Casarse con la Virgen 3. Olivo, Peña, Diosa amada
29.06.07 @ 11:01:07. Archivado en Teología, Tierra, ecología, Espiritualidad, Amigos, la voz de los, María, Amor
En unas breves reflexiones matizaré teológicamente los datos que he venido presentando los días anteriores, a partir de los dos dramas de Mística Mariana de Tirso de Molina. Me fijaré, en primer lugar, en el simbolismo fundamental de las dos obras literarios: el cuidado del Olivar de María, el ascenso hacia su Peña. Dede ese fondo tratarçe de mostrar el sentido de la m´´istica mariana en su vertiente literaria y teológica. Dejo a los lectores las interpretaciones de las dos obras.
a. El símbolo del: Olivar.
El tema fundamental ya lo hemos indicado: a través de un complejo proceso dramático y por medio de la evolución del mismo protagonista (Maroto), Tirso de Molina nos hace salir del ideal clásico de la «descansada vida» (que sólo implica la renuncia al matrimonio por amor a la soledad para que lleguemos hasta el ideal cristiano del desposorio mariano, que incluye un gesto de servicio eclesíal en favor de los necesitados, en este caso de los cautivos. Sobre ese trasfondo se entiende el símbolo del Olivar. (a) Olivar significa, en primer lugar, la vida sobre el campo, el descanso de la aldea, el encanto de la soledad idílica; es allí donde Maroto se halla a gusto, realizado. (b) Pero a partir de la aparición de María, el árbol empieza a tener otro sentido: es signo de Dios y de su amor, es la expresión de María v_ su cuidado por la Iglesia. Donde antes se encontraba el deseo de la vida descansada emerge el ideal activo de María. Es lo que veremos a continuación.
«La Dama del Olivar / ha de llamarme esta tierra» (DO 1079). Así comienzan las palabras de María. Su discurso es un interno de expresar lo que supone el signo del olivo:
El olivo significa
Misericordia y la Iglesia
se alumbra con su licor.
Misericordia es clemencia... (DO 1078-1079)
Éste es el punto de partida, éste el fondo y melodía de todo lo que sigue. Los hombres luchan entre sí, combaten de un-modo violento. Mientras tanto, Maroto se resguarda en el silencio de su propia vida solitaria. Pues bien: sobre ese mundo dividido o impotente, se desvela María como signo de Dios, como expresión de su bondad y misericordia: es el amor que se ofrece y que libera a los cautivos. Eso significa que el desposorio con María hace que el místico (devoto de María) vuelva a situarse en la trama del evangelio. En este contexto, Jesús mismo habría sido un “enamorado de María”, alguien que por amor de su madre/esposa Virgen pone su vida al servicio de los necesitados.
Ese simbolismo de fondo se puede reflejar de varias formas: María es la paloma bíblica que trae al mundo anegado y destruido el olivo de la mise¬ricordia de Dios («Yo al fin soy la paloma / que en el diluvio y tormenta / ...el ramo de oliva traje / que anuncia la Pascua eterna» (DO 1079). En otro contexto, María aparece identificada con el olivo que produce el aceite salvador que es Cristo: «En fin, yo la oliva soy / que a Dios hombre cría y lleva, / que es aceite derramado / en el lugar de la Iglesia» (ibid). Pero esos signos más bien en el trasfondo. Utilizando otra virtualidad simbólica del Olivar, Tirso presenta a María como la divina olivarera: cuida de la oliva dentro de la Iglesia, realizando en ella su ministerio evangélico:
Yo pues que en ella (en la Iglesia) quedé
por legítima heredera...
he plantado un Olivar,
que, puesto que ahora empieza
a crecer, se extenderá
por el orbe de la tierra (DO 1079).
Este Olivar de María puede ser toda la Iglesia (desposada con ella). María aparece así como la divina esposa que cuida en amor a los cristianos. Pero, en otro contexto, ese Olivo/Olivar de María (¡Santa María del Olivar!) es, evidentemente, la Orden de la Merced, dedicada a María y a la obra de la reden¬ción de los cautivos. La Virgen cuida de los frutos de ese olivar, que aparecen como un signo los votos tradicionales de pobreza, obediencia y castidad. De manera especial se añade un cuarto fruto: «La caridad, / emperatriz que go¬bierna los cielos y rige al mundo» (DO 1079). De esta forma, María, Virgen del Olivar, Virgen de la misericordia, se convierte en inspiración y fuente de asistencia liberadora:
Redimirá aqueste gruto
los cautivos que atormenta
el blasfemo y torpe amor,
para que con fama eterna,
llamándose redentores,
den sus vidas y su hacienda
por sus hermanos, que oprimen
crueldades sarracenas.
Darán por ellos sus vida,
quedándose en sus cadenas…
Pero, en fin, como la oliva,
que a todos se entrega,
dejándose hacer pedazos,
dando sus entrañas mesmas,
llamaráse este Olivar
de la Merced, porque en ella
la han de hallar sus oprimidos… (D0 1079)
De esta forma, el sentido de María del Olivar, que significa misericordia, se aplica no sólo a la Iglesia (que es la oliva de Dios: Rom 11, 17-24), sino a la fundación mercedaria. Maroto buscaba soledad, la soledad de su campo, donde María su esposa no era más que principio de inspiración interna. Pues bien, esa misma María se le muestra y se le descubre en su misterio, como signo de redención para pobres y cautivos (en línea de Evangelio). A fin de venerarla, los hombres de Esrercuel tendrán que edificarle un convento donde practiquen la caridad de la redención; para ser esposo de María, Maroto debe convertirse en redentor de cautivos. Si quiere ser esposo de la Virgen, Maroto habrá de entrar en esa casa: para servirla como a Dama es necesario que sirva y libere a sus cautivos (DO 1080, 1088).
Éste es el simbolismo primigenio de la obra dramática de Tirso de Molina: la misericordia de Dios, refle¬jada en el Olivo, se despliega, se expansiona y se revela por María. Ella es el signo del amor que se regala, que se apiada, que se entrega y redime a los cautivos: su vida viene a reflejarse como la expresión del amor de Dios hecho persona, hecho cercanía sobre el mundo (es Merced para los cautivos, es Oliva que se tritura para dar vida a los otros).
Al introducirse en el misterio de María, a través del simbolismo esponsal, Maroto se compromete a la entrega de la vida por los otros: desde ese momento su existencia no será ya suya, una existencia que se toma y que se encierra para sí en un gesto de mística egoísta, sino que será vida abierta hacia los hombres (en la obra de la redención de los cautivos). En otras palabras, Maroto descubre que ser esposo de María significa entregar la vida, en servicio religioso, en favor de los necesitados, Por eso afirma al final de su representación: «Desde hoy pastor de la Virgen / he de ser y mi esposa ella.» Ya no cuidará sus idílicas ovejas, sino que se ocupará de los cautivos en la obra del Olivar María que es la Iglesia y la Orden Mercedaria.
b. El simbolismo de la Peña.
Se sitúa en un contexto muy distinto. El místico, que se ha casado con María, ya no se dedicará a cuidar la obra de Dios sobre (a plantar y regar, a liberar y cuidad la Oliva de la libertad María). El místico entiende ahora la devoción de María como expresión de un camino iniciático, como una peregrina¬ que le lleva a descubrir y cultivar la verdad más honda de la vida. Del plano de la caridad o amor hacia los otros pasamos a la hondura cíe la fe (el conocimiento interior) como encuentro con el absoluto, a través de una experiencia de iniciación interior. Simón Vela buscaba una mujer perfecta; pues bien, en el fondo, se estaba buscando a sí misma, buscaba la “dama divina” que cada hombre lleva en su interior, la Dama que está representada por María. Casarse con la Virgen significa aquí descubrir y cultivar la dimensión mística de la vida, en camino que lleva a la muerte, sobre la montaña de la contemplación.
La vida es camino, es peregrinación. Ya en el comienzo del drama se van tejiendo los motivos de esa marcha: en el fondo está la imagen de Abrahán, a quien Dios manda salir de su tierra para hallar la nueva tierra prometida («sal de Francia y fuera de ella busca la Peña de Francia», PF 1730). En el fondo está, como ya he dicho, la imagen de Moisés y Elías que suben a la montaña donde Dios se manifiesta. En el fondo de todo se halla el motivo de la «peregrinación interior», la subida mística al Monte Sinaí o al Carmelo (Filón de Atenas, Gregorio Niseno, tradi¬ción carrnelitana). La novedad de nuestra obra consiste en el hecho de que la peregrinación se escenifica dramáticamente, y todavía más en el hecho de que al final, como signo de Dios y plenitud de la existencia, se encuentra la Dama María, Señora de la Montaña Sagrada. El encuentro con Dios se escenifica así como descubrimiento de la Dama Interior, en la Montaña Sagrada, que ya no es el Sinaí, ni el Monte Sión, ni el Carmelo, sino la hermosa y fuerte Sierra de la Peña de Francia, que ha sido y sigue siendo Peña de María para los hurdanos y los habitantes de la Sierra de Salamanca.
El proceso de la obra aparece como un gesto de peregrinación. El peregrino es hombre que camina en fe (en contemplación interior), buscando una plenitud que está fuera (en María) y está dentro (la lleva él dentro de sí), en un camino exteriormente duro, lleno de enigmas. El protagonista de la obra es un “peregrino” de la Peña de Dios, que es María, simbolizada en la Peña de Francia (cf. PF 1743). Vive inmerso en un drama fuerte, entre las durezas e inclemencias de la tierra. Le con¬funden, le utilizan, le encarcelan (PF 1748). Sin embargo, por encima de todos los poderes de este mundo, busca siempre un rostro superior, busca una meta de amor que le libere: nada puede sofocar la voz interna («voz extraña y pere¬grina», PF 1757), que le va sacando de todos los peligros, para ponerle de nuevo en camino.
Hay otro motivo importante: la meta del proceso implica un acontecimiento que parece sobre¬humano: una manifestación externa de la Dama, un matrimonio definitiva. Tanto el protagonista como el lector/espectador de la obra saben desde el principia que la plenitud que el hombre busca está en la línea de intimidad de un desposorio. También saben que ese desposorio se realizará sobre la Peña, en el lugar de la dureza de la roca, en lo alto de la montaña. En esa línea, en el transcurso de la trama se van manifestando los motivos de lo que podríamos llamar «hierofanía horolíthica» (manifestación de Dios en la montaña y en la roca, en la línea de lo que acaece en muchas religiones antiguas, que han encontrado a Dios en las montañas). En este contesto se habla de una «peña amada(PF 1773) y de esa forma se la invoca:
Peñas que estime y adoro,
¿por qué me ocultáis ansí
la esposa que apetecí
por mi divino tesoro? (PF 1775)
La Peña manifiesta y oculta al mismo tiempo, es opacidad y diafanía; señala al infinito y cierra los caminos. La cercanía, la noticia de la Peña hace que estalle el gozo inmenso de la culminación cercana (« ¡Peña de mi vida / loco de gozo estoy!. / Todo el cuidado de mis largos / trabajos se me olvida» (PF 1770). Pero, al mismo tiempo, la Peña es signo de dureza: al hombre se le cierran los caminos y tiene que subir hasta agotarse y seguir subiendo, aunque no le quedan fuerzas, con necesidad de comida y sin ninguna comida de este mundo que le valga. El drama nos sitúa así en el centro de la paradoja religiosa, allí donde la manifestación de Dios mata y da la vida, nos despoja absolutamente de todo y nos lo ofrece todo transformado. Así se encuentra el peregrino ante la voz de Dios que le guía, ante la Peña que le atrae con su inmensidad, ante la Dama que le espera Tales son los elementos que convergen en esta escena final. Precisamente allí cuando el peregrino no tiene ya nada, ante la Peña que se alza hasta el cielo, eleva su oración final el peregrino, buscando a la Mujer que está (que tiene que estar) precisamente allí:
Una mujer (en vos Peña) me ha dado
mi suerte, hermosa, santa y escogida.
¿Qué aguardo que no os busco, pues me enseña
el cielo adonde estáis divina Peña?
Yo hago a vuestros riscos juramento
y a la Voz que, piadosa, mis pasos guía
de no admitir desde hoy ningún sustento
hasta hallar a la hermosa prenda mía.
Vos me daréis sagrada Peña, aliento…
¡Peña de Francia, muerto estoy por veros! (PF 1770)
En estas palabras descubrimos que el misterio de la Peña y el rostro de la Esposa se penetran y definen mutuamente. La Peña es signo de Dios, es el lugar del infinito, es principio de la vida nueva, es alimento (el peregrino jura no comer, hasta encontrar a la Mujer, como juró Jesús el día de la Cena, hasta que llegara el Reino: cf. Mc 14, 25). La Peña es el Santuario de Dios y allí, en el centro de la roca, superando sus rasgos impersonales, se desvela el rostro de María, como signo misterioso del amor que espera y que se ofrece. La Esposa está en la altura de la Peña, allí donde el hombre ha superado todos los egoísmos, todas las ataduras de su fínítud, abriéndose con¬fiado al alimento nuevo de la divinidad; por su parte. De esa manera, la verdad de esa Peña o roca, que en un momento pudiera confundirse con una realidad puramente objetiva o externa, se abre y aparece a modo de persona que espera, acoge, ama (en la Esposa).
En el centro de todo, para entender la trama de este ascenso místico al monte de los desposorios, tenemos que destacar dos motivos: a) El primero es la voz que guía; el camino que realiza el peregrino no es un simple buscar individual, no es un retorno al interior vacío de su propio vida. Ese camino está sustentado desde fuera (o desde el interior de la propia vida). Desde dentro de nosotros (dentro de la Peña) nos habla la Voz Amorosa de Dios, en forma de mujer. Quizá pudiéramos decir, con San Juan de la Cruz: “Sin otra voz/luz ni guía que la que en el corazón ardía” (En Una noche Oscura…). b). El alimento. Hasta ahora, el peregrino se ha podido alimentar de las cosas de la tierra. Ahora, a llegar a la montaña de Dios, sabe y problema que sólo puede alimentarse de amor: del amor de la Esposa divina, de la comida y bebida de Dios (que en lenguaje católico se puede identificar con la Eucaristía). Y así sigue el drama:
¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto?
Convidado soy, mi Dios;
una peña abierta en dos
banquete franco me ha puesto
(PF 1775)
Ese tema del encuentro con Dios (entendido en forma de comida), un Dios simbolizado como banquete, atraviesa toda la literatura bíblica: Dios alimenta al pueblo de Israel en el desierto, a Elías, que camina a la montaña... En nuestro caso, la comida tiene todavía otro sentido: no es sólo signo de la ayuda de Dios, sino expresión del ban¬quete nupcial. Es comida con la Esposa, comida y bebida de Esposa (como sabe San Juan de la Cruz cuando habla de la “cena que recrea y enamora”: Cántico). Ésta es, sin duda, la cena de amor, en encuentro final con la esposa. Por eso, el descanso que sigue al banquete («que siempre tras el comer es bueno dormir un rato», PF 1774) se convierte en plenitud de bodas: ábrese la roca, hiere de manera mortal al peregrino y, al mismo tiempo, le desvela el misterio de la esposa (la imagen de María). De la roca original que es Dios (símbolo del Antiguo Testamento) brota la comida de la nueva vida, y en el mismo lindero de la muerte viene a presentarse la esposa, que es María.
María constituye la meta de la peregrinación, es el lugar en el que Dios se ofrece plenamente a su creyente. Ese descubrimiento de Dios suscita en Simón dos movimientos: a) Uno de entrega y adoración (« ¡Oh soberana Se¬ñora, / vos mi esposa habéis de ser). b) Otro de infinito deseo («Muriéndome estoy por veros», PF 1775). Lógicamente, ese doble movimiento sólo puede culminarse por la muerte (cf. PF 1781). De esa forma, la boda se define como encuentro decisivo del creyente con el Dios que es infinito y se desvela por María. Guando la vida culmina, cuando la peregrinación ha sido definitiva, cuando el hombre ha subido hasta la montaña del desprendimiento, del mis¬terio y de la gracia, allí, en el mismo lugar de la muerte, se realizan las bodas con el Dios que se desvela como esposo por María.
c. El simbolismo divino de María.
Como acabamos de mostrar, cada uno de estos dramas destaca un elemento del misterio de María, concebida como esposa del creyente. En el primer caso (Dama del Olivar), ella es reflejo de la caridad redentora de Dios dentro de la vida de la Iglesia; por eso, su devoto tiene que culminar su camino como religioso redentor, entregándose al cuidado de los cautivos. En el segundo caso (Peña de Francia) ella es signo de la infinitud de Dios que acoge, signo de cariño trascendente que mata y da la vida. Común en ambos casos es el gesto de María como Esposa y la certeza de que en ella se trasluce y actualiza algo que forma parte del misterio de Dios para el creyente.
En sentido teológico, Tirso presenta la Trinidad con los términos clásicos de Padre-Hijo-Espíritu Santo. Pero, dicho eso, debemos añadir que ese mis¬terio trinitario se encuentra para él (y para todo el barroco católico) íntimamente ligado con María. Así lo afirma nuestro autor repitiendo unas palabras clásicas de la devoción mariana: «Por ser Hija, Madre, Esposa de los tres que en uno reinan...» (DO 1079):
La que es Hija de Dios vivo,
de Dios vivo Madre hermosa,
de Dios vivo Esposa bella,
porque se encierran en ella
ser Hija, Madre y Esposa (DO 1083)
María es Hija del Padre, Madre del Hijo, Esposa del Espíritu Santo. Eso resulta evidente para Tirso de Molina, como para los autores espirituales del tiempo. Nuevo nos parece lo siguiente: a) El presupuesto mariofánico: de una forma práctica, en estas obras María aparece como revelación privilegiada del misterio de Dios. Esto significa que, de hecho, a Dios se le define por María. b) La valoración de lo femenino. Podríamos afirmar que María constituye la expre¬sión de lo femenino en su radicalidad, como hija. como madre, como esposa. El Dios austero, paterno, fuerte de la tradición oficial ha recibido de esa forma rasgos de dulzura, de cariño y cercanía, c) Finalmente, es nueva la valoración de lo esponsal: en sentido general, la Iglesia barroca ha buscado y expresado a través de María lo que podríamos llamar el rostro materno de Dios. Sin negar ese rasgo, Tirso de Molina desarrolla en nuestro caso «el rostro esponsal de Dios» y lo hace por María.
Es evidente que para Tirso de Molina, María representa una función de lo divino. De ella se dice que es «alba de Dios» (PF 1781). Ella le precede, le anuncia y abre paso. Todavía hay más: ella es el «sol que, abrasando a Dios de amores, lo vistió de su arrebol» (DO 1049). Desarrollemos esa imagen: María es sol que abrasa, expande luz y llena al mismo Dios de amores; deja de ser luna, receptiva, luna que acoge la luz de Dios; ella es ahora la fuente de la luz, foco de amor que viste al mismo Dios de su hermosura. Es más, de ella se dice que es «esfera de Dios y cifra de su hermosura» (DO 1050). La esfera es aquel lugar de perfección en donde un ser encuentra su sentido y gira eternamente, siendo siempre el mismo (la esfera es lo divino). Así se dice del amante que tiende hacia el lugar de la amada como hacia su esfera (PF 1755). Los astros tienen su esfera donde giran y realizan su ser definitivo. Pues bien, la esfera a la que Dios tiende como imantado, la esfera en la que Dios encuentra su asiento es el misterio de María; por eso ella es la cifra de la hermosura de Dios, el compendio y manifestación de su belleza. Siendo así, María puede presentarse ante los hombres como Estrella (DO 1046): traza su camino, les guía y les sostiene en la jornada.
Todo lo anterior está mostrando que, a los ojos de Tirso de Molina, en el plano de la devoción popular, María ejerce una función originalmente divina. Esto no implica, sin más, oficialmente que María sea una persona más del misterio de la Trinidad. Sin embargo, ella realiza dentro de la Iglesia una función y ella recibe un sentido que reflejan el misterio trinitario. Así lo muestra la estructura y diná¬mica de nuestras obras. Así lo indica de manera todavía más hiriente aquella paráfrasis de la Salve que rezan los devotos de La Dama del Olivar, recreando las palabras oficiales del Salve Regina:
¡Aurora del sol divino...
a Dios pusiste en concordia
con el hombre rebelado!...
Tú quitaste la amargura
de la fruta triste de Eva
porque en tu amor goza y prueba
el alma vida y dulzura.
Por patrona te nombramos:
sin tu favor no podemos
vivir; por luz te tenemos,
Madre nuestra, a ti clamamos.
Pues de los cielos airados
eres la llave maestra,
haz cómo en la patria nuestra
te gocen los desterrados.
Muéstramos esos tus ojos...
Que si fueron rigurosos
los de la ira de Dios,
esos tus luceros dos
serán misericordiosos (DO 1090)
Sería conveniente que un trabajo más extenso analizara los diversos motivos de esta oración, tomada por entero. Habría que estudiar los planos de transposición teológica; esto es, todos aquellos temas y atributos que pertenecen a Cristo o al Espíritu Santo y que han recibido aquí una interpretación mariana. Nosotros no podemos realizarlo aquí.. Nos basta con mostrar que, en la letra de esa oración y en el contexto completo de las obras de Tirso de Molina
María ha recibido una función hierofáníca: es la expresión, la presencia del Dios de Jesucristo y de su Espíritu en el mundo. De este modo, frente al rostro airado de Dios (¡los ojos de la ira de Dios!) se sitúa su rostro materno ( ¡sus ojos misericordiosos! ). María se revela así como expresión y momento del misterio total de lo divino.
Sólo por eso puede hablarse de un «desposorio del creyente con María». Ella no es una simple persona aislada. Evidentemente, es persona humana, pero al mismo tiempo es signo y expresión de la Trinidad: visibiliza la gratuidad y amor de Dios; actualiza su exigencia liberadora (Dama del Olivar); simbo¬liza su trascendencia (Peña de Francia). Por eso, el desposorio con María está indicando la posibilidad que el hombre tiene de penetrar en el misterio de la vida de Dios como vida de afecto que acoge, de enamoramiento que trans¬forma, de gratuidad que plenifica. A lo largo de estas obras, dentro del plano de religiosidad popular y con un sentido eminentemente simbólico, María está ejerciendo una función teológica que juzgamos muy valiosa.
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"Contra un terrible león se encontró Apolo a Cirene luchando un día. Y el Luminoso llamó a Quirón para que saliera. 'Deja tu augusta gruta y admira el arrojo y la fuerza de esa mujer. ¿Qué hombre la engendró? Es ley divina que mis gloriosas manos se posen sobre tal mujer y cosechen el fruto de la unión'"... Y Quirón le instó al Dios de Luz a que llevara a término la dulce consumación del amor.
A ver cómo supera el tirso mustio a Píndaro...
Desde esta óptica es como cobra sentido la obra de Tirso.
Tirso de Molina deja de lado la especulación teológico-mariana y nos adentra en el profundo misterio mariano a través de dos hermosas alegorías. Su finalidad es moralizante y profundamente bíblico: "ofreced vuestros cuerpos como hostias vivas a Dios, es vuestra ofrenda razonable", que decía San Pablo.
Por otra parte, se sitúa en la tradición cristiana de considerar a María como vía hacia su Hijo y hacia el misterio de la Trinidad: "Santa María, móstranos vía per a Dios e nos guía", se canta en una de las Cantigas de Alfonso XII
1.-Por los niños que empiezan la vida,
por los hombres sin techo ni hogar,
por los pueblos que sufren la guerra,
te ofrecemos el vino y el pan.
Pan y vino sobre el altar
son ofrenda de amor.
Pan y vino serán después
tu Cuerpo y Sangre, Señor.
2.-Por los hombres que viven unidos,
por los hombres que buscan la paz,
por los pueblos que no te conocen,
te ofrecemos el vino y el pan.
3.-Por aquellos a quienes queremos,
por nosotros y nuestra amistad,
por los vivos y por los difuntos,
te ofrecemos el vino y el pan.
1. Me alegro verte, como verdadero y profundo "mercedario"; recordando y enseñando a Tirso para el creyente de hoy.
(Yo estoy releyendo al "Quijote" y a Calderón de la Barca: "La vida es sueño",por supuesto).
Creo que tu "hubieras" escrito, o te "mereces" haber escrito "Condenado por desconfiado" de Tirso: tú, como aquel, eres un teólogo de la gracia.
2. Estoy leyendo,con altísima satisfacción, tu libro:
Fiesta del Pan, Fiesta del Vino. Mesa común y Eucaristía. EDV.2000(Navarra).¡Excelente!
¡Gracias por todo!
¡Sigue escribiendo (por y para nosotros)!
Juan Manuel
sin menoscabo de estas almas que con entrega y adoración endulzan sus dias.
¿No hay similitud con estos relatos?.
¿¿¿Superación del amor profano?. ¿Cómo puede superarse lo que ni siquiera se inicia, lo que se desprecia de plano antes de acometerse?.
El amor es un camino de superación en todas sus dimensiones. Pero la superación del amor conyugal no está en el rechazo de su mundanidad -profanidad- sino en escalar las cumbres de amor más altas. Subir a la peña juntos, unidos en la misma cordada, para gustar en la cima los gozos del amor eterno.
Dos personas, hombre y mujer, se descubren, se dicen y se valoran en ofrenda de amor definitivo. Y es en la aventura y el riesgo, el gozo y la gracia de ese encuentro donde se revela Dios ante los hombres. Ellos son signo de Dios sobre la tierra. No necesitan sacerdote o mago, ellos mismos son la religión y el sacerdote el uno para el otro".
Es en la profanidad del amor, donde Dios está y de esta forma se revela a los propios amantes y al resto de los hombres. Sigue...
(2)Lamento decirlo, pero como amante y esposa yo no reconozco en esa fantasía mariana que tanto estimula a los clérigos, ningún modelo. Al contrario: veo un antimodelo.
Por cierto, en una unión intensa y profunda entre un hombre y una mujer hay una carga mística muy real y que tiene poco que ver con estos barroquismos frailunos. La expresión abierta de esa erótica mística, sin embargo, es cosa inédita -y probablemente imposible- en un cristianismo donde los 'sagrados' son tales por su desprecio del eros, tenido como mancha infamante de la secularidad.
Sin recurrir a tantrismos lejanos (tan sabios, por otro lado) la mística judía ha producido textos bellísimos sobre la unión erótica del místico y su esposa como una reconstrucción del andrógino primordial anterior a la alteridad caída.Los pasajes del Zohar sobre el asunto son infinitamente más inspiradores para una pareja que ame las cosas del Espíritu que los 'matrimonios' a lo Tirso.
Y pensar qu...
Niego la mayor. María constituye la expresión de la mutilación de lo femenino en un cristianismo patrimonializado por celibatarios. No se puede retorcer el lenguaje y desvirtuarlo utilizando el término de 'esposa' para una figura radicalmente antierótica. El fundamento de lo esponsal es el eros, el amor polar y unitivo REAL, no 'alegórico', entre lo masculino y lo femenino. Dos que se convierten -en una experiencia de facto, no en metáfora- en un uno vuelto hacia Lo Uno.
Sentir el desposorio con María para así llegar a Dios, es un atajo que olvida ese otro tramo que es la redención de los cautivos, porque el cautiverio más trágico de los esponsales son los conflictos conyugales de los que arrancan tanto el Olivar como la Peña.
Convendría reunir todas estas idealizaciones en un sólo rayo de luz y proyectarlo a la redención del matrimonio cristiano, para que varones y mujeres se amen como Dios ama a su Pueblo y a su Iglesia.
La mística radica en los matrimonios de amor y no de explotación suicida!
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Xabier Pikaza Ibarrondo
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