Dios en la noche. Navidad de exilio y nieve, con pasiegos
30.12.07 @ 11:05:25. Archivado en Dios, Tierra, ecología, Espiritualidad, Adviento - Navidad
Escribí en un libro titulado Las Siete Palabras de X. Pikaza (PPC, Madrid 1997) algunos apuntes de mi vida. Entre ellos mi primera experiencia fuerte de Navidad, en San Roque de Riomiera, donde los autócratas de turno, vencedores de la guerra del 36/39 habían desterrado a mi madre. He consultado el calendario de las fases lunares (http://es.geocities.com/az_poesia/calendarios.htm), porque la experiencia que os quiero contar fue de “Navidad con luna llena”.
Mi madre había viajado para ver a mi padre en un puerto lejano. Quedamos en el pueblo de alta montaña los tres hermanos mayores, con una tía muy querida, también sola con nosotros, sin padres, sin primos, sin abuelos... solos con la tía y con la luna llena, reflejándose en la nieve. Fue la luna Luna Llena del 24 de Diciembre del año 1950. Una Navidad con gran luz sobre la nieve de la noche, mientras corrimos por la carretera, con misa de gallo, a solas en la montaña, un día de nacimiento de Dios.... Lo que sigue está tomado de mi libro (las fotos son de San Roque: una con nieve de luna, otra con la iglesia en tiempo bueno, aquella iglesia de la postguerra). De la Navidad trata sólo la tercera parte del texto. Las dos anteriores son de preparación, sobre los pasiegos
1. Los pasiegos
Me vuelve insistente otro recuerdo. Del caserío del abuelo fuimos a la tierra de sanción de la montaña más hermosa y dura de Cantabria donde enseñaba mi madre maestra. De nuevo la tierra a flor de corazón, en el centro de los ojos: las peñas salvajes, los prados cayendo a pico hasta el torrente, las cabañas salpicando el campo verde. Fueron años duros, hermosos tiempos en un pueblo de pastores trashumantes, entre muda y muda, sin tierras de cultivo, descalzos en las brañas, durmiendo juntos sobre el heno.
Vivíamos en lo alto de la Casa Consistorial, la única gran casa del pueblo en que vivíamos, puerta contra puerta, las familias del secretario falangista y de la madre antifranquista. En la plaza y la bolera convertida en breve campo de fútbol aprendí el buen castellano de los niños pasiegos, muy pronto mis amigos. Pero en casa seguimos siendo los “vascos rojos”, sancionados por cuestiones de política, que a los pastores trashumantes de vaca, de alta montaña, no les interesaban absolutamente nada.
Eran diferentes los pasiegos, quizá huraños al principio, pero buenos de fondo y leales, aquellos montañeses de alto Riomiera, bajo el puerto misterioso de Lunada, hoy campo de esquí y entonces simple camino de herradura agreste y serpentina para machos y mulos que, semana tras semana, se arriesgaban a cruzar la nieve para traer harina al pueblo. Había vuelto otra vez al neolítico, a la vida errante de los pastores viajeros, con la casas a cuestas, con el mayor, en la alta montaña. Parecían esclavos del trabajo, pobres de dinero y quejumbrosos, pero los recuerdo libres y llenos de vida en la montaña, sin más ley que sus vacas, sin más riqueza que su leche y mantequilla, mudando de cabaña a cabaña, con sus mulos y sus cuatro trebejos de cocina, con las mantas y la ropa colgada a la espalda. Allí ejercía mi amá como maestra de montaña, con setenta escolares mezclados, de todas las edades (niños y niñas, de los seis años a la mili o servicio militar que muchos lograban evitar fingiendo ataques de epilepsia).
En el pueblo había tres jefes, venidos de fuera. Uno era el secretario del ayuntamiento, un falangista cuya mujer (hija de un asesinado por los “nacionales) nos quería mucho; otro el médico, liberal y cumplidor al que habían hecho alcalde; el tercera era el cura, tratante astuto y bueno de ganado. Todos los demás eran pasiegos, sin más ideología que las vacas y los prados, sin más política que el corte de la hierba renovada cuatro veces cada año. Volveré a tratar del pueblo, pero antes quiero evocar una experiencia religiosa.
2. El cura y la iglesia
Fui monaguillo con mi hermano mayor. La iglesia había sido saqueada por la guerra y estaba siendo enriquecida con altares que llegaban poco a poco para gozo de las cuatro o cinco familias observantes del lugar, pues las demás no iban a misa, porque, según supe después, el pueblo había sido desde antiguo campo de destierro para curas castigados y la gente se fue haciendo anticlerical. Era una iglesia de pueblo muy pobre en altares y servicios. Ni siquiera había medios para celebrar la liturgia del Sábado de Gloria, de forma que bajábamos temprano a la iglesia de Los Barrios, para bendecir allí las aguas pascuales sobre el mismo río. Aquí vuelve a pararse mi memoria: subíamos del el río con los baldes del agua pascual, fría y gozosa, para encender el fuego en ante el portón, mientras iba creciendo el día. De nuevo en sintonía espontánea con la naturaleza; esta es mi pascua.
Pero vuelvo a la iglesia parroquial. Me esfuerzo y no consigo recordar ninguna celebración litúrgica. Una sacristía llena de cajones viejos de madera esparcidos por el suelo, con las vestimentas para el cura. La luz de las velas, la gente en los bancos oscuros y luego la obligación de estar quietos, de callar y no mirar. El cura era cordial, duramente bueno con nosotros, generoso, pero muy capaz de volverse y pegarnos un sopapo en plena consagración si nos oía hablar más alto.
Hubo un día especial. Por la cuerda que colgaba del techo, sosteniendo la lámpara del Santísimo, bajaba y subía un ratón para beber el aceite sagrado. Mi hermano mayor lo vio primero; observamos y gozamos. Nunca habíamos oído una misa más entretenida. Evidentemente nos olvidamos de alzar la casulla y tocar la campanilla en el momento de la consagración.
El cura se volvió y nos vio riendo, absortos en los equilibrios del ratón que bajaba, bebía y subía por la cuerda. Se oyó el sopapo desde el fondo de la iglesia. Con el ruido se marchó el ratón. Nosotros quedamos en silencio riguroso, sin derramar una lágrima, aunque a veces siento que me duele todavía la mejilla por la fuerza del tortazo. Evidentemente, no le guardamos ningún rencor al cura, que acabando la misa nos dio las dos pesetas de ritual y luego se puso a inventar trampas contra los ratones religiosos.
Retorno al motivo central y descubro otra vez, con cierta sorpresa, que no logro evocar o no conservo ningún recuerdo específicamente cristiano de ese tiempo de mi infancia (entre los cinco y nueve años). Lo que vuelve siempre y llena mis ojos de nostalgia religiosa es la manera en que se unían y rompían la roca y la pradera. Todo era empinado, no podía encontrarse ningún prado liso en el entorno. Ni siquiera un campo de fútbol se podría hacer en aquel dédalo agreste de prados en cuesta y roquedas que se alzaban en picado.
3. Recuerdo una noche de Navidad.
Habíamos salido a correr sobre la nieve antes que tocaran a misa de gallo. Se alzó sobre las rocas de Parracolina una espléndida luna llena que brillaba en las praderas colgadas del cielo, cegando los ojos. Me sentí sobrecogido, muy pequeño y a la vez muy grande. Sé que tuve que pararme para respirar, pisar el suelo, asegurar que todo estaba en orden. No dije nada, nadie se dio cuenta. Quizá todos estábamos transpuestos esa noche de gran luna de la Navidad. Ésta ha sido la experiencia "mística" más honda que nunca en verdad he tenido. Era como si el mismo Dios bajara hasta la tierra, llenándola del todo con su luz nocturna: Dios naciendo en la nieve, hecho luna, hecho roca, en el más fantástico y real de todos los posibles Nacimientos; Dios madre querida en la noche de nieve y misterio.
Sé que pronto fuimos a la iglesia para la misa de gallo, pero no recuerdo nada más. Mi misa verdadera del primer canto del gallo de esa noche de cantos, la más honda liturgia de mi vida en la montaña, fue aquel Nacimiento de Jesús en la luz de una luna de noche brillando en la nieve. No solían dejarnos salir a esas horas. Esa noche pudimos hacerlo, caminar bajo un cielo lleno de luz, sobre una tierra quebrada de nieve, esperando la misa del gallo navideño. Se apresuró bajo la clara luz, sobre la nieve, entre la sombra de las rocas, el claro sacramento de la noche y celebré como nunca he celebrado el nacimiento de Dios sobre/en la tierra. Sé que sonaron las campanas. Estaban llegando las doce.
Después no recuerdo nada. Todo había pasado.
Estas sensaciones no se pueden entender como experiencia del Dios de Jesucristo, el Padre de la pura gracia, el amor creador del evangelio. Pero estoy seguro de que había mucho de Dios en todo aquello. Sin que nadie me hubiera preparado, sin pasar por ninguna larga catequesis, nacía y brotaba en mi vida la experiencia primordial de lo sagrado, como había brotado y brotarán en cientos y cientos de generaciones humanas. Me he/han hecho cristiano más tarde. Nací y sigo siendo pagano en un la raíz de mi existencia.
Si aquella luna llena fue la del 1947 yo tenía seis años
Si fue (como creo) la Gran Luna del 24 del XII del 1950 yo tenía nueve años.
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Un abrazo a todos
Y esas eperiencias se dan fuera del tiempo, son eternas, por eso no se olvidan jamás .
Gracias por compartirla.
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Xabier Pikaza Ibarrondo
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