Xiphias Gladius

Las monjas, esas mujeres...

08.02.12 | 12:30. Archivado en Nueva Evangelización
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David García-Ramos Gallego

El domingo por la noche, mientras volvía de La Aguilera, pensaba en aquellas mujeres encerradas en medio del frío castellano. Apartadas del mundo, su mundo seguía adelante, en una quietud que contrastaba violentamente con la velocidad a la que atravesábamos el puerto de Somosierra. Y, sin embargo, no podía dejar de pensar que su espacio se ensanchaba hasta abarcar el cosmos y el mío a duras penas llenaba el pequeño turismo en el que viajaba.

El milagro de Lerma, las monjitas de Rouco, las clarisas rebeldes y otras sandeces de ese tipo han estado en la prensa a la orden del día para hablar de estas jóvenes mujeres que han entregado su vida a Cristo. Literalmente. Sé de lo que hablo porque dos de mis hermanas están allí –se me perdonará una aportación tan personal, por tanto, y acepto de antemano la crítica de cualquier que me acuse de favoritismo hacia ellas: dirán que la sangre tira, y es verdad.

¿Quiénes son estas mujeres? ¿Quién es esa que sube del desierto, apoyada en su amado? Este fragmento del Cantar de los cantares (8, 6) siempre me ha recordado a la Pietà de Michelangelo, pero no a la del Vaticano, sino a la conocida como Pietà Rondanini, que está en Milán en el Castello Sforzesco. En esta estatua inacabada –ese género que el artista toscano inventó adelantándose a nuestro tiempo de fragmentos– María parece más apoyada en Cristo yaciente que en aquellas en las que el cuerpo de Cristo yace lánguido sobre la Virgen. La iconografía es siempre clara, menos en esta obra extraordinaria. Esta es la mujer. ¿Quiénes son estas mujeres? Las que acogen el cuerpo sufriente de Cristo en su orar y se apoyan en él al mismo tiempo. Son para muchos las antimujeres.

¿Por qué digo esto? Vayamos por partes.

La mujer hoy: independiente, abierta, desinhibida, decidida, activa y proactiva, madre soltera, esterilizada, trabajadora, la mujer ahombrada, si se me permite una expresión que trataré de explicar luego.

¿Y qué son estas mujeres, estas monjitas, respecto a este modelo –que muchos dirán que me saco de la manga? Estas mujeres, solas, sin hombres son de todo menos independientes: dependen de Cristo, de la Providencia, de la obediencia a la superiora. Su apertura está hecha de otra pasta: están “encerradas” en un convento, en una vocación, en clausura. Su mirada palmariamente libre, es tímida, a pesar de su frescura, siempre estás tú primero: para hablar, para contar, para opinar: una especia de santa inhibición, un quitarse para que tú estés. Las decisiones, aunque apasionadas y arrebatadas en ocasiones –muchas entran jovencísimas–, son sometidas, sin embargo, a la larga espera de al menos cinco años para hacer los votos perpetuos – ya quisiéramos muchos disponer de ese tiempo para tomar ciertas decisiones.

¿Activas? Ellas se pasan el día en no hacer “nada”, más que rezar por todos –¡casi nada!–, hacer su deliciosa repostería, arreglar, coser, cuidar, y todas las tareas de una ama de casa, que también ellas lo son; no son madres solteras, son madres acompañadas –¡son un par de cientos!– de muchas almas, y les dan a esas almas el mejor padre: Cristo mismo; son multíparas, y su maternidad no se acaba con la menopausia; ora et labora decía la vieja regla: pues pareciera que ellas solo rezaran todo el día, vista la unción con que lo hacen: rezan algunas postradas completamente, ante el santísimo –un tipo de oración, la postración, del que nos solemos avergonzar en Occidente, pero que Oriente ha guardado como un tesoro–; rezan y rezan y pierden el tiempo escuchando y hablando, como María, la hermana de Marta, esa mujer moderna, ocupada en cosas que no aprovechan; estas monjas, estas mujeres, son eso mismo: mujeres. Como diría Isaiah Berlin, son lo que son, y bastante tienen con eso.

El escándalo que producen estas hermanas nuestras es un escándalo que va más allá de cuestiones localistas: que si son demasiadas en un convento (¿cuánto es demasiado para Cristo…? ¿O es que vamos a medir ahora a puñados la arena del desierto, las estrellas del cielo o el agua del mar?); que si tendrían que haber sido generosas y haberse “llenado” otros conventos que envejecen solos; que si hacen proselitismo y engañan; que si van a estar a ir encerradas sin hacer nada, “a vivir del cuento”, etc. Yo he oído estas cosas, y todos las hemos pensado.

El verdadero motivo del escándalo –algunos lo llaman revolución– que han suscitado estas mujeres queda oculto, no queremos verlo. Nos denuncian porque nadie da ya su vida por Cristo. Son el doble mimético de la mujer que ha parido esta estéril modernidad que ya agoniza: han querido hacer de ellas algo deimón, ese adjetivo griego que puede traducirse como terrible, como formidable, que puede convertir en monstruoso aquello a lo que califica. De lo formidable a lo monstruoso hay un solo paso. El que da la masa cuando se ha decidido a colgar a alguien del palo mayor. En este barco que es la Iglesia ha habido voces de condena hacia estas y otras mujeres consagradas. El papel que se quiere para las mujeres es otro: no madres, padres; no sumisas, dominatrix; no tiernas amantes, sino duras mujeres libres (sic); no compañeras (¡qué paradoja, ese término tan moderno…!) para toda la vida, sino frugales acompañantes de paso; mujeres ahombradas, incapaces ya de ponerse a los pies de Cristo a escucharle.

Cuando miro a mi mujer: doctoranda, trabajadora, madre activísima, inteligentísima –tanto que me ha enseñado a sentarme a no hacer nada más que escuchar a Cristo– y miro a mis hermanas en La Aguilera, veo lo mismo. No veo la diferencia: veo a Cristo que nos une.

Advertí al comienzo que la sangre tiraba, y es cierto. Está mal que acabe hablando de mis hermanas y de mi mujer –por no mentar a mi madre–. Es cierto, la sangre tira. En nuestro caso ha sido la sangre de Cristo la que nos ha unido. Es la sangre de Cristo la que tira, y mucho: nos arroja a anunciar un “nuevo” modelo de hombre y mujer. El problema es que muchos lo ven como “viejo”.

¿Serán ellos los viejos? No lo sé. Ante estas mujeres uno solo puede sentirse en familia o estar contra ellas. Y ya se sabe que el que divide es el diablo, literalmente, ocupado solo en arrojar mentiras contra los demás. Claro, que habrá quien piense que las que mienten son ellas. A ellos les recomiendo que se pasen un día por allí, sin prejuicios.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por Llanos de Alba 10.04.12 | 01:02

    Que gran suerte tienen "sus mujeres" con Ud. Un saludo para todas

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