El blog de X. Pikaza

6ª ¿Qué significa que la cruz nos salva? (J. Arregi)

17.03.10 | 08:58. Archivado en Justicia, Jesús, Amigos, la voz de los, Amor, Cristología
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Ayer presenté la primera parte de la reflexión de J. Arregi sobre la muerte de Jesús, mirada en perspectiva humana, y ella ha merecido la atención de J. I. Calleja y de otros, que han subrayado la necesidad de mantener la humanidad de Jesús, especilamente en su muerte. Hoy presento la segunda parte, destacando el sentido "divino" de la muerte de Jesús: Como dice Pablo, Dios estaba en la vida (y en la culminación de la vida) de Jesús, reconciliando a los hombres, es decir, mostrándose y actuando com reconciliador.

Está en juego:
el sentido del hombre...
el sentido de Dios...
el sentido de la Iglesia
el sentido de la solidaridad humana

Ante un "muerto" como Jesús lo que que se "revela" es la vida, el valor de la vida de todos (y en especial de los crucificados), haciendo que podamos y debamos re-belarnos, en amor creador, en contra de todo lo que destruye o mancha la vida.

Quiero pedir a todos mis lectores que se paren un momento y que se miren de verdad ante la cruz de la vida de Jesús, sean o no cristianos. J. Arregi les podrá acompañar en esta reflexión que forma parte del centro de la fe cristiana. Buen día a todos, gracias de nuevo a J. Arregi

¿Qué significa que la cruz nos salva?

Decimos muchas veces que la cruz de Jesús nos salva. Pero el discurso tradicional sobre la salvación o sobre la « redención » ha caída bajo sospecha y necesita una reinterpretación profunda ¿Qué significa «salvar»?. Y ¿qué hay en la cruz que nos salve?. Y ¿ de qué nos salva?. Más aún, estando las cosas como están, ¿ cómo decir que estamos salvados? He aquí unas reflexiones muy esquematizadas en torno a estas preguntas.

En primer lugar, que la muerte de Jesús nos salva significa que, a pesar de todos los pesares, «las cosas pueden ser de otro modo: que es posible un amor solidario puro, que nada es capaz de romper» .

Significa que los rechazados tienen aliado. Significa que la injusticia no es la última palabra, pero que tampoco lo es la justicia, sino la misericordia.

Significa que el verdugo no prevalecerá sobre la víctima, pero que tampoco la víctima se convertirá en verdugo de su verdugo.

Significa que una historia distinta puede comenzar, no solamente para la humanidad del futuro, sino también para la humanidad del pasado, y no solamente para la humanidad, sino para toda la creación.

Significa que la muerte no es el final, porque el amor es más fuerte que la muerte, tanto para los muertos del pasado como para los muertos del futuro. Significa que nada es irreversible y fatal para nadie, tampoco para los innumerables seres humanos que han sucumbido en el camino y en el intento.

Significa que todo puede ser vivido y revivido de otra forma, y que otro futuro puede ser esperado para todos. La muerte de Jesús es el lugar donde se anuncia y se cumple esa promesa de la solidaridad de Dios y del futuro nuevo. La muerte de Jesús es salvífica porque en ella sucede la resurrección de la vida gracias al Dios de la vida.

Lo que salva no es la muerte de Jesús, sino su vida

Pero aquí se impone una aclaración fundamental: lo que salva no es propiamente la pasión o la muerte de Jesús, sino su vida. Su vida entera es salvadora, sanadora, liberadora, reconciliadora, creadora de salud, de bienestar y de paz. Toda la vida: su manera de ser hombre, su mensaje, su libertad interior, su relación de fe en Dios, su solidaridad incondicional con los pobres, su generosidad hasta la muerte, su entereza y confianza en la cruz... No es la muerte la que salva, sino la vida entregada. Y la muerte es salvadora en la medida en que es consecuencia y culminación de una vida entregada.

En el caso totalmente imaginario de que hubiese muerto de muerte «natural», Jesús nos habría podido salvar por igual, en la medida en que su vida hubiese sido enteramente «entregada». Lo que pasa es que la historia de la humanidad parece regida por una ley inexorable: hacerse solidario del que sufre lleva a sufrir, ponerse del lado de los perdedores conlleva perder la vida. Innumerables Gandhis, Luther Kings y Oscar Romeros lo confirman. «Tenía que morir», dirá el Nuevo Testamento, no para afirmar que la muerte de Jesús hubiese sido cumplimiento de algún designio eterno y arbitrario de Dios, sino para afirmar, por un lado, que Jesús ha muerto porque el poder opresor, como enseña la historia, necesita condenar y eliminar al justo solidario, y para afirmar, por otro lado, que en esa solidaridad hasta la muerte se revela y se actualiza la solidaridad salvadora de Dios.

«La solidaridad salvadora de Dios»: ahí reside el núcleo de la cuestión. ¿Qué es lo que salva en la vida de Jesús que desemboca en la cruz? No el dolor, sino el amor. Jesús no salva porque «expía» una supuesta pena en nuestro lugar, sino porque se solidariza con nuestra suerte. Lo que salva es la solidaridad, la proximidad, la projimidad, su «proexistencia» hasta la muerte. Sentir la mano amiga de alguien es lo que más alivia al que sufre. La cercanía y la solidaridad de alguien es lo que más levanta y rehabilita al humillado.

Otras muertes también salvan, Dios nos salva

Así salvan nuestra historia innumerables Gandhis, Luther Kings y Oscar Romeros, junto con Jesús. En ellos recomienza la historia cada vez. No salvan porque mueren, sino porque dan la vida, porque hacen triunfar la bondad, porque hacen presente a Dios en el mundo, porque abren el mundo al futuro de Dios. Así nos ha salvado Jesús. Nos ha salvado haciéndose buen samaritano de los heridos, comensal de los pecadores, solidario de los pobres. Por eso sufrió y murió precisamente Jesús, por haber sido el «hombre para los demás», el «hombre con los demás». Jesús no nos ha salvado por haber muerto en la cruz, sino par haberse hecho solidario de los crucificados.

Ahora bien, ¿no sigue habiendo innumerables crucificados? ¿Cómo podemos decir que la historia esta liberada, que estamos salvados? Efectivamente, la injusticia, el dolor y la muerte que persisten parecen desmentir todo nuestro discurso sobre la salvación. La cruz de la humanidad y de la creación que gime impide una fe demasiado fácil, demasiado triunfal, en definitiva demasiado irresponsable. La fe solamente puede sostenerse en medio de la pregunta y la duda, atravesando el escándalo de la cruz omnipresente en el mundo.

Pero es entonces cuando de nuevo miramos a la vida y a la cruz de Jesús, y en ellas sentimos presente y activa la solidaridad misma de Dios. La vida y la muerte solidarias de Jesús son salvadoras porque son el gran sacramento de la solidaridad de Dios mismo. Es Dios el que nos salva en la vida-muerte de Jesús. Es más, esa muerte de Jesús, que es la culminación de su vida, la miramos como culminación de la solidaridad de Dios con nuestra historia y todas sus cruces; miramos esa muerte como el lugar por antonomasia donde Dios se nos muestra y se nos acerca como una gran mano amiga capaz de consolar y transformar; miramos esa muerte como el lugar par antonomasia donde Dios se hace presente, compañero, prójimo solidario de todos los crucificados. En nuestra historia llena de dolor y desgarro, la vida y la muerte de Jesús son el sacramento del Amor que nos envuelve en el origen primero y en la meta última.

En resumen, la solidaridad de Dios con nuestras cruces es nuestra esperanza de que las cosas, por fin, llegarán a ser de otra forma. Pero ¿tiene sentido hablar de la solidaridad de Dios con nuestras cruces? Dicho de otra forma, ¿ tiene sentido decir que Dios sufre con nosotros? ¿No pertenece a la definición y a la esencia misma de Dios el ser omnipotente e impasible?

Un dios impasible no puede salvarnos

Todas nuestras afirmaciones sobre Dios son radicalmente inadecuadas. Nunca debemos tener la pretensión de comprender y describir el misterio de Dios. Cuando muchas filosofías han sostenido y sostienen que, si Dios existe, ha de ser omnipotente e impasible, no afirman algo falso, pero quizá tampoco afirman toda la verdad de Dios. Cuando los creyentes de tantas religiones y sus teologías confiesan a Dios como eternamente feliz y todopoderoso, confiesan acerca de Dios algo verdadero y necesario, pero también quizá algo radicalmente parcial e insuficiente. No debemos imaginar a un Dios que sufre igual que nosotros, un Dios que sufre por finitud y limitación, por falta de generosidad o por déficit de esperanza. Con razón dice K. Rahner: «Para salir de mi miseria, de mi confusión y de mis dudas, de nada me aprovecha que Dios sea tan miserable coma yo» (Citado por H. Vorgrimler, Entender a Karl Rahner. Introducción a su vida y su pensamiento, Herder, Barcelona 1988, p. 180. Contra la idea del Dios que sufre se ha pronunciado también, entre otros, J. B. Metz (cf., por ejemplo, J.B. Metz-E. Wiesel, Esperar a pesar de todo. Trotta, Madrid 1996, pp. 61-63)

Sólo podemos esperar en Dios si es poderoso para vencer el poder omnipresente y aparentemente todopoderoso del sufrimiento y de la injusticia en nuestra vida y en nuestro mundo.

Pero ¿no es igualmente verdadero o quizá incluso más verdadero que Dios no es impasible en el sentido en que nosotros entendemos la impasibilidad, ni omnipotente en el sentido en que nosotros entendemos la omnipotencia ? No podemos creer y esperar en un Dios débil y desdichado como nosotros, pero tampoco podemos creer y esperar en un Dios impasible a quien no afectan nuestros dolores o en un Dios omnipotente en plena posesión de poder supremo.

D. Bonhöffer, encarcelado por Hitler y poco antes de ser ejecutado, escribió desde la cárcel que «un Dios impasible no puede salvarnos». Es decir, un Dios que no se hace solidario de nuestras cruces y miserias, un Dios que no toma sobre si nuestras soledades e impotencias, un Dios a quien no afecta en lo más profundo la suerte de tantos millones de seres humanos humillados y la suerte de tantas criaturas maltratadas, un Dios así no podrá salvarnos. Un Dios que habitase en su Olimpo celeste, un Dios que planease muy lejos por encima de nuestras pequeñas y grandes cruces no podrá salvarnos. Un Dios que no fuese solidario no podrá consolarnos, no podrá ser fundamento só1ido de nuestra esperanza.

Pues bien, ¿ no nos revela justamente la Biblia un Dios que padece con su pueblo, que hace suya la suerte del débil, del extranjero, el huérfano y la viuda? Es el Dios que «oye los gritos» de Ismael, el hijo de Agar expulsado con su madre y moribundo en el desierto (Gn 21,17). Es el Dios que «ve la aflicción» y «oye los clamores» de Israel sometido a sus opresores (Ex 3,7). Es el Dios que dice: «el corazón me da un vuelco, todas mis entrañas se estremecen» (Os 11,8). AI final de su gran trilogía en 15 volúmenes (teoestética, teodramática, teoIógica), H. U. von Balthasar afirma rotundamente: «En ningún caso puede atribuirse 'impasibilidad' a este Dios»(Epílogo. Encuentro. Madrid 1998 p.40. Junto a H. U. von Balthasar destaca, en la teología de la cruz y del sufrimiento de Dios, J. Moltmann, tan diferente de aquél por lo demás) .

¿ Y qué decir si miramos la vida y la cruz de Jesús ? Jesús no nos revela un Dios que dicta y decreta desde arriba, o un Dios que dirige a capricho los hilos de la historia, o un Dios ofendido que exige la reparación cruenta de su honor altísimo, sino un Dios a quien duele el dolor de los enfermos, la miseria de los pobres, la afrenta de los condenados. Un Dios que sale a buscar a su hijo menor, el perdido, y sale también a buscar a su hijo mayor, el resentido. Jesús nos revela un Dios que conoce el desvalimiento de un recién nacido y el desvalimiento de un crucificado. A lo largo de su vida, Jesús nos revela a un Dios con entrañas, un Dios que es pura entraña apasionada y compasiva, absoluta ternura y proximidad. Y, en su cruz, nos revela a un Dios que se hace solidario hasta el fin de la suerte de los crucificados. Sólo podemos creer y esperar en un Dios cuya omnipotencia se traduzca en absoluta cercanía y solidaridad. Sólo podemos creer en la omnipotencia de un Dios que se hace vulnerable a los dolores de la humanidad y de la creación. « ¿ Cómo pensar que Dios es amor, si hay que pensar que nuestro sufrimiento no le atañe en su ser eterno?» (F. Varillon, La souffrance de Dieu. Ed. du Centurion, Paris 1975, p.14).

Pero ¿ de qué le ha servido a Jesús esta solidaridad de Dios si no le ha librado de la cruz? Es más, según Mt y Mc, Jesús ha muerto lanzando un grito de angustia y de abandono total: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34; Mt 27,46). ¿De qué les sirve el compadecimiento de Dios a tantos y tantos que hoy siguen muriendo, como Jesús, en la cruz y en la angustia? ¿Por qué calla Dios y por qué no interviene? ¿Será impotente el amor de Dios? ¿Será una compasión que no hace sino aumentar nuestra desdicha? ¿Dónde está Dios cuando calla ante la cruz y el grito de Jesús? ¿Por qué calla Dios y por qué muere Jesús? .

El grito de la cruz y el silencio de Dios

Este por qué y tantos por qués siguen estrellándose en el impertérrito muro de la historia y, lo que es más hiriente, en el doloroso silencio de Dios. Ante esos desgarradores por qués, no poseemos los cristianos más respuestas que otros creyentes o que tantos increyentes: ninguna respuesta racional. No tenemos respuesta, pero seguimos mirando a Jesús, precisamente en su cruz y en su grito, como el sacramento de la radical solidaridad de Dios. Dios no está ausente, ni calla por indiferencia. Al contrario, hace suyo el dolor del silencio y de la ausencia. Esto es lo que osamos afirmar los cristianos ante la cruz de Jesús y ante su grito, también ante la cruz y el grito de la humanidad y de la creación hoy.

«Quienes claman a Dios pueden descubrir que comparten el grito de Cristo. Descubren en el Cristo sufriente al Dios compasivo que sufre con ellos y los entiende. Cuando percibimos esto, nos damos cuenta de que Dios no es la fuerza fría y distante del destino a que acusamos, si no que en Cristo llegó a ser el Dios humano que clama con nosotros y en nosotros y que aboga por nosotros cuando la pena nos deja mudos» . Moltmann, Cristo para nosotros hoy, Trotta, Madrid 1997, p.42).

. Dios esta ahí, en el crucificado que grita y muere sin respuesta, como en el ahorcado de Auschwitz del que fue testigo E. Wiesel. No es el Dios impasible y lejano, no es la omnipotencia arbitraria y distante, una omnipotencia externa; es, mas bien, la omnipotencia que renuncia al poder para acompañar de más cerca. El silencio de Dios en la cruz de Jesús no es el silencio de la indiferencia, sino el silencio de quien se hace pura escucha y compasión. «En Jesús, Dios revela su propio rostro, un rostro insospechado, el del justo humilde y doliente, torturado, ensangrentado, coronado de espinas y muerto después de lanzar un misterioso grito al cielo, pero no contra el cielo. Un Dios así es un Dios tremendamente cercano al drama humano, pero es también algo extraño. Es de una extrañeza fascinante, como la de los abismos de nuestra propia profundidad» (cf. L. Boff, Jesucristo y la liberación del hombre. Cristiandad, Madrid 1981, p.287).

No se trata de negar la omnipotencia de Dios, o de reemplazarla par una omnidebilidad , sino que se trata de afirmar un poder divino que adopta «el camino y los recursos de la debilidad» (cf. A. Gesché, « Commet Dieu rèpond à notre cri. Revisiter la toute-puissance », en A. Gesché – P. Scolas (dirs), Dieu à l´epreuve de notre cri, Cerf – Université catholique de Louvain, Paris- Lovaina 1999, p. 128. La mística judía de la cábala ha hablado de la « contracción » (tzintzum) divina, de la renuncia kenótica por parte de Dios a su propia omnipontencia. Sobre ello ha insistido de manera original el pensador H. Jonas (cf. por ejemplo, Pensar sobre Dios y otros ensayos, o.c.,pp, 195-258).

Ahora bien, como escribe E. Sabato en su escrito-testamento, «cada vez que hemos estado a punto de sucumbir en la historia, nos hemos salvado por la parte más desvalida de la humanidad». E. Sábato. Antes del fin. Seix Barral. Barcelona 1999, p. 181.

El desvalimiento absoluto de Dios en el desvalimiento de Jesús crucificado posee el poder de transformar la historia y la creación entera. El poder de Dios vulnerable y callado es el poder del amor y ese poder del amor es nuestra esperanza.
Creemos y esperamos en un Dios que toma sobre si todo el drama de la historia. Creemos y esperamos en el poder de esa solidaridad divina. Creemos y esperamos en el poder del Amor con mayúscula. Creemos y esperamos en un Dios que es «amor más fuerte que el infierno» (U. von Balthasar, Epílogo, o.c. p. 117 ). Creemos y esperamos que no habrá infierno para nadie, porque el amor vulnerable de Dios acabará por regenerar a todos.

Ahora bien, esta esperanza, si lo es de verdad, no es impasible, ni pasiva, ni impotente, sino tan comprometida, activa y transformadora como la solidaridad misma de Dios. La esperanza del creyente, para serlo, ha de ser crítica y liberadora, ha de convertirse, como Jesús, en sacramento de la solidaridad de Dios, aunque ello la lleve a la cruz, como a Jesús. Y, frágil y desvalida como es, ha de sostenerse en el grito y la confianza de Jesús crucificado. Ha de sostenerse en la presencia pascual del resucitado, primicia y anticipo del triunfo de la vida sobre toda muerte.

26 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Carmen Hernández 22.03.10 | 20:53

    La Cruz de Jesús nos salva... él tomó la decisión de subir a Jerusalén a sabiendas que le matarían.
    Tener la opción de elegir y dar a conocer la libertad que cada persona tiene, a sabiendas que quienes matan tambien obtienen la misma libertad de no matar.
    Jesús me enseñó a no creer aquello de que es lo que me tocó vivir, el Cristianismo no es predestinación sino todo lo contrario ¡Libertad! para decidir que hacer con la propia vida sin que seamos responsables y culpabilizarnos del mal que otros hacen, de ahí que la Cruz nos salve

  • Comentario por JMS.- 18.03.10 | 22:54

    Nuestra salvación es la voluntad de Dios Padre (origen de todos los bienes)
    En el padrenuestro pedimos que se haga la voluntad de Dios Padre.
    Eso es lo que nos enseñó Jesucristo en su breve vida mortal.
    Los que creen en esa enseñanza y los que se esfuerzan por ponerla en pràctica son cristianos aunque lo nieguen.
    Negarse a sí mismo, no de boquilla, sino en los hechos es la auténtica metanoia del evangelio!

  • Comentario por sofía 18.03.10 | 18:06

    Pues Arregi sí que tiene respuesta, citando a Moltmann:
    «Quienes claman a Dios pueden descubrir que comparten el grito de Cristo. Descubren en el Cristo sufriente al Dios compasivo que sufre con ellos y los entiende. Cuando percibimos esto, nos damos cuenta de que Dios no es la fuerza fría y distante del destino a que acusamos, si no que en Cristo llegó a ser el Dios humano que clama con nosotros y en nosotros y que aboga por nosotros cuando la pena nos deja mudos» . Moltmann, Cristo para nosotros hoy, Trotta, Madrid 1997, p.42).
    Como resaltó Galetel, dice Arregi:
    “«La solidaridad salvadora de Dios»: ahí reside el núcleo de la cuestión (...)
    miramos a la vida y a la cruz de Jesús, y en ellas sentimos presente y activa la solidaridad misma de Dios. La vida y la muerte solidarias de Jesús son salvadoras porque son el gran sacramento de la solidaridad de Dios mismo. Es Dios el que nos salva en la vida-muerte de Jesús.”

    Sin esto, todo habría sido inútil...

  • Comentario por Roser Puig F 18.03.10 | 08:00

    Arregui se pregunta: “¿De qué les sirve el compadecimiento de Dios a tantos y tantos que hoy siguen muriendo, como Jesús, en la cruz y en la angustia? ¿Por qué calla Dios y por qué no interviene? ¿Será impotente el amor de Dios? ¿Será una compasión que no hace sino aumentar nuestra desdicha? ¿Dónde está Dios cuando calla ante la cruz y el grito de Jesús? ¿Por qué calla Dios y por qué muere Jesús?” .
    Yo también me hago esas preguntas, pera las que no tengo respuesta, ni me valen las respuestas retóricas de otros. A pesar de todo, SIGO CONFIANDO EN EL DIOS DE JESUS.
    Si tuviéramos las respuestas, no necesitaríamos tener fe.



  • Comentario por justi.arcoiris 18.03.10 | 00:32

    Delejos :Yo preferíria Dios ,sin Cruces ...pero me temo que es mucho pedir ¿verdad ?
    Las Cruces forman parte de nuestra vida ..o aprendemos a vivir con ellas o se hacen como pesados maderos "imposibles ni siquiera de arrastar .

  • Comentario por Delejos 17.03.10 | 23:32

    Sin la cruz, no creéria en Dios.

  • Comentario por xuxi 17.03.10 | 21:11

    Todo esto que estáis tratando y comentando está magníficamente resumido en el último post de Jairo del Agua, que os recomiendo. Los contenidos sobre el dolor también podéis encontrarlos en ese mismo blogger bajo el título "Hablemos del dolor I y II".

    Saludos.

  • Comentario por luis_r 17.03.10 | 20:08

    Gracias por el texto y los comentarios. Salud

  • Comentario por sofía 17.03.10 | 19:20

    Quiero decir, galetel. Y muchas gracias por la claridad y contundencia de su comentario.

  • Comentario por sofía 17.03.10 | 19:19

    Totalmente de acuerdo con Galatel.
    Pienso que ese es el meollo de la fe cristiana. Yo también selecciono esta frase de Arregi: "La vida y la muerte solidarias de Jesús son salvadoras porque son el gran sacramento de la solidaridad de Dios mismo. Es Dios el que nos salva en la vida-muerte de Jesús.”

  • Comentario por galetel 17.03.10 | 16:04

    En su vida y muerte, Jesús “arrastra” al mismo Dios –cumpliendo la propia voluntad de Él- a correr la suerte más extrema de la condición humana, haciéndole ínfimo y efímero como sus criaturas.
    Pero un tal anonadamiento de Dios implica necesariamente una restauración, una reparación de su divinidad. Esta es la NECESIDAD por antonomasia, la más fuerte necesidad, el origen de toda necesidad.
    Y como la suerte de Dios ha sido unida por Jesús a la suerte de los hombres –en virtud de su completa solidaridad con ellos- éstos se verán ahora “arrastrados” por la restauración divina: la resurrección de Jesucristo es la primicia de la resurrección general de todos los hombres y de la Nueva Creación, en reconciliación y solidaridad íntima y eterna con Dios. Por Jesucristo, con él y en él.

  • Comentario por galetel 17.03.10 | 15:19

    Totalmente de acuerdo con Arregi. Destaco las frases que me parecen más importantes:

    “«La solidaridad salvadora de Dios»: ahí reside el núcleo de la cuestión (...)
    miramos a la vida y a la cruz de Jesús, y en ellas sentimos presente y activa la solidaridad misma de Dios. La vida y la muerte solidarias de Jesús son salvadoras porque son el gran sacramento de la solidaridad de Dios mismo. Es Dios el que nos salva en la vida-muerte de Jesús.”

    Sin esto, todo habría sido inútil. Con esto, todo cobra sentido.

  • Comentario por Puente de plata 17.03.10 | 15:18

    Jesús sabía exactamente lo que estaba diciendo cuando nos llamó a “tomar
    nuestra cruz y seguirlo.” Él recordaba su propia cruz y que otro tuvo que
    llevarla en lugar de él. ¿Por qué entonces él me pediría que yo le ponga
    el hombro a una cruz que pronto me aplastaría en el suelo? Él conoce la
    agonía, la impotencia, y la carga que la cruz produce. Él sabe que no podemos
    llevarla todo el camino en nuestras propias fuerzas.

  • Comentario por Puente de plata 17.03.10 | 15:17

    Eso es lo que la Biblia quiere decirnos
    cuando dice que su poder se perfecciona en nuestras debilidades.

  • Comentario por Puente de plata 17.03.10 | 15:16

    Dios sabe que no hay ninguno de sus hijos que pueda llevar su cruz cuando la
    tomamos al seguir a Cristo. Queremos ser buenos discípulos negándonos a
    nosotros mismos y tomando nuestra cruz, pero parece que nos olvidamos que esa
    misma cruz nos llevará algún día al final de nuestra resistencia humana.
    ¿Nos pediría Jesús a propósito que tomemos una cruz la cual él sabe que
    nos quitará todas nuestras energías humanas y nos dejará en el suelo,
    impotentes, hasta el punto de rendirnos? ¡Sí, absolutamente! Jesús nos
    advierte de antemano, “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5).
    Así que él nos pide que tomemos nuestra cruz, que breguemos con ella, hasta
    que aprendamos esa lección. Recién cuando nuestra cruz nos derriba al suelo,
    es que aprendemos la lección de que no es por nuestra fuerza ni por nuestro
    poder o fortaleza, sino por su poder. Eso es lo que la Biblia quiere decirnos
    cuando dice que su poder se perfeccio...

  • Comentario por Puente de Plata 17.03.10 | 15:13

    La Palabra de Dios dice: "Pero al que obra, no se le cuenta el sario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquél que justifica al impío,su fe le es contada por justicia." (Romanos 4:4-5).

    Recibimos la gracia a través de la cruz de Cristo cuando miramos a ella con completa fe. Cuando creemos en Cristo, nacemos de nuevo, venimos a ser parte de la familia de Dios así como en nuestro nacimiento físico entramos a ser parte de la familia nuestra. El nuevo nacimiento lo alcanzamos por fe para que sea por gracia, o sea en la curz de Cristo.

  • Comentario por Puente de Plata 17.03.10 | 15:05

    Usted tendrá que llevar su cruz hasta que aprenda a negarse. ¿Negarse qué?
    La única cosa que impide el trabajo de Dios en nuestras vidas – nuestro yo.
    Jesús dijo, “Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, y
    tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24). Estaríamos malinterpretando este
    mensaje si ponemos énfasis en que esto significa rechazar las cosas materiales
    o ilícitas. Jesús no nos estaba llamando a que aprendamos a tener disciplina
    antes de que tomemos nuestra cruz. Es mucho más severo que eso. Jesús nos
    está pidiendo que nos neguemos a nosotros mismos. Esto significa negar nuestra
    propia habilidad de llevar cualquier cruz en nuestras propias fuerzas. En otras
    palabras, “No tomes tu cruz hasta que estés listo a rechazar cualquier y
    cada pensamiento de llegar a ser un discípulo santo como resultado de tu
    propio esfuerzo.”

  • Comentario por acamus 17.03.10 | 14:40

    Tiene razón “Puente de plata”: La única forma posible de establecer una relación con Dios creo que es basándola en la humildad. Es decir, no ensalzarse, no dibujar en la mente fantasías sobre uno mismo. Conocer nuestra incapacidad para ganarnos Su Gracia. Sólo así es posible conocerse a uno mismo y, por ende, al conocerse uno (tanto como sea posible), tratar de conocerle a Él.

  • Comentario por Puente de plata 17.03.10 | 14:25

    Yo creo que Jesús actualmente nos está diciendo, “Antes de que tomes tu
    cruz, alístate para enfrentar un momento de realidad. Alístate para
    experimentar una crisis mediante la cual tú aprenderás a negar tu propia
    voluntad, tu propia rectitud, tu propia suficiencia, tu propia autoridad. Te
    puedes levantar y seguirme como un verdadero discípulo sólo cuando puedas
    admitir libremente que no puedes hacer nada en tus propias fuerzas – no
    puedes vencer al pecado a través de tu voluntad propia – tus tentaciones no
    pueden ser vencidas sólo por tus propios esfuerzos – tú no puedes
    solucionar las cosas con tu propio intelecto.

  • Comentario por Carmen Berton 17.03.10 | 12:41

    Excelente! nuevamente un bálsamo para la mente y el alma,sinceramente Xabier algo que a mi me llega mucho mas que todos los "Via crucis" ya que cada uno tenemos el nuestro,coincido con el comentario anterior en que :La Comisión Teológica, con todas las bendiciones romanas, se enreda a menudo en una cristología ahistórica y el resultado es "muy pobre".
    Quizas no tenga los conocimientos profundos para analizar en detalle cada cosa pero si se cuando mi alma se alegra y se siente en paz ante la lectura,cuando esta me ayuda a perseverar en la fe y la esperanza.Un cordial saludo.

  • Comentario por José Ignacio Calleja 17.03.10 | 11:18

    Me "ruboriza" ver ni nombre al inicio. Me interesa la gente y el momento en que te pueden aportar algo "valioso". No busco estar o no de acuerdo, en todo y siempre, sino que te aporten algo significativo para renovarte como persona y renovar la fe pensada. De hecho, ante el hermosos post de hoy, yo soy más optimista, por realista, sobre la "suerte" final del ser humano y la implicación de Dios en ella. Por "realista", subrayo. La condición humana levanta un palmo en la comunidad de vida de todo lo creado: un palmo extraordinario, pero un palmo. Pienso. Lo que sí dejo claro es algo de lo que ayer decía. Cualquier teólogo que se precie dirá que un texto de la Comisión Teológica Internacional, como el que ayer citaba, es incuestionablemente superior, "como teología", a estos post de un blog más o menos exitoso. Y digo que no. A veces, sí, a veces, no. La Comisión Teológica, con todas las bendiciones romanas, se enreda a menudo en una cristología ahistórica y el resultado es "muy pobre".

  • Comentario por Sócrates 17.03.10 | 10:54

    ...Duerme en PAZ. Entorna los ojos confiado.

    ***

    La versión de la Pasión según San Mateo de Juan Sebastián Bach, de la Orquesta de cámara de Stuttgart, solitas y coros, bajo la Dirección de Karl Müchinegr es una estupenda y excelente versión.

    Os la recomiendo.

    Atentos saludos.

  • Comentario por Sócrates 17.03.10 | 10:40

    ...y todo se ha cumplido según Tu voluntad.
    Ya escrí ayer en mi comentario: " . Esta no es una muerte humillante para Dios. Nuestro Cristo, ha muerto VICTORIOSO Y ENALTECIDO: y ha podido decir," Todo se ha cumplido ". Para lo que nacido y venido al mundo, para Redimirlo de la muerte y del pecado.
    Y al final:
    SEPTIMA PALABRA, LA PALABRA FINAL LUCAS 23:46
    *PADRE EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU*

    CON ESTAS PALABRAS JESUS CITA EL SALMO 31:5, DONDE DICE: *EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU, TU ME HAS REDIMIDO OH YAHVEH DIOS DE VERDAD.*

    QUE ES LA TRADICIONAL PLEGARIA VESPERTINA DE LOS JUDIOS PIADOSOS, QUE AL MOMENTO DE MORIR PUEDEN UTILIZAR LAS MISMAS PALABRAS AL ENCOMENDAR SUS ALMAS AL PADRE.
    ***
    Y ahora, después de esta muerte victoriosa, ya podemos escuchar el Coral 78, final de la Pasión según San Mateo de Juan Sebastián Bach:
    Con lágrimas de dolor nos prosternamos. Escucha el adiós, lanzado de mi alma. Duerme e...

  • Comentario por Sócrates 17.03.10 | 10:25

    ......
    sálvame de las fauces del león;
    a éste pobre, de los cuernos del búfalo.

    Contaré tu fama a mis hermanos,
    en medio de la asamblea te alabaré.

    ***

    Escuchamos su cierto fuerte grito de angustia y abandono. Quedamos paralizados y no hacemos un esfuerzo para intentar comprender los inefables pensamientos de la mente de Jesús en esos difíciles y terminales momentos y lo que en su cerebro humano y divino se está produciendo.

    Y luego dice el Cristo: SEXTA PALABRA JUAN ( 19:30 ) *CONSUMADO ES*. Todo se ha cumplido.
    *TETELESTAI* ES UN TERMINO GRIEGO DE GRAN AMPLITUD * ES EL GRITO DEL VENCEDOR*, NO ES UN GRITO DE UNA VICTIMA DERROTADA, QUE HA CONCLUIDO LA OBRA ENCOMENDADA, SINO QUE HA CUMPLIDO TODOS LOS TIPOS DE PROFECIAS Y DE UNA VEZ, OFRECIDO EL SACRIFICIO DEFINITIVO POR EL PECADO DE TODA LA HUMANIDAD.
    CONSUMADO ES: DICIENDO:* PADRE HE CUMPLIDO TODO LO QUE TU DESEABAS, A LO QUE TU ME ENVIASTES*. Y todo s...

  • Comentario por Sócrates 17.03.10 | 10:12

    Escribe J.Arregi: " Jesús ha muerto lanzando un grito de angustia y de abandono total: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34; Mt 27,46) ". Yo nunca, lo he visto así. No es lo que parece a primera vista. Hay algo oculto detrás y mucho coraje y valor al morir.

    Es tan dificil pensar, que en su terrible y espantosa agonía, Jesús todavía tiene fuerzas humanas para cumplir y recitar en voz muy alta el Salmo 21 de David, lleno de FE y de esperanza en Dios, que comienza:

    " Dios mío, Dios mío,
    ¿por qué me has abandonado?
    a pesar de mis gritos,
    mi oración no te alcanza.
    Dios mío, de día te grito,
    y no respondes;
    de noche, y no me haces caso;
    aunque tú habitas en el santuario,
    esperanza de Israel.
    ............y acaba:

    " Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
    fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.
    líbrame a mí de la espada,
    y a mí única vida de la garra del mastín;

  • Comentario por laylah 17.03.10 | 10:01

    La imagen adjunta me parece horrible (¿Jesús sosteniendo al pecador que con un martillo y un clavo le crucifica con sus pecados? ¿O qué hace con el martillo y el clavo el "desmayado en vaqueros"?) y transmite un significado totalmente distinto al del artículo.

Domingo, 19 de febrero

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