El blog de X. Pikaza

La Trinidad de Toledo XI (675-676). El mayor monumento teológico de Hispania

18.05.08 | 08:32. Archivado en Iglesia Instituciones, Dios, Teólogos, Teología
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Toledo es mucho Toledo y fue durante tres siglos (del 400: concilio I, al 676: Concilio XI) el lugar de referencia básico de la teología de occidente. Hoy, Día de la Trinidad, quiero citar la profesión de fe del Concilio de Toledo XI, celebrado el 675 ó 676, que ofrece una síntesis notable de la teología trinitaria y pone de relieve la comunión y la distinción de personas divinas. Constituye la elaboración sistemática más importante del magisterio en el campo la doctrina trinitaria, desde una perspectiva occidental. Quien esté tranquilo en su teología quede aquí, no siga, y rece, si le parece, el Credo de los Apóstoles o, simplemente, un Gloria. Quien quiera adentrarse en la belleza inmensa de la dogmática trinitaria no sólo del siglo VII sino del siglo XXI, con los nuevos problemas (que son en parte los antiguos) siga leyendo. Buen domingo de la Trinidad. Verá como la historia se repite (en formas nuevos) y el Toledo de entonces sigue siendo el nuestro… y muchos creen que seguimos ante el mismo riesgo anti-arriano… Pero dejo la introducción, pase quien quiera.

Observaciones básicas al texto de Toledo XI, desde el Toledo del siglo XXI

1. Fue la última palabra. Este credo puede tomarse como última palabra de un desarrollo teológico anti-arriano (los arrianos habían llegada a España con los visigidos) y anti-gnóstico (en la línea de oposición a un tipo de priscilianismo que se había extendido por la península ibérica). Este Credo (que algunos atribuyeron a Eusebio de Vercelli: Pl 12, 959968) ha sido fundamental para la teología trinitaria de la iglesia romana, en un momento en que la iglesia hispana (que caería pronto en manos del Islam) era la más significativa de occidente. Pero después de la última palabra... tiene que venir siempre otra.

2. Fue un credo-antiarriano que separa la inmanencia de Dios de su economía. Habla de Dios antes de hablar de Cristo…Como todos los credos latinos, toma como punto de partida la inmanencia trinitaria: Dios es Trinidad y dentro de la Trinidad se incluyen Padre, Hijo y Espíritu Santo. La encarnación pertenece a un momento posterior del misterio. Con eso se corre el riesgo de dejar a Cristo para un segundo momento (como algunos toledanos actuales corren el riesgo de hacer). En esa línea sitúan algunos la temática Sobrino-Pagola con la respuestas de la nueva “escuela toledana” del siglo XXI. Pero el tema del llamado arrianismo sigue sin resolver, pues parte de la iglesia más establecida sigue siendo monofisita, como decía Rahner

3. Fue un credo que se separa de Oriente (del Niceno-constantinopolitano) con la inclusión del Filioque. De esa manera acentúa la divinidad suprahistórica del Hijo y corre el riesgo (según los orientales) de hacer que el Espíritu Santo quede subordinado al Hijo (y de hecho a la Iglesia). Pero éste es un tema que sigue abierto en la teología (como mostró Juan Pablo II). La iglesia hispana del siglo VII estaba unida a Roma… pero tenía una independencia casi total en plano de organización y doctrina. Los obispos de Roma aprendían de los de Hispania… y no al revés ¿pasa ahora algo de eso? El tema trinitario sigue abierto al diálogo. Toledo XI no cierra, tiene que abrir.

4. Es un credo teológico perfecto… Parecía que lo resolvía todo. Pero a los cuarenta años de su formulación (el 716 d. C.) los musulmanes habían invadido casi todo Hispania…. y los cristianos hispanos fueron incapaces de responder de una forma creadora. ¿Puede suceder hoy algo parecido? ¿Podríamos tener algo parecido el año 2048? Podrá la Iglesia hispana ofrecer unos credos que sean capaces de abrir la Iglesia al diálogo creador… Lo perfecto suele nacer tarde... Lo malo de Toledo XI era que ofrecía un esquema lógico quizá demasiado perfecto. La solución es la vuelta al Jesús real.

Texto

Pero dejo las preguntas… ofrezco el texto. Quien quiera saber más puede acudir a mi Enquiridion Trinitaris, Secretariado Trinitario, Salamanca 2005. C. también. Z. GARCÍA VILLADA, Historia Ecl. de España I-III, Madrid 1929 ss, tomo II.1, págs. 107-129; T. GONZÁLEZ, «Los Concilios de Toledo», Historia Ecl. de España I (1929) 536-563; J. F. RIVERA, «Los concilios de Toledo», en: FLICHE-MARTIN, Historia de la Iglesia, Edicep, Valencia 1975, V, 709-717; J. ORLANDIS, La Iglesia en la España visigótica y medieval, Eunsa, Pamplona 1976.

1. (Punto de partida). Confesamos y creemos que la santa e inefable Trinidad, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, es naturalmente un solo Dios de una sola sustancia, de una naturaleza, de una sola también majestad y virtud.

(2) (Padre).Y confesamos que el Padre no es engendrado ni creado, sino ingénito. Porque Él de ninguno trae su origen, y de Él recibió su nacimiento el Hijo y el Espíritu Santo su procesión. Él es pues la fuente y origen de la divinidad entera. Él es también Padre de su esencia, que de su inefable sustancia engendró inefablemente al Hijo (Él mismo, el Padre, es decir, su inefable sustancia, engendró inefablemente de su sustancia al Hijo] y, sin embargo, no engendró otra cosa que lo que Él es: Dios a Dios, luz a la luz; de Él, pues, se deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra [Ef. 3, 15].

(3) (Hijo). Confesamos también que el Hijo nació de la sustancia del Padre, sin principio antes de los siglos, y que, sin embargo, no fue hecho; porque ni el Padre existió jamás sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre. Y, sin embargo, no como el Hijo del Padre, así el Padre del Hijo, porque no recibió la generación el Padre del Hijo, sino el Hijo del Padre. El Hijo, pues, es Dios procedente del Padre; el Padre, es Dios, pero no procedente del Hijo; es ciertamente Padre del Hijo, pero no Dios que venga del Hijo; Este, en cambio, es Hijo del Padre y Dios que procede del Padre. Pero el Hijo es en todo igual a Dios Padre, porque ni empezó alguna vez a nacer ni tampoco cesó. Nosotros creemos que el Hijo tiene una sola sustancia con el Padre, por lo que se le llama homousios al Padre, es decir, de la misma sustancia que el Padre, pues homo en griego significa uno solo y ousia sustancia, y unidos los dos términos suena “una sola sustancia”. Porque ha de creerse que el mismo Hijo fue engendrado o nació no de la nada ni de ninguna otra sustancia, sino del seno del Padre, es decir, de su sustancia.

(4) (Padre e Hijo, una naturaleza). Sempiterno, pues, es el Padre, sempiterno también el Hijo. Y si siempre fue Padre, siempre tuvo Hijo, de quien fuera Padre; y por esto confesamos que el Hijo nació del Padre sin principio. Y no, porque el mismo Hijo de Dios haya sido engendrado del Padre, lo llamamos una porcioncilla de una naturaleza seccionada; sino que afirmamos que el Padre perfecto engendró un Hijo perfecto sin disminución y sin corte, porque sólo a la divinidad pertenece no tener un Hijo desigual. Además, este Hijo de Dios es Hijo por naturaleza y no por adopción, a quien hay que creer que Dios Padre no lo engendró ni por voluntad ni por necesidad; porque ni en Dios cabe necesidad alguna, ni la voluntad previene a la sabiduría.

(5) (Espíritu Santo). También creemos que el Espíritu Santo, que es la tercera persona en la Trinidad, es un solo Dios e igual con Dios Padre e Hijo; no, sin embargo, engendrado y creado, sino que procediendo de uno y otro, es el Espíritu de ambos. Además, este Espíritu Santo no creemos sea ingénito ni engendrado; no sea que si le decimos ingénito, hablemos de dos Padres; y si engendrado, mostremos predicar a dos Hijos; sin embargo, no se dice que sea sólo del Padre o sólo del Hijo, sino Espíritu juntamente del Padre y del Hijo. Porque no procede del Padre al Hijo, o del Hijo procede a la santificación de la criatura, sino que se muestra proceder a la vez del uno y del otro; pues se reconoce ser la caridad o santidad de entrambos. Así, pues, este Espíritu se cree que fue enviado por uno y otro, como el Hijo por el Padre; pero no es tenido por menor que el Padre o el Hijo, como el Hijo por razón de la carne asumida atestigua ser menor que el Padre y el Espíritu Santo.

(6) (Trinidad). Esta es la explicación relacionada de la Santa Trinidad, la cual no debe ni decirse ni creerse triple, sino Trinidad. Tampoco puede decirse rectamente que en un solo Dios se da la Trinidad, sino que un solo Dios es Trinidad. Mas en los nombres de relación de las personas, el Padre se refiere al Hijo, el Hijo al Padre, el Espíritu Santo a uno y a otro; y diciéndose por relación tres personas, se cree, sin embargo, una sola naturaleza o sustancia. Ni como predicamos tres personas, así predicamos tres sustancias, sino una sola sustancia y tres personas. Porque lo que el Padre es, no lo es con relación a sí, sino al Hijo; y lo que el Hijo es, no lo es con relación a Sí, sino al Padre; y de modo semejante, el Espíritu Santo no a Sí mismo, sino al Padre y al Hijo se refiere en su relación: en que se predica Espíritu del Padre y del Hijo. Igualmente, cuando decimos “Dios”, no se dice con relación a algo, como el Padre al Hijo o el Hijo al Padre o el Espíritu Santo al Padre y al Hijo, sino que se dice Dios con relación a sí mismo especialmente.

(7) (Cada persona es Dios. No hay número en la Trinidad). Porque si de cada una de las personas somos interrogados, forzoso es la confesemos Dios. Así, pues, singularmente se dice Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios. Igualmente, el Padre se dice omnipotente y el Hijo omnipotente y el Espíritu Santo omnipotente; y, sin embargo, no se predica a tres omnipotentes, sino a un solo omnipotente, como también a una sola luz y a un solo principio. Singularmente, pues, cada persona es confesada y creída plenamente Dios, y las tres personas un solo Dios. Su divinidad única o indivisa e igual, su majestad o su poder, ni se disminuye en cada uno, ni se aumenta en los tres; porque ni tiene nada de menos cuando singularmente cada persona se dice Dios, ni de más cuando las tres personas se enuncian un solo Dios. Así, pues, esta santa Trinidad, que es un solo y verdadero Dios, ni se aparta del número ni cabe en el número. Porque el número se ve en la relación de las personas; pero en la sustancia de la divinidad, no se comprende qué se haya numerado. Luego sólo indican número en cuanto están relacionadas entre sí; y carecen de número, en cuanto son para sí. Porque de tal suerte a esta santa Trinidad le conviene un solo nombre natural, que en tres personas no puede haber plural. Por esto, pues, creemos que se dijo en las Sagradas Letras: Grande el Señor Dios nuestro y grande su virtud, y su sabiduría no tiene número [Sal 146, 5].

(8) (Unidad de naturaleza, distinción de personas). Y no porque hayamos dicho que estas tres personas son un solo Dios, podemos decir que el Padre es el mismo que es Hijo, o que el Hijo es el mismo que el Padre, o que el Padre o el Hijo es el que es Espíritu Santo. Porque no es el mismo el Padre que el Hijo, ni es el mismo el Hijo que el Padre, ni el Espíritu Santo es el mismo que el Padre o el Hijo, no obstante que el Padre sea lo mismo que el Hijo, lo mismo el Hijo que el Padre, lo mismo el Padre y el Hijo que el Espíritu Santo, es decir: un solo Dios por naturaleza. Porque cuando decimos que no es el mismo Padre que es Hijo, nos referimos a la distinción de personas. En cambio, cuando decimos que el Padre es lo mismo que el Hijo, el Hijo lo mismo que el Padre, lo mismo el Espíritu Santo que el Padre y el Hijo, se muestra que pertenece a la naturaleza o sustancia por la que es Dios, pues por sustancia son una sola cosa; porque distinguimos las personas, no separamos la divinidad. Reconocemos, pues, a la Trinidad en la distinción de personas; profesamos la unidad por razón de la naturaleza o sustancia. Luego estas tres cosas son una sola cosa, por naturaleza, claro está, no por persona. Y, sin embargo, no ha de pensarse que estas tres personas son separables, pues no hade creerse que existió u obró nada jamás una antes que otra, una después que otra, una sin la otra. Porque se halla que son inseparables tanto en lo que son como en lo que hacen; porque entre el Padre que engendra y el Hijo que es engendrado y el Espíritu Santo que procede, no creemos que se diera intervalo alguno de tiempo, por el que el engendrador precediera jamás al engendrado, o el engendrado faltara al engendrador, o el Espíritu que procede apareciera posterior al Padre o al Hijo. Por esto, pues, esta Trinidad es predicada y creída por nosotros como inseparable e inconfusa. Consiguientemente, estas tres personas son afirmadas, como lo definen nuestros mayores, para que sean reconocidas, no para que sean separadas. Porque si atendemos a lo que la Escritura Santa dice de la Sabiduría: Es el resplandor de la luz eterna [Sab 7, 26]; como vemos que el resplandor está inseparablemente unido a la luz, así confesamos que el Hijo no puede separarse del Padre. Consiguientemente, como no confundimos aquellas tres personas de una sola e inseparable naturaleza, así tampoco las predicamos en manera alguna separables.

(9) (Propiedades de cada persona)Porque, a la verdad, la Trinidad misma se ha dignado mostrarnos esto de modo tan evidente, que aun en los nombres por los que quiso que cada una de las personas fuera particularmente reconocida, no permite que se entienda la una sin la otra; pues no se conoce al Padre sin el Hijo ni se halla al Hijo sin el Padre. En efecto, la misma relación del vocablo de la persona veda que las personas se separen, a las cuales, aun cuando no las nombra a la vez, a la vez las insinúa. Y nadie puede oír cada uno de estos nombres, sin que por fuerza tenga que entender también el otro: Así, pues, siendo estas tres cosas una sola cosa, y una sola, tres; cada persona, sin embargo, posee su propiedad permanente. Porque el Padre posee la eternidad sin nacimiento, el Hijo la eternidad con nacimiento, y el Espíritu Santo la procesión sin nacimiento con eternidad.
(Enquiridion Trinitaris IV, 30; Denz, 275-281, p. 93-100; DH, 525-532, p. 251-254).


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