Manolo Nestar
20.11.08 @ 08:00:00. Archivado en Artículos, Las gentes
Uno siempre procura, al hacer la semblanza de un personaje como éste, buscar las palabras que justifiquen o suavicen los excesos que todo el mundo le apreciaba y que el periodista de esta casa, Dacio Rodríguez Lesmes, reflejó en la sección “Cada día una entrevista”, allá por los años cuarenta del pasado siglo.
A lo largo de cinco extensas conversaciones, Nestar, con el aire socarrón que acostumbraba, va contando excesos de su vida. Así titula la primera: “Manolo Nestar, cincuenta y siete años y ciento cincuenta y dos kilos”. El protagonista lo explicaba de otro modo:
“Fui a pesarme hace poco en una báscula pública. Delante de mí había dos números de la Benemérita. Subió uno y la aguja marcó 60 kilos. Subió el otro y 70. Subí yo y cuando aún oscilaba la manecilla me dije: ¡ya sé lo que peso!, dos guardias civiles y 22 kilos”.
Cuando alguien se refería al hecho de freir con un billete un par de huevos o prender un habano con un papiro de cien pesetas,
este cerverano argumentaba que “al dinero, al loco y al aire, conviene darle aire”. Ya para nadie es un secreto que compró todas las entradas de un teatro en Bilbao. Él mismo le cuenta al periodista cómo un día que llovía a mares (Bilbao), alquiló todos los taxis y de qué modo describe las carreras de los transéuntes buscando inútilmente uno libre. Otros no saben bien en qué ciudad contrató a todos los limpiabotas (Bilbao) tirando a la ria a uno que no respetó el trato, o en qué venta encargó comida para doce, que todos supusimos que eran trece.
Cuenta Manolo que tenía un oso, al que llevó a la mina de carbón que explotaba en La Pernía y le fue adiestrando en la tarea de empujar vagones. Un día llegó hasta su despacho un nuevo rico, a quien le hizo creer que la explotación la llevaba a cabo con osos.
—¡Eso es imposible!
—Iremos a la mina y lo comprobará usted mismo
Subió Manolo delante y les puso en guardia a los obreros para que se escondieran y dejasen trabajar al animal. A la caída de la tarde llegó el visitante y, enseguida asomó el oso empujando la vagoneta.
—¡Ahí sale uno! –le dijo, desviando la conversación.
—¡Ahí sale otro...! Y así, hasta siete veces. El hombre en su buena fe se lo creyó a pies puntillas.
Menos conocida es la anécdota protagonizada en Burgos, al tratar de cruzar “El Espolón” por un lugar prohibido.
—¡Señores -les advirtió el guardia-, no pueden cruzar por aquí!
—¿Ya sabe usted quién soy yo? –se le encaró Nestar–. ¡Habla usted con el Jefe Nacional del Seguro de Probabilidades! El guardia quedó absorto, echó mano a la gorra y dijo:
—¡Pase, pase usted! ¡A sus órdenes!
O cuando en Madrid suplantó al ex–alcalde Pedro Rico, en una noche de disfraces. Llegó Nestar al baile y le recibieron con honores de primera autoridad. Cuando llegó el alcalde auténtico, tan rollizo como él, le echaron con cajas destempladas: ¡Qué gracioso!, ¡Pues no dice que es D. Pedro Rico!
Es posible que nuestro personaje, para quien el dinero “se ha hecho redondo para que ruede” y que definía muchas de sus acciones como caprichos, llevara como todos la procesión por dentro. Que no todo lo que hizo o lo que dijo fue como nos lo contaron, pero hay algo que sí parece cierto, más allá de las pesadas bromas que gastó: “¡Nada de convertir el vil metal en ley de vida!”.
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© Froilán de Lózar – DIARIO PALENTINO, 2008
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