Nos acercamos a la fiesta de Pentecostés, la culminación de las fiestas cristianas, tiempo que podemos decir y decimos: Dios es Espíritu, él vive en nosotros, nosotros en él. En este contexto quiero desarrollar, en línea cristiana, las tres epifanías del Espíritu: en Israel, en Jesús y en la Iglesia. Este esquema es ciertamente limitado, pues se puede y debe hablar de otras epifanías del Espíritu de Dios: en la creación en cuanto tal, en la historia de la humanidad, en las diversas religiones… Aquí quiero destacar las tres ya indicadas y lo haré en un lenguaje teológico, que podrá ofrecer cierta dificultad. Perdonen los que buscan estos días unas presentaciones más sencillas del tema. La humanidad entera, el hombre, tal como se revela y despliega en Israel, es epifanía y presencia del Espíritu de Dios. como he destacado en mi libro Dios como Espíritu y Persona (Sec. Trinitario, Salamanca 1989).
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Ayer hablé de B. Lahoz como teólogo, partiendo de su forma de entender el argumento de San Anselmo. Vio a Dios como verdad interior, garantía y sentido del propio pensamiento. Y le vio, al mismo tiempo, como fuente de comunión o, mejor dicho, de comunicación universal, partiendo de la Trinidad (que es comunión, en la que nadie está fuera) y de Jesús, que está presente en los expulsados y encarcelados (Mt 25, 31-46). No le dejaron enseñar, le expulsaron de las instituciones docentes… y así fue a extender su “filosofía” (su visión de Dios) en la Cárcel Modelo de Barcelona, donde fue capellán muchos años, desde el 1939… hasta casi su muerte (en 1970. Buscó a Dios en la cárcel, porque allí estaba Dios, en los condenados a muerte. El Dios de su verdad interior era el Dios que acoge y da palabra a los condenados a muerte. (En la Imgen, la Modelo de Barcelona, demostración de Dios para B. Lahoz)
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Ayer he vuelto a comentar el “argumento ontológico”, propuesto de manera clásica por San Anselmo y recreado por Fernando (y por mí). Es un argumento con muchas lecturas. Una de ellas, de tipo agustiniano, puede formularse así: «No busques a Dios fuera de ti, no quieras que otros te demuestren su existencia, ni aceptes al Dios que te imponen desde arriba. Nadie te podrá demostrar que hay Dios, ni podrá asignarte un tipo de religión o de experiencia, nadie podrá utilizar la religión para dominarte y tenerse sometido. Nadie, diciendo “Dios”, te podrá decir “sométete y obedece”. Busca dentro de ti y encontrarás la libertad, que “su presencia” (la de Dios, la tuya). Sé fiel a ti mismo y descubrirás que Dios habita en tu interior». Ésta fue la verdad que me enseñó hace casi cuarenta y cinco años el Padre. Bienvenido Lahoz, uno de los hombres más significativos de la iglesia española de la posguerra. Dios fue para él una expresión y garantía de libertad, dentro de una Iglesia a la que quiso (y en la que tuvo que vivir como exilado).
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Quizá en nuestros blogs hay demasiada iglesia y poco Dios, mucha habladuría y poca Palabra, demasiada moralismo (con obispo y toda hache) y poca voz interior. Por eso he querido abrir esta semana (que para los cristianos es tiempo de preparación para el Espíritu Santo) un espacio para Dios,, para que mis lectores piensen en libertad y gocen, porque Dios (si existe) es libertad y gozo y también pensamiento (y toda hache). Por eso he comenzado preguntando: ¿Cómo sabes que hay Dios? Quizá lo sabes porque habita en ti Alguien que siendo, mayor que tú, no te destruye, ni te domina, ni se impone, ni te avergüenza, sino que, simplemente, te hace ser y pensar. Quizá porque él es gozo y misterio de tu pensamiento. Quizá porque sabes que tu vida tiene un sentido en la Vida infinita, en que te asientas. De eso émpecé a tratar el día 21 del pasado mes (con Anselmo), de eso sigo hablando ahora, abriendo en el hueco de Fernando un espacio para que otros, si quieren y se animan, puedan sentir y gozar en el Dios infinito.
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He querido ofrecer a mis lectores un pequeño Triduo de Ascensión. El primer día (sábado) he comentado el texto de Mt 28, 16-20, poniendo de relieve la presencia del Señor Pascual. Ayer domingo he presentado el texto de Hech 1, 1-11, desde una perspectiva litúrgica, de historia de la salvación. Hoy desarrollo una breve teología de la Ascensión, tomando como base la palabra del Credo que dice: “subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre”. Ciertamente, lo que importa es la presencia del Señor, que dirige nuestra historia. Pero es hermoso expresar simbólicamente su “ausencia gloriosa”, viéndole en el Padre Dios, con los ojos de la fe, sin querer concretar lo que decimos y miramos en razonamientos estrictos. Ésta es una teología de la gloria. El tema está tomado de mi libro Éste es el Hombre. Cristología bíblica, Secretariado Trinitario, Salamanca 1997.
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Ayer he comentado el evangelio del domingo (Mt 28, 16-20) poniendo de relieve el sentido más hondo de la Ascensión como Presencia y Tarea de Jesús, desde la Montaña del Amor cumplido. Hoy me fijo en la primera lectura (Hech 1, 1-11) que es la que ha servido y sigue sirviendo de “imaginario” simbólico para la celebración de este día. Retomo lo que he dicho en mi libro Camino de Pascua (Sígueme, Salamanca 1997) que me ha venido sirviendo de guía durante este tiempo. Sigo deseando a todos una feliz fiesta de Ascensión, que su vida sea camino y presencia de Cielo. Creer en el Cristo del Cielo sigue siendo aceptar agradecidos su tarea en la tierra. Cristo se ha "ido" para estar presente de una manera más intensa, más comprometida. En el "hueco" de Jesús somos nosotros. Donde él ha quedado seguimos nosotros (con él, por supuesto).
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Ascensión del Señor. Mt 28, 16-20. Culmina el tiempo de pascua con la fiesta de la Ascensión, que solía celebrarse en jueves, a los cuarenta días del domingo de resurrección, pero que se ha pasado ahora, en casi todas las iglesias, al domingo siguiente. Culminan también de esta manera las dieciséis estaciones de Pascua que he querido ir presentando, de forma salteada, en los días anteriores. Aprovecho la ocasión para desear a todos mis lectores y amigos un feliz final de pascua. Hoy desarrollo el tema del evangelio del día, indicando que según Mt 18, 16-20 no hay ascensión propiamente dicha, sino revelación y presencia del Señor Jesús en la Montaña del Amor cumplido, la montaña de la Presencia y del Envío. Mañana presentaré el texto de Hech 1, 1-11, que también se lee este domingo, donde aparece ya el tema expreso de la ascensión al cielo. (Imagen: en la montaña de Amboto soñaba yo de niño la Ascensión)
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Ayer presenté el caso de un seminarista, violado por un sacerdote, que quiere ser sacerdote. Más de dos mil personas han leído directamente el tema (sin contar los que lo hacen a través de las copias realizadas en otros portales). Sin ser absolutamente central para el evangelio, el tema inquieta e interesa, por lo que tiene de morbo y también de riesgo y ruptura (perversión) del amor. A mí me interesaba, sobre todo, por lo que tiene de posibilidad afectiva y de apertura en el camino de los “ministerios” cristiano, es decir, en la transmisión del evangelio. Varias personas me han llamado, pidiéndome mayor información y les he remitido a mi libro ayer citado Palabras de Amor- Homosexualidad 2, Desclée de Brouwer, Bilbao 2006 (págs. 295-299). Allí lo encontrará quien lo desee, en su contexto más amplio. Pero he pensado que algunos lectores agradecerán su inclusión en este blog, para seguir así pensando en lo que dije ayer. Quiero decir desde aquí que el tema central no es la homosexualidad posible de los clérigos, sino su madurez afectiva y su entrega al servicio del evangelio de Jesús. El tema es el “ministerio”, es decir, el servicio de amor a los demás.
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Parece un título de folletín, pero se trata de un hecho real. Las violaciones han existido desde que conocemos el mundo. También parece haber existido algún tipo de pederastia. Pero, en estos últimos tiempos, esos temas han recibido más atención en los medios. Baste recordar los ejemplos de pederastia en un tipo de clero USA o el caso del padre violador de Austria, que ha tenido siete hijos con su hija. En este contexto quiero recodar el ejemplo real y concretísimo de un muchacho que fue violado por un sacerdote y que quiere ser sacerdote, reconociéndose homosexual. Parece extraño y sin embargo resulta común: es un caso que podemos encontrar en la esquina de la calle, un muchacho aparentemente maduro, capaz de un ideal muy grande, pero envuelto en un drama que le cuesta superar. Aquí lo presento desde una perspectiva cristiana. No es una lectura para todos; quien tenga reparos no siga leyendo hoy este blog. Pero es una lectura que puede resultar hasta ejemplar y emocionante, por lo que tiene de sufrimiento, de entrega personal y de amor. Hay en el fondo un inmenso amor, de manea que lo que aquí se dice puede ayudarnos a entender la complejidad del mal, pero también la fuerza del bien del ser humano, al que nosotros, los cristianos, consideramos hijo de Dios.
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En este blog he tratado varias veces del perdón, desde un plano personal y social, público y privado. El perdón está en el centro del mensaje de Jesús y de su “religión” y es, al mismo tiempo, uno de los temas esenciales de la vida familiar y de la misma política, pues sin perdón no existe vida humana. Es un tema esencial y, sin embargo, difícil, como indiqué por última vez en este blog el pasado domingo (26. IV. 08), ofreciendo a María cinco razones para perdonar. Del perdón habla una madre a su hijo y del perdón ha tratado también, dentro de la situación polítca y social de nuestro país, la Conferencia Episcopal Española, por poner un ejemplo. Pues bien, entre los que han contestado a mi intervención del domingo (sobre el perdón de María) está mi amigo Ariel Álvarez Valdés, teólogo argentino y amigo, a quien hemos visto muchas veces en este blog. Él me ha mandado este trabajo extraordinario donde expone e ilumina el sentido del amor a los enemigos, según la Biblia y la Experiencia cristiana. Gracias, Ariel, una vez más.
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Ayer publique le carta de una mujer (con su nombre y apellido) sobre los sermones de un sacerdote del Opus; he sabido después que la carta fue publicada en el diario de Santiago de Estero el 9 ò 10 de Enero de 2008. La autora me lo ha agradecido y me dice, en correo personal: “Confío que el espíritu de amor que cada uno tiene en su interior, terminará flotando en esta sociedad y nos permita ir descubriendo, a cada uno, la verdad que nos permita caminar en gesto de gracia, perdón y comprensión”. Siguiendo en esa línea, recojo hoy otra carta de un tal Manolo (¡que no se llama Manolo!), pero que es un compañero antiguo, al que no he visto desde hace quince años. Me escribe desde algún lugar de España, que llamo Puerto Fantasía. Era lo que antes se llamaba “maestro”, un buen pedagogo, un cristiano firme, pero no muy puesto en cosas de teología y así me ha pedido consejo sobre la forma de tratar a una muchacha que en otro tiempo había sido alumna suya; una muchacha que después estuvo interna en un colegio del Opus y que ahora, con 24 años, tiene dificultades en rehacer su madurez afectiva. Voy a incluir la carta de Manolo, algo cambiada, y mi respuesta, porque puede servir para otros casos semejantes, de personas con problemas parecidos, en el entorno del Opus o de otras instituciones.Quiero que haya otros que le escriban aquí su consejo a Manola, par la ex- del Opues, de 24 años, edad de amor
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El día 30 de diciembre del pasado año (2007) publiqué una experiencia de Dios, en una noche de nieve, en la montaña de los pasiegos y al cabo de unos días me escribió la Dra. Alicia Cesca de Santiago del Estero, con una nota “que había enviado al Director del Diario local “El liberal”, en torno a unas “cuestiones de fe” que viene escribiendo un sacerdote de la líneas del Opus Dei. Como no consiguiera que me publicaran esa nota (seguramente por ser, para estos lados, un poco alejada de la concepción de “iglesia” que se tiene) decidí compartirla con mis contactos, y lo incluyo a Ud. ya que de leerlo diariamente, “algo” de todo lo que nos enseña, se me va grabando. Por eso se la comparto porque busco también sentirlo a Dios como tan lindo Ud. lo describe”. Pidiéndole perdón por la tardanza, publico hoy su carta. Gracias, Alicia.
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