Xiphias Gladius

Los signos de los tiempos (I)

20.02.12 | 11:16. Archivado en Nueva Evangelización
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Desiderio Parrilla Martínez

Nunca vivieron en la tierra tantos hombres como en el presente lo hacen. Nunca la humanidad tuvo un conocimiento tan profundo del mundo, y nunca hasta hoy pudieron algunas personas tener la capacidad de influir tanto en su entorno como para poder llegar, en el límite, a provocar, si quisieran, la destrucción completa de la vida sobre el planeta.

Por eso nunca antes había sido tan imperiosa la necesidad de contar con un discernimiento cristiano que permita mejor conocer el pasado, situarnos en el presente y hacer la voluntad de Dios en el futuro.

En los inicios del tercer milenio todo está conceptualizado, no hay ya tierras vírgenes de las que no se ocupen las ciencias y las técnicas (incluyendo entre éstas a la política o la geografía). Las ciencias y las técnicas (mecánicas, políticas, ingenierías) tratan de organizar toda la realidad, y pretenden agotar el conocimiento del presente.

Sin embargo, los conceptos de que se sirven para determinar el conjunto de la realidad del mundo, no agotan su conocimiento. Sólo la Iglesia está en condiciones de realizar un discernimiento adecuado de la situación presente a nivel planetario.

Como católicos tenemos, por tanto, la obligación de ser discípulos de santo Tomás de Aquino y hacer Geopolítica; debemos adquirir la mejor formación que el uso natural de la razón nos permita alcanzar para conocer adecuadamente esta sociedad global de Tercer Milenio. Pero también tenemos que ser discípulos de san Agustín de Hipona y hacer Teología de la Historia; debemos pedir el Espíritu Santo para que nos permita contemplar en su dimensión escatológica el momento histórico presente y hacer así presente a Cristo en esta generación, siendo sal, luz y fermento del mundo.

"No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?" (Is 43, 18). El profeta en su misión de alentar al pueblo israelita intenta percibir la novedad que se avecina; procura discernir los signos de los tiempos que ayuden a encontrar consuelo a sus conciudadanos. Hoy la Iglesia es llamada a descubrir las nuevas semillas que van brotando día a día en el entramado de la historia. Está convocada para desvelar la presencia de Cristo en medio de las vicisitudes humanas.

Hoy la situación social aparece como cambiante. No se trata simplemente de una época de cambio sino de un cambio de época. Un determinado modelo histórico de vivir y presentar el cristianismo se está agotando. La Iglesia no puede permanecer indiferente ante este fenómeno de dimensiones mundiales.

La nueva sociedad se está vertebrando en torno a las ciudades. La dinámica urbana es imparable desde la perspectiva de la globalización y aparece como un "nuevo aerópago", en palabras de Juan Pablo II. A juicio de David Barrett, a medida que crecen las ciudades, el porcentaje de los cristianos urbanos disminuye. En 1980, el número descendió al 46,3%; según este autor, los no cristianos en las ciudades aumentan uno cada segundo. En 1990, las denominadas mega-ciudades (más de un millón de habitantes) no cristianas eran 5 mientras que hoy ya son más de 121 y se presume que para el 2059 serán 510. En nuestros días se estima que más del 33,6% de la población estará en las ciudades del tercer mundo y, de ese total, la mayoría se asentará en áreas muy pobres o suburbios. Desde este contexto, no se puede hablar sólo de misión urbana sino de misión urbana entre los pobres y preferencialmente hacia los jóvenes. Por decirlo todo a la vez, evangelizar la sociedad del nuevo milenio significa evangelizar las grandes ciudades con una opción preferencial por los pobres y por los jóvenes. En África, el 60% de la población son jóvenes inferiores a los 24 años. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas (División de Población, Departamento de Asuntos Económicos y Sociales) en la pirámide de población mundial estimada para 2050 predomina la población joven sobre la adulta de manera que de los 9.000 millones de seres humanos previstos para entonces 4.200 millones serán menores de 30 años.

Sin duda, la sociedad global y secularizada del Tercer Milenio supone un desafío evangelizador sin precedentes. Supone un reto a caminar hacia una pastoral nueva para las iglesias de vieja cristiandad.

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