El blog de X. Pikaza

Ingeniería genética e Inmaculada Concepción

06.12.06 | 15:53. Archivado en Justicia, María

La Inmaculada es la fiesta de una mujer que ha sido Bien Nacida por providencia de Dios y amor fuerte de unos padres que se unieron para amarse y para amarla ya en su Concepción (¡Inmaculado coito, Inmaculado sexo!). Inmaculada es la fiesta de la Bien Concebida y Bien Recibida), en una casa que le acoge, en una tierra y una patria que le ofrece una tarea intensa de maduración personal, al servicio de los demás. Pero ¿qué podemos decir de los mal-concebidos, en paternidad/maternidad “no responsable”? ¿Qué podemos decir de los mal-nacidos que sólo encuentran oscuridad cuando les dan a luz y violencia cuando les "mal-reciben" en la tierra?

1. Pecado original. Los mal concebidos y mal nacidos

La concepción y nacimiento suele ser tiempo de amor y gratuidad. Lo más bello del mundo es que dos seres humanos se encuentren y copulen para que pueda surgir un nuevo ser humano. Lo más bello sigue siendo el nacimiento de un nuevo ser humano, recibido en amor por sus padres, celebrado en alegría por parientes y amigos de los padres.

Pero los hombres han sabido desde antiguo que puede haber “mal-concebidos”: seres humanos que son concebidos en violencia y opresión, en puro deseo posesivo o miedo, más que en gracia y amor de los padres. Seres humanos que nacen deformes (¡biológicamente deformes!), que no son bien recibidos… Seres a quienes el sistema engendra para que siga la rueda sistema: la produción y consumo de bienes, para pasar toda la vida trabajando como obreros de la gran colmena. Seres a quienes se arroja al camino o la estepa cuando nacen, sin que puedan recibir la leche y la miel de la visa...

En este contexto elaboró la teología antigua el tema del “pecado original”, que no es pecado de los niños que nacen (¡qué culpa tienen ellos!), sino de aquellos que les engendran de un modo egoísta y les ponen después al servicio de sus puros intereses de violencia. Este es el pecado de aquellos que nacen para la horca, como vimos en el blog de hace dos días.

Actualmente, ese pecado de los “mal concebidos y mal nacidos” puede recibir nuevos rasgos desde las posibilidades técnicas de la genética (que pueden ayudar en el plano biológico) y desde las posibilidades de una educación puesta al servicio de un cambio de los hombres del futuro. Podemos decir que hasta ahora hombres y mujeres han nacido de un modo “artesanal”; ahora pueden nacer de un modo programado, como en una “fábrica”. Aquí se inscribe una de las páginas más intensas de la política, filosofía y religión del futuro. Dejamos así a un lado el tema de los niños que nacen en una sociedad que no puede ofrecerles posibilidades de vida, que les arroja a la calle (en muchos países empobrecidos), para ocuparnos de los niños que pueden nacer por ingeniería, como objetos de puro mercado, en una fábrica de hombres.

2. Ingeniería genética

En principio,la ingeniería genética intenta mejorar las condiciones de la “concepción” y del nacimiento-educación de los niños. En princpio, ella es buena, de manera que puede ayudar al surgimiento de una humanidad mejor, en la línea de la Inmaculada Concepciòn. Pero ella puede ponerse también al servicio de la opresión, de la fabricaciòn de hombres-esclavos.

En esa línea de ingeniería o mejora genética (¡racial!) se vienen situando, quizá desde Platón (que planteó el tema en su libro sobre la República), algunos filósofos y sociólogos actuales. Ellos piensan que los hombres sólo podrán superar su estado presente de lucha y violencia con la ayuda de unos modelos de control y planificación genética que curen sus heridas y les vuelvan pacíficos. Para superar la violencia sería necesario, un nuevo nacimiento, programado genéticamente, que produciría una humanidad mejor, introduciendo en el mundo un gen de paz. Esta es una buena aspiración, pero también una tentación.

1. Es una aspiración. Muchos piensan que hemos sido hasta ahora animales enfermos, bajo un instinto de muerte, vinculado a un pecado o perturbación originaria. La Iglesia cristiana ha querido superar ese pecado ofreciendo a los hombres un nuevo nacimiento espiritual, por el bautismo, para hacerlos miembros de una comunidad espiritual de hombres y mujeres liberados. Pero muchos afirman que no ha sido (o que ya no es) capaz de conseguir lo que pretende, pues las divisiones y violencias continúan.

Por eso, algunos añaden que es preciso planear y aplicar un nuevo nacimiento, como el que quiso Platón en su República. La situación es crítica y si no cambiamos (o si no nos cambian) moriremos todos o, por lo menos, la gran mayoría. Los privilegiados del Sistema hemos subido a un Arca de Noé, pero no para salvar vidas, sino para que se destruyan más vidas en el mar exterior de la muerte, sobre el que navegamos, como Noé, en un Arca de vida muy frágil, para algunos privilegiados. Sólo hay una solución: crear una cultura no competitiva y, al mismo tiempo, organizar y recrear genéticamente el “parque humano”.

2. Esta es una tentación. Un sistema organizado, que pueda manejar a su favor la ciencia y el dinero, sentirá el impulso de utilizarlos para “producir” una humanidad a su imagen y semejanza. En esa línea parece situar P. Sloterdijk su proyecto inquietante de planificación eugenética, que podría y debería ser realizada por un consejo de sabios, al servicio de la «buena» globalización.
Muchos suponen que ese proyecto es una nueva versión de la tentación mesiánica que el diablo propone a Jesús (Mt 4; Lc 4), diciéndole que ofrezca a los hombres pan y paz política, a condición de que le adoren, es decir, que le vendan su libertad. Siguiendo esa línea, unos hombres genéticamente manipulados y programados por un Diablo Ilustrado, podrían comer y divertirse en paz, pero no serían ya personas (hijos de un Dios que engendra en libertad), sino productos planificados de un zoo de hominoides.

Esta parece la tesis de fondo de P. SLOTERDIJK, El parque humano, Siruela, Madrid 1999, que asume y desarrolla la imagen inquietante de un “parque animal” para desarrollar la raza adecuada. Ciertamente, ese proyecto de “mejora racial” no es para Sloterdijk el único medio o camino de transformación de hombre. A su lado ha puesto la exigencia de una transformación que parece tener evocaciones religiosas, en la línea del no-actuar del taoísmo, como indica su obra Eurotaoísmo, Seix Barral, Barcelona 2001.
En contra de ese proyecto ha elevado su voz J. HABERMAS, El futuro de la naturaleza humana, Paidós, Barcelona 2002, defendiendo una eugenesia liberal. Su tesis central es que entre padres e hijos (manipuladores y manipulados) pueda darse un diálogo en igualdad, sin imposición de unos sobre otros, sin una generación de sabios defina lo que han de ser los hombres de la generación futura. En las reflexiones anteriores venimos evocando las imágenes de algunos escritores significativos que, de formas diversas, han marcado el riesgo de una paz diabólica, lograda a costa de la libertad humana, desde DOSTOIEVSKY (El Gran Inquisidor: Hermanos Karamazov) hasta A. HUXLEY (Un mundo feliz).

3. Proyectos eugenéticos perversos

Pueden existir y existen muy buenos proyectos eugenéticos, en línea de medicina y de mejora de las posibilidades de libertad para los niños que nacen. Pero otros proyectos eugenéticos nos sitúan en un campo de batalla o manipulación biológica, que no se libra ya entre seres más o menos iguales, con armas de muerte, sino entre adultos (manipuladores) y niños, a quienes esos adultos irían educando y programando para que desarrollaran un tipo de vida distinto del actual.

Evidentemente, los defensores de este proyecto quieren suscitar unos hombres, liberados de las inquietudes y violencias de la historia anterior. Pero en ese campo surgen dos problemas. (1) Saber si los padres o “productores” de esos niños (un consejo de sabios, un estado liberal) tienen el derecho de fabricarles conforme a un modelo que ellos mismos escojan, es decir, a la imagen y semejanza de sus propios deseos o para su servicio. (2) Saber si los niños así producidos serían humanos, seres superiores, con libertad personal, o productos biológicos fabricados en serie y manejados, desde fuera de sí mismos.

Realizada de manera consecuente, esa mala manipulación biológica nos situaría posiblemente ante la mayor de todas las violencias: una que se ejerce sobre los seres humanos, a los que obligaríamos a ser como nosotros queremos (como objetos) y no como ellos quieran (como personas el libertad). El problema está en determinar el alcance de esa manipulación, en la que en general pueden darse dos posibilidades.

(1) ELa manipulación biológica puede realizarse sólo en un plano exterior (biológico), dejando que los aspectos más personales, vinculados a la palabra y al afecto, sigan dependiendo de la libertad y del encuentro personal, gratuito, con los padres y educadores. Esa manipulación es "buena" y ofrece grandes posibilidades para el futuro. (2) Pero puede haber una manipulación que quiere ser total, de manera que determina el nuevo ser de los nacidos, en sus diversos planos, biológicos y psicológicos; en este segundo caso, los niños así producidos (no creados, ni engendrados), no serían ya personas, sino simples máquinas utilitarias.

4. Hombres-limbo, hombres máquina

Situémonos ante esa segunda posibilidad. Supongamos que los hombres tenemos ya el poder de producir un tipo de hominoides, programados de tal forma no sean, ni quieran ser, dueños de sí mismos, dentro de un juego de relaciones libres, conflictivas pero creadoras. Supongamos que podemos producir un tipo de robots biológicos, que siguen dependiendo de sus fabricantes a lo largo de todo el ciclo de su vida. Aún en este caso podríamos distinguir dos tipos de eugenesia:

Podria haber una ingeniería bondadosa, de limbo. Una eugenesia bondadosa trataría de ayudar a los nuevos nacidos, para evitarles los problemas duros de la vida. Ella procuraría suscitar hombres mejores, sin riesgos ni violencias, sin tensiones de muerte y pecado, es decir, sin auto-conciencia radical ni libertad. En esa línea se situaba el imaginario de cierta tradición católica, que enviaba a los niños no cristianos, muertos sin uso de razón, a un limbo de gozosa inocencia, sin dolores ni conciencia. Algo así podría producir la eugenesia y mantener cierta medicina: un paraíso sin serpiente, pero sin humanidad.

Podría haber una eugenesia comercial, dirigida a crear hombres-máquinas. El sistema de poder no parece interesado en experimentar con hombres-niños inocentes y felices. Pero puede estarlo en producir hombres-máquina, para su servicio: esclavos vivientes. En otro tiempo se hicieron guerras para conseguir esclavos de otros pueblos, para dedicarlos al trabajo (en muchas partes) o para sacrificarlos a los dioses (en ciertos lugares de América). Ahora se trataría de clonar y producir esclavos genéticos, para servicios laborales, sacrales o sexuales (que en el fondo se identifican) o para otros semejantes. La gran industria del futuro podría ser la de producir hombres cautivos, prêt a porter, según las necesidades del sistema. Evidentemente, ya no habría guerras como las antiguas, pero el conjunto del mundo sería un cautiverio.

Podría haber paz, pero no sería paz humana. En este contexto, algunos recuerdan a F. Nietzsche, que anunciaba el surgimiento de un Super-Hombre (aunque él sería contrario a las transformaciones genéticas y a los resultados así obtenidos). Otros evocan las guerras biológicas de un tipo de nazismo, dispuesto a matar a los diferentes, para crear una raza pura de los arios superiores, portadores del destino sagrado de la vida. Casi todos, de un modo o de otro, se sienten (nos sentimos) inquietos ante una situación en que unos hombres pueden definir la vida de sus sucesores, para quitarles su tesoro (libertad).

5. Una fantasía: nuevas clases de hombres

Algunos creen que una situación como esa podría producirse pronto. A pesar de sus protestas formales, que se extienden por doquier, en plano jurídico, moral o religioso, la sociedad actual estaría dispuesta a “clonar” un tipo de hominoides adaptados a sus fines, como muestran por doquier los relatos de ciencia-ficción. De esa forma, nosotros, los sabios del sistema, produciríamos un tipo de seres a los que dominamos para nuestro provecho, hombres domésticos, en vez de animales domésticos, para nuestra seguridad, trabajo o compañía:

Hombres-soldados, que resuelvan los asuntos sucios de violencia y que nos defiendan de posibles enemigos interiores y exteriores. La ciencia-ficción ha avanzado de forma impresionante en este campo, haciéndonos ver la apariencia que tendría un futuro de ejércitos no humanos.
Hombres-obreros, que realicen los trabajos duros de la producción y la limpieza, de la agricultura y la construcción, de manera que los hombres podamos vivir para el gozo. Serían robots vivos, no puramente mecánicos, con una inteligencia adaptada a las necesidades de cada caso.
Hombres-cuerpo para el sexo o la compañía, en sus diversas formas... Algunos piensan que el hombre podrá dejar de ser vivíparo, de manera que se fabricarán máquinas para la gestación de los niños, “liberando” así al cuerpo femenino de su tarea materna. De esa forma, varones y mujeres podrían ser especializados en formas diversas de compañía y servicio social, sexual o familiar, según los casos.

Si algo de eso sucediere, si los así clonados no fueran ya capaces de vivir en Presencia de Dios y en comunicación creadora y gratuita con otras personas, compartiendo con ellas su experiencia de nacimiento y muerte, la especie humana se habría destruido a sí misma o, al menos, se había dividido de un modo insalvable. (1) Por un lado estarían los nuevos dueños de la vida, los manipuladores genéticos, fabricantes de hombres. (2) Por otro lado estarían los nuevos esclavos genéticos, nacidos y programados para servir a sus señores, formando parte del más duro cautiverio de todos los tiempos.

6. Manipulación genética, la guerra del fin del mundo

Esta sería la última de nuestras guerras, la guerra del fin del mundo, que a veces se ha descrito con tintes apocalípticos (de violencias espaciales), pero que podría resultar mucho más banal: la guerra de la simplicidad y tontería en que, al fin, los hombres van muriendo por dejadez o renuncia de libertad. Pues bien, rechazar ese tipo de manipulación significa situar al hombre sobre toda ley científica, sobre toda imposición social, descubriendo así que cada hombre o mujer es un nuevo Hijo de Dios, alguien que sólo puede surgir y crecer humanamente si lo hace en libertad, consciente de sí, acogiendo y realizando su propio camino, en comunión con los demás, en riesgo de vida y de muerte.
Una manipulación genética consecuente vendría a ser la última y más dura de todas las cárceles: sería la esclavitud total de aquellos que han nacido de tal forma ajustados a su propia condición de esclavos, que ni siquiera saben que lo son; este sería el cautiverio final de unos hombres que fueron saliendo hace siglos y siglos del sueño de la naturaleza madre para encerrarse al final en la tumba de sus propias creaciones. Este sería el cautiverio de unos hebreos que renuncian a su libertad y vuelven a un Egipto peor que el precedente; el cautiverio de unos hominoides platónicos que prefieren quedarse para siempre en la oscuridad de su cueva mecánica, el gran rechazo de unos cristianos que acaban renunciando a la gracia.

7. Otra vez la Inmaculada

En este campo se sitúa la nueva “tarea” de la humanidad: rechazar esa manipulación última significa querer que los hombres sigan naciendo libremente y por amor, en todas las dimensiones de su vida, en cuerpo y alma, como seres frágiles y fuertes en su fragilidad, conscientes de sí mismo y capaces de relacionarse unos con otros, de trabajar y de amar (dando vida, desde el mismo fondo de su vida corporal), en un proceso de gratuidad que les sitúa en lo que podemos llamar el nivel de lo divino.

Ciertamente, no podemos trazar respuestas fijas y decir de antemano lo que tienen que ser o serán los acontecimientos de la vida humana. Pueden cambiar y cambiarán profundamente muchas cosas. Pero sabemos y podemos decir desde ahora que un modelo de pacificación eugenética, entendido de un modo básicamente biológico, resulta muy peligrosa, pues corre el riesgo de hacer imposible el surgimiento de la libertad, que constituye el mayor riesgo, pero también el mayor tesoro de los hombres. Por otra parte, esa pacificación no se puede dejar en manos de un comité de sabios, que dictaminan desde arriba lo que debe ser la educación de los hombres, marcando para ellos unos determinados caminos de conducta. Sólo puede haber Inmaculada Concepción donde los hombres (también con la ayuda de la ciencia) engendran y nacen en amor.
Estamos ante un límite que no debemos pasar: el límite de nuestra realidad específicamente humana, en gracia y libertad, como seres que recibimos y damos la vida (nacemos y morimos), compartiéndola unos con otros, en un plano de afecto y palabras, de trabajo y cuerpo, de voluntad y entendimiento. No se trata de ir en contra de la ciencia, sino de ponerla y ponernos al servicio de la Vida de Dios, que es libertad de amor

Pienso que es aquí, precisamente aquí donde viene a revelarse la verdad de Dios, que es Vida infinita compartida, para nosotros, los hombres, que sólo podemos existir como humanos (en liberad de amor) si engendramos y acogemos, si compartimos, gratuitamente la vida, en un camino en el que siempre corremos el riesgo de perderla (dentro de un amor más grande, el amor de lo divino). Por eso, la mayor violencia sería la de hacernos incapaces de violencia, es decir, la de convertirnos en puros corderos o robots, sin capacidad de reacción personal, de opción y libertad, de nacimiento y muerte.

Es aquí donde se sitúa el ideal de la Inmaculada, es decir, de la persona que nace en amor y libertad, con riesgo de malformaciones, pero con esperanza de vida. En ese sentido queremos y debemos afirmar que el mayor infierno sería hacernos incapaces de infierno, negar nuestra identidad como seres que pueden escoger, para ser lo que ellos quieran. Sobre esa base, debemos añadir que el futuro de la humanidad está en manos de la buena concepción y de la buena educación, es decir, de la capacidad paterna de unos (padres/madre, la sociedad) y de la condición natal de otros (de los niños que nacen).

En este contexto descubrimos que los hombres y mujeres son ante todo unos “seres natales y mortales”, que reciben y dan la vida. En ese contexto de natalidad y mortalidad puede y debe situarse la figura cristiana de la Inmaculada: los seres humanos pueden nacer por gracia de Dios, por amor de los padres. La misma genética puede y debe ponerse al servicio del nacimiento humano, no en forma de ingeniería impositiva, sino de apertura a la libertad. Y desde aquí tedríamos que volver a los millones de niños que parece que han tenido una "mala concepción", pues nacen en un mundo dividido que no les ofrece condiciones de paz y de futuro. Es aquí donde se encuentra el verdadero problema de lo humano: ¿Qué hace la Inmaculada bella, bien vestida y amorosa, en un basurero de niños condenados al sida o a la muerte de hambre? ¿Que hacemos nosotros, que celebramos el nacimiento inmaculado de María, dejando que este mundo de niños dolientes siga creciendo?


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