¿Es posible perdonar siempre a los enemigos? (Ariel Álvarez)
30.04.08 @ 08:18:05. Archivado en Teólogos, Jesús, Nuevo Testamento, Espiritualidad, Amigos, la voz de los, Amor
En este blog he tratado varias veces del perdón, desde un plano personal y social, público y privado. El perdón está en el centro del mensaje de Jesús y de su “religión” y es, al mismo tiempo, uno de los temas esenciales de la vida familiar y de la misma política, pues sin perdón no existe vida humana. Es un tema esencial y, sin embargo, difícil, como indiqué por última vez en este blog el pasado domingo (26. IV. 08), ofreciendo a María cinco razones para perdonar. Del perdón habla una madre a su hijo y del perdón ha tratado también, dentro de la situación polítca y social de nuestro país, la Conferencia Episcopal Española, por poner un ejemplo. Pues bien, entre los que han contestado a mi intervención del domingo (sobre el perdón de María) está mi amigo Ariel Álvarez Valdés, teólogo argentino y amigo, a quien hemos visto muchas veces en este blog. Él me ha mandado este trabajo extraordinario donde expone e ilumina el sentido del amor a los enemigos, según la Biblia y la Experiencia cristiana. Gracias, Ariel, una vez más.
Los tres perdones de los israelitas
Promediaba ya la vida pública de Jesús cuando una tarde, mientras les enseñaba a sus discípulos en Cafarnaún, Pedro le preguntó: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?” (Mt 18,21).
Los maestros judíos solían discutir la cantidad de veces que una persona tenía que perdonar. Y los Doctores de la Ley habían llegado a la conclusión de que un hombre debía perdonar a su hermano hasta tres veces. Porque, decían, Dios en las Escrituras perdona siempre hasta tres veces, y la cuarta vez castiga. En efecto, en el libro del profeta Amós se anuncia que Dios castigó a varios pueblos por el cuarto pecado cometido. Allí el profeta declara: “Por los tres crímenes de Damasco, y por el cuarto, no los perdonaré” (Am 1,3). “Por los tres crímenes de Gaza, y por el cuarto, no los perdonaré” (Am 1,6). “Por los tres crímenes de Tiro, y por el cuarto, no los perdonaré” (Am 1,9). Y lo mismo va diciendo de Edom, Ammón, Moab, Judá, Israel (Am 1,11.13; 2,1.4.6).
De estas palabras, los israelitas deducían que si el perdón de Dios se limitaba a tres ofensas, no había que pedirle a un hombre que fuera más misericordioso que Dios. Por eso no existía la obligación de perdonar más de tres veces.
Pedro, al proponerle a Jesús perdonar hasta siete veces, lo que hizo fue tomar los tres perdones de los israelitas, multiplicarlos por dos, y agregarle uno. Y así, muy contento y satisfecho, pensaba haber dado un gran paso de generosidad, superando en misericordia a los maestros judíos. Esperaba, pues, escuchar las felicitaciones de Jesús.
Setenta veces siete
Pero Jesús le respondió a Pedro de uno modo inesperado y sorprendente: “No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,22).
La expresión “setenta veces siete” no significa 490 veces, como puede parecer si la tomamos literalmente (70 x 7 = 490). Incluso la versión del evangelio de Lucas, tomada textualmente, es aún más extrema: “Si tu hermano peca contra ti siete veces al día, y las siete veces te dice: «Me arrepiento», debes perdonarlo” (Lc 17,4). Siete veces al día, equivalen a ¡2.555 perdones al año!
Lo que Jesús quiso decir con esta frase simbólica es que debemos perdonar “siempre”, sin poner límites. Que el perdón no debe ser una excepción, o un favor que le hacemos a alguien, sino un modo habitual de nuestra vida.
¿Por qué usó Jesús la expresión “setenta veces siete”? Por la historia de Caín y Abel narrada en el Génesis. Allí se cuenta que Caín era tan malvado que cuando alguien le hacía un daño, él no se vengaba una vez sino siete veces (Gn 4,15). Este resentimiento se fue transmitiendo a sus descendientes de tal manera, que uno de sus nietos llamado Lámek adquirió el hábito de vengarse, por cada ofensa que le hacían, setenta veces siete (Gn 4,17-24). Y fue esa violencia creciente la que provocó la ruina de la sociedad de aquel tiempo, con el diluvio universal.
Recordando esta vieja historia, Jesús quiso enseñar que a las ansias de venganza, los cristianos debemos oponer el perdón fraterno. Únicamente con el perdón es posible salvar del desastre a la nueva sociedad de los cristianos. Y para resaltar esta contraposición, utilizó la misma expresión de la historia de Caín.
Qué no es el perdón
Varias veces enseñó Jesús a sus discípulos que debían perdonar. Y para que no olvidaran esta obligación la dejó inmortalizada en el Padrenuestro, cuando enseñó a pedirle a Dios: “Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Lc 11,4). “Porque si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, también el Padre celestial los perdonará a ustedes; pero si no perdonan a los hombres, tampoco el Padre perdonará las ofensas de ustedes” (Mt 6,14-15).
Sin embargo, y a pesar del énfasis que Jesús puso en este mandato, pocas cosas hay que le cuesten tanto a los cristianos como perdonar. Y eso se debe a que tienen una idea equivocada sobre el perdón.
El primer error consiste en creer que cuando uno perdona le hace un favor a su enemigo. En realidad cuando uno perdona se hace un favor a sí mismo. La misma experiencia nos enseña que cuando guardamos rencor a alguien, o tenemos un resentimiento hacia otra persona, somos nosotros los únicos perjudicados, los únicos que sufrimos, los únicos lastimados; y nos causamos daño, pasando noches sin dormir, masticando odios, envenenando nuestra mente y atormentándonos con ideas de venganzas. Mientras tanto, nuestro enemigo está en paz y no se entera de nada.
Es llamativo cómo la medicina moderna, cada vez más, reconoce que los sentimientos negativos o de odio hacia otra persona producen enfermedades físicas y psíquicas, provocan infartos, disfunciones coronarias, afecciones cardíacas, problemas en los huesos, en la piel y el sistema inmunológico. Incluso muchas de nuestras dolencias - explica la ciencia médica - son en el fondo producto de nuestros rencores ocultos. Es indudable que nuestro enemigo estaría feliz si se enterara del daño que su recuerdo provoca en nosotros.
Para tener más vida
Equivocadamente, pues, solemos creer que el que perdona pierde. En realidad el que perdona gana. Porque perdonar es quitarse uno mismo una espina dolorosa e infectada, capaz de envenenar toda una vida.
El odio causa mayor daño a quien lo tiene que a quien lo recibe. Y el que se niega a perdonar sufre mucho más que aquél a quien se le niega el perdón. Porque cuando uno odia a su enemigo, pasa a depender de él. Aunque no quiera, se ata a él. Queda sujeto a la tortura de su recuerdo, y al suplicio de su presencia. Le otorga poder para perturbar su sueño, su digestión, su salud entera, y convertir toda su vida en un infierno. En cambio cuando logra perdonar, rompe los lazos que lo ataban a él, se libera, y deja de padecer.
Por eso cuando Jesús pidió que perdonemos a los demás, no lo dijo pensando en los demás. Lo dijo pensando en nosotros. Porque dentro del proyecto de Jesús está que sus seguidores sean gente sana, y que puedan vivir la vida en plenitud. Él mismo lo afirmó: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).
¿Perdonar es justificar?
La segunda idea errónea que los cristianos tienen sobre el perdón, es creer que perdonar significa justificar. Que si uno perdona, de algún modo es porque “comprende” la actitud del otro, la minimiza. Que perdonar es, en el fondo, una manera de decir “aquí no ha pasado nada”.
Y no es así. A veces es mucho y muy serio lo que ha pasado. Pero si a pesar de ello uno perdona, no es porque cierra los ojos ante la evidencia de los hechos, ni porque le resulta indiferente el mal que se ha producido. Cuando a Jesús le presentaron una mujer sorprendida en pleno adulterio, Jesús la perdonó. Pero no justificó su mala conducta, ni le dijo que estaba bien lo que había hecho. Al contrario. La despidió aconsejándole: “Vete, y de ahora en adelante no peques más” (Jn 8,3-11). Con lo cual el Señor reconoció la gravedad del pecado cometido por la mujer.
Cuando uno perdona, pues, reconoce que el otro ha obrado mal, que ha cometido un hecho más o menos grave; pero aun así, y a pesar de todo, decide perdonarlo para preservar su propia salud y su bienestar interior.
Perdonar, entonces, no es “disculpar”. No es liberarlo de la culpa al otro. No. Aun cuando el otro sea culpable de una mala acción, uno debe buscar perdonarlo, porque de esa manera se está librando de un sentimiento de frustración y tristeza que puede intoxicarlo. Perdonar siempre las ofensas, los agravios y los insultos no es minimizar la diferencia entre el bien y el mal, ni convertirse en cómplice del injusto, sino asumir una higiénica actitud de vida, que produce, a la larga, efectos benéficos y saludables.
¿Perdonar es olvidar?
La tercera idea errónea que los cristianos tienen sobre el perdón, es creer que perdonar implica el olvidar.
Y no es así. Jesús nunca pidió a los cristianos que olvidaran las ofensas recibidas. Y esto por una razón muy simple: porque el olvidar o no algo depende de la memoria que uno tenga. Y la memoria es una facultad que no depende de nuestra voluntad. La misma experiencia nos muestra que muchas veces uno quisiera recordar algo y no puede; y otras veces desearía olvidar ciertas cosas y no lo logra.
Por lo tanto si alguien tiene buena memoria, aunque no quiera, recordará durante mucho tiempo las cosas que le pasaron. Especialmente si fueron desagradables, pues el recuerdo de un hecho depende de su carga afectiva; y los sucesos desagradables tienen una gran carga de emotividad, por lo que se fijan mucho más en el recuerdo.
No es posible, pues, imponer el olvido a voluntad. Sería ciertamente mucho más fácil perdonar si hubiera olvido (como sería mucho más fácil la bondad humana si no hubiera tentaciones). Pero el hecho de que uno no olvide, no significa que no perdone. Porque uno puede recordar espontáneamente los recuerdos más dolorosos y dañinos, y no por eso sufrir el desgaste interior propio de quien guarda un doloroso rencor.
¿Perdonar es restaurar?
La cuarta idea errónea que los cristianos tienen sobre el perdón, es creer que perdonar significa volver necesariamente las cosas a como estaban antes del enojo. Que si uno perdonó a un amigo, debe devolverle la amistad; que si uno perdonó a un empleado infiel, debe devolverle la confianza; que si uno perdonó a alguien con quien convivía, debe aceptarlo nuevamente con él; que si uno perdonó a un ser querido, debe volver a sentir cariño por él.
Pero eso no es así. No siempre se puede devolver toda la confianza a quien nos defraudó, aun cuando se lo perdone. No siempre se puede volver a sentir aprecio o estima por quien nos ha ofendido, ni reanudar la amistad con quien nos ha agraviado. Más aún: a veces resulta una imprudencia restituir la confianza a quien nos ha engañado una vez. No obstante ello, lo puedo perdonar.
El perdón, pues, no implica reponer sentimientos ni afectos; eso nunca lo ordenó Jesús. Tampoco el perdón me impide que yo reclame la restitución de los derechos violados por el ofensor, o la reparación de la injusticia que él cometió, o el digno castigo que él se merece, siempre que yo no busque en ello la venganza personal, sino la justicia.
¿Perdonar es aceptar disculpas?
Un quinto y último error acerca del perdón consiste en creer que, para perdonar a alguien, tengo que esperar a que él se arrepienta y me pida perdón.
Pero no es así. Si así fuera, nuestra posibilidad de perdonar (y por ende de sanarnos interiormente) estaría condicionada por nuestro enemigo. Dependería de que él quiera darnos la oportunidad de que lo perdonemos, viniendo a pedirnos perdón; y en caso de no hacerlo, nuestro perdón se vería frustrado.
Pero el perdón, según Jesús, no está condicionado a nada. Por eso cuando Pedro le preguntó “¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga?”, no añadió “siempre y cuando él me pida perdón”, ni “siempre y cuando él se muestre arrepentido”. Se perdona y basta.
¿Pero acaso para que Dios perdone no hace falta estar arrepentidos de lo que hicimos? ¿No enseña eso la parábola del hijo pródigo? Sí, pero porque el perdón que da Dios y el perdón que dan los hombres son diferentes. Cuando Dios perdona, no lo hace para sanarse Él, sino para sanarnos a nosotros del pecado y devolvernos su amistad; por eso hace falta que estemos arrepentidos y le pidamos disculpas. Pero cuando el hombre perdona, lo hace para sanarse él mismo, y librarse él mismo de las secuelas que le dejó la violencia vivida. Y para eso no hace falta que el otro se arrepienta. Basta con que uno quiera perdonar.
Qué es el perdón
Si perdonar no es favorecer al enemigo, ni justificar su conducta, ni olvidar su agravio, ni restaurar su amistad, ni esperar sus disculpas, ¿en qué consiste entonces el perdón?
El perdón es, ante todo, una decisión. Cada uno la puede tomar o no, según su parecer. Es algo independiente del sentimiento; se puede perdonar aun cuando uno no lo “sienta”. Es algo independiente incluso de lo que haga el otro; aun cuando el ofensor no pida disculpas, ni se arrepienta de lo que hizo, se puede igualmente perdonar. El perdón, pues, no está subordinado a nada, ni depende de que el otro cumpla ciertos requisitos. Uno perdona simplemente porque quiere hacerlo.
En segundo lugar, es una decisión personal. Para ello no es necesario hablar con quien me ofendió. Porque podría ocurrir que éste no quiera escucharme, o que se encuentre lejos, o que haya fallecido, y entonces mi perdón se vería frustrado. El perdón es algo que cada uno lo realiza en su interior, mediante un diálogo con Dios. El evangelio de Marcos cuenta que Jesús, hablando un día de la oración, dijo: “Cuando se pongan de pie para rezar, perdonen si tienen algo contra alguno” (Mc 11,12). O sea que si en el momento de orar en la sinagoga alguien recordaba que tenía un enojo con otro, allí mismo ante los ojos de Dios podía perdonar al agresor y liberarse del odio que conservaba.
El perdón se concede silenciosamente en el corazón, mediante una plegaria que uno realiza (las veces que sea necesario) perdonando al ofensor.
¿Y cómo puede uno saber que ya ha perdonado? Siguiendo ciertos consejos del Nuevo Testamento podemos descubrir algunas pautas. Primero, cuando ya no se le desea el mal al otro, según las palabras de Jesús: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a quienes los odien, bendigan a quienes los maldicen” (Lc 6,27-28). Segundo, cuando se ha renunciado a la venganza, tal como lo enseña san Pablo: “No devuelvan a nadie el mal por mal; no se venguen de nadie” (Rm 12,17.19). Y tercero, cuando uno es capaz de ayudar a su ofensor si lo ve pasar necesidad; es lo que dice san Pablo: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; haciendo esto amontonarás carbones encendidos sobre su cabeza” (Rm 12,20). Pueden ser tres señales de que uno ha perdonado.
Perdonar para sanar
En cierta oportunidad, un joven de un pueblo debió viajar hasta la capital. Mientras iba en colectivo, y sin que él se diera cuenta, alguien le sustrajo lo más precioso que tenía: un reloj que su padre le había regalado con mucho sacrificio antes de morir. Cuando cayó en la cuenta, su corazón se llenó de una gran amargura y sintió un profundo odio hacia el desconocido que le había quitado su valioso tesoro. Y desde ese momento sus pensamientos se centraron en el anónimo ladrón. Pensaba en él día y noche, lo odiaba con todo su corazón, y su rencor crecía cada vez que debía mirar la hora en el otro reloj más pequeño que ahora usaba. Había noches en que no dormía de rabia e impotencia. Se volvió irritable e iracundo con su propia familia. Hasta que un día, agobiado por tanto resentimiento, hizo esta oración: “Señor, ya no puedo seguir así. Por eso quiero perdonar a ese ladrón que se llevó mi reloj. Más aún: quiero regalarle mi reloj. De manera tal que cuando ese ladrón muera, Tú no lo juzgues por este robo, porque no hubo ningún robo. Yo ya le regalé mi reloj”. A partir de ese día, el joven fue feliz. Recuperó la alegría que durante meses había perdido, porque ya no trajo más a su memoria aquel hecho torturante. Y desde entonces pudo vivir en paz.
Perdonar es soltar de la mano una brasa encendida, que asimos tontamente en algún momento de la vida, y que nos lacera y nos quita las ganas de vivir. En cambio la falta de perdón es capaz de enfermarnos, envenenarnos, y volvernos malos.
Por eso es muy acertado el consejo de san Agustín: “Si un hombre malo te ofende, perdónalo, para que no haya dos hombres malos”.
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Gracias ,muchas gracias "procuraré vivir y os lo deseo a todos (como dice Emerito ) DE COLORES "los del arco-iris"
Que me “perdone” Carlos (hay que ver lo ambiguo del lenguaje), pero el consuelo de Dios no resultaría más que un “efecto placebo”. Para algunos puede valer; pero “humanamente” no resuelve el problema ni quita la angustia del que se siente “no perdonado”. Yo sería más partidario del “diálogo”; del intento de aproximación; del restablecimiento de la “relación”. Y el primer paso lo debe dar el presunto “ofensor”. Si hay correspondencia, ¡fenomenal!. Si tras el gesto de cercanía no se produce la “correspondencia”, desinhíbete. Ya no es “culpa” tuya. No te sientas ya “culpable”. El complejo de culpa quita vitalidad y nos conduce a la angustia y a la infelicidad.
Vive siempre de colores, los del “arco iris”.
Yo diría que, positivamente, perdonar es “no hacer caso”. Quien ofende ya lleva consigo el “castigo”. ¿No dicen que “en el pecado ya va la penitencia”? La “madurez” del ofendido lleva consigo el “no condenar”. Aunque tú y yo no nos proclamamos crédulos, sí que podemos considerar el que llaman “perdón cristiano”. Jesús “no ARCO-IRIS. Entro un poco tardíamente en el post. El tema del perdón es “conejudo”. perdona” a la adúltera. Simplemente le dice “Yo tampoco te condeno. Vete, y no lo hagas más”. En la parábola del “Hijo pródigo”, el padre no perdona a su hijo tarambana; simplemente “no hace caso” de sus “excusas”.
Tú planteas un problema muy común a quienes, posiblemente, “han ofendido” o ellos sienten que “han ofendido”. Y piensan que “no les han perdonado”. Psicológica...
Si nos parece ridícula la historia de está mujer, podremos darnos cuenta de lo ridícula es nuestra actitud para con Dios. a la peluquera va una para que la arregle y por eso no le da vergüenza. a Dios voy precisamente para que me devuelva mi autoestima perdida.
La ternura de Dios sólo se percibe desde la realidad del pecado. Cuando no quiero confrontar mi pecado con Dios, me privo de descubrir su ternura, que es precisamente su amor por lo imperfecto. Ante dios, como dice Bonhoeffer, puedes ser el pecador que eres. No necesitas maquillarte.
Un abrazo. Carlos
Un abrazo lleno de verdad
Un abrazo
Hasta que un dia quiso la "casualidad" (¿?) que caminando por una calle de mi pueblo presenciara en la esquina cercana el encontronazo de dos vehículos: uno de ellos, el manejado por mi maldecida enemiga, madre de dos niños pequeños, quedó- por el topetazo recibido- mirando en sentido contrario al que venía. No volcó ni se lastimó la conductora, pero imagino que habrá sido un momento tremendo para ella, como lo fue la conmoción que yo experimenté: pensé cuán culpable me hubiera sentido si algo le sucedí...
Hasta que un dia quiso la "casualidad" (¿?) que caminando por una calle de mi pueblo presenciara en la esquina cercana el encontronazo de dos vehículos: uno de ellos, el manejado por mi maldecida enemiga, madre de dos niños pequeños, quedó- por el topetazo recibido- mirando en sentido contrario al que venía. No volcó ni se lastimó la conductora, pero imagino que habrá sido un momento tremendo para ella, como lo fue la conmoción que yo experimenté: pensé cuán culpable me hubiera sentido si algo le sucedí...
Lo que si te puedo explicar es que cuando he hecho algún daño y me respondieron con el bien además de haberme avergonzado me ha hecho reflexionar en el mal que he causado, supongo que será a esto lo que se refiere el versículo de Romanos que citaba ayer.
Bendiciones.
Ahora te pido me EXPLIQUES "el perdón a un delincuente ,FOMENTA la delincuencia ?
Un abrazo.
Carlos
Me recomiendas el libro de AUTOAYUDA ,POR QUE TE PARECE RARO LO QUE DIGO ? PUES A MI ME PARECE MUY RARO LO QUE SICES TU .
Tra ducción de nueva Biblia Española de Luis A lonso Schökel y Juan Mateos:
" Si tu enemigo tiene hambre dale de comer; si tiene sed; dale de beber: así le sacarás los colores a la cara"
No lo digo yo, lo dice la Biblia en Romanos 12:19,21.
Perdón Arco- iris no era mi intención ofender a nadie. Sólo me limitaba a compartir un versiculo biblico sobre la venganza.
VARAPALO
A LA EDUCACIÓN PARA LA IDEOLOGIA ZAPATERINA
Los jueces andaluces han puesto el primer palo al rodillo zapaterino, gracias a la iniciativa de la sociedad civil valiente.
Texto de la sentencia:
http://www.hazteoir.org/files/STSJAnd'30-04-08.pdf
Recordemos aquel muchachito que tan sólo tenía dos peces y dos panes, los puso en las manos de Dios y Dios hizo el milagro. Pongamos nuestra situación también en manos de Dios y entonces veremos milagros.
En los Hechos de los Apóstoles cuenta Lucas cómo los discípulos se comportaban de la misma manera que Jesús. Por ejemplo en el caso de Esteban, que muere con las mismas palabras de Jesús en los labios. Rezaba mientras era apedreado.
Así lo sintió Jesús en la cruz. Los hombres pudieron hacerle sentir exteriormente los efectos de su maldad pero no pudieron llegarle a lo más profundo de su interior donde él seguía orando por ellos con una oración que les hacía transparente su obcecación y su ignorancia. En los Hechos de los Apóstoles cuenta Lucas cómo los discípulos se comportaban de la mism...
Esa oración es más bien una manera de dirigirnos al Padre y de ver en él la verdadera motivación de nuestro perdón. Esta oración nos libera también del poder de los hombres; en efecto, ella pone distancias entre nosotros y los demás al mismo tiempo que nos hace comprender las razones de su comportamiento.
Cuando algunas personas nos hieren y nos ofenden, no saben en realidad muchas veces lo que hacen. Nos hieren porque ellas mismas están heridas, porque padecen complejos de inferioridad y la única manera de hacerse notar y sentirse superiores es pinchar y molestar. En realidad son ellas las únicas perjudicadas. Pero si yo repito las palabras de Jesús en la cruz no necesito saltar por encima de mi indignación y dominarme.
Quitense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también perdono a vosotros en Cristo.
Efesios 4: 31,32.
Arco-iris son consejos del mejor libro de autoayuda que puedas encontrar para tu sanación espiritual y para perdonar; LA BIBLIA. Te lo dice una persona que ha experimentado mucho dolor.
Bendiciones.
Comentario por Arco-Iris 30.04.08 @ 19:00
¡Que Dios te ilumine! rezaré por ti!
Bendiciones
"No paguéis a nadie mal por mal: procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. así que, si tu amigo tuvira hambre, dal de comer; si tuviere sed , dale de beber, pues haciendo esto lo avergonzareís. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal" Romanos 12: 17,21.
lA PALABRA DE dIOS ES VIVA Y EFICAZ Y DIOS NOS HABLA A TRAVÉS DE ELLA.
GRACIAS XAVIER.
UN SALUDO.
CARLOS
Es llamativo que Jesús diga que si nosotros no perdonamos, Dios no nos perdonará. ¿Realmente pensaba eso Jesús?¿Era una manera de apremiarnos a perdonar como lo de "id malditos al fuego eterno porque tuve hambre y no me disteis de comer"? ¿Fue un comentario añadido en las primeras asambleas cristianas?
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Xabier Pikaza Ibarrondo
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