación de todas las víctimas del PASADO, que, como sabes, no me canso de mencionar.

  • Comentario por FJ Gelpi Paz 26.03.16 | 11:55

    Jesucristo vino a recordarnos el camino y a decirnos que en nosotros brilla una lámpara y que: “Nadie pone en oculto la luz encendida, ni debajo de una vasija, sino en el candelero, para que los que entran vean la luz. La lámpara del cuerpo es el ojo. Cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas. Cuidado, pues, no sea que la luz que en ti hay no sea luz, sino tinieblas. Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor.» (Lc 11,33-36), e insistirá: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca” (Lc 6,45).

  • Comentario por Xabier Pikaza Ibarrondo [Blogger] 26.03.16 | 11:52

    Gracias, Galetel y Gelpi... Vamos a empezar la Pascua... porque Cristo ha bajado a nuestros infiernos, para liberarnos.

  • Comentario por FJ Gelpi Paz 26.03.16 | 11:52

    Ninguno, cuando sea probado, diga: “Es Dios quien me prueba”, porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie. Sino que cada uno es probado, arrastrado y seducido por su propia concupiscencia. Después, la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz al pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte” (St 1,14-15). De ahí que en las Sagradas Escrituras veamos de continuo el sabio consejo: “Escucha, hijo mío, sé sabio y dirige tu corazón por el buen camino” (Pv 23,19), “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado, sino que en la ley de Yahvé está su delicia y en su Ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo y su hoja no cae, y todo lo que hace prosperará” (Sal 1,1-3).

  • Comentario por FJ Gelpi Paz 26.03.16 | 11:49

    San Marcos sintetiza el infierno de pasiones humanas, al tiempo que dice en dónde nacen: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc 7,21-23). En el catecismo, se simplifica este conjunto de pasiones en los siete pecados capitales: Soberbia, Avaricia, Lujuria, Ira, Gula, Envidia y Pereza. Pero, ¿por qué Dios no nos ha liberado de este infierno de pasiones?: Porque hemos sido creados a su semejanza con “libre albedrío” y nos ha dado también la capacidad del “discernimiento” de la virtud y el pecado, de modo que, como dice Santiago: “¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Porque, superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el señor a los que le aman. Ninguno, cuando sea probado, diga: “Es Dios quien me prueba”, porque Dios ni es probad...

  • Comentario por FJ Gelpi Paz 26.03.16 | 11:41

    “Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte (cf Mt 12,40; Rm 10,7; Ef 4,9) para “que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan” (Jn 5,25). Jesús, “el Príncipe de la vida” (Hch 3,15) aniquiló “mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Hb 2,14-15). En adelante, Cristo resucitado “tiene las llaves de la muerte y del Hades” (Ap 1,18) y “al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos” (Flp 2,10)” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 635).

    En este soneto, “los infiernos” es el conjunto de pasiones humanas del que el Señor, como Hijo del hombre, como Jesús de Nazaret, el Cristo, nos vino a rescatar y nos abrió el camino para cambiarlo por el “Reino de Dios”.

    San Pablo resume este infierno de pasiones en su carta a los romanos Rm 1,18-32.

  • Comentario por FJ Gelpi Paz 26.03.16 | 11:39

    En este soneto, no se alude al artículo de fe que se proclama en el Credo: “fue muerto y sepultado, descendió a los infiernos”, en donde los “infiernos o sheol o hades o abismos”, de los que se habla en las Sagradas Escrituras, es la “morada de los muertos”, a donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios, de modo que «“hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva” (1P 4,6). El descenso a los infiernos [de Cristo] es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo pero inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se salvan se hacen partícipes de la Redención » (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 634).
    “Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte (cf Mt 12,40; Rm 10,7; Ef 4,9) para “que los ...

  • Comentario por FJ Gelpi Paz 26.03.16 | 11:23

    Salir de los infiernos

    Descendiste a los infiernos, Señor,
    de las pasiones humanas: rencores,
    odios, mentiras, engaños, traiciones,
    recibiste de nosotros lo peor.

    Anduviste los caminos sin temor
    con las virtudes humanas: amores,
    paces, verdades, entregas, perdones,
    ofreciste siempre un mundo mejor.

    Pediste altura de miras, besos
    en la mejilla de quien nos da golpes,
    en la mano que trunca nuestros sueños.

    Llamaste a todos los pecadores,
    a los débiles, a los que están muertos,
    enfermos, o de Dios son desertores.

    Ayúdame a seguir los preceptos
    sagrados de Dios Padre, a ser don de
    paz, amor, perdón, verdad, consuelo, fe,
    a ser de mente y corazón recto.


    Fco Javier Gelpi Paz

    Esta oración-reflexión comencé a hacerla en Bertamiráns el 2/08/2014

  • Comentario por galetel 26.03.16 | 10:36

    Y EN LOS ABISMOS”.
    (Filipenses 2, 10)

  • Comentario por galetel 26.03.16 | 10:34

    Es muy lamentable que haya personas, incluso sedicentes cristianas, que parecen desear que otras se hayan condenado o sean condenadas. Hay que amar a todos, incluso a los enemigos, si se es cristiano. Hay que desear que todos los seres humanos se salven al fin, y orar por ello.

    Y, muy especialmente, esperar confiadamente que nuestros muertos queridos: familiares, amigos y conocidos, resuciten realmente para participar todos juntos de la Parusía.

    “Dijo Marta a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
    Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.
    Le dice Jesús: Tu hermano resucitará.
    Le respondió Marta: Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.
    Jesús le respondió: Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”.
    (Juan 11, 21-25)

    “De manera que al nombre de Jesús
    toda rodilla se doble,
    en el cielo y en la tierra
    Y EN ...

  • Comentario por galetel 26.03.16 | 10:31

    La Resurrección incluirá imprescindiblemente a todas las víctimas de todos los tiempos y lugares de la Historia, a todos los muertos en el pasado, para rehabilitarlos definitivamente ofreciéndoles la salvación eterna.

    “Los infiernos”, es aquí una expresión que designa a todos los muertos del pasado, buenos y malos. La redención es también para ellos (nosotros, pronto). Aunque hayan muerto en pecado “mortal”, tienen (tendremos) todavía oportunidad eterna de aceptar la salvación de Jesucristo.

    "Debemos confiar en que, y rogar para que, la voluntad salvífica universal de Dios, que abarca a todos los hombres, alcance su objetivo en todos ellos. Tal vez exista aun amor y haya llegado la autocomunicación de Dios allí donde nada se sabe explícitamente de Dios y de Cristo.” (Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe)

    Nadie puede afirmar de nadie que se haya condenado o se vaya a condenar. Es muy lamentable que haya per...

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