El blog de X. Pikaza

(PP 3) Una teología de las cárceles. El Catecismo de la Iglesia católica

03.10.08 | 11:00. Archivado en Iglesia Instituciones, hombre, Merced-libertad, Pobreza, Violencia
  • enviar a un amigo
  • Imprimir contenido

Dentro de la serie de PP (Presencia o Pastoral Penitenciaria) quiero presentar hoy un capítulo teórico de base sobre la teología de las cárceles (de mi libro Dios Preso, Salamanca 2005). Ofreceré primero una visión general del tema. Me fijaré después en el número central dedicado a este "misterio del mal" en el Catecismo de la Iglesia Católica, poniendo de relieve los valores y las limitaciones de su planteamiento. El Catecismo dice lo que debe decirse desde un plano jurídico, pero deja abierto (no explorado) el campo del evangelio, que es el específicamente cristiano. El Catecismo es bueno en su formulación, el Derecho que expone es necesario, pero no logra "salvar" a los hombres. Sirve para mantenerles, pero lo que importa es salvar, cambiar el orden social, invertir las formas de vida social. De eso seguiré tratando en los días que siguen.

Introducción

La cárcel (latín carcer, de coerceo: refrenar) implica por esencia privación legaliza de libertad. Ella podría convertirse en un hotel de cinco estrellas, con espléndidos funcionarios, que atienden a los presos y les sirven, pero si los presos no tienen libertad para entrar y salir, amar y trabajar, si están detenidos, la cárcel sigue siendo una prisión (lugar que oprime o encierra).

El sistema carcelario puede incluir e incluye otras privaciones de tipo familiar (separación), afectivo (negación total o regulación de las relaciones íntimas), económico (pérdida del trabajo, incluso multa) y de honor (el encarcelado puede aparecer como un proscrito). Pero lo que define y cuantifica su función es la privación de libertad, contabilizada en años, meses, días. La administración judicial de la actualidad (que forma parte de la razón social del sistema) ya no quiere castigar físicamente a los "culpables” (como hacía antaño, con penas de muerte y torturas), sino privarles de libertad y tenerles aislados, vigilados, para que penen psicológicamente y se reforman o simplemente para que no dañen más. En ese contexto debe expresarse la presencia cristiana: allí donde la sociedad civil les priva de ella, los cristianos quieren ofrecer a los encarcelados una experiencia de libertad individual y social .

En ese contexto se sitúa nuestra reflexión sobre el valor y limitaciones de la ley en el contexto de la cárcel.

(1) La ley (de la que hablará el Catecismo de la Iglesia) es positiva, porque mantiene a los hombres sometido a un orden, impidiendo que se desate la violencia y se maten unos a otros, como vimos en el capítulo primero, al hablar del paso del sistema sacrificial y esclavista al carcelario.
(2) Pero la ley en sí misma es limitada, pues no logra salvar al hombre de la violencia, sino que le deja sometido al poder de otra violencia: ella "repara" a unas víctimas muy reales (que han sufrido en manos de los "delincuentes") creando otras víctimas (encarcelando a esos delincuentes).

(3) Jesús no ha venido a mejorar las cárceles por ley, como quiere el Catecismo de la Iglesia, sino a abolirlas, desde su mensaje y camino de Reino.
Situada dentro de esa dinámica de acción y reacción, la cárcel forma parte de la justicia de la ley (no de la gracia), en la línea del chivo expiatorio: para subsistir y defenderse, la sociedad necesita expulsar a los miembros que parecen peligrosos.

El derecho prioritario de las víctimas. Valores y límites del sistema carcelario

Junto al derecho de los encarcelados, ha de afirmarse el derecho de las víctimas a quienes algunos de esos encarcelados han matado o violado, robado o torturado. Pero el derecho de las víctimas no se repara con venganza, ni creando nuevas víctimas, sino abriendo un camino donde se vinculen ley y gracia.

(1) Los cristianos acepta en principio el orden judicial como expresión de legalidad intramundana, siempre que ella se mantenga en un nivel razonable de justicia (cf. Rom 13, 1-7). Por eso, no pueden actuar como "partisano", tomar por asalto la cárcel y liberar con violencia a los encarcelados, para crear así nuevas violencias, sino que ellos quieren ofrecer una experiencia superior de gracia y libertad que lleve a la superación del sistema carcelario y de sus causas.

(2) Mientras haya cárceles, el cristiano intenta mejorar la condición de los presos, tanto en los aspectos que parecen más exteriores (higiene, sanidad) como en los más profundos (derechos humanos, posibilidades educativas y afectivas etc), para que las prisiones sean lugares de humanización, no de castigo, de maduración no de envilecimiento, de iniciación a la libertad, más que de privación de ella, de encuentro humano más que de soledad...

(3) El cristiano sabe que el sistema penal/judicial resulta internamente insuficiente. El orden del sistema resulta incapaz de resolver el problema de la violencia, pues responde a la dureza con dureza, al mal con otros males. Ella se sitúa en un nivel de ley y juicio y sirve para contener unos males, no para curar al hombre y liberarle. Los quieren ofrecer a los encarcelados y al conjunto de la sociedad unos motivos de esperanza y unos signos de libertad que desbordan el sistema penitenciario. No van a las cárceles para que funcionen un poco mejor (finalidad que es muy buena), sino para proclamar dentro de ellas (más con gestos de presencia que con palabras de predicación) la libertad de Cristo, la novedad del reino de Dios que rompe todas las cadenas

Las cárceles, el misterio del mal

Ciertamente, los cristianos saben que el reino de Dios ha llegado ya (y no debería haber prisiones en el mundo), pero añaden que todavía no se expresa ni actúa externamente (el mundo sigue teniendo su racionalidad, que incluye la cárcel). Por eso, en un plano, respetan el sistema, aun sabiendo que no es signo de Dios. Sin duda, sufren cada vez que la sociedad encierra a un hombre. Pero sufren también (y antes que nada) con aquellos a quienes algunos encarcelados (ladrones, violadores, asesinos...) han agredido, violado, robado o matado.

Así quieren trazar un camino que se encuentre abierto a todos, introduciendo en el entorno de la cárcel un principio distinto de libertad y gracia no-violencia que supera (no niega) la estructura judicial, no para volver a un orden previo de violencia incontrolada, sino para ascender al plano de gracia y amor liberador donde sean ya innecesarios los medios de violencia coactiva .

Los cristianos saben que la mayoría de los encarcelados son víctimas más que culpables. Ciertamente, algunos (quizás muchos) son peligrosos y resulta necesario ofrecerles (¿imponerles?) un tipo de re-educación o confinamiento; pero deben ser tratados ante todo como seres necesitados

Ellos saben que el Dios creador (a quien podemos tomar como garante de un judicial) se ha revelado en Cristo como Dios de los presos, sufriendo en ellos con ellos, y añaden que los primeros que deben redimirse (convertirse) son los libres, no los encarcelados. No son los «pecadores» (presos, culpables) los que deben morir para que el sistema funcione, sino que los libres (entre ellos muchos cristianos) han de vivir de un modo distinto, para que todos puedan compartir la libertad.

Ellos saben finalmente que, por encima del intento de supremacía del sistema (del Estado), no se puede redimir a los presos si no se pone de relieve el valor de las víctimas, de todas las víctimas y, de un modo especial, el de aquellas a quienes los presos han podido ofender e incluso matar. Sólo una revolución o conversión total en la línea del evangelio puede hacer que superemos el sistema carcelario .

El tema de las cárceles nos sitúa ante el misterio de la vida humana. En contra de todo maniqueísmo simplista o de todo fundamentalismo ingenuo, que desconoce la complejidad de los males del mundo, la Iglesia ha de ponerse a la escucha de los hombres, dialogando con ellos y aceptando en su nivel todas las razones. Pero, desbordando el nivel de una racionalidad legal que se expresa a la cárcel, ella ofrece un tipo más alto de gratuidad comunitaria, abierta por el perdón y la reconciliación al Reino de los cielos, para bien de las víctimas (de todas). La iglesia sabe que no hay justicia (ni democracia) sin igualdad ante la ley. Pero ella sabe también que no hay justicia (ni democracia) si no se favorece a los pequeños, a los grupos amenazados, a los individuos hambrientos, exilados, marginados y, entre ellos, a los encarcelados, a todas las víctimas .

La paradoja de las cárceles

Estamos ante una situación extraña. Muchos grupos e individuos se encuentran desguarnecidos ante una ley que habla de libertad, pero no les ofrece los medios para asumirla; les introduce en la cultura del consumo, pero les impide disfrutarla... Nos hallamos en medio de una transformación radical: en sólo unos decenios han cambiado (y cambiarán) las formas de conducta que habían pervivido por milenios: gran parte de la población se hacina en ciudades millonarias; surgen nuevas formas de trabajo y posesión (disfrute económico); pero muchos viven sin verdadero entorno familiar (humano) y parecen "sentenciados" a la violencia y a la cárcel. Parece que queremos por encima de todo el orden del capitalismo y del sistema; hablamos de democracia y libertad, pero de hecho creamos cada vez más marginados y excluido que, por supuesto, nos parecen peligrosos. Por eso, para justificar nuestra política y vivir tranquilos, necesitamos más cárceles y las presentamos como una conquista de nuestra ley, de nuestra buena racionalidad.

Muchos piensan que hemos llegado al límite. Ante los grandes problemas de fondo, que crecen y crecen dentro del sistema, no tenemos más respuesta que las cárceles, que siguen en manos de los estados (aunque administrada ya en parte por el mismo sistema capitalista). Antes, cuando el estado o nación tenía unas funciones de tipo social (quería garantizar la libertad e igualdad de todos los ciudadanos) resultaba más fácil justificar sus cárceles. Pero ahora que sólo cumple una función más limitada, pues ha perdido su soporte religioso (y en gran parte su identidad militar, económica y cultural), ha perdido gran parte de sus justificaciones y las cárceles se están convirtiendo en un simple recurso a la fuerza. Parece que podemos estar cayendo en manos de un imperio puro y duro, que se dice heredero de los valores de la libertad ilustrada y cristiana, pero que no tiene más ley que su fuerza militar, su mentira ideológica y su pura prostitución económica, como hemos visto al final del capítulo anterior, al comentar el Apocalipsis.

En esta situación nos atrevemos a presentar una voz cristiana, recuperando también los valores de la buena Ilustración. Es evidente que no podemos aportar aquí una solución total, pero queremos y podemos abrir unos caminos, de manera que al recorrerlos podamos ver mejor los temas . Lo haremos en cuatro momentos. 1 Empezaremos presentando el Catecismo de la Iglesia, entendido como un buen compendio de la ley natural. 2. Presentamos después el contrapunto cristiano, desarrollado en términos cristológicos. 3. Ofrecemos una breve apertura teológica, que nos permita ir más allá del orden penitencial. 4. Concluimos con una reflexión de conjunto, destacando el valor de la libertad sobre la penitencia (Hoy sólo presentamos la primera de esas partes)

Una voz cristiana. Catecismo de la Iglesia y evangelio de Jesús.

Aceptamos pues la cárcel en un plano jurídico y social, pero, conforme a los textos básicos del Nuevo Testamento (Lc 4, 18-19 y Mt 25, 31-46), queremos superar ese nivel. En sentido cristiano, las cárceles no pueden entenderse como lugares y/o tiempos penitenciales, sino como espacios donde ha de ejercerse una pastoral de presencia liberadora, conforme a la palabra de Jesús: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9, 13; 12, 7, con cita de Os 6, 6). Ellas no son, por tanto, unos altares donde algunos "son sacrificados" para bien del conjunto social, sino espacios donde la Iglesia ha de mostrar su misericordia.

En este contexto he querido formular algunos rasgos de la Pastoral Penitenciaria o, mejor dicho, liberadora de la Iglesia , que no debe situarse en un nivel de ley (imponiendo penitencias por los pecados), sino de gracia, pues Jesús ha venido a dar la vida por los pecadores y los pobres (en este caso los encarcelados), ofreciéndoles, precisamente a ellos, una palabra de liberación y esperanza (sin condenar o excluir a nadie). La Iglesia no es representante de la justicia civil, sino expresión (encarnación) de la gracia del Reino y de su utopía de liberación para todos los hombres. Así lo indicaremos destacando algunas limitaciones del Catecismo de la Iglesia Católica (del año 1992), que es quizá el texto más significativo del magisterio sobre las cárceles.

El Catecismo tiene gran valor jurídico, pues recoge la tradición legal de la Iglesia latina, trasmisora del mejor derecho romano; pero apenas ha recogido la aportación del evangelio (en línea de gracia). Así puede servirnos mejor de contraste y punto de partida, para plantear luego el tema en clave cristiana.

1. La preservación del bien común de la sociedad exige colocar al agresor en estado de no poder causar perjuicio.
2. Por este motivo la enseñanza tradicional de la Iglesia ha reconocido el justo fundamento del derecho y deber de la legítima autoridad pública para aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito, sin excluir, en casos de extrema gravedad, el recurso a la pena de muerte
3. Por motivos análogos quienes poseen la autoridad tienen el derecho de rechazar por medio de las armas a los agresores de la sociedad que tienen a su cargo.

1. Las penas tienen como primer efecto el compensar el desorden introducido por la falta.
2. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable tiene un valor de expiación.
3. La pena tiene como efecto además preservar el orden público y la seguridad de las personas.
4. Finalmente, tiene también un valor medicinal, puesto que debe, en lo
posible, contribuir a la enmienda del culpable (cf. Lc 23, 40-43) .
((Catecismo de la Iglesia Católica 1992, núm 2266 (ed. castellana pág 498).

JUAN PABLO II, Evangelium vitae 1995, núm 56 reasume gran parte del texto del catecismo. Lo mismo hace, aunque con una mayor insistencia en el aspecto "humanizador" de la cárcel, su documento para el Jubileo del 2000:

«La prisión como castigo es tan antigua como la historia del hombre. En muchos países las cárceles están superpobladas. Hay algunas que disponen de ciertas comodidades, pero en otras las condiciones de vida son muy precarias, por no decir indignas del ser humano. Los datos que están a la vista de todos nos dicen que, en general, esta forma de castigo sólo en parte logra hacer frente al fenómeno de la delincuencia. Más aún, en algunos casos, los problemas que crea parecen ser mayores que los que intenta resolver. Esto exige un replanteamiento de cara a una cierta revisión: también desde este punto de vista el Jubileo es una ocasión que no se ha de desperdiciar. Según el designio de Dios, todos deben asumir su propio papel para colaborar a la construcción de una sociedad mejor. Evidentemente esto conlleva un gran esfuerzo incluso en lo que se refiere a la prevención del delito. Cuando, a pesar de todo, se comete el delito, la colaboración al bien común se traduce para cada uno, dentro de los límites de su competencia, en el compromiso de contribuir al establecimiento de procesos de redención y de crecimiento personal y comunitario fundados en la responsabilidad. Todo esto no debe considerarse como una utopía. Los que pueden deben esforzarse en dar forma jurídica a estos fines». Cf. JUAN PABLO II, «La prisión debe ser un lugar de redención y no de deseducación o vicio», Mensaje para el jubileo en las cárceles (año 2000), www.archivalencia.org/document/pontificio/juanpabloii/mensajes/2000jpiimensajejubileocarceles.ht.)))

Este precioso texto del Catecismo (retomado y profundizado por Juan Pablo II) se sitúa en un plano más jurídico que evangélico y así puede servir de contrapunto para una reflexión y práctica específicamente cristiana, que ponga de relieve el aspecto de gratuidad y liberación, y no de penitencia, de la pastoral penitenciaria.

1. Ley natural. El Catecismo parece fundar su doctrina en una determinada concepción de la ley natural (=razón social). Pues bien, conforme a todo lo que vengo diciendo en este libro, sin negar el valor de la ley, la Iglesia ha de ofrecer un testimonio de evangelio. La razón natural es buena y necesaria, como ha puesto de relieve la Ilustración, pero en las situaciones límite, y de un modo especial en el contexto de la cárcel, ella resulta insuficiente, no responde al cristianismo. Por eso, lo que dice el Catecismo, fundándose en principio de ley natural, es positivo en plano jurídico y quizá filosófico, pero no responde al don de Cristo, ni anuncia la gracia de la reconciliación universal, sino que sirve para sustentar el orden social establecido, (corriendo el riesgo de el evangelio y la misma vida de la Iglesia aparezcan como garantía de estabilidad para el orden política y social, mirado en línea de occidente). Este puede ser un punto de partida (un lugar de referencia), pero nunca el culmen de la pastoral cristiana .

2. La cita evangélica del final del pasaje (Lc 23, 40-4) está fuera de contexto. El Catecismo desvirtúa la gracia radical del mensaje de Jesús al condenado (¡hoy estarás conmigo en el paraíso!) y manipula su confesión (nosotros pagamos lo que es justo...) de un modo jurídico, como si esa confesión sirviera para sancionar sin más el orden de la ley romana. Es evidente que el "buen ladrón" se reconoce culpable, conforme a la ley del Imperio, pero Jesús o (o Lucas) no se sitúan a ese plano: no dicen si es culpable y si las leyes de ese imperio son justas o injustas. Ciertamente, Lucas (como Pablo en Rom 13) ha querido decir que el evangelio no va contra el Imperio, en un nivel de racionalidad política (a diferencia de cierto celotismo judío). Pero él sabe también que el orden del imperio ha sido culpable de la muerte de Jesús. Por eso resulta equívoco resaltar el valor medicinal del castigo de Roma al "bandido" (¿una pena de muerte puede ser medicinal?) y omitir la injusticia mayor de la justicia romana, que mata al mismo Hijo de Dios .

El Catecismo no debería haber utilizado este pasaje para probar el sentido sanador de los castigos y menos aún de una pena de muerte. A Lucas no le importa el valor terapéutico (muy dudoso) del ajusticiamiento del "bandido", sino el poder de la palabra de Jesús: «¡hoy estarás conmigo en el paraíso!». Sólo esa palabra salva, mientras que el orden social permanece en su pecado. Sobre la culpabilidad de judíos y romanos además de comentarios a Lc (cf. J. A. FITZMYER, Luke, Anchor Bible, New York 1981 ss; F. BOVON, Lucas, Sígueme, Salamanca 1995ss), pueden consultarse de un modo especial los comentarios a Hech 4, 23-31 donde Lucas ha presentado su visión teológica más honda, vinculando en un mismo pecado (matar a Jesús) a judíos y gentiles.

3. Pena de muerte. Avanzando en la línea anterior, el Catecismo justifica la pena de muerte en casos de extrema gravedad. Algunos juristas sostienen (a mi juicio, de un modo equivocado) la validez de la pena de muerte; pero lo que resulta fuera de sentido es que la defienda un Catecismo de la iglesia que, al hacerlo, deja de ser testimonio de la gracia de Dios y se vuelve defensor una discutida ley social. El evangelio es buena nueva de reconciliación y esperanza: es gracia y amor (perdón) abierto a los marginados, pecadores, enfermos y expulsados. Por eso afirma (y promete) un espacio de vida para todos los excluidos de la sociedad. En contra de eso, este Catecismo, situándose en un plano de dudosa justicia racional, justifica la pena de muerte para algunos encarcelados (aún sabiendo que ellos no pueden hacer daño) .

En este punto, el Catecismo se sitúa fuera del evangelio (incluso casi fuera en contra del evangelio). Recordemos que a Jesús le mataron justamente, conforme a la ley de este mundo: era un peligro público para judíos y romanos. Es extraño que una Iglesia que ha surgido de la muerte “legal” de un ajusticiado se atreva a justificar la pena de muerte, con razones de terrorismo de estado que los mayores juristas europeos ya no aceptan. «La pena de muerte resulta ya casi indefendible desde la perspectiva tradicional de los fines de la pena. Dado que no es aceptable la retribución por la retribución y que a través de la eliminación física del delincuente se imposibilita de raíz su eventual reeducación, no cabría más que asignar a la pena de muerte el fin de intimidar a la colectividad... De esta forma, quienes crean que debe recurrirse necesariamente a la pena de muerte en particular sólo podrán fundamentarlo en términos de seguridad o de intimidación de la colectividad. Sin embargo, el aspecto de seguridad, citado en primer lugar, pondría más bien de manifiesto la debilidad del Estado correspondiente: ¿no tiene éste otra forma de dominar al delincuente que no sea precisamente mediante su eliminación física? De hecho debería dar qué pensar la circunstancia de que la pena de muerte se dé de forma más habitual precisamente en aquellos países que adolecen de graves problemas de desigualdad e inestabilidad interna, por la existencia de regímenes totalitarios o profundas desigualdades sociales (como se reconoce ante todo en el hecho de que la pena de muerte afecta predominantemente a los miembros de los estratos sociales inferiores). Así, cuando a falta de condiciones esenciales de vida "a la medida del ser humano", se condena a muerte por puras razones de seguridad ¿no se está poniendo de manifiesto, de una forma especialmente cruda, que el ser humano es instrumentalizado para un fin ajeno a sí mismo? Esta degradación a puro objeto resulta aún más evidente si se utiliza la pena de muerte con fines intimidatorios. Al margen de que es una forma de debilitar, antes que de fortalecer, el respeto por la vida, ya que ésta resulta instrumentalizada al servicio de la prevención, todavía hay un aspecto de mayor peso argumentativo: con la pena de muerte se hace frente en buena medida al "terror" del delincuente con el "contraterror" del Estado. Cuando el Estado sólo cree posible lograr la intimidación entregando a la muerte a un ser, a la postre totalmente indefenso frente a aquél, tanto si la ejecución es brutal como si se transforma en un "contraterror ritualizado" mediante la formalización y una aparente humanización, se manifiesta una vez más la debilidad - y no la fortaleza - del Estado. La prepotencia exterior demostrada frente al individuo condenado a muerte, a través de todo el aparato de ejecución técnico y personal, apenas puede ocultar la impotencia interior frente a la colectividad». A. ESER, (Instituto M. Plank de Freiburg), «Una justicia penal a la medida del ser humano», en http://www.poder- judicial.go.cr/salatercera/revista/REVISTA%2015/eser15.htm.

4. El bien común. El Catecismo parece dirigirse a una sociedad justa, que acepta (defiende) el bien común, de tal forma que ella (esa sociedad, dirigida por sus representantes legales) puede rechazar con armas a los agresores (= en guerra legal) y sancionar igualmente con justicia a los delincuentes. Su doctrina es posiblemente valiosa y conforme a derecho, en un plano social, dentro de la estructura de violencia de este mundo, pero ella no forma parte del evangelio. Para justificar comportamientos legales bastaría el derecho (en este caso el romano). El Catecismo se ha situado así en un plano que no es cristiano y lo ha hecho, además, de una manera equivocada, pues, supone, sin crítica alguna, que la razón está siempre de parte del «todo social» del Estado, identificando el bien común de una mayoría (que puede ser injusta) con la justicia verdadera. Este es el argumento que suelen emplear aquellos que se creen capacitados para descargar su violencia "justa" sobre el pretendido culpable (convertido en chivo emisario), sintiéndose ellos justos. Este es el argumento de los que mataron a Jesús (¡conviene que un hombre muere y que no que peligre todo el pueblo...!). Por otra parte, en las circunstancias actuales (con armas atómicas capaces de destruir toda la humanidad, bajo un imperio casi único) carece de sentido defender la guerra justa, utilizando argumentos que pudieron valer antaño, pero hoy carecen de sentido. En relación con las cárceles, este catecismo responde mejor al derecho romano que a la Iglesia de Jesús .

Esta visión del Catecismo está lejos de la palabra creadora y gratificante de Jesús que pide perdón universal y renuncia a la violencia (Sermón de la Montaña). El Catecismo no ha logrado asumir, ni ha integrado en su visión de la cárcel, la novedad mesiánica del Cristo, como si el evangelio no hubiera superado la lógica del talión, como si Jesús no hubiera instaurado con su pascua un camino nuevo de no-violencia creadora. He desarrollado este argumento de la «no-violencia cristiana» en Antropología bíblica. Del árbol del Juicio al sepulcro de Pascua, Sígueme, Salamanca 2006

E

l Catecismo se sitúa, en un plano de Talión y así supone que el principio y ley de la venganza sigue estando vigente para los cristianos (en cuanto ciudadanos de este mundo), al afirmar que los representantes de la sociedad pueden (deben) imponer unas penas proporcionadas a la gravedad del delito y al añadir que esas penas sirven para compensar el desorden introducido por la falta. Este lenguaje puede ser valioso en plano de racionalidad social (¡cosa que dudo!), pero no es evangélico ni salvador. Ciertamente, los cristianos podemos (¡y debemos!) dejar que la sociedad civil despliegue su justicia, pero sin darle lecciones ni decir lo que debe hacer desde el evangelio. El Catecismo mezcla los dos planos (razón y gratuidad, ley y evangelio), sintiéndose capaz de dar lecciones a los códigos penales (justificando así el talión). En esa línea llega a ser más duro que gran parte de los códigos civiles de occidente, que han suprimido la pena de muerte. Ciertamente, en otros momentos la ley de la Iglesia (trasmisora del derecho romano) pudo presentarse como norma de suplencia, en el plano civil. Hoy no puede ni debe ejercer esa función: no está para garantizar (sancionar, sacralizar) el viejo orden social, sino para anunciar la gracia de Dios. Sólo así, renunciando a toda cota de poder social, la Iglesia puede ser de verdad liberadora .

Jesús no dijo a los hombres y mujeres que sufrieran con paciencia los dolores y el engaño de la vida. No les habló de penitencia justa por sus culpas sino de gracia de Dios, de perdón universal y reino abierto (gratuito) para todos. Pues bien, el Catecismo se sitúa en otro plano, como si tuviera miedo de proclamar el evangelio en la cárcel, como si allí no se pudiera anunciar y vivir ya desde ahora una experiencia de la salvación, como si a los pretendidos "bandidos" o culpables tuvieran que seguir estando bajo la ley antigua de la espada. Por otra parte, el Catecismo parece suponer que la autoridad tiene siempre razón y que los condenados (a privación de libertad o a muerte) son culpables (al menos en general). Ciertamente, Jesús no afirma que los "pecadores" son buenos y "la buena sociedad" es perversa, pero tampoco dice lo contrario. No ha venido a proclamar la salvación de Dios a los enfermos, publicanos, prostitutas, pobres, marginados... porque son buenos o mejores que los otros, sino porque están necesitados y porque el Padre Dios les ofrece su gracia. Ciertamente, Jesús no afirma que los poderosos y jueces son malos (a pesar de Lc 1, 51-53; 6, 20-26), pero tampoco ha venido a sostener que ellos son buenos y que por eso deben castigar a los culpables. Por otra parte, el evangelio sabe que a Jesús le han condenado los representantes del bien común, conforme a una sentencia que siendo “justa” (plano de racionalidad social) ha sido el máximo pecado de la historia. Por eso, resulta al menos extraño que ahora el Catecismo de la Iglesia parezca suponer que la autoridad tiene siempre razón al condenar a los "culpables".


Los comentarios para este post están cerrados.

Comentarios

Aún no hay Comentarios para este post...

    Miércoles, 23 de abril

    BUSCAR

    Editado por

    Síguenos

    Hemeroteca

    Abril 2014
    LMXJVSD
    <<  <   >  >>
     123456
    78910111213
    14151617181920
    21222324252627
    282930    

    Sindicación