El blog de X. Pikaza

Trilogía de Pedro 3. Las tres llaves de la Iglesia según San Mateo

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Conforme a la palabra más solemne de Mt 16, 19, Jesús ha dado a Pedro las llaves del Reino de los cielos. Pero después, otro pasaje del mismo concede a cada comunidad cristiana «las mismas llaves»: «todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo» (Mt 18, 18). El mismo Mateo habla además de unas «llaves perversas», propias de los fariseos. Desde ese fondo podemos mirar de conjunto el tema de las llaves y la función de la autoridad de la iglesia en Mateo , integrando así a Pedro dentro de la comunidad, que debe superar siempre el riesgo "fariseo" del poder sacral.

(1) Las llaves de los escribas y fariseos (Mt 23, 13).

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres. Pues vosotros no entráis, ni dejáis entrar a los que están entrando.

Ellos no han de entenderse aquí como representantes de una autoridad ajena a la iglesia (en la línea del judaísmo rabínico posterior), sino como cristianos de línea farisea, cuya existencia e influjo ha destacado Hechos (cf. Hech. 15, 5). Mateo no critica por tanto a unos «judíos de fuera», sino a unos escribas y fariseos de la iglesia, que han querido tomar el poder de las llaves, para utilizarlas de un modo legalista, cerrando el Reino de Dios a los otros (es decir, a los que no cumplen sus normas, a los pobres de Jesús, a los impuros). Al actuar así, esos cristiano-fariseos no entran en el Reino (pues no aceptan la apertura de Jesús a los pobres), ni dejan entrar a los demás (pues les cierran el camino de la iglesia, que es portadora de ese Reino). A veces se ha dicho que, en ciertos momentos, las llaves de los papas han sido llaves fariseas más que petrinas, han servido para cerrar más que para abrir.

(2) Las llaves de Pedro (Mt 16, 17-19).

Pero yo te digo que tú eres Pedro; y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
A ti te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra habrá sido atado en el cielo, y lo que desates en la tierra habrá sido desatado en los cielos.

Éstas son las llaves con la que Pedro ha abierto el camino del Reino de Jesús para los gentiles, acogiendo el mensaje de Pablo y vinculándolo al de los judeo-cristianos. Esta llaves han servido para abrir el reino a los pobres. Pedro las utilizó una vez y para siempre, en el momento clave de la iglesia, como clavero supremo, abriendo con ellas (con la autoridad de Dios) el mismo Reino de Dios para los pobres y expulsados de la ley judía, de manera que nosotros seguimos asentados sobre la roca de su fe, esto es, sobre su interpretación liberadora del evangelio. Estas llaves de Pedro han sido esenciales para el despliegue de la Iglesia universal de Cristo, frente al riesgo de un cristianismo cerrado en la pura ley judía

(3) Las llaves de cada comunidad (18, 15-20).

En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra habrá sido atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra habrá sido desatado en el cielo.
También os digo que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidan, les será hecha por mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Este pasaje omite la primera función de Pedro (ser "roca"), quizá suponiendo que ella no puede repetirse, y atribuye la segunda, vinculada a las llaves de Dios (atar y desatar, cerrar y abrir), a cada comunidad, que aparece así como presencia de Cristo (verdadera Piedra eclesial, auténtico Papa). De una forma que resulta lógica en la línea del judaísmo y cristianismo antiguo, pero que va en contra de una visión jerárquica posterior de la iglesia, el Jesús de Mateo no atribuye las llaves de Dios (atar–desatar) a un obispo o patriarca (ni siquiera a un papa individual o a un “concilio” de obispos), sino a cada una de las comunidades cristianas (donde estén dos o tres reunidos en mi nombre...). Lo que hizo Pedro en su tiempo, de una vez por siempre, para el conjunto de la Iglesia (entendida de modo universal), pueden y deben hacerlo después los creyentes reunidos de cada iglesia particular, que así aparecen como herederos de su función constituyente o magisterial (que en el fondo es la misma) .

(4). Ampliación. No llaméis a nadie Padre (23, 6-10).

"Los escribas y los fariseos… buscan los primeros asientos en los banquetes y las primeras sillas en las sinagogas, las salutaciones en las plazas y el ser llamados por los hombres: Rabí, Rabí. "Pero vosotros, no seáis llamados Rabí; porque uno solo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie vuestro Padre en la tierra, porque vuestro Padre que está en los cielos es uno solo. Ni os llaméis Guía, porque vuestro Guía es uno solo, el Cristo.

Cada una de las comunidades, formadas por hermanos-iguales (sin diferencia de varones y mujeres), ha recibido «las llaves de Pedro», esto es, su capacidad de discernimiento al servicio del Reino de Dios. Posiblemente había en ellas profetas, sabios y escribas (cf. Mt 23, 34); incluso podría haber ministros eclesiales en la línea de los obispos y presbíteros posteriores; pero el texto no habla de ellos, ni les concede autonomía, pues la autoridad de la iglesia se identifica con el discernimiento y diálogo fraterno de la comunidad. Desde este fondo puede entenderse la crítica de Mt 23, 1-12 contra aquellos que buscan las «prôtokathedrias» o primeras cátedras (de honor y enseñanza) en las iglesias, pues todos los creyentes son hermanos y ninguno debe elevarse como padre, maestro o director sobre los otros. Más aún, en esa misma línea deben entenderse las afirmaciones programáticas donde (siguiendo en la línea de Mc 9, 35-38; 10, 13-13. 35-45) Mateo ha puesto de relieve la autoridad de los pobres y pequeños, que aparecen así como verdaderos «papas de la iglesia». «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Jesús, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo: si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 1-3).


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