Requiescat in pace
30.10.08 @ 08:00:00. Archivado en Artículos
Cuando muere un ser querido y se le da tierra, querámoslo o no, se aplaca poco a poco el fulgor que derramó en vida. Yo nunca he entendido los títulos ni las medallas a los muertos. Al muerto, que es el agasajado, no le sirven de nada, ni podrá agradecérnoslo, ni nos devolverá el favor... Después de la irreparable pérdida, por lacerante que sea nuestro dolor, por mayor que fuera nuestro lazo, la luz se va extinguiendo hasta quedar depositada en un rincón de la memoria, como un libro al que acudimos para recordar que de alguna forma sigue presente y dejó huella.
¿Pero por qué se incinera el Golobar?
¿Para aplacar la ira de quienes esperan su rehabilitación?
¿Para anestesiar el valiente derroche de las autoridades de aquellos años?
Parece que la recuperación ambiental que se pretende, es como esa especie de bálsamo para el dolor. Para explicarlo de otra forma: queremos dar sepultura a ese difunto de la sierra que ya huele, que cada día que pasa viene generando nuevas críticas de la oposición y de los ciudadanos.
La idea de restaurarlo a finales del pasado siglo, alienta los ánimos de quienes siempre lo vimos como un muerto al que se ha dejado allí para pasto de buitres. El auge del turismo rural en aquellos momentos, propició la idea de equipararlo con todo lo necesario para convertirlo en alojamiento de calidad y hasta se destina para este fin una partida de dinero.
Hace tres años, la Junta Vecinal de Brañosera, cede casi dos mil metros cuadrados a la Institución provincial, con el fin de que se reabra el proyecto y dar así una utilidad a lo que tanto costó levantar en otro tiempo. Los últimos años, ante la expectativa ahora truncada de San Glorio, los responsables del citado organismo proyectan la puesta en marcha del edificio que complemente así el auge turístico que los especialistas olfatean. Las preguntas son evidentes:
¿Por qué tarda tanto la Junta Vecinal en hacer la concesión de los terrenos? ¿Por qué duda tanto la Diputación a la hora de destinar cien o doscientos millones de las antiguas pesetas para rehabilitarlo cuando antes se gastó dos mil millones en construirlo?
¿Qué es lo que les frena cuando saben que en este lugar puede habilitarse un refugio de calidad que atraiga a un buen número de turistas todos los fines de semana, con el consiguiente beneficio para los pueblos del contorno?
Se hace lo más difícil: subir allí una pista con las líneas de luz y teléfono corresponientes y levantar un refugio, pero han de pasar treinta y cinco años para que nos llegue el anuncio de su derribo.
Este muerto no ha estado vivo nunca. Fue un reclamo para los visitantes, como el toro de osborne en las carreteras españolas; fue un aliento de vida para quienes saben lo que supone un refugio de estas características en un lugar tan emblemático. Fue a lo mejor un simulacro para que retrasaran su marcha aquellos que estaban a la espera de algo, confiando que no se quedase aquello en un mal sueño.
Todos nos equivocamos: quienes lo mandaron levantar, quienes les sucedieron y quienes lo adoramos como a un ídolo.
Los que heredaron la responsabilidad de darlo vida, han mandado por fin que se incinere. Seguramente han llegado a la conclusión de que no se puede guardar luto por nada ni por nadie tanto tiempo.
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© Froilán de Lózar – DIARIO PALENTINO, 2008
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